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García Ibáñez, Clementina

Mirada al sesgo



MIRADA AL SESGO

La mujer, a tientas, se acerca hasta la persiana; por los intersticios de las tablillas

se cuela una luz macilenta; la misma que ilumina por parches el pavimento, desolado,

allá, debajo de su balcón de un primer piso de un edificio de dos plantas.

La copa de los paraísos de su vereda, abovedando la calle, se hermana con el ramaje

florecido del jacarandá centenario, cuyas raíces asoman destrozando los baldosones

del Tom Mix, el negocio de comidas, en la acera del frente.

No necesita encender la luz para calcular que han de ser, aproximadamente, las tres de la madrugada,. La hora cumbre de sus desvelos. La hora en la que la impaciencia vence a la

pereza y que terminará por obligarla a levantarse.

Sabe, además, el azul de las flores del jacarandá se lo confirma, que es noviembre

(se apilan sobre las mesitas – redonda chapa blanca con el logo “Quilmes” en el centro –

se desparraman sobre la vereda, se deslizan desde los parasoles a medio cerrar, ocupan

la lona de los asientos destinados a parroquianos de un Tom Mix, que siempre están al

llegar)

En unos minutos más, el dueño saldrá al rescate de ése, parte del decorado que se prolonga

en la vereda, a reguardarlo bajo techo hasta las últimas horas del día siguiente.

Protegida por las sombras del balcón (con esmerada lentitud, para no alertar a su vecina ha

corrido las persianas) se ubica entre el ficus y los rododendros, para seguir, y confirmar, los

pasos de esa rutina que su vecino del frente, al que apenas conoce, ensaya noche a noche.

No está  en línea recta, con exactitud, sino desplazado, en ángulo oblicuo, diríamos más bien

que en una perpendicular sesgada. Para seguir sin distorsiones los movimientos del hombre,

la mirada deberá sortear el ramaje que cuelga del sauce llorón de la casa vecina, primero,

y después el grueso tronco del jacarandá que ocupa el centro de la vereda.

El negocio, una antigua ferretería de barrio que fue muriendo de a poco, igual que su dueño,

tiene unas amplias vidrieras cubiertas hasta la mitad inferior por unas coquetas cortinas

de voile. A través de la parte alta, descubierta, la mujer, que escondida atisba, sigue paso

a paso sus rutinas dentro del local.

Ha participado de los ajetreos que significó poner en marcha el Tom Mix, en una casa que

por años estuvo abandonada. “Tom Mix – Tragos – Nachos – Cerveza – Verdadera Comida

Mexicana”, el proyecto de un loco, abierto fuera de temporada en la mitad de la cuadra

de una calle de veredas arboladas, sin tránsito, a metros de la gran avenida rebosante

de luces y movimiento.

Alto, inconfundible, nada difícil seguir sus rastros: sombrero a lo Glenn Ford, algo

ladeado, camisa de franela a cuadros escoceses, pañuelo con el lazo sobre el hombro, el

cinturón de cuero crudo con ancha hebilla de metal sostiene unos vaqueros, azules y raídos,

que ajustan un cuerpo robusto pero no obeso, botas en punta con algo de taco, en fin, un

cincuentón quizás, vestido como un  vaquero adolescente de los años sesenta           

Lo ve moverse dentro del local, con ese aire desganado propio del varón canchero; puede

distinguir con bastante nitidez el rostro de un color dorado como el de quien goza en

demasía de la exposición al  sol, las cejas tupidas algo rubionas que enmarcan unos ojos que

ella adivina azules, porque sí, porque un hombre como el que está observando sólo debe tener

los ojos de ese color, aunque el ala ancha del sombrero y las potentes luces que ambientan el

local, no le permitan precisarlo.

Es atento, se ve, se nota.

Cumplidor.

En estos días de un final de año en el que las autoridades decretaron el cambio de horario,

oscurece pasadas las diez de la noche, así que aún es pleno día cuando lo ve llegar.

A pie.

Con pasos largos. Juguetea con el manojo de llaves que cuelgan del índice de su mano

derecha.

Debe haber dejado el coche en el estacionamiento de Monseñor Larrumbe, con el objeto,

supone ella, de dejar despejado el sitio frente a su negocio.

El tiempo que le lleva tanto abrir como disponer el local hasta la llegada de los parroquianos,

es una meseta que la mujer aprovecha para encarar los arreglos necesarios que le permitirán

más tarde dedicarse con total  abandono a su tarea de fisgona.

Se dice, cada noche, desde esa primera vez, cuando lo descubrió:   “mañana ... sin falta ...mañana me cruzo hasta ese local”...”estoy convencida de que fue abierto

para mi” 

Noche a noche ha ido perfeccionándose en el modo de observar.

Se sueña sentada en alguna de esas mesas, la del rincón cerca de la barra, por ejemplo.

Sobre esa barra donde brilla el verde y gordo expendedor de cerveza.

En una de esas mesitas con el mantel, a cuadros rojos y blancos, puesto en triángulo; los

altos jarros rebosantes de espuma, el chucrut y las salchichas, el canastito con los panes

de Viena.

Se dice cada noche:   “mañana voy a estar sentada ahí...¡ése es mi rincón!.. me está esperando”

O en la otra, la que está apoyada en la pared del fondo, donde algunas noches, varios tragos

de por medio, supone,  Cat Fisher (ha investigado acerca del nombre),  abrazado a su

guitarra y sin micrófono, canta jazz o blues, o melodías country, tanto da, en un inglés que

la mujer que no conoce el idioma, estima perfecto, y con una voz ya acariciante, ya trémula,

cuya sonoridad traspasa la pared del local, la calle, el tronco del jacarandá; una voz que

susurra para ella, porque, está segura, debe haberla descubierto a pesar de los tantos cuidados

puestos para no ser vista. Tiene que, por lo menos, haberla intuído, piensa,  porque canta mirando

al frente, hacia el ángulo extremo de su balcón, allí donde las hojas carnosas del ficus dejan

intersticios libres.   “sabe de mí... es hora de que me vaya preparando... tengo que armarme de coraje...    ¡cuánto antes!.... ya es hora de que me cruce...de una vez por todas”

Ha estado indagando, con disimulo.

Pudo, un poco ayudada su imaginación por las imágenes que le sugieren los posters y

algunas fotos que Cat ha colgado en la pared del fondo, armarle una especie de

biografía.

Lo da por nacido en Omaha, una ciudad de Nebraska, en los Estados Unidos. Es visible

sobre esa pared del fondo, bajo el vidrio de un cuadro justo debajo de la barra, el escudo de

un “Omaha Institute” y a su alrededor las insignias del Estado.

Lo del bautizo con el nombre “Cat Fischer”  salió a raíz del rótulo, grandes letras amarillas

sobre fondo negro, adherido con ese texto al cuello del expendedor de cerveza.

Supuso, o le dijeron, que había llegado al país en un intercambio estudiantil. Y que la familia

que lo alojó tenía campos en Madariaga. Y que por esas zonas anduvo más turisteando que

entregándose al estudio; lo catalogaban como más inclinado a la aventura que a los libros.

Y ese mismo alguien, que aseguraba saber de él, recordó la vez en la que, a caballo, y

buscando el mar, se fue internando, sin darse cuenta, en la zona de los cangrejales que bordean

las costas del Tuyú.

Una muchacha de las inmediaciones, intrépida amazona, lo rescató justo a tiempo. Unos

metros más y tanto del caballo como del jinete no hubieran quedado ni los rastros.

La aventura en vez de desanimarlo lo fascinó. Dicen que fue en ese momento cuando tomó

la decisión de radicarse en la zona: ¿ por lo agreste del paisaje o la belleza de la salvadora?

A medida que más sabía de él, iba la mujer perdiendo la natural cautela. No deseaba que

supieran que estaba interesada y menos que menos que sus indagaciones llegaran a oídos

de su vecina con la que debía compartir la superficie del balcón; al menos y gracias a

rododendros, ficus, buganvillas, y helechos colgantes, había logrado algo de aislamiento e

intimidad.

Como al descuido hacía preguntas sobre el local. Unas mínimas referencias le alcanzaban para

que su cabeza redondeara la figura del dueño.

Que había llegado a la costa cuando comenzaba la temporada de verano, y que le fue

relativamente fácil encontrar empleo en uno de los tantos balnearios asentados en las playas

desde San Clemente hasta Gesell.

Sus tareas eran variadas: atender las mesas, el mostrador, hasta oficiar de bañero, o

encargarse de las provisiones, incluída la pesca, una de sus mayores habilidades. Por

las noches rotaba de boliche en boliche con su guitarra y sus canciones.

Que se había hecho muy popular, sobre todo entre las mujeres. Enloquecían por él

Y  que el dueño de “El Gato que Pesca”, el prestigioso restorán de un balneario en Pinamar,

lo asoció para asegurarse su exclusividad.

Según parece, permaneció años allí, enamorado y no sólo del lugar.

Quien a grandes rasgos le había hecho tales comentarios no supo decir qué razones lo

habían alejado, años ha, de “El Gato que Pesca” para acabar,  por último, en un “Tom Mix –Tragos – Nachos-Cerveza-Verdadera Comida Mexicana”, en una calle poco transitada de un

suburbio del Gran Buenos Aires     

Se lo fue apropiando: un Cat Fisher atractivo, seductor, y...¡tan cercano!

Y hasta casi, casi, como que la estaba esperando, según deducía por haberlo sorprendido en un

reiterado mirar de soslayo hacia el balcón.

Esta idea le dio fuerzas para vencer las últimas inseguridades, sus inhibiciones crónicas

Pasó horas en el gimnasio, se hizo un buen corte de pelo, tintura y discreto maquillaje.

Se había tomado su tiempo; pero estaba lista.     “mañana....sin falta. Apareceré por la ochava de la avenida y como si tal cosa iré a

ocupar la mesita del rincón...

A la mañana siguiente, la mujer se entera de lo sucedido la noche anterior: según la policía,

un automovilista había sido ultimado al ingresar al estacionamiento de Monseñor Larrumbe

por querer evitar que le robaran el coche.

Descubre, más tarde que el “Tom Mix – Tragos” está cerrado. Un cartón blanco con

gruesas letras en negro anuncia: Cerrado por duelo.

Instalada en el refugio de su balcón, filtrados apenas por el ramaje de ficus, buganvillas y

rododendros, la mujer oye que su vecina, hiposa y sollozante, le cuenta a quien  la

consuela:    “mi Gato querido... ¡terminar así!...me duele aunque me haya llevado una vida librarme de su hechizo...el hijo del gallego Otero...tan pintón como el padre... el dueño de “El gato que

Pesca” el balneario más conocido de Pinamar....había heredado  el pelo rubio y los ojos tan

celestes del padre....pero no su persistencia...no pudo conseguir que estudiara....con la

facha tenía enamoradas a todas las chicas de Madariaga....le gustaban todas.... yo casi como

que le salvé la vida, una tarde, cuando cabalgábamos cerca de los cangrejales del Tuyú”  

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