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Ávila García, Juan José (Cinéfilo)

Buscando a Thomas Pynchon



Seudónimo: Cinéfilo

BUSCANDO A THOMAS PYNCHON

Aunque sólo había visto su fotografía en las contracubiertas de sus libros de ensayos y en las cabeceras de artículos de revistas especializadas, nada más entrar en la cafetería del Wardolf, lo reconocí. Ya sé que suena demasiado literario, pero las sienes me palpitaron y un dedo de hielo tocó mi corazón. Tras unos instantes de estupor, me calmé e incluso suspiré de alivio: había comprendido en el acto que él era la única persona en el mundo que podría salvarme. Allí estaba. El monstruo sagrado de las letras americanas. Me empiné y contemplé, entre un rostro de mármol de pálida mirada y una cabeza de frente genial que no dejaba de oscilar, aquel reluciente cráneo suyo, la nuca plateada de aquella sabia testuz, sus hombros estremecidos por el regocijo y su recia espalda encorvada sobre la barra. Por supuesto, estaba leyendo un libro que, al parecer, le hacía gracia, y se hallaba acodado sobre el mármol, sosteniéndose una mejilla con la mano. Di varios pasos a la derecha y pude atisbar la hinchada vena que cruzaba su sien, el escarabajo de la ceja, un ojo frenético, el insigne arco de la nariz y la prominente distensión de la comisura izquierda de los labios. Era inconfundible. La estampa de aquel gigante hubiera destacado entre una multitud.

El pianista atacó una galopante melodía, derramó una cascada de notas sobre los jarrones de dalias y orquídeas y yo respiré hondo reuniendo fuerzas para acercarme a la barra. Aún temía que los espejos reflejaran la alta y delgada silueta de un hombre cuya cabeza no tuviera rostro. Últimamente había estado tan nervioso que, al mirarme, creía que los rasgos y las facciones de la cara se me habían difuminado. Un episodio de ansiedad. Y, como sabéis, un largo espejo recorre para mi espanto la pared trasera de la barra del Wardolf, duplicando la imagen de los bebedores.

Estaba sufriendo la peor crisis creativa de mi carrera, pero, inexplicablemente, no había pensado hasta aquella tarde ir al Wardolf. Las ideas más felices para mis novelas siempre se me han ocurrido allí. Con la primera copa las ocurrencias chispeaban en mi mente, al segundo o tercer trago los argumentos encajaban y los personajes cobraban vida, y tras un último manhatan fluían las primeras frases, que me apresuraba a apuntar en una libreta. Cuando las dudas o el desconcierto me acosaban en mi estudio, siempre hallaba entre los clientes del Wardolf una apoplética papada, la pajarita blanca de algún petimetre, una calva que refractara la luz de una lámpara o los andares de pato de un camarero, que indefectiblemente me inspiraban. No sé qué impresión causaba a los  demás clientes en aquellos momentos, porque cuando escribo me pongo muy tenso y no dejo de agitarme, crispado, en mi asiento. A veces levantaba la vista y veía entre las cabezas, las espaldas y las manos en movimiento un rostro que hacía visajes y guiñaba nerviosamente. Era yo. Por fin el espejo no olvidaba reflejar mis borrosas facciones. Pero la consciencia de que mi figura podría servir de modelo a un segundo escritor no mermaba mis facultades. Allí nunca me faltaba la imaginación. El problema es que después de una sesión de escritura en uno de sus divanes de damasco rojo siempre volvía a casa hipando y algo mareado. Por eso, no digo que las copas no tengan nada que ver con mi repentina creatividad y sólo recurro al Wardolf en las situaciones límite.

El hecho es que aquel día tampoco iba a ser una excepción y el Wardolf había vuelto a salvarme de mis demonios con la presencia de la única persona sobre la faz de la tierra capaz de exorcizarlos, aunque él lo ignorase y ni siquiera me conociera. A varios pasos de distancia se encontraba la solución a todos mis problemas. Yo tenía una fe ciega en aquel hombre.

Sí, allí seguía, como una respuesta a mis plegarias, bebiendo café y leyendo un libro, el crítico literario más famoso del mundo. Aquel personaje podía desentrañar el último significado, por esotérico que fuese, de cuanto leyera y una sola frase suya destruiría o exaltaría la reputación del autor del libro que ahora sostenía.

Al fin, me dirigí derecho a sus ojos de buitre, que seguían los renglones del libro ardiendo como carbones encendidos, y a sus sarcásticos labios, que al reír exhibían aquellos dientes de lobo. Sus ilustres cejas se elevaron como acentos circunflejos en la inteligente frente. Aparté con el codo al dueño de la cara de mármol, a la que agrietó un gruñido, y me situé junto a él. Pedí un manhatan y encendí un cigarrillo para hacer tiempo. Mis zapatos crujieron de impaciencia y él carraspeó en mi oreja. Apurado como estaba, me disponía a hablarle de inmediato. Esperé en vano que levantara la vista o diera un trago a su taza, porque seguía absorto en la lectura y el café se le había terminado. Necesitaba que me escuchara, aunque para ello tuviese que cerrarle por sorpresa las tapas del libro o arrojarle de un codazo la taza encima. No soy nada tímido y puedo trabar conocimiento con quien me proponga. Es cierto que llevo una vida muy solitaria, pero esto no altera mi equilibrio psicológico, y no me contradigo, aunque penséis que me habéis cogido. Aquella crisis nerviosa sólo se debía al trabajo y era pasajera. Ahora todo el mundo parece sacar conclusiones precipitadas sobre mí. En todo caso, mi voluntaria soledad se debe a mi carácter independiente y a mi vocación literaria. No puedo tolerar que nadie me distraiga y me aparte de la escritura. Acababa de renunciar a mi puesto docente, porque por un milagro mis libros habían comenzado a venderse bien, y llevaba meses eludiendo a mis viejos amigos, que ya me aburrían.

Advertí que un largo cilindro de ceniza pendía de la colilla de mi cigarrillo, al que no había vuelto a darle una calada, y pensé que debía hablarle ya.

Además, apenas me queda ningún familiar cercano vivo y he perdido el contacto con el resto. Sólo le escribo de vez en cuando a una vieja tía, que se encuentra ingresada en un sanatorio porque está bastante chiflada. Pasé con ella varios años de mi infancia, después de la desaparición de mis padres. Como últimamente había estado algo hipocondríaco, llegué a plantearme darle una gran propina al conserje de mi edificio, para que después de mi muerte le siguiera remitiendo periódicamente a mi tía cartas ficticias que incluso ya había empezado a redactar, en parte como pasatiempo o ejercicio literario. Ya que no podía concentrarme para escribir otra cosa, en ellas narraba, impostando el futuro eco de mi voz desaparecida, una sucesión de ascensos, cátedras, honores y nombramientos académicos, e incluso inventaba problemas triviales y amores hipotéticos, que se resolvían en la siguiente carta. Una novela epistolar con la que sobrevivirme en la memoria de una loca.

Pero toda aquella paranoia iba a acabar, porque gracias a haberme encontrado en el Wardolf aquella tarde con Harold Bloom, el calor de cuya respiración de sierra me calentaba la nuca, como podría haber tocado su velluda mano sin apenas estirar la mía, e incluso percibía el acre aroma de sus hormonas; yo iba a recuperar la confianza y a encontrar la manera de volver a escribir ficción. Escucharía lo que tuviera que decirme como si fuera el oráculo de un gurú. La ceniza seguía pendiente de la punta de mi cigarrillo, e incluso había avanzado a través de éste, y yo aún no me había dirigido a él. Me noté la boca seca, así que bebí un trago de mi copa, lo miré de reojo y vi que los mofletes de su rostro y los pliegues de grasa del vientre se bamboleaban. A duras penas contenía su hilaridad. O bien leía un libro cómico, que a partir de entonces tendría un éxito seguro, o la obra tenía otras intenciones, en cuyo caso el autor estaba sentenciado.

Tosí afectadamente, y de pronto sentí que el minúsculo intervalo de espacio y tiempo que nos separaba se expandía en un universo y una eternidad inconmensurables. Pero yo tenía que aprovechar su buen humor. La ceniza se desprendió de mi cigarrillo y ya no esperé más:

-Ejem… perdone, ¿tiene fuego? –y sólo entonces advertí lo ridículo de mi petición, sosteniendo como estaba mi colilla encendida, mientras él se limpiaba de un manotazo la ceniza que yo había esparcido en sus muslos-, ¿no? Gracias de todos modos. Hum, veo que ha terminado su café. ¿Podría invitarlo a otro? No todos los días tiene un lector la suerte de coincidir con usted, maestro. Quisiera aprovechar la ocasión para decirle dos palabras.

Yo no había perdido el control de la situación, pero mi voz se atipló y me salió un gallo al pronunciar esto último. El zumbido que dio al cerrar el libro me hizo dar un respingo. Nunca olvidaré el gesto despectivo en que frunció sus gruesos labios hacia abajo, con qué exactitud y minuciosidad se recompuso las perneras de los pantalones después de sacudirse la ceniza y la autoritaria graduación en que elevó el ángulo de su barbilla. A vosotros también os habría impresionado. Pero yo había conseguido atraer su atención, como demostraba el ardor con que llameaban sus ojos fijos en los míos, mientras le exponía mis problemas. Aunque sólo me presenté como un escritor aficionado, nadie mejor que él podría comprenderme. Le expuse los síntomas de mi colapso creativo. Cómo mi escritura había llegado a un callejón sin salida y no hallaba la forma de continuar. Ningún escrito que emprendía me interesaba de verdad y de ello se resentía mi prosa. Las historias no acababan de arrancar y la acción no progresaba. Siempre había sido lento, apenas había escrito tres novelas en doce o trece años, pero ahora me encontraba completamente bloqueado. Sonaron las tres últimas notas del tema del piano, un borracho aplaudió y él al fin dejó oír su voz alta y cavernosa, en la que un deje burlón matizaba su autoridad profesoral:

-Si algo me ha quedado claro de su larga perorata, es que su escritura necesita un cambio. Pruebe, por ejemplo, a introducir en la narración discursos ajenos a la mera historia. Me refiero a la física, al cine, al cálculo matemático, al comic, a la termodinámica, cualquier cosa. No sea tan metódico, ni controle sus medios expresivos, Déjese llevar. Improvise, exagere, caricaturice, mézclelo todo en un pastiche imprevisible. Que esos elementos nuevos influyan en su estilo, tendiéndolo hacia la desmesura. La trama dará mil vueltas y vaivenes fuera de su control. Si quiere un consejo, lea a Pynchon. Una y otra vez. No ha escrito mucho, pero su estilo representa la liberación que usted necesita. Aires nuevos. No le estoy diciendo que lo imite, entiéndame. Sólo que libere su estro sin ambages y cree con su voz propia un mundo particular, quizás fantasmal y lírico. Como sabe, no es que yo lo descubriera, pero sí he convertido a Pynchon en un autor de culto.

Yo había estado denegando con la cabeza todo el tiempo, y entonces reprimí el irracional impulso de mirarme al espejo que recorre el fondo de la barra. Un involuntario codazo del hombre de la mirada metálica me sacó de mi ensimismamiento y le repliqué:

-Ya he utilizado ese sistema. He parodiado otros géneros y he aludido hasta la saciedad a la ciencia, las matemáticas, la filosofía, el arte, la física nuclear y no sé cuántas cosas más. Y eso me ha llevado al callejón sin salida donde estoy. Además, no quiero repetirme.

Unas huesudas manos depositaron frente a él una humeante taza de porcelana que tintineó en su platillo.

-Oh, no se preocupe por eso. En ese campo las posibilidades son infinitas… -prosiguió, pero se interrumpió bruscamente, como si se hubiera arrepentido de decirme algo. Sus ojos se habían desviado hacia un pastel de merengue, que se hallaba expuesto en una cercana vitrina, e hizo un tímido ademán de recuperar su libro, que había dejado sobre la barra, pero yo lo había apartado de un disimulado manotazo fuera de su alcance.

-Sin embargo, debe haber una estructura para el delirio, más allá de la cual aquello se convierta en un disparate, ¿o es que todo vale? Y la fantasmagoría puede cansar y agotarse a sí misma más que cualquier otra cosa.

-En el arte de yuxtaponer conceptos y extrapolar discursos no puede haber una medida para el desorden. Eso no quiere decir que no se pueda lograr un delicado equilibrio textual. Mire… -y volvió a interrumpirse, no sé si porque la mirada se le volvió a escapar hacia el maldito pastel, mientras se relamía los húmedos labios, o quizás había vuelto a arrepentirse de desvelarme algún secreto decisivo. Probablemente, hablando a trompicones, quería demostrarme la efectividad de lo fragmentario como clave de bóveda del arte posmoderno. El hombre de ojos de acero, que sin duda había estado escuchando nuestras palabras, estalló en una carcajada.

-Sé muy bien de qué me habla -intenté reactivar la conversación-, pero el resultado no deja de ser un artefacto híbrido, frío y hermético, que sólo interesa a unos pocos.

-Ese arte salvaje y brutal no dejaría de tener actualidad. No tiene fronteras y dejaría testimonio del presente. Le voy a contar un secreto, pero le pido a cambio la máxima confidencialidad  -y al tiempo que se decidía por fin a hacerme la revelación, no pudo resistir más, y extendió su gordo brazo hacia la vitrina. Sus dedos índice y pulgar arrancaron la guinda que coronaba el merengue y se la llevaron a su ávida boca. Creí atisbar la úvula en lo profundo de la caverna.  Yo estaba molesto de que hubiera dispersado de un modo tan fútil la atención que me debía, y le espeté como venganza:

-Pero, ¿qué hace? ¿no sabe que ese pastel lleva meses ahí y ya estará echado a perder? –Oí un gorgoteo de saliva y él puso los ojos en blanco, como si se hubiera atragantado, pero acabó tragándose la guinda con un ruido de succión.

-¡Puaj! -exclamó, encogiendo los tubérculos de sus mejillas y demostrando lo extraordinariamente sugestionable que podía ser, ya que el merengue tenía una pinta estupenda-, ¡Qué asco! ¿Por qué no me ha avisado antes?

-No sea tan susceptible. Era sólo una guinda… Volvamos a nuestro asunto. ¿Qué tenía usted que decirme?

-Estoy casi seguro de que Pynchon viene por aquí de vez en cuando –prosiguió en voz baja, rehaciéndose y acercando su cabeza a la mía. Yo tuve que volver a refrenar un agudo deseo de mirarme al espejo, así que mantuve la mirada fija en su bulboso rostro-. Háblele, creo que no se negará a aconsejar a un colega, a pesar de su manía por el anonimato. Si usted lo aborda con tacto, es muy posible que lo atienda, aunque no reconozca su identidad. Él también habrá sufrido sus crisis creativas y lo comprenderá. Puede ayudarle mucho más que yo… ¿Tiene usted reparos? –me inquirió al percibir mi gesto de impaciencia-. Al fin y al cabo, yo tampoco le conozco y nada le ha impedido interrumpirme la lectura y dirigirse a mí hace un momento. Es alto y delgado, con el pelo alborotado, aproximadamente de su misma edad y suele sentarse por las tardes en ese diván de la esquina. Pide un manhattan y se dedica a observar a los clientes. No para de fumar y de vez en cuando toma alguna nota. Creo que es él, porque a veces he creído que me saludaba discretamente con la cabeza o me guiñaba un ojo con complicidad. Yo no le he dirigido la palabra. Si quiere permanecer de incógnito, allá él. A mí no me interesan las personas, sólo las obras. Y las suyas me parecen fascinantes. Yo las he hecho famosas.

-¿Está seguro de que es él? –le pregunté, cada vez más incómodo, pero al mismo tiempo tuve que reprimir una risa nerviosa que me salía por las narices.

-La última vez pasé junto a él y no pude dejar de mirarle por encima del hombro. Tenía en el velador un ejemplar de “V.”, su primera novela. He oído que van a reeditarla y estará revisándola –añadió, mirando en torno a sí con la boca arrugada y los ojos velados por una neblina, como si la conversación hubiera empezado a aburrirle.

-Tiene usted que ayudarme. Si supiera por lo que estoy pasando… Me paso las horas en mi estudio y no se me ocurre por dónde empezar. Cada noche tiro a la basura cestos y cestos llenos de papeles en blanco arrugados.

Bloom bebió de un trago casi todo el café, suspiró, alcanzó, estirando el brazo, su libro y se dispuso a reanudar la lectura, denegando con la cabeza. Yo me desesperé al comprobar que daba por concluido el tiempo que me había concedido. Sin duda, quería evitar que yo le diera los títulos de mis libros y le suplicara una reseña laudatoria de alguno de ellos. Miró de reojo mis manos temblequeantes. Quizás me vio tan descontrolado que temió que le pidiera que me incluyera en su “Canon Occidental”.

-¡Estoy acabado! –grité, cogiéndole la muñeca- ¡Deme alguna pista, cualquier cosa que me ayude a continuar! –le supliqué, y en mi precipitación le derramé sobre el regazo mi copa, que apenas había probado.

-Lea o hable con Pynchon, pero déjeme en paz de una vez –masculló, desasiéndose de un tirón de mi mano y limpiándose los pantalones con una servilleta.

Al fin sucumbí a la tentación de volverme al frente y mirarme en el espejo que con dorado marco de arabescos recorre la pared de estuco posterior a la barra del Wardolf, pero vi el contorno de una cabeza vacía que no contenía rasgo ni facción alguna, y le repliqué furioso, mientras se llevaba la taza a los labios para apurar los posos de su café:

-Bien, ahora seré yo quien le cuente un secreto, porque ese café estaba envenenado y ya no podrá ir cotilleando por ahí –y me callé un instante, para hacer una pausa dramática durante la que oí cómo la taza tintineaba histéricamente sobre el platillo- : Yo soy Thomas Pynchon.

La cuenta pendiente de Nureyev

               Aunque cada vez más borrosa en el narcótico humo de la memoria de los cigarrillos de su ancianidad, el viejo Charley O’Clock, camarero jubilado, jamás olvidaría aquella  madrugada triste en que Nureyev se fue sin pagar del bar del Ritz y a él casi lo despiden, aún más memorable, por algún motivo que aún no había conseguido desentrañar, que la noche de verano en que una propina de Orson Welles le permitió comprar en una furtiva esquina del alba los lánguidos favores de la mulata Sol.                               Mientras secaba los últimos vasos de aquella velada y sus compañeros volcaban las sillas sobre las mesas vacías, vio el  perfil de halcón del bailarín decantarse contra la cristalera azul de la noche, su mejilla contraerse en una mueca, la frente abatirse sobre el ángulo del codo y los hombros agitarse convulsos a un ritmo que no admitía consuelo. Charley desvió discretamente la mirada, cambió de gamuza y se dispuso a secar un platillo de loza con los ojos bajos. Una invisible trompeta insinuó una melodía desde el fondo de la noche y el cristal de una última copa tintineó en la barra. Tal y como se habían temido, los borrachos se reconocían entre sí lanzándose húmedas miradas y las mujeres descartadas ensayaban en los espejos guiños y sonrisas más sugerentes para la próxima noche. Colocó una botella azul de ginebra en una vitrina de bronce y vio reflejada en el espejo enmarcado de dorados arabescos la mesa desierta del ruso. Se volvió y comprobó que una copa volcada se balanceaba sobre el mantel de hilo junto al tallo de otra, y la colilla de un cigarrillo que Nureyev no había fumado aún elevaba del cenicero de cristal con forma de piano un rastro de humo en el aire instantáneamente vaciado. Juntando las cejas y arrugando resignadamente la boca, Charley pensó, mientras se rascaba el cogote, que probablemente Nureyev se habría deslizado hacia la puerta de puntillas por el mármol del titilante escenario del bar, mientras ejecutaba, impulsándose con los brazos y extendiéndolos en el aire, y saltando y girando lenta y delicadamente sobre las ligeras puntas de sus pies, un fantasmal paso de baile que en su gracia habría detenido el tiempo triste en un mágico instante, intenso y apasionado, ante un mudo público de sillas vacías y espaldas encorvadas en la barra.                               Había entrado en el local unas tres horas antes. El camarero había visto cómo se iluminaba intermitentemente el ábaco de la entrada con los flashes de los fotógrafos y había oído el revuelo de los periodistas. De repente, la puerta se abrió, cortando el aire de expectación que lo precedía. El bailarín penetró en el bar muy envarado pero con las pupilas bajas, ajustándose un pañuelo rojo en el bolsillo superior de la chaqueta. Iba dejando a su levitatorio paso un rastro de profundos suspiros y miradas soñadoras. Cuando tomó asiento y reclamó a Charley, todas las cabezas se volvieron hacia él. La silla de respaldo labrado emitió un crujido que rugió en el silencio de la sala. En efecto, la música de ambiente y el tintineo de las tazas de porcelana y de las cucharillas de plata se habían acallado, el rumor de las voces y el cloqueo de las lentejuelas y de las risas se habían interrumpido, el zumbido de los descorches y el chasquido de los cubitos de hielo se habían apagado hasta el punto de que Charley pudo oír el castañeteo de aquellos largos dedos. Mirando las líneas rectas que dividían las perneras del pantalón de su traje azul eléctrico de raya diplomática y sintiendo en la nuca un escalofrío de emoción, apuntó en su libreta Chateau Latour cosecha mil novecientos catorce, el champán más caro que nadie le había pedido ni le pediría jamás.                               Cuando trajo el argénteo cubilete lleno de hielo y su mano enguantada de piel de cabritilla ya extraía la botella envuelta en una servilleta de seda, tuvo que volver a por otra copa, porque había sentido en la nuca el estertor de una respiración. En efecto, un enjuto joven ataviado de un esmoquin negro se sentó a la otra silla sin saludar.. Parecía un adolescente, sus ojos de azabache despedían lúgubres reflejos, y mientras le servía el champán inclinándose ceremoniosamente y llevándose la otra mano a la espalda, Charley notó que su tierno rostro era tan pálido como el de un cadáver y exhibía unas demacradas mejillas del color de la cera. Además, tenía la costumbre de pasarse una y otra vez la punta de la lengua por el delgado labio superior. Ostentaba prendido en la solapa un mustio clavel blanco que difundía un hedor a podredumbre. Ejerció tal magnetismo sobre Charley, que no podía quitarle el ojo de encima. Torciendo poco después el cuello, lo vio sobre la cima de un complicado peinado y entre unas aleteantes manos encender un larguísimo cigarrillo con un diminuto mechero repujado de plata. Casi dejó caer una bandeja llena de daiquiris y manhatans al percibir, mientras pasaba junto a su mesa rumbo a otra, el tono macilento de su siniestra barbilla hendida por un hoyuelo sobre su pajarita. Dio un traspiés y derramó tras Nureyev un vaso de whisky sobre el regazo de organdí de una parlanchina anciana, a la que del susto se le cayó la dentadura postiza sobre un plato de aceitunas, cuando el otro chasqueó la lengua sobre el velo del paladar en tanto contemplaba el color de la copa llena al trasluz de la sala. Charley llenaba tan negligentemente las copas como si regara unos tiestos de flores. Además, veía de reojo cómo el invitado de Nureyev no cesaba de denegar con su despreciativa cabeza, que tenía el brillante cabello negro ominosamente aplastado contra el cráneo. La ceniza pendía, a punto de desprenderse, de su eterno cigarrillo, que sostenía amaneradamente hacia arriba, con el pulgar inclinado hacia atrás. Ignoraba y contrariaba los apremiantes susurros de su compañero de mesa, que, agarrado a los bordes de ésta y estirando el cuello, parecía rogarle o implorarle algo encarecidamente, con el mismo desdén con el que sostenía el tallo de la copa y exhalaba nubes de humo directamente hacia su rostro suplicante.                               A Charley la escena le parecía tan emocionante, evolucionando bajo las cálidas luces de las arañas de cristal del bar, que se extrañó de que los bebedores de la barra, impresionados por la corrupta belleza y los silencios del joven y la vana insistencia y la desesperación de Nureyev, no sintieran un cosquilleo en la nuca ni se volvieran conmovidos hacia la pareja, y de que el resto de los clientes no enmudecieran ni aguzaran los oídos para escuchar sus perentorios y misteriosos cuchicheos. En lo que a él respectaba, estaba fascinado y no podía sustraer su atención de ellos, aun a costa de ralentizar su trabajo.                                           Cuando pasó de nuevo junto a ellos camino de otra mesa para devolver un cambio, vio cómo una alargada y ávida mano abría un estuche de cuero marroquí en cuyo forro de satén beige relampagueó un reloj de diamantes, y una lengua relamía un cruel labio. Al volver, con la propina tintineando en el bolsillo y sosteniendo una bandeja de vasos vacíos, comprobó que la morena cabeza denegaba por última vez y la ceniza se desprendía al fin de la punta del cigarrillo. La silla del joven crujió y casi la derribó al levantarse con brusquedad. El clavel voló hacia la mejilla de Nureyev, donde dos pétalos se le quedaron adheridos bajo un pómulo, como si un rastro de humedad se los hubiese pegado a la piel. El otro salió del bar, hundiendo la cabeza entre los hombros como un jorobado y esbozando una sórdida mueca de codicia, mientras se acariciaba la refulgente muñeca y sus ojos fijos en ella despedían brillos rapaces. En tanto servía otra copa, Charley observó cómo los ojos de Nureyev habían seguido la esbelta espalda  incluso después de que ésta hubiese desaparecido por el vano de la puerta tallada de nogal, y ahora, vidriosos, intentaban reconocer entre la multitud, a través de los nocturnos reflejos de la cristalera, los elásticos pasos del taciturno, que se alejaban hacia el pasado y la frustración.                               El chasquido que los monederos de las mujeres maduras efectuaban al cerrarse después de haber pagado las cuentas parecía invitar a la mayoría de los clientes a marcharse. Al salir, ellas agitaban sus cabellos oxigenados y adelantaban sus pechos artificiales y sus faldas de tafetán, que les ocultaban las piernas varicosas, y sus acompañantes se tambaleaban como sonámbulos sobre sus pies entumecidos. Los zapatos de piel de cocodrilo y los ternos de piel de tiburón crepitaron, y los rubíes brillaron en los dedos. Los tacones de aguja de las jóvenes, que seguían el rastro de las cuentas corrientes y de los faldones de los fracs de sus parejas, repiqueteaban en las fantasías de los que se quedaban, que las admiraban con la boca embobada y los ojos como platos; los camafeos destellaban, y los pendientes de perlas y las plumas de avestruz se agitaban a su paso.           

Al dirigirse a la caja registradora y verlo cabizbajo, con los brazos colgando inertes a los lados de la silla, aunque acariciaba con la yema del pulgar de su diestra la corola del clavel, y las pupilas fijas en un lejano punto de la noche desolada, Charley intuyó, contrayendo una mejilla compasiva, que quizás Nureyev creyera que afuera había estallado una repentina lluvia que descendía por el cristal, porque aún no habría advertido que eran lágrimas lo que resbalaba por sus propios ojos y no gotas de lluvia por la cristalera. La luz violeta de la noche era lo único que fluía a través del cristal oscuro. Pero, aunque el camarero se llevó la meditativa punta del índice a la cúspide de su calva y su chaqueta blanca se le encogió sobre la cintura, no pudo adivinar que aquella noche tendría en la caja un descuadre de doscientos francos de los de entonces y debería resignarse a beber, solitario y lentamente, descifrando las sombras pero sin sentir esperanza ni deseo algunos, y acodado en la perfumada penumbra de la desierta barra, donde se iría desvaneciendo el eco de un solo de trompeta y estallarían las burbujas de su tristeza; la última copa ya caliente de la botella de Chateau Latour, cosecha de mil novecientos catorce. 

Erik Satie también toca la ármonica

           Erik Satie jamás había escuchado, ni siquiera en los auditorios más refinados, una música tan nostálgica como la que oyera sonar aquella noche, en el Café de las Mil y Una Noches de Tánger, procedente de la armónica engastada de diamantes de aquel joven negro que se hacía llamar Tommey. Quizás fuera cierto que ser cliente asiduo de aquel local trajera mala suerte tarde o temprano, como recordarían moviendo la cabeza, mucho tiempo después de que hubiera cerrado sus puertas, algunos viejos que ya confundían sus memorias con sus embelecos, pero de momento allí todo el mundo, tanto los turistas como los naturales del país, disfrutaba con sus luces y sus tragos, sus bailes y sus músicas, sus mujeres y sus risas. Al fin y al cabo era lógico que aquellos que habían llevado una vida disoluta sufrieran al cabo el infortunio de divorcios, ruinas y enfermedades. Estaba situado cerca del puerto, al final del bulevar llamado de los álamos y, según los muchos desgraciados que lo recorrían día y noche, de las ilusiones perdidas, donde los travestis defraudaban de madrugada, con sus taconeos entre las sombras, los románticos anhelos y los últimos ahorros de ancianos medio ciegos y de gustos clásicos, y aparecían al alba gaviotas mutiladas frente a los edificios de color cemento.            Satie lo había descubierto por casualidad en su primera noche en la ciudad, cuando se levantó una ventolera que casi lo derribó y le cegó los ojos con arenilla. Un tiesto de geranios estalló junto a él, los cristales de las ventanas vibraron, un matojo procedente de un remolino de hojarasca revoloteó cerca de su cabeza y su sombrero rodó hasta los pies del portero del café. Cuando se dirigía a recuperarlo a tientas contra el viento, intentando deshacerse de una hoja de periódico que se le había adherido a una pantorrilla, éste le sonrió, exhibiendo sus mellas bajo el parpadeo de una luz de neón, abrió una puerta acolchada y le invitó a refugiarse en su interior con una zarpa extendida, mientras le tendía el sombrero con la otra. Hasta la noche prodigiosa que descubrió a Tommey, la estancia de Satie en Tánger, la primera vez que se había atrevido a salir de París en toda su vida, había sido tan monótona, y aquella ciudad le parecía tan carente de riesgos y prodigios, que una sofocante tarde decidió adelantar su regreso para el día siguiente reservándose un incómodo pasaje en un carguero holandés. Se había debatido, sediento bajo la cruda luz del sol, a la mesa de la desierta terraza de un café de la Casbah, había visto cómo un pájaro herido se debatía entre unas pieles de plátano y un mendigo sin nariz ni piernas se deslizaba en su carrito rodante por los soportales; e, impaciente de que nadie lo atendiera y aburrido, se había levantado de un salto que derribó la silla y se dirigió derecho a través de la plaza, sorteando las hojas que el viento enredaba a sus pies y enjugándose el sudor de la frente, a la agencia de viajes. Le sofocaban la humedad y el calor de aquel verano exótico y le habían decepcionado la aridez y el esquematismo del paisaje. El resplandor y el centelleo del sol de los atardeceres de la bahía le provocaba jaquecas y nostalgia, su reflejo en las latas viejas lo deslumbraba y fruncía continuamente la nariz, olfateando el olor a desinfectante de letrinas que creía percibir por todas partes. No había entablado relación con nadie, apenas cruzaba las palabras indispensables con camareros y comerciantes, e intercambiaba fríos saludos con los compatriotas que se alojaban en su hotel. Estos le parecían siniestros personajes que no hubieran sido acogidos en ninguna otra ciudad y deslizaban subrepticiamente sus sombras por las paredes de los bazares en busca de muchachos, marihuana o contrabando de dinero. Además, echaba de menos a sus gatos, que estarían maullando enloquecidos en su apartamento, sus relojes de pared, que contrapunteaban las fantasmagóricas notas de su piano, y ahora, sin que nadie les diera cuerda, se habrían trabado en anacrónicas horas, con los cucos entrando y saliendo a destiempo de las cajas de cerámica lacada; y sobre todo su inagotable colección de paraguas, ya que en sus desorientados paseos por el zoco sólo utilizaba raídos parasoles.

En los días anteriores había sido fácil contemplar la desgalichada y oronda figura de un turista europeo, ataviado de un ajustado traje de dril blanco dos o tres tallas menor que la suya, recorrer a bandazos por el lado de la sombra, donde se sucedían los feos chalets, aquellas empinadas calles olorosas de jazmín y canela, que por los fruncimientos de su nariz en su abultado y pálido rostro a él debían seguirle pareciendo amoníaco y zotal, o, aún peor, emanaciones de miasmas de alcantarilla o carne putrefacta, que lo hacían tambalearse, levemente mareado; secándose el sudor de la frente amarillenta, que de vez en cuando se arrugaba con un misterioso movimiento interior, bajo el ala del panamá o restregándose las picaduras de los mosquitos con un pañuelo de batista, y apartando con la otra mano, ceñudo y taciturno, los bordados mágicos, tapices voladores y las lámparas maravillosas que las manos de los mercaderes le metían por los ojos. Le molestaba el cuello de la camisa y el botón de sus estrechos pantalones le oprimía el protuberante vientre, pero no dejaba de llevarse a la boca de vez en cuando un caramelo de menta, que sacaba de una bolsa de plástico y pelaba parsimoniosamente. Granos de arena y líquidos espejismos lo cegaban a cada esquina, y los codazos y empellones del gentío que pululaba por la ciudad “moderna” lo empujaban al lado del sol, donde las casas eran de adobe. El falaz reflejo de las inquietas sombras de las hojas de las palmeras y los destellos de la cambiante luz de julio sobre los sucios escaparates le representaban el desengaño de su viaje. Los aguadores y vendedores de fruta e hielo voceaban su mercancía, los niños jugaban en las esquinas, los perros y las gaviotas, que husmeaban las piltrafas y planeaban sobre los terrados, exacerbaban entre las mesas de los cafés las fantasías de los fumadores de quif y un pánico de alegría, que a él no lo había contagiado, recorría con la brisa aquel barrio de comerciantes.

Sin embargo, aquélla que pensaba sería su última noche en Tánger, cuando, removiéndose en una silla de mimbre situada junto al escenario del Café de las Mil y Una Noches, levantó la nariz de su taza de té verde y presenció entre los bufidos del público la salida por el foro del mimo jorobado después de una desoladora actuación, sintió en la base de la nuca la cosquilleante inminencia del portento. Fue una sensación parecida a la que le acometía en su estudio cuando sentado al piano le sobrevenía la inspiración y componía con los ojos cerrados alguna de sus lánguidas melodías. Las luces del escenario se fueron apagando, excepto un foco de luz azul que se proyectaba sobre el proscenio. Los clientes enmudecieron, varias sillas crujieron, las luces ambarinas de las lámparas vacilaron, un loro verde graznó en su jaula de plata y Tommey salió por vez primera a escena. Avanzó a flexibles pasos, se ajustó la chaqueta de su esmoquin blanco y se puso a tocar su armónica de diamantes. Un estremecimiento recorrió las mesas y al limpiabotas se le cayó el cepillo al suelo. A Satie aquel joven casi adolescente de ojos felices color ágata y gracioso rostro, boca risueña y gestos garbosos, le pareció tan bello, que sintió una sensación de vacío en el diafragma. Además, notó que, mientras tocaba, el negro había detenido en él sus pupilas. Por algún motivo aquellos cándidos ojos oscuros que no dejaban de mirarle tocar sin parpadear, las carnosas mejillas que parecían ruborizarse en la humeante penumbra, los rizos ensortijados sobre la frente y las manos que atenazaban la taza de porcelana debieron interesarle tanto al joven como la evanescente delicadeza de sus propios rasgos y el fugaz aleteo de sus brazos habían fascinado al francés.

Cuando dejó de tocar, todo el mundo sintió que había sucedido algo mágico que no olvidarían mientras vivieran, una revelación durante la que el tiempo se había detenido entre los destellos de los diamantes de la armónica bajo la luz azul. Algunos recordaron su infancia, otros creyeron que estaban enamorados o volvieron a sentirse jóvenes por última vez, y los demás se compadecieron de sí mismos. La taza de té se derramó sobre los muslos del compositor. Transcurrieron unos instantes en los que todos contuvieron el aliento y luego prorrumpieron en una salva de aplausos.

Después, pudieron ver asombrados cómo Tommey, tras ejecutar una reverencia, bajaba los escalones del escenario y, repartiendo irónicas sonrisas que exhibían su dentadura de marfil y recibiendo palmadas en la espalda, se dirigía derecho a la mesa de Erik Satie. Las solícitas manos del obeso gerente le acercaron una silla, él se sentó al borde frente al otro y dejó su brillante armónica en el centro de la mesa. Se cogió a las aristas de ésta, estiró el cuello y se pasó el resto de la velada hablando animadamente en blandos susurros que Satie acogía asintiendo y esbozando una tímida sonrisa bajo su bigote. No cesaban de beber té, que el francés pedía palmoteando a cada momento a los presurosos camareros. Tommey interrumpía de vez en cuando su íntimo discurso para mecer con delicadeza la jaula del loro, que pendía al alcance de su estirada mano, y repetir su propio nombre en voz alta y cantarina: “¡Tomm-ey!, ¡Tomm-ey!”, como si pretendiera que el ave aprendiera a pronunciarlo. Los intermitentes destellos de una lámpara brillaban y se apagaban ondulándose en la piel oscura de su cara, cambiando su expresión de vívida a misteriosa. Las pupilas de sus ojos llameaban leonadas, se dilataban flamígeras, pasando del verde al amarillo, y ardían como carbones encendidos, cambiando del amarillo al rojo. Los camareros ya invertían las sillas sobre las mesas y barrían las colillas del suelo, pero aún podían ver la esbelta espalda del negro encorvada sobre la mesa y el rostro de Satie, con sus grandes ojos y débil boca hechizados en una tensa atención.

Erik Satie nunca había escuchado historias tan maravillosas como las que Tommey habría de contarle después de tocar su armónica todas las noches que le quedaban a aquel verano. La tarde en que el carguero holandés levó anclas, él ya aguardaba la actuación de Tommey sentado a su mesa del Café de las Mil y Una Noches. A alguien tan sedentario, que apenas había salido de su apartamento y de su introspección para asistir a alguna tertulia o concierto, tenían que impresionarle aquellas aventuras protagonizadas por un joven que podría ser su hijo, y que parecía imposible que hubiera vivido tanto en tan poco tiempo. Por más disparatadas o inverosímiles que hubieran sido contadas por otro, tenían tal autenticidad salidas de la prominencia de sus convincentes labios, que a Satie a veces le parecían formar parte de su propio pasado, o que podrían sucederle en cualquier momento, y no eran meramente, como hubiera podido pensar, las imaginarias letras de las evocativas melodías que Tommey tocaba cada noche con su armónica de diamantes. Había algo en la osada curva de los pómulos del narrador, en el intrépido arco de su nariz, o en la hendidura de su barbilla, que denotaba que acababa de aterrizar en el Café de las Mil y Una Noches procedente de un pasado de portentosos naufragios, prodigiosos desastres y maravillosas hecatombes, que se proponía contarle con su voz suave y refinados ademanes.

El negro hablaba, como si asistiera de lejos a su propia locuacidad, y el pianista escuchaba sumido en un trance. A veces, el primero callaba y miraba al otro, como si esperara que dijese algo, pero como éste no lo hacía, Tommey lo miraba con más atención. Advertía que los ojos de Satie tenían una expresión de plenitud y aunque seguían fijos en los suyos, le parecía que estaban viendo mucho más allá. Entonces optaba por reanudar la historia o iniciar una nueva, ya que no lo quería sacar de su encantamiento.

Tommey había sido grumete de un buque pirata que tenía patente de corso de una derrocada corona para expoliar los transatlánticos que recorrían los Mares de la China. Había alcanzado el Polo Norte geográfico como guía de una expedición científica, y una noche blanca tuvo que abatir de un disparo de carabina a un oso polar que pretendía devorar sus provisiones. Había sido cazador profesional de elefantes y antílopes en las cambiantes sabanas del verano y el invierno, y en los inalterables páramos del miedo. Había instigado una conjuración que había conspirado contra un cruel dictador centroeuropeo, y todos sus camaradas habían sido fusilados contra las nevadas tapias de un cementerio iluminado por la luna. Había planificado con éxito el robo de un furgón blindado a las puertas del National Bank de la Quinta Avenida, y la misma banda atracó Tyffany’s a la luz del día, pero el encargado de tratar con los peristas huyó con el dinero y las joyas, y él apenas pudo conservar los diamantes que había hecho engastar en la armónica. Había escalado las vertiginosas y heladas cumbres de la rabia y la extenuación, y había cruzado a pie las renovadas tundras del delirio y los sedientos desiertos de la desesperación a lomos de un camello, hasta que fue auxiliado por una tribu de beduinos. Había saltado la banca del casino de Montecarlo jugando al póker y había robado los planos secretos de un moderno submarino para los servicios secretos de una gran potencia. Había cazado mariposas exóticas para un coleccionista millonario en una región de rocosas montañas y había representado los intereses de una compañía belga en un puerto africano. Había patronado a través de rugientes tempestades barcos mercantes en cuyas bodegas se hacinaban cientos de chinos y armas de contrabando, y había negociado con aguerridos revolucionarios el rescate de rehenes en inextricables selvas.

Al final de cada historia Tommey se arremangaba una manga de la camisa para mostrarle el tatuaje de un ancla, se la desabotonaba y le enseñaba la cicatriz de una herida de cuchillo en el costado, se sacaba del bolsillo un colmillo de tigre que utilizaba de llavero, le exhibía con orgullo una borrosa fotografía, la amarillenta carta cifrada de algún cómplice, el arrugado mapa de un tesoro o una desvaída orden de búsqueda y captura a su nombre. Lo hacía no tanto para autentificar sus versiones como para exhortar a su oyente, cogiéndole la muñeca y mirándolo a los ojos, a que abandonara su anodina carrera de compositor y emprendieran juntos alguno de aquellos descabalados proyectos. En esos momentos Satie entrecerraba los ojos, sentía que las sienes le latían y un escalofrío le recorría la espina dorsal, y veía evolucionar lentamente a través de la translucidez de sus párpados fantásticas escenas de su futuro aventurero. Notaba cómo temblaba la mano de Tommey sobre la suya, y este movimiento intensificaba en él la percepción de la dulzura y belleza del joven. Era como si hubiera caído en las arenas movedizas de un recuerdo olvidado. Pero Tommey había prometido devolverle a su monótona vida algo tan maravilloso que sólo podía compararse al sonido de un piano bien afinado.

Los clientes del café comprobaban cómo el joven negro se reunía con el viajero solitario cada noche al concluir la breve pero intensa interpretación con la armónica que por unos instantes había cambiado sus vidas, y veían, atónitos y envidiosos, que, por más que invitaran al primero a sus mesas, aquellos dos se pasaban el resto de la noche juntos, consumiendo taza tras taza de té hasta después de la hora del cierre y hablando sin parar, con los torsos incorporados hacia adelante y las cabezas tan juntas que sus frentes casi se tocaban; el circunspecto compositor, que no hablaba con nadie más, y el músico negro recién llegado. “¡Tomm-ey!, ¡Tomm-ey!”, se dirigía el joven al loro con su voz musical balanceando suavemente su jaula entre una historia y otra.

Pero llegó la noche fatal en que dos forasteros vestidos de negro se sentaron frente al escenario, junto a la mesa de Satie, haciendo crujir sus sillas en plena actuación de Tommey. Uno era un diminuto viejo cejijunto, de pelo de repollo color clara de huevo y cuello de grulla que articulaba una lúgubre cabeza de rana. No dejaba de contorsionarse sobre la mesa y tenía los brazos desproporcionadamente largos. El otro parecía un gigante, de prognática mandíbula de bulldog y nariz partida de boxeador. El enano tosió groseramente y escupió al suelo una flema de impaciencia en un silencio dramático de la armónica de Tommey, por encima de la cual se frunció su fina nariz y los frenéticos ojos parecieron salírsele de las órbitas. A Satie el corazón le dio un vuelco cuando vio brillar la culata de nácar de un revólver bajo el siniestro terno del fortachón. Tommey acabó su actuación antes de hora, desafinando y dando la única nota falsa que nadie le hubiera oído nunca, y en vez de bajar los escalones para dirigirse como cada noche a la mesa de su camarada, se escabulló a largas zancadas por el foro y, apartando una cortina de raso, salió por última vez del escenario y para siempre de la vida del músico francés. Nadie volvería a verlo jamás en el Café de las Mil y Una Noches.

Satie hubiera querido regresar a París cuanto antes, pero algún oscuro motivo, quizás la esperanza de la vuelta de Tommey, lo retuvo en Tánger mucho más tiempo. Conforme los días pasaban y las tardes se acortaban y las sombras menguaban entre el revuelo de las hojas amarillas, él iba adelgazando y sus trajes de dril, que comenzaron a ser negros, ya le quedaban grandes y le formaban bolsas en las rodillas y arrugas en los costados. Andaba por la calle que bajaba de la colina rozando las paredes, más encorvado y desorientado que nunca, dando traspiés y bamboleándose de tal modo que tropezaba con todo el mundo. Su panamá chorreaba abollado bajo las primeras lluvias. A veces levantaba los ojos del suelo y, entrecerrando los ojos o colocándose la mano en la frente como una visera, parecía buscar a su amigo entre el gentío del mercado o de los bazares, intentando reconocerlo entre los cambiantes rostros de los mercaderes, en las escurridizas espaldas de los pasajeros de los barcos, o en el reflejo de los espejos de las barberías y los escaparates, por donde sólo regresan a los ojos de sus deudos los suicidas y los ahogados. Una mañana se le ocurrió coger el tren para hacer una pequeña excursión y salir de su letargo. Pero llegó al andén cuando la locomotora pitaba y el tren salía, y el anhelo que sintió mientras contemplaba, con las palmas de las manos abiertas como si abrazara el vacío, cómo los traqueteantes vagones se alejaban por la vía le descubrió las nostalgias del amor. Creyó reconocer la esbelta silueta de sus sueños entre algunas figuras que se insinuaban entre el humo de su deseo, y que no era otro que aquel que la chimenea iba dejando atrás en una nube, pero cuando emergieron, tambaleantes y desgarbadas, arrastrando pesadas maletas, se desengañó víctima de un ataque de tos que le provocara la humareda.

Una tarde pasó por una plaza y vio revolotear sobre unos geranios una mariposa que tenía las alas moteadas de lunares rojos. Se acercó de puntillas a los tiestos, contuvo la respiración y de un zarpazo inopinadamente ágil la cazó para Tommey, metiéndola al vuelo en la bolsa vacía de caramelos de menta. Extremó su silencio al punto de comunicarse con camareros y comerciantes ensayando parcos gestos. Los castañeros sustituyeron a los vendedores de hielo, las cigüeñas emigraron, los niños volvieron a la escuela, los fumadores de quif fueron arrestados y sobrevino una plaga de cuervos. Una epidemia de tristeza recorrió el zoco.

Satie comenzó a beber absenta en lugar de té, y presenciaba la patética actuación del mimo con los ojos velados por lágrimas, que a veces repiqueteaban en el fondo de la copa vacía, y las demacradas mejillas sostenidas por sus manos. Tenía los párpados inflamados y cercos violetas se dibujaron en torno a sus ojos. Cuanto más alegres y cómicos eran los gestos de aquél y los espectadores, olvidados de Tommey, más se carcajeaban y aplaudían sus brincos y celebraban sus burlas, la melancolía se expandía por su ánimo. Los rizos de su cabello se volvieron lacios por la humedad y las guías de su desaliñado bigote, que cada día parecía más triste, caían sobre las comisuras de sus labios. El loro, con el que ya nadie jugaba, enloqueció de nostalgia y se pasaba la noche saltando furiosamente en torno a los barrotes de plata de su jaula, que se balanceaba rechinando sobre la cabeza cada vez más hundida del compositor; y no dejaba de graznar con su voz distorsionada: “¡Tomm-ey, Tomm-ey!”, “¡Tomm-ey, Tomm-ey!”, hasta que lágrimas de deseo anegaban los ojos de aquél.  Tenía que taparse los oídos, cerrar los ojos y apoyar su frente en la mesa. Al final, el Café de Las Mil y Una Noches le había traído mala suerte, tal y como advertirían los ciegos y los ancianos, pero entretanto también lo había hecho muy feliz.

En aquellos días corrieron rumores contradictorios sobre el destino de Tommey. El gerente sostenía que había sido visto tendido al sol en la cubierta de un transatlántico, pero probablemente para asegurarse la fidelidad del cliente, aseguraba, elevando la voz y mirando hacia la mesa del francés, que podía regresar a Tánger de un momento a otro. Según la versión de un camarero, el negro, aherrojado de cadenas, terminaba a tropezones un largo cordón de presos condenados a trabajos forzados en una cantera del sur. Un cliente juraba que en aquellos mismos momentos Tommey estaría dormitando en una mecedora a la sombra tropical del porche de pino de una mansión neoclásica, apoyando sus lustradas botas en una columna de mármol. En cambio, el limpiabotas mantenía que unos gitanos decían haberlo visto empujando vagonetas en una plataforma petrolífera.

La víspera del regreso a París de Erik Satie, el gerente del Café de Las Mil y Una Noches se atusó el bigote, se recompuso la chaqueta del frac y se dirigió muy envarado y resoplando a la mesa que aquél no había dejado de ocupar a un lado del escenario. Efectuando una reverencia y tosiendo forzadamente para sacarlo de su ensimismamiento, le extendió con solemnidad, manteniendo la otra mano a su espalda, una bandeja de plata que sostenía un paquete envuelto en papel de fantasía profusamente sellado por varias oficinas postales. Un nervioso codo derribó una copa de absenta. Las otrora ágiles manos del pianista rasgaron torpemente el envoltorio y acariciaron las incrustaciones de diamante de una armónica. Su boca tembló y su frente trazó un pentagrama de arrugas sobre los ojos vidriosos, pero, relamiéndoselos, se llevó la armónica a los labios, y con la mirada perdida y la misma magia que antaño hechizara su piano, ensayó la lenta melodía de su pena, que ninguno de los pocos que la oyeron olvidaría el resto de sus vidas, mientras el loro no dejaba de gritar: “¡Tomm-ey, Tomm-ey!”

Hemingway nunca tira la toalla

               La noche tropical, vibrante de olas, palmeras y maracas, en que Hemingway terminó toda la hierbabuena del Tropicana a fuerza de pedir mojitos, Expósito Díaz, un niño negro huérfano de nueve años, que hacía dos había huido de la inclusa, limpiabotas por las mañanas y vendedor de lotería por las tardes, intentaba en vano venderles a los bebedores el primer billete del día para no tener que volver a cenar caña de azúcar, porque de a poco se había corrido la voz por el puerto de que era tan desgraciado de nacimiento, que jamás vendería un número premiado.                Expósito abrió los ojos como platos al ver entrar, tambaleándose en su traje de alpaca blanca,  al escritor abrazado a dos mujeres. Hubiese querido que la de la derecha, una rubia ojerosa de altos pómulos y labios finos, fuese su madre; y eso que no se parecía a ninguna de las vírgenes con cuyas estampitas comerciaban los tullidos, sino que por su tipo bien podría haber figurado en alguna de las sombreadas fotos que ciertos nativos ofrecían a escondidas a los turistas solitarios. Torciendo la boca en una risa falsa, ésta desvió paralelamente sus pupilas azules a la derecha. Sus manos encajaron una pamela blanca en la cabeza con forma de cebolla de un camarero que pasó corriendo a su lado. Al macizo paso de Ernest caían los mustios pétalos de la buganvilla que se enredaba en la pared de estuco y tintineaban los vasos en los veladores de mármol. Ya por entonces era un hombre muy triste cuando no estaba borracho, pero nunca se quejaba. Su otra compañera, una alta morena con enormes ojos velados y la boca débil en la misma cara de sueño que la otra, pero de huesos fuertes y muy erguida en su vestido de seda negra, recuperó la pamela de la sudorosa cabeza que volvía en sentido contrario y, mostrando las teclas de piano de sus dientes superiores, se la probó un instante a su amigo. Los brazos de éste dejaron de rodear sendas nucas al llegar a la barra. El mismo camarero les preparó resoplando dos gin tonics y un mojito, agitando una coctelera con unos brazos muy largos, como si tocara unas maracas. El cabello plateado destelló y una barba canosa se frunció alegremente.                En el escenario la orquesta dejó de tocar, pero, antes de que nadie aplaudiera, unos zapatos de cristal tamborilearon sobre el escenario al ritmo de un timbal, un brazalete de oro relampagueó desde una piel de ébano, unas lentejuelas de fantasía crepitaron a la luz ambarina, una pluma de pavo real se agitó a un último toque de las baquetas y una hilera de dientes destelló entre unos labios dilatados.                Expósito tiraba insistentemente de los faldones de la camisa negra de un jugador habitual, intentando convencerle de que le comprase un billete. Pero éste, un trompetista mulato al que ya ninguna orquesta contrataba, porque era tan borracho que en plena actuación la sed le cortaba el aliento y desafinaba, lo ignoraba, con la corta nariz hundida en su jarra de cristal tallado y apoyado en unas muletas. La semana anterior, cuando recorría dando bandazos el Malecón, con las manos hundidas en los bolsillos y contemplando la disolución del sol sobre el mar amarillo, dejó de tararear una vieja canción al oír un golpe de viento, recibió en pleno rostro la espumosa salpicadura de una ola, se le ocurrió la frase de un tema musical que podría salvar su carrera, pisó un guano podrido, resbaló y se dislocó la rodilla izquierda. Además, mientras varios transeúntes lo levantaban, descubrió gimoteando que la conmoción del golpe le había hecho olvidar aquella melodía que representaba el éxito de su vida. Ahora intentaba una vez más en vano recordarla bebiendo cerveza y tapándose el oído derecho para que no le desconcentraran los ruegos del lotero.                Entretanto, Hemingway se inclinó sobre la rubia somnolienta y sus labios le susurraron unas palabras al oído. Una perla que despedía verdes destellos se agitó en el lóbulo de la oreja de ésta mientras bostezaba y sus mejillas se ruborizaron. Una pronta mano sustituyó de nuevo en la barra el vaso vacío de mojito por otro lleno. La cabeza de oso de peluche se acercó ahora a la diminuta oreja de la morena, que parecía la concha de una playa, y sus murmullos le provocaron una risita nerviosa que sonó a cubitos de hielo y a campanillas.                -¡Un número, por favor, el de todas las semanas! -rogaba Expósito al mulato, que no cesaba de arrugar su boca, tironeándole de una muleta, por lo que estuvo a punto de derribarlo.                -¡Fuera de aquí, maldito – acabó por gritarle-, que sólo desgracias me has traído! Hasta la trompeta he tenido que empeñar por tu culpa.                -Cómpreme el de siempre, que esta vez le va a tocar                -¡No volverás a engañarme! Mira lo que hago con el último – y se sacó un boleto del bolsillo de la camisa, lo hizo pedazos, y los tiró revoloteando al aire -. No necesito esperar el resultado del sorteo de esta noche para saber que no me va a tocar. Para que veas si confío ya en tu lotería.                Junto a ellos, una zarpa poblada de vello rojo avanzaba por un muslo cubierto de satén, una bandeja de plata llena de copas se equilibraba sobre unos tirabuzones castaños contenidos por una diadema de oro y unos dedos en los que brillaban varios topacios detuvieron el temblor de una barbilla partida por un hoyuelo.                Hemingway volvió a insinuarle algo, que podría ser una sugerencia o un ruego, a su rubia compañera, guiñándole un ojo y cogiéndole suavemente el antebrazo, pero ella lo rechazó, dio un paso atrás, esbozó una triste sonrisa y denegó con la cabeza. Él de inmediato se acercó otra vez a la morena, le cuchicheó de nuevo alguna cosa, que parecía cargada de miles de voltios, y empujándole levemente el triángulo desnudo de la espalda la invitó a acercarse a la otra, como si quisiera que hicieran las paces, pero ella frunció despectivamente los labios hacia abajo. Aleteando con sus manos en el aire, insistió en sus alegaciones o peticiones a la primera, y al menos logró que dos zapatos de piel de serpiente y lascivos tacones de aguja crujieran y dieran tres pasos hacia un par de sandalias de cuero y coruscantes hebillas, cuyas tiras doradas sujetaban con varias cruces triangulares sendos pies de finos tendones. La ruleta ronroneó y los dados chocaron contra los tapetes de fieltro verde de las mesas de juego. Las luces fluctuaron de azul a rosa.                -¡Cómpremelo, señor, y no se arrepentirá!                -Déjame en paz, que ya estoy desengañado y todo el mundo sabe que traes mala suerte                -Si no quiere el capicúa de siempre, aquí tengo otros números. ¡Mire éste qué bonito, seguro que gana!                -¡Vete de una vez!                -Vamos, señor, cómpreme algún numerito, por favor, que es premio seguro”                -¡Toma, pendejo! – el mulato se volvió hacia el niño y, furioso por no recordar la melodía, le arrojó a la suplicante cara media jarra de cerveza, que le limpió los lamparones de las mejillas y se mezcló con las lágrimas que comenzaron a brotar de sus ojos. Gimoteando, dio dos pasos hacia atrás, y notó que su espalda chocaba con un protuberante vientre y dos manos se posaban en sus hombros. Se volvió y vio cómo un ceño se ahondaba en una frente, donde latía la vena azul de la cólera, y una boca se arrugaba de disgusto entre una barba plateada. Los ojos de Ernest se achicaron y miraron con ira la espalda encorvada del trompetista. Sin quitarle el ojo de encima, sacó del bolsillo interior de su americana una cartera de cuero y entregó al niño un fajo de billetes a cambio de todos los boletos mojados de cerveza, que le arrancó a tientas de la pechera de su harapienta camisa blanca. Cuando ya se arremangaba los puños, un rumor de asombro seguido de una expectante ola de silencio, que corrió por toda la sala, le indujo a mirar hacia la esquina donde había abandonado a sus acompañantes y en la que ahora convergían, irradiando de ojos muy abiertos, las miradas de todos. Una botella estalló en el suelo, las aspas de los ventiladores del techo zumbaron y agitaron las hojas del jazmín, y a un músico se le cayó la guitarra al escenario. La frente de Hemingway se alisó, sus mofletes se plegaron como un acordeón, su barba plateada destelló y se distendió en una resplandeciente sonrisa, los pliegues de la papada y el vientre se bambolearon de regocijo, y sus manos palmotearon unos instantes antes que todo el Tropicana prorrumpiera en una salva de aplausos. Veía que por fin, tal y como llevaba pretendiendo toda la noche, la mujer rubia y la morena se habían trabado en un abrazo, sus cabezas se habían reunido y bajo las sombras oblicuas de sus disímiles cabelleras los brillos del carmín de sus labios se habían fundido en el purpúreo resplandor de un beso que parecía eterno, ya que sus bocas no querían despegarse.  Al vacilar sobre ellas la luz de una lámpara, los mismos destellos nacarados parpadearon y ondularon la porcelana de sus mejillas. Iguales arabescos de un reflejo de sombra se erizaron y peinaron sus juntas cabezas, que se retorcieron a uno y otro lado, como si intentaran atornillarse aún más.                Nadie advirtió que otro pequeño vendedor de lotería se abría paso a codazos entre los hechizados clientes, y cuando alcanzó la barra y distinguió entre dos espaldas los ojos aún húmedos de su colega, le gritó:                -¡Expósito, Expósito! ¡El número que acaba de ganar es tuyo! ¡El 5005! ¿A quién se lo vendiste?                -¡Al de siempre! Al hombre de las muletas -y éstas oscilaron sobre los fragmentos del billete. Los ojos del mulato, que seguían fijos en ambas mujeres, brillaron y su abotagado rostro se contrajo en una sonrisa de felicidad, porque, gracias a aquel beso, en su oído debió insinuarse el palpitante comienzo de la romántica melodía de su éxito, que le hizo galopar el corazón en las sienes.

Silencio, Mickey Rooney rueda



Mickey Rooney se había quedado calvo, tenía cara de luna minada de cráteres, los ojos azules le lagrimeaban y su cuerpo había encogido tanto que parecía un enano. Ya nadie recordaba que alguna vez hubiera estado casado con Ava Gardner, y para él mismo el pasado lejano era como un sueño o una película apenas recordados. Aquel día no debió volver a dormirse después del alba. Se despertó dos horas después bañado en un sudor frío y temblando espasmódicamente, como si lo hubiesen acosado los espíritus de sus seis ex-mujeres, cuando sólo había oído entre sueños las disputas y los amores de los vecinos. Estos solucionaban sus discrepancias provocando frenéticos chirridos de su colchón, que le llegaban a través de los tabiques de papel de los bungalows de “Los Cipreses”. El ritmo de los crujidos del somier decrecía cuando se reanudaba la discusión ya entre los últimos gemidos, y después volvían a imponerse las recriminaciones, que iban subiendo de tono y se convertían en gritos, hasta que estos, a su vez, iban acallándose y entremezclándose con los primeros  arrumacos y chirridos del colchón. La cisterna no dejaba de manar. Las cañerías habían gorgoteado sin parar, provocando los pavores nocturnos de los viajantes de comercio, y los sollozos de los solitarios se habían confundido con los borboteos. Rooney se había alojado allí junto a los demás actores para abaratar costes y poder terminar el rodaje de un dudoso melodrama que él mismo producía y protagonizaba. Según juraban los inveterados borrachos de aquel motel situado en medio de ninguna parte junto a un poblucho de Nuevo México, los niños que eran concebidos en “Los Cipreses” padecían una irrevocable maldición. Al actor le había contado aquella historia un individuo delgado como un junco, de ojos hundidos y piel cetrina, que lo abordó tambaleándose en el camino de grava la primera mañana de su estancia allí. Aquellos desgraciados niños o bien no veían la luz, víctimas de abortos que a veces hacían desangrarse a sus madres en polvorientas habitaciones bajo trémulos bisturíes, o eran deslumbrados por una excesiva descarga que recorría sus jóvenes cuerpos en la silla eléctrica, después de una prodigiosa carrera delictiva. Además, según siguió refiriéndole aquel hombre, tartamudeando con su voz pastosa, hasta los hombres más infelices tenían en “Los Cipreses” frecuentes éxitos sexuales, porque la tristeza invadía los corazones de cuantas mujeres se alojaran en sus sombrías habitaciones; las limpiadoras eran espectrales, ya que ninguna fue jamás vista, aunque de vez en cuando desaparecían objetos de algún valor; y, milagrosamente, las botellas de ginebra no se acababan jamás cuando se empezaba a beber bajo su techo, pero sólo era porque los encargados de los colmados cercanos tenían la mala costumbre de fiar a los forasteros, tal y como le había asegurado a Mickey poco después el locuaz encargado, pisando el cigarro que éste la había ofrecido, después de que hubieran negociado las condiciones de pago en la garita.

La luz cenicienta se introdujo bajo los párpados de Mickey y la visión de una cucaracha en una grieta del techo le hizo saltar de la cama. Frunció su pequeña nariz y se estiró rígido y con la manos apretadas, sintiendo la inminencia de alguna desgracia en la amargura del paladar. Su malestar se estratificaba en las capas de polvo que cubrían el aparador desportillado, la cómoda y el sofá tapizado de cretona. La carcoma se puso a crepitar, taladrando los cimientos del motel y su cerebro. Su confusión se ahondaba en las sombras que velaban los mustios arabescos de las flores del blanco empapelado de la pared opuesta. Pero junto a la estrafalaria cama de dosel desvencijado la luz demacrada reveló su ropa revuelta en el suelo, las dos sillas de anea y un cojo escritorio de roble lleno de envoltorios de caramelos, colillas y los papeles de los anónimos y cartas suicidas que tenía el vicio de escribir las noches de luna llena, pero jamás enviaba, porque los destinatarios habían muerto hacía mucho tiempo.

Sus piececitos chasquearon en el linóleo y se dirigió bostezando y bamboleándose a la ventana. Apartó los raídos visillos de muselina hasta el borde de la mañana. Una luz gris aquietaba los porches de los bungalows y se difuminaba en la lejanía de los páramos. El lugar estaba mudo salvo por un susurro discontinuo que podría pertenecer al lejano rugido de los motores en la autopista. Un cálido cosquilleo en la nuca sustituyó a la jaqueca cuando vio que unos rayos de sol atravesaron las nubes metálicas, dos golondrinas se posaron en el tejado del bungalow de enfrente y una guedeja de la cabellera rubia de una mujer que se acercaba por el camino de grava se onduló al viento tras una bicicleta volcada en el techo de un automóvil negro y entre los relucientes barrotes de una verja de hierro forjado. Aquel maravilloso cabello destelló en las fugaces sombras de las copas de los cipreses. Estiró el cuello, ansioso por ver cómo su dueña emergía al camino y la expectación azuzó su corazón. Las hojas palpitaron en las ramas y las golondrinas se pusieron a cantar. Pero de repente el día volvió a oscurecerse, las nubes ensombrecieron el cielo y la emoción que había sentido, el viento dejó de soplar y las golondrinas huyeron, cuando vio que la romántica cabellera se apelmazaba en el cráneo de una diminuta mujer macrocefálica, que sostenía el codo de un brazo en el hueco de la otra mano, y detrás del automóvil surgía la jorobada figura de una anciana que renqueaba tras la otra. El corazón ralentizó su galope, aunque las sienes volvieron a latirle con crueldad. Sintió un escalofrío y se puso una bata de cuadros escoceses sobre su pijama a rayas. Pensó prepararse un café en la cocina americana, pero un ligero vahído le obligó a derrumbarse sobre el sofá, que apenas crujió a su ligero peso. Cerró los ojos y recordó, moviendo los labios, el guión del final de la película, que debían rodar por la tarde. Le pareció demasiado lacrimógeno, incluso para un melodrama como aquél. Pataleó en el aire, ya que los pies no le llegaban al suelo. La continua voz en “off”, que no dejaba de oír obsesivamente aquella mañana, ralentizaba la secuencia y la hacía demasiado literaria, en perjuicio de su calidad visual. Además, había algo en lo que decía, y sabía muy bien lo que era, que lo desasosegaba cada vez más. Ahora, removiéndose en el sofá, llegó a desear que el guionista cambiara toda aquella maldita escena, pero ya no había tiempo ni dinero para eso. Tendría que haberlo advertido mucho antes. Así que sus manos temblaron y la sangre se agolpó en su garganta al recordar los diálogos que debía interpretar en pocas horas.

Aunque, mientras repasaba el libreto, había oído un susurro de grava, el chasquido de unos pasos sobre la madera del porche y el murmullo de una voz cascada, el corazón le dio un vuelco y las hojas del guión saltaron por el aire cuando los perentorios golpes de unos puños estallaron sobre la puerta. Los intrusos parecían querer derribarla en lugar de llamar, porque no habían utilizado el timbre. Se levantó y fue de puntillas a la ventana para ver quién podía ser, ya que le había dado la mañana libre al equipo y había ordenado que nadie le molestara. Apartó con cuidado el borde de los visillos y obtuvo en un ángulo de la mañana la visión de las dos mujeres que había visto acercarse entre los cipreses. El conciliábulo o más bien la cojera de la mayor debían haberlas retrasado. Los nudosos puños de la desconocida anciana eran los que llamaban. Cada vez que golpeaba la puerta, encogía tanto el rostro que la punta de su nariz le rozaba la barbilla, y un furioso colmillo le mordía el labio inferior. La más joven oscilaba su gigantesca cabeza, desde la que palpitó el botón de la nariz y brillaron unos ojos azules que le resultaron muy familiares. Mantenía el estúpido pulgar introducido en la boca, de la que pendía un hilo de saliva. Mickey dejó caer los visillos e hizo ademán de alcanzar el picaporte, pero regresó al sofá, donde se dejó caer con cuidado. Balanceó la cabeza para que unas manchas rojizas desaparecieran de su vista y decidió esperar a que las visitantes se fueran. El bombeo de su corazón volvió a desbocarse y le repercutió en las sienes, contrapunteando los golpes de las llamadas. La cisterna dejó de gorgotear y la carcoma enmudeció. A pesar de que intentaba sosegar su respiración para que no la oyeran desde afuera, ésta se dificultó aún más y se convirtió en un resuello. Cerró de nuevo los ojos y pensó tomar una de las pastillas que le había prescrito el cardiólogo, pero permaneció sentado para no hacer ruido. Volvió a percibir el chirrido del colchón procedente de la habitación vecina. Cuando volvió a abrirlos, la cucaracha había avanzado hasta la mitad del techo y creyó que el arcoíris brillaba en el sombreado empapelado de las paredes, como si algún loco las hubiera pitado de colores en el intervalo. El sol había vuelto a salir por un instante y creyó que revelaría su presencia a las visitantes. Ahora parecía que la vieja se había puesto a aporrear la puerta con un martillo. Contorsionó su pequeño cuerpo estirándose a la derecha y sus dedos apresaron un vaso de agua que yacía en la mesita de la cama. Bebió con tanta ansia que el agua se le derramó por la barbilla, pero no sirvió de nada.

Las llamadas cesaron y al instante una sombra osciló en la ventana. Unas garras tamborilearon en el cristal y una voz gangosa profirió: “¡Abre, abre, maldito seas!, ¡abre de una vez, que sé que estás ahí!”. El actor se llevó los de dedos pulgar y medio de su izquierda al puente de la nariz y se dispuso a abrirles, para aclarar de una vez el malentendido y recuperar cuanto antes la calma. La puerta chirrió y se enfrentó a unos desorbitados ojos bizcos sobre los que se erizaban las enhiestas orugas de unas cejas y a unas arrugas que se se ahondaban como tensos arcos a ambos lados de una boca medio desdentada. La joven rubia emitía un continuo y monocorde gemido gutural carente de significado. La seda del vestido negro de la vieja crujió cuando extendió hacia la otra un largo índice acusador y gritó: “¡Mírala! Fíjate bien en ella ¿Es que no la reconoces? ¡Es tu hija!... ¿Te quedas ahí parado, con la boca y los ojos abiertos?... ¿Y tampoco sabes quién soy yo? ¡Pero si fue aquí, sí, aquí mismo donde me la hiciste! ¿O es que no quieres acordarte?”. Contrayendo aún más su rostro, puso los brazos en jarra: “¿No quieres saber nada? ¿No dices esta boca es mía?... ¿Es que vas a tener el valor de negarlo? ¡Cada uno es responsable de lo que hace!... ¿Sigues ahí sin moverte y ni siquiera nos invitas a pasar? ¡Esto no va a quedar así! ¡Ya sabía yo que pasaría esto! Cualquier persona de corazón necesitaría un pañuelo ahora mismo. ¡Menudo sinvergüenza! ¡Vámonos de aquí! ¡Ahora mismo! Tranquilo, que no volverás a vernos jamás, pero tendrás noticias mías. Ya encontraré quien te dé tu merecido.” Y, cogiendo a la joven de la mano como si fuera una niña, la arrastró dando traspiés por el camino de grava.

Rooney dio unos pasos adelante y se llevó las manos a los oídos. Una zarpa de hielo tocó su corazón. Unas gotas frías rebotaron en su calva, la mañana viró a su húmeda mirada y con la lucidez de una pesadilla se fijó en que el utilitario blanco de sus alborotadores vecinos maniobraba en vano para intentar salir del porche. La cabeza le zumbaba mientras veía las dos espaldas, la encorvada y la erguida, alejarse entre los cipreses y desaparecer tras el automóvil negro entre los barrotes de la verja. Una espiral de humo procedente de la chimenea de la casa de enfrente se rizó en el cielo gris. La lluvia arreció. El coche blanco derrapó cuando parecía que iba a cruzar al fin las columnas de madera que lo flanqueaban. Oyó una discusión de sus ocupantes, pero en seguida fue interrumpida por un voluptuoso gemido y el automóvil se puso a oscilar de arriba abajo chirriando obscenamente. De repente, Mickey Rooney salió corriendo tras las dos mujeres. Los faldones de la bata le golpeaban las pantorrillas. Los latidos del corazón le silenciaban los precipitados pasos de sus pantuflas. Se cruzó con un vecino que conversaba con el encargado del motel bajo el porche de la caseta. Dejó atrás unos atónitos ojos abiertos, la cueva de una boca abierta por la sorpresa, unas mejillas distendidas de asombro y una mano que sostenía un cigarrillo petrificada en un gesto interrumpido. Sus brazos lo impulsaban como pequeños remos accionando en el aire. La lluvia y el sudor lo cegaban y el fuelle de su respiración lo ensordecía. Salió del complejo del motel chapoteando en los charcos y vio cómo la lluvia descendía por las canales de las primeras casas del pueblo. Torció a la derecha con la esperanza de verlas avanzar al fondo de la calle, resbaló y recuperó el equilibrio aleteando con sus brazos. A lo lejos, la acera desierta brilló de humedad bajo las hojas de los olmos. Sin dejar de correr y con la barbilla tocando el pecho, se desesperó, asombrado de la rapidez con que la ira habría impulsado los pasos de la anciana. La inadvertida varilla del paraguas de un vecino le rasgó una mejilla. Tras un cercano seto se elevaba chorreando el techo verde de la marquesina de la parada del autobús. Oyó el agudo pitido de un claxon. Sentía crujirle los tendones de las rodillas sobre sus pasos cortos y veloces. Notó cómo el aire vibró a su lado, un rugido le atenazó los miembros, una ráfaga de barro le salpicó la bata y vio cómo se alejaba el parachoques del utilitario blanco, que había estado a punto de atropellarlo. Alguien abrió una ventana y le dirigió unas palabras incomprensibles. Sentía cómo la lluvia le chorreaba por la cabeza, le empapaba el cuello del pijama, le resbalaba por la espalda y se filtraba por las pantuflas, mojándole los pies. Al fin cruzó la verja que atravesaba el seto y aceleró su carrera, pero sólo alcanzó a ver la parte trasera de un autobús que acababa de partir. Sin dejar de correr con los brazos extendidos, vio cómo una inconfundible nariz respingona se aplastaba contra el vidrio rectangular de la ventana de atrás y unos ojos azules parecían lagrimear tras ella, aunque quizás fuesen las gotas de lluvia resbalando por el cristal. La enorme cabeza desapareció cuando el autobús tomó una curva, partiendo hacia el pasado y el remordimiento.

“¡Mi hija! ¡Pero si era mi hija!”, repetía, mientras se desplomaba en un charco y sus manos amasaban la tierra. La lluvia disolvía sus lágrimas y alguien emitió una carcajada entrecortada. Su pequeño cuerpo se debatía en el barro y un pie descalzo chapoteaba en el agua, hasta que, abandonándose, abatió la cabeza en el charco. Retorciendo la nuca en el fango, se llevó la manita a su frágil corazón que tantas mujeres le habían roto en su larga vida, pero que seguiría latiendo milagrosamente mucho después que los de todas ellas, aunque fuesen duros como piedras.

-¡Corten! -aulló una voz chillona. Un joven barbudo provisto de un altavoz irrumpió en la parada de autobús, haciendo unos aspavientos que le desajustaban la chaqueta vaquera.

-Mickey, ya puedes salir de ahí, que vas a enfriarte –le advirtió, tendiéndole una mano para auparlo-. ¡Y vosotros, bajad la grúa y parad la lluvia, que ya hemos terminado! A propósito, ¿quién ha sido el imbécil que se ha reído y casi lo echa todo a perder? Uf, ha sido increíble. Hemos rodado toda la escena de un tirón. Ha quedado genial, Mickey, con esos efectos especiales y la voz en off explicándolo todo. Las dos chicas han hecho un buen trabajo. No te quejarás, hemos ahorrado una semana de rodaje. Este material no va a necesitar pasar ni por la sala de montaje. Y tú has estado estupendo. Pero… ¿por qué  demonios sigues llorando?

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