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Guijas Tejido, Laura (Ojos bonitos)

Un alumno nuevo



A pesar de haber comenzado el curso, mientras estábamos en clase de tutoría, llegó a clase un alumno nuevo.

Acababa de llegar a nuestro país y sus padres habían decidido traerle a este Instituto.

Era un chico de mediana estatura, pelo corto muy rizado, una gran boca con dientes blancos y unos bonitos ojos negros. Venía del sur de África pero, aun así, dominaba el español. Parecía contento, pero su apariencia tímida le mantenía callado.

La mañana transcurría con normalidad y todos los profesores se mostraban muy amables con él. Cuando llegó la hora del recreo, esperé a mis amigos en la puerta de mi clase, como acostumbraba a hacer. Una vez en el patio, comentamos la llegada del alumno nuevo. La verdad es que pasaba desapercibido. Estaba en un rincón, sentado en uno de los bancos comiéndose el bocadillo. Como su primer día en el Insti podría ser muy importante para él, no podíamos dejarle solo, así que decidimos hablar con los demás chicos para integrarle en el grupo. Uno de los del grupo se acercó a hablar con él. En poco tiempo ya charlaban los dos animadamente y, entonces, el resto de los chicos también nos acercamos. El chico nuevo nos dijo su nombre y antes de que terminara el recreo, ya conocíamos algunos detalles de su vida.

Nos contó que había venido a España con sus padres, porque su padre era el embajador de su país en España. También nos dijo que vivía  lado del parque misterioso que su padre llamaba “Parque Prohibido”, en un gran chalet. No nos pudo contar nada más porque el recreo terminó y llegó el profesor de turno.

Al finalizar las clases de la mañana, volvimos a casa con la pandilla, como era costumbre. Su timidez fue perdiéndose y por su boca salían cada vez más palabras seguidas unas tras otras. Nosotros nos sentíamos bien escuchándole; era la primera vez que teníamos contacto con una persona de costumbres tan distintas a las nuestras, así que no perdíamos palabra.

Como aquella tarde no teníamos clase, nos propuso merendar en su casa, para así conocer a sus padres y ver su habitación. Aceptamos muy gustosos y al despedirnos de Abdul, quedamos a las cuatro en la puerta de la embajada.

Al llegar a casa, comí lo más rápido que pude y  nada más terminar me puse a hacer la tarea y a estudiar.

A las cuatro y media me preparé y me dirigí a la embajada. Ya habían llegado la mayoría de los compañeros de clase y mientras esperábamos al resto, estuvimos hablando sobre el famoso parque. Cuando estuvimos todos, llamamos al timbre.

Nos abrió la puerta una mujer joven, alta y con apariencia agradable. Nos invitó a entrar y una vez dentro, unos sirvientes vestidos con uniformes negros, nos quitaron los abrigos y nos condujeron a un salón. En el centro de la habitación había una mesa con comidas de colores muy llamativos, preparadas con muy buen gusto, algunas desconocidas para nosotros. Abdul nos indicó que nos sentáramos, al tiempo que nos iba diciendo el nombre de los platos que había sobre la mesa.

Todo aquello lo habían preparado su madre y los cocineros, con el fin de que probásemos algunos platos típicos de su país. A pesar de que estábamos deseosos de llevar a la boca algo de esos apetitosos platos, no nos atrevimos a comer nada hasta que Abdul se lanzó a empezar. Toda aquella comida estaba deliciosa. Para terminar, trajeron unas enormes jarras de chocolate recién hecho. Pero tampoco nos servimos hasta que él se hubo servido. En poco tiempo todos teníamos los vasos llenos de chocolate. Aunque Abdul no lo había probado aún, comenzamos a beber de nuestros vasos. ¡Qué decepción! aquel chocolate no era dulce,  ¡estaba salado! Sentí unas fuertes ganas de vomitar. Aquello sabía espantoso. Mientras tanto Abdul reía tanto que le lloraban los ojos. Inmediatamente mandó retirar las jarras, pues había sido él quien había echado sal en el chocolate para gastarnos una broma.

Cuando los sirvientes recogieron los platos, Abdul nos enseñó algunos juegos de su país. Todos eran diferentes a los nuestros, excepto el escondite. Así que nos pusimos a rifar para ver quién se la quedaba. Dio la casualidad de que Abdul se la acabó quedando. Mejor, aunque él ya conocía su casa y jugaba con ventaja.

Para evitar perderme, me escondí en una sala cercana con mis amigas. Estuvimos mucho tiempo en silencio, hasta que escuchamos muchos pasos por el pasillo. Al principio pensamos que era Abdul buscándonos, pero cuando los pasos se fueron acercando comprobamos que no eran sólo de una persona y por sus voces dedujimos que eran personas adultas. Como no sabíamos quiénes eran, nos escondimos en un armario muy grande, que por suerte estaba vacío. Para poder respirar dejamos abierta un poco una de las puertas del armario.

Apenas habían pasado cinco segundos cuando se abrió la puerta de la habitación. Entraron en la sala unos hombres con unos sombreros extraños, vestidos con largas túnicas. Se sentaron en la mesa central y empezaron a hablar sobre el “Parque Prohibido”. ¿Qué fin tenía aquella reunión? La intriga era tal que a partir de entonces escuchamos con mayor atención. Aquellos hombres lo que querían era entrar en el parque y llegar hasta el árbol de los sueños. Pero, ¿qué clase de deseos iban a pedir a ese árbol?, ¿quiénes eran esos hombres? En cuanto se hubieron marchado, decidimos salir de nuestro escondite y seguirlos. Era la única manera de averiguar sus identidades. Al comprobar que todos menos uno se dirigían a la salida, regresamos a la sala donde antes habíamos estado merendando. Todos nos estaban esperando pues Abdul ya se había rendido. Antes de que nos preguntaran qué habíamos estado haciendo, les contamos lo que habíamos oído a aquellos hombres.

Abdul nos dijo que eran unos amigos de su padre, que habían venido para ayudarle en una misión secreta. Como el padre de Abdul no le había dicho nada, Abdul tampoco le contaría nada, y así quedaría en secreto entre la cuadrilla de amigos.

Ya era demasiado tarde, así que nos despedimos de Abdul, quien prometió investigar durante la cena sobre aquella misión secreta. Necesitábamos información muy pronto, ya que apenas quedaban cuarenta y ocho horas para que la misión comenzara. Al llegar a mi portal, me despedí del grupo y subí a casa.

Mis padres ya estaban esperándome para cenar, así que me cambié rápidamente de ropa y fui al comedor. Aproveché para preguntarles cosas acerca del parque y de cómo llegar hasta el árbol de los sueños. Me contaron todo lo que ellos conocían. ¡Qué bien! a la mañana siguiente sorprendería a mis amigos. Me fui a dormir. Mañana sería otro día. Me levanté rápidamente, me aseé, desayuné y fui al colegio más pronto de lo normal. Ya estaban en clase mis amigos y les llamé para hablarles del parque, pero Abdul tenía aún algo más interesante que contarnos. Lo que planeaba su padre y el resto de los hombres era llegar hasta el árbol de los sueños, desenterrarle y llevarle a su país para plantarle allí y montar un negocio a cuenta de este árbol. También nos contó que había encontrado en el escritorio de su padre un plano del parque y una brújula que nos podía ser útil para movernos en el parque. Teníamos que llegar a él antes de que fuera quitado del parque y sacado del país.

¡Un momento!, el parque está vigilado a todas horas por soldados que tienen orden de disparar a todo aquel que intente entrar en el parque –dijo Abdul-. Entonces ¿cómo podemos entrar sin ser vistos? –preguntamos con voz quebradiza.

Pero Abdul nos guardaba una sorpresa: en el salón de su casa había un pasadizo que llevaba directamente al interior del Parque Prohibido.

¡Perfecto! –dijimos al unísono. Era viernes. Eso significaba que teníamos toda la tarde libre. Quedamos a las cuatro en su casa con la escusa de hacer un trabajo y luego cenaríamos todos juntos, pues el sábado era el cumpleaños de Abdul. Aprovechando la ocasión, mis padres quedaron con unos amigos para cenar. A las cuatro menos cuarto me dirigí a la casa de Abdul. Una vez que llegaron los demás, llamamos a la puerta, pero esta vez nos abrió Abdul. Sus padres estaban en una reunión política. Cogimos algunas previsiones y nos encaminamos al salón. Abdul apartó una librería y apreció una pequeña puerta, pero lo suficiente grande como para caber cualquiera de nosotros de pie.

Anduvimos durante casi media hora por pasadizos oscuros; aquello parecía no tener final y los nervios empezaban a saltar. ¡Luz, luz, se ve luz! –susurramos sin levantar la voz para no ser oídos-. Encontramos una gran fuente rodeada por bancos. ¡Por fin habíamos llegado!  Buscamos la fuente en el plano y una vez que nos hubimos situado, elegimos un camino para llegar en grupo al árbol.

Seguimos el camino que nos indicaba el plano, pero en la zona donde aparecía el final del camino no había ningún árbol con las hojas doradas.

Eva y David se subieron a un árbol que sobresalía por su altura, para observar mejor el parque desde lo alto. De pronto Eva vio un árbol que tenía frutas y hojas doradas no muy lejos de donde estábamos Tan rápido bajó, que cuando llegaba cerca de David chocaron y se cayeron del árbol.

Cuando se recuperaron del golpe, cogimos carrerilla hacia el árbol. Por el camino apenas hablamos, pues íbamos pensando en un deseo que pedir. Al llegar al árbol nos quedamos perplejos, pero no podíamos perder tiempo pues la noche se echaba encima y teníamos que regresar, o sea que pedimos nuestros deseos rápidamente.

Sin saber cómo, aparecí en mi cama, dormido. Encendí la luz. Mis padres dormían. La casa estaba como todas las noches. Me sentía muy extraño. A pesar de que parecía media noche, llamé a Susana y a Marta. ¡Qué casualidad! Habíamos soñado exactamente lo mismo. Entonces sacamos una conclusión, o alguien decidía nuestros sueños, o uno de nosotros había pedido al árbol de los sueños que volviéramos a casa como deseo.

Pero más me extrañé cuando el lunes llegamos a clase y nos dijeron que no había ningún alumno nuevo, y que en la embajada no vivía nadie. ¿Qué significaba eso? ¿Quién había jugado con todos nuestros sueños y por qué?

Sigo sin comprender lo que sucedió aquella noche.

Un final inesperado



¿Pero qué demonios estoy haciendo aquí? ¿Dónde está el resto de la gente? ¿Y el avión? ¿Cómo he llegado hasta esta playa? No logro entender cómo he podido alcanzar la orilla en medio de este mar. Hace unos minutos volaba tranquilamente hacia Estados Unidos. ¡Un momento! Recuerdo un gran golpe. Pero no consigo situarme. Mi teléfono y mi bolso no están conmigo. ¿Dónde habrán quedado? Probablemente en algún rincón, en medio de la nada, perdidos. No veo más allá del mar y de aquellas palmeras. Pero desde luego este no es el final de viaje que tenía previsto.

Mi cuerpo está magullado, con heridas y pequeños rasguños por todas partes. Por más que intento incorporarme no puedo, siento un fuerte dolor en el tobillo. El resto del cuerpo apenas lo siento. Debo tener algo roto. ¿Habrá alguien más en esta isla? Ahora que me fijo, parece que a lo lejos brilla algo que no consigo distinguir. Puede ser el ala de un avión, quizá en el que yo viajaba, pero este intenso sol me impide verlo con claridad. ¿Qué habrá ocurrido con el resto de los viajeros? Quizá alguien haya sido arrastrado por las olas hasta la orilla como me ha ocurrido a mí. Quizá alguien ande vagando por la isla en busca de ayuda. Pero no puedo observar más que hasta donde me permiten ver mis ojos. ¿Cuánto tiempo llevaré aquí tumbada? Todo el cuerpo me arde, incluso algunas zonas están enrojecidas por la exposición al sol. Trato de inclinarme hacia delante, con el objetivo de alcanzar la sombra que proporcionaba una palmera cercana, pero los pies no me responden. Me arrastro valiéndome únicamente de mis brazos, notando cómo la caliente arena araña mis heridas.

No sé cuánto tiempo lograré sobrevivir en estas condiciones, sin beber, sin tener nada que llevarme a la boca. Pero en estos momentos no tengo hambre, ni sed. Sólo la necesidad de descansar. Desde luego, después de todo aquello, era lo que más falta me hacía. Cerrar los ojos, olvidar dónde estoy, dejar atrás esta pesadilla. Y pensando en la manera de salir de aquí, comencé a notar un poco de sueño.

No aguantaba más. Me desperté con los primeros rayos del sol sobre la cara. Me siento un poco más tranquila que cuando me acosté, aunque sigo dentro de esta pesadilla. La verdad es que, a pesar de la negatividad de la situación, siento por dentro una fuerza que me impulsa a seguir, a querer continuar a buscar la manera de salir de aquí e ir en busca de la civilización.

Necesito encontrar algún alimento, algo con lo que aliviar mi irritada garganta, algo con lo que poder ejercitar mi dolorosa mandíbula… de repente recuerdo que el día anterior había guardado una de mis barritas energéticas en uno de los bolsillos delanteros del pantalón. Meto rápidamente las manos en los bolsillos, buscando algún resto de ella. Por suerte aquí está. Un poco deteriorada, con el envoltorio abierto, incluso con un poco de arena, pero es tanta la necesidad que tengo de llevarme algo a la boca que esos detalles pasan desapercibidos par mi hambriento cuerpo. Sin esperar ni un minuto cojo un pedazo de aquella barrita y lo mastico lentamente. Poco a poco voy notando como mi cuerpo comienza a aliviarse.

A pesar de que sería capaz de acabar la pequeña porción sobrante, la introduzco de nuevo en mis vaqueros. No sé cuánto tiempo tendré que sobrevivir en estas condiciones, así que es preferible guardar la poca comida que me queda para una situación más extrema.

Me incorporo lentamente, notando como mis músculos se desentumecen con cada movimiento. Con gran dolor consigo ponerme en pie, dando mis primeros pasos en busca de algo que consiga devolverme la esperanza que la soledad me quita. Me interno un poco más en las palmeras, pero pronto noto como mis piernas comienzan a debilitarse y me impiden continuar. Me llevo el resto de barrita a la boca. Prefiero terminar la comida y dejar que el destino decida sobre mi futuro que morir de hambre en este mismo momento. Saboreo los últimos pedazos a la vez que me recuesto sobre un montón de hojas caídas, e improvisando una cama donde estoy dispuesta a pasar el resto del día.

Me despierta una suave mano que me acaricia el rostro, abro los ojos y descubro un joven niño que me limpia la cara con un trapo blanco. No me explico cómo ha podido encontrarme, pero ya no me encuentro en el mismo lugar en el que me recosté. De alguna manera he ido a parar allí. Ahora estoy tumbada sobre una cómoda cama de paja, rodeada de jóvenes que curan mis heridas y rasguños.

Mi ropa, sucia y rota, se encuentra ahora en un rincón de la habitación, visiblemente más limpia que antes. Tengo una larga túnica blanca de algodón bastante más confortable que mi antigua ropa. Una muchacha con un cuenco de agua en las manos se acerca tímidamente y me la ofrece con una amplia sonrisa. De pronto comienza a hablarme despacio en una lengua que desconozco. Trato de hablar con ella en español, pero, como supuse, no logra comprenderme; en francés, ningún resultado. Intento comenzar una conversación en inglés… y de repente la joven sale de la habitación. No entiendo por qué. Intento buscar una explicación a todo lo ocurrido.

Llaman a la puerta. Entra un chico un poco mayor que yo, que al parecer también estaba herido. Para mi sorpresa me dedica un saludo en inglés. No sé cómo reaccionar. Le devuelvo tímidamente un “hello” y continúo narrándole todo lo ocurrido desde que partí de España en ese avión. El joven se llamaba Marc. Volvía de unas vacaciones en Madrid, y ahora regresaba a su país donde le esperaba su familia.

Es mi única salvación, mi única ayuda. Tras contarle mi desesperada situación se ofreció muy amablemente a ayudarme. Pero aún no podemos marcharnos de aquí, ya que tanto él como yo estamos débiles y heridos.

Tres chicas con rasgos similares a la muchacha que antes me había ofrecido de beber, entran en la habitación con unas bandejas con algo de carne y fruta que dejan a nuestro lado. Por último, una de ellas, se acerca a nosotros con un frasco y vendas, con las que comienza a curarnos las heridas mientras comemos de estas bandejas. Todo esto me parece un milagro. Ayer todo era negativo. En mi familia probablemente me den por muerta y me siento culpable por todo lo que están pasando. Al menos cuento con alguien que se encuentra en mi situación y está dispuesto a ayudarme. Tras acabar este inesperado manjar me siento con más fuerzas que nunca. La misma muchacha que nos ha curado las heridas nos invita ahora con un gesto a salir afuera con ella. No dudo en seguirla, y Marc, un poco desconcertado me sigue. De repente la chica se para, me mira y señala una pequeña barca amarrada a un árbol en la que estaban dos hombres altos y corpulentos. Nos invitan a marcharnos, y al parecer, esos hombres están dispuestos a ayudarnos a salir de esta isla. Poco a poco nos acercamos dubitativos a la barca. Me siento al lado de uno de los hombres, mientras Marc se acomoda a mi derecha. Hablo con Marc sobre a dónde nos llevarían estos hombres, pero él está tan confundido como yo. No sabemos a dónde nos dirigimos, pero los hombres parecen seguros del rumbo que tomamos.

Tras una larga travesía en la embarcación, puedo ver que a lo lejos aparece un puerto sencillo pero grande donde algunos barcos yacen amarrados. Rápidamente se lo comunico a Marc, y los hombres, al ver que señalaba hacia aquel punto, asienten con la cabeza.

No sé por qué, pero aquel era nuestro destino. Nos dirigimos hacia aquella extraña población. Uno de los hombres se vuelve hacia nosotros y nos entrega un puñado de monedas que aceptamos con gestos de agradecimiento.

Cuanto más nos acercamos más grande parece el puerto. En la orilla parece que una mujer hace gestos con los brazos llamando la atención de los hombres, que la corresponden con una inclinación de cabeza. Los hombres saltan ágilmente de la barca y nos indican con la mano que debemos hacer lo mismo. La mujer comienza a hablar con los hombres, y nos hacen un gesto de que esperemos mientras se van alejando disimuladamente.

Quizá vayan en busca de ayuda. Pero ya han pasado un par de horas y por aquí no aparece nadie. Aquellos hombres nos habían abandonado a nuestra suerte y con sólo un puñado de monedas. Marc, un poco impaciente por buscar ayuda y salir de la situación, se levanta y vamos los dos en busca de algo o alguien que sea capaz de entendernos y ayudarnos. Todo está rodeado de lonjas en las que se concentra gente de diversas nacionalidades, la mayoría de ellos mercaderes. Pero todos parecen ocupados en su trabajo, demasiado como para ayudar a dos extraños que apenas tienen dinero. Tendremos que tratar de buscar una salida nosotros mismos. De pronto Marc señala un gran barco amarrado a escasos metros de nosotros, con una bandera estadounidense. Al parecer están cargándole con pescado recién traído de la lonja. Meditamos las posibilidades que tenemos para salir de este lugar, y desde luego, colarnos en aquel barco es la mejor manera y la más barata.

Compramos un poco de comida para el trayecto en un puesto cercano, y, aprovechando un descuido entramos en el barco escondidos tras unas cajas.

Sólo queda esperar a que el barco llegue a su destino y podamos estar en un lugar conocido al menos por Marc. Al fin y al cabo él es mi única salvación y el único que me ha ayudado hasta ahora. Comienzo a preguntarle acerca de su vida, su familia, su trabajo… y le agradezco todo lo que está haciendo por mí.

Tras unas horas que nos han servido de descanso, el barco se detiene con un fuerte movimiento. Agarro fuertemente la mano de Marc para no perder el equilibrio. Me responde con una tímida sonrisa. Al fin llegamos. Nos introducimos en uno de los vagones en los que descargan el pescado del barco, y lo llevan a una gran lonja. Me siento más segura al tener a Marc. Al menos es un importante presentador de Nueva York, según me ha contado en el viaje, conocido en todo el país.

Marc y yo, aún agarrados, nos acercamos a una estación de trenes. De repente me suelta, y me dice que espere un momento, que ahora vuelve. Me sorprende cómo ha actuado. ¿Dónde ha ido dejándome aquí tirada? Tengo miedo de que me abandone, pero en el fondo confío en él. Es mi única esperanza y después de todo lo que hemos pasado juntos, no encuentro ningún motivo para que me deje aquí.

Me siento en un banco cercano y, tras unos minutos de espera, le veo aparecer con unos billetes de tren en la mano y un montón de periodistas siguiéndole.

Al parecer habíamos sido los únicos supervivientes en aquel accidente de avión y la terrible noticia había dado la vuelta al mundo a través de todos los medios de comunicación: televisión, radio, periódicos… No sé por qué, pero tengo la impresión de que Marc y yo seremos portada en muchos de ellos. Este iba a ser el comienzo de una bonita amistad.

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