“Cuando
arremangó su camisa sentí unos deseos incontenibles de morderle un antebrazo.
Creo que él se dio cuenta pero lo disimuló, para no alterar el orden de las
cosas.” Esto lo leyó Maricarmen en el diario de su hermano menor, una vez
colada en la habitación del chico; no podía dormir y no se le ocurrió nada
mejor que registrarla. La hija de la hilandera, que cuando fuese adulta tendría
mucha tela que cortar, no tuvo que hilar fino para comprender lo que con esmerada
letra testimoniaba Carlos en la libreta forrada con cromos del Jardín de las delicias. El corazón le
latía como si fuera a explotar y amenazaba con convertirse en un “huevo roto”
del que salen figurillas desnudas. Menuda cosa se le vino a la mente al cerrar
de golpe la libreta y, después de una proverbial “¡Hostia!”, quedarse fijamente
mirando la extraña reproducción.
Controlado
el primer impacto volvió a abrir el jardín, frondoso en irrelevancias para lo
que entonces quería encontrar, por lo que le costó dar de nuevo con la hoja
malsana. Acercó más la cansina lámpara y siguió leyendo la letra de su hermano
para confirmar de qué iba: “Son esas cosas las que desordenan mi mente y mi
cuerpo sin poderlo evitar, que me entristecen, y que yo quisiera alterar sin
saber cómo.” Las reflexiones que siguen le parecieron un amasijo de bagatelas,
hasta que algo empezó a llenarla de un hervor rabioso: “Yo lo llamo Pepe El
Romano, él no sabe porqué y le da risa y me da empujones, y me agrada que lo
haga. Cuando le repito mucho el mote se enfada un poquito y me da empujones de
disgusto, y eso también me agrada. Si yo lo quiero, qué raro que me guste
pelearme con él. 'Tenemos que
hablar, Pepín', le he dicho
con susto y se ha hecho el loco. Prefiere que sigamos jugándonos como siempre y
cuando siente mi susto él se apresura a hablar de tías y cachondeo. Y cuando
dice tía yo pienso en él y le sigo la corriente, y cambia el tema o se va con
malaestanza. De noche despierto sudoroso y rezo y me vuelve la calma, pero
luego amanece y todo sigue igual. Desde que éramos críos nos abrazamos como
hermanitos y nos la pasamos bien; me cuesta mucho parar pero me da miedo
abrazarlo de más porque se puede enojar de veras. Si nos atreviéramos a hablar
a las claras…; ya se me hace tormentoso darle largas a todo esto. ¡Que pase lo
que sea de una buena vez, coño! A lo peor se encabrona y me da la zurra o me
hace el vacío para siempre. No dejaré que me golpee; golpe que me dé, golpe que
le devuelvo al gilipollas. Y si me hace el vacío que me lo haga. Pero a lo
mejor podemos ser novios. Mi Pepe. Si tan sólo besara mis labios por
equivocación y se fuera corriendo…”.
“¡Ya,
hombre, ya! ¡Son cosas de maricón!”, refunfuñó Maricarmen, cerrando bruscamente
otra vez la libreta. Con la respiración fuera de su ritmo habitual, por un rato
se quedó lela frotando levemente la tapa dura del cuaderno. Su enjuta humanidad
apresaba emociones contradictorias: la irritación se le combinaba con cierto
morbo que le provocaban las insolentes palabras que Carlos había escrito. Y eso
le hizo arder sus mejillas y sentir amargura. Ningún chico se había fijado en
ella hasta los momentos. Pepe entre ellos. La sacudieron los celos. ¿De quién?,
no lo supo: eran celos indiscriminados. Se espabiló y no quiso distraer sus
pensamientos y sus anhelos de lo que ya importaba más. Abrió de nuevo la
libreta y no se complicó ahora para llegar a las páginas infidentes: su inquina,
y sobre todo su apremiante curiosidad, habían aguzado su sentido de
orientación. Pero entonces volvió a encontrarse con disquisiciones etéreas e
indescifrables. Y se sintió menos: el cura le había enseñado a Carlos a
escribir mejor que lo que ella podía garabatear y un decir más hermoso que sus
imprecaciones. Y leía más lento que su codicia de hallar nuevas revelaciones. La
rozaba un fastidio cuando se tropezó con una alusión directa que no soportó: “Siempre
he sido su niño mimado. Ya no puedo tragármelo más porque me hace infeliz y voy
a enloquecer. Antes de hablar con Pepe le diré que nos bañemos en el río y se lo
voy a confesar de plano; ella sabrá aconsejarme bien: Maricarmen no se lo va a
tomar a la tremenda.”
“¡Cabrón!”,
ripostó ella al aire. Se le hizo imperioso no continuar con la ofensiva lectura.
Marcó la libreta con una uña, cincelando la página con ahínco, para poderla
ubicar con prontitud: su sentido de orientación podría fallarle en el momento
que mejor se requiriera. No leería más aquello. E incautó el objeto delator. Esa
madrugada no despertaría ni le dirá nada a Madre, conocía bien sus condescendencias
si se la dejaba considerar mucho las cosas. Si se la agarraba desprevenida, en
cambio, permanecía silente y esperaba que Padre resolviera todo. Maricarmen debía
evitar que los ablandamientos ganaran tiempo y terreno.
Antes
del mediodía regresaron a casa Padre y Carlos, después de la faena de pesca y
distribución de atunes y merluzas. Con gesto grave, Maricarmen se adelantó a
recibirlos, y sin malgastar la urgencia en saludos accesorios ni bendiciones le
extendió la libreta al hombre. Carlos se sorprendió mucho. “¿Qué cosa?”,
preguntó Padre con extrañeza, tomando la libreta entre sus manos y, ceñudo, se
empezó a confundir con unos peces más grandes que los seres humanos, como vio
en la portada. Ella retomó el objeto de marras y lo devolvió abierto en la
página cincelada por su uña. Lívido y con los ojos expandidos por el asombro
Carlos trató inútilmente de encontrar su mirada con la de su hermana. El hombre
tardó un tiempo interminable leyendo sólo una parte. La razón de su demora
oscilaba entre tratar de entender aquello y pensar cómo reaccionar ante los
propios. Tenso, se eximió de escudriñar el resto de las páginas, no fueran a
volverse más escabrosas y a corromperse más al ser leídas. “¿Te vas a meter a
puta ahora?”, le dijo falsamente a Maricarmen. “Eso no lo he escrito yo”,
replicó ella algo contrariada y sabiendo que no tenía necesidad de defenderse.
“¿De quién es esto?”, soltó Padre, sin creerse la interrogante y sin ver a
nadie. No obtuvo respuesta y volvió a clavar su vista en la hoja, sin leer y pensando
todavía la reacción a exteriorizar. “Mal asunto”, se limitó a decir minutos
después, con aparente calma y un genuino dejo de vergüenza. Y salió con la
libreta a la cocina en la que estuvo pocos momentos hablándole a Madre en voz
baja. La voz de ella no se hizo notar, menos porque tuviera que estar a tono –o
un suficiente nivel más bajo- con la de Padre, que porque el hecho pasara más
rápido que su parsimonia.
Carlos
fue descubierto desproveído, estaba aterrado y sin amparo. Le faltó espíritu para
dirigirse a su hermana. En medio del ambiente turbio ella se fue a los deberes
en la cocina e incomodó más a sus progenitores. El chico permaneció en la sala,
tieso y sin saber qué hacer. Padre regresó a su encuentro, los dos solos: el
problema era entre hombres. Madre y Maricarmen se mantuvieron relegadas en la
cocina, pelando patatas una y alimentando el fogón de leña la otra, engañándose
mutuamente con que no se daban por enteradas de lo que sucedía. Retrasaron todo
hasta que en la sala las cosas volvieran a ocupar algún lugar. A la adolescente
se le ponían los nervios de punta, lo que pronto atenuó con la retribución a su
morigerada rabia y un gratificante sentido de dignidad: había impedido que en
casa los asuntos se salieran de su cauce natural, aun a costa de que Carlos
saliera definitivamente de aquélla. Por las noches, Madre prolongará hasta la
derrota las letanías del rosario, en pródigos y renovados actos de fe. Antes, el
chico había recobrado su espíritu, lloró e imploró que Padre lo escuchara.
Padre se negó rotundamente. Y él entonces se resistió a seguir llorando y
seguir implorando. La tunda fue de antología. “¡Que se me abre la sesera!”,
reclamó a gritos el muchacho. En medio de su desesperación y la irracionalidad,
con impulso de conservación, o de rebeldía, Carlos le pegó una patada a Padre.
Y decidió dejarles su ausencia para siempre. Padre volvió a la cocina hecho un
bólido y arrojó el diario en la pira purificadora del hogar que Maricarmen
había dispuesto.
Hubo
una época en que esas piras eran públicas.
En
Caracas, muchos años después, Maricarmen recibe una llamada telefónica desde La Coruña: Carlos se encuentra
en el hospital, en terapia intensiva, y al parecer el pronóstico es
desalentador. El familiar al otro lado del hilo le comunica que el enfermo no
tiene herederos y que ella, la persona de parentesco más cercano, debería tomar
cartas en el asunto. “Joder, qué herederos va a tener –se diría con llaneza tras
la perplejidad, y llegaría a pensar-: Esas cosas no se pueden perder como si
tal cosa, para eso tiene a los suyos; bueno, a mí, porque los demás son primos
lejanos.” Inmediatamente Maricarmen prepara el viaje a su tierra natal.
Todo
aquel tiempo no había sabido más de su hermano. En el avión, las largas horas
que llevaba “cruzar el charco” las empleó en remembranzas varias, aunque más en
meditar los modos como se desenvolvería en las circunstancias que la esperaban.
En el trayecto respiró hondo incontables veces, menos por las alturas que la
situaban más cerca de Dios que por lo que le tocaría afrontar una vez que
pisara suelo nuevamente. La muchacha venezolana de la butaca a su lado, con la
que –cara de perro bravo mediante y casi con “¿Y tú qué coño me ves?”- marcó
distancia desde el principio para que no importunara sus tribulaciones, empezó
a mirarla preocupada porque a la señora podría darle un ataque de asma; luego
comprensiva, porque la vanguardista mujer de seguro practicaba avanzadas
técnicas de relajación; finalmente molesta, porque la odiosa vieja no la dejaba
disfrutar tranquila de su revista Hola.
Sintió
lástima: “Pobrecito, yo le quité los mocos…, hasta que pasó lo que pasó, porque
me pareció lo que me pareció”. Con el silencio de lo que no se habla lo
extrañaron mucho después que huyó. Transcurrido un tiempo, Maricarmen se dio
cuenta de que Madre tuvo escondido un cuadernillo nuevo que a los pocos días no
volvió a ver. A ella misma le faltaron los mimos y lo tanto que se divertían
juntos en los bailes y las fiestas tradicionales. ¿Tendría el mismo coraje del
día en que Carlos se fue de casa? Esta vez sería contraproducente. Se estaría
tranquila y lo más discreta que pudiera. No entraría a la habitación y
permanecería en el pasillo. “Qué caramba, tengo que entrar. Y él querrá verme,
no tendrá a más nadie en el mundo. Qué feo. ¿Y si me hace el feo? Ya no le
quedarán fuerzas para eso. Hala, hala…”. Le hablaría del estado del tiempo, del
calor que hacía en Galicia; todavía no lo había sentido pero lo supo por la
televisión. Lo perdonaría por la vida que él escogió si se llegara a tocar el
tema. “Aunque es mejor no tocarlo. Ya para qué, está en sus últimas. Por eso
mismo, porque está en sus últimas lo perdonaría. Pero mejor no, a menos que
fuera inevitable. Qué pesado. Yo no se lo he dicho a nadie, todo quedó en casa
ese día. A ver, no quedó, porque que él se fue con eso. ¿Algo se supo? Padre no
murió por las contusiones ni la pelea, sino por las causas.” Se había batido en
una especie de duelo de remos en plena mar con otro pescador. Según se dijo,
sorprendió al hijo de éste haciendo chanzas sobre Carlos. Y entonces ella dejó
de echar en falta a su hermano. Y ahora iba a por sus cosas.
Sin
pormenores, de la libreta escasamente recordó el secreto guardado adentro: “El secreto
se quemó. Vamos, sólo se quemó la parte escrita del secreto.” Y el “huevo roto”
de la portada, porque se topó después con aquél en el álbum de educación
artística de su hijo Tobías, y lo reconoció con espanto. Y de lo de “Pepe El
Romano” también se acordó: “Qué romano ni qué narices, él era gallego como todo
el mundo ahí. ¿Me tropezaré con Pepe en el hospital? ¿Seguirá tan pimpante? ¿Me
verá como a una lechuza aporreada? Anda, anda…”. Después del aciago día no lo
volvió a ver en la misa del domingo; sólo se lo encontró un par de veces más en
la calle, la primera saliendo de la botica, y sospechó que curaba a Carlos. Su
trato fue frío y Maricarmen cree que Pepe quería evadirla porque él forzaba la
cadencia de la conversación y se retiraba rápido de ella: “Vete tú a saber”.
Atendidos
los formalismos de inmigración dejó sus cuatro pertenencias en el hostal y fue
al hospital a reportarse como la más allegada del moribundo. Conservó a mano su
DNI y su pasaporte para reiterar quién era. No se confiaba ya en las semejanzas
fisonómicas: no sabía cómo había cambiado él y, a ciencia cierta, cómo había
cambiado ella. Nada más “justo y necesario, como la misa” –pensó el apotegma-,
que anteponer un documento de identidad cuando los lazos consanguíneos o, en
definitiva, afectivos, se han desdibujado con el tiempo. Por su foto se filtró
él, con sus carnes magras, sus tirantes y su camisa arremangada. “La camisa
arremangada…”. Y con la misma cara de chico que apenas le apunta el bozo, pero
ahora su piel proyectaba un brillo cerúleo.
En
el hospital le hicieron saber que la peritonitis ya había hecho de las suyas y
que Carlos estaba cumpliendo con sus primeras ceremonias de mortal muerto. Acto
seguido tomó un taxi hasta la funeraria que le indicaron. El chofer, todo
energúmeno, le reclamó que le pagara con un billete de cien euros: demasiado
grueso y no tenía cambio. La amenazó con llevarla a la policía. Maricarmen, con
el apremio que la embargaba, le dejó el vuelto. El camaleónico conductor se
deshizo en calificativos encomiásticos para con ella, y ella no le hizo caso. Antes
de averiguar cuál era la capilla asignada a quien en vida fuera su hermano
menor, se crispó por no haber tenido la precaución de meter atuendo luctuoso en
su equipaje. En la boutique de la funeraria se proveyó del necesario. Se cambió
a trompicones en los servicios. “Las funerarias de ahora son una maravilla”,
murmuró, “son todas unas tiendas por departamento”. Frente al espejo parecía un
tumor rechoncho y andante, aunque ella se vio plausible. Hizo un lío con la
ropa mudada y lo tiró en la papelera. Al salir de los servicios volvió a la
boutique y adquirió un pañuelo de encajes del mismo no color, “por si acaso”. Por
una cartelera se enteró de que los ritos postreros ya se habían trasladado al
camposanto. Tomó raudamente otro taxi. En el destino estipulado, previendo que
el nuevo energúmeno viniera con nuevos reproches, se le adelantó yéndosele
encima, farfullando: “¡Ándese con cuidado, no sea que le dé de bofetadas y lo
denuncie yo a la policía! ¡No tengo la culpa de que me hayan dado puros billetes
de cien! ¡Y no pienso perder el vuelto otra vez! ¡Que lo pague el culo del
fraile!”. El afable conductor, abismado y temiendo por su integridad física, le
dijo que no se preocupara, que le había hecho la carrera gratis y le dio el
pésame. Maricarmen -hay que subrayar en su descargo- lo despidió más sosegada y
cordialmente con un “Muchas gracias, hasta la próxima”. Tras dar con la parcela
correspondiente a los restos de Carlos se dio cuenta de que la ceremonia había
concluido y que los asistentes, si los hubo, ya se habían marchado. La verdad es
que se la estaba pasando negras, y no en el sentido literal de su indumentaria,
ni de los eventos a los que pretendió acudir sin que el azar la sintonizara convenientemente.
Se encontraba extenuada, entre los preparativos, el viaje y el más reciente e
infructuoso ajetreo. Fue a por flores y las ofrendó. Se quedó abstraída ante la
última morada. Y tuvo un amago de congoja que no pudo despuntar ante el mortificante
cansancio que cargaba encima.
Permaneció
reposando en el hostal un día entero y, por lo pronto, descartó visitar a
familiares, más por ansiedad que por exceso de cautela: “primero lo primero”,
se dijo. Si quería evitarse un baño de agua fría ha debido hacerlo. Regresó al
hospital para dar con las señas de quien se habría ocupado de los últimos trámites
relacionados con su hermano: no era Pepe, el amigo de juventud, como vanamente creyó,
sino un tal Manuel Castiñeiras. Lo llamó por teléfono y quedaron en encontrarse
en la terraza de una cafetería frente a la bahía del Orzán, a la que arribó
antes de la hora pautada.
Al llegar al sitio, de una mesa,
en torno a la que había casi una veintena de personas en animada charla, se
levantó un apuesto hombre y se le acercó: “Hola, Maricarmen”, dijo, “soy Manuel”,
y le clavó un beso en cada mejilla, que ella retribuyó con implume rigor. La
había reconocido en el acto. Se aprestó a mostrar su DNI y su pasaporte, lo que
él consideró innecesario: “Descuida, eres idéntica a Carlos”, rehusó él
amablemente. La conversación ella se la llevaría a tientas para no caer
desmañadamente en los motivos centrales por los que estaba en La Coruña. Como gancho, le
soltó entusiasmada que la mayor colonia de gallegos en el exterior era la
establecida en Venezuela. Al hombre se le veía jovial, con una sonrisa
obsequiosa: “Yo fui su dilecto alumno”, ostentó con legítimo orgullo, “y el más
ferviente admirador de sus libros”. Que Carlos fuese escritor era noticia de
última hora para ella. Fugazmente imaginó todos aquellos volúmenes forrados con
cromos del Jardín de las delicias.
Aquél se dio cuenta de la sorpresa: “Qué raro, sus libros también han sido
celebrados en América”. Ella se turbó un poco: de la televisión sólo la
entretenían los programas de concursos y los noticieros, cuando describían
calamidades naturales. “Venga”, reconfortó él la situación, “antes de que te
vayas, te los reúno y te los regalo, ¿vale?”. “Vale”, acordó ella con
complacencia; el sujeto le parecía simpático. Manuel señaló a la mesa de donde
provino: “Aquella de verde es Pilar, su agente, está por regresarse a Madrid”.
La sobria mujer se supo aludida y saludó moviendo sus dedos; Maricarmen también
mostró los suyos. Y con un arranque de euforia él los llamó a todos: “¡Vengan,
vengan todos, que es la hermana de Carlos!”. El variopinto grupo la rodeó como
si fuesen a cantarle el cumpleaños; sólo faltaba el pastel. Atropellándose unos
a otros, y en convencida algarabía, por un buen rato ellos le expresaron efusivamente
su cariño por “Carlitos” y bromearon refiriendo anécdotas de su vida, algunas
que le parecieron subidas de tono y que, un tanto cohibida, Maricarmen
sobrellevó urbanamente. Otra vez a solas con Manuel, no pudo evitar indagar, y
la encontró lo que menos suponía: Carlos sí tuvo heredero. “¿Y ustedes…,
además, qué eran?”, había preguntado con indulgente resabio. “Soy su viudo”, contestó
él con preciso desempacho, “nos casamos antes de que muriera; él lo quiso así y
yo también”. “Ya”, supo ella. Y se sintió más descolocada y caediza que nunca.
Sentada
frente a la máquina de coser, a Maricarmen se le enmaraña el hilo como a una
advenediza en el oficio, entre un televisor a todo volumen, indigestado de
desastres naturales de los que le interesa enterarse, y sus cavilaciones. En lo
sucesivo, bajaría a comprar cuando fuese exclusivamente necesario, y eludirá a
las vecinas de Caracas con las que despotricaba de las penurias de la vida y
que ahora le iban con preguntas capciosas que la hacen quedar mal. Pero se
había impuesto otra determinación. “¿Y mañana qué?”, pensó. ¿Quién cuidará de
ella? Y sintió un vahído de vergüenza que la hizo no querer ser más Maricarmen.
Su hijo Tobías, cada día que pasaba, le hacía más patente el recuerdo de Carlos
y más confusas sus añejas angustias. Y lo cierto es que no entrará a la habitación
del chico para descubrir nada. Ya estaba vieja para heroicidades. “¡Que se me
apelotona el hilo…!”, se quejó.
Imagen en papel poroso
Gradualmente, lo fue
acostumbrando a la realidad.
Jorge Luis Borges, Las ruinas circulares
Disculpen
la ironía pero es así: entre los aportes de Martina distingo sus insinuaciones
de que debía acudir a un loquero. Y no porque reconozca que tuviera alguna
pieza suelta de mi adminículo cerebral y que el asunto del vagabundo era neta
fantasía, sino porque realmente no daba con llevarme bien con mis emociones.
Me
repelía la posibilidad de ir a un especialista al que tendría que estar
amorochado por el resto de mi vida. Opté por la new age: una psiquiatra muy simpática que usaba la radiestesia y
las flores de Bach, y que me dio de alta rápido. Me gustó que me mandara a leer
unos poemas de Rafael Cadenas, haciéndome énfasis en “uno que dice que no hay
que discutir sino inquirir”, me dijo, y que no me mandara cualquier librito de
esos con que te quieren enseñar a ser feliz, de un día para otro, como si fuese
tan fácil y que, por su enjundioso contenido, se asemejan a los manuales de las
tostadoras eléctricas. Y que conste que yo no estaba tostado.
Pero
más me maravilló mi terapeuta cuando me dijo, estando vestido, que tenía un
escape de energía en mi retaguardia, porque así se lo indicaba el desplazamiento
de sus antenitas. De hecho, yo había sido operado en esa zona hacía varios
años. “Con razón”, aseguró ella, y cosió en el aire como un mimo para restaurar
mi cuerpo astral. Luego cargaba una varita que tenía en un extremo un resorte y
una pelotita; empezó a mover la varita hacia los lados y no pude aguantar la
risa porque me recordó a la Señorita Cometa,
la afable protagonista de una vieja serie japonesa de la televisión.
Señorita
Cometa o terapeuta aparte, lo que más me irritaba de Martina, mi ex, es que empezó
a asustarse por mí. Corrijo: a asustarse por mi causa; no…, por causa mía. Bueno,
a asustarse no sólo empezó, porque después le vino el miedo, el fastidio y el
frío. Me afligía que tampoco me lo dijera, o no con palabras, salvo cuando se
valía del eufemismo de la “ayuda profesional”, siempre casualmente en El Ávila,
adonde habitualmente íbamos los domingos a “resetearnos” la cabeza. Y me lo
dijo con el chirrido que ahogó cuando, parado en el quicio de la puerta del
lavadero, le pregunté si no había visto mi pendrive.
Y en otro episodio que ahora me resulta chistoso pero que en aquel entonces me
desconcertó. Acabábamos de llegar de hacer mercado y nos habíamos provisto de
lo necesario para satisfacer su asiduidad a la gastronomía de sus padres, y de
ella. Yo cogí un salchichón y, en broma, y por cariño, hice como si le iba a
pegar. No sé si fue por mi histrionismo de segunda, ante el que, dicho sea de
paso, no estuvo muy exigente, o por como tendría agarrado el salchichón, que se
puso lívida y salió, con desmañado disimulo. Al momento me llamó por su celular
para tantear cómo me sentía.
Que
no usara más el “Javi” para nombrarme, a cambio de un “Javier” ajeno, puede ser
una tontería, pero para mí fue de funeral. Llegué a sentirme bastante desolado.
Aquello de dejarnos y volvernos a encontrar de la etapa en que vivíamos cada
cual por su lado se fue implantando en nuestra casa. Debido a mis insomnios
asomé la posibilidad de instalarme en la habitación de servicio, y no puso
ningún reparo y lo que le faltó fue ayudarme a mudar mis cosas. Al irse a
dormir cerraba la puerta de su cuarto. Al principio fue recatada y no la
cerraba delante de mí; después no le importaba que la viera cerrándola. Y supe
que el nuestro era un caso que se cerraba, que ya no habría caso. Más adelante
me fui de su apartamento, a lo que opuso muy escasas y quebradizas
resistencias. Al Ernesto, nuestro amigo en común, informarme que ella salía con
otro chico, mi amor propio, o lo que me quedaba de él, consideró que era
demasiada reciente nuestra separación para aquellas andanzas, por lo que no
quise averiguar mayores detalles. Además, puede que descubriera que al tipo lo
había conocido estando todavía conmigo y eso podía fulminarme.
En
definitiva, Martina no llegó a creerme lo del vagabundo que quiso alternar conmigo.
Y puedo entenderla: de las tres veces que me encontré con él no obtuvo ninguna
evidencia. Nunca me la pidió, pero seguro que esperaba alguna. Sobre todo de la
última vez, cuando me invitó a cenar después del robo de mi cámara y Tadeo me
abordó a la entrada del restaurante. Como por una treta del azar, ella tuvo que
ausentarse justo el rato de mi disparatada conversación con él.
El
vagabundo me paró el paso en seco y me reclamó enardecido el pago de sus derechos
de autor. Blandía como un banderín una maltrecha hoja de periódico. “¡Págame
mis derechos de autor!”, vociferó. Entre la sorpresa y el susto no hice nada. Y
como si tuviera concebido un guión, sin yo preguntarle quién era contestó:
“Él”, más calmado y con un dejo de orgullo, señalando la fotografía. Por mis
venas fluyó un pernicioso barullo. Mis días previos, en cambio, estuvieron
llenos de autoafirmación: ya no sería un fotógrafo aficionado, en afanosa
cacería de singularidades cuya vigencia sólo pudieran preservarse en una
cartulina, una película oscura o una memoria digital. Claro que iba a seguir
con la cacería, pero sin los inciertos anhelos de cuando pocos conocían mi
trabajo. Lo que la casualidad le ofrecía a mi avidez y al lente de mi Minolta me
incitaba a una especial alquimia. La cámara la llevaba siempre conmigo. Ahora
soy más precavido. Yo le daba, pues, un sentido superior a lo que sería mi profesión:
hincar lo fortuito.
Se
me ocurrió fotografiar al que me amenazaba pero no me atreví.
Por
supuesto que no había obtenido el Pulitzer ni me las daba de Oded Balilty o
Andrees Latif, pero mi premio me dio certidumbre: me confirmó que lo que hacía
era plausible y ya no sólo para mí.
¿Lo
era para este fotografiado?
Él
me concedió un tiempo indeterminado para que respondiese su reclamo, con una
quieta expectación, con la cautela que precede al triunfo. Y observándome con
un rictus que no llegaba a ser de sorna, casi querría decirme: “Creías que te
las sabías todas, ¿eh?”. Ese tiempo se corrompió en sopor. Mi mente fue cruzada
por ráfagas de ideas, con y sin sentido, vinieran o no al caso, entre las que
pescaría un argumento terminante con que eludirlo. Antes de ser catalogado como
un profesional nadie me había cobrado por dejarse fotografiar. Mucho menos Martina,
en la época en que quería ser modelo, me planteó nunca ningún pago. Yo la
visitaba en el apartamento que le dejaron sus padres cuando regresaron a España
desencantados. No vivíamos juntos porque nos agradaba la peculiar ilusión del noviazgo:
dejarnos y volvernos a encontrar. Lo que lograba con mis imágenes no quería
redundarlo en el amor.
Mi
sorpresa y mi susto comenzaron a ser enfado, pero al hombre lo adiviné quisquilloso
y no lo conformaría tan fácil con aquellas explicaciones. Confundí la imagen en
cuestión con las decenas de mis variaciones sobre el mismo tema, e intuí que quien
me acechaba no era el vagabundo de la foto del periódico; más aún, que no era
un vagabundo. “¡Ése no eres tú!”, barboté indignado, ahora señalando yo la
reproducción con un dedo tembloroso. “¡Sí soy yo, sí soy yo, sí soy yo…!”, bufó
por un rato. Yo estaba descentrado y sentí que me extinguía. Por esas cosas que
pasan, un viento repentino trajo un hollín que me picó en la cara y al
frotármelo tizné mi rostro, como supe más tarde. Él afincó su postura
desafiante y de espera de una respuesta, ahora, perentoria. Despidió un
caliginoso aliento con el que forró su ira. Por esas otras cosas que también
pasan, cuando amenazaba una mayor tirantez, el ulular de una sirena histérica
recorrió la avenida e impidió que el tiempo volviera a estancarse. Me sirvió para
reactivarme, con la fugaz e ilusoria esperanza de que la policía pudiera rescatarme.
Pero se trataba de un camión cisterna de los bomberos que transitó raudamente delante
de nosotros. Me vino otro susto que bañó al anterior. Otras sirenas menos
histéricas y más tardas sonaron a lo lejos, colgándose en la atmósfera. Algo
grande se quemaba más allá. Entonces me eché a correr calles arriba a una
velocidad extravagante, al menos para mí que soy un poco lento. Volteé hacia
él, el hombre apenas se movió: le tocó sorprenderse, creo que no asustarse. No
me siguió, tal vez por su sorpresa o porque pensó que no tendría éxito, o por
las dos cosas.
Ya
maquinará algo menos estéril para dar con lo suyo.
Al
rato desaceleré el paso y volví a mirar atrás, por si acaso. Sudé rabia porque
la situación era perversa. Ese tipo no es el vagabundo de la foto, refunfuñé.
¡Viste bien! ¡Tiene las uñas cortas y limpias! ¡Es un estafador el hijodeputa!
Para colmo, la fotografía de un risueño mendigo sentado en la calle dando de
comer a unos gatos no era mi favorita. Ernesto, mi amigo en común con Martina,
y rival en el oficio, llegó a menospreciarla por “melodramática”. Mejor es otra
imagen que había captado un invierno en Nueva York, en la que otro vagabundo,
tumbado en la Quinta Avenida,
sostiene un cartelito con una breve exégesis de su menoscabo. En el momento de
tomar la foto pasaba por su lado un caballero portando una bolsa de la tienda Give, o sea “Dar”. Siempre he tenido la
impresión de que el caballero no cargaba la bolsa, sino que se apoyaba en las
asas para no caerse encima del vagabundo. Me dije con desdén que, bueno, el
jurado del premio prefirió la de los gatos.
El
aire de esa parte de Caracas en nada contribuía con traerme el sosiego que
necesitaba. Rechacé el aojo de la desocupada torre de Parque Central y me
aclaré que no era ahí porque ese incendio fue hace mucho tiempo. Subí por La Candelaria y luego por
San Bernardino, camino a la casa de mi novia. No se paró ningún taxi. Qué
carajo, ahora no hacen caso si no se les llama por teléfono y no devuelven
ellos la llamada para confirmar. Y yo con aquel culillo de que, para completar,
de la noche también me saltara un malandro y me atracara. “¡¿Qué te pasa?,
pareces un mendigo!”, me dijo al abrir la puerta Martina, limpiándome el rostro,
y la sensación del hollín, ya barro, que me había picado en la cara. No volví a
dormir en el anexo que tenía alquilado. A las pocas semanas lo entregué y me
fui a vivir con Martina.
Tadeo
era un borderline que no
infrecuentemente cruzaba la línea. Llegué a saberlo por lo que me dijo, y como
me lo dijo, la última vez que lo vi, y por una carta que me escribió su
sobrino. Seguro se recriminó corrosivamente que lo haya tomado por un impostor.
Su plan no resultó. Esa noche, el fuego abrasó la barriada en la que horas
antes se arregló, confiado de que haría más verosímil su informal litigio. Allá
lo auxiliaba el sobrino de vez en cuando, pero tras el incendio tuvo que
establecerse por más tiempo en donde moraba. Y por eso se fue pareciendo cada
vez más al personaje que ocasionó todo este embrollo.
Ido
el ardor, del incendio y mío, desde el balcón de Martina, con lentes apropiados
y un eficaz zoom, me provocó atrapar imágenes
de aquellas casitas quemadas. Me parecieron esbozadas en carboncillo y pasteles
y mojadas con luz de la luna de esa noche, y algunas de aquellas habitaciones se
me antojaron expedir hilillos de humo de varitas de incienso, aunque hasta mí
no llegara olor místico alguno, salvo el de mi propio oficio. En el sitio mejor
protegido debajo del oxidado puente provisional Tadeo guardaría la hoja de periódico.
Supe también que en una caja acaudala muchas, con noticias que otros desechan,
y que posiblemente recorta con una tijera de punta roma. Debió ser una
verdadera proeza por la cantidad de recortes que por poco harían reventar el
archivador de plástico.
A
más de un mes, cerca del mediodía, lo vi al otro lado de la avenida. Ya conocía
su presencia, aunque esta vez era como un mutante, algo intermedio entre aquel
sujeto de la emboscada y un vagabundo similar al de la foto. Alzó el brazo con
automatismo, saludándome con recelo. Reclamarme sus derechos de autor quizás no
haya sido su propósito ahora: no tendría ninguno y me saludó sin pensar. Como todavía
no contaría con renovadas frases ni, sobre todo, con renovados ímpetus conque
cobrar su espuria salida del anonimato, escapó aprovechando que entre nosotros
pasaba un autobús. Puede que fuera más listo de noche que de día. A mi vista, con
mis sienes molestando mi atención, después de la interferencia del desvencijado
vehículo aquel hombre había desaparecido.
Martina
me miró raro cuando se lo conté. Para ser exacto, me miró más raro que cuando
le conté del primer encuentro con Tadeo. Dubitativamente me recomendó que lo
compensara con algo de dinero. Creo que no le fue necesario insistir con lo de
la ayuda profesional: bastaba con el pasito atrás que dio. Yo volví a acortar
nuestra distancia con un pasito al frente, y ella se quedó fija esta vez.
Comencé
a trabajar como reportero gráfico en la redacción del periódico que me premió.
No podía seguir viviendo del “amor al arte” y me incomodaba vivir en casa de
Martina como un arrimado. Mi nuevo empleo me encantó. El aprecio por mis imágenes
era creciente y me reconfortaba. La ciudad seguía conmoviéndose. Las calles bullían
en un confuso ambiente. Como todos los días, bajé de donde convivía con Martina
hacia la avenida. El nervioso andar de la gente me intrigó. Guiado por el
murmullo me fui a husmear y mi curiosidad me llevó, al cabo, a una plaza del centro
en la que se desarrollaba una brutal disputa.
En
medio de los buhoneros que terminaban de recoger sus mercancías con ejemplar
apremio las facciones se enfrentaban. Oculté mi credencial, me coloqué a una
prudente distancia sobre un banco de la plaza y comencé a hacer fotos que
descubrían unos animales feroces sobre el pavimento. Llevaba hechas numerosas cuando,
sin poder contenerme, me acerqué al núcleo de la tángana; cuando recibí un empujón
que me tumbó en el suelo y me aturdió mucho. Y cuando sentí que me arrebataron
mi Minolta de las manos. Ya verán que lo sucedido tuvo un testigo excepcional,
un convidado de piedra: Tadeo. En su nomadismo también sería convocado a la
plaza por el mismo andar de la gente, por el mismo murmullo, aunque por otra
intriga, que yo. Presenciándolo todo con lujo de detalles, tuvo la previsiva
suerte de no dejarse envolver, ni zarandear, entre aquellos desaciertos.
En
contra de los pareceres de Martina, que me atendió con denuedo, volví a la
plaza al día siguiente a ver si recuperaba mi Minolta. A no ser por la apelmazada
suciedad y los pregones yuxtapuestos de los buhoneros el lugar se percibía
calmoso. En esa tregua de las animosidades sólo quedaba uno de los grupos con
su tarantín. Al acercármeles, exclamaron por un altavoz su victoria de ayer. Departí
con ellos cordialmente, tomando una bebida refrescante preparada artesanalmente
allí. “Yo no me meto en política” fue el señuelo que me abrió cierta comunicación
con ellos y con el que derribé cualquier presumible resistencia. Nadie supo
darme razón sobre mi cámara. Acaso no eran los mismos, pues los del día siguiente
al robo exhibían una grácil mansedumbre.
Para
distraerme de mi angustia, Martina me invitó a cenar en un sitio de moda que
habíamos empezado a frecuentar, ubicado en un borde de la ciudad, hasta donde aún
no se había extendido la carcoma. Mientras yo me ocupaba de estacionar su auto,
ella entró al confortable recibidor del restaurante para anotarnos en la lista
de espera para obtener mesa, como regularmente hacíamos. Esa noche también hubo
sirenas, supuse que de patrullas policiales, porque no olía a que se quemara
algo, ni grande ni pequeño, ni cerca ni lejos. Y ahora que recuerdo bien, una
de aquellas sirenas en particular hacía como si se burlaba de alguien.
Cuando
luego iba a entrar al local, me crispó mi propia figura distorsionada que me
devolvía un cristal, ligeramente cóncavo, de la fachada del edificio. Me
murmuré que no era nada. Y tras la crispación llegó otro anuncio de parálisis
que rasgó la noche: también sobre el cristal, en diagonal y detrás de mí, estaba
otra figura deforme. Me volteé con reflejo de supervivencia. Era aquél, el vagabundo
de la foto. Nos escrutamos sumariamente: él sereno, con un amago de yo ni idea
de qué, no de sonrisa ni de morisqueta, ni de aversión ni de ningún placer conocido;
yo en blanco.
“Traigo
nuevas…”, rompió el silencio secamente. Pasmado, no contesté nada. En lo
sucesivo toda palabra la mediría con precisión, si es que decía alguna. “Algo
que te interesa”, completó. “¿Qué será?”, susurré maquinalmente. Él atajó en el
acto mi susurro y canturreó: “Oh, qué será, qué será…”. Ahora lo veía más
animado. Sacó un bulto de su mochila y fue develando su contenido, lo que demoraría
varios segundos más que mi urgencia, ya que la sorpresa estaba embalada con
unos cuatro metros de fieltro azul. Mientras, seguía con la canción de Chico
Buarque: “…Que anda suspirando por las alcobas / Que oye susurrando en versos
de trova / Que anda combinándonos preguntas locas / Que anda en las cabezas,
anda en las bocas…”.
Finalmente
apareció mi cámara. Me adelanté de improviso y quise recobrar mi Minolta,
arrancándosela. Con pareja rapidez me frenó contundentemente, sin tocarme, con
una disuasiva palma. Me rechazó sin contacto, pero me desestabilicé y retrocedí
dando tumbos: “No te vayas de bruces, pichón”, me advirtió sin rudeza, “mira
que no fue fácil recuperarla. Me costó horas de vigilia hasta que pude birlársela
al facineroso que la tenía. Quizás yo era la persona más indicada para esa
misión, el menos sospechoso de cualquier meticulosidad. Y tú…, aquella vez que
te fui a reclamar ni siquiera me reconociste”. “Mire”, interrumpí lo más suavemente
que pude, “yo debo pagarle, y ya no sólo por haberle hecho la foto sin llegar a
un acuerdo con usted, sino ahora también por mi cámara.” “¡No, chico!”, soltó.
“Por favor…”, casi imploré. “Nada de eso”, objetó. “P-pero…”, dudé. “Tranquilo,
que no me la voy a quedar”, quiso aclarar enturbiando más las cosas, “tendrás tu
cámara más temprano que tarde y sin ningún desembolso. Te la cuidaré. Mira todo
el fieltro con que te la he cubierto. Ahora la necesito. Y te necesito a ti”. “¿A-a
mí?”, temí. “Sí”, dijo conclusivo, “por los momentos vas a entrar en mi archivo.
¡Tengo un archivo buenísimo, ¿sabes?!”. Y remató eufórico: “¡Albricias! ¡Eres parte
de mi objeto de estudio!”.
Completamente
abismado no supe qué decir. Sin la torpeza que pudiera esperarme manipuló un
par de dispositivos de la cámara, me puso en la mira y disparó. Me tomó una
foto. Me atrapó en el fondo de una película oscura. Y abandonó el lugar avivadamente.
“Disculpa”, había dicho antes de irse, “tengo que seguir, hoy es mi día de
trabajo de campo.” Y se despidió con una discreta reverencia.
Martina
me encontró exhausto y con el rostro tapado con ambas manos.
El
sobrino de Tadeo me dejó la cámara en la recepción del periódico con una carta
muy amable, ahora sin la mochila y la exageración de fieltro, sino correctamente
envuelta con uno de esos pliegos de burbujitas de aire que a la gente le gusta
destripar cuando ve televisión. La evidencia que Martina esperaba para creer mi
historia llegó tarde, porque ya nos habíamos mandado para un mejor destino, que
podríamos llamar, para simplificar: la porra. A mi Minolta tuve que hacerle un mantenimiento
profundo y varias reparaciones: Tadeo no cumplió con su palabra de cuidármela,
aunque pude haberla recibido en peor estado, o no recibirla. Adentro estaba el
rollo con las imágenes de la trifulca, y mi propia foto, la que me tomó él, en
la que aparecía como un orate aterrorizado. Menos mal que Martina no la vio,
pues le habría dado sustento al miedo que me profesaba, y yo me hubiese visto
en el trance de tener que exculparla. Revelarlas me produjo desasosiego. La Señorita Cometa, mi terapeuta,
me aconsejó que las botara. Como fotógrafo me fue difícil desprenderme de
aquellas imágenes, pero lo hice. Todavía no he sabido desprenderlas de mí.