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García Piqueras, Santa Cruz (F. Salvatierra)

Carta a un escritor amigo



CARTA A UN ESCRITOR AMIGO

Hola, Pablo. Sé lo mucho que te molesta –incordia, dirías tú. Te conozco bien. Los escritores sois tan pijicas, a veces, tan remilgados con el vocabulario, que dais un poco de asco, la verdad. Os creéis gente superior- que interrumpan la concentración y el aislamiento escogido allá, en el quinto pino, para terminar la novela que tienes entre manos. (Un inciso: ¿tan importante es la soledad para los creadores? ¿No podéis trabajar como el resto de mortales, en vuestra casa?). Así que perdóname. Nada de cabreos ni de malos rollos. ¿Vale? La culpa es tuya por tener desconectado el móvil y encima no has contestado a ninguno de los e-mailes que te he enviado a lo largo de la semana. ¡Joder, tío, que pareces un monje de clausura! Así que escribirte es la única solución para poder ponerse uno en contacto contigo. ¡Anda que en pleno siglo XXI y mandando cartitas…!

Por casualidad, ha llegado a mis oídos una noticia tan curiosa que no me resisto a contártela cuanto antes por si te pudiera interesar. A mí, desde luego, me ha llamado la atención y ¡quién sabe! lo mismo puedes aprovecharla para una futura obra. La historia no tiene desperdicio, te lo aseguro. Hay, por medio, un sacerdote un poco rarito; un ama que lo cuida, ya mayor; un chaval, que es guapo como un querubín; su madre, una pava en huevos sin dos dedos de frente; el padre, un pedazo de camionero, más basto que la paja de habas y de sangre caliente (Es basto porque sí, no porque sea camionero. Yo respeto mucho a los que se ganan la vida en la carretera, que quede claro. ¡Harto trabajo tienen los pobres!); y no sé si me dejo algún personaje más, que sea importante.

A través de una colega de trabajo he conocido a una anciana, tía suya, que fue criada de un cura, de esos de pueblo, que tiene una historia muy sustanciosa que contar. (Ella, no el párroco, que lleva muerto la tira de años). Lo que pasa es que la condenada se resiste a soltar prenda y sólo he podido saber lo que me ha dicho esta amiga. Parece ser que, poco a poco y con mucha maña, ha logrado sonsacarle parte del secreto. Como tiene confianza conmigo, pues me la ha contado. Eso sí, partiéndose el culo de risa, como se dice ahora, porque la cosa tiene su intríngulis, ya verás. Es puro esperpento, macho. Algo sacado de la España profunda, digno de Valle Inclán, lo menos (Digo esto no por presumir, -de este tío no he leído nada. Ya sabes tú que leo más bien poco-, sino porque una vez me comentaste algo acerca de un libro de teatro que tiene, y que es un poco bestia, al parecer. ¿Cómo se llamaba, Miércoles de carnaval? ¡Ni me acuerdo! ¡Bueno soy yo para retener títulos!).

La cosa parece que, más o menos, fue así. Ella – la tía, no mi amiga- servía en la casa de un cura, que era párroco de Antagalla, un pueblito que no tengo ni puñetera idea de dónde coño cae. (Si te interesa, entra en Internet y lo buscas. Seguro que das con él. A no ser que se trate de alguna aldea de mala muerte, medio perdida por ahí, en mitad del campo, y que no aparezca ni en los mapas, que todo podría ser.) Bueno, a quien de verdad había servido era al párroco anterior, pero se había muerto de un mal malo y en su lugar habían mandado a un curita joven, guapete y atildado, que, desde el primer momento le dio mala espina por las maneras tan blandas que tenía, pero que causó cierto revuelo entre la filigresía femenina. (Digo yo que se escribirá así. No sé si es verdad. Creo que viene de fieles. Lo mismo acabo de darle una patada al diccionario y no existe semejante palabro).

El hombre era muy activo, muy innovador en la práctica religiosa, muy dado a reunirse con la gente –sobre todo con la joven- y a formar grupos de trabajo y todo eso. Enseguida logró reunir en torno suyo una buena colección de parroquianos, pero sobre todo parroquianas. Entre ellas destacaba una tal Lucía, que, desde el primer momento, se quedó deslumbrada con él. Tanto que siempre que podía, con la excusa de ayudarle a preparar reuniones, organizar actos caritativos y demás zarandajas, andaba cerca de sus sotanas. (Digo cerca por aquello de no ser irreverente. Yo creo que hubiera preferido estar bajo sus sotanas). El cura se mostraba obsequioso con todo el mundo y se hacía de querer porque era tierno y parecía que estaba necesitado de cariño. Fabiana, la tía de mi amiga, notó algo raro en su comportamiento desde que apareció por la casa, pero no dijo ni mu a nadie. Sabía que, en asuntos de la curia, lo mejor es punto en boca y hacerse la tonta. O sea: no ver ni saber lo que no se quiere que se vea o se sepa. Pero ese cura, tan guapito y dicharachero, tan suavecito de maneras, tan distinto del párroco al que había atendido durante veinte años casi, no acababa de gustarle nada de nada.

En menos de dos meses había creado un coro parroquial, que se acompañaba con guitarras y cantaba en las misas importantes, para alegrar el espíritu de los devotos. Entre los que lo formaban, destacaba un muchachito que parecía un ángel por lo airoso que era. (No sé tú, pero yo me imagino algo así como una especie de efebo asexuado, de ojos azules y mirada lánguida, con el cabello rubio como el de los suecos, cayéndole en tirabuzones sobre los hombros. A lo mejor me estoy dejando llevar por el estereotipo que nos han impuesto sobre los ángeles, pero lo mismo acierto y era así. Se me viene a la cabeza ahora el churubito que aparecía en aquella peli tan rara, Muerte en Venecia, que no me acuerdo ahora de quién es. ¿Fellini, Antonioni, Visconti…? ¡A saber!).

Pues bien, el cura le tenía echado el ojo al zagal porque, en secreto, le iban los jovencitos. Pero no había forma de intimar con él ya que nunca podía estar a solas en su compañía. Cuando al fin supo que era hijo de la mema que no lo dejaba ni a sol ni a sombra, vio los cielos abiertos. ¡No hay mal que por bien no venga, debió pensar, oye! Aprovechándose del cargo, empezó tirarle los tejos con mucho disimulo –al hijo, no a la madre. ¿Está claro? Es que me hago unos líos tremendos a la hora de escribir-, a atraerlo poquito a poco con la excusa de que podía echarle una mano en los estudios, ya que el nene sería muy guapo, pero era un zoquete y no le entraban las Matemáticas ni a tiros. También decía que tenía que prepararlo para la Confirmación y demás zarandajas. De modo que acabó por engatusarlos. A los dos. Por lo visto no eran demasiado listos. O se hicieron los tontos, que también podría ser. Ya se sabe: donde vayas, de los tuyos haya, dice el refrán. ¡Y la capa de un obispo, te asegura un buen pellizco!

A la madre, mira tú por dónde, al darse cuenta del interés que mostraba por él, se le caía la baba. ¡Es que se lo puso en bandeja la tonta del haba! Empujaba al chico a que atendiera sus consejos y se dejara guiar por él. Que hiciera caso en todo, decía. (Anda, que algunas madres… ¡A veces merecen una jartá de palos!)

Pero el aya se había olido el percal y andaba un poco mosca porque todo este asunto le olía mal. Así que iba ojo avizor –esto lo leí en una de tus novelas y me gustó. No sé exactamente lo que significa, pero suena de puta madre. Queda muy fino. Por eso lo suelto cada vez que tengo ocasión-, espiando a quien debía servir. Un día parece que lo pilló en su habitación, leyendo unas cartas, y comprobó que estaba muy emocionado. El cura se sobresaltó al ver que la puerta se abría y rápidamente se bajó la sotana para ocultar las vergüenzas que se acariciaba.

La vieja hizo como que no había visto nada, pero sabiendo que allí había algo raro, no paró de buscar las cartas hasta dar con ellas. No le engañaba el olfato: se trataba de epístolas (Esta palabra también es tuya. ¿A que es bonita?) de un viejo amor. Y como era de esperar, el remitente era un tío. ¡Y muy lanzado, además, ya que no se cortaba un pelo y decía cada burrada que le hicieron ponerse colorada cuando las leyó! Su intuición no había fallado y supo que estaba en lo cierto: el cura no era trigo limpio.

De modo que, entre las cartas y lo que había ido observando, la pobre se temía lo peor. Lo malo es que no sabía qué hacer para evitar el abuso. ¿Cómo abrirle los ojos a la tonta del bote, que babeaba de gusto con sólo ver al cura, sin que la cosa trascendiera. Desde luego, tenía clarísimo que debía evitar que se armara la gorda. Estos asuntos son muy feos y acaban salpicando a todos los que están cerca, incluida ella: podían acusarla de cómplice. ¡Y eso sí que no, vamos! ¡Por ahí no estaba dispuesta a pasar!

Pensó, incluso, en enviarle un anónimo al padre, que, como digo, era camionero y se pasaba la mayor parte del tiempo fuera del pueblo, tirado como un perro por esas carreteras, haciendo kilómetros sin parar y kilómetros para dar de comer a aquella pareja de insurrectos. Pero no se decidía porque tenía fama de ser más bruto que un arao y no sabía cómo podía reaccionar al enterarse de la noticia.

Todo se complicó con la aparición de un supuesto fantasma, que merodeaba por el interior de un viejo almacén que la parroquia tenía al final de la calle, una casona que normalmente solía estar cerrada y donde se guardaban los tronos y demás cachivaches para las procesiones. Cuando el cura supo de la posible aparición, decidió ir allá sin pérdida de tiempo para comprobar qué podía haber de cierto en los rumores. Por aquello de que desconocía la vivienda, el muy cuco pidió al angelito que le acompañase. Con aviesas intenciones, imagino, porque al fin podría estar a solas con él y porque, según la criada, la fruta ya estaba madura. Eso dice mi amiga que dijo. Es de suponer que el pobre zagal andaría con la picha hecha un lío con todos los requiebros que le dedicaba el párroco, al que tenía por un ser muy superior y al que debía –recuerden la imposición materna- obediencia ciega.

Muy animado -demasiado, en su opinión –el cura le pidió la llave. Ella, recelosa, sin fiarse un pelo, se vio en la obligación de entregársela. Pero los siguió por si acaso. Lo que sucediera en la casona, mi colega no lo sabe, porque la vieja es muy lagarta y no suelta prenda. Pero podemos imaginar que allí, a puerta cerrada, sintiéndose seguro, el rijoso se insinuó sin tapujos y el otro, arrinconado, perdido, no supo negarse o no pudo defenderse y pasó lo que tenía que pasar.

Tan caliente estaba el cura –me lo imagino con la faldeta negra levantada. ¡Vaya estampa!- que no se dio cuenta de que alguien espiaba sus movimientos. Un transeúnte, después de forzar uno de los postigos, se había refugiado en el interior de la casa, para huir del frío. Debía estar escondido en algún rincón y los otros ni se percataron de su presencia hasta que fue demasiado tarde. Él fue quien descubrió el pastel. Al ver lo que pasaba, cogió un pedazo de cirio que había por allí y empezó a atizarle a aquel cerdo bujarrón que trataba de abusar del niño.

En ésas llegó la criada, que, escandalizada, puso el grito en el cielo. Envió al cura a la iglesia y al zagal a su casa, señalándole que no debía decir nada a nadie; menos aún a la gilipollas de su madre. Luego cogió por su cuenta y le amenazó con que si se iba de la lengua lo denunciaba por haber entrado a robar en una casa sagrada. Para asegurarse su silencio, le dio el dinero que llevaba encima y le hizo jurar que jamás diría nada a nadie.

El párroco, avergonzado, temeroso de lo que pudiera pasar, se encerró a cal y canto en su habitación, de donde no salió en dos días. Decía que se sentía muy mal. Y debía ser cierto. Sobre todo cuando se diera que la astuta criada había sustraído -¿Ves como no sólo tú sabes utilizar términos bonitos? Me encanta esa palabra, sustracción! Tiene algo, no sé qué, que la hace destacar. En mi humilde opinión, al menos- las cartas. Con lo que estaba entre la espada y la pared. Desesperado debía de estar el cabroncete porque cuando abandonó la casa lo hizo para ir a colgarse en -¿En o de? ¡Joder, qué difícil es hablar finolis! Ahora no sé qué debo poner. Esto de las proposiciones no va conmigo- uno de los olivos que había cerca. (¿Ves? Los de la curia mucho decir que ha de respetarse la vida y luego, ellos mismos, a las primeras de cambio, toman el camino de en medio).

Pero antes, el ama había cogido por su cuenta a la berzotas aquella, que era más tonta que mandada a hacer de encargo y siempre había creído que el cura estaba por ella, no por el hijo, y le había cantado las cuarenta. Exigió, rotunda, que nadie supiera del asunto. ¡Y punto en boca! Aquí paz y allá gloria, y a quien Dios se la dé, san Pedro se la bendiga. El crío se comprometió a no decir ni pío, claro. La madre también y ella menos aún. Dijo que se encargaría de hablar con el cura para que pidiera el traslado y se largara con viento fresco a tomarle el pelo a otros feligreses. Allí ya no tenía nada que rascar. Cuanto antes se fuera, mejor que mejor.

Pero el hombre propone y Dios dispone. Acorralado, el otro fue y ¡ale! se tomó la justicia por su propia mano. Y sí, esto del suicidio fue un pequeño escándalo, pero ¡qué quieres! Comparado con lo otro, poca cosa. Nadie está libre de que se le crucen los cables un día o le dé un mal repente y cometa un disparate. Que todo puede pasar, oye. Tampoco hay que exagerar. Lo importante era echar tierra al asunto y que no se supiera la verdad. Hizo correr el rumor de el pobre párroco arrastraba una depresión de caballo y había perdidosos papeles. El muerto al hoyo y el vivo al bollo y a tirar palante, que la vida son dos veranos escasos y no hay que andar perdiendo el tiempo con tontunas.

Pero la cosa se complicó cuando ese mismo día apareció el padre del chaval y la mema de su mujer le contó parte de lo sucedido. (Sólo parte. ¡Hombre, no se lo iba a contar todo! Ella se cubrió las espaldas y de paso protegió el honor del hijo: la culpa era del sacerdote, que era un depravado, un vicioso, un mal nacido, un no sé cuántas cosas más se le pudieron ocurrir para justificar su estupidez supina. Por cierto. Un día, cuando nos veamos por ahí, has que explicarme exactamente qué significa eso de supino. ¿Una estupidez como la copa de un pino? Podría ser, pero no lo veo claro).

El tío, que ya digo era poco menos que un animal de bellota, se puso como loco y empezó a cagarse en Dios, la Virgen y el santoral entero, a dar puñetazos en la mesa y a dar patadas en las paredes. Fuera de sí, no se le ocurrió otra cosa que ir al cementerio, donde estaba el ataúd, en espera de pudiera ser trasladado al pueblo de origen del cura. Aprovechando que no había nadie, levantó la tapa, cogió unas tijeras de podar que había en un cajón y le cortó el rabo. Como lo oyes, chico. Se lo echó al perro del enterrador, que rondaba por allí cerca (El perro, no el amo) y se lo comió tan satisfecho. Pensó en cortar también los otros pelendengues, pero le dio asco y se largó más calmado ya.

También esto último fue silenciado por todo el mundo y la noticia de la vejación (¿O se dice profanación? ¡Qué lioso es todo esto!) jamás fue conocida más que por el grupito de gente afín, implicada en el caso. Imagino que, cuando fuera sepultado en su tierra, nadie se percataría de que faltaba el pingajito. Es lógico, digo yo. La familia no iba a andar comprobando si el fiambre venía entero o le faltaba algún cacho.

Bueno, tío. Hasta aquí, la crónica de lo sucedido. Me he permitido la libertad de incordiarte, porque hay poco tiempo para recabar más datos si estuvieras interesado en el tema. (No me negarás que es digno de un esperpento, ¿eh? Tiene todos los elementos imprescindibles para que te salga una de esas historias tan disparatadas y divertidas a las que eres aficionado). La anciana está perdiendo la cabeza y dentro de nada no va a saber ni cómo se llama. Así que mueve el culo y dime si estás interesado en hacerle una visita. Por cierto, mi amiga, que sabe que te lo he contado, está dispuesta a colaborar, siempre que la cites en los agradecimientos. ¡Se pirra por ver su nombre escrito en un libro!

Un abrazo, Pablete. Espero noticias tuyas.

Seudónimo: F. SALVATIERRA

Expedición a "La llanura del Tortuguero"



 

 

(En el litoral atlántico de Costa Rica existe un territorio surcado por infinidad de ríos, caños y canales que serpentean entre sombrías selvas tropicales. En este mágico lugar de suelos inundados, jacintos de agua y palmeras se encuentra la llanura del Tortuguero, el rincón más lluvioso de todo el Caribe, con más de 6.000 litros de precipitación anual, y una de las zonas con mayor diversidad biológica de toda Centroamérica. Peces antidiluvianos, ranitas multicolores y guacamayos verdes son algunos de los habitantes de este mundo anfibio, cuyas playas constituyen, desde tiempos inmemoriales, uno de los destinos predilectos para la nidificación de las tortugas marinas más grandes del Planeta. La mayor diversidad biológica se da en los cerros volcánicos que emergen de los humedales: verdaderos jardines botánicos naturales, albergan más de 2.000 plantas vasculares, entre ellas 400 especies de árboles diferentes; y nadie sabe cuántas más faltan por ser descubiertas y clasificadas...)

(Extracto de “El país anfibio de Tortuguero”, de Arturo López Oñate, en “Biológica”, Nº 6. Marzo 1997)

EL METEORITO QUE cayó la noche del 29 de Febrero sobre el campamento instalado en el pequeño claro de la selva tenía un tamaño que no superaba al de un guisante. El ruido del impacto fue mínimo. Además, de la espesura que rodeaba el calvero venía un clamor de vida animal. El débil sonido que produjo quedó amortiguado al golpear contra una de las plantas que cubrían el encharcado suelo. Toda la tarde había estado diluviando; por fin, ahora, bien entrada la noche, el aguacero había remitido. Los miembros de la expedición descansaban resguardados en el interior de las tiendas. Sólo el director de la misma, el conocido biólogo Mario Burruaga de Albertos, famoso por sus múltiples trabajos sobre catalogación de especies nuevas, estudiaba atentamente los últimos especimenes vegetales recolectados durante la jornada. Escuchó perfectamente el golpe que originó la caída de la minúscula roca y, luego, a renglón seguido, un débil silbido, parecido al que se produce al apagar una brasa en agua, pero no concedió mayor importancia al hecho. Pensó que alguien había lanzado fuera de una de las tiendas una colilla. Su atención estaba fija en los ejemplares que tenía extendidos sobre el tablero de la mesa.

Uno, en especial, destacaba sobre los demás por su rara singularidad. Lo habían encontrado en el borde mismo del claro acampaban, confundido entre la abigarrada maleza. A primera vista guardaba cierta semejanza con una Atrapamoscas, (Dionacea munispula, planta insectívora de la familia de las droseráceas), bien conocida de todo botánico y, como ella, herbácea, vivaz, de pequeño porte. Sus hojas terminaban en lóbulos oponibles de filo dentado, capaces de juntarse rápidamente por presión sobre el nervio principal a causa del más simple contacto sobre los filamentos que tenían en el centro de la cara interna. El equipo lo había podido comprobar antes de que llegase la lluvia, cuando aún sobrevolaban la zona multitud de insectos: bastaba un tenue roce en alguno de los pelillos para que se cerrase de forma inmediata, aprisionando entre sus valvas a la araña, mosca o al bicho de que se tratase.

Pero ahí acababan las similitudes. Otros detalles la diferenciaban profundamente, asemejándola algo más a la Drosofila (Drosophyllum lusitanicum), que crece de forma espontánea en Marruecos y en la Península Ibérica. Como ella, tenía hojas alargadas, incapaces de moverse, con el extremo curiosamente enroscado en espiral, como la cola de un mico, y cuyos bordes estaban cubiertos de multitud de finísimos hilos dorados que terminaban en redondeadas cabezuelas de intenso color rojo y que, al menor estímulo externo, segregaban una sustancia viscosa muy adherente. Si la trampa de las hojas cerrándose con gran rapidez era efectiva, no menos lo era ésta. El equipo había estado experimentando con ella colocando diversos insectos sobre los hilillos rojos: quedaban pegados sin posibilidad de liberarse.

Parecía que, definitivamente, perteneciese a las Droseráceas. Por partida doble, además, ya que reunía en sí las dos técnicas de caza descritas. No podía descartarse que se tratase de una especie de modelo evolucionado que hubiera logrado apropiarse de lo mejor de cada una de ellas. De este género se conocen un centenar de especies. Lógico es pensar que puedan quedar aún varias por descubrir. Abstraído, el profesor observaba meticulosamente con su lupa el ejemplar recolectado y, de cuando en cuando, hacía las anotaciones pertinentes. Había muchas similitudes con el segundo tipo. Las arqueadas hojas estaban reunidas en una roseta central en la base del tallo, de donde salían también las de forma redondeada que remataban en las valvas abatibles.

El hallazgo, como suele ocurrir en estos casos, fue totalmente fortuito: llevaban acampados varios días ya sin que se hubieran percatado de su existencia. Casualmente, cuando alguien la descubrió, el profesor cayó en la cuenta de su peculiaridad; muy excitado, había ordenado que inspeccionasen los alrededores tratando de localizar algún ejemplar florido. Pretendía comprobar que, como aquéllas, estas plantas tenían flores de forma regular, pentámeras, con cinco estambres. Hubiera sido realmente importante encontrar siquiera uno de los frutos maduros: se sabe que son pequeñas cápsulas y que tienen albumen carnoso: resultó imposible. Tal vez no fuese ahora la época de floración, razonó decepcionado.

Aún así, la similitud era demasiado importante como para dudar de la genealogía del nuevo espécimen. Incluso el biotopo en que crecía coincidía: entorno húmedo, con lagos y ríos cercanos, suelo probablemente pobre en nitrógeno. Anotó en su cuaderno de campo que al día siguiente sería preciso tomar una muestra de la tierra donde crecía para ulterior análisis químico.

LAS HORAS TRANSCURRÍAN lentas. De las tiendas ya no llegaban rumores de voces. Todo el mundo dormía salvo el profesor. Tan enfrascado estaba en la tarea que apenas prestaba atención a los ruidos de fuera. Ahora que la lluvia había remitido y la luna asomaba su disco plateado sobre la copa de los árboles, la selva tropical era un auténtico hervidero de vida. De la densa vegetación venía un clamor de graznidos y gritos, de aullidos y murmullos de toda clase. Pese a la oscuridad, los monos carablanca (Cebus capucinus), una de las tres especies de primates que se localizan en la zona, la más abundante, nunca cesaban de emitir agudos chillidos. El crotoreo casi metálico de los tucanes, el parloteo de los loros y las guacamayas verdes, resultaba estruendoso. Multitud de pequeñas ranitas croaban por doquier, incluidas las alturas...

Pero todos sabían que no había peligro. Los únicos depredadores existentes eran los grandes cocodrilos y éstos jamás se habían aventurado hasta allí. Preferían atrapar a inofensivos manatíes. Tampoco los ocelotes, los felinos más frecuentes, por su pequeño tamaño, representaban una seria amenaza.

En el interior de la tienda, ayudado por el potente haz de luz de la linterna eléctrica, el botánico se afanaba estudiando las características externas de la planta recién descubierta. Por un momento fantaseó acerca del nombre que le asignarían una vez catalogada. ¿Acaso Drosera Mixta? ¿O bien Drosofila Tortuguesis? ¿Y por qué no Drosera Burruaguis? Hubiera sido un buen homenaje a sus esfuerzos. Tan abstraído estaba que no se apercibió que algo se aproximaba lentamente, avanzaba reptando por el claro, pugnando por abrirse camino hacia la zona iluminada. El fino tentáculo verde palpaba ya la cremallera del cierre tratando de encontrar una mínima abertura para introducirse dentro...

EL METEORITO HABÍA caído justo sobre una de las plantas que el hombre estudiaba. Era tan pequeña que había escapado a la apresurada búsqueda de horas antes. En principio, el tamaño original de la piedra celeste debió ser bastante más grande, pero al friccionar con las capas altas de la atmósfera había ido desintegrándose rápidamente, hasta quedar reducido a tan insignificante volumen. A pesar de ello, el impacto iba a tener consecuencias imprevisibles. El núcleo, que había sobrevivido a la combustión y al desgaste posterior, seguía teniendo la capacidad de emitir extrañas radiaciones que, a poco de golpear contra la roseta central, comenzaron a mostrar desconcertantes efectos.

Fue como si la planta despertase de un profundo letargo, de un larguísimo sopor, cobrando vida nueva. Algo ocurrió en su estructura interna y, de improviso, comenzó a tener un comportamiento inusual. Una luminosidad opalescente emanó de las hojas capaces de pivotar y cerrarse, un aura fosforescente que tenía algo de fantasmagórico, de siniestro. Por su parte, las cabezuelas rojas que tenían los tallos enrollados, hicieron otro tanto: comenzaron a emitir una espectral aureola de color rosa.

Aquella insólita fosforescencia atrajo a un sinfín de los insectos que pululaban en la noche. Si el silencio hubiera sido mayor, se podría haber escuchado el leve sonido que hacían las valvas al cerrarse con extraordinaria avidez tras la captura de una presa. Sólo que, mientras antes el proceso era muy lento y tardaba horas en apropiarse de sus jugos vitales, vorazmente los absorbía ahora en apenas unos segundos. Atraídos por el fascinante resplandor, cientos de polillas y mariposas nocturnas sobrevolaban la zona y venían a quedar atrapadas. Tampoco las hojas del otro tipo permanecían en reposo. Si hasta ese momento se mantuvieron quietas, enroscadas, a partir de entonces se estiraron ansiosas, se alargaban cimbreantes, se movían trémulas como patas de mantis religiosa, aguardando impacientes la aparición de una víctima. La deglución de los líquidos corporales se lograba a ritmo vertiginoso. De modo que muy pronto, junto a la planta había docenas de caparazones de insecto.

Como si tal frenesí alimenticio hubiera provocado un vertiginoso crecimiento, a todas luces desmesurado, mientras el profesor se preguntaba cuál sería el nombre que impondrían al espécimen recién descubierto, el que había recibido el impacto directo del meteorito, cuatriplicaba ya su tamaño inicial. Apenas media hora después, sus tentáculos poblados de cilios amarillentos alcanzaban el inusitado largo de un par de metros al ser estirados en su plenitud. En el extremo de cada uno de ellos tenía una de aquellas cabezuelas rojas que semejaban ahora los ojos de un animal al acecho.

El botánico, entusiasmado con el descubrimiento, no se apercibió siquiera de que la cremallera de entrada se iba deslizando despacito hacia arriba cuando uno de aquellos largos filamentos la empujó con fría decisión. Tampoco se dio cuenta de que luego se acercó a él reptando por el suelo. Como una serpiente que se yergue desafiante ante su presa indefensa, se alzó a sus espaldas hasta situar el bulbo final a la altura de la nuca. Entonces se lanzó hacia él y se enroscó rápidamente en torno a su cuello. El profesor nunca supo qué era lo que le impedía respirar y le estaba robando las fuerzas.

EPÍLOGO.

Semanas más tarde, los restos de la expedición fueron localizados en un claro en mitad de la selva virgen que hay situada al este de Costa Rica, en la costa atlántica del Mar Caribe, el lugar conocido como Llanura del Tortuguero. No hubo supervivientes. El cadáver del conocido botánico Burruaga de Albertos, director de la misma, así como el de los restantes miembros que la formaban, fueron encontrados en un estado que hacía suponer hubieran sido atacados por una horda de enfurecidos animales que los hubiesen devorado totalmente. Los cadáveres presentaban múltiples fracturas óseas que afectaban a diversas partes del cuerpo: todos aparecían desnucados, con las vértebras cervicales rotas como si hubieran sido sometidos a una sesión de garrote vil. Lo más curioso es que los esqueletos estaban completamente descarnados, sin un resto de piel o carne sobre la osamenta.

Tal ensañamiento con los desgraciados integrantes del grupo contrasta de forma increíble con el hecho de que el material de estudio y demás utensilios, algunos de ellos realmente valiosos, apareciesen en impecable estado de conservación.

El macabro hallazgo causó un considerable revuelo y la consiguiente alarma en el mundillo científico. El botánico era una eminencia en la materia, una persona de carácter entrañable. La brigada de rescate desplazada hasta el lugar se mostró poco menos que perpleja, no encontrando explicación lógica al suceso. Es sabido que en la zona no existen grandes depredadores -queda descartado, pues, un eventual ataque por parte cocodrilos: en el peor de los casos, alguien hubiera podido defenderse, plantar cara, habida cuenta de que disponían de armas de fuego. El tiburón toro, una criatura marina que se adentra por este mundo de ríos y caños para reproducirse en las aguas totalmente dulces del interior, en el lago Nicaragua, a más de 100 kilómetros del mar, jamás hubiera podido llegar al claro del bosque- por lo que se han aventurado varias hipótesis al respecto, algunas muy peregrinas, otras tan arriesgadas que carecen de toda verosimilitud.

Una de ellas contempla la figura de una tribu aborigen que hubiera atacado a los exploradores causándoles la muerte. Pero tan suposición carece de base lógica: aquello es un parque nacional perfectamente delimitado, conocido, y no existe un pueblo de esas características en la zona. Descartada queda también la teoría de que hubiera podido desplazarse desde otro lugar lejano: pese a ser llamada la Amazonía de Costa Rica, la “Llanura del Tortuguero” está completamente aislada de la selva brasileña, separada de ésta por una extensa franja de tierra densamente poblada. Y, aún admitiendo tan remota posibilidad, nada explicaría la profusión de fracturas y el insólito hecho de que todos los cadáveres apareciesen descarnados. Hay quien aventura la presencia de hordas de hormigas caníbales en las cercanías, que pudieran haberse ensañado con los cuerpos de las víctimas hasta dejarlos sin resto de carne. La fauna del lugar es abundante, pródiga en endemismos y, probablemente, todavía queden docenas de especies sin clasificar. Por ejemplo, se han localizado varios tipos de ranas del género Dendrobates, muy famosas por sus vivos colores y fulminantes venenos, que se caracterizan sobre todo porque sus huevos son depositados en la hojarasca bañada por la humedad ambiental. Es ahí donde nacen los renacuajos. También el lagarto basilisco, localmente llamado Jesucristo ya que camina, o mejor dicho, corre a gran velocidad, sobre sus patas traseras por encima del agua, para escapar de sus predadores. Para ello aprovecha la sutil tensión superficial del líquido. Y ya puestos a citar rarezas y endemismos no podemos olvidar el pez gaspar (Atractosteus tropicus), que data nada menos que del Palezoico y es un verdadero fósil viviente, con casi 180 millones de años a sus espaldas. Tiene un metro de largo, su cuerpo estrecho está recubierto por toscas y grandes escamas; su alargada mandíbula muestra todavía dientes y su extraña doble aleta caudal le confiere un aspecto casi antediluviano que recuerda al caimán. Pero, volviendo a las posibles hordas de hormigas carnívoras: sólo ha sido detectada la presencia de algunos raros ejemplares que tienen el tamaño de un saltamontes. ¿Pudieran ser las responsables de la matanza? Parece harto improbable.

Casualmente se ha recuperado el cuaderno de campo del eminente científico. La última anotación que aparece habla de una curiosa planta que debió ser descubierta poco antes de que se produjera el lamentable suceso. Por los datos extraídos del libro, bien pudiera tratarse de un ejemplar insectívoro, pero no parece que guarde relación alguna con lo que aquí se trata. Curiosamente, el raro espécimen que estudiaba, seguía sobre el tablero y tiene un porte que apenas alcanza los cinco centímetros...

Hasta la fecha, el único hecho anormal constatado es la presencia de unas lianas resecas esparcidas sobre el claro y la detección de unas tenues radiaciones de muy difícil catalogación.

 

Jacinto el telépata



Yo tenía un amigo que, en determinadas circunstancias, era capaz de leer el pensamiento. Al menos, eso decía. Lo malo es que nunca precisaba cuáles eran y no había forma de saber si era cierto o no. Él, desde luego, parecía creerlo a pies juntillas. Aseguraba que el extraño poder le había sobrevenido tras uno de sus frecuentes ataques de jaqueca; en ocasiones, las neuralgias lo mantenían postrado durante horas. Ése, en particular, debió ser muy agudo. Tan insoportable era el dolor de cabeza que se había tenido que tumbar en la cama; el pulso, lacerante, golpeando en las sienes; la habitación a oscuras, por aquello de que la luminosidad acrecentaba aún más el malestar. Cuenta que hubo un momento en concreto que temió le fuera a explotar la cabeza.

No le estalló, pero después de ver lo que sucedió a continuación, está claro que algo pudo quebrarse en su interior. Decía que, de pronto, en lo más álgido de la crisis, sintió un pinchazo tan intenso en mitad del cráneo, y fue como si lo trepanasen con una broca al rojo vivo. Lanzó un aullido agónico, arqueó increíblemente la columna en un espasmo de muerte y cayó exánime sobre el lecho, con la respiración tan tenue que la madre, que había acudido alarmada al escuchar el alarido, creyó que le había dado un ataque al corazón.

Salió de la vivienda dando chillidos y reclamando ayuda. Cuando los vecinos acudieron, Jacinto -así es como se llamaba mi amigo-, había recuperado medianamente el color y aunque tenía la frente perlada de sudor, inspiraba el aire con absoluta normalidad. Su gesto no mostraba síntoma de malestar o sufrimiento; ahora aparecía relajado, sereno. Pero estaba sumido en un profundo letargo, un sueño tan inusitado como reparador, que duró varias horas.

Todo quedó reducido a un tremendo susto. Al despertar, dijo que estaba curado y que se encontraba mejor que nunca, que ya no tenía el dichoso runrún en la cabeza que lo atormentaba siempre. Su madre lo observaba aprensiva, temerosa de que no fuese así. Cuando Jacinto clavó en ella unas pupilas que parecían esconder dentro toda la luz del mundo, dio un respingo y, sobresaltada, preguntó:

-¿Qué le ha pasado a tus ojos, hijo?

Se encogió de hombros, sin saber a qué se refería. Era cierto: de marrones que fueron siempre -doy fe de ello. Lo conocía desde que éramos críos-, se habían vuelto de un azul tan puro que recordaba el del cielo en un diáfano día de primavera.

La telepatía se manifestó en ese preciso instante, según contaba. A la misma vez que llegaba a sus oídos la pregunta, en algún lugar imposible de ubicar en su mente, creyó escuchar otra cosa bien diferente. Algo así como: “¡Ay, Dios mío! ¿Qué está pasando? ¿A santo de qué todo esto? Este hijo mío no puede estar bien, por más que lo diga. Primero se poner a gritar como un loco, luego se queda transpuesto, más muerto que vivo. ¡Y, cuando abre los ojos, los tiene de un color distinto por completo! ¡Esto parece cosa del diablo!”.

Jacinto reconoció el timbre asustado de su madre, pero como no había pronunciado esas palabras, pensó que lo había imaginado.

Días más tarde se repitió el fenómeno. Viajaba en el metro; frente a él se había sentado una chica muy mona, con un libro abierto en las manos. Miró con curiosidad la tapa, tratando de leer el título. Casualmente, la muchacha alzó los ojos y los fijó en los suyos. De improviso, con nitidez, escuchó una voz completamente desconocida que parecía resonar en su cabeza: “¿Qué querrá éste? Seguro que es uno de esos salidos de mierda que te desnudan con la mirada. ¡Joder, son repugnantes!”

Jacinto parpadeó atónito, preguntándose quién demonios hablaba, a quién iban dirigidas las invectivas; incluso se giró para mirar en derredor, buscando la persona insultada, pero no había nadie cerca. En esa parte del vagón viajaban solos los dos. Aún le llegó otra oleada de improperios, que restallaron en su mente con fuerza. “¡Mira cómo se hace el disimulado, el muy cerdo! No finjas, que te he calado, macho. ¡Qué asco dan los tíos así!”. El tren arribaba a una de las estaciones y la joven se puso en pie con decisión; tironeó de su faldita tratando en vano de cubrir algo más de sus muslos y se aprestó a bajar. Antes de hacerlo le dedicó una última mirada cargada de desprecio. “¡Cabrón! ¡Machista!”, escuchó ahora. Sólo entonces comprendió que era él y no otro el destinatario de los insultos. Se sintió perplejo.

Pronto tuvo ocasión de comprobar que algo anómalo sucedía en su cabeza. De alguna forma que no podía precisar, se había producido un desajuste en el mecanismo interno de su cerebro. Regresaba a casa caminando rápido cuando, al doblar una esquina, casi tira al suelo a un señor que paseaba tranquilamente al perro. Se disculpó como pudo; el hombre, muy comedido, repuso que no tenía porqué: también él iba distraído. Sonrió cortés y, por un instante, sus miradas se cruzaron. Lo que escuchó en su cabeza desmentía la aparente amabilidad del anciano. “¡Vaya con el niñato! ¿Es que no os enseñan educación en las escuelas? ¡Pedazo de salvaje! ¡Menudo empellón me ha dado, el cacho bruto! ¡Qué forma de ir avasallando por el mundo! ¡Hay gente que merecería vivir en plena selva, como lo que son: animales!”. El tipo hizo un ademán a modo de saludo y reemprendió el paseo.

Quedó hecho polvo viendo cómo se alejaba.

Anduvo Jacinto dándole vueltas al asunto hasta que un día se atrevió a comentármelo. Con frases entrecortadas -estaba muy afectado, el pobre-, contó lo sucedido. Al principio me lo tomé a chirigota. ¡Comprenderán que nadie en su sano juicio hubiera dado pábulo a sus palabras, así, a la primera! Había oído hablar de la telepatía, y se me antojaba un auténtico cuento chino, algo más propio de la ciencia-ficción que de vidas cotidianas, como eran las nuestras.

Pero según iba facilitando los detalles, me sentía más y más confuso, hasta que, al final, acabé hecho un lío, sin saber si hablaba en serio o estaba tomándome el pelo. Eso de que ahora sus pupilas fuesen de distinto color, resultaba inquietante, desde luego. Suspicaz, lo miré a los ojos tratando de descubrir en ellos algún atisbo de burla. Tras unos segundos de vacilación, bajó la cabeza y, con acento contrito, dijo:

-No tienes derecho a dudar de mí. Somos amigos. Si te lo he contado es porque confío en ti. ¿No te das cuenta? Estoy asustado. Necesito ayuda.

No pude evitar un repentino sobresalto.

-¡Sabes lo que estoy pensando! -exclamé aturdido; afirmó sin osar alzar la vista-. ¿Cómo?

Se encogió de hombros con gesto abatido.

-Es lo que me gustaría saber -musitó inseguro.

-Pero… -empecé a decir; su gesto titubeante parecía sincero-. O sea, que es verdad: que te has vuelto adivino- balbuceé de la forma más estúpida.

-¡Bueno, tanto como adivino! En ocasiones, puedo leer el pensamiento de otras personas. No me preguntes cómo lo hago. ¡No entiendo lo que sucede! Pasa, aunque no sé por qué…

Boquiabierto, negué con la cabeza, sin poder dar crédito a lo que sucedía.

-¡Es increíble! ¡Puedes adivinar lo que estoy pensando!

-No siempre. Por ejemplo: ahora mismo no me llegan tus pensamientos -susurró con una mueca de duda pintada en el rostro. Me observó atento, con intensidad-. Me esfuerzo en leerlos, pero no puedo hacerlo. Es como si hubiera una barrera. ¡Qué más quisiera yo que saber lo que pasa! Unas veces sucede; otras, no.

Me sentía desconcertado. De pronto, una peregrina idea cruzó por mi cabeza. Socarrón, comenté:

-¿Imaginas si hubieras tenido esta facultad cuando estábamos en el instituto? Habríamos conocido de antemano los exámenes que iban a poner. ¡Jamás nos hubieran cateado…!

Puso sonrisa de circunstancias. No parecía que le hubiera hecho gracia el chiste. Estaba cabizbajo, desmoralizado.

-No sé qué hacer -profirió al fin-. Me molesta escuchar lo que piensan los demás…

Traté de darle ánimos.

-No hagas un drama donde no lo hay, hombre. Recuerda eso de: “No hay mal que por bien no venga”. Ya verás. ¡Algo bueno se nos ocurrirá para sacar provecho del extraño poder! -afirmé festivo. Tenía un gesto de impotencia que tiraba de espaldas. En el fondo, hasta me daba un poco de lástima verlo tan triste, deprimido.

-No lo entiendes. Esto no me gusta. ¿Sabes lo que es comprobar que la gente es más falsa que el beso de Judas? Dice una cosa y piensa otra.

Tendría razón, pero no iba a dejar que mi amigo del alma se hundiera por algo de lo que no era responsable. Como siempre fui más avispado que él, comencé a pergeñar un curioso plan.

Razonaba que ya que el bueno de Jacinto poseía el don de la telepatía, nada malo habría en tratar de sacarle algún provecho. Pero, entiéndanme: dentro de un orden. ¡Sin hacer nada de lo que tuviéramos que avergonzarnos un día! No soy de los que piensan que el fin siempre justifica los medios. Uno tiene sus principios; pocos, pero los tiene.

Desde que dijera aquello de los exámenes no podía apartar de mi cabeza una idea: ¿por qué no usar el don para obtener algo de dinero? Se me había ocurrido algo. Conociendo bien los lugares más frecuentados por los importantes de la ciudad -esa gente que habla de millones como si de calderilla se tratara- para sellar sus trapicheos, sería fácil apostarnos cerca y que Jacinto les leyese el pensamiento. Esperaríamos tranquilamente a que se iniciara una de esas transacciones que mueven muchos, muchísimos millones. Cuando se estuviera discutiendo las condiciones del contrato, él trataría de captar los dobleces y engaños, las mentiras y subterfugios que cada parte escondía.

Así de simple. Si en ese momento interveníamos para poner de manifiesto todo lo que se estaba tramando y descubríamos el juego sucio, obligando a la parte dolosa a colocar las cartas marcadas sobre la mesa, se evitaría el atropello. Dábamos por sentado que quienquiera que fuese el beneficiario, quedaría sumamente agradecido y nos daría algo más que las gracias. No éramos demasiado ambiciosos, la verdad. Para empezar, nos conformábamos con poco.

Digo nos conformábamos, aunque quizá debiera decir me conformaba. Jacinto no estaba por la tarea. Cuando le comenté el plan, se negó en redondo a participar. Era de una honestidad irreprochable y tenía dudas de que una actuación de ese tipo fuese lícita. Costó convencerlo de que nada inmoral había en ello. Al contrario, razonaba tratando de persuadirlo: ¡así ayudaríamos a evitar atropellos y robos!

Tras muchos dimes y diretes, acabé por socavar sus defensas y lo convencí para poner en marcha el plan. En principio, sólo a prueba, para ver si existía alguna remota posibilidad de que funcionara. Una mañana en que estábamos libres, fuimos a una de esas emblemáticas cafeterías donde se cierran grandes negocios.

Pasaban los minutos; los clientes iban y venían, compartían mesa, hacían comentarios, , pedían café, una copa, y Jacinto, por más que se esforzaba, no captaba el menor pensamiento de ninguno de ellos. Ni un solo retazo de conversación resonaba en su cabeza, lo cual resultaba frustrante en grado sumo. Empezaba a sospechar que habría que renunciar a mis pretensiones, cuando sucedió algo que dio un vuelco extraño a la situación. Un tipo entró en el local y miró a todos lados como si tratara de localizar a alguien; tras una vacilación, se acercó a uno de los empleados y le hizo una pregunta; el otro negó con la cabeza; el recién llegado tuvo un gesto de frustración. Vino a sentarse cerca de nosotros. Al pasar a nuestro lado nos miró con indiferencia. Fue en ese momento cuando el rostro de Jacinto se animó de pronto. ¡Había captado algo! Esperé ansioso a que me dijese de qué se trataba.

-Espera a no sé quién para proponerle un sustancioso trato -musitó en mi oído y sentí que el corazón se me alborotaba-. Ahora está pensando en ir al banco para sacar un poco de dinero.

Observé que el individuo se incorporaba.

-Vamos tras él. No podemos perderle la pista -susurré poniéndome en pie-. ¿Estás seguro de lo que dices?

Jacinto afirmó.

-Ha pensado que podía engañarlo con facilidad y sacarse unos cuantos millones…

Era más que suficiente, concluí sonriente. Seguimos los pasos del fulano intentando que no se apercibiera de nuestra presencia. Poco después entrábamos en el banco.

Estábamos parados en un rincón, tratando de pasar desapercibidos, cuando entró en el local un sujeto que parecía nervioso; llevaba puesta una vieja gabardina, pese a que hacía un tiempo veraniego. Lo miré curioso; también él se fijó en nosotros. De repente Jacinto me cogió de la muñeca, apretándola con violencia.

-¿Qué pasa? -pregunté sobresaltado.

Hizo una leve señal con la barbilla.

-Ese tipo va a atracar el banco -musitó con voz crispada.

-¿Quééé?

-Bajo la gabardina lleva una pistola…

Un escalofrío de miedo corrió por mi espina dorsal; sentí un frío de muerte en el pecho.

-¿Estás seguro? -inquirí notando que el corazón latía desaforado; afirmó con la cabeza-. Puede ser peligroso –balbuceé, contemplado lleno de pánico al hombre.

-¡Hay que avisar a la policía!

Eché mano al móvil y empecé a marcar el 112, pero algo me detuvo. ¿Qué iba a decir? ¿Algo así como: “Oiga, mire usted. Según mi amigo, que es telépata, hay un fulano va a atracar el banco? Acudan rápido”. ¿Me creerían, acaso? Desanimado, lo guardé de nuevo. Jacinto afirmó, comprensivo. Permanecimos unos segundos paralizados por el miedo. Hasta el momento nadie parecía haber advertido la presencia del atracador. Ansioso, busqué con la mirada a ver si había algún guardia de seguridad, alguien que pudiera ayudarnos.

De pronto restalló un grito destemplado, diciendo que se trataba de un atraco, que todo el mundo alzara los brazos y permaneciese quieto. Se produjo entonces un coro de exclamaciones y gemidos. Los rostros de los presentes se giraron hacia el ladrón, que había sacado la pistola y encañonaba frenético en todas direcciones. Despavorida, una mujer perdió los nervios y trató de huir hacia la calle; el otro la atrapó al paso, la sujetó por el cuello con el brazo y la retuvo por la fuerza. Colocó el cañón de la pistola en la sien de la señora, que trataba de liberarse, aullando como una posesa.

-¡Si no hacen lo que digo, la mato ahora mismo! -rugió amenazante-. ¡Quiero todo el dinero que haya a mano! ¡Rápido!- ordenó, lanzando sobre el mostrador una gran bolsa que sacó de debajo del gabán. Nadie se movió; los empleados de la sucursal lo contemplaban indecisos-. ¿No han oído? ¡Metan en la bolsa el dinero o le vuelo la tapa de los sesos!

Uno de ellos, acaso el responsable, hizo un gesto de asentimiento; los demás comenzaron a moverse calmosamente, como en una coreografía rodada a cámara lenta. Manteniendo al menos uno de los brazos en alto siempre, fueron depositando junto a la saca los fajos de billetes que tenían a su alcance.

El tiempo transcurría lentamente, la mujer no cesaba de chillar histérica. El tipo no bajaba la guardia un segundo: con mirada sagaz trataba de controlar los movimientos de los presentes. Jacinto estaba pálido; yo a punto de que me diese algo: mi corazón semejaba una locomotora. Tenía las piernas temblorosas y un sudor frío resbalaba por mis espaldas. El responsable que antes diese la orden empezó a meter el dinero en la talega. Cuando hubo completado la recolecta, alargó el botín al hombre, que se encontró ante un pequeño dilema: la mujer seguía forcejeando, lo que mantenía ocupado su brazo izquierdo, mientras el derecho enarbolaba el arma: no podía, pues, recoger el trofeo que le tendía el otro.

Permaneció indeciso unos instantes que se me antojaron eternos; luego, de improviso, empujó con violencia a la señora y se adelantó un paso para tomar la bolsa. Jacinto aprovechó el momentáneo descuido para lanzarse rápidamente sobre él; antes de que pudiera girarse le golpeó con el puño en la nuca. El otro a punto estuvo de caer de bruces, pero se rehizo rápido y se giró con la pistola por delante. Tenía una mueca de odio reflejada en su rostro y gemí atemorizado, temiendo lo peor. Jacinto volvió a la carga embistiendo ciegamente contra él. Se enzarzaron en una lucha cuerpo a cuerpo. Traté de ayudarle, sumándome a la pelea. Mis ojos no se apartaban del cañón del revólver. En la refriega, mi amigo recibió un golpe en la sien con la culata y cayó aturdido al suelo. Quedé a solas frente al atacante.

-¡Quítate de en medio!- ordenó secamente apuntándome al pecho.

Tembloroso, jadeante, levanté los brazos de nuevo. Aprovechando que se había olvidado de él, Jacinto se movió con sigilo y le asestó un puntapié en el tobillo que le arrancó un sordo quejido. Me abalancé sujetándole el brazo con el que nos encañonaba. Jacinto le trabó las piernas y lo empujé con todas mis fuerzas, haciéndole caer; me tiré encima y rodamos los tres hechos un ovillo. Pero el ladrón llevaba ahora las de perder. Más aún cuando algunos de los presentes, saliendo del marasmo, se aprestaron a ayudarnos. Entre todos logramos reducirlo.

Estábamos incorporándonos cuando se presentó la policía: uno de los empleados había logrado accionar el timbre de alarma cuando se presentó el atracador. Aprensivo, miré la pistola, que sujetaba entre mis dedos. Al advertirlo, Jacinto se inclinó hacia mí y musitó muy bajito:

-Tranquilo, es de fogueo.

No logramos hacernos ricos, pero sí obtuvimos una sustanciosa recompensa por nuestra valentía, que repartimos a partes iguales. Animado por la experiencia, ando madurando un nuevo plan para forrarnos que me parece infalible. Lo malo es que Jacinto está enfadado conmigo desde que pasó lo del banco y no quiere saber nada de mí. Dice que soy un ambicioso, un egoísta; que, a raíz del golpe que recibió en la cabeza, ha perdido el poder y ya no puede leer el pensamiento. No sé si es cierto. Pero, desde luego, sus pupilas vuelven a ser del color que tenían antes.

Mala suerte, ¿no?

Yo tenía un amigo que, en determinadas circunstancias, era capaz de leer el pensamiento. Al menos, eso decía. Lo malo es que nunca precisaba cuáles eran y no había forma de saber si era cierto o no. Él, desde luego, parecía creerlo a pies juntillas. Aseguraba que el extraño poder le había sobrevenido tras uno de sus frecuentes ataques de jaqueca; en ocasiones, las neuralgias lo mantenían postrado durante horas. Ése, en particular, debió ser muy agudo. Tan insoportable era el dolor de cabeza que se había tenido que tumbar en la cama; el pulso, lacerante, golpeando en las sienes; la habitación a oscuras, por aquello de que la luminosidad acrecentaba aún más el malestar. Cuenta que hubo un momento en concreto que temió le fuera a explotar la cabeza.

No le estalló, pero después de ver lo que sucedió a continuación, está claro que algo pudo quebrarse en su interior. Decía que, de pronto, en lo más álgido de la crisis, sintió un pinchazo tan intenso en mitad del cráneo, y fue como si lo trepanasen con una broca al rojo vivo. Lanzó un aullido agónico, arqueó increíblemente la columna en un espasmo de muerte y cayó exánime sobre el lecho, con la respiración tan tenue que la madre, que había acudido alarmada al escuchar el alarido, creyó que le había dado un ataque al corazón.

Salió de la vivienda dando chillidos y reclamando ayuda. Cuando los vecinos acudieron, Jacinto -así es como se llamaba mi amigo-, había recuperado medianamente el color y aunque tenía la frente perlada de sudor, inspiraba el aire con absoluta normalidad. Su gesto no mostraba síntoma de malestar o sufrimiento; ahora aparecía relajado, sereno. Pero estaba sumido en un profundo letargo, un sueño tan inusitado como reparador, que duró varias horas.

Todo quedó reducido a un tremendo susto. Al despertar, dijo que estaba curado y que se encontraba mejor que nunca, que ya no tenía el dichoso runrún en la cabeza que lo atormentaba siempre. Su madre lo observaba aprensiva, temerosa de que no fuese así. Cuando Jacinto clavó en ella unas pupilas que parecían esconder dentro toda la luz del mundo, dio un respingo y, sobresaltada, preguntó:

-¿Qué le ha pasado a tus ojos, hijo?

Se encogió de hombros, sin saber a qué se refería. Era cierto: de marrones que fueron siempre -doy fe de ello. Lo conocía desde que éramos críos-, se habían vuelto de un azul tan puro que recordaba el del cielo en un diáfano día de primavera.

La telepatía se manifestó en ese preciso instante, según contaba. A la misma vez que llegaba a sus oídos la pregunta, en algún lugar imposible de ubicar en su mente, creyó escuchar otra cosa bien diferente. Algo así como: “¡Ay, Dios mío! ¿Qué está pasando? ¿A santo de qué todo esto? Este hijo mío no puede estar bien, por más que lo diga. Primero se poner a gritar como un loco, luego se queda transpuesto, más muerto que vivo. ¡Y, cuando abre los ojos, los tiene de un color distinto por completo! ¡Esto parece cosa del diablo!”.

Jacinto reconoció el timbre asustado de su madre, pero como no había pronunciado esas palabras, pensó que lo había imaginado.

Días más tarde se repitió el fenómeno. Viajaba en el metro; frente a él se había sentado una chica muy mona, con un libro abierto en las manos. Miró con curiosidad la tapa, tratando de leer el título. Casualmente, la muchacha alzó los ojos y los fijó en los suyos. De improviso, con nitidez, escuchó una voz completamente desconocida que parecía resonar en su cabeza: “¿Qué querrá éste? Seguro que es uno de esos salidos de mierda que te desnudan con la mirada. ¡Joder, son repugnantes!”

Jacinto parpadeó atónito, preguntándose quién demonios hablaba, a quién iban dirigidas las invectivas; incluso se giró para mirar en derredor, buscando la persona insultada, pero no había nadie cerca. En esa parte del vagón viajaban solos los dos. Aún le llegó otra oleada de improperios, que restallaron en su mente con fuerza. “¡Mira cómo se hace el disimulado, el muy cerdo! No finjas, que te he calado, macho. ¡Qué asco dan los tíos así!”. El tren arribaba a una de las estaciones y la joven se puso en pie con decisión; tironeó de su faldita tratando en vano de cubrir algo más de sus muslos y se aprestó a bajar. Antes de hacerlo le dedicó una última mirada cargada de desprecio. “¡Cabrón! ¡Machista!”, escuchó ahora. Sólo entonces comprendió que era él y no otro el destinatario de los insultos. Se sintió perplejo.

Pronto tuvo ocasión de comprobar que algo anómalo sucedía en su cabeza. De alguna forma que no podía precisar, se había producido un desajuste en el mecanismo interno de su cerebro. Regresaba a casa caminando rápido cuando, al doblar una esquina, casi tira al suelo a un señor que paseaba tranquilamente al perro. Se disculpó como pudo; el hombre, muy comedido, repuso que no tenía porqué: también él iba distraído. Sonrió cortés y, por un instante, sus miradas se cruzaron. Lo que escuchó en su cabeza desmentía la aparente amabilidad del anciano. “¡Vaya con el niñato! ¿Es que no os enseñan educación en las escuelas? ¡Pedazo de salvaje! ¡Menudo empellón me ha dado, el cacho bruto! ¡Qué forma de ir avasallando por el mundo! ¡Hay gente que merecería vivir en plena selva, como lo que son: animales!”. El tipo hizo un ademán a modo de saludo y reemprendió el paseo.

Quedó hecho polvo viendo cómo se alejaba.

Anduvo Jacinto dándole vueltas al asunto hasta que un día se atrevió a comentármelo. Con frases entrecortadas -estaba muy afectado, el pobre-, contó lo sucedido. Al principio me lo tomé a chirigota. ¡Comprenderán que nadie en su sano juicio hubiera dado pábulo a sus palabras, así, a la primera! Había oído hablar de la telepatía, y se me antojaba un auténtico cuento chino, algo más propio de la ciencia-ficción que de vidas cotidianas, como eran las nuestras.

Pero según iba facilitando los detalles, me sentía más y más confuso, hasta que, al final, acabé hecho un lío, sin saber si hablaba en serio o estaba tomándome el pelo. Eso de que ahora sus pupilas fuesen de distinto color, resultaba inquietante, desde luego. Suspicaz, lo miré a los ojos tratando de descubrir en ellos algún atisbo de burla. Tras unos segundos de vacilación, bajó la cabeza y, con acento contrito, dijo:

-No tienes derecho a dudar de mí. Somos amigos. Si te lo he contado es porque confío en ti. ¿No te das cuenta? Estoy asustado. Necesito ayuda.

No pude evitar un repentino sobresalto.

-¡Sabes lo que estoy pensando! -exclamé aturdido; afirmó sin osar alzar la vista-. ¿Cómo?

Se encogió de hombros con gesto abatido.

-Es lo que me gustaría saber -musitó inseguro.

-Pero… -empecé a decir; su gesto titubeante parecía sincero-. O sea, que es verdad: que te has vuelto adivino- balbuceé de la forma más estúpida.

-¡Bueno, tanto como adivino! En ocasiones, puedo leer el pensamiento de otras personas. No me preguntes cómo lo hago. ¡No entiendo lo que sucede! Pasa, aunque no sé por qué…

Boquiabierto, negué con la cabeza, sin poder dar crédito a lo que sucedía.

-¡Es increíble! ¡Puedes adivinar lo que estoy pensando!

-No siempre. Por ejemplo: ahora mismo no me llegan tus pensamientos -susurró con una mueca de duda pintada en el rostro. Me observó atento, con intensidad-. Me esfuerzo en leerlos, pero no puedo hacerlo. Es como si hubiera una barrera. ¡Qué más quisiera yo que saber lo que pasa! Unas veces sucede; otras, no.

Me sentía desconcertado. De pronto, una peregrina idea cruzó por mi cabeza. Socarrón, comenté:

-¿Imaginas si hubieras tenido esta facultad cuando estábamos en el instituto? Habríamos conocido de antemano los exámenes que iban a poner. ¡Jamás nos hubieran cateado…!

Puso sonrisa de circunstancias. No parecía que le hubiera hecho gracia el chiste. Estaba cabizbajo, desmoralizado.

-No sé qué hacer -profirió al fin-. Me molesta escuchar lo que piensan los demás…

Traté de darle ánimos.

-No hagas un drama donde no lo hay, hombre. Recuerda eso de: “No hay mal que por bien no venga”. Ya verás. ¡Algo bueno se nos ocurrirá para sacar provecho del extraño poder! -afirmé festivo. Tenía un gesto de impotencia que tiraba de espaldas. En el fondo, hasta me daba un poco de lástima verlo tan triste, deprimido.

-No lo entiendes. Esto no me gusta. ¿Sabes lo que es comprobar que la gente es más falsa que el beso de Judas? Dice una cosa y piensa otra.

Tendría razón, pero no iba a dejar que mi amigo del alma se hundiera por algo de lo que no era responsable. Como siempre fui más avispado que él, comencé a pergeñar un curioso plan.

Razonaba que ya que el bueno de Jacinto poseía el don de la telepatía, nada malo habría en tratar de sacarle algún provecho. Pero, entiéndanme: dentro de un orden. ¡Sin hacer nada de lo que tuviéramos que avergonzarnos un día! No soy de los que piensan que el fin siempre justifica los medios. Uno tiene sus principios; pocos, pero los tiene.

Desde que dijera aquello de los exámenes no podía apartar de mi cabeza una idea: ¿por qué no usar el don para obtener algo de dinero? Se me había ocurrido algo. Conociendo bien los lugares más frecuentados por los importantes de la ciudad -esa gente que habla de millones como si de calderilla se tratara- para sellar sus trapicheos, sería fácil apostarnos cerca y que Jacinto les leyese el pensamiento. Esperaríamos tranquilamente a que se iniciara una de esas transacciones que mueven muchos, muchísimos millones. Cuando se estuviera discutiendo las condiciones del contrato, él trataría de captar los dobleces y engaños, las mentiras y subterfugios que cada parte escondía.

Así de simple. Si en ese momento interveníamos para poner de manifiesto todo lo que se estaba tramando y descubríamos el juego sucio, obligando a la parte dolosa a colocar las cartas marcadas sobre la mesa, se evitaría el atropello. Dábamos por sentado que quienquiera que fuese el beneficiario, quedaría sumamente agradecido y nos daría algo más que las gracias. No éramos demasiado ambiciosos, la verdad. Para empezar, nos conformábamos con poco.

Digo nos conformábamos, aunque quizá debiera decir me conformaba. Jacinto no estaba por la tarea. Cuando le comenté el plan, se negó en redondo a participar. Era de una honestidad irreprochable y tenía dudas de que una actuación de ese tipo fuese lícita. Costó convencerlo de que nada inmoral había en ello. Al contrario, razonaba tratando de persuadirlo: ¡así ayudaríamos a evitar atropellos y robos!

Tras muchos dimes y diretes, acabé por socavar sus defensas y lo convencí para poner en marcha el plan. En principio, sólo a prueba, para ver si existía alguna remota posibilidad de que funcionara. Una mañana en que estábamos libres, fuimos a una de esas emblemáticas cafeterías donde se cierran grandes negocios.

Pasaban los minutos; los clientes iban y venían, compartían mesa, hacían comentarios, , pedían café, una copa, y Jacinto, por más que se esforzaba, no captaba el menor pensamiento de ninguno de ellos. Ni un solo retazo de conversación resonaba en su cabeza, lo cual resultaba frustrante en grado sumo. Empezaba a sospechar que habría que renunciar a mis pretensiones, cuando sucedió algo que dio un vuelco extraño a la situación. Un tipo entró en el local y miró a todos lados como si tratara de localizar a alguien; tras una vacilación, se acercó a uno de los empleados y le hizo una pregunta; el otro negó con la cabeza; el recién llegado tuvo un gesto de frustración. Vino a sentarse cerca de nosotros. Al pasar a nuestro lado nos miró con indiferencia. Fue en ese momento cuando el rostro de Jacinto se animó de pronto. ¡Había captado algo! Esperé ansioso a que me dijese de qué se trataba.

-Espera a no sé quién para proponerle un sustancioso trato -musitó en mi oído y sentí que el corazón se me alborotaba-. Ahora está pensando en ir al banco para sacar un poco de dinero.

Observé que el individuo se incorporaba.

-Vamos tras él. No podemos perderle la pista -susurré poniéndome en pie-. ¿Estás seguro de lo que dices?

Jacinto afirmó.

-Ha pensado que podía engañarlo con facilidad y sacarse unos cuantos millones…

Era más que suficiente, concluí sonriente. Seguimos los pasos del fulano intentando que no se apercibiera de nuestra presencia. Poco después entrábamos en el banco.

Estábamos parados en un rincón, tratando de pasar desapercibidos, cuando entró en el local un sujeto que parecía nervioso; llevaba puesta una vieja gabardina, pese a que hacía un tiempo veraniego. Lo miré curioso; también él se fijó en nosotros. De repente Jacinto me cogió de la muñeca, apretándola con violencia.

-¿Qué pasa? -pregunté sobresaltado.

Hizo una leve señal con la barbilla.

-Ese tipo va a atracar el banco -musitó con voz crispada.

-¿Quééé?

-Bajo la gabardina lleva una pistola…

Un escalofrío de miedo corrió por mi espina dorsal; sentí un frío de muerte en el pecho.

-¿Estás seguro? -inquirí notando que el corazón latía desaforado; afirmó con la cabeza-. Puede ser peligroso –balbuceé, contemplado lleno de pánico al hombre.

-¡Hay que avisar a la policía!

Eché mano al móvil y empecé a marcar el 112, pero algo me detuvo. ¿Qué iba a decir? ¿Algo así como: “Oiga, mire usted. Según mi amigo, que es telépata, hay un fulano va a atracar el banco? Acudan rápido”. ¿Me creerían, acaso? Desanimado, lo guardé de nuevo. Jacinto afirmó, comprensivo. Permanecimos unos segundos paralizados por el miedo. Hasta el momento nadie parecía haber advertido la presencia del atracador. Ansioso, busqué con la mirada a ver si había algún guardia de seguridad, alguien que pudiera ayudarnos.

De pronto restalló un grito destemplado, diciendo que se trataba de un atraco, que todo el mundo alzara los brazos y permaneciese quieto. Se produjo entonces un coro de exclamaciones y gemidos. Los rostros de los presentes se giraron hacia el ladrón, que había sacado la pistola y encañonaba frenético en todas direcciones. Despavorida, una mujer perdió los nervios y trató de huir hacia la calle; el otro la atrapó al paso, la sujetó por el cuello con el brazo y la retuvo por la fuerza. Colocó el cañón de la pistola en la sien de la señora, que trataba de liberarse, aullando como una posesa.

-¡Si no hacen lo que digo, la mato ahora mismo! -rugió amenazante-. ¡Quiero todo el dinero que haya a mano! ¡Rápido!- ordenó, lanzando sobre el mostrador una gran bolsa que sacó de debajo del gabán. Nadie se movió; los empleados de la sucursal lo contemplaban indecisos-. ¿No han oído? ¡Metan en la bolsa el dinero o le vuelo la tapa de los sesos!

Uno de ellos, acaso el responsable, hizo un gesto de asentimiento; los demás comenzaron a moverse calmosamente, como en una coreografía rodada a cámara lenta. Manteniendo al menos uno de los brazos en alto siempre, fueron depositando junto a la saca los fajos de billetes que tenían a su alcance.

El tiempo transcurría lentamente, la mujer no cesaba de chillar histérica. El tipo no bajaba la guardia un segundo: con mirada sagaz trataba de controlar los movimientos de los presentes. Jacinto estaba pálido; yo a punto de que me diese algo: mi corazón semejaba una locomotora. Tenía las piernas temblorosas y un sudor frío resbalaba por mis espaldas. El responsable que antes diese la orden empezó a meter el dinero en la talega. Cuando hubo completado la recolecta, alargó el botín al hombre, que se encontró ante un pequeño dilema: la mujer seguía forcejeando, lo que mantenía ocupado su brazo izquierdo, mientras el derecho enarbolaba el arma: no podía, pues, recoger el trofeo que le tendía el otro.

Permaneció indeciso unos instantes que se me antojaron eternos; luego, de improviso, empujó con violencia a la señora y se adelantó un paso para tomar la bolsa. Jacinto aprovechó el momentáneo descuido para lanzarse rápidamente sobre él; antes de que pudiera girarse le golpeó con el puño en la nuca. El otro a punto estuvo de caer de bruces, pero se rehizo rápido y se giró con la pistola por delante. Tenía una mueca de odio reflejada en su rostro y gemí atemorizado, temiendo lo peor. Jacinto volvió a la carga embistiendo ciegamente contra él. Se enzarzaron en una lucha cuerpo a cuerpo. Traté de ayudarle, sumándome a la pelea. Mis ojos no se apartaban del cañón del revólver. En la refriega, mi amigo recibió un golpe en la sien con la culata y cayó aturdido al suelo. Quedé a solas frente al atacante.

-¡Quítate de en medio!- ordenó secamente apuntándome al pecho.

Tembloroso, jadeante, levanté los brazos de nuevo. Aprovechando que se había olvidado de él, Jacinto se movió con sigilo y le asestó un puntapié en el tobillo que le arrancó un sordo quejido. Me abalancé sujetándole el brazo con el que nos encañonaba. Jacinto le trabó las piernas y lo empujé con todas mis fuerzas, haciéndole caer; me tiré encima y rodamos los tres hechos un ovillo. Pero el ladrón llevaba ahora las de perder. Más aún cuando algunos de los presentes, saliendo del marasmo, se aprestaron a ayudarnos. Entre todos logramos reducirlo.

Estábamos incorporándonos cuando se presentó la policía: uno de los empleados había logrado accionar el timbre de alarma cuando se presentó el atracador. Aprensivo, miré la pistola, que sujetaba entre mis dedos. Al advertirlo, Jacinto se inclinó hacia mí y musitó muy bajito:

-Tranquilo, es de fogueo.

No logramos hacernos ricos, pero sí obtuvimos una sustanciosa recompensa por nuestra valentía, que repartimos a partes iguales. Animado por la experiencia, ando madurando un nuevo plan para forrarnos que me parece infalible. Lo malo es que Jacinto está enfadado conmigo desde que pasó lo del banco y no quiere saber nada de mí. Dice que soy un ambicioso, un egoísta; que, a raíz del golpe que recibió en la cabeza, ha perdido el poder y ya no puede leer el pensamiento. No sé si es cierto. Pero, desde luego, sus pupilas vuelven a ser del color que tenían antes.

Mala suerte, ¿no?

 

 



 

Jacobo y los espejos



Yo tenía un amigo que confesaba sentir miedo a los espejos. Como lo oyen. De tan extraña peculiaridad me enteré casualmente un día, mientras tomaba unas cervezas con un compañero de trabajo. A la hora de pedir tapa comenté que aborrecía todo aquello que en su preparación entrase el ajo o cebolla. Me caían mal al estómago. Se burló de mí diciendo que a ver si iba a resultar más raro aún que el pobre Jacobo, que trabajaba en la misma planta, pero en un departamento distinto. Por aquel entonces sólo lo conocía de pasada. Si he de ser sincero, hasta ese momento apenas me había fijado en él. Al oír el comentario pregunté qué diablos le ocurría. Socarrón, se echó a reír asegurando que tenía pánico a los espejos, sobre todo a los grandes, los que permiten ver reflejada tu imagen de cuerpo entero. Nunca antes había oído hablar de una fobia semejante.

Como el anecdótico asunto no revestía mayor importancia, es probable que hubiera acabado olvidándolo sin más; sin embargo, a los pocos días, asistí al banquete de despedida de un colega que se jubilaba y, mira por dónde, el azar quiso que se sentara a mi lado. Fue entonces cuando recordé el tema. Confieso que se despertó en mí el morboso deseo de saber algo más acerca de tan sorprendente manía y anduve todo el tiempo espiándolo con malsana curiosidad. Para decepción mía, nada extraño pude observar en su comportamiento: su conducta fue, en todo momento, de lo más correcto. Verdad es que en la sala donde se celebraba el ágape no había ningún espejo.

Durante la comida fuimos trabando conversación; como suele suceder en estos casos, al principio charlamos de cosas intrascendentes, para acabar luego hablando de las aficiones comunes. Me agradó enormemente que se confesara un auténtico melómano clásico. Sonreí satisfecho porque no le andaba a la zaga: dispongo de una surtida discografía que recoge lo más selecto de esa música inmortal. Aseguró también que era un devorador de libros: leía de modo casi compulsivo cuanto caía en sus manos. Por mi parte afirmé que, para mí, leer es un verdadero vicio: a todas horas ando con un libro en la mano.

Tras la celebración, a la hora de regresar a casa, por aquello de rebajar un poco la comida- ¡y también el alcohol! No estoy acostumbrado a beber y había tomado alguna copa de más. Me sentía un poco aturdido- decidí hacerlo dando un paseo. Como le cogía de paso, se ofreció a acompañarme durante un trecho del camino. A esas alturas de la tarde habíamos intimado lo suficiente como para que la proposición no resultase inoportuna. Es más, me encantó porque era una persona agradable y muy amena su conversación.

Una vez que nos pusimos en marcha, me llamó la atención que, cada vez que cruzábamos ante un escaparate o el cristal de un coche, desviaba rápidamente la mirada. No sé en qué momento se apercibió de mi creciente perplejidad, mas al llegar a una bocacalle y ver cómo se apartaba presuroso para no reflejarse en el vidrio de una puerta, con una sonrisa de circunstancias, comentó como de pasada:

-Veo que ya te han advertido de mi rareza- sus palabras eran más la constatación de una realidad que una queja propiamente dicha: no parecía que se sintiese molesto por ello. Avergonzado, traté de fingir que no sabía de qué hablaba. No se dejó engañar-. ¡Bah! No te preocupes. Lo entiendo. Sé que resulta inusual que sienta terror ante los espejos.

-Bueno, yo… Convendrás en que es ciertamente... curioso -repuse indeciso.

-No puedo evitarlo -afirmó repentinamente serio-. Siento verdadero pánico.

Tenía la cabeza un poco embotada, me zumbaba; costaba coordinar las ideas. ¿Por qué habría bebido tanto?

-¿Y por qué, si puede saberse?

Se tomó su tiempo antes de responder. Habíamos llegado a un pequeño parque, y, sin mediar palabra, nos sentamos en uno de los bancos. Era una soleada tarde de otoño, no había nadie en las inmediaciones y el ambiente, apacible, invitaba a las confidencias.

-Sé que puedo confiar en ti. Eres una persona prudente, no como otros- aseguró, y me sentí halagado por sus palabras-. Mira. Soy de la opinión de que las imágenes que se reflejan una vez en el azogue -empezó a decir titubeante, como si le costase acertar con las palabras-, no llegan a perderse jamás. No sé si me explico. Es complicado... Se desvanecen, se esfuman, se van difuminando poco a poco, diluyéndose más y más, hasta parecer que se han perdido...

-¿Y no es así? –quise saber. Negó con la cabeza.

-Nunca acaban por volatilizarse -musitó vacilante, como si de improviso sintiera vergüenza por lo que contaba, como si fuese consciente de lo disparatado de aquella peregrina teoría.

Traté de disimular mi asombro. ¿Dónde quería ir a parar con semejante afirmación?

-Perdona, pero no acabo de entender.

Otra vez demoró la respuesta; me observaba atento.

-¿Conoces la teoría científica del Big-Bang, lo relacionado con el Gran Estallido y el origen del universo, eso de la imposibilidad de que el sonido se extinga totalmente? -soltó de seguido. Di un bufido. ¡Por favor, tecnicismos a estas horas, no!, protesté mentalmente. Sentía una pesadez terrible, una somnolencia insoportable.

-Sólo de pasada… ¡Muy de pasada! -añadí evasivo empezando a lamentar el haber aceptado su compañía.

Parecía abstraído, como si anduviese buscando los términos adecuados para expresar de forma coherente sus razonamientos; tras aclararse la garganta con un ligero carraspeo, se enzarzó en una larga perorata de la que apenas guardo recuerdo alguno. Estaba, ya lo dije, algo mareado. Habló con gran vehemencia, con todo lujo de detalles, como si el suyo fuera un discurso largamente meditado, madurado lentamente, enriquecido con mil y un datos entresacados de alguna enciclopedia temática o de complicadísimas tesis doctorales.

Lo escuché boquiabierto, sin dar crédito a lo que escuchaba. ¿Realmente era la misma persona de un rato antes? Ahora se me antojaba un científico alocado, inmerso en su mundo de conjeturas e hipótesis. Cada vez más confundido, lo oí expresarse en términos realmente brillantes, lo reconozco, sobre la extraña presunción de que, al igual que acaece con cualquier sonido -desde el momento en que se produce, va perdiendo intensidad a cada segundo que pasa, amortiguándose paulatinamente, se va debilitando hasta hacernos pensar que se haya extinguido, que se ha perdido para siempre-, con las imágenes reflejadas en un espejo sucede algo parecido: aunque la visión se desvanezca, nunca llega a desaparecer del todo.

De ahí pasó a asegurar, rotundamente, como si se tratase de un axioma incuestionable, que del mismo modo que un cuerpo elástico, al sonar produce una perturbación física, un tipo de vibración que se transmite por un medio físico creando una sensación acústica, provocando una transmisión de energía sin que suponga desplazamiento neto de materia (¡), sucede con las imágenes en los espejos. Afirmó sin ambages que, en determinadas circunstancias, esa bruñida amalgama de mercurio puede ser puerta de acceso a la dimensión espacio-temporal.

No entendía yo cómo podía suceder esto, pero no estaba en condiciones de rebatir su discurso. Ante mi silencio cómplice, prosiguió su apasionada arenga utilizando expresiones cada vez más eruditas, si cabe, también más sofisticadas; al menos, así me lo parecía. Decididamente, hacía mucho que había perdido el hilo de su argumentación. Estaba demasiado aturdido. Vagamente creo recordar que hizo alusión a que todo se reducía a una mera cuestión matemática, cosa de límites y derivadas, pero quizá lo soñé. Cualquier onda -por ende, una imagen-, va perdiendo amplitud -¿o era longitud? Imposible precisar el término ahora-, se va acortando, hasta tender al cero, pero sin llegar nunca a alcanzarlo. Como la pulga que siempre salta la mitad de la longitud que tiene delante y jamás llega al final, explicó con solvencia.

Me sentía terriblemente estúpido tratando de evitar que mis párpados cayesen vencidos por el sopor. Concluyó la farragosa parrafada asegurando que por esa razón, si se contara con los medios técnicos adecuados, se podría rastrear en el fondo del universo hasta dar con un sonido/imagen determinados, previamente definidos. Se podría recuperar así el rumor de mil batallas acaecidas hace siglos, escenas que sucedieron en el neolítico, diálogos mantenidos en épocas periclitadas o la visión de cualquiera de los personajes famosos que han existido a lo largo de la Historia...

Desorientado y perplejo como pocas veces lo estuve antes, asentía tontamente con la cabeza, sin llegar a comprender nada de cuanto pretendía trasmitirme. Al ver que por fin guardaba silencio, lo espié de reojo durante un par de largos minutos. Permanecía callado, embebido por completo en sus cábalas. Temiendo que pudiera añadir algún disparate más, pregunté muy bajito:

-¿Y eso que tiene que ver con tu fobia?

Me miró con el desconcierto asomando a los ojos.

-No has entendido nada. ¡Nada en absoluto!- murmuró con fatiga, pero sin enojo.

-Temo que no -musité a modo de disculpa-. He tomado alguna copa de más y estoy un poco aturdido. Ya me lo aclararás en otro momento. Ahora, si no te importa será mejor que prosigamos paseando -propuse conciliador, poniéndome en pie.

Se incorporó pesadamente y caminó a mi lado.

-Te diré por qué les tengo pavor.

-No hace falta. De veras. Tiempo habrá de volver al tema ahora que ya somos amigos -repuse sintiéndome culpable sin saber por qué. Me avergonzaba su manifiesta frustración.

Recorrimos en silencio un par de manzanas.

-Me dan miedo por lo que guardan dentro -dijo al fin-, por lo que hay en su interior: todas las imágenes que han quedado acumuladas en el fondo de azogue. Sé que están ahí, en una especie de limbo, esperando el momento para escapar. Temo lo que pueda àsar si eso llegara a suceder.

Me detuve atónito. ¿Hablaba en serio? ¿No estaría burlándose de mí?

-¿Salir las imágenes del interior?-balbuceé pasmado.

-O caer nosotros dentro, si lo prefieres… -no podía dar crédito a lo que estaba escuchando. El viejo mito creado por Carroll: Alicia a través del espejo. Y Jacobo parecía creerlo a pies juntillas.- ¿No habías oído hablar de que son una puerta abierta a otra dimensión? -negué aturdido; me miró triste-. Guárdate de ellos. Son una amenaza. ¡Nadie sabe lo que hay al otro lado!

-Pero, Jacobo. ¿De qué demonios hablas? ¿Dónde has estudiado todo esto? Un espejo sólo es una superficie plana, pulida, en la que se reflejan los objetos…

Negó cabizbajo.

-Estás en un error. No se reflejan sólo. De algún modo roban parte del alma.

¡Dios santo! Sufría los mismos atávicos miedos que los primitivos que temían ver su imagen reproducida en un retrato. Aunque mi aturdimiento de poco antes se había disipado como por ensalmo, no tenía argumentos para rebatir tanto despropósito. Me sentía terriblemente confuso, quizá por ello guardé silencio hasta que llegamos al punto en el que debíamos separarnos.

-Me alegro de haberte conocido -dije, sabiendo que no era sincero del todo.

-Espero que sea cierto -repuso mientras estrechaba mi mano-. Y, por favor, sé prudente: con nadie más he conversado tan profusamente de todo esto.

Me alejé a toda aprisa.

Nunca más hablamos del tema; decididamente, ambos lo rehuíamos. Siempre que me veía con él, charlábamos de música o literatura; en ocasiones intercambiábamos algún disco o un libro. Jamás comenté lo sucedido. No quería contribuir a acrecentar la fama de chiflado que tenía. Era como si, en el fondo, sintiese un poso de culpabilidad por no haber entendido lo que tan trabajosamente había tratado de explicarme.

Meses después, una noche de invierno, estando solo en casa -mi esposa y el niño habían ido a visitar a la abuela-, recibí una llamada telefónica. Me sorprendí mucho al reconocer la voz de Jacobo. Parecía asustado.

-¿Podrías hacerme un favor? -preguntó en un susurro. Repuse que sí, lo que hiciese falta. Me sentía en deuda con él. Añadió:- Ya sé que es un poco extraño, pero… Pero ¿te importaría acogerme esta noche en casa?

Quedé momentáneamente desconcertado.

-¡Claro! Por supuesto -mascullé esforzándome en disimular mi asombro. ¿Qué podía suceder para que llamase así, de improviso?-. Puedes venir cuando quieras. Además, mi mujer y el crío están de viaje. Te espero.

Creí escuchar un suspiro de alivio. Tras un leve titubeo, añadió:

-Esta tarde han venido los albañiles para la reforma de que te hablé -era cierto. Me lo había comentado unos días antes. Quería reformar la cocina y el baño- y está todo manga por hombro. Han cortado el agua y encima falla la luz. No sabía a quién acudir…

-No te preocupes. No tienes que darme explicación alguna.

-Gracias. Eres un buen amigo. No tardaré.

Cuando colgó me sentía inquieto. ¿Realmente se trataba sólo de las molestias caseras o había algo más? ¿Qué?

Jacobo se presentó media hora más tarde. Apenas si traía en la mano una bolsa con el pijama y los útiles de aseo. Era obvio que había salido de casa a toda prisa. Al ver el espejo que tenemos en la entrada, agachó la cabeza. Le hice pasar al salón; sonaba una sinfonía de Schubert, que identificó al punto. Estaba tenso; se me antojó asustado. Entró receloso, mirando en derredor por si tropezaba con algún otro cristal. Lo invité a tomar asiento. Tras unos segundos de silencio, a modo de excusa, dijo:

-Había pensado alojarme en un hotel, pero no me he atrevido. Ya sabes: suele haber espejos por todas partes. -Entendí su prevención. Nunca hasta ese momento lo había visto así de intranquilo-. Te preguntarás por qué estoy tan asustado. Hoy es veintiocho de Febrero -era verdad. Estábamos en un año bisiesto; aquél era el penúltimo día del segundo mes-. Por lo que sé, es la peor fecha de todas -aseguró sombrío-. El de mañana es un día artificioso, que no tiene identidad real, construido a base de retazos, con sobras de los años normales. –como me limitase a sentir con la cabeza, prosiguió hablando-. He leído en un manual… Uno de esos libros que se dedican a estudiar lo prohibido, lo arcano, lo esotérico, que a las doce en punto de la noche puede abrirse la puerta prohibida. ¿Te das cuenta? Si se dieran las circunstancias adecuadas, podría romperse el precario equilibrio existente en el mundo, formarse un bucle espacio-temporal, y las fuerzas ocultas escaparían a través del espejo… -traté de disimular mi turbación; aún así debió de percibir mi creciente estupor-. Sé que no me crees, pero no importa. Es cierto. Lamentablemente, lo es. Está escrito desde la noche de los tiempos. Por eso no me atrevo a estar solo. A tu lado me siento más seguro. De algún modo, estás enterado de lo que puede suceder…

Me pregunté si no estaría un poco chiflado, si aquella monomanía suya no habría derivado en algún tipo de paranoia bastante más seria. Me abstuve de hacer comentario alguno. No era momento. Y también yo tenía mis propias rarezas. Sentía una infinita pena por él.

-¿Quieres ducharte? -inquirí tratando de parecer sereno-. Ven. Te llevaré al cuarto de baño. Hay un espejo, pero lo cubriré con un albornoz. Espera- hice lo que había dicho y lo llamé. Acudió al aseo; le ofrecí una toalla. Mientras esperaba a que saliese, cavilé lo difícil que debía ser convivir con semejantes prejuicios. Cuando regresó un rato después, con el pijama puesto, parecía más calmado-. ¿Todo va bien?

Afirmó con una sonrisa triste, ocupó uno de los sillones.

-Gracias por no rechazarme -dijo ahora-. Para todos resulta incomprensible mi miedo, pero no puedo evitarlo -recordé que el día del banquete se había expresado de modo similar-. No quería estar solo esta noche. Desde hace días siento un desasosiego terrible. Es como una premonición que tengo. Sé que algo diabólico ronda en torno a mí, que algo malo va a ocurrir. No preguntes cómo o porqué, pero sé que sucederá.

Sonreí afectuoso. Me daba lástima, me inspiraba una profunda sensación de piedad verlo tan frágil, tan vulnerable. Por otro lado me sentía desasosegado, lleno de desazón. ¿Y si tenía razón? ¿Y se acaecía algún fenómeno inexplicable? Al punto rechacé la idea. ¿En mi casa? ¡Imposible! Bueno. Sólo era cuestión de darle alojamiento por una noche. Mañana, al hacerse de día, iríamos juntos al trabajo y acabaríamos riéndonos de esos temores infantiles. Se marcharía a su casa y todo sería como un mal sueño. Pasado un tiempo, cuando me lo tropezase en la oficina, le diría que sería conveniente que visitase a un médico, que debía ponerse en tratamiento cuanto antes: estaba enfermo.

Durante un rato estuvimos charlando sobre música clásica; a la hora de acostarnos le ofrecí la habitación de los invitados porque no tenía ningún espejo a la vista. Eran casi las doce; se le veía más relajado; quizá sólo lo parecía. Ahora pienso que, en realidad, se esforzaba en disimular su pánico. Fue al aseo para lavarse los dientes. De pronto escuché un gemido agónico y me sobresalté. Corrí al baño; la puerta estaba cerrada. Golpeé con los nudillos mientras llamaba insistente. No contestó. Cogí el tirador y abrí. Estupefacto comprobé que allí no había nadie. La toalla que cubría el espejo había resbalado y estaba en el suelo. ¡Pero no había señal de mi amigo!

Por incomprensible que pueda parecer, Jacobo había desaparecido como por ensalmo ante mis ojos. Me encontraba a escasos metros de él. Lo vi entrar al aseo y segundos después ya no estaba. Increíble, pero cierto. Sé que cuestionarán cuanto digo, pero así fue. La ventana que da al patio de luces estaba cerrada por dentro; es más tiene una reja porque temíamos que el niño pudiera sufrir un accidente. Por eso la mandamos instalar.

Perplejo, observé el recinto; al reparar en la toalla, la recogí mecánicamente. Al incorporarme, mi mirada se clavó en el espejo. ¡Juro que no vi reflejada la pared de enfrente, como sería de esperar, como sería lógico, sino una imagen distinta, desconocida, oscura, que no se correspondía en absoluto con la intensa luminosidad que reinaba en el pequeño recinto!

Excuso decir el terror que sentí. La única señal de la presencia de Jacobo en el interior del aseo era el cepillo de dientes y el tubo de dentífrico que había traído y que quedaron sobre el lavabo. Nada más. Despavorido salí, cerrando la puerta apresurado. Permanecí mucho rato sentado en el sofá, en estado catatónico, mirando fijamente hacia allá, sin saber qué hacer, qué determinación tomar. Mi cerebro era un caos alucinado. ¿Serviría de algo pedir ayuda? ¿A quién? ¿Cómo? ¿Llamar a la policía para comunicar su desaparición? ¿Me creerían? En mejor de los casos, ¿cómo recuperar a Jacobo? ¿Podríamos sacarlo del espejo…?

Han pasado cuatro años desde aquella aciaga noche. Nunca dije a nadie lo que había sucedido, ni siquiera a mi esposa se lo confesé: hubiera pensado que había perdido la cabeza. Durante todo este tiempo he callado por temor a ser tachado de loco.

Pasé la noche en vela, temblando de miedo, temiendo a cada instante que la puerta se abriera y de allí saliese… ¿Qué esperaba, qué temía que saliera, Dios mío, si hasta yo mismo comprendo lo ilógico, lo extravagante y absurdo de este espanto que se había apoderado de mí, que me anulaba por completo? Al hacerse de día llamé al trabajo para decir que no me encontraba bien. No mentía: tenía fiebre y un sentimiento de horror y repulsa, se había instalado en el fondo de mi corazón. Ahí sigue. Desde aquella noche soy otro. Lo que sucedió me transformó por completo. Ahora soy una persona enferma, siempre al borde de la histeria, que siente miedo de los espejos; sobre todo de los grandes. Pero sabiendo cómo se mofaban del pobre Jacobo, oculto celosamente esta aversión mía. Eso, junto con la desaparición de mi amigo, constituye mi gran secreto.

Nunca más he sabido de él; su desaparición resultó inexplicable para cuantos le conocían. Hay quien opina que abandonó su casa en obras para ir a alojarse en algún hotel y que sufrió un accidente. Su cuerpo nunca ha aparecido.

Lo peor de todo es que también hoy es veintiocho de Febrero y, como entonces, estoy solo. Hace meses que mi mujer me abandonó hastiada de mi comportamiento, de la supuesta perturbación mental que se ha ido adueñando de mí; se fue llevándose al niño. Son casi las doce de la noche. He cerrado la puerta del baño, pero aún así, sé que cualquier cosa puede pasar.

 

Multiplicidad



Esta mañana, mientras me aseaba, ha sucedido algo muy extraño: andaba dando los últimos retoques al afeitado cuando, de pronto, el espejo se ha roto de golpe. Ha estallado, más bien. No sé por qué, pero el cristal se ha fragmentado en un montón de trozos irregulares. La imagen que estaba viendo se ha multiplicado otras tantas veces. Algunas esquirlas me han alcanzado, produciéndome pequeñas heridas en el rostro, incluso en el cuello. Nada grave, en realidad, aunque me he asustado. La sangre es siempre tan aparatosa...

Poco después he salido de casa para dirigirme hacia la parada del autobús. Cosa curiosa: no me he tropezado con nadie durante todo el trayecto, lo cual resultaba ciertamente raro. A esa hora, por lo general, suele estar bastante concurrido y he de andar vigilando las carreras y juegos de los niños para evitar que me atropellen, los empellones de la gente que camina presurosa hacia el trabajo, de las amas de casa que se dirigen a la compra o sabe Dios dónde.

Al doblar la esquina he divisado el bus estacionado en la parada, por lo que he acelerado el paso. Perderlo significaba una demora de 15 minutos y no quería llegar tarde a la oficina. Al entrar he visto que el conductor no estaba sentado al volante. Era la primera vez que ocurría algo así en el tiempo que llevo usándolo. He pasado la tarjeta del bono-bus por el lector y cuando ha pitado, me he dirigido hacia la parte de atrás. Suelo elegir ese sitio porque es más tranquilo.

Sólo eran cuatro los usuarios a esa hora, lo cual ha sido motivo de asombro. Normalmente va atestado de usuarios. Tres estaban sentados casi en el centro; el cuarto, de espaldas allá al fondo, permanecía de pie. Aunque podía ocupar cualquiera de los muchos asientos libres, no sé por qué he decidido a ocupar uno situado frente al grupo formado por un anciano, un chiquillo delgaducho de unos diez u once años y un hombre que andaría rozando la treintena, cuyo aspecto era ciertamente desaliñado: llevaba el pelo largo y enmarañado, se cubría la cabeza con una gorra calada hasta las orejas, vestía un mugroso y deteriorado pantalón de pana. Educadamente he deseado los buenos días; han correspondido con una leve inclinación de cabeza. El señor del fondo no se ha dignado contestar.

En el primer momento quien ha llamado mi atención ha sido el niño. Su rostro me resultaba vagamente familiar; era como si lo conociese de algo, mas no podía precisar de quien se trataba. He pensado que acaso fuese hijo de algún vecino. No había tenido tiempo de identificarlo cuando, con gran descaro, me ha espetado:

-¿Qué voy a ser?

Su chocante pregunta ha tenido la virtud de causarme intenso desasosiego. No sólo por lo que había dicho, sino también porque he creído percibir algo inquietante en esa voz.

-Perdón. ¿Cómo dices?

El pequeño me miraba inquisitivo.

-Quiero que me digas qué voy a ser.

-No entiendo. Ser ¿cuándo?

Tenía clavados en mí unos ojos fríos que creía haber visto antes de cerca.

-En el futuro -ha sido su desconcertante respuesta.

Supongo que he debido tener un gesto de estupor.

-Bueno, no sé... Depende de muchas cosas, supongo -he dicho sin demasiada convicción mientras consultaba con la mirada al anciano situado a su derecha por si, de alguna forma, era responsable de aquel arrapiezo que con tanta desfachatez abordaba a los desconocidos.

Sólo entonces he reparado que también el apergaminado rostro del octogenario me resultaba oscuramente familiar. ¿Es posible que le conociera? Por un instante me he sentido confuso.

-Sí, contéstale. ¿Qué será de mayor? -ha preguntado a su vez.

Mi perplejidad iba en aumento. Empezaba a sentirme inquieto.

-Oiga, yo... ¿Cómo podría saber lo que será en el futuro? Imagino que lo que desee.

Me ha parecido que el viejecito sonreía socarrón.

-¿Seguro? ¿Lo has logrado tú? ¿Acaso tú eres como has querido ser?

Cada vez me encontraba más incómodo.

-¿A qué viene importunarme de este modo? ¿Con qué derecho hace esa pregunta?

Entonces ha terciado en el diálogo el de la barba.

-¡Con el mismo que tiene el chaval o que tengo yo! -ha asegurado categórico y su voz tenía algo que me ha impresionado. Hasta ese momento había permanecido con la cabeza gacha, como ensimismado. Al cruzarse nuestras miradas he sentido de pronto que había visto aquellos ojos hacía muy poco tiempo. ¿Dónde?, me pregunté en vano.

-¿Cómo dice?

-Respóndele -ha apremiado con un gesto tan familiar que incluso me he estremecido.

-Pero es que...

El niño parecía terriblemente triste al decir:

-No podré ser lo que quiero. No me dejarán. Sueño con llegar a pisar la Luna -ha susurrado con voz apagada en la que, por un segundo, he creído reconocer la propia.

-¡Qué estupidez! ¡Mira que querer pisar la luna! -he exclamado impulsivamente. Al punto me he arrepentido de ese arrebato de espontaneidad. He recordado que una vez alguien contestó de modo semejante cuando, más o menos a la misma edad que tenía el chicuelo, inocentemente había expresado mi deseo de ser astronauta. No es que tuviera claro lo que significaba esa profesión, pero la palabra adquiría en mis oídos épicas resonancias. Tenía algo de iniciática.

Se ha hecho un silencio sepulcral.

-No fui el que quise ser -ha añadido con una fatiga de siglos el anciano-. No me dejaron. ¡No me dejaste, más bien...!

-¿Que no le dejé? -he exclamado estupefacto-. ¡Lo que faltaba por oír! ¡Acabáramos!

-En su momento, no hiciste lo que deberías haber hecho -ha musitado triste.

Apenas podía dar crédito a lo que oía. Miraba asombrado a los allí reunidos.

-También yo he de hacer un reproche: por tu falta de fe impediste que llegara a ser quien siempre ansié ser -ha acusado el de la gorra calada y los pelos largos. Su gesto de cansancio infinito recordaba al de esos transeúntes con los que a veces me cruzo en la calle. ¡Y que suelo evitar!

Me he sentido acorralado, contrariado ante el cúmulo de imputaciones que hacían.

-¿Quiénes son ustedes? ¿A santo de qué vienen estas acusaciones?

El niño ha murmurado triste:

-Aprendiste bien la lección.

-¿De qué lección hablas? -he inquirido furioso.

Un silencio de décadas encerrado en sus pupilas.

-La que te dio tu padre aquel día cuando dijiste que querías ser astronauta. Se burló. Nunca pudiste olvidarlo, ¿verdad?

He parpadeado sorprendido. ¿Fue papá quien hizo eso? No lo recordaba.

-¿Cómo conoces este detalle?

El hombre de la encrespada melena ha murmurado:

-¡Como yo conozco otros muchos que te atañen! Que nos atañen -ha añadido con un tonillo zumbón que me ha exasperado-. ¡Y hay más cosas! Por ejemplo: sé que quisiste ser poeta...

Me he revuelto inquieto. ¿Qué estaba pasando? No era lógico. ¡Ése fue siempre mi más secreto anhelo! No creo haberlo dicho a nadie. ¡Nunca dejé que otra persona leyera mis versos!

-No... no entiendo.

-¡Eran otros tiempos! -ha seguido él; sonreía con gran pesar-. Por aquel entonces soñabas con alcanzar la utopía, la plenitud. Pero te faltó tesón. Pronto te dejaste ganar por la línea recta de la ramplonería. Papá hizo que renunciaras a los sueños de justicia y libertad... ¡Comenzaste a morir en vida cuando te buscó aquel trabajo en la oficina y lo aceptaste!

He dado un respingo; mi pulso latía con el ritmo perdido, roto. ¿Cómo conocía pormenores tan íntimos? ¡Forman parte de mi vida privada!

-¿Quiénes... quiénes son ustedes? -he preguntado con un hilo de voz

Ha sido el anciano el que ha añadido:

-¿Aún no has comprendido?

El niño ha susurrado:

-No, no comprende. No quiere comprender.

Y el de la barba, señalándome con él índice acusador, ha gritado casi:

-¡Míranos! ¡Fíjate bien en nuestros rostros!

No sabía lo que querían de mí, por qué decían todo esto. Sólo sé que sentía deseo de huir. ¿Por qué sus rostros resultaban familiares? ¿Por qué había ese aire común entre ellos? Y lo que era peor: ¿cómo es que tenían conocimiento de esas intimidades mías? Me sentía cada vez más aturdido, más confuso. Entonces, por fin, se ha hecho la luz en mi mente y he creído entender.

-Vosotros sois... -no me atrevía a concluir la frase.

Han afirmado con la cabeza al unísono.

-El que quisiste ser -ha musitado el chiquillo.

-El que pudiste ser -ha murmurado cansinamente el de los pelos enmarañados.

-El que ya no serás. Fíjate bien -ha susurrado con un hilo de voz el anciano-. ¿Ves en qué hubieras acabado por convertirte? Serías un despojo.

El del aspecto de indigente ha aseverado con voz cansina:

-Soy nadie perdido en el espejo.

-Seré un proyecto truncado, un mero apunte de realidad -ha acotado el crío de las profundas ojeras. El corazón me golpeaba con fuerza en el pecho-. Fuiste demasiado cobarde.

-Y conformista. Te faltó valor para enfrentarte al mundo -ha dicho el hombre.

-El mundo te ha hecho su esclavo. ¡No has sido ni serás nada ni nadie! -ha sentenciado el viejo.

-Ni siquiera esperanza -ha siseado con desaliento la criatura.

-Ni siquiera recuerdo: nada -ha dicho el otro, agotado.

-Sólo polvo de olvido -ha sentenciado el octogenario.

Un escalofrío de muerte ha recorrido mi espalda. Me he puesto en pie. ¡Escapar de allí, romper el círculo! La sangre bullía acelerada en mis venas. ¡Que se callen! ¡Que se callen de una maldita vez! ¡Que me dejen en paz!, he intentado gritar. Acaso sólo lo pensaba. Un marasmo se había apoderado de mí. Era incapaz de reaccionar.

-¿Dónde está el conductor? ¿Dónde se mete? ¿Por qué no arranca de una vez este autobús? -me preguntaba aterrado.

El cuarto pasajero, que hasta ese instante había permanecido silencioso e inmóvil allá en el fondo, se ha girado despacio y ha dicho:

-Yo me pondré al volante. Es el viaje final: soy el que eres...

Pero he comprendido que no era él quien hablaba, sino que la voz que creía escuchar era la mía propia. ¡Él nunca hubiera podido hablar con aquel largo tajo que casi seccionaba por entero su garganta! La sangre resbalaba lenta por su cuello empapando la camisa. Aunque un rictus doloroso deformaba su rostro he reconocido el mío ante el espejo roto.

Sobre hombres y plantas



He de darme prisa. El tiempo se acaba. Viene por mí, lo sé. No hay escapatoria posible. Me tiene rodeado. Si agudizo el oído casi puedo percibir el reptar de sus tallos por las paredes cercanas. Avanza despacito, tantea, me busca. Sabe que estoy aquí. Es cuestión de tiempo el que me localice, y cuando eso suceda... ¡Cuando eso suceda será el final! He de apresurarme, por tanto; he de escribir rápido estas líneas para que el mundo conozca el horror que acecha afuera. No tengo esperanza de recibir ayuda. Anoche cortó la línea telefónica, todos los cables eléctricos. Estoy aislado por completo. Cuando alguien se acerque a la casa no quedará nada de mi presencia. Es inteligente, muy inteligente, más de lo que nunca pude imaginar. Estoy indefenso ante ella y lo sabe. Sólo puedo tratar de alertar a los demás del horrible peligro que acecha en el jardín...

Todo comenzó hace apenas unos meses. Un buen amigo, sabedor de mi pasión por las plantas exóticas, me obsequió con un raro ejemplar conseguido en cierto país sudamericano donde había estado de vacaciones. Le aseguraron que se trataba de una especie recientemente descubierta en plena selva amazónica. Prácticamente aún estaba sin catalogar. Los nativos de la zona aseguraban que era carnívora. En principio me pareció bastante vulgar, una simple enredadera sin mayor atractivo. Era pequeñita, tenía sólo dos o tres tallos muy finos, con un par de hojas en cada extremo. Venía en un tiesto de cerámica; su aspecto era un tanto marchito, tal vez debido al largo viaje, por lo que la coloqué en el invernadero que reservo a las plantas delicadas de mi extensa colección, para que se fuera aclimatando poco a poco.

El ambiente templando y húmedo del interior pareció venirle bien. En cuestión de días recuperó su lozanía y pronto comenzó a desarrollar nueva yemas. Un par de semanas más tarde había medrado de tal forma que fue preciso cambiarla de maceta. Prácticamente había duplicado ya su tamaño. En la base presentaba varios renuevos que asomaban como delgados hilos. En cuanto a las hojas, pequeñitas a su llegada, medían casi dos centímetros de diámetro; eran de un verde lujurioso. Su acelerado crecimiento despertó mi curiosidad y permanecí atento a su evolución. Aún se comportaba como otra cualquier trepadora. Si se trataba de un ejemplar de planta carnívora, no había dado la menor seña aún de serlo. Por su morfología recordaba vagamente a la Drosophyllum lusitanicum, bien conocida de todo aficionado. Crece silvestre en el Sureste español.

Me había encaprichado con ella, he de confesarlo. La cuidaba con esmero, con mimo: había puesto el mejor substrato en su tiesto, la abonaba regularmente, a menudo pulverizaba sus hojas con agua descalcificada... Durante las semanas siguientes aumentó tanto de tamaño que fue preciso trasplantarla otras dos veces. Era ya, por aquel entonces, un ejemplar de buen porte, con tallos del grosor de un dedo, que en muy poco se asemejaba al minúsculo plantón con que me obsequiara mi amigo. Sus ondulantes retoños desarrollaban multitud de finos zarcillos que se enredaban con facilidad a cuanto pudiera servir de soporte, pero tenían preferencia por las ramas de las otras plantas, con las que se entrelazaban de forma casi imposible de separar. Aunque en principio traté de evitarlo, desanudando los extremos una y otra vez, dirigiéndolos meticulosamente hacia la espaldera de soporte que coloqué, pronto comprendí que era tarea inútil: precisaba afianzar sus tentáculos en algo vegetal para poder seguir creciendo.

Al final del primer mes, el invernadero semejaba una diminuta y abigarrada selva tropical.

Un inoportuno constipado, con un acceso de fiebre alta, me retuvo en cama durante toda una semana. La cosa se complicó al coincidir que mi esposa y los niños andaban de viaje y me encontraba solo en casa. Todo ello, unido a la apremiante llamada de mi editor, recordándome que el plazo para la entrega de la nueva novela expiraba el jueves próximo -es decir, mañana mismo-, hizo que me olvidase un tanto de la planta. A pesar del malestar que sentía puse manos a la obra para tratar de dar los últimos retoques al borrador y entregar a tiempo el manuscrito.

Hace un par de días escuché un estrépito de vidrios rotos. Tan enfrascado estaba en la tarea que sólo acerté a pensar que alguna ventana había golpeado de modo casual, rompiéndose un cristal. No concedí mayor importancia al hecho. Soplaba un poco de viento y no hubiera sido de extrañar. Así que continué trabajando, frenético. He de decir que cuando escribo me abstraigo de tal forma que cuesta horrores desligarme de la acción que ando barajando en la cabeza. Apenas si interrumpo la labor para malcomer alguna fruta o ingerir un trago del zumo que suelo tener a mano siempre.

Por fin, ayer mismo di por concluida la faena y pude descansar. Llamé a mi editor: dije que el manuscrito estaba listo, que podía pasar a recogerlo cuando quisiera. Aseguró que vendría esta tarde. Cuando algo después traté de comunicar con mi familia comprobé que el teléfono estaba fuera de servicio: la línea había quedado interrumpida. Me sorprendí ante lo desusado del caso: es la primera vez que sucede algo semejante en los años que llevamos residiendo aquí. El chalet queda bastante apartado de todo núcleo habitado -necesito el pleno aislamiento para dar rienda suelta a la creatividad. ¡Rarezas de escritor!, ya se sabe: si hay ruido en el entorno soy incapaz de crear nada- y a veces es la única forma de comunicación que tenemos.

Desde que cayera enfermo no había salido al jardín. En realidad, prácticamente no había abandonado el despacho salvo para hacer breves visitas al aseo y al frigorífico. Cuando estoy solo suelo descansar en un cómodo sillón que tengo junto a la mesa. A ese punto llega mi obsesión por el aislamiento. Hasta ayer por la tarde, una vez concluida la tarea, no sentí deseo de salir a pasear. Mi sorpresa fue enorme cuando comprobé que no podía abrir la puerta trasera, la que da al jardín. Era como si estuviese encajada, como si algo la trabara. Fue entonces cuando me asomé por la ventana. ¡Quedé alucinado a comprobar el destrozo sufrido en el invernadero! Varios de los cristales estaban rotos, la enredadera asomaba sus ramas por los huecos. El interior, que estaba lleno de hojarasca, semejaba un lujurioso vergel, un abigarrado caos de verdes. Multitud de lianas se habían descolgado por las paredes, reptaban por el suelo ahora, se arremolinaban en torno a los árboles del jardín, trepaban por los troncos. Algunos ejemplares estaban prácticamente cubiertos por el follaje... Parpadeé atónito, sin dar crédito a lo que veía. Aquello no era lógico, razoné perplejo. ¿Qué diablos estaba sucediendo? ¿A qué se debía semejante explosión de vida vegetal? Sentí una punzada de inquietud.

Cuando intenté abrir la ventana tampoco pude: una gruesa rama la cruzaba una y otra vez tapizando el vano, enmarañándolo todo, impidiendo con sus cientos de zarcillos que pudiese separar los batientes. Aturdido fui hacia otro de los ventanos: comprobé que había corrido igual suerte. De pronto sentí una intensa oleada de pánico; mi corazón se puso a galopar con un ritmo frenético. Uno a uno comprobé los ventanales de la parte baja. Todos estaban cubiertos por las enredaderas. Atemorizado subí al primer piso: allí había acaecido otro tanto. Por uno de los huecos de la enramada vi que algunos de los árboles del jardín, que ahora servían de soporte a la planta, eran ya muñones secos.

¡Que fuera carnívora estaba por comprobarse, pero lo que sí podía afirmar, sin lugar a dudas, es que era parásita: depredaba a las demás que había en su entorno, les robaba su preciada carga de vida con ávida celeridad para asimilarla como sustento...!

Observaba atónito el destrozo cuando noté que algunas de las hojas comenzaban a estremecerse de forma inusual, extraña. Era como si una ráfaga de viento las zarandeara. ¡Pero no soplaba brisa alguna! La atmósfera estaba en calma. Sin embargo continuaban agitándose con aquel extraño vibrar. Retrocedí asustado de veras: absurdamente pensé que temblaban de excitación.

Fue en ese momento cuando la presión de una de las ramas hizo estallar en mil trozos el cristal; por el boquete asomó el extremo del tallo. Se erguía como si de una serpiente se tratara. Sentí que me observaba con atención. ¡Me está estudiando!, pensé. Espantado retrocedí al ver cómo avanzaba hacia mí reptando lentamente. Abandoné la habitación dando gritos; salí cerrando la puerta violentamente.

Es una planta carnívora. No cabe la menor duda. Lo supe desde el instante mismo en que me sentí observado con morbosa intensidad: me consideraba una presa. Una vez que ha parasitado toda forma vegetal en el patio, busca alimento del tipo que sea. Y yo constituyo una buena fuente de proteínas. Por eso ha invadido la casa, por eso me acosa incansable, intentando acorralarme. Me he visto obligado a buscar refugio en el sótano: es el único lugar que parece seguro por tener la puerta metálica. Pero siento sus tallos palpando el metal, presionando contra la chapa. Antes o después sé que logrará derribarla y entonces...

No hay salida. Nadie puede ayudarme. El editor llegará dentro de unas horas, pero para entonces será tarde: se habrá abierto camino para llegar hasta mí y me habrá devorado. Quizás el desusado crecimiento se deba al abono con que la fertilicé cuando era chiquita -para colmo de males, en un rincón del invernadero, guardaba un saco entero para utilizarlo cuando lo precisara. Lo habría absorbido por sí misma cuando los tallos llegaron al envase- o acaso sea al hecho de haber crecido fuera de su hábitat natural... Pero lo cierto es que no puedo esperar nada bueno de ella.

Estoy desesperado. Escribo estas líneas para que, si alguien las encuentra, sepa lo que pasó y lo comunique a las autoridades. ¡Hay que hacer algo! ¡Deben tomar cartas en el asunto! ¡Urgentemente, cuanto antes! ¡Es preciso exterminarla al precio que sea para que no se convierta en una amenaza mayor...!

La puerta comienza a abombarse debido a la enorme presión que ejerce por el otro lado. Tengo los minutos contados...

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