BUGANVILLAS PARA LEONOR ECO 1 BUGANVILLAS PARA LEONOR
He puesto tus flores en agua. Buganvillas. Intento no prestarles atención pero resulta inevitable mirarlas. Están ante mí, sobre mí, en mí, por todas partes.
Trabajo dentro de un rascacielos, en la planta 21. La mayor parte del tiempo lo odio, sin paliativos, porque en él paso muchas horas, bregando con un trabajo duro y a veces más que tenso, y porque en sus entrañas hay demasiadas salas sin ventanas como la mía donde uno pasa alrededor de ocho horas diarias sintiéndose como un prisionero o como un galeote bajo la cubierta de la galera. Y el único consuelo son tus flores.
Quizá algún día acumule los méritos necesarios para conseguir un despacho con ventana y disfrutar de la fastuosa vista de Barcelona. A veces me escapo a la esquina noroeste de la planta, con la excusa de salir a fumar un cigarro, al despacho de mi compañero Alfonso, y entonces se desata ante mis ojos ,cansados ya de todo ,el cálido atardecer ,la alegría de la luz, y contemplo los colores ocres de la tarde que cae más allá de los cristales. Allí me sorprende la simplicidad de las cosas y comprendo cómo nos complicamos la vida con cosas que en realidad carecen de importancia. En esas pausas poéticas aprecio más las cosas triviales y siento que la persona que vive dentro del prosaico ajetreo del rascacielos no soy yo, es alguien muy diferente a mí y que se ha BUGANVILLAS PARA LEONOR ECO 2
ido apoderando poco a poco de mi vida.
Me llamo Leonor. Aunque todo aquel que me conoce un poco se cree con el derecho a acortarme el nombre. Cuando me ha tratado un par de veces ya me llama Leo. Leo. Leo. Lo he escuchado tantas veces que ya me he hecho a ese nombre. Y he acabado convenciéndome de que es mi nombre. De que me llamo Leo. Yo misma me llamo Leo. Pero a veces, cuando despierto de este sueño o pesadilla en el que estoy atrapada, cuando me olvido de todo viendo el atardecer, entonces recuerdo que soy Leonor. Y que nadie se preocupa de conocer a Leonor.
Ni yo misma me preocupo por lo que siente. Sube y baja la bolsa y Leo debe volver a trabajar, a recibir y hacer llamadas y dar de comer a las tripas de la bestia financiera de Barcelona.
Pero en esos momentos en los que me olvido de todo y me paso a soñar por la ventana, esos momentos insospechados que no duran más que un par de segundos, en esos momentos deseo haber sido otra o aún ser otra cosa. O mejor dicho, Leonor lo desea.
Luego Leo regresa a su despacho, a esos veinte metros cuadrados sin luz natural interior, y ahí están tus flores, buganvillas generosas, lilas, preciosas como el atardecer que acaba de pasar. Tus flores me cobijan del frío, del calor, incluso de la soledad de enfrentar las responsabilidades de la vida.
Las guardaré en mi recuerdo cuando se marchiten, donde guardo todo lo que ya no es. Tus flores serán un puñado de escenas cosidas en el frágil tejido BUGANVILLAS PARA LEONOR ECO 3
de mi memoria. Pero serán algo. Algo que vive conmigo. Como esos atardeceres de la planta 21. Como los sueños que gasto amontonando papeles
que engrasan el flujo económico de la city Barcelonesa.
El lunes traerás más flores. No serán ni mejores ni peores que las buganvillas de ayer, de la semana pasada. No serán más hermosas ni olerán con más intensidad. Sólo serán flores. Sólo estarán solas en su vaso de agua. Sólo querrán creer la mentira de que pueden salvarse con una aspirina. Como cualquiera. Yo lo sabía bien. Leonor lo sabía bien.
No te daré las gracias por las flores. El lunes Leo tampoco lo hará. Será fría como un metal, como una inmensa distancia, como el apego mismo que te tengo. Leo se mostrará indiferente cuando te vea llegar y dejar las flores en el vaso de agua. Inmune, inmutable, silenciosa, invulnerable. Leo será ajena a tus flores y Leonor no podrá dejar de desear que las traigas, en este tiempo de trabajo en el que tus buganvillas me ofrecen la redención del engaño y son una emboscada que me tiendes. Supongo que cuando dejes de traerlas las echaré de menos. Y no podrás saber nunca que embellecieron mis sueños más inhóspitos. Mi despacho no olerá más a jardín, a infancia, a sueños, a felicidad.
Y un día, mucho después de que dejes de traerme flores, esta buganvilla lila de hoy se sumergirá irreparablemente en el pasado y me acordaré sin motivo aparente de que ella había existido y me daré cuenta de que ya no existe, de que su imagen fresca sólo es ya un recuerdo indócil y Leo se sentirá idiota por no haberte dicho nunca lo bellas que eran tus flores. BUGANVILLAS PARA LEONOR ECO 4
Pero, si fueran para Leonor, Ah, amigo, ¡Ojalá tus flores fueran para Leonor!
Salvador Fuste era un mujeriego. No tenía remedio. Sus constantes aventuras con las mujeres le habían costado un divorcio y varias rupturas tras la reconciliación con la santa de su mujer, que le había perdonado ya cientos de veces. Pero… ¡Leonor era tan hermosa!. Soñaba con ella y después tenía pesadillas por haber soñado que la follaba, así de claro, sin eufemismos. La imaginaba desnuda en la cama, con las piernas abiertas, rubio su vello púbico como su cabello.Imaginaba cómo llenaba de besos sus grandes muslos blancos y generosos. Luego la penetraba salvajemente, sin pudor, y entonces… entonces veía niebla. Niebla y espinas. Y sentía una agobiante sensación de ahogo y de pérdida. Caía. Salvador Fuste sentía que caía pero no sabía muy bien dónde. Se agarraba a las sábanas y sudaba, en maldita hora le había dado a su mujer por comprar aquellas sábanas de invierno. No hacía más que sudar. La calefacción se había quedado encendida y Salvador tenía la sensación de estar ardiendo. Sentía el aire en la cara y un sudor pegajoso y húmedo le mantenía pegada al cuerpo la fina camiseta blanca de algodón. A su lado, Gertrudis, su mujer, como siempre, no se enteraba de nada.
El viernes, cuando le había llevado las flores a Leonor, le había sonreído un poco. Y esa media sonrisa entrecortada le había excitado con locura. ¡Era tan guapa y tenía las tetas tan grandes!. El hombre es un animal, el más BUGANVILLAS PARA LEONOR ECO 5
violento de todos, el que ha desarrollado más maneras de matar a otros animales, reaccionamos por instinto, somos violentos y salvajes por naturaleza. Era un instinto natural el de la procreación. Y Salvador Fuste era muy macho. Muy macho y muy gilipollas, pero no podía evitarlo. Debajo de él, en la hondura del canapé nuevo, entre la niebla de sus pesadillas, pudo llegar a vislumbrar las espinas, como una intensa explosión de colores: bermellones, lilas, fucsias y carmesíes. Después, le vinieron a la cabeza sus tías. ¿Y qué tenían que ver sus tías con sus sueños eróticos con Leonor?. Nada, suponía. Sus cinco tías que siempre le recordaban la hazaña de los pollos, de cuando lo encontraron de crío en el corral de la vecina matando pollos. Seguía cayendo, desde un rascacielos, quizá. Ahora la imagen que tenía en la cabeza era la de su mujer arrojándole por una ventana. Bien merecido se lo tendría. Escuchó en su cabeza un gran frenazo y el sordo ruido de cristales rotos y chatarra y cuerpos machacados, lacerados, desunidos. Pero en las pesadillas todo es muy limpio, hasta la propia muerte.
Salvador despertó de su recurrente pesadilla empapado de sudor. El reloj digital le informó que era demasiado pronto para levantarse, las cinco y media de la madrugada de otro lunes de diciembre, frío y desapacible como la vida misma. Leonor no entraba hasta las nueve. Tenía tiempo de sobra para intentar dormir un poco y comprar las flores. Aquella obsesión se había instalado sin permiso en su subconsciente. Según su psicóloga no eran raros los sueños recurrentes, precisos y de concreción temporal en pacientes con historial de síndrome agudo postraumático padecido tras sufrir un fuerte impacto como el suyo: un accidente de coche causante de la muerte de su suegra y su cuñada. BUGANVILLAS PARA LEONOR ECO 6
Debería estar en la cárcel. Nadie de su familia le había escupido en la cara, nadie le había llamado asesino. Sólo Leonor, la prima de Gertrudis. Estaba buena, también, la psicóloga. Tenía un polvo. A ella le llevaba rosas.