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Abreu, Víctor

La parte escrita del secreto

           “Cuando arremangó su camisa sentí unos deseos incontenibles de morderle un antebrazo. Creo que él se dio cuenta pero lo disimuló, para no alterar el orden de las cosas.” Esto lo leyó Maricarmen en el diario de su hermano menor, una vez colada en la habitación del chico; no podía dormir y no se le ocurrió nada mejor que registrarla. La hija de la hilandera, que cuando fuese adulta tendría mucha tela que cortar, no tuvo que hilar fino para comprender lo que con esmerada letra testimoniaba Carlos en la libreta forrada con cromos del Jardín de las delicias. El corazón le latía como si fuera a explotar y amenazaba con convertirse en un “huevo roto” del que salen figurillas desnudas. Menuda cosa se le vino a la mente al cerrar de golpe la libreta y, después de una proverbial “¡Hostia!”, quedarse fijamente mirando la extraña reproducción.            Controlado el primer impacto volvió a abrir el jardín, frondoso en irrelevancias para lo que entonces quería encontrar, por lo que le costó dar de nuevo con la hoja malsana. Acercó más la cansina lámpara y siguió leyendo la letra de su hermano para confirmar de qué iba: “Son esas cosas las que desordenan mi mente y mi cuerpo sin poderlo evitar, que me entristecen, y que yo quisiera alterar sin saber cómo.” Las reflexiones que siguen le parecieron un amasijo de bagatelas, hasta que algo empezó a llenarla de un hervor rabioso: “Yo lo llamo Pepe El Romano, él no sabe porqué y le da risa y me da empujones, y me agrada que lo haga. Cuando le repito mucho el mote se enfada un poquito y me da empujones de disgusto, y eso también me agrada. Si yo lo quiero, qué raro que me guste pelearme con él. 'Tenemos que hablar, Pepín', le he dicho con susto y se ha hecho el loco. Prefiere que sigamos jugándonos como siempre y cuando siente mi susto él se apresura a hablar de tías y cachondeo. Y cuando dice tía yo pienso en él y le sigo la corriente, y cambia el tema o se va con malaestanza. De noche despierto sudoroso y rezo y me vuelve la calma, pero luego amanece y todo sigue igual. Desde que éramos críos nos abrazamos como hermanitos y nos la pasamos bien; me cuesta mucho parar pero me da miedo abrazarlo de más porque se puede enojar de veras. Si nos atreviéramos a hablar a las claras…; ya se me hace tormentoso darle largas a todo esto. ¡Que pase lo que sea de una buena vez, coño! A lo peor se encabrona y me da la zurra o me hace el vacío para siempre. No dejaré que me golpee; golpe que me dé, golpe que le devuelvo al gilipollas. Y si me hace el vacío que me lo haga. Pero a lo mejor podemos ser novios. Mi Pepe. Si tan sólo besara mis labios por equivocación y se fuera corriendo…”.            “¡Ya, hombre, ya! ¡Son cosas de maricón!”, refunfuñó Maricarmen, cerrando bruscamente otra vez la libreta. Con la respiración fuera de su ritmo habitual, por un rato se quedó lela frotando levemente la tapa dura del cuaderno. Su enjuta humanidad apresaba emociones contradictorias: la irritación se le combinaba con cierto morbo que le provocaban las insolentes palabras que Carlos había escrito. Y eso le hizo arder sus mejillas y sentir amargura. Ningún chico se había fijado en ella hasta los momentos. Pepe entre ellos. La sacudieron los celos. ¿De quién?, no lo supo: eran celos indiscriminados. Se espabiló y no quiso distraer sus pensamientos y sus anhelos de lo que ya importaba más. Abrió de nuevo la libreta y no se complicó ahora para llegar a las páginas infidentes: su inquina, y sobre todo su apremiante curiosidad, habían aguzado su sentido de orientación. Pero entonces volvió a encontrarse con disquisiciones etéreas e indescifrables. Y se sintió menos: el cura le había enseñado a Carlos a escribir mejor que lo que ella podía garabatear y un decir más hermoso que sus imprecaciones. Y leía más lento que su codicia de hallar nuevas revelaciones. La rozaba un fastidio cuando se tropezó con una alusión directa que no soportó: “Siempre he sido su niño mimado. Ya no puedo tragármelo más porque me hace infeliz y voy a enloquecer. Antes de hablar con Pepe le diré que nos bañemos en el río y se lo voy a confesar de plano; ella sabrá aconsejarme bien: Maricarmen no se lo va a tomar a la tremenda.”            “¡Cabrón!”, ripostó ella al aire. Se le hizo imperioso no continuar con la ofensiva lectura. Marcó la libreta con una uña, cincelando la página con ahínco, para poderla ubicar con prontitud: su sentido de orientación podría fallarle en el momento que mejor se requiriera. No leería más aquello. E incautó el objeto delator. Esa madrugada no despertaría ni le dirá nada a Madre, conocía bien sus condescendencias si se la dejaba considerar mucho las cosas. Si se la agarraba desprevenida, en cambio, permanecía silente y esperaba que Padre resolviera todo. Maricarmen debía evitar que los ablandamientos ganaran tiempo y terreno.                       Antes del mediodía regresaron a casa Padre y Carlos, después de la faena de pesca y distribución de atunes y merluzas. Con gesto grave, Maricarmen se adelantó a recibirlos, y sin malgastar la urgencia en saludos accesorios ni bendiciones le extendió la libreta al hombre. Carlos se sorprendió mucho. “¿Qué cosa?”, preguntó Padre con extrañeza, tomando la libreta entre sus manos y, ceñudo, se empezó a confundir con unos peces más grandes que los seres humanos, como vio en la portada. Ella retomó el objeto de marras y lo devolvió abierto en la página cincelada por su uña. Lívido y con los ojos expandidos por el asombro Carlos trató inútilmente de encontrar su mirada con la de su hermana. El hombre tardó un tiempo interminable leyendo sólo una parte. La razón de su demora oscilaba entre tratar de entender aquello y pensar cómo reaccionar ante los propios. Tenso, se eximió de escudriñar el resto de las páginas, no fueran a volverse más escabrosas y a corromperse más al ser leídas. “¿Te vas a meter a puta ahora?”, le dijo falsamente a Maricarmen. “Eso no lo he escrito yo”, replicó ella algo contrariada y sabiendo que no tenía necesidad de defenderse. “¿De quién es esto?”, soltó Padre, sin creerse la interrogante y sin ver a nadie. No obtuvo respuesta y volvió a clavar su vista en la hoja, sin leer y pensando todavía la reacción a exteriorizar. “Mal asunto”, se limitó a decir minutos después, con aparente calma y un genuino dejo de vergüenza. Y salió con la libreta a la cocina en la que estuvo pocos momentos hablándole a Madre en voz baja. La voz de ella no se hizo notar, menos porque tuviera que estar a tono –o un suficiente nivel más bajo- con la de Padre, que porque el hecho pasara más rápido que su parsimonia.            Carlos fue descubierto desproveído, estaba aterrado y sin amparo. Le faltó espíritu para dirigirse a su hermana. En medio del ambiente turbio ella se fue a los deberes en la cocina e incomodó más a sus progenitores. El chico permaneció en la sala, tieso y sin saber qué hacer. Padre regresó a su encuentro, los dos solos: el problema era entre hombres. Madre y Maricarmen se mantuvieron relegadas en la cocina, pelando patatas una y alimentando el fogón de leña la otra, engañándose mutuamente con que no se daban por enteradas de lo que sucedía. Retrasaron todo hasta que en la sala las cosas volvieran a ocupar algún lugar. A la adolescente se le ponían los nervios de punta, lo que pronto atenuó con la retribución a su morigerada rabia y un gratificante sentido de dignidad: había impedido que en casa los asuntos se salieran de su cauce natural, aun a costa de que Carlos saliera definitivamente de aquélla. Por las noches, Madre prolongará hasta la derrota las letanías del rosario, en pródigos y renovados actos de fe. Antes, el chico había recobrado su espíritu, lloró e imploró que Padre lo escuchara. Padre se negó rotundamente. Y él entonces se resistió a seguir llorando y seguir implorando. La tunda fue de antología. “¡Que se me abre la sesera!”, reclamó a gritos el muchacho. En medio de su desesperación y la irracionalidad, con impulso de conservación, o de rebeldía, Carlos le pegó una patada a Padre. Y decidió dejarles su ausencia para siempre. Padre volvió a la cocina hecho un bólido y arrojó el diario en la pira purificadora del hogar que Maricarmen había dispuesto.            Hubo una época en que esas piras eran públicas.            En Caracas, muchos años después, Maricarmen recibe una llamada telefónica desde La Coruña: Carlos se encuentra en el hospital, en terapia intensiva, y al parecer el pronóstico es desalentador. El familiar al otro lado del hilo le comunica que el enfermo no tiene herederos y que ella, la persona de parentesco más cercano, debería tomar cartas en el asunto. “Joder, qué herederos va a tener –se diría con llaneza tras la perplejidad, y llegaría a pensar-: Esas cosas no se pueden perder como si tal cosa, para eso tiene a los suyos; bueno, a mí, porque los demás son primos lejanos.” Inmediatamente Maricarmen prepara el viaje a su tierra natal.            Todo aquel tiempo no había sabido más de su hermano. En el avión, las largas horas que llevaba “cruzar el charco” las empleó en remembranzas varias, aunque más en meditar los modos como se desenvolvería en las circunstancias que la esperaban. En el trayecto respiró hondo incontables veces, menos por las alturas que la situaban más cerca de Dios que por lo que le tocaría afrontar una vez que pisara suelo nuevamente. La muchacha venezolana de la butaca a su lado, con la que –cara de perro bravo mediante y casi con “¿Y tú qué coño me ves?”- marcó distancia desde el principio para que no importunara sus tribulaciones, empezó a mirarla preocupada porque a la señora podría darle un ataque de asma; luego comprensiva, porque la vanguardista mujer de seguro practicaba avanzadas técnicas de relajación; finalmente molesta, porque la odiosa vieja no la dejaba disfrutar tranquila de su revista Hola.            Sintió lástima: “Pobrecito, yo le quité los mocos…, hasta que pasó lo que pasó, porque me pareció lo que me pareció”. Con el silencio de lo que no se habla lo extrañaron mucho después que huyó. Transcurrido un tiempo, Maricarmen se dio cuenta de que Madre tuvo escondido un cuadernillo nuevo que a los pocos días no volvió a ver. A ella misma le faltaron los mimos y lo tanto que se divertían juntos en los bailes y las fiestas tradicionales. ¿Tendría el mismo coraje del día en que Carlos se fue de casa? Esta vez sería contraproducente. Se estaría tranquila y lo más discreta que pudiera. No entraría a la habitación y permanecería en el pasillo. “Qué caramba, tengo que entrar. Y él querrá verme, no tendrá a más nadie en el mundo. Qué feo. ¿Y si me hace el feo? Ya no le quedarán fuerzas para eso. Hala, hala…”. Le hablaría del estado del tiempo, del calor que hacía en Galicia; todavía no lo había sentido pero lo supo por la televisión. Lo perdonaría por la vida que él escogió si se llegara a tocar el tema. “Aunque es mejor no tocarlo. Ya para qué, está en sus últimas. Por eso mismo, porque está en sus últimas lo perdonaría. Pero mejor no, a menos que fuera inevitable. Qué pesado. Yo no se lo he dicho a nadie, todo quedó en casa ese día. A ver, no quedó, porque que él se fue con eso. ¿Algo se supo? Padre no murió por las contusiones ni la pelea, sino por las causas.” Se había batido en una especie de duelo de remos en plena mar con otro pescador. Según se dijo, sorprendió al hijo de éste haciendo chanzas sobre Carlos. Y entonces ella dejó de echar en falta a su hermano. Y ahora iba a por sus cosas.            Sin pormenores, de la libreta escasamente recordó el secreto guardado adentro: “El secreto se quemó. Vamos, sólo se quemó la parte escrita del secreto.” Y el “huevo roto” de la portada, porque se topó después con aquél en el álbum de educación artística de su hijo Tobías, y lo reconoció con espanto. Y de lo de “Pepe El Romano” también se acordó: “Qué romano ni qué narices, él era gallego como todo el mundo ahí. ¿Me tropezaré con Pepe en el hospital? ¿Seguirá tan pimpante? ¿Me verá como a una lechuza aporreada? Anda, anda…”. Después del aciago día no lo volvió a ver en la misa del domingo; sólo se lo encontró un par de veces más en la calle, la primera saliendo de la botica, y sospechó que curaba a Carlos. Su trato fue frío y Maricarmen cree que Pepe quería evadirla porque él forzaba la cadencia de la conversación y se retiraba rápido de ella: “Vete tú a saber”.            Atendidos los formalismos de inmigración dejó sus cuatro pertenencias en el hostal y fue al hospital a reportarse como la más allegada del moribundo. Conservó a mano su DNI y su pasaporte para reiterar quién era. No se confiaba ya en las semejanzas fisonómicas: no sabía cómo había cambiado él y, a ciencia cierta, cómo había cambiado ella. Nada más “justo y necesario, como la misa” –pensó el apotegma-, que anteponer un documento de identidad cuando los lazos consanguíneos o, en definitiva, afectivos, se han desdibujado con el tiempo. Por su foto se filtró él, con sus carnes magras, sus tirantes y su camisa arremangada. “La camisa arremangada…”. Y con la misma cara de chico que apenas le apunta el bozo, pero ahora su piel proyectaba un brillo cerúleo.            En el hospital le hicieron saber que la peritonitis ya había hecho de las suyas y que Carlos estaba cumpliendo con sus primeras ceremonias de mortal muerto. Acto seguido tomó un taxi hasta la funeraria que le indicaron. El chofer, todo energúmeno, le reclamó que le pagara con un billete de cien euros: demasiado grueso y no tenía cambio. La amenazó con llevarla a la policía. Maricarmen, con el apremio que la embargaba, le dejó el vuelto. El camaleónico conductor se deshizo en calificativos encomiásticos para con ella, y ella no le hizo caso. Antes de averiguar cuál era la capilla asignada a quien en vida fuera su hermano menor, se crispó por no haber tenido la precaución de meter atuendo luctuoso en su equipaje. En la boutique de la funeraria se proveyó del necesario. Se cambió a trompicones en los servicios. “Las funerarias de ahora son una maravilla”, murmuró, “son todas unas tiendas por departamento”. Frente al espejo parecía un tumor rechoncho y andante, aunque ella se vio plausible. Hizo un lío con la ropa mudada y lo tiró en la papelera. Al salir de los servicios volvió a la boutique y adquirió un pañuelo de encajes del mismo no color, “por si acaso”. Por una cartelera se enteró de que los ritos postreros ya se habían trasladado al camposanto. Tomó raudamente otro taxi. En el destino estipulado, previendo que el nuevo energúmeno viniera con nuevos reproches, se le adelantó yéndosele encima, farfullando: “¡Ándese con cuidado, no sea que le dé de bofetadas y lo denuncie yo a la policía! ¡No tengo la culpa de que me hayan dado puros billetes de cien! ¡Y no pienso perder el vuelto otra vez! ¡Que lo pague el culo del fraile!”. El afable conductor, abismado y temiendo por su integridad física, le dijo que no se preocupara, que le había hecho la carrera gratis y le dio el pésame. Maricarmen -hay que subrayar en su descargo- lo despidió más sosegada y cordialmente con un “Muchas gracias, hasta la próxima”. Tras dar con la parcela correspondiente a los restos de Carlos se dio cuenta de que la ceremonia había concluido y que los asistentes, si los hubo, ya se habían marchado. La verdad es que se la estaba pasando negras, y no en el sentido literal de su indumentaria, ni de los eventos a los que pretendió acudir sin que el azar la sintonizara convenientemente. Se encontraba extenuada, entre los preparativos, el viaje y el más reciente e infructuoso ajetreo. Fue a por flores y las ofrendó. Se quedó abstraída ante la última morada. Y tuvo un amago de congoja que no pudo despuntar ante el mortificante cansancio que cargaba encima.                       Permaneció reposando en el hostal un día entero y, por lo pronto, descartó visitar a familiares, más por ansiedad que por exceso de cautela: “primero lo primero”, se dijo. Si quería evitarse un baño de agua fría ha debido hacerlo. Regresó al hospital para dar con las señas de quien se habría ocupado de los últimos trámites relacionados con su hermano: no era Pepe, el amigo de juventud, como vanamente creyó, sino un tal Manuel Castiñeiras. Lo llamó por teléfono y quedaron en encontrarse en la terraza de una cafetería frente a la bahía del Orzán, a la que arribó antes de la hora pautada.            Al llegar al sitio, de una mesa, en torno a la que había casi una veintena de personas en animada charla, se levantó un apuesto hombre y se le acercó: “Hola, Maricarmen”, dijo, “soy Manuel”, y le clavó un beso en cada mejilla, que ella retribuyó con implume rigor. La había reconocido en el acto. Se aprestó a mostrar su DNI y su pasaporte, lo que él consideró innecesario: “Descuida, eres idéntica a Carlos”, rehusó él amablemente. La conversación ella se la llevaría a tientas para no caer desmañadamente en los motivos centrales por los que estaba en La Coruña. Como gancho, le soltó entusiasmada que la mayor colonia de gallegos en el exterior era la establecida en Venezuela. Al hombre se le veía jovial, con una sonrisa obsequiosa: “Yo fui su dilecto alumno”, ostentó con legítimo orgullo, “y el más ferviente admirador de sus libros”. Que Carlos fuese escritor era noticia de última hora para ella. Fugazmente imaginó todos aquellos volúmenes forrados con cromos del Jardín de las delicias. Aquél se dio cuenta de la sorpresa: “Qué raro, sus libros también han sido celebrados en América”. Ella se turbó un poco: de la televisión sólo la entretenían los programas de concursos y los noticieros, cuando describían calamidades naturales. “Venga”, reconfortó él la situación, “antes de que te vayas, te los reúno y te los regalo, ¿vale?”. “Vale”, acordó ella con complacencia; el sujeto le parecía simpático. Manuel señaló a la mesa de donde provino: “Aquella de verde es Pilar, su agente, está por regresarse a Madrid”. La sobria mujer se supo aludida y saludó moviendo sus dedos; Maricarmen también mostró los suyos. Y con un arranque de euforia él los llamó a todos: “¡Vengan, vengan todos, que es la hermana de Carlos!”. El variopinto grupo la rodeó como si fuesen a cantarle el cumpleaños; sólo faltaba el pastel. Atropellándose unos a otros, y en convencida algarabía, por un buen rato ellos le expresaron efusivamente su cariño por “Carlitos” y bromearon refiriendo anécdotas de su vida, algunas que le parecieron subidas de tono y que, un tanto cohibida, Maricarmen sobrellevó urbanamente. Otra vez a solas con Manuel, no pudo evitar indagar, y la encontró lo que menos suponía: Carlos sí tuvo heredero. “¿Y ustedes…, además, qué eran?”, había preguntado con indulgente resabio. “Soy su viudo”, contestó él con preciso desempacho, “nos casamos antes de que muriera; él lo quiso así y yo también”. “Ya”, supo ella. Y se sintió más descolocada y caediza que nunca.            Sentada frente a la máquina de coser, a Maricarmen se le enmaraña el hilo como a una advenediza en el oficio, entre un televisor a todo volumen, indigestado de desastres naturales de los que le interesa enterarse, y sus cavilaciones. En lo sucesivo, bajaría a comprar cuando fuese exclusivamente necesario, y eludirá a las vecinas de Caracas con las que despotricaba de las penurias de la vida y que ahora le iban con preguntas capciosas que la hacen quedar mal. Pero se había impuesto otra determinación. “¿Y mañana qué?”, pensó. ¿Quién cuidará de ella? Y sintió un vahído de vergüenza que la hizo no querer ser más Maricarmen. Su hijo Tobías, cada día que pasaba, le hacía más patente el recuerdo de Carlos y más confusas sus añejas angustias. Y lo cierto es que no entrará a la habitación del chico para descubrir nada. Ya estaba vieja para heroicidades. “¡Que se me apelotona el hilo…!”, se quejó.

Imagen en papel poroso



Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad.

Jorge Luis Borges, Las ruinas circulares            Disculpen la ironía pero es así: entre los aportes de Martina distingo sus insinuaciones de que debía acudir a un loquero. Y no porque reconozca que tuviera alguna pieza suelta de mi adminículo cerebral y que el asunto del vagabundo era neta fantasía, sino porque realmente no daba con llevarme bien con mis emociones.            Me repelía la posibilidad de ir a un especialista al que tendría que estar amorochado por el resto de mi vida. Opté por la new age: una psiquiatra muy simpática que usaba la radiestesia y las flores de Bach, y que me dio de alta rápido. Me gustó que me mandara a leer unos poemas de Rafael Cadenas, haciéndome énfasis en “uno que dice que no hay que discutir sino inquirir”, me dijo, y que no me mandara cualquier librito de esos con que te quieren enseñar a ser feliz, de un día para otro, como si fuese tan fácil y que, por su enjundioso contenido, se asemejan a los manuales de las tostadoras eléctricas. Y que conste que yo no estaba tostado.            Pero más me maravilló mi terapeuta cuando me dijo, estando vestido, que tenía un escape de energía en mi retaguardia, porque así se lo indicaba el desplazamiento de sus antenitas. De hecho, yo había sido operado en esa zona hacía varios años. “Con razón”, aseguró ella, y cosió en el aire como un mimo para restaurar mi cuerpo astral. Luego cargaba una varita que tenía en un extremo un resorte y una pelotita; empezó a mover la varita hacia los lados y no pude aguantar la risa porque me recordó a la Señorita Cometa, la afable protagonista de una vieja serie japonesa de la televisión.            Señorita Cometa o terapeuta aparte, lo que más me irritaba de Martina, mi ex, es que empezó a asustarse por mí. Corrijo: a asustarse por mi causa; no…, por causa mía. Bueno, a asustarse no sólo empezó, porque después le vino el miedo, el fastidio y el frío. Me afligía que tampoco me lo dijera, o no con palabras, salvo cuando se valía del eufemismo de la “ayuda profesional”, siempre casualmente en El Ávila, adonde habitualmente íbamos los domingos a “resetearnos” la cabeza. Y me lo dijo con el chirrido que ahogó cuando, parado en el quicio de la puerta del lavadero, le pregunté si no había visto mi pendrive. Y en otro episodio que ahora me resulta chistoso pero que en aquel entonces me desconcertó. Acabábamos de llegar de hacer mercado y nos habíamos provisto de lo necesario para satisfacer su asiduidad a la gastronomía de sus padres, y de ella. Yo cogí un salchichón y, en broma, y por cariño, hice como si le iba a pegar. No sé si fue por mi histrionismo de segunda, ante el que, dicho sea de paso, no estuvo muy exigente, o por como tendría agarrado el salchichón, que se puso lívida y salió, con desmañado disimulo. Al momento me llamó por su celular para tantear cómo me sentía.            Que no usara más el “Javi” para nombrarme, a cambio de un “Javier” ajeno, puede ser una tontería, pero para mí fue de funeral. Llegué a sentirme bastante desolado. Aquello de dejarnos y volvernos a encontrar de la etapa en que vivíamos cada cual por su lado se fue implantando en nuestra casa. Debido a mis insomnios asomé la posibilidad de instalarme en la habitación de servicio, y no puso ningún reparo y lo que le faltó fue ayudarme a mudar mis cosas. Al irse a dormir cerraba la puerta de su cuarto. Al principio fue recatada y no la cerraba delante de mí; después no le importaba que la viera cerrándola. Y supe que el nuestro era un caso que se cerraba, que ya no habría caso. Más adelante me fui de su apartamento, a lo que opuso muy escasas y quebradizas resistencias. Al Ernesto, nuestro amigo en común, informarme que ella salía con otro chico, mi amor propio, o lo que me quedaba de él, consideró que era demasiada reciente nuestra separación para aquellas andanzas, por lo que no quise averiguar mayores detalles. Además, puede que descubriera que al tipo lo había conocido estando todavía conmigo y eso podía fulminarme.            En definitiva, Martina no llegó a creerme lo del vagabundo que quiso alternar conmigo. Y puedo entenderla: de las tres veces que me encontré con él no obtuvo ninguna evidencia. Nunca me la pidió, pero seguro que esperaba alguna. Sobre todo de la última vez, cuando me invitó a cenar después del robo de mi cámara y Tadeo me abordó a la entrada del restaurante. Como por una treta del azar, ella tuvo que ausentarse justo el rato de mi disparatada conversación con él.                       El vagabundo me paró el paso en seco y me reclamó enardecido el pago de sus derechos de autor. Blandía como un banderín una maltrecha hoja de periódico. “¡Págame mis derechos de autor!”, vociferó. Entre la sorpresa y el susto no hice nada. Y como si tuviera concebido un guión, sin yo preguntarle quién era contestó: “Él”, más calmado y con un dejo de orgullo, señalando la fotografía. Por mis venas fluyó un pernicioso barullo. Mis días previos, en cambio, estuvieron llenos de autoafirmación: ya no sería un fotógrafo aficionado, en afanosa cacería de singularidades cuya vigencia sólo pudieran preservarse en una cartulina, una película oscura o una memoria digital. Claro que iba a seguir con la cacería, pero sin los inciertos anhelos de cuando pocos conocían mi trabajo. Lo que la casualidad le ofrecía a mi avidez y al lente de mi Minolta me incitaba a una especial alquimia. La cámara la llevaba siempre conmigo. Ahora soy más precavido. Yo le daba, pues, un sentido superior a lo que sería mi profesión: hincar lo fortuito.            Se me ocurrió fotografiar al que me amenazaba pero no me atreví.            Por supuesto que no había obtenido el Pulitzer ni me las daba de Oded Balilty o Andrees Latif, pero mi premio me dio certidumbre: me confirmó que lo que hacía era plausible y ya no sólo para mí.            ¿Lo era para este fotografiado?            Él me concedió un tiempo indeterminado para que respondiese su reclamo, con una quieta expectación, con la cautela que precede al triunfo. Y observándome con un rictus que no llegaba a ser de sorna, casi querría decirme: “Creías que te las sabías todas, ¿eh?”. Ese tiempo se corrompió en sopor. Mi mente fue cruzada por ráfagas de ideas, con y sin sentido, vinieran o no al caso, entre las que pescaría un argumento terminante con que eludirlo. Antes de ser catalogado como un profesional nadie me había cobrado por dejarse fotografiar. Mucho menos Martina, en la época en que quería ser modelo, me planteó nunca ningún pago. Yo la visitaba en el apartamento que le dejaron sus padres cuando regresaron a España desencantados. No vivíamos juntos porque nos agradaba la peculiar ilusión del noviazgo: dejarnos y volvernos a encontrar. Lo que lograba con mis imágenes no quería redundarlo en el amor.            Mi sorpresa y mi susto comenzaron a ser enfado, pero al hombre lo adiviné quisquilloso y no lo conformaría tan fácil con aquellas explicaciones. Confundí la imagen en cuestión con las decenas de mis variaciones sobre el mismo tema, e intuí que quien me acechaba no era el vagabundo de la foto del periódico; más aún, que no era un vagabundo. “¡Ése no eres tú!”, barboté indignado, ahora señalando yo la reproducción con un dedo tembloroso. “¡Sí soy yo, sí soy yo, sí soy yo…!”, bufó por un rato. Yo estaba descentrado y sentí que me extinguía. Por esas cosas que pasan, un viento repentino trajo un hollín que me picó en la cara y al frotármelo tizné mi rostro, como supe más tarde. Él afincó su postura desafiante y de espera de una respuesta, ahora, perentoria. Despidió un caliginoso aliento con el que forró su ira. Por esas otras cosas que también pasan, cuando amenazaba una mayor tirantez, el ulular de una sirena histérica recorrió la avenida e impidió que el tiempo volviera a estancarse. Me sirvió para reactivarme, con la fugaz e ilusoria esperanza de que la policía pudiera rescatarme. Pero se trataba de un camión cisterna de los bomberos que transitó raudamente delante de nosotros. Me vino otro susto que bañó al anterior. Otras sirenas menos histéricas y más tardas sonaron a lo lejos, colgándose en la atmósfera. Algo grande se quemaba más allá. Entonces me eché a correr calles arriba a una velocidad extravagante, al menos para mí que soy un poco lento. Volteé hacia él, el hombre apenas se movió: le tocó sorprenderse, creo que no asustarse. No me siguió, tal vez por su sorpresa o porque pensó que no tendría éxito, o por las dos cosas.            Ya maquinará algo menos estéril para dar con lo suyo.                       Al rato desaceleré el paso y volví a mirar atrás, por si acaso. Sudé rabia porque la situación era perversa. Ese tipo no es el vagabundo de la foto, refunfuñé. ¡Viste bien! ¡Tiene las uñas cortas y limpias! ¡Es un estafador el hijodeputa! Para colmo, la fotografía de un risueño mendigo sentado en la calle dando de comer a unos gatos no era mi favorita. Ernesto, mi amigo en común con Martina, y rival en el oficio, llegó a menospreciarla por “melodramática”. Mejor es otra imagen que había captado un invierno en Nueva York, en la que otro vagabundo, tumbado en la Quinta Avenida, sostiene un cartelito con una breve exégesis de su menoscabo. En el momento de tomar la foto pasaba por su lado un caballero portando una bolsa de la tienda Give, o sea “Dar”. Siempre he tenido la impresión de que el caballero no cargaba la bolsa, sino que se apoyaba en las asas para no caerse encima del vagabundo. Me dije con desdén que, bueno, el jurado del premio prefirió la de los gatos.            El aire de esa parte de Caracas en nada contribuía con traerme el sosiego que necesitaba. Rechacé el aojo de la desocupada torre de Parque Central y me aclaré que no era ahí porque ese incendio fue hace mucho tiempo. Subí por La Candelaria y luego por San Bernardino, camino a la casa de mi novia. No se paró ningún taxi. Qué carajo, ahora no hacen caso si no se les llama por teléfono y no devuelven ellos la llamada para confirmar. Y yo con aquel culillo de que, para completar, de la noche también me saltara un malandro y me atracara. “¡¿Qué te pasa?, pareces un mendigo!”, me dijo al abrir la puerta Martina, limpiándome el rostro, y la sensación del hollín, ya barro, que me había picado en la cara. No volví a dormir en el anexo que tenía alquilado. A las pocas semanas lo entregué y me fui a vivir con Martina.            Tadeo era un borderline que no infrecuentemente cruzaba la línea. Llegué a saberlo por lo que me dijo, y como me lo dijo, la última vez que lo vi, y por una carta que me escribió su sobrino. Seguro se recriminó corrosivamente que lo haya tomado por un impostor. Su plan no resultó. Esa noche, el fuego abrasó la barriada en la que horas antes se arregló, confiado de que haría más verosímil su informal litigio. Allá lo auxiliaba el sobrino de vez en cuando, pero tras el incendio tuvo que establecerse por más tiempo en donde moraba. Y por eso se fue pareciendo cada vez más al personaje que ocasionó todo este embrollo.            Ido el ardor, del incendio y mío, desde el balcón de Martina, con lentes apropiados y un eficaz zoom, me provocó atrapar imágenes de aquellas casitas quemadas. Me parecieron esbozadas en carboncillo y pasteles y mojadas con luz de la luna de esa noche, y algunas de aquellas habitaciones se me antojaron expedir hilillos de humo de varitas de incienso, aunque hasta mí no llegara olor místico alguno, salvo el de mi propio oficio. En el sitio mejor protegido debajo del oxidado puente provisional Tadeo guardaría la hoja de periódico. Supe también que en una caja acaudala muchas, con noticias que otros desechan, y que posiblemente recorta con una tijera de punta roma. Debió ser una verdadera proeza por la cantidad de recortes que por poco harían reventar el archivador de plástico.            A más de un mes, cerca del mediodía, lo vi al otro lado de la avenida. Ya conocía su presencia, aunque esta vez era como un mutante, algo intermedio entre aquel sujeto de la emboscada y un vagabundo similar al de la foto. Alzó el brazo con automatismo, saludándome con recelo. Reclamarme sus derechos de autor quizás no haya sido su propósito ahora: no tendría ninguno y me saludó sin pensar. Como todavía no contaría con renovadas frases ni, sobre todo, con renovados ímpetus conque cobrar su espuria salida del anonimato, escapó aprovechando que entre nosotros pasaba un autobús. Puede que fuera más listo de noche que de día. A mi vista, con mis sienes molestando mi atención, después de la interferencia del desvencijado vehículo aquel hombre había desaparecido.            Martina me miró raro cuando se lo conté. Para ser exacto, me miró más raro que cuando le conté del primer encuentro con Tadeo. Dubitativamente me recomendó que lo compensara con algo de dinero. Creo que no le fue necesario insistir con lo de la ayuda profesional: bastaba con el pasito atrás que dio. Yo volví a acortar nuestra distancia con un pasito al frente, y ella se quedó fija esta vez.            Comencé a trabajar como reportero gráfico en la redacción del periódico que me premió. No podía seguir viviendo del “amor al arte” y me incomodaba vivir en casa de Martina como un arrimado. Mi nuevo empleo me encantó. El aprecio por mis imágenes era creciente y me reconfortaba. La ciudad seguía conmoviéndose. Las calles bullían en un confuso ambiente. Como todos los días, bajé de donde convivía con Martina hacia la avenida. El nervioso andar de la gente me intrigó. Guiado por el murmullo me fui a husmear y mi curiosidad me llevó, al cabo, a una plaza del centro en la que se desarrollaba una brutal disputa.            En medio de los buhoneros que terminaban de recoger sus mercancías con ejemplar apremio las facciones se enfrentaban. Oculté mi credencial, me coloqué a una prudente distancia sobre un banco de la plaza y comencé a hacer fotos que descubrían unos animales feroces sobre el pavimento. Llevaba hechas numerosas cuando, sin poder contenerme, me acerqué al núcleo de la tángana; cuando recibí un empujón que me tumbó en el suelo y me aturdió mucho. Y cuando sentí que me arrebataron mi Minolta de las manos. Ya verán que lo sucedido tuvo un testigo excepcional, un convidado de piedra: Tadeo. En su nomadismo también sería convocado a la plaza por el mismo andar de la gente, por el mismo murmullo, aunque por otra intriga, que yo. Presenciándolo todo con lujo de detalles, tuvo la previsiva suerte de no dejarse envolver, ni zarandear, entre aquellos desaciertos.                       En contra de los pareceres de Martina, que me atendió con denuedo, volví a la plaza al día siguiente a ver si recuperaba mi Minolta. A no ser por la apelmazada suciedad y los pregones yuxtapuestos de los buhoneros el lugar se percibía calmoso. En esa tregua de las animosidades sólo quedaba uno de los grupos con su tarantín. Al acercármeles, exclamaron por un altavoz su victoria de ayer. Departí con ellos cordialmente, tomando una bebida refrescante preparada artesanalmente allí. “Yo no me meto en política” fue el señuelo que me abrió cierta comunicación con ellos y con el que derribé cualquier presumible resistencia. Nadie supo darme razón sobre mi cámara. Acaso no eran los mismos, pues los del día siguiente al robo exhibían una grácil mansedumbre.            Para distraerme de mi angustia, Martina me invitó a cenar en un sitio de moda que habíamos empezado a frecuentar, ubicado en un borde de la ciudad, hasta donde aún no se había extendido la carcoma. Mientras yo me ocupaba de estacionar su auto, ella entró al confortable recibidor del restaurante para anotarnos en la lista de espera para obtener mesa, como regularmente hacíamos. Esa noche también hubo sirenas, supuse que de patrullas policiales, porque no olía a que se quemara algo, ni grande ni pequeño, ni cerca ni lejos. Y ahora que recuerdo bien, una de aquellas sirenas en particular hacía como si se burlaba de alguien.            Cuando luego iba a entrar al local, me crispó mi propia figura distorsionada que me devolvía un cristal, ligeramente cóncavo, de la fachada del edificio. Me murmuré que no era nada. Y tras la crispación llegó otro anuncio de parálisis que rasgó la noche: también sobre el cristal, en diagonal y detrás de mí, estaba otra figura deforme. Me volteé con reflejo de supervivencia. Era aquél, el vagabundo de la foto. Nos escrutamos sumariamente: él sereno, con un amago de yo ni idea de qué, no de sonrisa ni de morisqueta, ni de aversión ni de ningún placer conocido; yo en blanco.            “Traigo nuevas…”, rompió el silencio secamente. Pasmado, no contesté nada. En lo sucesivo toda palabra la mediría con precisión, si es que decía alguna. “Algo que te interesa”, completó. “¿Qué será?”, susurré maquinalmente. Él atajó en el acto mi susurro y canturreó: “Oh, qué será, qué será…”. Ahora lo veía más animado. Sacó un bulto de su mochila y fue develando su contenido, lo que demoraría varios segundos más que mi urgencia, ya que la sorpresa estaba embalada con unos cuatro metros de fieltro azul. Mientras, seguía con la canción de Chico Buarque: “…Que anda suspirando por las alcobas / Que oye susurrando en versos de trova / Que anda combinándonos preguntas locas / Que anda en las cabezas, anda en las bocas…”.            Finalmente apareció mi cámara. Me adelanté de improviso y quise recobrar mi Minolta, arrancándosela. Con pareja rapidez me frenó contundentemente, sin tocarme, con una disuasiva palma. Me rechazó sin contacto, pero me desestabilicé y retrocedí dando tumbos: “No te vayas de bruces, pichón”, me advirtió sin rudeza, “mira que no fue fácil recuperarla. Me costó horas de vigilia hasta que pude birlársela al facineroso que la tenía. Quizás yo era la persona más indicada para esa misión, el menos sospechoso de cualquier meticulosidad. Y tú…, aquella vez que te fui a reclamar ni siquiera me reconociste”. “Mire”, interrumpí lo más suavemente que pude, “yo debo pagarle, y ya no sólo por haberle hecho la foto sin llegar a un acuerdo con usted, sino ahora también por mi cámara.” “¡No, chico!”, soltó. “Por favor…”, casi imploré. “Nada de eso”, objetó. “P-pero…”, dudé. “Tranquilo, que no me la voy a quedar”, quiso aclarar enturbiando más las cosas, “tendrás tu cámara más temprano que tarde y sin ningún desembolso. Te la cuidaré. Mira todo el fieltro con que te la he cubierto. Ahora la necesito. Y te necesito a ti”. “¿A-a mí?”, temí. “Sí”, dijo conclusivo, “por los momentos vas a entrar en mi archivo. ¡Tengo un archivo buenísimo, ¿sabes?!”. Y remató eufórico: “¡Albricias! ¡Eres parte de mi objeto de estudio!”.            Completamente abismado no supe qué decir. Sin la torpeza que pudiera esperarme manipuló un par de dispositivos de la cámara, me puso en la mira y disparó. Me tomó una foto. Me atrapó en el fondo de una película oscura. Y abandonó el lugar avivadamente. “Disculpa”, había dicho antes de irse, “tengo que seguir, hoy es mi día de trabajo de campo.” Y se despidió con una discreta reverencia.            Martina me encontró exhausto y con el rostro tapado con ambas manos.            El sobrino de Tadeo me dejó la cámara en la recepción del periódico con una carta muy amable, ahora sin la mochila y la exageración de fieltro, sino correctamente envuelta con uno de esos pliegos de burbujitas de aire que a la gente le gusta destripar cuando ve televisión. La evidencia que Martina esperaba para creer mi historia llegó tarde, porque ya nos habíamos mandado para un mejor destino, que podríamos llamar, para simplificar: la porra. A mi Minolta tuve que hacerle un mantenimiento profundo y varias reparaciones: Tadeo no cumplió con su palabra de cuidármela, aunque pude haberla recibido en peor estado, o no recibirla. Adentro estaba el rollo con las imágenes de la trifulca, y mi propia foto, la que me tomó él, en la que aparecía como un orate aterrorizado. Menos mal que Martina no la vio, pues le habría dado sustento al miedo que me profesaba, y yo me hubiese visto en el trance de tener que exculparla. Revelarlas me produjo desasosiego. La Señorita Cometa, mi terapeuta, me aconsejó que las botara. Como fotógrafo me fue difícil desprenderme de aquellas imágenes, pero lo hice. Todavía no he sabido desprenderlas de mí.

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