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Vila Arcarons, Nuria (Reina)

Caramelos, bombones y chocolate

Caramelos, bombones y chocolate

Hay  supermercados que no tienen una sección de delicatessen.  Me molesta.  A mí me gusta curiosear entre  las estanterías llenas de productos sofisticados que  nunca compraré.  Me gusta ver esas latitas  y leer las etiquetas para saber de qué país exótico vienen.    Es como una visita al museo.  

También me fijo en la cesta de la compra de la gente que se pasea por el supermercado.  Sólo me interesan las personas que  llevan algo dulce.  Me gustan los hombres y mujeres que reconocen la importancia de los dulces.  Yo los sigo por los pasillos hasta que pasan por caja.  Y a veces he ido más lejos, con ellos.  Lo hago disimuladamente, siempre con una lata en la mano de algún producto  tremendamente caro de la sección de delicatessen  para que así piensen que soy una dama excéntrica y entrometida.   Me moriría de vergüenza si se dieran cuenta de que los sigo.  Aunque no dejaría de hacerlo.   No podría.  Todos necesitamos días dulces.  Una vida no es una vida si no hay en ella momentos tiernos y empalagosos.

Caramelos

El era un joven alto de ojos castaños y pelo rizado del mismo color .  Parecía un dios griego.  Incluso sus manos parecían esculpidas por Miquel Ángel.  No se decidía.  Al fin optó por unos pequeños caramelos en forma de corazón que como perlas se escurrían entre sus dedos.  Se dirigió a la salida para pagar.  La cajera le ofreció una sonrisa de admiración pero él no lo advirtió.  Tenía la cabeza en otro sitio. Empezó a correr hacia la universidad.  Estaba ansioso por llegar la biblioteca .   Y esas prisas no eran porque allí  lo esperaban sus huesudos libros de Medicina.  La idea de ser médico no le disgustaba pero no era una pasión. La Medicina era algo familiar. Un desenlace de su vida pronosticado por todos: él seria médico como su padre y su abuelo.  Él, como quien tiene una enfermedad crónica,  había aprendido a vivir con su destino.

Lo que realmente importaba de la biblioteca era ella.  Inquieta, esbelta, delgada, una bailarina.  Llevaba siempre una bolsa de fresas rojas en la mano.  Era su único almuerzo, “por la vitamina C” decía  cuando le preguntaban los compañeros de universidad.   Para el aprendiz de médico ella era la mujer que te llevas al desierto  y tumbas en una duna para besarla ardientemente durante la puesta de sol.   La princesa que te mira desde el balcón de su palacio y te lanza su pañuelo impregnado de un dulce aroma virginal.  La chica  que besas sobre la arena de la playa una noche de verano con luna llena.  

“He aquí mi destino: Hablarle por primera vez.  Decir palabras que le lleguen al corazón. ” el aprendiz de médico pensaba en lo que iba a decir.  Al volver del supermercado con sus perlas de caramelo se sentó en su silla calladamente sin atreverse a levantar la cabeza porque ella estaba sentada justo enfrente de él.   El silencio en la biblioteca era absoluto.  Él podía jurar que oía su corazón latir con tanta fuerza que temía las quejas del personal de la sala.    No volvería a tener una oportunidad como esa “Le ofreceré un caramelo.  Le preguntaré como se llama  y pondré en sus delicadas manos mi existencia”.   

“Hola” dice él.  Varios estudiantes que están sentados en la misma mesa levantan la cabeza de sus libros.  Ninguno de ellos responde a su saludo pero lo miran.  Él la mira a ella y vuelve a insistir “Hola”.

“Hola” responde  ella.

Desconcertado y nervioso por la respuesta  se queda en blanco hasta que al final se acuerda de los caramelos: “¿Quieres un..... ?” no le da tiempo a terminar la frase.  Ha sacado los pequeños dulces con tanto ímpetu que le resbalan de los dedos y empiezan a saltar por la mesa, entre los libros. Las perlas de caramelo terminan por caerse y ruedan por  el suelo armando un gran estruendo.  El suelo es de madera y el ruido de los caramelos rodando por las tablas parece interminable.  Las pequeñas pepitas dulces quedan esparcidas por todas partes.

Se acerca una señora de personal de la biblioteca a la carrera “Sabeis de sobras que en la biblioteca no se puede comer ni armar tanto ruido”

El aprendiz de médico se arrodilla y se mete debajo de la mesa como el avestruz que esconde la cabeza.  Empieza a recoger las perlitas dulces.  Ningún otro estudiante se levanta de la mesa para ayudarle, excepto ella que, sonrojada, se arrodilla y se mete también debajo de la mesa.  Recoge uno de los caramelos lo mira a él con una mueca de complicidad  y se lo lleva a la boca mientras le dice “Mis favoritos”.

Bombones

Dos amigas empujan sus carritos de la compra.  En el carro llevan aventuras y desventuras de la vida en pareja.  Se conocen de hace muchos años  Una es rechoncha y alta,  metida en un traje pantalón ceñido y unos zapatos que le habrán dicho que son modernos pero que parecen de hombre.  En el brazo lleva un bolso grande que es el último grito y un corte y color de cabello de peluquería cara.  Es una mujer muy segura de sí misma o eso parece.  Se llama Montse. 

“Seguro que me regala bombones” dice mientras coge una caja roja en forma de corazón que hay en una de las estanterías del supermercado. “Mi marido cada año me regala lo mismo.  Como si no supiera que no toco el chocolate para no engordar.  Otro año que la señora de la limpieza se irá a su casa pensando que soy una persona muy generosa y que la quiero mucho.”

La otra amiga, en cambio, es más delgada y no tan alta.   Se llama Marisol.  Lleva un jersey a rayas con un escote generoso, una falda de pana ajustada a sus curvas y unas botas muy femeninas.

“Pues eres afortunada, yo hace años que no veo un regalo el día de los enamorados” coge la caja  de bombones que tiene su amiga en las manos “¿sabes qué te digo? Que me  compraré yo misma los bombones” dice Marisol dejando la caja en su carrito.  “Me pueden salir canas esperando a que me regale él.  Joaquín es de los que no celebra las fiestas porque dice que son un pretexto para consumir.  Y con este argumento tan elaborado escatima los regalos.”

“Joaquín es un egoísta Marisol.  Bueno, todos los hombres son unos egoístas pero el tuyo es el paradigma.  Es el modelo sobre el que se han escrito los libros que hablan del egoísmo de los hombres” Montse hace una pausa.  Deja un paquete de croquetas congeladas dentro de su carro y mira a su amiga “Yo no sé como lo aguantas. Tienes un buen trabajo y eres joven.  Puedes escoger todavía.  No tienes hijos con él, no hay nada que te ate a esta relación”

No era la primera vez que Marisol era aconsejada en esta dirección.  A nadie le gustan los consejos.  Son una intromisión.  Pero Montse era diferente, ella era como una hermana.  El carro de Marisol seguía vacío a excepción de la caja de bombones. 

“Tenemos nuestros buenos momentos.  Con él no me aburro nunca.  Salimos mucho de restaurantes y de copas.  La vida pasa con él.” Dijo pensativa.

“La vida pasa pero por delante de ti.  Vuestra relación no progresará, él no dará ningún paso adelante.  Ni por ti. No quiere responsabilidades.  Eso sí, te jurará y perjurará que te quiere hasta la muerte”  Monste se ríe sola.

“Tu te sueltas mucho hablando de mí   pero  ¿ y tú? Siempre hablas de tu marido y lo que no hace por ti ¿por qué no dejas tú a tu marido?” Marisol se subleva..

“Por que lo mío es de mutuo acuerdo.  Yo soy igual que mi marido: una egoísta.  Nos queremos a nuestra manera.  Pero no hay romance.  Nuestra forma de vivir es la de la mayoría de parejas del mundo civilizado después de cinco años de vivir junto a alguien.“ dice Montse  con cierta amargura.

“Ahora no te sigo.  Yo también llevo más de cinco años con Joaquín.”

“Pero tú eres diferente Marisol.  Te conozco desde niña. Tú eres una mujer dulce” Montse pone un énfasis especial en la palabra dulce aunque habla distraídamente porque está intentado coger unas empanadillas congeladas que están en el fondo del estante. 

“Lo dices como si fuera una lacra ” Marisol la escucha atentamente. “No.  Es todo lo contrario.  Es una virtud y la poseen cada vez menos mujeres.  Tú te entregas a los demás.  Regalas tus sonrisas, harmonía, confianza.  Y lo haces de una manera sincera. Y cuando quieres a alguien lo haces con pasión, ofreces tu cuerpo, tu alma y hasta tu corazón con toda la inocencia del mundo, sin ver los peros y los contras y las puñaladas rastreras”.

“No te pases, tampoco soy una cría de veinte años.” Marisol la interrumpe.

“Sí que lo eres y esto es lo que tienes que te hace única.  Esto es lo bonito de ti.  Yo no sé hacerlo esto, ni lo hago ni lo haré nunca.  Yo no sueño, yo soy de las que calcula, pienso en lo que pasa y en lo que pasará, no desconecto.  Y me apena ser como soy no creas porque viviendo así, la vida pierde toda su emoción.”

Montse dejó de hablar y siguió llenando el carrito con otros productos congelados precocinados.   Marisol cogió un paquete de cereales y le dio la vuelta para ver el contenido en vitaminas.  Estaba pensativa.   Montse siguió hablando.

“Tú sabes emocionarte.  Tendrás sesenta años y la vida te emocionará.  Tú puedes empezar de nuevo y enamorarte de otro hombre con la misma frescura que cuando tenías veinte años.  Por eso te digo que estas con el hombre equivocado. Tú necesitas un caballero que te regale bombones en cajas rojas cada día de la semana.  Alguien que piense que sin ti no existiría, un hombre que se sienta verdadero cada día que pasa porque tú estas a su lado.  Un hombre que te cuide y que te mime como a la niña que llevas dentro.”

“¿Sí, claro que sí, y en qué estantería del supermercado se puede adquirir este tipo de hombre o a lo mejor viene como regalo sorpresa  en los paquetes de cereales?“ Marisol abrió el bolso y sacó un pañuelo.  Dos lágrimas resbalaban por sus mejillas.  Montse la mira y se ríe de ella al mismo tiempo que deja su carro y abraza a su amiga con todas sus fuerzas.

“Que envidia me das Marisol” Montse coge la caja de bombones que tiene su amiga en el carro “Anda deja de llorar, vamos a probar uno de estos bomboncitos.  Mira tómate éste seguro que va cargado de algún licor empalagoso que te reanima” Montse desenvuelve uno de los bombones y se lo ofrece a su amiga.

“Que haces loca, déjate de bombones ahora.  Mira lo que has hecho, has roto  el envoltorio donde estaba el código de barras ahora no pasará por caja.” Marisol mira el celofán transparente y después  el pasillo por si hay algún cliente cerca.     “Trae, trae, vamos a dejarla por ahí, detrás de  los tetrabrick de los zumos, allí no lo verá nadie” dice Marisol en voz baja.

“Espera. Espera esconde solo la caja.  Los bombones me los meto en el bolso” responde su amiga  Montse.

“Estás chiflada.  Que bochorno.  Espero que no nos vea nadie”  continua Marisol.   Pero en un ataque de pánico empieza a coger bombones también ella ¡.  Las dos amigas meten todos los dulces en sus  bolsos para esconder las prueba del delito.

Un instante después, ven un hombre por el pasillo que se acerca a ellas pausadamente.  Parece tímido.  Tiene ojos risueños y azules.  Su pelo es liso y tiene un estilo muy inglés.

“Disculpad las molestias.  Soy el encargado del supermercado. Debo informaros que os estamos viendo por las cámaras de seguridad, son esos pequeños objetos que tenéis allí arriba a vuestra derecha y a vuestra izquierda.”

Montse y Marisol miran hacia arriba despistadamente.  No saben que hacer ni que decir.  Hay un silencio tenso y al final Marisol saca de su bolso los bombones.

“¿quieres probar uno?” Marisol lo mira con cara de buena.  Él acepta el ofrecimiento, coge un bombón y le da a Marisol  una sonrisa dulce y  muy prometedora.  Chocolate

Cuando arriesgas en el amor los desenlaces pueden ser dos.  El primero: nunca conseguir lo que buscas.  El segundo: conseguirlo y vivir una relación autentica.  En los dos casos es necesario un poco de chocolate.  Los que no consiguen encontrar lo que buscan aliviaran sus amarguras y su soledad con el dulce.  Y los que viven enamorados para siempre tienen un buen motivo para la celebración.            Debería inventarse un chocolate dulce y amargo a la vez.  Para las madres.  Ellas viven toda su vida enamoradas.  Ellas quieren durante toda su vida y sus hijos se encargan de llenar ese amor de claros y oscuros, como en un cuadro de Caravaggio.  Sin duda es el amor eterno por excelencia.  Los supermercados están y estarán siempre llenos de madres.  Algunas verdes,  algunas maduras.                “Anda ve y coge la pasta de dientes.  Coge la de rayitas verdes” dice Amanda a su marido.            “Siempre lo mismo.  Ya sabes que esa a mí no me gusta” responde él con un tono nervioso.            “Da igual cariño, con los pocos dientes que te quedan, tampoco lo vas  a notar.  Te tengo que decir una cosa Abel.  Cuando vuelvas con la pasta de dientes te la digo”.            Amanda es una madre madura.  Le  dirá algo a su marido que no le sentará nada bien.  Abel tiene una salud delicada.  Tiene un corazón débil y el médico le ha prohibido fumar, beber e incluso excitarse demasiado ya que se le sube la tensión por las nubes y podría sufrir un síncope   Pero su mujer ha decidido hablar con él en el supermercado siguiendo el plan urdido por su hijo mayor Alex.  Amanda tiene tres hijos, todos varones.  Ella los ha subido y educado.  Ahora ya son tres hombres.  “Díselo en el supermercado mamá” le ha dicho esta mañana su hijo mayor.  Alex esta casado desde hace diez años con una supermujer de negocios.  Es el más sensato y honesto de la familia.  Amanda recuerda la conversación con Alex “Allí papá no podrá gritar, ni llenarse el vaso de coñac para tomar un trago ni encender un cigarro para calmarse.  Es lo mejor, hazme caso mamá.”  Al principio, la madre pensaba que seria más correcto que las noticias vinieran del hijo pero, al final, se había dejado convencer y será ella la que dejará caer la bomba informativa familiar. “Yo os esperaré en casa mamá.  Es mejor así.” Alex había abrazado a la madre apretujándola y llenándola a besos “Ya verás como todo irá bien.  Eres la mejor madre del mundo Amanda” Alex siempre había sido muy cariñoso con su madre.  Ya de pequeñito, recordaba la madre, “se quedaba dormido diciéndome infinitas veces que me quería mucho”. 

Amanda se acercó a la sección de dulces hablando sola y cogió unas tabletas de chocolate blanco, el preferido de su hijo pequeño,  Ulises, el eterno estudiante.  Esta tarde se pasaría por su casa.  “A éste siempre le hace falta dinero.  Seguro que se pasa.  El dice que viene a vernos pero lo que hace es pasar por el banco.  Siempre acaba marchándose con algunos billetes en el bolsillo”.

Aparece Abel por el pasillo con la pasta de dientes.  “Aquí está.” La mete en el carro.  “¿Has ido a la charcutería?”

“No todavía no.  Vamos juntos que debo decirte algo” Amanda no encontraba el momento.  Ya en la charcutería y delante del mostrador pide doscientos gramos de jamón dulce a la joven que atiende y justo se vuelve hacia su marido, toma aliento y habla:

“Mira Abel, lo mejor es que te lo diga sin tapujos.”  En ese preciso momento suena un móvil.

“Es el tuyo Amanda, cógelo, venga cógelo mujer que lo tienes muy alto y lo oye todo el mundo” insiste  Abel. 

“Ah eres tú.  ¿Todo bien hijo?.  Sí, sí, aquí todos bien.  Estoy en el supermercado con tu padre.  Te saluda Aquiles ¿quieres que se ponga tu padre?” Abel  hace un gesto con la mano de negación para evitar ponerse al teléfono “ahora iba a contarle a tu padre lo de Alex.  No, no lo sabe no.  Aki, te llamaré yo cuando estemos en casa  y así no gastas teléfono, ¿qué tal el tiempo por Londres? Lluvia dices, bueno lo normal. Venga hijo te llamo yo después.  Sí, sí, hasta luego”  Amada cierra el teléfono y lo deja en el bolso.  La charcutera la mira esperando que le diga qué más quiere.

“Un poco de queso manchego tierno, por favor.  A lonchas.  Veinte.”

“Bueno, a ver, ¿qué tienes que decirme?¿qué es eso que todos sabéis menos yo?”            “Tu hijo Aquiles se divorcia de su mujer para irse a vivir con un hombre”.

FIN

Pseudónimo> reina

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