La
mujer, a tientas, se acerca hasta la persiana; por los intersticios de las
tablillas
se
cuela una luz macilenta; la misma que ilumina por parches el pavimento,
desolado,
allá,
debajo de su balcón de un primer piso de un edificio de dos plantas.
La
copa de los paraísos de su vereda, abovedando la calle, se hermana con el
ramaje
florecido
del jacarandá centenario, cuyas raíces asoman destrozando los baldosones
del
Tom Mix, el negocio de comidas, en la acera del frente.
No
necesita encender la luz para calcular que han de ser, aproximadamente, las
tres de la
madrugada,. La hora cumbre de sus desvelos. La
hora en la que la impaciencia vence a la
pereza
y que terminará por obligarla a levantarse.
Sabe,
además, el azul de las flores del jacarandá se lo confirma, que es noviembre
(se
apilan sobre las mesitas – redonda chapa blanca con el logo “Quilmes” en el
centro –
se
desparraman sobre la vereda, se deslizan desde los parasoles a medio cerrar,
ocupan
la
lona de los asientos destinados a parroquianos de un Tom Mix, que siempre están
al
llegar)
En
unos minutos más, el dueño saldrá al rescate de ése, parte del decorado que se
prolonga
en
la vereda, a reguardarlo bajo techo hasta las últimas horas del día siguiente.
Protegida
por las sombras del balcón (con esmerada lentitud, para no alertar a su vecina
ha
corrido
las persianas) se ubica entre el ficus y los rododendros, para seguir, y
confirmar, los
pasos
de esa rutina que su vecino del frente, al que apenas conoce, ensaya noche a
noche.
No
está en línea recta, con exactitud, sino
desplazado, en ángulo oblicuo, diríamos más bien
que
en una perpendicular sesgada. Para seguir sin distorsiones los movimientos del
hombre,
la
mirada deberá sortear el ramaje que cuelga del sauce llorón de la casa vecina,
primero,
y
después el grueso tronco del jacarandá que ocupa el centro de la vereda.
El
negocio, una antigua ferretería de barrio que fue muriendo de a poco, igual que
su dueño,
tiene
unas amplias vidrieras cubiertas hasta la mitad inferior por unas coquetas
cortinas
de
voile. A través de la parte alta, descubierta, la mujer, que escondida atisba,
sigue paso
a
paso sus rutinas dentro del local.
Ha
participado de los ajetreos que significó poner en marcha el Tom Mix, en una
casa que
por
años estuvo abandonada. “Tom Mix – Tragos – Nachos – Cerveza – Verdadera Comida
Mexicana”,
el proyecto de un loco, abierto fuera de temporada en la mitad de la cuadra
de
una calle de veredas arboladas, sin tránsito, a metros de la gran avenida rebosante
de
luces y movimiento.
Alto,
inconfundible, nada difícil seguir sus rastros: sombrero a lo Glenn Ford, algo
ladeado,
camisa de franela a cuadros escoceses, pañuelo con el lazo sobre el hombro, el
cinturón
de cuero crudo con ancha hebilla de metal sostiene unos vaqueros, azules y
raídos,
que
ajustan un cuerpo robusto pero no obeso, botas en punta con algo de taco, en
fin, un
cincuentón
quizás, vestido como un vaquero
adolescente de los años sesenta
Lo
ve moverse dentro del local, con ese aire desganado propio del varón canchero;
puede
distinguir
con bastante nitidez el rostro de un color dorado como el de quien goza en
demasía
de la exposición al sol, las cejas
tupidas algo rubionas que enmarcan unos ojos que
ella
adivina azules, porque sí, porque un hombre como el que está observando sólo
debe tener
los
ojos de ese color, aunque el ala ancha del sombrero y las potentes luces que
ambientan el
local,
no le permitan precisarlo.
Es
atento, se ve, se nota.
Cumplidor.
En
estos días de un final de año en el que las autoridades decretaron el cambio de
horario,
oscurece
pasadas las diez de la noche, así que aún es pleno día cuando lo ve llegar.
A
pie.
Con
pasos largos. Juguetea con el manojo de llaves que cuelgan del índice de su
mano
derecha.
Debe
haber dejado el coche en el estacionamiento de Monseñor Larrumbe, con el
objeto,
supone
ella, de dejar despejado el sitio frente a su negocio.
El
tiempo que le lleva tanto abrir como disponer el local hasta la llegada de los
parroquianos,
es
una meseta que la mujer aprovecha para encarar los arreglos necesarios que le
permitirán
más
tarde dedicarse con total abandono a su
tarea de fisgona.
Se
dice, cada noche, desde esa primera vez, cuando lo descubrió:
“mañana ... sin falta ...mañana me cruzo
hasta ese local”...”estoy convencida de que fue abierto
para
mi”
Noche
a noche ha ido perfeccionándose en el modo de observar.
Se
sueña sentada en alguna de esas mesas, la del rincón cerca de la barra, por
ejemplo.
Sobre
esa barra donde brilla el verde y gordo expendedor de cerveza.
En
una de esas mesitas con el mantel, a cuadros rojos y blancos, puesto en
triángulo; los
altos
jarros rebosantes de espuma, el chucrut y las salchichas, el canastito con los
panes
de
Viena.
Se
dice cada noche:
“mañana voy a estar sentada ahí...¡ése es mi
rincón!.. me está esperando”
O
en la otra, la que está apoyada en la pared del fondo, donde algunas noches,
varios tragos
de
por medio, supone, Cat Fisher (ha
investigado acerca del nombre), abrazado
a su
guitarra
y sin micrófono, canta jazz o blues, o melodías country, tanto da, en un inglés
que
la
mujer que no conoce el idioma, estima perfecto, y con una voz ya acariciante,
ya trémula,
cuya
sonoridad traspasa la pared del local, la calle, el tronco del jacarandá; una
voz que
susurra
para ella, porque, está segura, debe haberla descubierto a pesar de los tantos
cuidados
puestos
para no ser vista. Tiene que, por lo menos, haberla intuído, piensa, porque canta mirando
al
frente, hacia el ángulo extremo de su balcón, allí donde las hojas carnosas del
ficus dejan
intersticios
libres.
“sabe de mí... es hora de que me vaya
preparando... tengo que armarme de coraje...
¡cuánto antes!.... ya es hora de que me
cruce...de una vez por todas”
Ha
estado indagando, con disimulo.
Pudo,
un poco ayudada su imaginación por las imágenes que le sugieren los posters y
algunas
fotos que Cat ha colgado en la pared del fondo, armarle una especie de
biografía.
Lo
da por nacido en Omaha, una ciudad de Nebraska, en los Estados Unidos. Es
visible
sobre
esa pared del fondo, bajo el vidrio de un cuadro justo debajo de la barra, el
escudo de
un
“Omaha Institute” y a su alrededor las insignias del Estado.
Lo
del bautizo con el nombre “Cat Fischer”
salió a raíz del rótulo, grandes letras amarillas
sobre
fondo negro, adherido con ese texto al cuello del expendedor de cerveza.
Supuso,
o le dijeron, que había llegado al país en un intercambio estudiantil. Y que la
familia
que
lo alojó tenía campos en Madariaga. Y que por esas zonas anduvo más turisteando
que
entregándose
al estudio; lo catalogaban como más inclinado a la aventura que a los libros.
Y
ese mismo alguien, que aseguraba saber de él, recordó la vez en la que, a caballo,
y
buscando
el mar, se fue internando, sin darse cuenta, en la zona de los cangrejales que
bordean
las
costas del Tuyú.
Una
muchacha de las inmediaciones, intrépida amazona, lo rescató justo a tiempo.
Unos
metros
más y tanto del caballo como del jinete no hubieran quedado ni los rastros.
La
aventura en vez de desanimarlo lo fascinó. Dicen que fue en ese momento cuando
tomó
la
decisión de radicarse en la zona: ¿ por lo agreste del paisaje o la belleza de
la salvadora?
A
medida que más sabía de él, iba la mujer perdiendo la natural cautela. No
deseaba que
supieran
que estaba interesada y menos que menos que sus indagaciones llegaran a oídos
de
su vecina con la que debía compartir la superficie del balcón; al menos y
gracias a
rododendros,
ficus, buganvillas, y helechos colgantes, había logrado algo de aislamiento e
intimidad.
Como
al descuido hacía preguntas sobre el local. Unas mínimas referencias le
alcanzaban para
que
su cabeza redondeara la figura del dueño.
Que
había llegado a la costa cuando comenzaba la temporada de verano, y que le fue
relativamente
fácil encontrar empleo en uno de los tantos balnearios asentados en las playas
desde
San Clemente hasta Gesell.
Sus
tareas eran variadas: atender las mesas, el mostrador, hasta oficiar de bañero,
o
encargarse
de las provisiones, incluída la pesca, una de sus mayores habilidades. Por
las
noches rotaba de boliche en boliche con su guitarra y sus canciones.
Que
se había hecho muy popular, sobre todo entre las mujeres. Enloquecían por él
Y que el dueño de “El Gato que Pesca”, el
prestigioso restorán de un balneario en Pinamar,
lo
asoció para asegurarse su exclusividad.
Según
parece, permaneció años allí, enamorado y no sólo del lugar.
Quien
a grandes rasgos le había hecho tales comentarios no supo decir qué razones lo
habían
alejado, años ha, de “El Gato que Pesca” para acabar, por último, en un “Tom Mix
–Tragos – Nachos-Cerveza-Verdadera Comida
Mexicana”, en una calle poco transitada de un
suburbio
del Gran Buenos Aires
Se
lo fue apropiando: un Cat Fisher atractivo, seductor, y...¡tan cercano!
Y
hasta casi, casi, como que la estaba esperando, según deducía por haberlo
sorprendido en un
reiterado
mirar de soslayo hacia el balcón.
Esta
idea le dio fuerzas para vencer las últimas inseguridades, sus inhibiciones
crónicas
Pasó
horas en el gimnasio, se hizo un buen corte de pelo, tintura y discreto
maquillaje.
Se
había tomado su tiempo; pero estaba lista.
“mañana....sin falta. Apareceré por la
ochava de la avenida y como si tal cosa iré a
ocupar
la mesita del rincón...
A
la mañana siguiente, la mujer se entera de lo sucedido la noche anterior: según
la policía,
un
automovilista había sido ultimado al ingresar al estacionamiento de Monseñor Larrumbe
por
querer evitar que le robaran el coche.
Descubre,
más tarde que el “Tom Mix – Tragos” está cerrado. Un cartón blanco con
gruesas
letras en negro anuncia: Cerrado por duelo.
Instalada
en el refugio de su balcón, filtrados apenas por el ramaje de ficus,
buganvillas y
rododendros,
la mujer oye que su vecina, hiposa y sollozante, le cuenta a quien la
consuela:
“mi Gato querido... ¡terminar así!...me
duele aunque me haya llevado una vida librarme de
su hechizo...el hijo del gallego Otero...tan
pintón como el padre... el dueño de “El gato que
Pesca”
el balneario más conocido de Pinamar....había heredado el pelo rubio y los ojos tan
celestes
del padre....pero no su persistencia...no pudo conseguir que estudiara....con
la
facha
tenía enamoradas a todas las chicas de Madariaga....le gustaban todas.... yo
casi como
que
le salvé la vida, una tarde, cuando cabalgábamos cerca de los cangrejales del
Tuyú”