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Costamagna, Alejandra

Los japoneses, los japoneses



Vive con su hermana, está por cumplir los veinte años y ahora se va a morir. En principio tiene dos opciones: dejar que el cirujano corte y trate de componer las cosas o no hacer nada. Si no hace nada, lo más probable es que las células degeneradas la devoren tranquilamente en la sala del hospital. Y si deja que el cirujano opere tiene dos opciones: quedar bien o quedar mal. Cincuenta y cincuenta. Si8 queda mal tiene otras dos posibilidades: convertirse en planta o andar con una bolsista para todos lados, como esa gente que pasea al perro y va guardando las fecas de la mascota en su saquito. Sólo que ella sería simultáneamente el dueño y el perro, con la bolsita a cuestas todo el tiempo. Puros finales tristes y demasiado reales para alguien como Julieta, diecinueve años, hermana de Sara, aburrida de tragar esa agüita dulzona que le han dejado en el velador. Aburrida, sobre todo, de la cháchara de la propia hermana.

—Los japoneses viven doce horas antes que nosotros y eso los hace de por sí más despiertos —apuesta Sara, sentada en el banquito de visitas, bolso abrazado, lista para salir arrancando del hospital.

Quizás porque necesita trasladarse a otro hemisferio o porque es una manera indirecta de recordar al padre, la mujer se engolosina tanto con los japoneses, y ahora anuncia que están limitando el uso del aire acondicionado en las oficinas públicas: veintiséis grados de temperatura mínima en verano y veinte de máxima en invierno. El presidente de Japón, incluso, mandó a los hombres a no usar corbatas ni trajes en verano para evitar calores de sobra, jura Sara. Y Julieta supone que su hermana está inventando la historia. Y a ella qué le importa lo que hagan con el frío o el calor al otro lado del mundo: nunca vestirá kimonos ni caminará sin zapatos entre baldosas nacaradas como lo hizo quizás su propio padre en la última gira a Oriente. Nunca se acercará ni remotamente a Japón. Julieta no va a cumplir los veinte años y su hermana se va a quedar sola como una ramita de bambú.

—Que se mueran de calor —frena por fin el palabreo.

—¿Quiénes? —se desconcentra Sara.

—¡Los japoneses, los japoneses!

Y la hermana sana mira a la hermana enferma, postrada en esa cama de sábanas tiesas, como varitas curtidas las sábanas, con ganas de decirle calmada, hermana. Pero en realidad es ella, la sana, la que necesita esa tarde un golpe de calma. No es una mala persona, Sara. Se come las uñas, estornuda igual que un gato, anda dando las gracias todo el tiempo. Hasta cuando la ignoran dice oh, muchas gracias. Pero se le caldea el cerebro con tanta facilidad que saca los pensamientos en bruto y no se da cuenta.

Dos noches atrás recibieron la llamada del hospital. El teléfono nunca daba buenas noticias. Cada una levantó un auricular. Sara en el aparato del dormitorio; Julieta en la cocina. «El miércoles a las cuatro de la tarde dispongo pabellón», informó el doctor Méndez. Y aunque aseguró que lo dejaba a su criterio (al de Julieta, que naturalmente no era el mismo criterio de Sara) dejó ver que se trataba de un asunto urgente. En plural lo dijo: «Es urgente que tomen una decisión». Como disimulando lo obvio: es de vida o muerte, señoritas. Pero la enferma prefería cualquier cosa, morir mañana mismo, antes que terminar como planta o perro. El cirujano reiteró entonces lo del cincuenta por ciento de probabilidades. Y habló de los cuidados postoperatorios y de las probables secuelas y del riesgo vital, bajo pero real, que toda intervención quirúrgica acarreaba. Y de la decisión que a fin de cuentas es enteramente suya, señorita, espero su llamado. Ni bien cortaron el teléfono Sara alcanzó a su hermana en la cocina y se vio repitiendo las mismas palabras del médico. «Hay un cincuenta por ciento de posibilidades de éxito, ¿por qué no lo miramos así? ¿Por qué no tenemos fe una vez que sea?», marcó el plural con algo que a Julieta le sonó ahora a demagogia. Ella no sólo carecía de fe en la medicina en general y en el doctor Méndez en particular, sino que también descreía del destino, de la descendencia, del más allá y del más acá, de los padres y de los hijos y también de los hermanos. Y al escuchar la voz del médico en el teléfono ya había tomado la decisión: antes muerta que meterse al quirófano.

Sara, sin embargo, seguía alentándola.

Julieta hizo como si no existieran las rogativas de su hermana y salió de la casa con rumbo indefinido. Eran las diez y media de un lunes de fines de diciembre. Caminó por calles llenas de guirnaldas navideñas. Pasadas las once de la noche se encontró frente a una glorieta desierta. Imaginó que había una orquesta y que ella estaba entre el público. Al hombre del arpa se le rompía una cuerda. Miraba para todos lados y nadie lo ayudaba. Julieta tampoco lo ayudaba. A esa hora se puso a caminar de vuelta hacia la casa.

Sara la esperaba despierta. Peor: despierta y con un puñado de somníferos en la mano, a punto de llevárselos a la boca. El frasquito vacío en el velador. Pero no había vasos ni jarros ni una botella de agua siquiera. O sea que además de tragarse las pastillas, pretendía asfixiarse. O estaba blufeando. Tal como blufeó su propia madre una pila de veces hasta que lo hizo. Antes había sido lo del padre, pero eso no fue con pastillas. Estaba de gira con la banda y ensayaba las piezas que interpretarían en la ceremonia. El jefe de la delegación local le había prestado un koto, y ya casi lograba domesticarlo cuando se coló el proyectil en el recinto. Una bala perdida, dijeron los periodistas, un accidente. Nunca pudo probarse lo contrario (que hubiera sido una bala orientada, algo más que un tiro loco). La ceremonia de inauguración del campeonato mundial siguió su curso normal. A la familia le avisaron oficialmente dos días después. Una llamada telefónica desde el mismísimo Japón. Ring y adiós. Ya era demasiado tarde: la madre y las hijas lo habían visto por televisión, en el noticiario central, justo antes del documental sobre el vigésimo aniversario de la llegada del hombre a la luna.

—Si no te internas me mato —dijo Sara con un tono muy agudo. Un maullido más que una voz, le pareció a Julieta.

—Ya está, nos morimos las dos —concluyó la enferma.

Sara abrió la palma de la mano y dejó que las pastillas cayeran al suelo. Una a una la treintena de píldoras blancas. Después se aferró como almeja al brazo de su hermana, y se largó a llorar.

Julieta terminó transando. Al día siguiente llamarían al médico y al subsiguiente se internaría en el hospital. Pero fue sólo para calmar el lloriqueo de la hermana y alejar el fantasma de la madre, que cada vez se les aparecía con más frecuencia, apestando a barbitúricos vencidos. Y también al del padre, que bajo la tierra de Oriente zumbaba en sus cabezas. Pero la verdad de las cosas es que Julieta ya no estaba encariñada con la vida. Tras los episodios del padre y de la madre había tenido un cactus, un pez azul de acuario y un sobrino en segundo grado (un hijo de un primo). Consideraba que había superado la trágica orfandad: casi el árbol, casi el animal, casi el hijo: la cadena natural, según los psicoanalistas. Había marcado el visto aprobatorio en los tres ítems principales de sus infinitas listas y ahora sólo tenía a una hermana llorosa y un tumor desplegándose cuesta arriba por su estómago. Morirse no era, dadas así las cosas, un problema. El problema real era cómo y cuándo.

Debían de haber tenido siete y nueve años. Siete Julieta y nueve Sara. Entonces pensaban que eran catalépticas. No sabían bien qué era la catalepsia, pero les parecía que no estaban cien por ciento vivas. El aire se les suspendía de repente y las mandaba a un lugar limbesco, que no consistía en la vida ni en la muerte. Pero lo más raro no era la catalepsia misma sino la coordinación cataléptica. Es decir, el acoplamiento entre las hermanas: dos vivas muertas o muertas vivas en el mismísimo instante. Una estaba dormida y la otra despierta, y si la primera entraba en fase cataléptica —como le llamaban ellas a ese estado en que podían escuchar e incluso ver todo, pero no emitir sonidos ni movimientos corporales—, en esa fase de suspensión vital, de borrado, la que estaba aparentemente dormida ponía toda su energía en avivar la punta de un dedo, apenas un guiño en la parálisis del cuerpo, de manera que la segunda pudiera sacudirla a tiempo y salvarla de la pesadilla.

La noche que vieron al padre en el noticiario (que escucharon el reporte del periodista japonés, en realidad) padecieron uno de los sueños mejor coordinados de sus vidas. Sara primero; Julieta después. Con minutos de diferencia, soñaron exactamente lo mismo: vieron al padre con un traje espacial dando pasos temerosos sobre una luna llena de polvo. El hombre cargaba con el arpa en una mano. De un minuto a otro se sentaba en un cráter y se ponía a tocar. Pero el sueño era sin sonido, de manera que el hombre tocaba como al vacío. Las niñas no estaban dormidas ni despiertas a cabalidad. Coordinadamente inmóviles, escuchaban la voz de la madre que se filtraba desde la cocina. Parecía salir de un túnel esa voz que hablaba sola. O que le hablaba a la ventana o al mismo padre o, quién sabe, al más allá. «Yo no fui», repetía, «yo no fui».

Cuando salieron de la casa rumbo al hospital, esta mañana, el sol era un disco macabro de rojo. Parecía, así lo vieron las hermanas, que se iba a reventar arriba de sus cabezas.

Sara ha dejado a un lado Japón, pero vuelve con el aire acondicionado. No puede soportar el silencio aséptico de la sala que habita su hermana. Sabe que si Julieta se duerme no podrá despertarla. Entonces habla. Dice que el hombre no está hecho para temperarse, que la naturaleza desairada que la hecatombe que el planeta reventando que la humanidad que vamos a estallar en pedacitos si el hombre no da un paso atrás, hermanita, y después de cien años después de mil años no vamos a sentir nada no vamos a oír ningún eco no van a sobrevivir ni las palabras para nombrar la desgracia tan virulenta pero tan virulenta que va a devorar tranquilamente toda la civilización occidental y oriental todas las células hasta la última partícula del planeta, hermanita, doctor, buenas tardes, lo estábamos esperando. El doctor Méndez, con cara de anestesia, informa que la cirugía será finalmente a las seis de la tarde. O sea, en cuatro horas más. Veinte o veintiún grados, calcula Julieta que hay en este momento en la sección de oncología. Para qué temperan a estos enfermos, piensa, si en un rato más, horas, días, con mucha suerte meses, se hallarán bajo tierra, muertos no de frío sino de muerte verdadera. Y para qué sube las cejas y mueve las manos en espiral y dice todo eso que dice y que dos noches atrás expuso sintéticamente al teléfono el hombre con delantal blanco y cara ya no de anestesia sino de palo, de garrotazo en plena cabeza; para qué todo eso si Julieta no se va a salvar.

—¿O sea que tendría que pasar dos noches en el hospital? —pregunta Sara.

—Por lo menos —confirma el médico.

El hombre la mira con un gesto que Julieta no sabe si es de lástima o fastidio. ¿Qué se creían?, piensa la enferma que piensa el médico, ¿que operarse era qué? No se creían nada. No lo imaginaban simplemente. Uno no imagina que va a ganarle la partida al cactus, al pez, al sobrino. La hermana pregunta sobre un par de aspectos técnicos. A Julieta no le dan la palabra. Se supone que en esta etapa los enfermos se entregan sin chistar. Entregan el hígado, el estómago, el colon, lo que haya que entregar y se olvidan. Pero ella no: ella hace como que se olvida y los deja hablar. Ha prometido internarse, no enterrarse en el quirófano.

—¿No viene con su ropa de cama? —se asombra el médico.

—Pensamos que la daban acá —responde Sara.

—No —dice el hombre. Julieta lee lo que sugiere su escueta negativa: ¿pensaron que venían de paseo las perlas?, ¿pensaron que era un chiste?

—La olvidamos —saca la voz Julieta.

Y entonces el doctor ordena (ahora sí con cara de fastidio) que Sara vaya inmediatamente por los efectos personales de la enferma. Tiene dos horas para traer la camisa de dormir, la bata, las pantuflas, el cepillo de dientes, lo que haga falta.

—Oh, gracias —se despide la mujer antes de salir de la sala—. Muchas gracias.

Julieta está sola en la sala del hospital. La sala doce, en el cuarto piso. Cierra los ojos, busca un pensamiento en su cabeza desordenada. Quedar como planta o como perro. Abre los ojos, se levanta. El doctor Méndez ha dejado una bata verde y un gorro de plástico sobre una silla. Duda si ponérselos o no. Calcula que le traería más dificultades que beneficios, y entonces deja el vestuario de interna ahí mismo. Camina con pasos seguros hasta la puerta. Mira acá y allá: desierto. No falta nada para Navidad; en estas fechas todo el mundo anda disperso. Los médicos, las enfermeras, hasta los mismos enfermos parecen vagar en otra galaxia. Justo frente a la puerta se detiene un empleado con una escoba que a Julieta le parece de bruja o de extraterrestre, y la saluda con un movimiento ambiguo de cabeza. Julieta responde el gesto con cortesía de sobra. Como si hubiera dicho qué grandísimo gusto verlo, señor marciano. Lo ve perderse por el pasillo y toma el camino en sentido contrario. Julieta conoce (cree conocer) de sobra el hospital por los relatos de su propia madre. Tantas veces habló de lo mismo. Veintidós años trabajando como enfermera. Jefa de personal, incluso, los últimos días. Hasta que pasó lo del padre, la gira, la bala, la noticia en la pantalla empañada de golpe por la superficie polvorienta de la luna. Después la madre abandonó el hospital. Debió haber entrado como enferma por la puerta de urgencia, pero no llegó. Porque se tragó las pastillas de una vez en la casa, en la cama, con la luz apagada y doble llave en la puerta, y sanseacabó.

Julieta sabe que los ascensores están en el sector norte, justo donde termina el pasillo de urgencias. Camina hasta ahí. Pulsa el botón. En menos de diez segundos se abre la gran boca del ascensor de la izquierda. Viene vacío. La mujer entra y pulsa ahora el número nueve. Las puertas se cierran y empieza a elevarse. Ya está, se dice, dos minutos más y todo habrá terminado. Cierra los ojos, trata de encontrar el pensamiento reacio que otra vez no viene. Ahora llega a su cabeza la madre hablándole de los laberintos del hospital, del casino en el subterráneo, de las salas de urgencia y por fin del piso nueve: la gran explanada con vista a la ciudad. El precipicio con sus fauces abiertas. Pero no es eso lo que Julieta ve ahora que baja del ascensor, que es frenada por un hombre de mameluco azul con una tropa de obreros con maquinaria pesada y las primeras huellas de lo que, recién lo sabe, será el gran helipuerto del hospital. El precipicio polvoriento, cubierto de escombros que bien podrían ser cráteres, plagado de obreros con cascos y guantes.

—Está prohibida la entrada a la obra —la frena el hombre del mameluco. Y como no recibe respuesta por parte de la mujer, insiste con una variante—: No está permitido el ingreso de pacientes, ¿me entiende?

Supiera él lo impaciente que es ella en ese momento; la urgencia que tiene por acabar de una vez con todo. Ni perro ni planta, ¿cómo decirle? Pero el hombre insiste con que debe retirarse, por favor, señora. Supiera él cuánto quiere retirarse ella, que tiene la cabeza en otra parte, que ve lo que quizás sea un satélite o una estrella primeriza como pintada en el cielo y se imagina la ciudad en la superficie, la ciudad que no volverá a pisar, las guirnaldas anunciando una Pascua feliz para todos allá abajo, y arriba el cielo como una ciudad patas arriba con esos brillos que acaso sean pura ilusión. Y Julieta tiene el recuerdo, se le borra enseguida, de los hombrecitos fluorescentes, galácticos, en la pantalla del televisor.

—¿No me oye, señora? —insiste el que con toda seguridad, piensa ahora Julieta, es el jefe de estas obras. El hombre que impide el final perfecto.

Sara fue la primera en verla muerta. Golpeó la puerta cinco, diez, veinte veces. Volvió a golpear. Entonces lo supo. Rompió el vidrio de la ventana, trepó y se coló como un gato en el dormitorio de la madre. Estaba tendida sobre la cama, con el frasco de pastillas a un lado y un hilito de saliva o de agua o quién sabe de qué líquido corporal corriéndole por el borde de la boca. Sara le juntó los labios. No fuera a ser cosa que se le metieran hormigas y la comieran por dentro. Era la primera vez que veía a un muerto. Al padre lo habían mandado hecho cenizas en valija diplomática. Un cofre plateado con una banderita que llevaba su nombre, al modo de un trofeo. Habían visto el arpa, la maleta, la ropa, su afeitadora, un par de fotos instantáneas tomadas en Japón, incluso. Pero nunca lo vieron muerto. Dos años después, la madre tampoco dejó cartas ni mensajes ni explicaciones.

—Tiene jaqueca —le mintió Sara a Julieta, cuando la vio llegar—. Es mejor que la dejemos dormir un rato, tú sabes.

Las hermanas sabían que a la mujer le daban esos dolores que por poco le volaban la cabeza. Y no había nada que hacer. Dejarla dormir, nada más. Y entonces la dejaron dormir, morir.

La hermana mayor no sabía cómo llenar este silencio nuevo. Sabía que Julieta sabía que le estaba ocultando algo. Primero se puso a hablar del padre, pero ése era un tema que abría demasiadas ventanas. Así que las cerró y se lanzó con la luna. Julieta cuchareaba un yogurt y la oía sin atender el significado exacto de las frases que salían como coágulos por la boca de la mujer que era su única hermana.

—Te voy a decir algo —dijo Sara de golpe y esperó un par de segundos para arrojar su revelación—. El hombre nunca llegó a la luna.

Dijo esa tarde Sara que la tecnología del Apolo 11 era tan pero tan primitiva que imposible salir de la Tierra; que el computador con el que supuestamente operaban desde el espacio tenía menos memoria   que una lavadora. Y otra cosa: ¿por qué no había estrellas en las fotos tomadas desde la luna por los tripulantes? Se supone, dijo Sara que decían los expertos, que el cielo de la luna era cristalino como el agua, sin atmósfera, sin nubes: ¿dónde estaban entonces las estrellas? Y para colmo: ¿cómo era que la bandera norteamericana flameaba? ¿Cómo, si en la luna no había viento? Todo era un fraude, aseguró la mujer que aseguraban los científicos del mundo: una conspiración.

—El hombre no ha salido jamás de la Tierra —remató Sara—. ¿Te das cuenta?

Julieta no supo qué responder. Puede que la hermana mayor tuviera razón; puede que no. A ellas, pensó, no les cambiaba la vida si el hombre llegaba o no a la luna. Mientras pudiera llegar a Japón, ya tenían bastante. Entonces se acordó del yogurt que estaba comiendo y abrió la boca para recibir la última cucharada.

Pasaron los siguientes minutos en silencio. Hasta que Sara no aguantó más.

—Te voy a decir la verdad —dijo. Y lo hizo—: Mi mamá está muerta.

Y mi mamá era también su mamá, y Julieta dijo qué dices y vio caer el vasito de yogurt al suelo y corrió a ver a su mamá, a mi mamá, a la mujer que las acababa de volver cien por ciento huérfanas.

La vida había corrido demasiado rápido para las hermanas. Primero el padre, después la madre, después inercia. La vida como un tropezón. Siguieron coordinando la catalepsia y se habituaron a las pesadillas bilaterales. Y ahora, sin haberlo soñado, entraban de urgencia al hospital.

A Julieta se le ocurre que en el piso ocho quizás haya ventanas. El final casi perfecto. Como el cactus, el pescadito, el hijo del primo. Baja la escalera corriendo; catorce escalones. Lo que encuentra es una sala común con cuatro o cinco ventanas; ninguna lo suficientemente amplia como para hacerlo. Además, llenas de gente con cara de calamidad. No es sólo la cara, piensa: son ellos mismos la calamidad. Como para lanzarlos a todos por la ventana y adiós. Otros catorce escalones en dirección a la tierra: piso siete. En el pasillo aparece un hombre con barba extremadamente larga, como de mahometano. A Julieta le recuerda a alguien; no se acuerda de a quién. Buenas tardes, buenas tardes. Piso seis. Adelante, dama, la hace pasar un hombre con delantal verde. ¿Un paciente? ¿Un enfermero?

—¿Con quién tiene hora?

—Con el doctor Amstrong —decide Julieta.

—¿Amstrong? ¿Qué especialidad sería?

—Sin especialidad.

—¿Cómo así?

—¿Sabe? —se apunta el estómago—. Tengo cualquier cosa aquí dentro. Mejor me voy…

El hombre no entiende o hace como que no entiende la respuesta y sigue preguntando, pero Julieta ya está de nuevo en la escalera. Piso cinco. Muy poca altura para tirarse, quizás habría que buscar otra fórmula. Un baño, colgarse de un tubo en el baño. ¿Pero con qué? Y, por lo demás, los baños son minúsculos. Puras salas con tubos: piso cuatro. Su sala deshabitada. Gente que espera, pasamanos añosos, oxidados de tanta palma moribunda, gente que languidece en los camastros, pieles estriadas, la vida como una tela demasiado delgada. Piso tres, dos, uno, cero. Escalones que conducen a un subterráneo con olor a puré. Ahí mismo comió su madre tantísimos años, se le ocurre a Julieta. Puré con vienesas, puré con ensaladas, puré con puré. Quizás abriendo el gas de las cocinas del hospital. Pero, ¿cómo? Para eso mejor regresar a la casa y cerrar las ventanas, asegurar las puertas, encender el horno, esperar que el gas se la lleve. ¿Planta o perro? Ni con toda la voluntad del mundo puede ser el estropajo que quiere con toda urgencia ser. El calor del casino la hace sudar. Y como si no estuviera a punto de cometer lo que quiere y no puede cometer, se da cuenta de que su estómago no la sigue y ahora cruje de hambre. No de dolor ni de estar a punto de reventar; cruje de hambre, el infeliz. Ve pasar una bandeja con puré y no puede evitarlo.

—Déme un poquito —se ve sosteniendo una bandeja plástica en el casino del hospital; en el subterráneo en vez del noveno piso: puré en vez del despeñadero.

—¿Con qué lo va a querer?

—Solo.

Y el puré solo es lo más rico que ha probado en sus diecinueve años de existencia. Se lleva cada cucharada a la boca como si fuera la última ración del Planeta. Y piensa que quizás lo sea. Acaso el mismo puré que comía su madre en la hora de colación. Y se da cuenta de que entró en el conteo de las últimas veces de todo. La última vez que me llevo una cucharada a la boca, la última vez que respiro este aire. Una lista que, mala suerte, no va a alcanzar a terminar. Veinticinco grados, calcula que hay en el casino del hospital a las siete y media de una de las últimas tardes de diciembre en Santiago.

Lo único que las distanciaba era Dios. El desencuentro clave ocurrió un par de noches después del suicidio de su madre. Julieta había ido a agradecer las condolencias a los escasos familiares (el primo, el sobrino, una tía abuela), y cuando volvió se metió en la cama sin hacer ruido. No fuera a ser cosa que avivara alguna pesadilla en el sueño de Sara, que dormía en la pieza contigua. Pero esa noche la hermana mayor no dormía.

—Julietita, ven —la llamó.

—¿Estás despierta? —se sorprendió Julieta. Nunca la llamaba Julietita. Y fue hasta el otro dormitorio.

—Hoy día… —habló despacio Sara, como si temiera que su propia voz tapara lo que estaba a punto de revelar—. Hoy día vino a mí…

—¿Quién?

—Él —dijo con toda seguridad. Y al parecer le gustó cómo sonaba, porque lo repitió con una especie de orgullo, como si la sola mención del pronombre la puliera por dentro—: Él; él vino a mí.

Julieta pensó que a su hermana la habían invadido; pensó que era la invasión de unos bárbaros religiosos; una colonización, pensó, en los pensamientos de la voluntariosa y siempre dispuesta Sara.

—¿Y qué te dijo? —quiso saber Julieta.

—No puedo revelarlo con palabras —respondió la otra, ya totalmente conversa.

Esa noche no soñaron. Ni unilateral ni bilateralmente. La crédula se durmió con la reconfortante imagen de la visita divina. La incrédula, en cambio, pasó horas de horas, se amaneció tratando de hallar una explicación humana a la repentina credulidad de Sara. Llegada la mañana concluyó que se la estaban arrebatando: algo o alguien intentaba arrebatarle a su hermana por la vía, tan elemental, del Dios todopoderoso.

Cuando Sara, dos días después, habló nuevamente del episodio iluminador, Julieta le dijo que si quería creer creyera, pero que no la metiera a ella, por favor, en sus conversaciones privadas con el tal Señor. Le rogó, por el amor de Dios, que no le hablara más del asunto. Sara le explicó que todo tenía su tiempo, hermanita, y que si no era aún su momento de escuchar el llamado, ella más que nadie lo iba a respetar. Porque eran sangre de la misma sangre, gracias al cielo, oh, gracias. Y entonces empezó a escarbar por otro lado: por el hipotético Japón, por allá por la luna de la que tenía nuevas teorías. Julieta sospechó que Sara quería a toda costa hablar de sus padres, pero no encontraba el camino directo.

A las siete y treinta y ocho de la tarde regresa a la sala doce. Sobre la cama descansa el bolso azul del padre. El que usaba en las giras locales. Ya está viejo y le faltan algunos dientes al cierre. Lo descorre con cuidado. Dos pares de zapatos, una bata, un chaleco, una toalla, el cepillo de dientes, una cajita de leche descremada, un paquete de galletas, un cojín cuadrado, papel higiénico, vitaminas. Y una nota de la hermana en una hoja de bloc: «Te lo pido por favor, Julietita», reza al final. Julieta comprende que su propia aniquilación no depende de ella. Y confirma también que está por cumplir los veinte años, pero, ay, antes se va a morir. Y cierra el bolso. Y se acuesta en la cama de sábanas tiesas y traga el agüita almibarada que le ha dejado la enfermera o la hermana o el doctor Méndez, quién sabe, en el velador. Francamente mala, una porquería el néctar del hospital. Y acaso narcotizada por el mismo néctar, se duerme. Lo lógico sería que soñara con un perro o con una planta, pero no. Julieta sueña lo que probablemente sueñe Sara esa misma noche o las siguientes noches sin ella. Sueña que es un pescado azul de cola pálida y fabulosamente larga, una cola de metros, de kilómetros, con la que se desplaza como si volara, como si no estuviera en el agua sino en el aire, y nada o vuela y atraviesa una laguna o una galaxia y no llega y no llega nunca al otro lado.

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