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Cuellar Lopez, Inmaculada (Alma Buruki)
Un día de estos
Amaneció un día cualquiera, como
otros tantos en su corta vida.
Pensó que todo era lo mismo, todo menos
su felicidad truncada hacía un par de meses.
Justo cuando se disponía a salir de
aquella vieja casa, hizo sonar las llaves que
descansaban en su manos vacías de
toda esperanza, esbozó una leve sonrisa mientras
se giraba y observó unos segundos
las teclas de su olvidada máquina de sueños…
Como cada mañana salió para tomar
un café en la cafetería de la esquina, La Central.
Saludaba a su paso a todo aquel que
le regalaba un “buenos días” aunque normalmente
su paso era lento y cabizbajo.
Aquella mañana llovía y el reloj
marcaba las nueve en punto.
Decidió madrugar porque las sábanas
parecían cemento y los recuerdos iban invadiendo
su habitación sin compasión, casi
sin quererlo, casi sin darse cuenta…
Sacudió su paraguas justo a la
entrada mientras empujaba la puerta de aquel lúgubre
Café.
Normalmente cortado con dos de azúcar
y una simple media tostada integral con tomate
aceite y una pizca de sal.
Pero esto, pocas veces, muy pocas
veces, sólo cuando el salario del mes lo permitía.
Tenía por costumbre abrir repetidas
veces su cartera como si fuese a pagar, pero lo
que quería era mirar una y otra vez
esa foto en blanco y negro.
Se sentaba en una esquina de la
barra, en su taburete negro, para evitar miradas
o conversaciones comprometidas,
aunque en su interior sabía muy bien que todos
cuchicheaban acerca de su suerte…
Asentó varias veces con su cabeza
tal vez para maldecir algún pensamiento maloliente
que en ese momento cruzaba su
cabeza viajando al pasado, hasta llegar a su presente.
Sacó del bolsillo de su gabardina
un cigarrillo maltrecho y casi empapado con el fin de
secarlo inmediatamente con su
mechero azul.
En su rostro se podía apreciar la
barba de tres días, y tras sus lentes, unos ojos cansados,
desencantados, lucían celestes como
mar en calma.
A veces pensaba que era lo único
que le había quedado de su patria que tanto añoraba.
El azul del mar.
Miró a su alrededor y haciendo
cuenta ajena comenzó a darle vida a un trozo de papel.
Su cara se iba transformando a
medida que la tinta de su vieja pluma llenaba los
espacios en blanco de aquella
servilleta.
De repente una cálida voz de mujer rompió
aquel momento de lucidez, aquel silencio,
perturbando la paz de su alma, que
hace tiempo vendió al mejor postor.
Giró su cabeza sin dar demasiada
importancia a aquella persona sacando su viejo
encendedor para ofrecerle justo lo
que ella le había pedido casi a media voz.
Por un momento, no pudo evitar
mirar casi de reojo a aquella mujer, la cual vestía
falda negra típica del turno de
oficio, camisa abotonada y medio tacón.
Su pelo era rubio, en su rostro se
marcaban las arrugas típicas de los cuarenta, su sonrisa
pintaba muy bien y en sus ojos se
reflejaba un verde que transmitía esperanza.
Justo lo que esa alma cándida
necesitaba…Esperanza.
Casi sin quererlo, esas miradas se
tornaron en una grata conversación.
Dejaron sus taburetes para ir a una
mesa escondida de mármol y forja y fue en ese
momento en el que el Café en su
totalidad se giró para mirarles.
Compartieron más de un café, más de
una sonrisa, más de una cómplice mirada.
En menos de una hora ya sabían
datos interesantes uno del otro.
Nada importante, algunas cosas, son
y deberían seguir siendo secretos del corazón.
Algo entrañable tuvo que surgir de
los labios de aquella misteriosa mujer, cuando él,
tomó sus manos perfectas, suaves,
preciosas, entre las suyas…
Pareció pararse el mundo para
ambos.
Ella se levantó sutilmente y se dirigió
al baño, cruzando todas las miradas del local.
En ese mismo instante, Miguel volvió
a abrir su cartera para mirar esa foto en blanco
y negro de nuevo.
Tal vez para recordar, o tal vez
para olvidar.
Aprovechando la ocasión, ella decidió
pasar antes por caja y pagar.
Miguel no lo vio justo pero sonrió,
levantándose e invitándole a salir juntos de aquel
Café.
Abrió su paraguas aún dentro, abrió
la puerta de un solo golpe, dejándole paso y la
protegió hasta la calle de abajo
entre sonrisas y algún que otro achuchón.
Llovía fuerte muy fuerte, el cielo
plomizo avecinaba una larga noche.
El frío calaba los huesos y encogía
el alma.
Caminaron sin rumbo fijo hasta
llegar sin querer a la altura de un edificio derruido y
enmoquetado con dos taquillas de
madera apolillada.
Dos pases cargados de humedad para
Midnight Cowboy en Versión Original.
Ya acomodados recordaron aquella época
y justo en la mitad de la proyección ella
acercó su cabeza a su hombro dejándose
sentir.
Miguel se dejó llevar y como si
fuese algo suyo, la rodeó con su brazo izquierdo
dejando ver su pequeño tatuaje.
En los títulos de crédito el reloj
de la sala marcaba las tres en punto de la tarde.
Seguían su camino bajo la lluvia como
dos críos y sin pensarlo llegó.
Llegó ese beso. Extraño. Casi vacío
de sentimientos.
Tal vez porque sus labios no se correspondían
con los de aquella fotografía.
Entraron en una tasquita para
saciar el apetito. Un vino dulce, una cerveza, una ración
de calamares y media de queso…
La tarde iba cayendo hasta
convertirse en un manto de pocas estrellas con una luna
incandescente, llena, rojiza,
pesante…
En el ambiente se podía respirar
cierta melancolía.
A lo lejos el sonar de sus tacones
y las farolas sin luz iluminaban sus cuerpos.
A la entrada del callejón, Miguel
se paró, insinuando el fin de aquel día.
María se puso frente a él, tomó sus
manos y le dijo algo así como… “con el azul de tu
mirada y el verde de mis ojos, se podrían
pintar maravillosos paisajes en cualquier
parte de este mundo”…
Entraron en el apartamento de
Miguel pasando horas de pasión y desenfreno.
Al despertar de ese pequeño sueño
de placer, María dejó en su mesilla una breve
nota con un número de contacto y
una calle de Paris.
Semidesnudo se asomó a la ventana
para ver como continuaba lloviendo,
mientras María se alejaba despacio,
sola sin compañía, dejando que el agua limpiara
el sabor de aquellos besos.
Miguel se tumbó en la cama un rato
más, mientras veía como se consumían las velas de
la habitación.
Miraba la nota, le daba vueltas,
pensaba, cerraba los ojos, volvía a despertar…
Se levantó para calentar un poco de
sopa y calmar el frío de su corazón.
Antes de apagar la última vela para
descansar, abrió de nuevo su cartera, miró aquella
foto mientras corría por su mejilla
una leve lágrima de recuerdo y dejó consumir
aquella nota en la poca llama que
quedaba hasta apagarla.
Se sentó en la mesita que una vez
recuperó del bidón de la basura para terminar de
escribir lo que esa misma mañana empezó
en aquel Café.
Dejó correr la persiana de
esterilla que le separaba del mundo real y decidió así sin más
batirse en duelo con Morfeo hasta
despuntar los primeros rayos de Sol, así un día tras
otro, esperando la llegada de un
rostro que se pinte en Blanco y Negro…