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Gallardo, Lola B. (Euforia)

Caprichos



CAPRICHOS

Había nacido tarde, inesperadamente y por descuido, fruto de esos amores que se van desgastando y al final sólo se suben el camisón en silencio, escuchan caer la arena de los relojes y esperan a mañana por si el mundo ofrece un cataclismo que los despierte.

Aburridos como estaban, sus padres recibieron su llanto como una novedad,  un entretenimiento capaz de animar el matrimonio hasta llegar a viejos. La llamaron Regina por reina de la casa y era menuda y delicada, con la piel a punto de nieve, unos ojos grandes, redondos expertos en mirar con cara de cordero degollado y una boquita carnosa que pedía mas que la boca de un fraile.

“Quiero”, decía y sus padres surcaban un océano, atravesaban un continente en busca del capricho de la niña.

“Quiero saber porque giran los planetas” y su padre trajo un astrónomo de Holanda con olor a tulipanes y a margarina.

“Quiero comprender porque la música es ordenada como las matemáticas y si se desordena es música también”, y al astrónomo se unieron dos matemáticos polacos y un compositor vienés, músico dodecafónico.

“Quiero saber porque el mar tiene olas y es azul” y en su casa se instalaron dos sirenas y un marino mercante por lo que su padre acabó construyendo una alberca de agua salada y un barco de vela que la alegrará en las tardes de viento.

Bastaba con que Regina pidiese por aquella boquita para que a la mayor brevedad sobre su cama, en su cuarto o en la casa hubiese al menos un par de ejemplares como muestra de lo se puede llegar a soñar.

“Quiero”, dijo un día, “jugar al ajedrez contra un rival invencible y vencerlo”. Su madre escribió entonces a un pariente de América y por su puerta desfilaron una docena de operarios que instalaron un artefacto lleno de luces, teclas y pitidos que después de recibir jaque mate siempre decía muy educadamente “You win”.

Una mañana de junio se despertó  Regina sudorosa y temblando de miedo, con dolores de tripa y gritando “me muero, me desangro”. Su madre hizo venir a un ginecólogo, dos parteras y un farmacéutico que prepararon para la niña una medicina que hizo desaparecer su sangre hasta que un buen día comentó “quiero ser una mujer” y ese día por obra y gracia de su capricho la niña  menstruó.

La niña fue creciendo, con sus trenzas de pelo azabache y su cara de nácar, y en un gusto acorde con la edad se emperró en aprender los bailes de moda y ni que decir tiene que hasta una bailarina de strip tease llegó a la casa  porque de todos los bailes quiso saber y por nada del mundo iban a dejarla sus padres insatisfecha en su curiosidad.

“Quiero enamorarme como las tontas” suspiró una noche delante de la sopa. Su madre miró a los criados y de inmediato trajeron lápiz y papel de invitaciones como para que, en un solo día, se hubiese deforestado el Amazonas. Su padre  organizó entonces una fiesta de hombres vestidos de frac, y para la ocasión bailó la niña todos los bailes, salvo el que le había enseñado la bailarina de strip tease. Después de dar vueltas como una peonza y de bailar con todos  los invitados, se sentó junto a su padre y dijo “quiero a aquel, por sus manos, por su aliento de menta, por su cara de bobo complaciente y porque al sacarme bailar susurró: “la pieza que usted elija señorita; sus deseos son órdenes para mi”.

Su padre hizo de cabeza las cuentas de lo que iba a costarle comprar la voluntad del elegante bailarín que sin embargo, al escuchar los términos de la oferta contestó con un tono remilgado y modales de otro tiempo:

- “Me ofende, usted señor. Amo a su hija y sus caprichos. Será mi vida complacerla y entregar mi voluntad a la suya a fin de darle en todo satisfacción”.

Con alivio, el padre se abrazo a su futuro yerno y pensó que a su muerte no podía quedar Regina ya crecida en mejores manos que en las de aquel joven entregado que entendía su naturaleza y se acomodaba a ella como un guante se calza en una mano o una babucha de seda se adapta a los pies.

Al poco de tratarlo apareció la niña diciendo “Quiero una boda que deslumbre al mundo” y se alquilaron dos castillos franceses para festejos, una catedral gótica y tres salones del ayuntamiento de París que se cubrieron de espejos para que Regina se reflejase y el mundo cegado se rindiera a su belleza.

Ya en su nuevo hogar daba instrucciones, disponía, ordenaba, hacía, deshacía y a veces volvía a rehacer. A la caída de la tarde, al llegar su marido lo esperaba con alguna de esas “inspiraciones” ante las que él era incapaz de mostrarse indiferente

“Nada me gusta mas que ver la despensa llena” decía, por ejemplo, y él mandaba traer comida como para llenar tres alacenas que también  se compraban en ese mismo instante.

“Me gustaría que en nuestro amor fuese siempre primavera” comentaba y él ordenó sembrar en el salón-comedor un campo de amapolas  que les hacían llorar y estornudar de alergia durante las comidas, pero que ella, encabezonada, mandaba cuidar con desvelo para que se conservase intacto como su pasión.

“Quiero que una estrella lleve mi nombre” y una tarde de noviembre, él llegó con un cucurucho de castañas asadas en una mano y un papel garabateado en la otra que decía “Doña Regina de tal es propietaria del asteroide B 612 que desde hoy  lleva su nombre”.

Loca de contenta, la niña pasaba los días con aquel hombre que la complacía hasta en los mas mínimos detalles, que la besaba con la ferocidad de un moribundo mientras le susurraba al oído “te amo por tus ocurrencias, por este amor y por  tus deseos” y ella, se humedecía como las amapolas de su salón con el rocío falso del jardinero, con la lluvia torrencial de las pasiones y lo dejaba entrar, agitarse, sacudirla embarrado. Él, la giraba violento, le mordía los pechos, la escuchaba jadear hasta no ser nadie, y rendida, entrecortadamente suspiraba “por esto vale la pena tu capricho, dilapidar una fortuna y perder los papeles; por esto, por tu fantasía y hasta por el miedo que me da lo que se te ocurra pedir”. Después se desplomaban los dos sobre la cama mullida y llena de cojines según el gusto de él y pasado un rato, pedían al servicio la cena de la que, agotados sólo probaban algo antes de acurrucarse, ella como un bebé y él encajado casi sobre ella, oliendo la mata de pelo de su cabecita caprichosa, esa de la que se prendó nada mas verla, hacía ya algunos años, en aquella fiesta insólita de “quiero enamorarme, papá; pues elige hija mía un hombre entre estos mil”.

Le dolió la operación de los implantes dentales, pero un día Regina dijo  “me gustaría verte la sonrisa de los artistas” y él visitó al odontólogo dando las oportunas indicaciones. Tres semanas estuvo sin comer nada sólido por una infección que le dio al sacarse la última muela del poco juicio que le quedaba. Sin embargo, todas y cada una de las noches de su ayuno, complaciente, le hizo a la niña el amor como si a la caída de la tarde lo invadiese un deseo alimenticio. Ella se dejaba hacer, lo miraba y lo satisfacía a horcajadas, derramada en humedades calientes, generosas. Después lo escuchaba gemir, con un aliento creciente que al final acababa en un grito de fiera malherida, muerta por un rayo a los pies de su cama. Lo acariciaba, besaba sus párpados, lo dejaba dormir sin más alimento que el calor de sus dedos y sus ocurrencias que en aquella época se calmaron al verlo de esa guisa,  desnutrido.

Con el pasar de los días, llegó el séptimo aniversario de la boda y a él le pareció una fecha tan cabalística y redonda como las anteriores, así que sin que ella lo pidiera mandó como siempre a un notario que registrase en un acta cada una de sus peticiones. Sin embargo, este año recibió en el despacho la factura y una nota que decía: “La señora Regina no quiere nada”

Asombrado, llegó a casa mas temprano esa tarde. La buscó y dio con ella en el cuarto de la costura. Allí estaba con la modista, preparando el ajuar  para lo que ya se abultaba en la barriga según su reciente deseo de ser madre. Sin decir una palabra,  apartó los hilos a un lado y le cerró la boca con sus besos de labios relajados y jugosos, lo arrastró hasta la cama y le susurró:

-Es verdad que no quiero nada. Has llenado el jardín de las flores mas extrañas y por la casa corren y vuelan animales exóticos, ni hueco tengo ya para telas, joyas, libros y rarezas, pero de todo lo que me das, mas que cualquier cosa me gusta tenerte dentro y escucharte respirar como una fiera, como un animal remoto y primitivo que desata su instinto. Sólo quiero tus jadeos este año, mi amor, sólo eso.

La miró divertido, y sorprendiéndole su inesperado capricho preguntó arañando el aire con las garras:

-Un animal ¿y qué animal soy para ti?

-Cualquiera -dijo ella sin reparar demasiado-. Cualquier animal que gime agonizante, herido por una mala muerte. Cualquiera vale.

Y se giró para mirarlo y al verle los ojos en blanco se le hizo un nudo en el estómago que la amordazaría toda la vida. Casi sin poder respirar pero aún así, cumpliendo fielmente con sus voluntades, él le susurró “nada me gusta más a mi que verte complacida”. Entonces, el corazón de la bestia milenaria se paró en seco, una hebra de saliva goteó desde la comisura de los labios hasta las sábanas y las zarpas imaginarias rasgaron el aire por última vez.

Horrorizada la niña saltó de la cama y desde el filo lo miraba, se arrancaba los pelos, se arañó la cara, se mordió los brazos, llamó desencajada a los criados que la taparon al verla desnuda  y a gritos mandó traer a médicos, curanderos, magos, alquimistas, taumaturgos, santones, nigromantes, espiritistas y hasta encantadores de serpientes que aplicaban venenos curativos  y cuando el olor del difunto invadió la ciudad, se sobrepuso, ordenó enterrarlo y dijo a sus padres que volvía a casa.

Para recibirla, aquel Viernes Santo se abrieron de par en par todas las puertas, la  principal y la trasera, el portón de las cuadras y la cancela de los parterres. Entró por el jardín, atravesó los campos empapada por la lluvia doliente de los mártires y de las amapolas y chorreando, embarrada como él se plantó ante su casa sin apenas reconocerla ya. Al verla tan desmejorada, demacrada y calva, con las ojeras como surcos y la barriga hinchada su madre le dijo sin soltarla:

-Regina, mi vida, como vienes…Pero no te preocupes, y haciendo referencia al embarazo comentó. Aquí no os faltara de nada. Tú dime, ¿qué quieres?

Y ella inmutable, sin apartar la mirada enfebrecida del infinito, espetó:

-Callarme, eso es lo que quiero. Callarme de una puta vez. Y por fin, después de tantos años la niña enmudeció.  EUFORIA

La niña relinda

                                     Empezaban a brillar las estrellas primerizas y el sol se recortaba contra un mar de fondo, pero antes de desplomarse se derramó en un zumo de naranjas amargas como el aburrimiento. Úrsula miró a lo lejos incendiarse el horizonte y justo entonces, supo que bajarse de aquel cacharro infernal sería, sin duda alguna, una desgracia.            -No voy a subir –le había dicho él con sequedad - Sube tú y si tanto empeño tienes, aquí te espero.

Y había subido a la noria de madera sola como la una, recordando que muchos años atrás, antes de tener un prometido reciente al que aborrecía, un reloj de arena y unos guantes de seda natural, había tenido un parasol de encaje de Chantilly que acabó por romperse en una clase de canto.

Se lo regalaron unas tías suyas venidas de Buenos Aires para el día de su Primera Comunión “porque hay primaveras tardías en las que mayo marcea y viene lluvioso”, le dijeron al unísono, “pero no conviene olvidar los veranos rabiosos y encendidos que abrasan las pieles delicadas de las niñas relindas como vos”.

Las niñas relindas como Úrsula tomaban en aquellos entonces lecciones de francés para el porvenir, ordenaban con pulcritud una casa con tanta discreción como si en ella gobernase un fantasma, y aprendían pequeñas tonadas al piano con algún profesor europeo de cierto renombre. Conviene decir que al cumplir los diecisiete años, Úrsula conservaba aún intactos esos deseos infantiles y su tez marmórea continuaba inmaculada bajo el parasol de encaje de Chantilly que, honradamente, empezaba a quedarse pequeño.

Por aquellas fechas, el maestro de canto murió de repente, de unas fiebres que sólo le afectaron a él en toda la región. Tres días estuvo agonizando, cambiado de color del blanco del alba a un verde macilento de veneno mortal hasta  por fin dejo este mundo en un charco de aguas de sudores febriles lo que dio para comentar que no eran fiebres malayas de lo que había enfermado en el puerto sino del mal de las meretrices y eso convertía al difunto en un muerto muy bien merecido.

Meses tardó un barco en traer de ultramar a otro enseñante con nuevas notas en fa, en si, en mi, en posesivo, poseído y poseedor, pero a su llegada, la voz de Úrsula comenzó a desmayarse por las esquinas, su cara se congeló con la sonrisa inequívoca de los idiotas y acabó por tirar todo lo que cogía presa de esa flacidez manual propia de las enamoradas. El nuevo profesor de canto era un galán de folletín romántico, con su bigote fino, su pecherita almidonada para las fiestas de gala y un sombrerito Canotier para guardar su mirada clara del sol. Sin embargo, pese a tanta delicadeza, resultaba poderoso como un David florentino ante el que postrarse, ceder e incluso suplicar y ese porte apuesto alegraba el ánimo cantarín de la señorita relinda.

Con sus guantes de seda natural y su parasol, dos veces por semana Úrsula y sus tías bonaerenses cruzaban las tres calles que separaban su casa de la del joven músico. Allí se deleitaba ella con sus dedos al piano, su caer de pelo hacia delante o su interpretación sentida de Chopin con su flequillo de vuelta para atrás, y entre tanta sacudida y espasmo pasaban las horas del maestro y la discípula, se rozaban sutilmente los dedos en un cambio de partitura o en “es un do señorita Ursula; pruebe a teclear usted misma dodododododo”.

Enamorado, tan idiota como ella, le dejaba dentro de los guantes algún escrito primoroso para citas furtivas a las que ella siempre se negó, como una niña relinda que era.

-Las horas se pasan volando con usted, señorita Úrsula, le había escrito,

y ella, para que menos se le notasen los colores que le incendiaban la cara de deseo, se plantó en la clase siguiente con un reloj de arena y le dijo:            - Pues mediremos las horas que no es cuestión de que Papá le pague a usted menos de lo que vale” y creyó dar por zanjado el asunto sin saber que determinados asuntos duran toda la vida.

No supo entonces que Mayo vendría lluvioso con un agua de nubarrones negros, aburridos y viejos. Ahora desde la noria miraba el mar pétreo oscurecerse, escuchaba el trajín del puerto y adivinaba entre la multitud a su prometido gordo como un buque ballenero, sin esperanza, sin aventura, insonorizado y se sintió desgraciada como un pobre hasta que las arcadas le vinieron a la boca y se la llenaron de asco.

¿Qué habría más allá del azul para las niñas relindas después de tantos años? – se preguntó. Ya no habría un do, do, do, un si, si, si, un para mi, un para ti, un parasol, un amor loco, repetía sin que nadie la oyese con el ruido de los ejes desengrasados de la noria.

Tranquilizándose, miró de nuevo hacia abajo y pudo ver que después de muchos aguaceros y lunas nuevas, las tías argentinas seguían allí, tan imprescindibles como los árboles en un paisaje boscoso. Se las veía menudas desde tan alto, procurando, como siempre, su honra y su buen nombre al lado del buque ballenero que en días iba a ser su futuro esposo.

Tan viejecitas, resultaba difícil intuirlas despiertas pues habían sido de natural somnoliento y al llegar a la clase de canto, recordó como si fuera ayer, se refrescaban del calor con un jugo de tamarindo o para engañar al frío pedían a la doncella que les sirviera una tacita de té y como los bebés que saciados retiran los labios del pezón para dormirse, las bonaerenses caían en un sopor que animaba el ardor del maestro y favorecía el disimulo de la relinda Úrsula. Pasados los meses y con la confianza del trato, al pianista empezaron a volársele las manos del teclado a la cintura de la  señorita, “respire hondo y controle el diafragma”, le decía. “Respire mi amor que su boca es mi asfixia, mi alimento”, y ella, ofendida, amenazaba con no volver si otra falta de respeto igual se producía, si otro gemido la violentaba, si las yemas de sus dedos la recorrían temblorosas como los moribundos, si flaqueaban sus tobillos y un vértigo se le clavaba en la boca del estómago como las garras de una fiera. “No volveré si no sabe usted contenerse. Pero… ¿por quién me toma?” y por un segundo se borraba de su cara la sonrisa congelada de los idiotas, y recuperaba la fuerza en sus manos agarrada al piano.

Las tías abrían los ojos ante el estrépito y susurraban “presioso, como vos, niña relinda, pero por hoy ya está bien de canto” y otra vez, cruzaban juntas las tres calles que separaban la casa del joven maestro de la suya.

Así, entre idas y venidas se pasaron los años, se agigantaron las ganas y harta de perder el tiempo y casi la cordura, enfebrecida, en una de estas tardes, mientras la isla dormía refrescada por el zumo de limón, la señorita Úrsula le dijo al maestro, “no puedo respirar ni mucho, ni poco, ni hondo si no tengo el alimento de sus besos, la violencia de sus manos, sin que me tome usted por cualquiera…” y él le tomo la cintura y la palabra, con cuidado, descorrieron el piano de pie de la pared del fondo y en un metro de estrecho, y metro y medio de largo hicieron el amor hasta cuatro veces por semana, según permitía el sueño de las bonaerenses.

Allí arriba acariciaba ahora su nuevo parasol, ya cerrado al caer de la tarde, recordaba el piano de caoba, sus cuerdas desafinadas, la tecla dododo y su movimiento desacompasado dejando entrar entre sus piernas el dulce respirar del músico.

¿Dónde estaría él después del escándalo? ¿Después de todos sus gritos, sus insultos y los golpes del parasol de Chantilly que le propinaron las bonaerenses en la espalda hasta partirlo en dos? ¿La seguiría amando? ¿La habría recordado alguna vez?

La noria giraba entrecortada y ruidosa como la respiración de un tuberculoso. En cada golpe de manivela ella miraba abajo y lamentaba no haber salido en su defensa, no haber dicho “lo amo más allá de la virtud, lo amo entre mis piernas, con mis labios, lo amo como se aman las mujeres y los hombres que se mueren de amor…” y lo lamentaba todo profundamente aburrida, aferrada al nuevo parasol que sus tías le regalaron para conservar su piel intacta en su cuarenta y cinco cumpleaños.

Veinte años habían pasado desde que salieran las tres de aquella casa, indignadas, indefensas, ofendidas, dejándolo allí con la crisma partida, el reloj de arena, los guantes de seda y el parasol. Veinte años de aburrimiento mortal, de desmayos, de yo no quería “claro que no mi niña, claro que no…con lo relinda que sos vos y lo decente”. Veinte años esperando a subir otra vez a la noria, a sentir el temblor de las yemas de sus dedos, a que una fiera le clavase las garras en la boca del estómago…

Al llegar la noche ya casi no podía verse nada.  A lo lejos, solo se escuchaba un mar de fondo, el golpear del sol contra el otro lado del mundo, el traqueteo seco de la manivela que giraba el feriante y en esa oscuridad imaginó la respiración sudorosa de su prometido arrastrando sus kilos de buque ballenero sobre ella, y sin pensarlo dos veces, llena de asco, gritó desde lo alto:

- Perdón ¿Podría hacer que la noria girase hacia atrás?

- Lo siento señorita -respondió a voces el feriante- Eso son modernidades, fantasías. Las norias viejas, como la vida, sólo saben ir hacia delante.

-Entonces, por favor, deme vueltas y  más vueltas, no pare nunca, suplicó Úrsula sin que la oyeran llorar, mientras su voz se perdía amortiguada por el ritmo acompasado de los ejes de madera que ensordecían todo, sin remedio.

Lo que queda de un hombre

“Algún día la revolución nos llamará a todos” gritó Andy Ugarte desde su butaca de la asamblea. “Algún día” repitió, pero ya nadie pudo oírlo. Los militares entraron en el auditorio luego de derribar la barricada que los alumnos, solidamente, habíamos tejido la noche de antes apilando pupitres, sillas y encerados. Entonces Andy Ugarte dejó de verse entre la multitud asustada. Alguien dijo después que lo detuvieron esa misma tarde. Yo huí por la puerta de emergencia esperando a escuchar pronto su voz.

Me fui a casa para esperar, y cuando cierro los ojos siempre recuerdo ese trayecto empapada por la lluvia, aunque en realidad no cayó ni una sola gota. Ni una gota, pero yo me recuerdo chorreando y puede que  fuese el miedo, porque pese al amor, el miedo lo tuve todo el tiempo, un miedo de habitación con la luz apagada, un miedo de cuento de lobos, un miedo real cuando venían los perros, cuando en mitad de la noche se podían escuchar los cerrojos de las puertas de las celdas, un miedo de querer ver a mi madre, de regresar, de abrazarme para que dejara de doler, para que la desgracia eligiese a otra.

De aquellos días me queda además la cara de Andy Ugarte contraída, agitada por una pasión revolucionaria que de repente lo convirtió en un hombre de los nuevos tiempos y le borró los granitos de adolescente, la torpeza de los bailes en casa de su primo Pipo, los besos que generosamente nos dio a todas porque todas fuimos las llamadas por la revolución y lamentablemente todas fuimos también las elegidas. Si quiero recordar con otras sensaciones  sólo huelo a podrido y a humedad, el color de las paredes de la celda se me aparece  de un gris pardusco, con desconchones como charcos y las voces regresan como aullidos.

También  recuerdo que durante horas venía el silencio, pero la nostalgia  de la vista a veces sólo me devuelve la cara de Andy Ugarte, su cara de la última vez, desapasionada ya, vencida, llena de moratones y veo su melena rapada, sus manos colgando inertes y una mirada triste de suplicarme perdón, de querer sobrevivir a la derrota de ser simplemente un hombre que ensombrecía al héroe que yo amé. Porque yo amé a Andy Ugarte por encima de todas las cosas y esperé semanas su llamada para unirme a él desde, en y por la revolución. Todo se mezcla en el  desconcierto de los primeros días. Como susurros, los rumores recorrían las calles y se decía que tras el asalto a la Universidad habían caído sindicalistas, obreros, estudiantes, operarios y sobre todo marxistas. Algún militar leal al Presidente también cayó, pero nada con certeza se sabía en aquel mar de terror y desasosiego que era mi país ocupado por su propia gente. Sólo algo indudable se me agarraba al pecho como una tenaza: Andy llamaría a los fieles para la acción, para avisar a los perseguidos, para lo que fuese y yo estaría allí.

Mi mamá lloraba y decía:

-Tú te vendrás porque no sabes lo que es esto. Esta gentuza no va a andarse con tonterías – insistía haciendo las maletas- ¡Eres apenas una niña! No discutas. Cuando se calme todo, te regresas ¡Qué gilipolleces son esas de la mayoría de edad! Pero vamos –continuaba-  en cuanto nos los facilite cualquier embajada salimos de aquí por pies. ¡Que firme quien tenga que firmar, que nos largamos!  Bebe, cariño –seguía hablando sola- esto es serio y puede no tener límites. 

Mientras tanto mi papá iba y venía intentando resolver nuestra salida y finalmente, mi familia salió por mediación de la embajada canadiense con un grupo de artistas que andaban de gira. Nosotros en realidad éramos visitantes de larga temporada. Habíamos llegado desde España hacía unos cuatro años porque mi papá era autor teatral y soplaban entonces aires muy libres del otro lado, así que se decidió a venirse para acá.

Pensó en poder dar rienda suelta a lo que él, freudianamente llamaba “su ego creativo”. Mamá,  muy disciplinada como actriz y musa del creador lo siguió y mis dos hermanos y yo también nos vinimos a ultramar cuando recién había cumplido los catorce.  En sentido estricto, por tanto, este no era mi país ni en los documentos ni en la ficha policial, pero es que uno es de donde ama y yo amaba a Andy Ugarte apasionadamente. Lo amaba desde que lo conocí a las puertas de un café en el que mi mamá se desnudaba como un brindis al arte por el arte, al arte puro, desnudo de artificio. Andy fue desde entonces toda mi patria contra los documentos, contra los militares y las embajadas, era mi paraíso, era mi vida. Después cuando me crucé con él en aquella prisión clandestina, desde la suplica de perdón de sus ojos no me pareció reconocer ya ni su sombra.            No subí al coche de la embajada. Recuerdo ver a mi mamá a través del cristal trasero gritándome como las locas a las que arrebatan a sus hijos, la  recuerdo deshecha en gestos de indignación y dolor; recuerdo que mi papá acariciaba su pelo y tal vez le decía “déjala, es mayorcita aunque no sabe lo que hace”. Veo las manos de mi papá soltarse de las mías. Recuerdo también haberle tirado un beso y volver a casa para esperar a Andy y Andy llamó.

Ocurrió como ocurren estas cosas, a escondidas, entre murmullos y señales secretas. Una mañana a la vuelta del mercado mi vecina del cuarto piso se desplomó en la calle. Para entonces mis padres ya debían estar fuera del país. Los niños jugaban al balón, goleaban y festejaban los goles como si el mundo girase sin importar nada. Un grupo de gente se arremolinó sobre mi vecina; pedíamos un médico o un confesor o que cualquiera que supiera hacer algo fuera capaz de hacerlo y entonces, cuando nada se podía hacer por aquella desgraciada levanté la vista y allí estaba el primo Pipo Ugarte, irreconocible con una bufanda que apenas dejaba ver su barba poblada. Ya no parecía el chico de los bailes agarrados. Las ojeras rodeaban sus ojos como una amenaza y sin darme tregua dijo:

-Nos vigilan, vigilan tus pasos, tu casa y la mía. Loca. Tuviste que haberte largado –reprochó rozándome apenas.  De Andy supe ayer, quiere verte. Necesita que repartas unos documentos. Recogelos en el 68 de la General. No te demorés. Ve sin falta hoy. Cuidá que no te vean Bebe, que no te vean.

Al anochecer, la ciudad se quedaba desierta y todo lo siniestro parecía adueñarse del planeta. Se hacían redadas, se violaban mujeres, se robaban niñitos; los furgones policiales se llenaban de gente que no volvió a verse. Era como si por unas horas la cordura desapareciera de la faz de la tierra y como ratas, de sus madrigueras salieran las pasiones mas bajas para dar un escarmiento a los rebeldes. Todo se sabía entre murmuraciones pero yo era una niña de dieciocho y esperé para ver a mi amor como si todo sucediera sin rozarme, como si fuera parte del decorado.

Aún así, me recuerdo asustada. Recuerdo también que aquella noche no tuve hambre, solo la boca seca y sed, mucha sed  y ganas de que el tiempo corriera veloz. No había un alma. Me asomé al balcón, escuché caer las gotas de lluvia con la constancia de las balas y me abrigué. Decidida, inflamada diría, bajé las escaleras de dos en dos. Ya en la calle me calé bien el gorro, me ajusté los guantes; el aire me arrastraba y a cada paso tenía que resistir un vendaval de furia que insistía con devolverme hasta casa. ¿Qué será de mi si me descubren? ¿Qué será de mi? me repetía y agigantaba las zancadas sin despegarme de las paredes, incapaz de dejar de soñar con Andy Ugarte tan guapo, tan liante, tan lleno de promesas. Andy Ugarte se aparecía en mi ficción siempre como un artista de cine: alto, casi interminable y tan meloso, lo escuchaba enfrascado en una de esas arengas revolucionarias que le dieron fama, que me embobaron. Me embobaron sus palabras, las yemas de sus dedos, el calor de su boca generosa, los posters de su cuarto, su boina del Che y su risa. Me embobó su esperanza… Ahora desde su escondite me había mandado llamar para que fuera su correo esa noche y allí  estaba yo luchando contra un huracán para dar esquinazo a los tanques de los militares que ocupaban la General. Pero no pude. Al primer paso me vieron. Nada más aparecer por la acera me vieron. Luego supe que me estaban esperando.

Me dieron el alto, me encañonaron con una luz de foco de centro de escenario y para acallar el gimoteo de mi pánico me golpearon la cabeza con la culata de un fusil de asalto. Tirada en el suelo un soldado me daba puntapiés en la espalda, me llamó zorra de mierda, me hizo jurar que amaría a la patria por encima de todas las cosas y yo juré porque Andy Ugarte era más que mi patria, era todo mi mundo. Me taparon los ojos con un trapo que olía a gasolina, me ataron las manos por detrás y a empujones me subieron a un furgón. El techo era un toldo de lona que ululaba con el viento y ahogaba los llantos de cualquiera, pero antes de que nos bajaran de allí una mujer susurró:

- ¿Pueden oírme? Me llamo Raquel Palladini…Raquel. Por si no salgo busquen a mi mama y díganle que lo siento.

-Soy Licia Páez –replicó otra voz entrecortada. Perdónenme el olor…Perdón.  Me oriné por el miedo -siguió llorando. Estoy embarazada.

El viento de la noche era lacerante y se colaba por arriba sin que el toldo remediara el frío.

-Soy  Elisa López  no me olviden. Vivo en las Flores 16.  ¿Dónde nos llevan?

- Mis padres son artistas. Yo no hice daño a nadie –balbuceé. Recién cumplí los dieciocho. Yo sólo estoy enamorada.

Nos bajaron a empellones a las cuatro. Nos quitaron el trapo de los ojos y vimos que las puertas de un garaje de varias plantas se cerraban detrás de nosotras como paletadas de cemento caen sobre una tumba. Los perros ansiosos nos olisquearon. Dos soldados me lamieron el cuello llevándose la lluvia y me agarraron las tetas como si pudieran arrancarlas. Instintivamente me giré con brusquedad para zafarme y entonces lo vi. Andy Ugarte lloraba desde el fondo del garaje. Casi no era él.  Era otra cosa. Parecía desolado, sin palabras ni revoluciones; había perdido el pelo y la esperanza…

Días después yo también hablé. Dolorida, avergonzada y suplicante.  Hablé para que cesaran las sesiones nocturnas. Traicioné  a Pipo Ugarte, a los niños que jugaban al balón y a mi vecina muerta. Habría delatado a Eva en el paraíso; yo sólo quería caer en el olvido, que me dejaran en paz, por una noche dormir en paz. Inventé, mentí, dije lo poco que sabía y moqueé como una niña cuando ya los perros me reventaron. Pipo Ugarte resistió sin hablar hasta el final. Años después me lo contó en la parada del autobús de la General con la 28. De Andy no sabía nada. Yo tampoco, pero en el frágil abrazó de despedida los dos supimos que en lo más oscuro de la noche siempre esperan agazapadas las bestias.

Polvo



Mi hermano Mauricio lleva la urna. Nos la han dado en el crematorio y la ha cogido él. Casi como si sólo le perteneciera a él, como si él fuera su único hijo. La aprieta contra su pecho temiendo que pudiera caerse y se aferra a ella con tanta fuerza que sus dedos la pueden traspasar como se atraviesan las tierras pantanosas o los pedazos de mantequilla. A ratos se suena los mocos y a ratos llora con hipos exagerados por mi madre. Yo estoy cansada y deseosa de llegar a casa. Nada más.

Al subir, una voz anodina nos avisa de que el tren se detendrá en cinco estaciones y en un apeadero. Mi hermano Mauricio va al lavabo una vez en todo lo que llevamos de trayecto. Ni siquiera entonces me da la urna; prefiere dejarla apoyada contra el respaldo de su asiento. Varias veces parece que va a volcar. Cuando vuelve sacudiéndose las manos recién limpias lo miro con desprecio y le digo:

-Se tenía que haber deshecho de ti como le ordenó papá.

No sé porque lo digo. Puede que sea el cansancio. Además me aprietan los zapatos, nos queda el entierro y estoy harta de tres días de luto, de papeleos y besuqueos familiares. Puede que ni siquiera lo piense, pero el caso es que después de treinta años sin hablarle eso es  lo único que soy capaz de decirle cuando vuelve del baño y coge de nuevo la urna con las cenizas de mi madre. Él ni me mira.  Ahora se suena los mocos con un pañuelo de hilo. Parece muy suave.

El tren va despacio. Deja atrás los postes de la luz como sin ganas y los pájaros se posan en los cables como si fueran calcetines negros que se tienden muy juntos. Mi madre tendía continuamente calcetines. Los lavaba en un barreño de latón porque a mi padre le sudaban tanto los pies que se cambiaba de calcetines cada tres horas. Olían a rancio como algunos quesos muy fuertes. También le sudaban las manos. Se las secaba con pañuelos de hilo, blancos. Los llevaba siempre arrugados en el bolsillo del pantalón.

En verano las botas lo mataban pero no podía deshacerse de ellas, ni de la gorra de plato, ni de los galones dorados y falsos. Mi madre procuraba tenerle a punto mudas de ropa interior, calcetines y pañuelos, cada tres horas. Después de que se cambiara, era como si reviviese, con un aspecto casi saludable. Incluso parecía que no hubiera bebido.  Entonces se acomodaba detrás del cristal de la portería y encendía la radio, ordenaba las llaves de los pisos y con una letra grande y plagada de faltas ortográficas anotaba algunos recados. Allí mi padre no existía y mi madre cantaba feliz.

Cantaba boleros y a veces se inventaba canciones en inglés de las películas que había visto cuando era niña, antes de que mi padre le jurase todo lo que le juró. Mi padre juraba con mucha facilidad. “Os juro que saldremos de esta pocilga y tendrás vestidos bonitos y tú podrás ir a un buen colegio” decía.  Yo lo escuchaba con fervor. Le veía los ojos llenos de lágrimas y de verdad creía que saldríamos de allí. La retahíla de juramentos comenzaba con la cena. Casi siempre eran acelgas y un hoyo de pan con aceite. A veces cogía la navaja del cajón de los cubiertos y se cortaba un poco de tocino que luego envolvía otra vez en papel de estraza. Se veía aceitoso. Mi madre le acercaba también el vino. Le servía en silencio un vaso y luego otro y él juraba con la certeza de los locos “que saldríamos de allí”, “que algún día tendríamos ese lujo que sólo veíamos de lejos”. Bebía y juraba. Al rato se desplomaba como un saco de patatas sobre el hule de la mesa camilla y mi madre decía “ayúdame a acostarlo”.

Mi hermano Mauricio duerme también. Se tenía que haber deshecho de él como le ordenó mi padre, pero duerme junto a mi. El tren se ha ido vaciando en las paradas. No ha subido ningún pasajero a nuestro vagón. Nadie nos ve impasibles el uno al lado del otro. Quien nos hubiera visto creería que somos dos extraños. Quien hubiese reparado en nosotros detenidamente sabría que somos enemigos.

Sigue aferrado a la urna aunque no puede sentir que yo la he abierto. Estoy inquieta por verla. Mi madre ni siquiera es polvo de estrellas o pavesas de amor. Es ceniza; de la misma naturaleza sucia que la ceniza de un cigarro que se consume. Vista desde dentro del vagón la muerte es oscura. No es nada.

No quiero que mi hermano se despierte, pero tengo curiosidad por sentir eso tan terrible del fin de los días. Se me quedan los dedos manchados. Mi madre no parece mi madre ni al tacto. Ya no lo es. Yo cierro la urna como ella cerraba su caja de galletas, la de las fotos. La recuerdo tiernamente. Por primera vez en años cierro también los ojos y puedo verla con su caja. Estaba tan oxidada que para abrirla tirábamos las dos: yo de la caja y ella clavaba las uñas en el filo de la tapa y tiraba también. Siempre se caía alguna foto y el paquete de papeles viejos que guardaba atados con una cinta de seda amarilla “las cartas de tu padre. Las de la mili”. Las cartas estaban llenas de juramentos. Aún no olían a vino, sólo a papel y a buenas intenciones. Al rato mi padre aparecía. Mi madre le había preparado la muda y temblaba. A veces se sonaba los mocos y se limpiaba las lágrimas pero no tenía pañuelos blancos. Cogía el filo del delantal y se sonaba. Era agüilla. Mi padre la miraba ya sin el amor de las cartas de amor. Le pedía vino y se sentaba como un señor detrás de los cristales de la portería. Mi padre parecía un señor con su uniforme, pero no lo era.

En el trayecto del tren hemos pasado dos provincias. No ha subido ni ha  bajado nadie. Es como si la vida se hubiese detenido con los pájaros en los alambres muertos como se mueren las hojas en otoño, sin remedio, porque así debe ser. Como el respeto por  los hombres de la casa. Como un deber inexcusable. Mi hermano ha dejado de fingir que llora. Ya no aprieta la urna. Duerme plácidamente. Puede que incluso sueñe.

Yo he dejado de ver a mi madre con la caja de galletas y oyéndolo respirar con la pesadez de un dinosaurio le he quitado la urna. Le he subido un poco las solapas del traje por si tenía frío. Es un acto mecánico que hubiese hecho por otro viajero, pero no había nadie. Todo el frío de la noche se ceba en Mauricio, por eso lo abrigué. Pero ya no lo querré de nuevo. Jamás.

He pensado otra vez en la portería. He pensado con asco en mi padre. Ahora

abrazo la urna buscando librarme del cansancio. Después he hincado un pie en el talón del otro y me he quitado un zapato. El otro zapato me lo quité con la mano que no sostenía la urna. Lo hice con el mismo desdén con que mi padre se quitaba el cinturón y lo dejaba colgado en el respaldo de su silla. A veces había suerte y se desplomaba como un saco de patatas sobre el hule de la mesa camilla. Otras veces no. Comenzaba con los juramentos, con las lágrimas en los ojos, con los apretones de los brazos y después ya no sabía por donde acabar. Maldecía y juraba “saldremos de esta pocilga…Puta deshazte de él, deshazte de él…No es mío. ¿A quién te follas, zorra? No tienes bastante… Saldremos de aquí”. A veces ya no se le entendía nada porque la lengua se le hacía de trapo, enredada como una madeja, como se enreda un vagabundo por las calles oscuras.

Cuando Mauricio nació todo fue a peor. Mi madre escondía las deudas, las botellas vacías, los moratones y las cartas con los juramentos. Ya no cantaba boleros. Ya no era feliz ni a ratos. Ya no acariciaba las mudas de mi padre. Ahora vomitaba con el olor rancio de sus pies.

El tren acelera. Mi hermano ronca. Las gafas se le han escurrido un poco y puede que se le claven las patillas en las orejas. Resopla. Me parece aún más joven que la última vez. Me parece más niño ahora que duerme. Sin maldad. Nos separan siete años y un abismo. Nos separa su sueño en el que nada importa. No ha subido nadie al vagón así que ya no llora ¿Para qué? Sin público no hay pena porque en realidad no hay pena.  Está tranquilo. Podría no estar pero está aquí. Ahora tampoco siente la falta de la urna. Desde hace un rato yo no puedo dejar de abrazarla. Mi madre ya no es nada salvo el recuerdo de sus papeles viejos y su cinta de seda amarilla en mi memoria. Puedo verla otra vez ojeando su vida mientras la peino.  La radio sonaba desde la portería. Mi madre rogaba en silencio para que ganase el Madrid pero marcó el Bilbao. Mi madre se abrazó a la caja de galletas oxidada. Yo me agarro a la urna y mi abrazo le llega después de treinta años. Aún tiembla. “Si te corto el flequillo no se te verán las arrugas de la frente”.

Era domingo. Mi hermano salió de la habitación. Estrenó un abrigo. Lo lucía bien. Ahora sólo parece más niño en su cara dormida. El cuerpo se le va doblando y cede por la tripa. Los rizos rojos se le pierden en una calva a rodales bastante desagradable. Entonces era guapo, era joven; quizá aún era bueno. Llevaba un abrigo viejo, regalado, pero mi madre le había dado la vuelta. El bolsillo apareció en el lado contrario. Eso era de pobres, pero iba a ir al baile de todos modos. Allí había muchos trajes y abrigos vueltos. Buen paño de estreno también. Era muy joven, casi un niño. Salió de la habitación justo al terminar el partido.  Muchos vecinos bajarían de Chamartín dando un paseo. Otros volverían de misa. Él esperaba para abrirles la puerta.

Mi madre se puso a cocer las acelgas y le preparó un hoyo de aceite a mi padre. Después, con esmero, deslío el papel de estraza y cortó el tocino. Guardó la navaja. “Hoy se guarda la navaja”, dijo. Mi hermano Mauricio se había cambiado la muda interior dos veces. Le olían los pies como a mi padre. Pienso en si aún le olerán con ese olor a rancio del sótano. Creo que no. Ahora lleva un abrigo con el bolsillo en su sitio. Parece que se gana bien la vida. No lo sé. Abrazada a la urna no sé nada. Sólo empiezo a llorar y entre lágrimas lo veo salir. Se r¡tenía que haber deshecho de él y yo no hubiera llorado tanto por la pena de saber que huía.

Lo veo limpio, atendido como el señor que no será nunca. Yo lo cuidaba; domaba su pelo crespo con brillantina que sacaba a escondidas de la peluquería. Yo lo quería impecable, como al otro hombre de la casa. Era un hombre. Ahora sin esforzarme lo veo en la escalera de la finca. Casi no había vecinos un domingo por la tarde. Los estuvo esperando. Desde la calle saludó a mi padre. Después entró de nuevo y  apoyado en la barandilla se distrajo jugando con los nudos de la madera. Pasaba su dedo indiferente, coqueteando con dibujos fantásticos. Estaba ajeno. Como siempre. Crecido con su pelo rojo, el mismo de mi padre. Lo escuché decir algo a algún vecino ilustre, tan servil como mi padre. Pude oler su loción para después del afeitado, la que yo robaba en la peluquería también para él.

Después lo vi cogiendo el ascensor. Vio a mi padre cerrar la portería y entrar en el sótano dando tumbos, lo oyó gritar. Ya no juraba que saldríamos de esa pocilga. Sólo nos gritaba insultos. Tropezó con una silla y se cayó. Tirado en el suelo palpó debajo de la cama con la ansiedad de quien mete la mano en un nido de víboras en busca de oro. Enganchó a mi madre, la sacó de los pelos, muerta de miedo. Le desarmó el moño italiano que le había hecho y le descompuso el flequillo recién cortado. Ella lloraba. Abrazada a su caja de galletas, lloraba por las cartas de amor y los juramentos, por el lazo de seda amarilla y por sus penas sin luz del sótano. Mi hermano Mauricio iba a bailar y canturreaba un bolero en la escalera. Sin inmutarse, impávido. Yo salí hasta el portal. Yo le rogué auxilio.

Ahora ronca como un cerdo a mi lado. Después dijo que él ya estaba arriba y que no escuchó nada pero yo lo vi mirarme cuando cogía el ascensor y escapaba muy lejos, a kilómetros de nosotras, de mi madre, de mi y de los flequillos y de las tijeras. Escapaba sereno, indiferente. Sus dedos habían dejado de jugar con la madera de la barandilla y ahora pulsaban un botón de subida, de distancia. Después juró que cuando comenzó todo él ya estaba en casa de los Srs. Mendoza a por su propina. Era de jurar con facilidad, como mi padre.  Después dijo muchas cosas mientras yo me aferraba a mi garganta rebanada con la misma fiereza con que abrazo la urna en que se ha convertido mi madre. Después, mucho después mi hermano a mi lado sigue muy lejos…

Una voz anodina acaba de decir que llegaremos a nuestro destino en veinte minutos. El sol intenta abrirse camino detrás de los raíles. Los postes continúan pasando con desgana. Voy al lavabo pero no dejo la urna. Me palpo las piernas para recomponerme las medias y siento unas varices grandes como la soga de un ahorcado. Me toco el cuello. Lo maquillo un poco para aliviarle el tono violáceo. Ni siquiera me molesta ya.  De lejos llegan atenuados los ronquidos de mi hermano Mauricio.  Van a menos. Bajo la ventanilla del baño. Se cuela el frío. Ahora se dispersa y no se ceba sólo en él. También se me cuela a mi. Los postes de la luz se siguen alejando uno tras otro. Los pájaros de los cables no me parecen ya tan tristes. Cantan tímidamente y aletean. Yo los miró con la solemnidad de los descubrimientos. Mi madre vuela con ellos como polvo de estrellas

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