Al
cabo del segundo mes (lo había calculado con la ayuda de doña Matilde),
temerosa de estar condenándose al infierno, Eloísa fue, ojos bajos y llorosos,
a contarle algo más al padre Santiago, quien de entrada nomás le dijo que, si
antes no hacía un cuidadoso examen de conciencia arrodillada frente al altar
mayor, él no volvería a escucharla, ni en confesión ni de ningún otro modo.
Eloísa
obedeció y diez minutos después, aliviada por la penitencia impuesta, pensó que
ahora sí podría ir a mirar al sacerdote a los ojos, aunque una vez más no se confesara
como Dios manda.
El
padre Santiago la esperaba en el baptisterio.
–Es
por lo mismo, ¿no?
–Sí.
–¿Y?
–preguntó ansioso el cura.
–Creí
que Él iba a sacármelo. Quería…
–¡No
ofendas a Dios! –la amonestó el sacerdote.
–Sólo
estuve rogando para que no fuera cierto –trató de arreglarlo ella.
–El
Señor sabe lo que hace. No dejes de rezar, pero para que sea un digno hijo de
Dios.
–¡Ah!
–exclamó Eloísa, abriendo grandes los ojos.
Y
poco después salió a la calle. Había calmado el viento e imaginó que la brisa
era algo así como un grato mimo sobre su cara, o acaso la mano del Rogelio, en
quien ahora pensaba con más razón que nunca. Pero en realidad, eran las
palabras del padre Santiago acerca de Dios las que seguían dándole vueltas en
la cabeza. De manera que, más dueña de sí misma que antes, ahora que por fin
sabía lo que debía hacer, al día siguiente fue a ver a doña Matilde.
–¿No
vas a tomar la jarilla, entonces?
–Ya
no.
–¿Y
qué te ha hecho cambiar de idea?
–Es
que parece que ahí está diosito.
–¿Qué?
–Me
lo dijo el padre Santiago.
–¡Ah,
te has puesto en sus manos! –expresó la yuyera–. Bueno, de cambiar de parecer…,
y siempre y cuando no pase demasiado tiempo para que algún trabajito que yo
pueda hacerte te devuelva al fulano…
Eloísa
agradeció; pero mientras regresaba enfrentando el duro viento del mediodía, el
andar fue acentuándole la pesadez de las piernas; y fuese por el cansancio o
quién sabe, se le puso que, no obstante las consoladoras palabras del cura, estaba
ocurriéndole algo casi tan horrible como si nada menos que el diablo se hubiera
instalado en su cuerpo.
Decidida,
entonces, a seguir al pie de la letra el consejo del sacerdote, se puso una vez
más a rezar. El rezo, sin embargo, no surtió el efecto del anterior, notó
Eloísa en el curso de la tarde; quizá, por no haberlo echado de rodillas ni con
la misma devoción que en la iglesia, ni ante la cruz ni la virgencita que
guardaba en su casa, o porque el pensamiento se le disparaba todo el tiempo hacia
el Rogelio, pese a no querer hacer justamente de él un diablo.
Tal
vez la próxima vez que viese al padre Santiago, él le enseñase alguna nueva oración
con la que proteger a su diosito allí, donde ya estaba criándose, y con más razón
apenitas naciera.
Rendida
por la caminata, aprovechando que su padre ya estaba en casa, adelantó un poco
la cena y se apuró a lavar los platos para meterse en la cama cuanto antes. ¡Otro
día y él sin saberlo, ésa era la cuestión! Tendría que comenzar a dejarse la
ropa suelta. Además, contase o no con el Rogelio, tarde o temprano debería abrir
la boca y que Dios la amparase si su padre estaba en uno de sus malos momentos,
porque si bien el Rogelio no le caía tan mal, no querría saber nada de lo que
ella iba a contarle.
Por
otra parte, qué duda cabía de que Dios la estaba ayudando por medio del padre
Santiago, o él no le hubiese dicho lo de tener “un digno hijo de Dios”, ni ella
estaría entreviendo la posibilidad de alejarse para siempre del diablo que la
ponía en apuros.
Así
que a la mañana siguiente, camino del almacén, se allegó de nuevo a la iglesia,
donde a poco advirtió que el silencio y la penumbra del recinto no sólo la
sobrecogían menos que otras veces, sino que además la hacían sentirse con más entereza
que nunca. Entonces permaneció un rato extasiada, los ojos clavados en los de
la virgen con el niño en los brazos, hasta parecerle que ella también la miraba.
Luego,
de pie en medio de la nave principal, se quedó escuchando…; en realidad oyendo,
en sí misma, la música de las misas y los casamientos y de la iglesia vacía de algunas
tardes, cuando la recorría un frío tan distinto del frío de su casa y de la
calle.
“…bendito
sea el fruto de tu vientre…”, musitó distraída la oración que a duras penas conservaba
deshilvanada en su memoria, mientras pensaba que por suerte ese día no había
olor a iglesia allí dentro; ese olor a incienso y a velas recién apagadas que,
en su estado actual, seguramente la haría sentirse indispuesta. De todas
maneras, cuando de improviso la invadió un escalofrío, fue a sentarse en el
banco más próximo al altar, pero sin inquietarse para nada, en el
convencimiento de que como Él estaba facilitándole las cosas más que nunca,
ningún malestar físico podía sobrevenirle.
Además,
aunque sin llegar a interrogarla tanto ni tan abiertamente como doña Matilde,
el padre Santiago le había demostrado de sobra cuánto se interesaba por ella y
que, con su ayuda y la de Dios, todo saldría a pedir de boca. Así pues, Eloísa
se acercó a la sacristía y, por la puerta abierta de par en par, vio al cura
junto al sacristán que acostumbraba oficiar de monaguillo y tañer las campanas,
hasta tres veces por día.
–Padre
–llamó sin transponer la puerta y rehuyendo la mirada del auxiliar del
sacerdote.
El
cura volvió la cabeza, hizo ir al sacristán y vino al encuentro de Eloísa,
seguro de que ella al fin diría lo que él no había oído hasta entonces.
“Ahora
va a decirme”, pensó ella por su parte, “cómo debo tratar a mi diosito”.
El
padre Santiago la invitó a acercarse y tomar asiento.
–Hablemos
–propuso.
–Sí
–aceptó ella.
–Es
cierto que es muy serio tu problema, pero no hasta el punto de tener que
recurrir a lo que pensabas –Eloísa bajó la cabeza–. ¿Estamos mejor que ayer?
–Sí.
Y
tal vez porque ese día el padre Santiago la encontró más comunicativa que de
costumbre, él también, como doña Matilde, intentó sonsacarle su secreto, aunque
con menos preguntas que alusiones, y con la diferencia de que no lo movía la
curiosidad sino la noble intención de orientarla hacia el matrimonio, porque la
ley civil, le explicó, protegería a su hijo, y el sacramento los pondría bajo
la gracia de Dios a ella y al que sería su marido.
En
cuanto a arreglarse sola… Habiendo perdido a su madre tan de chica que casi no
la recordaba, era como si se hubiera criado a sí misma, sin otra compañía que
la de su muñeca de trapo y pelo de lana con la que aún conversaba a la noche.
Tuvo
ganas de echarse a reír, pero por respeto al sacerdote sólo se sonrió un poco y
bajando la cabeza, para que él no se diera cuenta.
–¿Por
qué querías librarte de tu embarazo, entonces? –la encaró el padre Santiago.
En
vez de contestarle, Eloísa miró al suelo.
–¿Es
de vergüenza? –continuó el sacerdote–. ¿O a lo mejor más miedo que vergüenza de
tener que decírselo a tu padre?
–Sí,
sí –balbuceó Eloísa.
–Con
más razón para que te prepares. Va a desear saber tanto o más que yo apenas le
digas algo o empiece a notársete.
“De
seguro”, pensó Eloísa. Pero en realidad no debía importarle ahora que podía
hablar con Dios gracias al diosito que la moraba; o en una de ésas, con el
Rogelio, si lograba que él finalmente la mirase con otros ojos.
Y
agradeciéndole una vez más al padre Santiago sus consejos, se puso de pie y
enfiló hacia la nave central acompañada de la leve resonancia de sus pasos. Sí,
nada más grato para sus oídos que los pequeños ruidos magnificados por la
enormidad del ámbito de la iglesia, tan distintos de los que se producían en el
reducidísimo espacio de su casa. Y como no había vuelto a ver al sacristán, con
la ilusión de que él estuviese en el campanario y de un momento a otro entraran
a repiquetear las campanas, fue a sentarse en el último banco, ya casi debajo
del coro; pero ni las campanadas ni la música, que tanto influían sobre su
ánimo, se hicieron oír esa mañana. Tampoco el tintineo de las llaves que indicaban
que el sacristán andaba por allí, y todavía podrían cumplirse sus deseos. Pese
a ello, tranquila como acaso no lo había estado durante mucho tiempo, después
de un rato Eloísa salió a la calle recordando que si al hablarle a doña Matilde
de su diosito ella medio la había tomado por loca, no sería extraño que al contárselo
a su padre él la considerase ida del todo y, en alguna medida, eso la
favoreciera, porque para colmo de males, si de veras el Rogelio acababa se irse
del pueblo como le dijeron, qué otra cosa podía ocurrírsele a ella para salir
del paso.
Durante
el recorrido hasta su casa, a Eloísa le pareció que la llevaba el viento,
liviana como ese día se sentía a pesar de todo; casi igual que unos años atrás,
recordó, cuando quién era la mamá y quién el papá de sus juegos, carecía de
importancia, ya que si faltaban varones, esos papeles los asumían las nenas, o
al padre del bebé-muñeco-de-lana-y-trapo se lo hacía trabajando muy lejos del
pueblo, o bien se lo reemplazaba por alguna figura de papel u otro muñeco
andrajoso.
Y
con tales pensamientos dándole vueltas en la cabeza, cuando de pronto se
encontró frente a la puerta de su casa, Eloísa pensó que era como si la hubiese
depositado allí una virazón del viento.
Pero
no obstante lo que le costaría hablarle a su padre de una vez por todas, entró
sin perder en lo más mínimo la calma. La mesa, el vaso, la botella y la silla
corrida indicaban que él ya había llegado del trabajo y acaso vuelto a salir,
fastidiado porque no la había encontrado preparando la comida, ignorando que
ese día sólo había que poner a calentar las sobras del guiso de la noche. Pero
cuando de pronto Eloísa lo vio entrar por la puerta del fondo, supo que no
había vuelto a salir.
Para
que no la notara particularmente nerviosa, nada mejor, decidió Eloísa, que
ponerse a hacer algo y comenzar a hablar antes de que él se empinase otro vaso
de vino, tal vez el tercero o el cuarto, y se la agarrase con ella por el supuesto
atraso de la comida. Cuando Eloísa le dio, muy a su modo, la noticia,
experimentó, como al hablarle al cura y hasta cierto punto a doña Matilde, el
gran alivio de haberlo dicho finalmente. Pero tras oírla, el padre dejó caer
una de sus manazas sobre la mesa, haciendo saltar vaso y botella.
–¿De
quién es? –la urgió, a pesar de que ella acababa de mencionarle al cura, a Dios
y a su diosito.
–El
padre Santiago me dijo… –farfulló entrecortadamente Eloísa, esforzándose por
que en su mente resonaran las campanas y la música que la alentaban tanto–.
Dios quiere… que rece, para que sea un digno hijo suyo.
–¡Qué
pavadas son ésas, eh! ¡Quiero saber quién…!
Hasta
que conminada por una amenaza tras otra, fue como si Eloísa se hubiera hecho
mujer de golpe:
–¿Quién?
–regurgitó desde sus entrañas–. ¿Y usted
me lo pregunta?