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Maciel, Mauricio (Cio)

Burbuja del tiempo



Burbuja de tiempo

Clara, shockeada, cayó de rodillas en ese jardín oculto en medio del bosque. Su libro y su cartuchera con bolígrafos de colores se desparramaron por el pastizal. Aturdida y sorda, temblando por las visiones increíbles que la acosaron, recogió los útiles que estaban a su alcance sin abandonar su estado de alerta. Observaba vigilante esa muralla circular de árboles mudos que rodeaban el jardín. No podía creer lo que pasó. Tampoco podía parar de temblar, pero se puso de pié y corrió hacia la arboleda compacta del bosque intentando recordar, sobre la marcha, el camino de regreso a la cabaña que había alquilado para pasar sus vacaciones. Soslayó torpemente algunos troncos, mareada porque todavía el aire permanecía espeso y complicado para respirar. A los pocos metros se cayó nuevamente y sin hacer una pausa se arrastró hasta apoyar su espalda en el árbol más cercano. Con los ojos abiertos en toda su capacidad, jadeando, pudo sentir en su interior cómo las emociones se mezclaban en carne viva, agitadas por el alucinante acontecimiento. Ni siquiera en esa situación desesperante pudo gobernar su carácter obsesivo. Miró el reloj como siempre, y comprobó que todo había ocurrido en 1 hora 40 minutos.

Todavía en el piso, se asomó lentamente por el costado del árbol que le servía de escudo y se dedicó a observar el jardín a través de unas pocas hileras de árboles. Era un hermoso parque iluminado por el sol del medio día, donde las plantas y flores relucían esplendorosamente y donde una parejita de ardillas jugaba a perseguirse, a luchar, y a retomar la persecución, como si nada hubiese ocurrido. Los pájaros continuaron cantando alegremente y cruzando el jardín de punta a punta como si no hubieran notado el fenómeno de ficción que acababa de producirse.

Se levantó y empezó a caminar apurada hacia la cabaña. Estaba tan mareada que los árboles parecían moverse para obstaculizar su camino. Pero cuando por fin logro salir del bosque pudo ver a lo lejos la cabaña, y se alarmó al notar que cuatro móviles policiales la rodeaban. Se apuró a llegar pensando que algo le había ocurrido a su madre. El uniformado que hacía guardia en la puerta, al verla, le gritó a la distancia: “¿Clara?” La madre, ni bien escuchó su nombre, salió corriendo a recibirla. La abrazó enérgicamente atacada por un llanto incontenible. Luego de su prolongado desahogo se despegó de ella para observarla de pies a cabeza. Entonces, elevando su voz, la retó: “¿En donde estuviste?”

Clara trató de tranquilizarla diciéndole que se encontraba bien, que estuvo en un sector seguro del bosque y que pudo ver el fenómeno a salvo de todo peligro. La madre clavó sus ojos preocupados en los de ella y le preguntó: “¿De qué fenómeno hablas? ¡Hija! ¡Estuviste toda la noche fuera de casa!” Inmediatamente la abrazó llorando sin control, como si Clara hubiera vuelto de la muerte. Estaba tan alterada que no pudo entender con exactitud lo que Clara había dicho acerca del fenómeno. Lo único que le importaba era ver y abrazar a su hija sana y salva. Clara, por su parte, tampoco comprendió los motivos de su madre para decirle que estuvo fuera de la cabaña durante toda la noche. Una vez más, con gran dificultad, porque continuaban abrazadas, observó su reloj. La hora indicaba claramente que desde que ella salió de la cabaña hasta ese mismo momento, pasaron 3 horas 30 minutos, pero su madre tenía razón: Clara, sin saberlo, estuvo ausente las últimas 24hs.

El inspector Beltrán se acercó a ellas. No quería interrumpir ese clima de intimidad pero necesitaba tener información elemental para redactar su informe. Con un tono paternal le preguntó a la joven si estuvo secuestrada, pero Clara, confundida, dijo que no. También le preguntó si se había desmayado o si se había quedado dormida, pero ella lo observaba confundida, sin comprender el sentido de esas preguntas y se limitaba a negar todo meneando la cabeza. Lo único que le dijo fue: “Estuve caminando por el bosque y caí sentada cuando todo empezó a moverse”. El inspector Beltrán hizo una reverencia, como entendiendo lo que acababa de escuchar, y se alejó de las dos mujeres anudadas entre sí. Se acercó discretamente al sargento Tod para pedirle que esperara todo el tiempo que fuera necesario para que las mujeres completaran aquella ceremonia de reencuentro, y luego llevara a Clara a la seccional para tomarle la declaración de los hechos. –  La secuestró un ovni… ¿verdad inspector? – preguntó el sargento Tod, obsesionado con las presuntas apariciones, que durante 25 años fueron las únicas denuncias que recibía la seccional.

– ¡No! – Contestó autoritariamente el inspector. – Deja de lado tus cuentos de ciencia ficción y limítate a tomarle la declaración. Es probable que haya estado toda la noche ebria o narcotizada. Dijo que las cosas se movían. Mirame… no empieces a insistir con tus historias de ovnis. Sólo deja que ella hable. Mañana por la mañana quiero su declaración en mi escritorio-

Respetuosamente, el sargento Tod obedeció la orden del inspector.

Al otro día, el caso no se había aclarado, todo lo contrario, surgieron nuevas complicaciones. Cuando el inspector Beltrán llegó a la seccional notó, por el aspecto deplorable del sargento, que estuvo trabajando toda la noche. Pero no se preocupó. Le preguntó con tono de broma: “¿Te llevó toda la noche redactar la declaración?” El sargento Tod, ojeroso y despeinado mientras se pasaba un pañuelo por la frente, le entregó la declaración y le contó con cierto misterio que a Clara le tuvieron que hacer un estudio médico de urgencia y que en cualquier momento llegaría el psicólogo de una seccional vecina para examinarla. El inspector Beltrán no pudo ocultar su confusión. Se preguntaba en silencio si verdaderamente era necesario un examen medico-psicológico a una señorita que había pasado sólo una noche internada en el bosque menos peligroso del mundo.

– Sé lo que va a preguntar –se anticipó el sargento –pero el caso se complicó.

En ese momento el inspector Beltrán se alarmó, no tanto por las palabras del sargento, sino por su mirada. Sus ojos irradiaban desesperación. Como si estuvieran ante un caso tan misterioso y complejo que no tardaría en devorarlos. 

– Dime qué ocurrió –preguntó asustado el inspector.

– Usted no me lo va a creer… pero… Clara fue secuestrada por extraterrestres.

Efectivamente, el inspector jamás creería en historias de ovnis y de marcianos, y desestimaba las denuncias de lugareños que juraban haber visto objetos desconocidos surcando el cielo. Pero la declaración de una joven contando su experiencia personal con alienígenas a bordo de una nave era mucho más contundente que aquellas denuncias de lucecitas voladoras. Si Clara declaró haber sido abducida, él no podría hacer otra cosa que empezar a tomar el tema con mayor seriedad. Con el afán de encontrar pruebas irrevocables, se puso a leer apresuradamente la declaración, pero el oficial lo interrumpió:

–Espere inspector, hay un problema más…

– ¿Cuál? –preguntó Beltrán con el corazón bombeando vértigo y adrenalina.

– El problema es… que ella… todavía no lo sabe.

Esas palabras fueron suficientes para detonar la paciencia del inspector Beltrán, y la onda expansiva de su carácter despeinó a los pocos funcionarios que había en la seccional a esa hora. Enceguecido por la ira, rompió la declaración que tenía en sus manos. Con gritos y ademanes exagerados remató los destrozos de papel contra el piso y preguntó con violencia en dónde se encontraba Clara. El sargento, sorprendido por aquella reacción, señaló silencioso la sala de interrogaciones. Vio cómo el inspector enfiló hacia la puerta, y cómo se detuvo antes de ingresar. Y sintió en sus huesos la orden enérgica de que se fuera a su casa y que volviera al mes siguiente.

Clara estaba cansada por haber tenido que soportar los estudios médicos pedidos con urgencia y el inquietante y tendencioso interrogatorio del sargento Tod que se prolongó durante toda la noche. Estaba bostezando cuando el inspector ingresó al recinto. Le devolvió su amable saludo, pero le preguntó fatigada: “Usted también cree que fue un ovni ¿Verdad?” el inspector Beltrán trató de tranquilizarla con una sonrisa. Le dijo: “Recién tuve una discusión con el sargento Tod. Estoy avergonzado por su conducta, te pido disculpas. Sólo quiero saber qué pasó en el bosque”.

Ella le respondió: “Antes que nada inspector, debe saber que desde muy pequeña me habitué a leer 2hs diarias, y no abandono esa costumbre ni siquiera en temporada de vacaciones. Por eso me alegré cuando el domingo pasado, explorando el bosque, encontré un lugar perfecto para leer mi novela. Era un hermoso jardín oculto en medio del bosque. Y allí estuve el lunes y el martes durante dos horas completas, pero el miércoles, debido al gran prodigio, abandoné ese sector 20 minutos antes. Recuerdo que el 1º día en ese jardín me recosté en la gramilla debajo del sol. El 2º día, busqué la sombra del gran árbol que ocupa el centro del jardín, y ayer me estaba dirigiendo a un tronco caído para sentarme a leer allí, pero mucho antes de llegar a él, apenas me alejé del árbol central que me había cobijado el día anterior, ocurrió un fenómeno inexplicable.”

“De repente el sol comenzó a caerse. Si, se caía. Pero no en dirección a la Tierra, sino que se trasladaba muy rápido, como una nube movilizada por el viento, hacia el lado del poniente. Todos tuvieron que haberlo visto. Se me aflojaron las piernas por la desesperación de perder el sol para siempre. ¿Qué está pasando? Me pregunté aterrada. La sombra de la arboleda avanzaba hacia mí hasta que me devoró la oscuridad de la noche. Luego pude ver la luna y un cielo salpicado de lucecitas trasladarse rápido por el mismo camino que recorrió el sol. Esa imagen de astros vivientes que cruzaban apurados el cielo me llenó de pavor.”

“El amanecer se precipitó en un instante y me permitió ver que todo a mi alrededor se movía a gran velocidad. Me dio la impresión de estar en el ojo de un huracán, donde la paz y la quietud se contraponen a la furia dinámica de alrededor. Pero me di cuenta de que todos los objetos que se movían con violencia no estaban siendo arrastrados por un tornado sino por que la velocidad del universo se había acelerado. Creí que comenzaría a envejecer vertiginosamente, al mismo ritmo de los sucesos. Pero no percibí modificaciones en mi cuerpo y comprendí que estaba protegida en una especie de refugio que me ponía a salvo de aquel proceso.”

“En ese instante me acordé de mi madre. Me pregunté: ¿Estará todavía recostada haciendo su siesta? ¿Y si está conduciendo por la ruta en medio de este descontrol universal? Esos pensamientos alarmantes me dieron valor para intentar moverme del lugar. Por eso me puse de pie y comencé a caminar. Tres pasos me bastaron para que las cosas volvieran a su ritmo habitual. Ese cambio de velocidad también me mareó y de vuelta caí de rodillas al piso desparramando mis útiles por el jardín. El contraste fue tan grande que pensé: “Ahora el mundo se detuvo”. Pero rápidamente entendí que todo había vuelto a la normalidad. Mientras volvía a la cabaña observé el reloj y comprobé que todo había sucedido en 1:40hs.”

– ¿Todo sucedió en 1:40hs? –preguntó el inspector Beltrán.  

Clara respondió con firmeza: “Si, por eso llegué a mi casa a las 15:40hs y no a las 16:00hs como los días anteriores.” Pero el inspector insistió: “¿Sabías que estuviste 24hs fuera de la cabaña?”

La joven, después de una larga pausa le dijo afligida: “Usted me confunde, inspector.”

El inspector Beltrán, fraternalmente la tomó de la mano y le dijo: “Tranquila, yo también estoy confundido.” Salió del cuarto perplejo por aquella declaración. El cigarrillo apagado estaba a punto de caerse de su boca entreabierta. Sus ojos perdidos parecían ojos de sonámbulo. Caminaba despacio, sin ver. De repente, escucha una voz conocida: “¿Confesó inspector?” Pregunto el sargento Tod que no había hecho caso de la orden. Pero Beltrán no se enfureció, porque aunque él había pedido un estudio psicológico motivado por su obsesión enfermiza hacia los ovnis, terminó siendo un acierto casual que iba a permitir descubrir si ese misterioso fenómeno fue ocasionado por un narcótico alucinógeno, exceso de imaginación o simple locura.

Todavía mareado por la confusión, el inspector Beltrán le pidió al sargento que llamara urgente al oficial Munstoc para ir a rastrillar el jardín oculto en busca de pistas que ayuden a desenmarañar el caso.  

Montados en sus caballos, el inspector Beltrán, el sargento Tod, y el oficial Munstoc llegaron al sitio descrito por Clara a las 2 de la tarde. Los 3 policías conocían a la perfección cada metro cuadrado de ese jardín. Desde su niñez lo cruzaron infinidades de veces a pié o a caballo pero jamás permanecieron en aquél lugar por mucho tiempo porque nunca lo consideraron atractivo, y su recuerdo no los conmovía más que el de cualquier otro sector del bosque. El único que demostraba entusiasmo desmedido era el sargento Tod que habló durante todo el viaje de las posibles pistas que se podrían encontrar y de porqué el bosque es el sector preferido por los alienígenas para aparcar. Apenas llegaron al lugar, se lanzó desesperadamente a buscar pruebas misteriosas. Saltaba de un hormiguero apelmazado al interior de las flores en forma de copa, y de ramita insignificante a toda piedrecilla inocente con su lupa escolar. A pesar de su búsqueda desordenada, vio a la distancia, una especie de ruedita tirada en medio de un pastizal. Se acercó lo suficiente para darse cuenta de que era una goma para borrar lápiz. Sin lugar a dudas, era uno de los útiles de Clara. Los otros dos policías permanecían en el perímetro del jardín, bajo la sombra de la arboleda del bosque, observando panorámicamente todo el lugar.

Después de una larga pausa, el inspector Beltrán se propuso rastrillar la zona. Observó al sargento que estaba parado cerca del gran árbol central; inmóvil y encorvado observando algo en el suelo. Le gritó en forma de orden: “Sargento: acérquese que vamos a organizar el rastrillaje”. Enseguida se dio media vuelta y le pidió al oficial Munstoc un bolígrafo. Entonces tomó su cuaderno, dibujó el perímetro del jardín, marcó con un punto el árbol céntrico, y cuando estaba a punto de trazar el cuadriculado sobre el mapa, el oficial le avisó que, al parecer, el sargento no había escuchado la orden. El inspector rápidamente lo buscó con la mirada y comprobó que no se había movido de su sitio. Repitió la orden con más energía, pero, misteriosamente, el sargento no reaccionaba.

Entonces empezó a caminar hacia él. Estando más cerca, le gritó nuevamente, más asustado que enojado, pero nada. Alarmados por la extraña situación, los dos policías acudieron precipitadamente en su ayuda temiendo una parálisis o un trastorno que jamás había manifestado hasta ese momento. Corrieron hacia él, y cuando faltaban pocos metros para alcanzarlo, primero el inspector Beltrán y luego el oficial Munstoc, sintieron una sensación extraña, como si hubieran ingresado a un banco de aire tan espeso como el agua. Al principio les pareció que en ese sector del bosque había una presión atmosférica superior.

Pero más sorprendente aún  fue ver cómo el sargento Tod mágicamente recuperó su movilidad, como si en el momento en que ellos impactaron con esa nube compacta, alguna voz le hubiera ordenado continuar con la acción que había suspendido. El sargento Tod encorvado, con su mano extendida hacia el suelo, y sus rodillas apenas flexionadas, pasó de la inmovilidad absoluta, al acto repentino de agacharse para alcanzar la pequeña rueda. La aferró victorioso y mientras se levantaba con el útil en la mano sin sacar los ojos de la prueba, gritó con fuerza desmedida: “¡Inspector… encontré algo!” Pero cuando por fin terminó de erguirse y vio al inspector y al oficial al lado suyo, gritó de espanto porque no los esperaba ver tan cerca. Les preguntó: “¿Ustedes no estaban en la arboleda?”

Ninguno de ellos percibió que el sol se trasladaba rápidamente. Los 3 estaban mudos, asombrados por estar moviéndose en esa atmósfera desesperadamente pesada que costaba tanto respirar y que daba la sensación de estar en el fondo del océano. El inspector Beltrán, agitado,  sabiendo que algo fuera de lo normal estaba ocurriendo, les preguntó a los oficiales si se encontraban bien. El sargento Tod asintió con la cabeza y le dijo con la voz entrecortada: “Este es uno de los útiles de Clara”, y con la mano temblorosa le alcanzó la ruedita al inspector. Éste, lamentablemente, no pudo articular bien sus movimientos y el objeto cayó al suelo. Todos lo vieron caer y rodar por el césped sin inconvenientes. Entonces el inspector se agachó para atraparlo antes de que se alejara demasiado, pero de repente, el borrador cruzó un límite invisible y se disparó como si fuera una flecha, incrustándose en el tronco caído que había elegido Clara para leer el día de su presunta desaparición. Al mismo tiempo gritaron de pavor. Estaban tan espantados que ninguno se dio cuenta de que aunque sus relojes marcaban las 2 y media de la tarde, el sol empezaba esconderse.

En una muestra de coraje y valentía, el inspector Beltrán marchó resuelto a buscar del útil. El sargento Tod y el oficial Munstoc  vieron cómo dio su primer paso, otro más, y no alcanzó a dar el tercero cuando salió eyectado hacia el tronco donde el útil yacía clavado. Por una fracción de segundo vieron su imagen nítida, parada delante del árbol caído. Pero inmediatamente salió disparado hacia la derecha a una velocidad tan extraordinaria que no pudieron seguirlo con la mirada. El traslado fue  tan rápido que su imagen, al avanzar, dejaba el rastro de su color en el aire. Por eso los oficiales continuaron girando sus cabezas para tratar de seguir su trayectoria, pero antes de completar un giro de 90º, se encontraron al inspector Beltrán parado en frente suyo. Ya sin capacidad para asombrarse, los tres oficiales se quedaron en silencio viendo la catarata de sucesos a su alrededor. La luna, que surgió de repente, se trasladó a la velocidad de las nubes más rápidas, las nubes viajaron con la celeridad de los pájaros y los pájaros nocturnos se proyectaron como flechas. Obviamente, los policías habían caído en la misma trampa que Clara.

Ninguno de ellos sabrá jamás que de los seres extraterrestres que en aquel momento habitaban el bosque, el creador de esa burbuja era el más lento de todos. Tenía la apariencia de un lagarto. Tardó varios días en subir a la rama más gruesa de aquel árbol central y allí se quedó recostado, inmóvil, abrazado a ella con sus patas. Su cabeza era idéntica a su cola pero con un pequeño orificio en su extremo que era su ojo. Blanda como un tentáculo, caía en diagonal para observar un pequeño sector del majestuoso jardín.

Sólo se dedicaba a observar. Y allí estaba la clave del misterio, porque su mirada tenía la capacidad de modificar la fluidez del tiempo de la Tierra para que fuera una réplica exacta del tiempo que imperaba en su planeta ubicado en un sector comprimido del universo. Por eso todo lo que ingresaba en aquel campo creado por su visión, quedaba preso, alterado y gobernado por un tiempo desconocido y remoto que transcurría a otra velocidad. Los movimientos y pensamientos operaban con extraordinaria lentitud, creando la sensación de que fuera de aquel espacio, todo estaba vertiginosamente acelerado. 

Los 3 policías sumergidos en ese pantano gaseoso donde costaba tanto esfuerzo respirar y donde una corriente ondulante fatigaba continuamente el cuerpo y la mente se entregaron al alucinante fenómeno. Recién decidieron salir de la burbuja cuando el sol estuvo encima de sus cabezas. Y aunque sólo permanecieron tres horas en estado de trance, para el esto del mundo estuvieron paralizados en el jardín durante un día y medio.

Poco tiempo después, el ser desapareció tan misteriosamente como había aparecido, y nadie más pudo experimentar la sensación sobrenatural de permanecer dentro de aquella magnífica burbuja de tiempo. Nadie pudo explicar ese fenómeno sin caer en especulaciones de la imaginación, y aún hoy, 70 años después, se sigue difundiendo la leyenda. En la entrada de aquel  jardín gentes de todo el mundo se apiñan ante un modesto altar para observar el retrato de una joven borrosa que supuestamente se llamaba Clara.

 

FIN.

 

 

Autor: Cio

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