PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Volver

García, Nora Cristina (Hellas)

¿Señora Betina?



¿SEÑORA BETINA?

-A la décima llamada  quise cambiar el número de teléfono. Esa mujer era lo más insistente que yo había conocido.  En cuanto escuchaba mi voz, preguntaba desesperada ¿señora Betina?, ¿señora Betina? Me cansé de explicarle que hacía un año que se había mudado. No entraba en razones. La noté tan desesperada que le prometí comunicarme con la inmobiliaria para saber si ellos tenían algún dato, o conocían su paradero. Yo le había comprado la casa y no tenía la menor idea donde se había mudado. Lamentablemente los de la inmobiliaria tampoco, ellos sólo habían intervenido en la operación de venta.  Así se lo hice saber, pero eso aumentó su angustia. Si ustedes la hubieran escuchado también les habría dado pena.  No soy buena para imitar voces, pero la de esa mujer era conmovedora. No podía articular palabra, hacía gárgaras de vocales y tartamudeaba consonantes. No sé cómo explicarlo. ¡Era tan raro! Pero no sabe cómo la quería. Me hablaba de ella de una manera tan especial. Habían pasado muchos años juntas. Ella había estado al servicio de la señora Betina hasta que se jubiló, y luego alquiló una piecita en el barrio de Belgrano donde vivió hasta ahora. La verdad que eso de llamarme todos los días se convirtió en una rutina y yo me comprometí a  hacerle saber cualquier novedad concerniente a la señora Betina.

¿Pero usted habla con cualquiera por teléfono?

Con cualquiera no. Ella conocía a la antigua propietaria y por la voz cascada que tenía, me hacía presumir que era una anciana. Me dio lástima, no sé, un momento de debilidad, pero....

No nos vayamos por las ramas. ¿Cómo fue a parar a su casa?

Un día salí a hacer unas compras. Vi  a una señora en silla de ruedas.

Era  igual a Betina. Me esquivó la mirada, pero yo estaba segura de que era ella. La saludé tímidamente y no me animé a preguntarle qué le había pasado. Ahí mismo tuve la idea de invitarla para que viera las reformas que había hecho en la casa. Se mostró entusiasmada y quedamos en encontrarnos la semana siguiente. Volví  exultante y en cuanto me llamó Rosa la invité a tomar el té el mismo día y a la misma hora que había concertado con Betina. Creí que el factor sorpresa sería muy importante y le quería regalar ese reencuentro. Por eso no le dije quién iba a venir, aunque dudé bastante porque temí que se impresionara  al verla discapacitada...

¿Cuál de las dos llegó primero?

Betina. ¡No sabé lo que fue entrarla! El taxista que la trajo me la dejó en la puerta con la silla de ruedas. Ni  siquiera me ayudó a ingresarla. Hay que tener mucha práctica para manejar a una persona en esas condiciones. Ella estaba acostumbrada a que la asistan. No colaboraba en nada, sólo daba órdenes para que yo condujera la silla sin romperla. ¡Tendría que haber visto las pretensiones! Se la veía una mujer dominante, con mucho carácter. Lo primero que pensé fue cómo me las arreglaría para entrarla. Mi casa tiene una escalera de acceso al living. Por ahí era imposible. Entonces  me decidí  por el garaje. No se imagina lo que fue empujarla.  Esa rampa es una pendiente bastante empinada. En un momento  pensé que nos íbamos las dos para atrás. Saqué fuerzas de donde no tengo y así quedé: toda dolorida. Pude meterla en el garaje, pero para acceder a la cocina hay un escalón alto. Ese era el límite. Le pedí que me disculpara, pero la tenía que dejar ahí hasta que llegara otra visita y entonces sí, entre las dos podríamos subirla. No le hizo ninguna gracia. Es más, estaba contrariada al máximo.      -¿Qué le dijo?

- Que nunca entraba a una casa por la puerta de servicio. ¡Mire las ínfulas! Había entrado por  el único acceso posible, no se trataba de jerarquías. Me di cuenta de que era una desubicada y además desagradecida. Yo ahí me dije: con esta mujer vas a tener problemas. Dicho y hecho. No me equivoqué.

- Pero no hizo nada para evitarlo.

- Adivina no soy.  Encima Rosa que no llegaba. No sabía cómo matar el tiempo. Tuve la maldita idea de ofrecerle un scon. Lo miró detenidamente, mejor dicho, lo estudió de cabo a rabo. Me dijo que estaba un poco quemado y se lo metió en la boca. Se atragantó de una manera que podría jurar que morir ahogado es el peor castigo del mundo. Le di palmadas en la espalda, bien fuertes para que expectorara todo el polvillo y parece que dio resultado porque se calmó. Acto seguido tomó agua, de a sorbitos. Yo le daba cucharadita tras cucharadita, pero espaciado. Estaba toda transpirada y para recomponerla un poco le refresqué la cabeza con una toalla mojada. Menos mal que no me pidió un espejo porque sino se moría de angustia.

- ¿Cuándo llegó Rosa?

- ¿Usted quiere saber la hora?

- No, me refiero si tardó mucho.

-Usted la tiene con el horario.

- Mi paciencia tiene un límite, señora. Si la dejo hablar a usted nos quedamos hasta mañana.

- Quince minutos después, más o menos. Quise abrirle la puerta del living, pero la señora Betina me pidió que no la dejara sola. ¿Qué le podía pasar? Debo confesar que antes de abrir, espié para saber si tenía movilidad propia. A esa altura yo no podía asistir a nadie más. La verdad que la única contenta era Rosa, porque a la señora Betina la noté un poco distante, casi a disgusto. A lo mejor era pudor. Entre la silla de ruedas y la cabeza mojada no estaba para encuentros.

- Todo eso carece de importancia. Después ¿qué pasó?

- Entre Rosa y yo la  alzamos y la pusimos en un banquito. Entramos la silla de ruedas a la cocina y después vuelta a sentarla. Ahí ya podía andar por toda la casa. ¡Viera como iba de aquí para allá, husmeando todo! Como si todavía fuera la dueña. Se colocó a la cabecera de la mesa, presidiendo la reunión. A Rosa la trataba como a su esclava, se hacía servir el té, las masitas, le ordenaba que fuera a buscarle agua. Todo con buenos modos, pero como si estuviera a su servicio. No sé si tenía algún problema renal, y tomaba agua por prescripción médica, o realmente estaba sedienta. La cuestión era que no paraba de ingerir líquido…. ¿Por qué no toma nota?

- Porque esos pormenores son inconducentes para la causa.

-Sí, es importante y ahora le digo porqué.

- Le aclaro que el Oficial actuante soy yo.

- Discúlpeme, Oficial, es que todo esto es nuevo para mí. Sigo. Yo temía (y mis miedos se hicieron realidad) que quisiera ir al baño. Cuando a mí se me cruza una idea por la cabeza ¡paf!  se cumple. ¡Qué desgracia! No pasó medio segundo que mi temor se concretó. Yo la miré a Rosa y ella dijo que se encargaría de todo. Si, encargate vos porque yo no doy más, pensé. Enfiló derechito para el baño, porque como le conté, conocía la casa perfectamente. Rosa fue detrás. Apenas si cabían las tres ahí adentro.

-¿Cómo tres?

- Me refiero a la silla. Al principio fue un batifondo, ruido de metales, ¡ay1 ¡ay! ¡Ay! por aquí, ¡ay! ¡Ay! ¡Ay! por allá. Lógicamente mover ese cuerpo era todo un tema. Pero acto seguido comencé a escuchar un rugido, como un animal herido.

- ¿De animal herido?

- Sí, era muy desagradable, como si fuera un tigre que rugía.

- Mire que transcribo todo lo que me está contando, después no me haga cambiar nada.

- No, no ponga nomás lo que le dije…. ¿Por dónde iba?

- Por lo del rugido.

- ¡Ah sí! Se tornó temible. Pregunté si pasaba algo. Rosa asomó la cabeza y me dijo que me quedara tranquila. Intenté entrar y no me lo permitió. Empujé la puerta y vi a la señora Betina tirada en el piso.  Cuando me quise acercar para saber qué le había pasado, Rosa se me abalanzó y me arrastró fuera del baño gritando “No la toque”.”¿Cómo no la voy a tocar si esa mujer necesita ayuda? “No se meta en lo que no le importa”. Logré zafar de sus garras y ella volvió a entrar al baño y lo cerró con llave. ¡En mis propias narices! ¡En mi propia casa!

- Y ahí decidió llamar a la policía.

- Sí, no tenía otra alternativa.

- ¿Realmente pensó que la estaba asesinando?

-Pensé que esa mujer, de ahí, no salía viva.

- Pero la “supuesta “víctima se mostró muy sorprendida cuando nos vio llegar y pensó que era por usted que estaba encerrada en el dormitorio. Fue en ese momento, que las dos manifestaron que se encontraban en su casa, contra su propia voluntad, porque usted les había robado las carteras.

- Yo me llevé las carteras  al dormitorio para evitar que Rosa huyera. Cómo no me acordaba cuál era la de cada una, opté por quedarme con las dos. ¿Ve que tienen mala fe?

- La señora Betina declaró que nadie atentó contra su persona, que estaba tendida en el piso para facilitar el cambio de “apósitos”y que tenía derecho a mantener en secreto sus intimidades. Le aseguro, señora, que esta causa no va a prosperar. Las dos están de acuerdo en sus dichos y la única imputada es usted por lo de las carteras.... ¿Tiene antecedentes de hurto?

-¡Yo no soy ninguna delincuente!

- Va a tener que hablar con ellas, entonces. Aproveche que están declarando en la oficina de al lado.

.- Yo con esas dos no hablo.

-Conversó tanto tiempo sin conocerlas, que bien le vale que lo haga ahora. Ofrézcales alguna compensación.

¿Pagarles? ¿Con lo que me hicieron! ¡Ni loca!

Usted me parece que sigue confundida. Nadie le hizo nada. No sé cómo hacérselo entender. Esta causa no prospera. La tentativa de homicidio no existió, ergo se archiva. El hurto se consumó, ergo continúan las actuaciones. Firme acá y espere la nueva citación.                                                                          Hellas       

PRENSA .   QUIÉNES SOMOS .   CONTACTA .   AVISO LEGAL

Eñe recomienda:
Un proyecto de