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García Cabot, Emil

Los pasos de Eloísa



Al cabo del segundo mes (lo había calculado con la ayuda de doña Matilde), temerosa de estar condenándose al infierno, Eloísa fue, ojos bajos y llorosos, a contarle algo más al padre Santiago, quien de entrada nomás le dijo que, si antes no hacía un cuidadoso examen de conciencia arrodillada frente al altar mayor, él no volvería a escucharla, ni en confesión ni de ningún otro modo.

Eloísa obedeció y diez minutos después, aliviada por la penitencia impuesta, pensó que ahora sí podría ir a mirar al sacerdote a los ojos, aunque una vez más no se confesara como Dios manda.

El padre Santiago la esperaba en el baptisterio.

–Es por lo mismo, ¿no?

–Sí.

–¿Y? –preguntó ansioso el cura.

–Creí que Él iba a sacármelo. Quería…

–¡No ofendas a Dios! –la amonestó el sacerdote.

–Sólo estuve rogando para que no fuera cierto –trató de arreglarlo ella.

–El Señor sabe lo que hace. No dejes de rezar, pero para que sea un digno hijo de Dios.

–¡Ah! –exclamó Eloísa, abriendo grandes los ojos.

Y poco después salió a la calle. Había calmado el viento e imaginó que la brisa era algo así como un grato mimo sobre su cara, o acaso la mano del Rogelio, en quien ahora pensaba con más razón que nunca. Pero en realidad, eran las palabras del padre Santiago acerca de Dios las que seguían dándole vueltas en la cabeza. De manera que, más dueña de sí misma que antes, ahora que por fin sabía lo que debía hacer, al día siguiente fue a ver a doña Matilde.

–¿No vas a tomar la jarilla, entonces?

–Ya no.

–¿Y qué te ha hecho cambiar de idea?

–Es que parece que ahí está diosito.

–¿Qué?

–Me lo dijo el padre Santiago.

–¡Ah, te has puesto en sus manos! –expresó la yuyera–. Bueno, de cambiar de parecer…, y siempre y cuando no pase demasiado tiempo para que algún trabajito que yo pueda hacerte te devuelva al fulano…

Eloísa agradeció; pero mientras regresaba enfrentando el duro viento del mediodía, el andar fue acentuándole la pesadez de las piernas; y fuese por el cansancio o quién sabe, se le puso que, no obstante las consoladoras palabras del cura, estaba ocurriéndole algo casi tan horrible como si nada menos que el diablo se hubiera instalado en su cuerpo.

Decidida, entonces, a seguir al pie de la letra el consejo del sacerdote, se puso una vez más a rezar. El rezo, sin embargo, no surtió el efecto del anterior, notó Eloísa en el curso de la tarde; quizá, por no haberlo echado de rodillas ni con la misma devoción que en la iglesia, ni ante la cruz ni la virgencita que guardaba en su casa, o porque el pensamiento se le disparaba todo el tiempo hacia el Rogelio, pese a no querer hacer justamente de él un diablo.

Tal vez la próxima vez que viese al padre Santiago, él le enseñase alguna nueva oración con la que proteger a su diosito allí, donde ya estaba criándose, y con más razón apenitas naciera.

Rendida por la caminata, aprovechando que su padre ya estaba en casa, adelantó un poco la cena y se apuró a lavar los platos para meterse en la cama cuanto antes. ¡Otro día y él sin saberlo, ésa era la cuestión! Tendría que comenzar a dejarse la ropa suelta. Además, contase o no con el Rogelio, tarde o temprano debería abrir la boca y que Dios la amparase si su padre estaba en uno de sus malos momentos, porque si bien el Rogelio no le caía tan mal, no querría saber nada de lo que ella iba a contarle.

Por otra parte, qué duda cabía de que Dios la estaba ayudando por medio del padre Santiago, o él no le hubiese dicho lo de tener “un digno hijo de Dios”, ni ella estaría entreviendo la posibilidad de alejarse para siempre del diablo que la ponía en apuros.

Así que a la mañana siguiente, camino del almacén, se allegó de nuevo a la iglesia, donde a poco advirtió que el silencio y la penumbra del recinto no sólo la sobrecogían menos que otras veces, sino que además la hacían sentirse con más entereza que nunca. Entonces permaneció un rato extasiada, los ojos clavados en los de la virgen con el niño en los brazos, hasta parecerle que ella también la miraba.

Luego, de pie en medio de la nave principal, se quedó escuchando…; en realidad oyendo, en sí misma, la música de las misas y los casamientos y de la iglesia vacía de algunas tardes, cuando la recorría un frío tan distinto del frío de su casa y de la calle.

“…bendito sea el fruto de tu vientre…”, musitó distraída la oración que a duras penas conservaba deshilvanada en su memoria, mientras pensaba que por suerte ese día no había olor a iglesia allí dentro; ese olor a incienso y a velas recién apagadas que, en su estado actual, seguramente la haría sentirse indispuesta. De todas maneras, cuando de improviso la invadió un escalofrío, fue a sentarse en el banco más próximo al altar, pero sin inquietarse para nada, en el convencimiento de que como Él estaba facilitándole las cosas más que nunca, ningún malestar físico podía sobrevenirle.

Además, aunque sin llegar a interrogarla tanto ni tan abiertamente como doña Matilde, el padre Santiago le había demostrado de sobra cuánto se interesaba por ella y que, con su ayuda y la de Dios, todo saldría a pedir de boca. Así pues, Eloísa se acercó a la sacristía y, por la puerta abierta de par en par, vio al cura junto al sacristán que acostumbraba oficiar de monaguillo y tañer las campanas, hasta tres veces por día.

–Padre –llamó sin transponer la puerta y rehuyendo la mirada del auxiliar del sacerdote.

El cura volvió la cabeza, hizo ir al sacristán y vino al encuentro de Eloísa, seguro de que ella al fin diría lo que él no había oído hasta entonces.

“Ahora va a decirme”, pensó ella por su parte, “cómo debo tratar a mi diosito”.

El padre Santiago la invitó a acercarse y tomar asiento.

–Hablemos –propuso.

–Sí –aceptó ella.

–Es cierto que es muy serio tu problema, pero no hasta el punto de tener que recurrir a lo que pensabas –Eloísa bajó la cabeza–. ¿Estamos mejor que ayer?

–Sí.

Y tal vez porque ese día el padre Santiago la encontró más comunicativa que de costumbre, él también, como doña Matilde, intentó sonsacarle su secreto, aunque con menos preguntas que alusiones, y con la diferencia de que no lo movía la curiosidad sino la noble intención de orientarla hacia el matrimonio, porque la ley civil, le explicó, protegería a su hijo, y el sacramento los pondría bajo la gracia de Dios a ella y al que sería su marido.

En cuanto a arreglarse sola… Habiendo perdido a su madre tan de chica que casi no la recordaba, era como si se hubiera criado a sí misma, sin otra compañía que la de su muñeca de trapo y pelo de lana con la que aún conversaba a la noche.

Tuvo ganas de echarse a reír, pero por respeto al sacerdote sólo se sonrió un poco y bajando la cabeza, para que él no se diera cuenta.

–¿Por qué querías librarte de tu embarazo, entonces? –la encaró el padre Santiago.

En vez de contestarle, Eloísa miró al suelo.

–¿Es de vergüenza? –continuó el sacerdote–. ¿O a lo mejor más miedo que vergüenza de tener que decírselo a tu padre?

–Sí, sí –balbuceó Eloísa.

–Con más razón para que te prepares. Va a desear saber tanto o más que yo apenas le digas algo o empiece a notársete.

“De seguro”, pensó Eloísa. Pero en realidad no debía importarle ahora que podía hablar con Dios gracias al diosito que la moraba; o en una de ésas, con el Rogelio, si lograba que él finalmente la mirase con otros ojos.

Y agradeciéndole una vez más al padre Santiago sus consejos, se puso de pie y enfiló hacia la nave central acompañada de la leve resonancia de sus pasos. Sí, nada más grato para sus oídos que los pequeños ruidos magnificados por la enormidad del ámbito de la iglesia, tan distintos de los que se producían en el reducidísimo espacio de su casa. Y como no había vuelto a ver al sacristán, con la ilusión de que él estuviese en el campanario y de un momento a otro entraran a repiquetear las campanas, fue a sentarse en el último banco, ya casi debajo del coro; pero ni las campanadas ni la música, que tanto influían sobre su ánimo, se hicieron oír esa mañana. Tampoco el tintineo de las llaves que indicaban que el sacristán andaba por allí, y todavía podrían cumplirse sus deseos. Pese a ello, tranquila como acaso no lo había estado durante mucho tiempo, después de un rato Eloísa salió a la calle recordando que si al hablarle a doña Matilde de su diosito ella medio la había tomado por loca, no sería extraño que al contárselo a su padre él la considerase ida del todo y, en alguna medida, eso la favoreciera, porque para colmo de males, si de veras el Rogelio acababa se irse del pueblo como le dijeron, qué otra cosa podía ocurrírsele a ella para salir del paso.

Durante el recorrido hasta su casa, a Eloísa le pareció que la llevaba el viento, liviana como ese día se sentía a pesar de todo; casi igual que unos años atrás, recordó, cuando quién era la mamá y quién el papá de sus juegos, carecía de importancia, ya que si faltaban varones, esos papeles los asumían las nenas, o al padre del bebé-muñeco-de-lana-y-trapo se lo hacía trabajando muy lejos del pueblo, o bien se lo reemplazaba por alguna figura de papel u otro muñeco andrajoso.

Y con tales pensamientos dándole vueltas en la cabeza, cuando de pronto se encontró frente a la puerta de su casa, Eloísa pensó que era como si la hubiese depositado allí una virazón del viento.

Pero no obstante lo que le costaría hablarle a su padre de una vez por todas, entró sin perder en lo más mínimo la calma. La mesa, el vaso, la botella y la silla corrida indicaban que él ya había llegado del trabajo y acaso vuelto a salir, fastidiado porque no la había encontrado preparando la comida, ignorando que ese día sólo había que poner a calentar las sobras del guiso de la noche. Pero cuando de pronto Eloísa lo vio entrar por la puerta del fondo, supo que no había vuelto a salir.

Para que no la notara particularmente nerviosa, nada mejor, decidió Eloísa, que ponerse a hacer algo y comenzar a hablar antes de que él se empinase otro vaso de vino, tal vez el tercero o el cuarto, y se la agarrase con ella por el supuesto atraso de la comida. Cuando Eloísa le dio, muy a su modo, la noticia, experimentó, como al hablarle al cura y hasta cierto punto a doña Matilde, el gran alivio de haberlo dicho finalmente. Pero tras oírla, el padre dejó caer una de sus manazas sobre la mesa, haciendo saltar vaso y botella.

–¿De quién es? –la urgió, a pesar de que ella acababa de mencionarle al cura, a Dios y a su diosito.

–El padre Santiago me dijo… –farfulló entrecortadamente Eloísa, esforzándose por que en su mente resonaran las campanas y la música que la alentaban tanto–. Dios quiere… que rece, para que sea un digno hijo suyo.

–¡Qué pavadas son ésas, eh! ¡Quiero saber quién…!

Hasta que conminada por una amenaza tras otra, fue como si Eloísa se hubiera hecho mujer de golpe:

–¿Quién? –regurgitó desde sus entrañas–. ¿Y usted me lo pregunta?

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