Igual que cualquier otro día Warren comenzó su jornada muy temprano, cuando todavía quedaban algunas horas para que las sombras de la noche dieran paso a un nuevo día. La rutina era siempre la misma, levantarse, asearse, y los días en que había suerte en forma de pan duro y leche, desayunar. Después de todo esto salía de la casa donde vivía con su familia, recorría un par de manzanas hasta llegar a la boca de metro y atravesaba la ciudad entre cabezadas y bostezos hasta llegar a su modesto puesto de limpiador de zapatos en el corazón financiero de la ciudad, Wall Street. Warren era el mayor de cuatro hermanos y el único varón entre todos ellos. Su familia, muy humilde, mal vivía con los exiguos e intermitentes ingresos del padre. Su madre, costurera desde niña, de vez en cuando conseguía ganarse unos centavos cosiendo la ropa para los vecinos. Eran malos tiempos para casi todos. Apenas habían pasado algunos años desde la gran recesión y su padre, un ex obrero de la industria siderúrgica, alternaba periodos de desempleo con algunos trabajos mal pagados en lo que saliera. Con una situación así, el espíritu que se respiraba en su casa era el de la derrota. Su padre, un hombre al que la vida le había dado muchos reveses siempre proclamaba la teoría de que el destino ya estaba escrito, y que el de todos ellos era ser pobres y llevar una vida miserable de penurias y desdichas. Sin embargo, Warren no comulgaba con ese carácter derrotista y a menudo imaginaba poder cambiar su suerte algún día, aunque de momento no supiera como. En muchas ocasiones en sus largos trayectos en metro, entre sueños imaginaba que no era un humilde limpiabotas sino una persona adinerada al que todos trataban con respeto y reverencia. Soñaba que era un importante industrial con negocios repartidos por todo el país, que empleaban a miles de obreros como su padre. Soñaba con los viajes que tenía que hacer de costa a costa para atender a sus negocios. Otras veces se imaginaba que era un respetable director de un banco con oficinas repartidas por todo el país y que se manejaba con soltura en el mundo de las finanzas. A menudo sus sueños eran truncados por el sonido chirriante de los frenos del vagón, o por el tumulto de la gente bajándose en alguna estación, pero eran dulces mientras duraban. Una vez llegaba a su destino lo primero que hacía era entrar en una cafetería donde le guardaban sus cosas, una pequeña estructura de madera con dos asientos para otros tantos clientes y toda suerte de cremas y cepillos. Allí le recibía todas las mañanas Betty, una camarera cincuentona, algo entrada en carnes, de piel sonrosada y melena rubia rizada. Para ella Warren era como el hijo que nunca tuvo y lo trataba siempre con mucho cariño y ternura. Día tras día arrastraba su humilde negocio ambulante y lo colocaba en la acera a un lado de la puerta de la cafetería. Unos minutos después siempre aparecía otro de los compañeros que se ganaban la vida en aquella misma acera. A pesar de pasar todo el día juntos ni siquiera conocía su nombre, todo el mundo que le conocía le llamaba “Trigo”, por su antigua profesión de granjero. Para su desgracia, un triste encontronazo con una mula desbocada le dejó cojo de la pierna izquierda e incapacitado desde entonces para las tareas del campo. Poco después del percance emigró a la ciudad en busca de mejores oportunidades y desde hacía bastante tiempo regentaba un pequeño puesto de venta de cigarrillos, fósforos, chicles y pequeños recuerdos de la ciudad. La mañana transcurría a un ritmo acelerado, al mismo al que bullía la ciudad. A pesar de la gran recesión todavía había muchos caballeros que deseaban llevar los zapatos bien lustrados, aunque las propinas ya no eran como decían que eran antes. Muchos de ellos entraban a desayunar en la cafetería de Betty y al salir se paraban a abrillantarse sus zapatos. Mientras Warren se esforzaba en limpiar y pulir el calzado, su clientela se enfrascaba en animadas conversaciones. Muy habitual cada mañana era que los agentes de bolsa y empleados de banca comentasen todos ellos los negocios que tenían entre manos, las fortunas que estaban haciendo para ellos o sus clientes, las compañías que tenían grandes perspectivas y las que quebrarían en breve. Todos estos comentarios, a veces llamaban la atención de nuestro amigo, que sin dejar de frotar con su gamuza escuchaba con interés. Incluso algunas veces algún cliente, habiendo acabado de leer el periódico, lo dejaba encima del banco en el que se había sentado. Todos estos periódicos le servían a Warren de entretenimiento para su viaje de vuelta, los cuales devoraba con avidez pero en bastantes ocasiones sin mucha comprensión. Una vez leídos todavía les encontraba un último uso, el de acabar sirviendo de combustible en el fogón de su casa. Cuando la clientela escaseaba Warren no se quedaba cruzado de brazos sino que iba en su busca. Agarraba su caja de betunes, unos trapos y un pequeño taburete y se marchaba a la caza de clientes a un lujoso hotel cercano. En la misma puerta tenía que sortear su único obstáculo, el botones del hotel, al que había que dar un pequeño soborno en forma de donuts y en bastantes ocasiones aguantar con supuesto interés las historias de los grandes personajes que se suicidaron tirándose desde las ventanas de aquél mismo hotel durante las semanas siguientes al famoso martes negro. En el vestíbulo siempre encontraba algún hombre de negocios deseoso de abrillantar sus zapatos antes de salir a trabajar. Un día, uno de estos clientes del hotel, que por sus zapatos dedujo que se trataba de un hombre potentado, dejó olvidado detrás de una silla un maletín bastante abultado. Cuando Warren lo vio, su dueño ya había desaparecido y, pensando que no era la mejor opción dejarlo allí mismo lo cogió y lo llevó al mostrador de recepción. Se lo entregó a uno de los recepcionistas de confianza y con el que había establecido una cierta amistad, un hombre mayor y bonachón que llevaba allí casi desde la inauguración del hotel en el siglo pasado. Warren no dio ninguna importancia a su gesto. En su familia eran pobres y humildes pero una cosa que había aprendido en casa era que la honradez era uno de los valores imprescindibles de todo hombre de bien y que nada bueno se conseguía siendo amigo de lo ajeno. Sin embargo, unas semanas más tarde, de vuelta al hotel en busca de clientes, el recepcionista se le acercó y le dijo que el dueño del maletín resultó ser un importante banquero de una ciudad cercana que había llegado para cerrar unos importantes negocios. Toda la documentación necesaria la llevaba en el maletín que dejó olvidado y muy agradecido por su acto de honradez había insistido en recompensarle personalmente en su siguiente visita. Tenía que presentarse el último miércoles del mes a las ocho en punto de la mañana. Así lo hizo Warren y el día señalado estaba como un clavo en el sitio acordado. Tras una indicación del recepcionista se le acercaron el propio director del hotel y un señor elegante que resultó ser el banquero. Mientras se presentaban, el banquero, un hombre alto y de voz firme le estrechó gustoso la mano y tras unas palabras acerca de la importancia de la honradez y la entereza moral, sacó de su bolsillo un billete de cinco dólares y se lo ofreció. Sin alargar la mano para recoger el billete, Warren preguntó si podía tener otra recompensa. Antes de que el banquero saliese de su asombro nuestro amigo le contestó que si bien cinco dólares eran una sustanciosa recompensa, el dinero lo podía conseguir con su trabajo pero lo que él realmente estaba buscando era aprender. Más que dinero lo que deseaba era un buen libro en el que explicase de manera sencilla y para no iniciados el funcionamiento de la bolsa de valores. Al oír la petición del muchacho, las caras del director y el banquero que estaban sorprendidas por la osadía del mismo se tornaron en sonrisa y sorpresa por la petición, a la que el banquero aceptó gustoso, admirado de haber encontrado un muchacho honrado y a la vez con ganas de prosperar. Allí mismo se comprometió a hacerle llegar un ejemplar de un libro del que había aprendido grandes teorías en sus tiempos de estudiante. Unas semanas más tarde llegó el libro a sus manos. Para su alegría y sorpresa, sujeto en la primera página estaba el billete de cinco dólares con una dedicatoria que decía: “Espero que este libro te ayude a conseguir muchos como este”. Desde entonces el libro lo acompañaba a todos los sitios a los que iba. Lo leía con gran interés y no poca dificultad en todos sus viajes en metro en que el sueño y el cansancio no lo vencían. Warren era un muchacho que apenas había asistido a la escuela y sus conocimientos eran muy precarios. Algunas de las teorías y argumentos del libro ya los había leído en los periódicos que se dejaban sus clientes, aunque no siempre las había comprendido. Poco a poco y a fuerza de leer una y otra vez fue comprendiendo casi todos los conceptos. Llegados a este punto las conversaciones que sin discreción alguna hacían algunos de sus clientes dejaron de parecerle incomprensibles y a cobrar significado. Los motivos por los que creían que tales o cuales valores subirían, bajarían o se mantendrían ya tenían cierto sentido. También entonces lo que leía en los periódicos que caían en sus manos parecía mucho más comprensible y lógico. A base de observación y paciencia llegó incluso a discernir quienes de sus clientes eran más certeros en sus pronósticos y quienes simplemente oían campanas y no sabían donde. Cuando el trabajo le dejaba un respiro uno de sus entretenimientos más comunes era sentarse con su amigo “Trigo” delante de su puesto y hacerle pronósticos de lo que ocurriría en la Bolsa de Nueva York en los días o semanas siguientes. Algunas veces incluso llegó a escribir sus pronósticos en una hoja de papel para que no quedara duda sobre los mismos. Su orgullo era enorme cuando días después veía con satisfacción que había acertado de pleno en sus predicciones. Para “Trigo” sin embargo, el funcionamiento de la Bolsa le parecía algo así como movido por el diablo. Para su mentalidad sencilla, las cosas tenían un precio y eso de que variase cada minuto le parecía un sinsentido. Llegó el momento en que Warren se sintió preparado y decidió dar el salto de la teoría a la realidad. Aquél día en su equipaje llevaba perfectamente doblado su traje de los domingos. Betty le dejó entrar a cambiarse al almacén de la cafetería en un momento en que el jefe se había ausentado para hacer unas gestiones. Incluso le ayudó a hacerse correctamente el nudo de la corbata. De esta guisa, vestido lo más elegante que podía y hecho un manojo de nervios se dirigió hacia un banco cercano para invertir los modestos ahorros que había conseguido trabajando duro y ahorrando durante años. Era una cantidad modesta, porque la mayoría de sus ganancias las empleaba en ayudar a la economía familiar, pero a pesar de todo, una fortuna para él. Cuando entró en el banco tuvo sensaciones contradictorias. Sentía que aquel iba a ser el inicio de su nueva vida y por otro lado se sentía extraño, como en un ambiente hostil, en un entorno al que no pertenecía. Tenía la impresión de sentirse insignificante dentro de aquel mundo lleno de ejecutivos y hombres de negocios. Después de dar unas cuantas vueltas despistado una amable secretaria, viendo su cara de despiste se le acercó y después de preguntarle el motivo de su visita le indicó la persona con la tenía que hablar. El empleado que atendió sus peticiones de compra de valores lo hizo con una cara mezcla de extrañeza y de incredulidad, como si no lo viera capacitado para tomar ese tipo de decisiones, pero en unos minutos sus órdenes ya estaban cursadas y dispuestas para su ejecución. Aquella noche apenas pudo dormir pensando en el gran paso que había dado. Algo en su interior le decía que se había producido un punto de inflexión en su vida y que todo iba a cambiar. Por la mañana, mientras viajaba en el metro intentaba escudriñar en los periódicos de los pasajeros por si veía alguna noticia de la Bolsa que le diera alguna pista sobre sus decisiones del día anterior. Igualmente mientras cepillaba los zapatos leía las portadas de sus clientes en busca de noticias de interés. Durante las semanas y meses siguientes continuó de la misma manera, leyendo todos los periódicos que caían en sus manos y escuchando las conversaciones poco discretas entre sus clientes. Como las cosas habían comenzado bien cada vez estaba más animado y con más recursos para continuar con sus inversiones. De vez en cuando y cada vez más a menudo se repetía el proceso del primer día, ponerse el traje de los domingos entrar al banco y realizar alguna operación. La cara del empleado que al principio era de indiferencia se fue cambiando por una de cierta amabilidad e incluso respeto y admiración. Operando de esta manera consiguió bastantes éxitos aunque también algún pequeño fracaso pero que no hicieron decaer en lo más mínimo su entusiasmo. Su certeza en sus pronósticos comenzó ser conocida ente los compañeros de alrededor de su puesto. Como confiaban en Warren, incluso Betty, Trigo y alguno más se animaron, no sin cierto recelo a romper sus huchas y a dejarle sus ahorros para que los invirtiera por ellos. En algo que sea seguro y que de muchos beneficios le decían medio en broma medio en serio. Con el tiempo sus nuevos negocios le resultaban bastante lucrativos pero también requerían cada vez más dedicación. Llegó un momento en que tuvo que contratar un muchacho para que hiciera parte de su trabajo de la mañana limpiando zapatos para disponer de algo de tiempo libre. Mientras tanto él se dedicaba a leer todos los periódicos que encontraba y a estudiar sus inversiones en alguna mesa libre de la cafetería, en el puesto de tabaco de Trigo o simplemente apoyado en la tarima donde se sentaban sus clientes para limpiarse los zapatos. Sus inversiones prosperaban de una manera esperanzadora. Sus socios y amigos también estaban muy contentos con los beneficios que estaban consiguiendo por lo que su fama se extendió por las tiendas de la zona. El anciano Arnold, dueño de la ferretería, el jocoso Luca, empleado de la frutería, el botones del hotel y otros cuantos le confiaban su dinero para que lo hiciera crecer, convencidos de que Warren era un hombre de palabra y no un charlatán más de los que abundaban por la ciudad. Llegó el momento en que entre sus beneficios propios y las comisiones que les cobraba a los demás pudo permitirse alquilar una pequeña oficina en la que tener sus papeles y sus cosas. Era una minúscula habitación sin apenas luz en un sótano y que por el olor que despedían las paredes llevaba años sin otros ocupantes que las ratas. A Warren no le importó lo más mínimo la modestia de su oficina, la limpió, pintó y con muebles que desechaban las oficinas de alrededor le quedó un despacho más que presentable. El puesto de limpiabotas al que ya no podía dedicar nada de tiempo se lo cedió por una simbólica cantidad al muchacho que contrató unos meses atrás cuando las cosas le empezaron a ir bien. Tras unos meses en su modesta oficina sus beneficios le permitieron trasladarse. Una oficina con ventanas remplazó a la pequeña inicial y otra aún más grande de dos salas sustituyó a la anterior, con espacio para su despacho y las mesas de los dos empleados que necesitó contratar. Los negocios de Warren parecían no tener techo y pronto pasó de ocupar la oficina de dos salas a la planta entera del edificio. Una reluciente placa dorada en el portal anunciaba su negocio de finanzas e inversiones. Por aquel momento los que antes había sido sus clientes como limpiabotas lo seguían siendo ahora, pero esta vez requerían sus servicios como asesor. Su reputación de gran olfato para los negocios se extendió como la pólvora en los círculos financieros y muchos inversores depositaban en él su confianza y lo que era más importante, sus ahorros. Sus inversiones se contaban por éxitos en su gran mayoría. Con el tiempo fue ganando conocimiento de muchos negocios en los que también acababa invirtiendo. Incluso llegó un momento en que dio el salto internacional y realizó algunas inversiones en países lejanos con el mismo índice de éxito que en sus negocios más locales. Ya no tenía limitación alguna, ni por el tipo de negocio ni por la ubicación geográfica. Han pasado ya muchos años desde sus inicios. Hoy en día, después de mucho tiempo y esfuerzo, Warren es una de las personas más ricas del planeta. Aún así, sigue atravesando la ciudad cada mañana para ir a trabajar, pero ahora en limusina propia. Siempre le gusta llevar los zapatos bien brillantes y además de dar buenas propinas, siempre las acompaña con algún consejo para todo aquél que lo quiera escuchar, porque como él dice, “la vida está llena de oportunidades, sólo hace falta verlas y saberlas aprovechar”.