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Laso Tamayo, Ana (Iktomi)

Carta desde la cárcel



Carta desde la cárcel

Seudónimo: Iktomi.

Las niñas al cumplir los dieciocho se levantan contentas, tal vez esperando el permiso y dinero para sacarse el carné de conducir en la autoescuela más cercana, una comida especial con su familia y un regalo inolvidable ante la llegada de la mayoría de edad, puede que una joya.

María se levantó nerviosa, sabía que iba a vivir sin coche durante mucho tiempo, quizá toda la vida, ni siquiera había autoescuela en el pueblo; no tenía más familia que su madre y ya olía a cocido, lo de todos los domingos; y lo único que iba a adornar su cuerpo eran las pulseras que se hacía ella con hilos de colores.

Daba igual. Por fin iba a tener la carta entre sus manos. ¡Iba a leerla! Se lo habían prometido siete años atrás cuando su padre todavía estaba vivo. Cuando llegó el policía a su casa. Siete años ya. Que lento parecía que pasaba el tiempo en aquellos años, y ahora, en cambio, sentía que la noticia de la muerte de su padre se la acababan de dar.

-   Se ha suicidado- oyó desde el hueco de la escalera como el policía le decía a su madre-. En la cárcel hay medidas para que ese tipo de cosas no ocurran, pero a veces…

No siguió hablando. La mujer se había derrumbado y lloraba tirada en el suelo desconsolada. María había corrido a abrazarla sin saber si lo sentía más por su padre o por su madre. Pero poco alivio era para la mujer los brazos enclenques de una niña de once años. Fue entonces cuando el policía les dio la carta.

-   La escribió antes de morir.

La carta venía a nombre de María. Ella quiso abrirla al momento, pero su madre se lo prohibió y quiso ser ella la primera en abrir el sobre.

La niña observó como su madre la leía y lloraba en silencio. María también lloraba, y no tan en silencio, mientras la miraba atentamente. Cuando su madre terminó, alzó las manos pero la señora arrugó la carta enfadada y la tiró al suelo.

-   Tu padre parece haber olvidado que tienes once años- le dijo mientras recogía la carta, la aplanaba con las manos sobre la mesa de la cocina y la volvía a meter en el sobre-. Hasta que no tengas dieciocho, no sabrás lo que pone.

Nada le había parecido tan injusto a María. Su querido padre había sido encarcelado hacía dos años y ahora había muerto. Necesitaba saber. Pero con su madre era imposible discutir si no quería llevarse unos buenos palos.

-   Ve al pueblo- le dijo ésta dándole un billete- y trae un martillo. Hay que arreglar la valla del corral y…

-   Ya tenemos martillo- protestó la niña porque todo aquello le sonaba a excusa.

-   Está roto. EL mango va a despegarse cualquier día.

María cogió el billete de mala gana, se puso el abrigo sobre el vestido y las botas para la lluvia y fue hasta la ferretería, una de las pocas tiendas que tenían en el pueblo. Nunca olvidaría la cara del dependiente, entre compasión por la niña y… ¿era eso acaso alegría por la muerte de su padre? Se extrañó y se enfadó.

Ahora, siete años después, ya había tenido tiempo suficiente como para acostumbrarse a semejantes expresiones. Y no sólo eso. A menudo oía como se referían a su padre como asesino, violador, torturador y cosas semejantes.

Tras tantos años, las cosas se habían calmado, pero ella no se olvidaba de aquel día cuando tres policías vinieron a arrestar a su padre mientras los tres cenaban juntos.            Su madre la había enviado inmediatamente a su habitación, pero ella había alcanzado a oír cosas; entre otras, el nombre de Paula, su mejor amiga.

En el colegio y durante los primeros meses, muchos niños no le habían dirigido la palabra. Eso y la ausencia repentina de Paula en el aula habían hecho que María conociese el significado de la palabra soledad con tan sólo nueve años. Y, cuanto más sola se encontraba, más necesitaba saber. Y cada vez se sentía más sola.

Cuando los padres de Paula, junto con sus otros dos hijos, se marcharon para siempre del pueblo, no fueron a despedirse de ella, que tantas tardes había pasado con ellos. Les vio con el coche cargado a lo lejos. Quiso acercarse, pero algo le decía que no iba a ser bien recibida.

Dos años más tarde tuvo la oportunidad de recibir respuesta a muchas de sus preguntas; pero su madre era implacable.

-   Felicidades- le dijo su madre cuando la vio entrar en la cocina-. Madrugas mucho.            Le dio un paquete rectangular. Era un libro; se sabía sin necesidad de desenvolverlo.            -   La carta.            -   Primero da de comer a las gallinas.            María obedeció y fue al corral. Cuando volvió a la cocina, su madre ya no estaba allí. Sobre la mesa se encontraba el sobre, ya un poco amarillento por el paso de los años. María lo cogió y vio su nombre escrito, sólo eso: María.            Con manos temblorosas sacó la única hoja. Seguía arrugada con las marcas de la ira de su madre. La desdobló y vio que apenas eran unas líneas. Sin fecha ni firma, pero con la letra pulcra y clara de su padre. Sin duda era suya.

Querida hija:

Sé que en estos dos años habrás escuchado muchas cosas sobre mí. Incluso tal vez detalles que ni siquiera entiendas a tu corta edad.

Nada de eso es verdad.

Dicen que les hice cosas malas a niñas del pueblo y de otros cercanos, entre otras, a Paula. ¿Me ves capaz? Paula y tú erais casi como hermanas y por tanto como una hija mía. Nunca hubiese sido capaz de hacerle daño. Antes del arresto yo había oído decir que no tenían pruebas sobre quién había sembrado el horror por la zona, pero se sabía que era un hombre rico de la ciudad que había pasado dos meses por la zona. Sabían que era él pero no podían hacer nada porque no había pruebas que entregarle al juez.

Y, tras la marcha de ese desalmado, necesitaban a alguien que pagase porque la gente del valle quería venganza.

Me tocó a mí como pudo tocarle a cualquier otro. Lo que nunca imaginé fue que nuestros amigos y vecinos se lo creerían.

Pero eso ya da igual. No me importa lo que piensen por allí.

Pero sí la idea que tengas tú de mí. Eso sí me importa. Es en lo único que pienso y no quiero irme de este mundo para siempre sin que tú estés convencida de que soy inocente.

Es lo único que necesito para descansar en paz.

Dijeron en el juicio que  guardaba los cuerpos en el pajar. Que yo tenía una trampilla oculta bajo el suelo y ahí las depositaba tras matarlas.

No tienes más que ir a mirar el pajar. Verás que no hay nada.

María se echó a llorar desconsoladamente sobre la carta hasta conseguir que varias palabras quedasen borrosas ante la unión de sus lágrimas con la tinta.            Nunca había dudado de la inocencia de su padre. ¡Su pobre padre, que tanto trabajaba para ella y la arropaba por las noches! Siempre supo que todo aquello fue un error, una terrible injusticia; pero fue al pajar.

Saber no era suficiente, necesitaba confirmar.            Desde el dormitorio en el piso de arriba, su madre la observaba por la ventana.

María estuvo toda la mañana inspeccionando el suelo del pajar. Quitó sacos y tiró de las cuerdas que apilaban la paja para sacarla a la puerta del pajar. Buscó una trampilla, argolla… lo que fuese. Incluso caminó con pasos fuertes para ver si alguna zona sonaba a hueco.            Nada. Varios sentimientos acudieron a María: el alivio de saber lo que en el fondo había sabido siempre, la rabia por lo que le habían hecho a su padre, la autocompasión por los nueve años de insultos y desprecios que había tenido que soportar, la pena por lo sola que se había quedado su madre, que había tenido que trabajar como una mula y apenas dormía por la noches debido a la injusticia que había sufrido la familia. Pero ante todo estaba el alivio ¡El alivio! Su padre era inocente y ya no importaba que los demás lo creyesen. Ella lo sabía. Y su madre también.

Sin duda el hombre sabía que su mujer iba a leer la carta antes que su hija.            Cuando la mujer leyó lo del pajar le vino a la mente el martillo ensangrentado que había visto pocos meses atrás escondido entre la paja. Mandó a la niña al pueblo para enterrarlo para siempre. Lo otro, lo más difícil, cambiar el suelo del pajar, ya lo haría más adelante. Tenía siete años para hacerlo. Algún momento encontraría. Y fue aquel verano que María fue a pasar con sus abuelos.            No podía permitir que su hija viviese con la vergüenza que le impedía dormir por las noches.

El extraño caso del segundo reloj de bolsillo del señor Locareli



Seudónimo: Iktomi.

Lo que más le gustaba al señor Locareli en sus momentos libres era pasear con alguno de sus caballos por el bosque que rodeaba su enorme mansión situada en el norte de Italia. Hoy había escogido a la yegua blanca, su preferida, y la apremiaba con los tobillos para que corriese velozmente. ¡Cómo le gustaba sentir el aire de la madrugada del recién llegado otoño en su rostro! Las hojas de los árboles empezaban a tomar un color parduzco y algunas ya habían caído sobre el suelo provocando que las patas del animal hiciesen aquel ruido que tanto le gustaba a su jinete. Relajarse de esta manera era la mejor manera de empezar un día donde iba a tener que viajar a la ciudad para ocuparse de asuntos de trabajo. Sacó su reloj de bolsillo y decidió que ya era hora de volver a la mansión para cambiarse de ropa y ordenar a los criados que le preparasen el carruaje. Deshizo el camino andado sobre la obediente yegua y, al llegar, le acarició la cabeza y pidió al encargado del cobertizo que le diese un buen baño a la yegua y la premiase con un puñado de azúcar. Sí, era sin duda el mejor caballo que poseía: rápida, hermosa y siempre obediente.

Media hora duraba el viaje hacia la ciudad y el señor Locareli despachó sus asuntos con suma rapidez. Todo iba de maravilla en su bufete de abogados; apenas tuvo que firmar unos papeles y revisar unas cuentas pendientes. Quien no conociese los orígenes humildes de Locareli, nunca se hubiese dicho que aquel apuesto caballero con traje, capa, sombrero y una flor morada en la solapa había sido un hijo de campesino en el sur del país. Pero hacía mucho que todo aquello había cambiado. Con los pocos ahorros de su padre había conseguido ser un abogado; insignificante al principio, pero de gran reputación hoy. Su tesón y sobre todo una buena inversión en bolsa le habían llevado a poseer una de las mayores fortunas de Italia. Y Locareli se sentía orgulloso de ello. Nada le importaba no tener amigos o mujer alguna con los que compartir su dinero y felicidad. Las fiestas de sociedad donde todos le felicitaban y miraban con admiración e incluso envidia eran más que suficientes para él.

Locareli salió del edificio del bufete y observó el cielo: era sólo mediodía, pero unas inmensas nubes grisáceas amenazaban con acabar con la poca luz de la ciudad.

-         Perfecto- se dijo-. Un día perfecto.

Después de tantas penalidades de niño, el sol tan sólo le recordaba su terrible infancia en el sur de Italia, donde apenas caía lluvia o soplaba el viento. El señor Locareli adoraba los días como hoy y decidió dar un paseo por la ciudad antes de volver a la mansión. Así se lo hizo saber al cochero, al que ordenó que le esperase en la plaza principal.

-         A lo más, estaré aquí dentro de tres horas.

-         Como desee, señor.

La ciudad era hermosa y así lo reconocía Locareli, pero la encontraba vulgar para vivir allí. Demasiada gente apelotonada, zonas malolientes, niños que pedían por la calle y lo peor de todo: apenas se veían vestigios de naturaleza. Él necesitaba campo para pasear con sus caballos, cazar animales pequeños y, sobre todo, disfrutar en pleno monte de los días de frío y ventisca. ¡Qué hermoso era mirar por la ventana las tormentas refugiado al amparo de la chimenea!

En estos temas se encontraba la mente del señor Locareli, cuando vino a acercarse uno de aquellos vagabundos, que tanto le disgustaban.

-   Señor- dijo tirando de la capa de Locareli con las dos manos-, ¿no tiene nada para un pobre que pasa hambre?

El señor Locareli dio un salto atrás y agarró la capa con fuerza para que aquel viejo no siguiese tocándole con sus sucias manos.

-         No tengo nada. ¡Márchese!

-   Señor- dijo levantando la cabeza y sonriendo-, tiene un reloj muy bonito- y señaló la chaqueta de Locareli donde colgaba el reloj de bolsillo.

Locareli dio un respingo al ver el rostro de aquel ser. No era ni mucho menos viejo como sus andrajosas ropas y su manera de arrastrarse le habían hecho creer en un primer momento; es más, no debía de sobrepasar su propia edad, treinta y seis años. Pero lo que más sorprendió al señor Locareli fue reconocer en él a alguien conocido: pelo oscuro, ojos claros, tez blanca, nariz afilada, cejas espesas… Sí, Locareli conocía a alguien exactamente así. ¡A él mismo!

-   Déme su reloj- suplicó el pobre hombre-. Si lo vendó, podré comer muchos días.

El señor Locareli se marchó asustado sin mediar palabra y, al llegar a la plaza donde le esperaba su cochero, ni siquiera le contestó cuando éste le comentó lo pronto que llegaba. Se encerró en su carruaje y durante todo el camino miraba sin ver por la ventanilla sin poder quitarse de la cabeza a aquel horrible engendro.

Al llegar decidió montar de nuevo a la yegua para quitarse los horribles aconteceres de la cabeza. Pero, al acercarse a su tan sumiso animal, lo primero que hizo éste fue morder la mano izquierda de su dueño. Tras prestar atención a la herida, la doncella le aconsejó que visitase al médico porque la zona baja del pulgar parecía estar infectada. El señor negó con la cabeza y ordenó a la doncella que se la vendasen sin más y a los criados que mataran a la yegua.

-         Pero, señor…- replicó uno de estos.

-         Matadla.

Pero los criados parecían dudar con la escopeta en la mano. Así que Locareli esperó a que la doncella terminase de poner a punto su mano izquierda y con la otra arrebató el arma de las manos de uno de los criados. Él mismo se dirigió a los cobertizos y realizó el disparo.

El día siguiente se despertó con la frente sudada y ardiendo. Le dolía terriblemente la mano y, al quitarse el vendaje vio que, exactamente como le había advertido la doncella el día anterior, la zona baja del pulgar estaba hinchada y con un color amarillento que nada bueno presagiaba. Temiendo que tuviesen que amputarle el dedo, mandó que le preparasen el carruaje y acudió a la consulta de un famoso médico de la ciudad.

El médico, un hombrecillo ya mayor y pequeño como un niño, poco tardó en desinfectarle la herida.

-   Ya no tiene de qué preocuparse- le dijo-. Pero si vuelve a pasar algo parecido, no tarde tanto en venir. La infección podría haberse propagado por toda la mano y podría haberla perdido. Se la tendría que haber cortado- le advirtió mientras se la vendaba.

El señor Locareli le pagó y le dio las gracias por su trabajo. Cuando salió de la consulta, sacó el reloj de bolsillo con su mano sana para comprobar la hora. Pero otra mano tiró de la cadena: era el vagabundo con los rasgos que tanto asustaban al señor Locareli.

-         Tiene un reloj muy bonito- susurró aquel engendro.

-         ¡Apártese de mí!- gritó empujándole.

Cuando aquel ser quedó tendido boca arriba en el suelo, el señor Locareli observó espantado que sólo tenía una mano. La izquierda estaba amputada y él recordaba que el día anterior le había agarrado la capa con ambas manos. Locareli esperó a que hiciese ademán de volver a ponerse en pie.

-   ¿Por qué te falta una mano?- le rugió enfadado-. Ayer tenías las dos. ¡Contesta!

El extraño ser rió entre dientes.

-         ¿Ayer? Hace ya mucho que la perdí.

-         ¡Mientes!

-         Déme su reloj- suplicó.

El señor Locareli se marchó como si estuviese oyendo hablar al mismo diablo y, de nuevo, no dejó de pensar en él durante todo el camino hacia su mansión.

Había pasado un mes desde aquel desagradable accidente cuando el señor Locareli recibió la invitación de un conocido Barón de la zona para celebrar la llegada de su sobrina a la ciudad. La herida, así como el miedo de Locareli, ya habían desaparecido para aquel entonces y se encontraba de buen humor. Escribió una carta al Barón aceptando su invitación para esa noche y mandó a sus criados que preparasen un atuendo digno para la ocasión.

La celebración se realizó en el mismo castillo y, como la noche era mansa, se colocaron mesas repletas de ricos manjares y sillas en el jardín. Un grupo de músicos obsequiaban a los cientos de invitados con melodías hermosas y los criados del Barón no dejaban de sacar de la cocina bebidas y platos exquisitos. Era una fiesta magnífica. El Barón en persona se acercó a Locareli para presentarle a su sobrina, que resultó ser una joven preciosa y de modales impecables. El señor Locareli quedó prendado inmediatamente de ella y tan sólo una semana después, volvió a presentarse en el castillo con la intención de pedirla en matrimonio.

Pero no lo hizo. Tan intrépido y animoso como él era, fue incapaz de decir nada relacionado con sus intenciones y el Barón y la bonita sobrina se tomaron aquello como una visita cualquiera.

Al salir del castillo empezó a llover y Locareli miró al cielo con rabia. Estaba colérico consigo mismo. ¿Dónde había quedado su valor? Ya había anochecido y apenas pudo notar como una sombra tapada con un manto o algo similar se tambaleaba hacia él interponiéndose entre el carruaje y él.

-         Tiene un reloj muy bonito, señor- le dijo la sombra.

Locareli notó como el corazón le daba un vuelco mientras la sombra se acercaba hasta llegar a estar a un palmo de él. ¡No podía ser! Aquel ser con la cabeza totalmente tapada para protegerse de la lluvia, sujetaba aquel manto con ambas manos.

-         ¿Qué ha pasado con su mano?- se atrevió a preguntar.

-         ¿Mi mano?

-         Antes tenías sólo una.

-         Siempre he tenido las dos, señor.

Dicho aquello levantó la cabeza y miró fijamente al señor Locareli con sus ojos oscuros. El señor Locareli tuvo que ahogar un grito: los rasgos seguían siendo los suyos, con sus cejas espesas y la nariz larga y afilada; pero ¡a aquel ser le faltaba la boca! No es que la tuviese herida o tapada, era simplemente que no tenía. Estaba observando algo imposible en la naturaleza.

-         ¿No va a darme su reloj?

La voz la escuchó Locareli provenir del rostro de aquella aberración, pero no había boca de donde pudiese salir sonido alguno. Locareli, presa del pánico, corrió hacia el carruaje y decidió abandonar las visitas a la ciudad durante un tiempo.

Casi tres meses duró el encierro en su mansión. Ni siquiera fue a despedirse de la sobrina del Barón; y de los asuntos financieros se encargaba su allegado más inmediato. Pero todo ese tiempo de nada sirvió. Ni el pavor ni la repugnancia del recuerdo de aquel horrible ser se marcharon. El señor Locareli dormía mal, tenía pesadillas, y apenas probaba bocado. Un día, observando la luna desde su gabinete privado supo que tenía que acabar con aquello para que su salud y su tranquilidad volvieran a ser las de siempre.

No despertó a ninguno de los criados. Simplemente cogió la misma escopeta con la que anteriormente había acabado con la yegua, preparó el carruaje y lo condujo él mismo hacia la ciudad.

Una vez allí preguntó a cuanto vagabundo iba encontrándose ofreciendo una moneda a quien le diese una información correcta. Un niño le señaló un callejón y Locareli miró. Allí estaba su doble dormitando sobre el suelo, con las dos manos y la boca.

El señor Locareli se bajó del carruaje, le dio la moneda al chiquillo, esperó a que se marchase y cogió la escopeta, que escondió bajo la capa. Con grandes zancadas y mirando a todas partes para tener la seguridad de no ser visto, se acercó. Se quedó un rato mirando su propio rostro allí tendido sobre el suelo y, justo cuando iba a sacar el arma, el hombre abrió los ojos y le miró sonriente.

-         Mire lo que tengo- le dijo sentándose.

El hombre sacó un reloj de bolsillo que Locareli reconoció al instante como uno que había llevado siempre encima años atrás pero que había dejado abandonado en un cajón del gabinete porque se adelantaba cuarenta y cinco minutos. ¿Habría estado acaso este horrible ser dentro de su mansión? La sola idea pudo con él y, si durante el viaje había albergado alguna duda sobre lo que iba a hacer aquella noche, se esfumó.

Locareli sacó el arma, pero el hombre no pareció tener miedo.

-   Sólo quiero que antes me digas quién eres, cuál es tu nombre- ordenó el señor Locareli apuntándole con la escopeta.

-   ¿Es que no me conoce?- le preguntó extrañado- ¿No conoce a Locatelli, señor Locareli?

Locareli apuntó directamente al corazón del hombre y su cuerpo cayó al suelo con sangre en la boca. Antes de morir, abrió la mano y el reloj robado resbaló de su mano. Locareli volvió a guardar el arma en la capa y miró la hora con su reloj: las tres y cuarto de la madrugada.

Tanta prisa se dio Locareli en volver que a y media ya estaba de nuevo en su gabinete. Guardó la escopeta, se lavó la cara y se sentó frente a la chimenea con su reloj en la mano. Estaba nervioso pero sabía que había hecho lo correcto.

Cuando las manecillas del reloj de bolsillo marcaron las cuatro en punto de la madrugada, Locareli sintió una terrible quemazón en el pecho y unas gotas de sangre cayeron de su boca. Los criados acudieron rápidamente al oír los gritos de su señor, pero nada pudieron hacer. Locareli se desplomó en el suelo y apenas tuvo tiempo de decir unas palabras:

-   Ha sido el vagabundo. Locatelli. Buscadle. Él me robó el reloj antiguo. Y ahora me ha matado.

Dicho esto, su reloj bueno, el que no adelantaba tres cuartos de hora, se le escapó de entre los dedos ya sin vida.

El día siguiente se inició la investigación sobre quién había asesinado de un disparo al ilustre señor Locareli. Dos semanas después de cerró el caso sin haber llegado a ninguna conclusión. De las últimas palabras del difunto sólo se consiguió saber que deliraba en su agonía porque aquel Locatelli al que había acusado estaba muerto cuando se produjo el disparo en la mansión del bosque y el reloj antiguo de Locareli, aquel que había dejado en un cajón del gabinete porque no marcaba bien las horas, se encontró precisamente allí, en el cajón.

La cena de las ideas



 

El príncipe no fue el último en llegar. No había ninguna ley que estipulase que tuviera que ser así; pero, por respeto, se procuraba que la persona de mayor rango entrase en el comedor en el último momento.

Los dos generales se avergonzaron de la osadía de ese chico malcriado, que se hacía esperar, hicieron saber su malestar al príncipe y le brindaron la mejor de sus reverencias.

Ambos generales tenían modales muy parecidos a pesar de haber sido criados en países muy lejanos entre sí y con culturas muy diferentes. Tanto les separaba la geografía que uno era de piel oscura como el barro y el otro lucía una cabellera roja como el sol en el alba.

Los cuatro eran invitados a menudo a cenar por un aspirante a escritor teatral de origen inglés. Todos le llamaban cariñosamente Billi. Dudaban que algún día fuese a ser conocido, pero le apreciaban.

No sabrían decir por qué, pero sentían que un lazo de unión duro como el acero les unía a él.

Nunca estaba presente en las cenas, pero les observaba. No lo había dicho nunca y ninguno de los cuatro lo había comentado jamás; pero simplemente lo sabían, lo intuían. Posiblemente se escondía tras las cortinas o tal vez alguno de los numerosos cuadros tuviese un agujero por el que observar.

Cuando el cuarto invitado se dignó a presentarse y pudieron sentarse por fin todos a la mesa al calor de la chimenea, el chico no se molestó en excusarse por su tardanza. No entendía por qué debía pedir perdón por llegar más tarde que un príncipe. ¿Acaso no pertenecía él también a una muy buena y conocida familia italiana?

El príncipe a punto estuvo de decirle algo, pero no encontró las palabras adecuadas. Varias cosas le pasaron por mente; pero, tanto trataba de encontrar la frase más hiriente, que al final no localizó ninguna y permaneció callado mientras un criado servía a los cuatro invitados los ricos manjares y el vino; todo ello obsequio del misterioso Billi.

Por supuesto que el chico fue el primero en iniciar conversación, tan arrogante era que se le conocía por su desparpajo. Los otros tres comensales ya sabían qué iba a decir. Era sencillo; este niño, en plena adolescencia sólo sabía hablar de mujeres:

-   He conocido a la mujer de mi vida- les dijo-. Se llama Rosalinda y no tengo duda alguna de que mi búsqueda ha llegado a su fin.

El príncipe esbozó una pequeña sonrisa. ¿Cuántas mujeres definitivas había encontrado el crío desde que le conocía? Este chico no sabía lo que era el verdadero amor y dudaba que algún día llegase a conocerlo.

El general turco había prometido guardarlo en secreto, pero la emoción que le embargaba al haber oído hablar de amor, sumada a la gran amistad que le unía a sus compañeros comensales y, tal vez también, a la alegría y desinhibición que proporcionan el vino, hizo que revelase el mayor de sus secretos:

-         Lo he hecho. La he desposado.

Los otros tres comensales le miraron con sorpresa, sobresalto y admiración a la vez porque sabían a quien se refería.

De sobra era conocido por todos el odio que el padre de la muchacha tenía hacia este general. Éste, bravo, educado, de rasgos hermosos no poseía más defecto a ojos del senador de Venecia que sus orígenes orientales y el color de su piel. Pero había sido suficiente para que prohibiese a su hija que tuviese nada que ver con él.

-         ¿Cuándo fue?- exclamaron.

-         ¿Cuándo?

-         ¿Lo sabe su padre?

-         No- respondió el turco-. Ha sido una boda secreta.

-         ¿No lo sabe nadie?

-         Sólo vosotros y desearía que no saliese de aquí.

Todos le dieron su palabra de que así sería y le desearon mucha suerte con la hija del senador.

El chico también se acercó a estrecharle entre sus brazos en señal de respeto y buenos augurios. Pero ambos sabían que no era más que protocolo.

El novio de Rosalinda se reconcomía por dentro: ¿Hacía cuanto que el turco deseaba a su ya esposa? ¿Cuándo le había durado a él una pasión de ese modo? ¡Nunca! Y no había cosa que él desease más. Quería que una mujer le quitase el sueño y el apetito. Quería sentir lo que era amar más que a su propia vida. Pero sus sentimientos ante el sexo opuesto siempre eran efímeros como la presencia del sol cada día en el firmamento.

Paradójicamente, en un intento por ocultar sus verdaderos sentimientos y parecer un hombre digno de confianza, le dijo lo peor que podía haber dicho:

-   Sin duda eres un hombre se suerte. Enhorabuena. Mujer más bella y con más pretendientes no puede haber.

El turco, inocente como solían ser las personas de buen corazón, habría puesto la mano en el fuego por la amistad de este chico, joven y de buena familia.

Hasta ese momento.

¿Qué había querido decir exactamente? ¿Acaso había insinuado delante de dos de sus mejores amigos que deseaba a su esposa? ¿Pretendientes? ¿Había tratado de decirle que no era el único?

Durante el resto de la velada no pudo quitarse de la cabeza la idea de tener que compartir a su esposa.

Pero algo más le reconcomía y era la presencia del general escocés de cabellos rojizos. El hecho de que su fama como militar no fuese tan conocida como la de él, le producía un malestar tal, que a veces le impedía dormir por las noches.

Estaba seguro de que el senador hubiese podido asistir a la boda de su hija si él tuviese la fama del escocés y su tez pálida. ¡Cómo se suavizarían las cosas! ¡Qué fácil sería su vida! Los celos le reconcomían y no podía hacer nada por evitarlo.

Tantos honores recibía y ¿por qué? Él era el que se había dejado la piel en el campo de batalla desde niño. En occidente no se sabía lo que era realmente luchar; siempre iban armados hasta las cejas y con poderosas armas. Él sí conocía lo que era luchar cuerpo a cuerpo. Luchar de verdad jugándose la vida. La fama de aquel hombre le correspondía a él.

Y el escocés sabía que era envidiado y, lejos de producirle desazón, se sentía bien. Si él era el general más conocido, por algo sería.  Sabía que era mejor que él y que cualquier otro.

No, no era una fama fácil. Era justa.

No existía militar mejor preparado en el mundo y, a pesar de saberlo, le embargaba escucharlo y se vanagloriaba de ello.

Pero su notoriedad en el mundo entero no era suficiente. Él quería más, mucho más.

Mientras se servía el último trozo de carne adobada con las mejores hierbas de Inglaterra, observó al príncipe que dudaba entre coger unas uvas o un trozo de sandía y pensó en la injusticia de la sangre. Era la maldición del destino que dañaba a tanta gente buena y premiaba a tanto insensato que no sabía hacer nada sin sus consejeros. Ni siquiera elegir la fruta.

¿Cómo era posible que un indeciso y cobarde semejante fuese a llegar al trono? Y no a uno cualquiera, a uno de los mejores de las tierras del norte. La respuesta era sencilla: sólo porque su padre era rey y él había nacido varón además de primogénito.

Entonces supo que él también llegaría a ser rey algún día. No poseería la sangre, pero sí el aplomo, el coraje y la sensatez necesaria. Desde luego mucho más que ese príncipe. Debía de ser así; no podía ocurrir de otra manera.

El príncipe sabía que el general codiciaba un puesto como el suyo y opinaba que el general no se lo merecía.

No le importaba, él era hijo de reyes y debía de sentarse sobre el trono algún día, ¿o no? A veces tenía dudas sobre su destino. Cogió un racimo de uvas y empezó a mordisquearlas melancólicamente.

Admiraba la ambición del general escocés; sólo así se conseguían las cosas. Pero sabía que la avaricia del pelirrojo iba a terminar por destruirle. Desear ser más de lo que le correspondencia a uno no podía llevar más que a la destrucción e infelicidad.

Tras los postres y la caída del sol, decidieron todos que ya era hora de marcharse y un criado les trajo los abrigos.            Mientras el turco se ponía su gabardina llena de estandartes, el chico, el joven inquieto llamada Romeo Capuleto, se acercó a él y le susurró al oído:

-         Espero que le vaya bien con Desdémona, general.

-         No, no lo quieres así- fue su contestación-. Te mueres de envidia.

Romeo dudó, pero al fin decidió ser sincero tras asegurarse de que nadie más escuchaba:

-   Es cierto Otelo. Me gustaría estar tanto en su lugar que no puedo evitar que acabe volviéndose loco sin razón y matando a su propia esposa.

El escritor, que lo oía todo desde el conducto de la chimenea a su gabinete, hundió la pluma en el tintero y apuntó sobre el papel.

-         Así será- se dijo.

Otelo, se apartó con repugnancia de aquel niño mimado y arrogante y tendió la mano al escocés.            -   Veo que no habéis quitado la mirada sobre el joven príncipe- le dijo a modo de despedida en un hilo de voz casi inaudible.            Macbeth le miró con ira pero no supo que contestar.            -   Tenéis más de lo que os merecéis- siguió el turco-. Malas brujas te amparen y caigas en tu propia avaricia.

-         Así será- se dijo el escritor desde el gabinete.

Macbeth miró con furia al turco, que acababa de atreverse a echarle un mal de ojo y se dirigió al joven príncipe de Dinamarca.            -   Hamlet- dijo en una reverencia-. Permítame que le acompañe a su carruaje. Como general de un país vecino y amigo será un honor.            -   Lo que de verdad deseas es estar en mi posición- dijo acercándose a él.            -   Es cierto que no se lo merece. Y no hay día que pase sin que sueñe con que el poder de su país llegue a malas manos. Entonces veríamos todos como el príncipe no tiene el coraje de defender ni al trono ni a su reina.

-         Así será- se dijo el escritor desde el gabinete.

Hamlet se apartó del resto y pidió a Romeo que mandase recuerdos a su padre, el principal miembro de la más poderosa familia veneciana.            -   Piensas que no te respeto siendo príncipe y yo no. No me aprecias lo más mínimo. ¿Para qué quieres saludar a mi padre?            -   No eres más que un tozudo caprichoso siempre de fiesta con Benvolio. En tu persona no hay nada de responsabilidad y no sabéis ni lo que queréis. Espero que algún día consigáis lo que tanto añoráis: llegar a conocer el verdadero amor. Y espero que sea una Capuleto.

-         Así será- se dijo el escritor desde el gabinete.

Los cuatro mantuvieron la compostura como personas dignas que eran y, abiertamente, se despidieron con la mejor de sus sonrisas.            William Shakespeare, en su gabinete les vio marchar desde la ventana y comenzó a escribir.

El juego del ahorcado



 

El multimillonario terrateniente Hernández, un hombre cercano a los cincuenta años, un poco fornido aunque no gordo y con un mostacho negro, espeso y cuidado como pocos, mandó a sus criados que lo dispusieran todo para la partida de bridge de cada jueves con sus tres mejores amigos: el señor Torralba, antiguo jefe de policía de la comarca recién jubilado, hombre casado, tranquilo y con un sentido de la rectitud propia del trabajo que había tenido durante más de treinta años; el doctor Bolaños, viudo, amante de su oficio, delgado y algo encorvado posiblemente a causa de tanto trabajar; y el joven y ocioso Velamazán, que a causa de la herencia recibida por su padre, nunca tuvo la necesidad de trabajar y se ocupaba en cuerpo y alma al cuidado de su amada esposa y sus dos bellas hijas de quince y diecisiete años.

Hernández tenía suficientes subalternos empleados en el alquiler de tierras y explotación de minas como para poder dejarlo todo en sus manos con tranquilidad y viajar todo lo que quería. En uno de sus viajes por Inglaterra conoció el bridge, juego de cartas, que, a su regreso a España, no tardó en enseñar a sus tres amigos. Y, desde hacía cuatro años, la partida de los jueves era casi como un ritual sagrado donde nadie, a excepción de alguna causa mayor, dejaba pasar.

El primer carruaje que oyó llegar fue el del doctor. Tras los saludos pertinentes, el anfitrión ofreció a su invitado una copa mientras esperaban a Torralba y Velamazán. Se sentaron en las butacas frente a la chimenea y el doctor Bolaños explicó a Hernández su día, calificado por él mismo como horrible: había asistido a una joven de la comarca que se había quedado embarazada soltera; su prometido la había abandonado al conocer la noticia y la muchacha había quedado en un estado tal, que a veces parecía hasta que sufriese de catatonía .

-   ¿Y el padre no ha tomado medidas?- quiso saber Hernández-. Yo no tengo hijas, pero creo que un desgraciado dejase a mi hija encinta y luego se marchase sin hacerse responsable, iría a buscarle y les obligaría a casarse.

-   El chico jura y perjura que nunca la ha tocado, que siempre la ha respetado.

-   Ya, claro- respondió con desprecio el terrateniente-. Qué va a decir. ¿Y usted le cree?

El doctor se lo pensó un poco antes de contestar:

-   Creo, desde luego, en la maldad humana.

Oyeron llegar dos carruajes más y el doctor sirvió dos nuevas copas mientras el anfitrión daba la bienvenida a sus dos amigos.            Algunos jueves, cuando los cuatro hombres no tenían muchas responsabilidades que atender el siguiente día, al terminar la partida de bridge, jugaban al dominó, al ajedrez, al mahjong o a cualquier otro juego de cartas o fichas. A veces Hernández conseguía convencer a sus compañeros para jugar a un juego de mesa llamado El juego del terrateniente. Ni que decir tiene que entonces siempre ganaba él la partida. En especulaciones y explotaciones de asalariados nadie sabía tanto como él.

A decir verdad, casi siempre ganaba en todo. Se tomaba el juego muy en serio y pensaba muy bien cada uno de sus movimientos o tiradas a pesar de que los cuatro hombres nunca jugaban por dinero. Lo hacían sólo por pasar el rato entre amigos.

Pero aquel día sólo se jugó al bridge. Velamazán tenía asuntos que atender en casa y el doctor y el ex jefe de la policía se quedaron de tertulia un rato en casa del terrateniente pero no jugaron a nada más. Las partidas siempre las habían hecho entre los cuatro y hoy no iba a ser excepción.

Mientras un criado traía la capa del señor Velamazán, éste propuso algo que puso cara de extrañeza en el semblante de los tres hombres:

-   ¿Por qué no vienen a echar la partida a mi casa el próximo jueves?

Ya era tradición las reuniones en casa de Hernández. Y, por un momento, Torralba y Bolaños, temieron que aquello sentase mal al terrateniente.

-   ¿Acaso no se siente a gusto aquí?- quiso saber éste- ¿Falta algo que le haga sentirse cómodo? Porque, si es así…

-   No, no, no. Nada de eso- interrumpió el joven-. La razón es otra. Creo que tengo un juego que os va a gustar a todos y, después del bridge, podríamos probarlo.

Todos estuvieron de acuerdo. El bridge les encantaba, pero ya estaban un poco cansados del ajedrez y el mahjong, cuyas partidas resultaban un poco largas; y en cuanto al dominó… aquel juego de fichas de marfil se hacía a veces demasiado aburrido.

Durante la semana siguiente, el señor Hernández se dedicó a hacer entrevistas de trabajo a contables para que llevasen las cifras de sus tierras arrendadas y propiedades personales.

Ninguno le convenció del todo, les veía a todos muy jóvenes e inexpertos, pero necesitaba a alguien. Así que ofreció el trabajo a un muchacho de poco más de treinta años a pesar de no parecer mucho mejor que el contable al que acababa de despedir.

A decir verdad, desde el hermano menor de su íntimo amigo Bolaños, ningún contable había sido de su agrado. Pero aquél murió en una cacería de conejos hacía ya tres meses. ¡Menuda pérdida aquella! Él sí que sabía llevar los números como a su jefe le gustaba.

El jueves Hernández, Bolaños y Torralba se reunieron en casa de Velamazán. La mesa ya estaba preparada con el tapete, la baraja de naipes y cuatro copas de whisky con hielo.            Echaron a suerte el papel de cada uno y Hernández se alegró al ver que le tocaba el papel de declarante junto a Velamazán. El doctor y el antiguo policía serían, pues, los defensores. Se sentaron respetando las posiciones de los roles asignados y, cuando el terrateniente, en posición norte, hubo repartido las cincuenta y dos cartas, empezó la partida.            Durante la subasta, el contrato fue elevado y Hernández no veía problemas en conseguir las bazas que se había propuesto. Quedó como declarante él solo y Velamazán tuvo que abandonar la partida momentáneamente.            Mientras las cartas seguían en movimiento, Hernández pensó en la chica a la que el doctor había tenido que asistir por tener problemas en el embarazo. Sabía que el novio de la chica había dicho la verdad y, es más, también estaba al tanto que se trataba de la hija mayor de Velamazán. Conocía todos estos datos porque él mismo había sido quien había forzado a la chica, pero eso es algo que nunca se sabría porque la muchacha le tenía pavor y sabía que nadie creería su versión de los hechos.            El defensor situado a su izquierda, Bolaños, sacó la carta elegida y Velamazán enseñó las cartas que tenía. Las dejó sobre el tablero y todos las miraron. Hernández sonrió. La partida estaba ganada. Bolaños no podía haber escogido carta mejor para él.            Pero es que el doctor no era muy inteligente. Nunca sospechó que aquella cacería estuvo amañada cuando su hermano descubrió en casa de Hernández aquel segundo libro de cuentas, el verdadero. Allí donde el propio terrateniente no ocultaba los números de sus estafas. A su jefe no le había quedado otro remedio: aquel idiota era demasiado honrado y seguramente hubiera hablado.            El segundo defensor, el de la derecha, el viejo policía, tampoco jugó bien sus bazas y Hernández se proclamó, como casi siempre, ganador de la partida.            El terrateniente se dio cuenta ahora de que, desde hacía tres meses, Torralba nunca había ganado en nada. Hernández sólo le había obligado a ocultar pruebas que le ponían en evidencia frente al caso de la muerte del joven contable. Nunca le había pedido que se dejase ganar en el juego. Pero seguro que aquel hombre sentía tanto pánico, que había optado por no hacerle enfadar. Sin duda, chantajear con la muerte de la esposa había sido una gran idea.

Tras las casi tres horas que duró la partida de bridge, Velamazán sirvió cuatro nuevas copas y se propuso enseñar a sus tres compañeros de juego el nuevo reto: se llamaba el juego del ahorcado.            La técnica era realmente sencilla: en un papel se hacían líneas horizontales y cada una de ellas representaba una letra. Al lado se dibujaba una pequeña horca. El jugador debía de averiguar cuál era la frase que se ocultaba en las líneas diciendo consonantes del abecedario. Si acertaba, el inventor de la frase, escribía la letra sobre la línea, si no, dibujaba a un hombre en la horca. Primero una cabeza, luego una línea vertical a modo de cuerpo, después los dos brazos y por último las dos piernas. Una vez llegado a este punto, al jugador sólo le quedaba una oportunidad porque, en caso de no lograrlo, se trazaba una raya entre cabeza y cuerpo, representado de esta manera la horca y la pérdida del jugador.            A Hernández, acostumbrado a juegos complicados y de reflexión, aquello le pareció una tontería, un juego de críos; pero Velamazán insistía en que el juego era más apasionante de lo que parecía y, ante la promesa de que la emoción estaba asegurada, Hernández aceptó ser el primer jugador y sus tres compañeros se pusieron de acuerdo en la frase. Cuchichearon entre ellos y después trazaron en un papel nueve líneas seguidas, tres y finalmente siete.            -   La pista- le informó Velamazán- es un hecho histórico importante.            Tres letras en vano dijo Hernández y Bolaños se encargó de dibujar la cabeza, la línea del cuerpo y uno de los brazos. Pero después dijo la ese y aparecieron dos en la primera palabra: en segundo y cuarto lugar. A Hernández casi no le cabía duda: la primera palabra era asesinato, pero quiso asegurarse y dijo la ene y la te para asegurarse. Sí, la primera palabra era asesinato. Sin duda.            Hernández pensó en reyes ajusticiados en los últimos años, en científicos de antaño mandados a la muerte por no seguir los dictados de la Iglesia e, incluso, en muertes no reales, de personajes de obras literarias. Pero nada le encajaba en esas tres y siete líneas.            Probó con tres consonantes más y el doctor dibujó el brazo que quedaba y las dos piernas.            -   Última oportunidad- informó Torralba.            Hernández dijo la erre y Velamazán escribió dos en la tercera palabra: en segundo y último puesto.            El terrateniente seguía pensando que aquel juego era aburrido e insulso; pero odiaba perder, así que se devanó los sesos buscando qué era lo que podía estar ocultó tras esas líneas. Se decidió por la ele, ya que era una de las consonantes más comunes en la lengua española y confiaba en que surgiera una y le diese alguna pista.            Bolaños sonrió y trazó la línea vertical entre la cabeza y el cuerpo.            -   ¡Bah!- exclamó molesto Hernández- Es el juego más aburrido al que he jugado jamás. Además, se hace tarde. Debo irme.            -   Debemos irnos todos- replicó Bolaños.            Los tres invitados se colocaron sus abrigos y capas y se dirigieron a la entrada de la casa de Velamazán.            -  Os acompaño a los carruajes- dijo el anfitrión acercándose a la puerta-. Por curiosidad, señor Hernández, ¿no quiere saber cuál era la respuesta al juego del ahorcado?            -   Lo escucharé placentero si no me obligan a jugar más a él.            -  ¡Oh, sí! Prometido que nunca más jugará- respondió poniendo la mano sobre el pomo de la puerta-. Era asesinato del traidor.            -   ¡Por favor!- se quejó el terrateniente- Traidores a habido muchos a lo largo de la historia. Deberían haber sido más explícitos.            - Es que para nosotros sólo hay uno- replicó Torralba mientras Velamazán abría la puerta dejando a la vista una soga atada a una rama de un árbol de su jardín.            Hernández prefería pensar que aquello era una broma, pero no pudo evitar sentir miedo.            -   ¿Qué se proponen?- preguntó con voz temblorosa.            -   Hacer historia- respondió Bolaños mientras sus dos amigos agarraban al rico terrateniente.

Los ojos del cuadro



Recuerdo cada uno de los detalles de los últimos tres años con tal nitidez, que podría decirse que los hechos se limitan a la última semana. A veces logran convencerme de que mi imaginación pudo haberme jugado una mala pasada, pero, cada vez que revivo en mi mente los acontecimientos, me afirmo más en la idea de que fui presa de algún poder propio de una fuerza extraordinaria. Y ahora, desde mi celda y esperando con ansiedad el día de mi muerte, me dispongo a relatar los hechos tal y como los viví, no con la idea de despertar compasión en aquellos que pudieran llegar a leerlos, ya hace tiempo que deseo la horca como única salida a todos mis tormentos; sino que con la esperanza de arrancar los recuerdos de mi mente y atraparlos en el relato que les estoy a punto de narrar.

Yo, Barón de P., gozaba de una posición privilegiada que me permitía vivir bien sin tener que trabajar. La pintura era mi pasión y lo que llenaba mi vida en los momentos de vacío, solía pasarme todo el día entre lienzos y mezclas de colores plasmando paisajes y gentes, e incluso llegué a hacer algún retrato por encargo a otros aristócratas de la ciudad de Inglaterra donde residía. Precisamente esta afición por la pintura, me llevó a abandonar lo que había sido mi hogar durante mucho tiempo para trasladarme a un pequeño castillo situado al este del país. Llegó un momento en que me cansé de pintar paisajes urbanos, decantándome cada vez más por las ruinas, los acantilados abruptos y la naturaleza salvaje; no lo pensé mucho y, buscando además una vida todavía más tranquila de la que llevaba, viajé por toda Inglaterra con el objetivo de buscar un sitio al que convertir en mi nuevo lugar de residencia, la búsqueda finalizó sin éxito. Fue en una de las reuniones que solía organizar en mi casa cuando el viejo arzobispo me habló de un solitario castillo en venta situado a siete kilómetros de una pequeña villa.                                                                  Siguiendo sus consejos y gracias a los contactos que tenía, me entrevisté con el dueño y su mujer en el propio castillo. Tengo que reconocer que me estremecí como un niño pequeño en la oscuridad cuando vi por primera vez a la pareja; ella era la palidez en persona y no abrió la boca durante toda la reunión si no era para exhalar de vez en cuando un leve suspiro, y él me recordaba de una manera casi mágica a la propia desesperación, tenía un halo de tristeza y parecía estar constantemente nervioso; tuve la sensación de que ocultaba muchas cosas tras esa apariencia delicada, nunca había visto a nadie tan extremadamente delgado. Me recomendaba el castillo como si con ello le fuese la vida. Poco a poco fui perdiendo la sensación de intranquilidad que había experimentado al principio; nada más entrar en el castillo,  me enamoré de la vivienda, de los tejidos en forma de arabesco en la alcoba, de la bóveda en forma de pentágono y, sobre todo, del entorno siniestro que rodeaba el lugar. Compré el castillo ese mismo día y volví rápidamente a la ciudad para hacer los preparativos de la mudanza.          Como deuda por la ayuda, el arzobispo me pidió un retrato de una sobrina lejana que había venido a verle una temporada. Y así me pasé los últimos días en la ciudad, con la brocha en la mano y ante una mujer que, para que negarlo, había conseguido despertar en mí sensaciones nunca experimentadas. La sobrina del arzobispo era una muchacha de una belleza extraordinaria, esbelta, con una hermosa cabellera rubia y unas facciones suaves y delicadas; pero no fue eso lo que me llamó la atención en ella, fueron sus ojos lo que me eclipsaron, poseían un hermoso color azul y una profundidad que nunca había visto antes, parecían saberlo todo sobre mí. Estuve un mes entero sobre el lienzo intentando plasmar esos ojos en el lienzo, pero fue en vano; si bien es cierto que el resto de los detalles de la chica eran tan similares que podía haberse tratado de ella misma en persona, no conseguí retratar sus ojos; sí la forma y el color, pero no el misterio que estos trasmitían. A pesar de mi frustración de artista, todos me felicitaron, especialmente el arzobispo, que aseguró que se trataba de mi mejor obra.          Me costó abandonar a la mujer cuando me mudé definitivamente a mi nuevo hogar, tengo que reconocer que me había calado tan hondo, que hasta me planteé en algún momento abandonar la idea de marcharme de la ciudad, pero el castillo terminó por ejercer en mí una atracción todavía mayor. Apenas llevé nada mío, los libros, mis cuadros y los efectos personales, dejando la decoración prácticamente intacta; me gustaba tal y como estaba y los dueños anteriores no quisieron llevarse nada, ni siquiera el retrato de ambos que había a la subida de la escalera, sin duda de tiempos mejores, no sólo se les veía mucho más jóvenes, también más saludables, ella aparecía muy hermosa y con color en las mejillas y él fuerte y con una pose poco menos que majestuosa.          La acogida en la pequeña villa fue inmejorable, todos parecían estar encantados con mi llegada, incluso llegué a tener la sensación de que me habían estado esperando desde hacía mucho tiempo. Participé en algún que otro acto social, pero la mayor parte de mi tiempo estuve entregado a la pintura, salía por los alrededores a pintar y, poco a poco, fui cambiando mis costumbres: dormía durante el día y me despertaba cuando el sol de ocultaba para poder plasmar los paisajes por la noche. Aquella zona tenía algo especial entre tinieblas, parecía desplegar su auténtica belleza cuando la luz se ponía. Y así estuve casi medio año, sin alterar mi rutina, hasta que me llegó una invitación para asistir a un baile que una tal Marquesa de M. iba a celebrar en su castillo dentro de dos semanas. Decidí de inmediato no ir, pero a medida se acercaba el día, me iba convenciendo más de que sería una buena idea para distraerme un poco y relacionarme con mis vecinos, y terminé mandando a uno de mis criados que lo tuviese todo dispuesto para el día señalado.          De camino al castillo de la, todavía para mí desconocida, Marquesa de M., entablé conversación con el cochero, a pesar de ser cosa poco habitual en mí hablar con personas de baja clase social si no era para dar órdenes. Él había servido a los anteriores dueños y quise averiguar el porqué del énfasis en abandonar ese lugar considerado por mí como lo más parecido posible al paraíso; como buen sirviente, apenas abrió la boca, sus respuestas prácticamente se limitaron a informarme de que no llegó nunca a tratar temas personales con aquel hombre. Le creí de inmediato, y noté también que su anterior dueño nunca le había gustado (estos mismos sentimientos parecía tenerlos también conmigo), pero parecía mostrar cariño por la mujer. Le pregunté por ella y no pude menos que extrañarme ante la respuesta, me dijo que, si quería saber cómo era ella, tan sólo tenía que ver el cuadro de la escalera. Yo ya había visto ese retrato muchas veces, estaba en mi propia casa, me refería a otros detalles; el cochero se disculpó, me había entendido mal, pensó que yo me refería al físico de la mujer, había desaparecido de manera misteriosa hacía ya quince años y no se la había vuelto a ver. Ahora el extrañamiento se convirtió en pavor: ¡La mujer a la que yo había visto suspirando era sin duda la mujer del cuadro en la escalera! El cochero seguía adelante sin parecer advertir mi tormento, tomó un camino que a mí me pareció el de vuelta a mi propio castillo, no rechisté, empezaba a desear volver a mi hogar en esos momentos de turbación.          - ¿Quince años?- le pregunté al cabo de unos minutos, reavivando así una conversación que ya había quedado como zanjada.- ¿Quién era entonces la mujer que estaba a su lado cuando me recibió?          El cochero quedó extrañado ante mi segunda pregunta, no tenía noticia de que hubiese habido mujer alguna en el castillo desde la desaparición de la que había sido su señora.          Tomó el estrecho camino entre dos colinas que subía hasta la entrada de mi castillo y traté de relajarme, pero no pude. Ahora un nuevo misterio se abría ante mis ojos: el castillo había desaparecido. No dije nada y observé por la ventana del carruaje mientras el cochero instaba a los caballos a seguir adelante, nos dirigíamos al acantilado que yo había empezado a retratar aquellos últimos días. En cuanto vi que no había ningún acantilado y que, en su lugar, se alzaba un hermoso castillo que yo no había visto nunca con anterioridad, supuse que debíamos de estar muy lejos de mi vivienda, por una zona que yo no había descubierto durante mis largos paseos en busca de paisajes por retratar. Sin duda el cochero no había tomado la decisión de volver al punto de partida, era algo que sólo me había parecido a mí. Eso fue lo que pensé en aquel momento, pero ahora, desde aquí, acepto la posibilidad de que ese hecho fuese parte del misterio del que comenzaba, sin yo saberlo todavía, a ser víctima.          Bajé del carruaje y una joven me acompañó al salón de baile. Saludé a mis conocidos y, a medida avanzaban las charlas, fui olvidándome de la misteriosa mujer que yo había tomado como esposa del anterior dueño del castillo. La noche transcurrió animada y no me importó que la anfitriona no hiciese acto de presencia, no la vi hasta que empezó el baile.          Fue precisamente en el momento en que empezaron a sonar las primeras notas, cuando bajó por unas enormes escaleras. En un primer momento sólo pude apreciar una delicada silueta envuelta en un vestido elegante blanco; pero, a medida su imagen se iba haciendo más clara al acercarse, sentí una incómoda sensación de deja-vú: ¡yo había visto esos ojos antes! No podía tratarse de la sobrina del arzobispo, de eso no había duda, esta mujer era mayor que la otra y, en lugar de aquellos cabellos rubios, la Marquesa de M. poseía una espléndida y algo salvaje cabellera negra, pero de alguna manera se trataba de la misma mujer y sólo por el hecho de que las dos tenían esos ojos profundos y misteriosos. Sin saludar a nadie, se acercó directamente a mí y empezamos a bailar, uniéndonos así al resto de invitados que ya habían comenzado. No dijo nada durante todo el tiempo que duró el baile, yo tampoco, y no porque no quisiese, algo me impedía hablar, me movía como hipnotizado, como si esos ojos que apenas pestañeaban y parecían investigar en lo más profundo de mis pensamientos llevasen las riendas del baile. Nada más acabar el baile, se alejó de mi lado y saludó con cortesía a cada uno de los invitados, yo me quedé en el mismo sitió, observándola, y supe entonces que me había enamorado.          Los siguientes dos meses se los dediqué a ella, incluso abandoné la pintura, el cuadro del acantilado no lo concluí hasta más de tres años después. De largos paseos por el campo, preguntas para conocerla mejor y pequeños comentarios sobre mis sentimientos, pasé a pedirla como esposa, no tenía padres, tuvo que ser así. La fecha de la boda se fijó para dentro de cinco semanas, invité a todos mis nuevos vecinos y también al arzobispo y a su sobrina, dos días antes del enlace recibí una misiva comunicándome que el viejo había muerto nada más partir yo a mi nuevo hogar, de su sobrina no me decían nada. Me lamenté ante la trágica noticia, más que por el fallecimiento, porque me hubiese gustado ver a las dos muchachas juntas. Necesitaba tenerlas en la misma habitación para quitarme de la cabeza la sensación estúpida de que se trataba de la misma persona.          Los primeros meses como esposo fueron los más felices de mi vida, vivía en una constante embriaguez, adoraba a la que se acababa de convertir en Baronesa de P. y me desvivía por hacerla tan feliz como yo era, y así lo parecía, daba la sensación de respirar tan sólo por mí, mostraba en todo momento una dependencia extrema a mi persona, y eso me gustaba. No había día malo a su lado, ante cualquier contratiempo, tan sólo tenía que mirar aquellos ojos dulces para saber que ella era lo único importante en mi vida. Fue entonces cuando decidí quitar el cuadro de los anteriores dueños para suplirlo por un retrato de mi esposa.          Los días felices quedaron atrás, nos pasábamos el día entero encerrados en el gabinete mientras yo intentaba una y otra vez retratar aquellos profundos ojos azules, pero, por segunda vez, me vi incapaz. De la impotencia de los primeros intentos pasé a la rabia, hasta tal punto que llegué a pegarle en una ocasión cuando posaba para mí. No hubo ningún tipo de represalia, todo lo contrario, lloraba y me preguntaba qué era lo que había hecho mal, ella solamente quería agradarme y yo lo sabía. Abandoné la idea de hacer el cuadro, pero no los malos tratos, la quería tanto que necesitaba verla arrastrándose a mi lado para saber que seguía siendo una criatura indefensa que dependía de mi cariño; aquellos momentos en que me imploraba perdón se habían convertido en los mejores de mi existencia. Así transcurrió nuestra vida hasta que cumplimos exactamente tres años como esposos.          La noche de nuestro aniversario me desperté atormentado ante el sonido de sus sollozos, ya había oído esos lamentos antes: cuando compré el castillo. Me empezaron a resultar cada vez más insoportables y me dirigí a su alcoba con el objetivo de callarla, y la callé de verdad, para siempre. No le dije nada, tan sólo coloqué mis manos alrededor del cuello y apreté, fue un trabajo sencillo, apenas luchó unos minutos. El color del rostro se esfumó de inmediato, pero sus ojos parecían seguir teniendo vida y todavía saberlo todo sobre mí. Me sentí acusado ante aquella mirada y traté de cerrarle los ojos. En varias ocasiones acerqué mi mano con este objetivo, pero una fuerza extraña parecía impedírmelo. Decidí entonces enterrar el cuerpo en algún lugar en lo más profundo del bosque, donde nadie pudiese encontrarlo. No sentí ningún tipo de remordimiento cuando acabé con el trabajo, tan sólo alivio, alivio por haberme desecho de esos horribles ojos que me acusaban despiadadamente del crimen que acababa de cometer. Por la mañana daría parte de la sospechosa desaparición, tan bien me sentía que terminé el cuadro del acantilado y lo coloqué en el salón. Me acosté tranquilo y dormí como hacía tiempo.           Como era de esperar, a la semana se presentaron en mi casa los dos agentes destinados al caso. Me mostré triste, pero tranquilo, como un hombre que no tiene nada que ocultar. La entrevista consistió en preguntas rutinarias: si había oído algo raro aquella noche, si sospechaba de alguien que quisiese secuestrar a mi mujer, etc... Parecían no tener idea alguna de lo realmente ocurrido. Se levantaron con intención de marcharse y uno de ellos me preguntó, ya extraoficialmente, por el autor de un cuadro que colgaba de la pared del salón. Me sentí orgulloso aunque traté de no mostrar alegría, lo había pintado yo mismo, se trataba del recién terminado cuadro del acantilado. Ellos no reconocieron el lugar, cosa que me pareció extraña siendo parte de los alrededores, pero no le di importancia. Me felicitaron por mi trabajo e incluso se atrevieron a recomendarme la pintura como forma de aliviar mis penas, no pude menos que reírme y sentir lástima por ellos en cuanto salieron por la puerta, los idiotas debían de estar convencidos de mi falso dolor. Volví al salón a observar el cuadro y me sentí helado de espanto: El cuadro había desaparecido y en su lugar colgaba un nuevo retrato ¡Era el cuadro de la Baronesa de P. que nunca llegue a pintar! Sentí que las piernas me flojeaban y me senté, nadie había podido sustituir una obra por la otra sin que yo me diese cuenta, ¡estaba solo en casa! Miré el cuadro y reconocí en él el retrato que había pintado tiempo atrás a la sobrina del arzobispo, era la misma pose, las mismas pinceladas y los mismos rasgos, sólo había unos pequeños cambios: el escenario no era el de mi antigua casa, sino que el de mi actual gabinete donde pegué por primera vez a mi mujer, el cabello era moreno, el traje el mismo que el de la noche del baile y los ojos. Aquellos ojos tenían una viveza extraordinaria, poseían la profundidad que yo nunca supe captar, pero, a diferencia de la dulzura que los habían caracterizado en vida, transmitían la fuerza aterradora y acusadora que había observado cuando ya no vivían. Me sentí de nuevo acusado por la Baronesa de P. y, sin pensarlo, destruí el cuadro con un cuchillo. Primero acuchillé los ojos y después el cuadro entero. Cogí los restos del retrato y los quemé en la chimenea del gabinete. Cuando volví al salón el cuadro del acantilado volvía a colgar en el lugar donde yo originariamente lo había puesto. Este último detalle ahora me aterra ¿cómo pudo desaparecer y volver a aparecer este cuadro? Pero en aquel momento no me lo planteé, el retrato de la Baronesa de P. había sido destruido para siempre, y eso era lo que de verdad importaba.          Pasó un mes entero hasta que los dos hombres volvieron a llamar a mi puerta, les invité a pasar y tomarse una copa de vino, pero me dijeron que no era necesario, sólo venían a informarme de que el caso había sido cerrado. Se trataba, me dijeron, de una desaparición, y no veían posibilidades de que se resolviera nunca. Sentí tal alivio que mi soberbia me hizo insistir en la invitación, cuando lo más normal hubiese sido despedirles y olvidarme de todo. Volvimos al salón y solté un espantoso alarido: ¡El retrato de mi mujer había vuelto a aparecer! Esta vez con un nuevo cambio: los detalles del fondo de mi gabinete incluían ahora fuego en la chimenea. Los ojos me miraban ahora más delatores que nunca.          - ¿Le ocurre algo señor?- preguntó uno de ellos.          - ¿Pero es que no lo ven?- les miré- ¡Es ella! Me acusa desde ultratumba por su asesinato. ¡Yo la maté!          Me volví con intención de ver los ojos de  la Baronesa de P. por última vez, pero no pude: de nuevo se alzaba ante mis ojos el cuadro del acantilado.

Una carta sin remite



Serían aproximadamente las cinco y media de la tarde cuando Maite Angulo abría el buzón con la llave más pequeña de todas las que tenía en su llavero con forma de coche de época. En aquel momento sólo pensaba en subir a la tercera planta y darse un baño relajante, había sido un día duro en la oficina. Sacó las cartas y, habiendo subido al ascensor, miró el correo de ese día: propaganda electoral para ella y para su marido, un papel con publicidad de una nueva pizzería que habían abierto apenas a diez minutos andando de su casa, una carta del banco, un catálogo de ropa por correo y una última carta; era un sobre alargado dirigido a ella, no reconoció la letra, se preguntó quién podía ser, la única persona que le escribía era su hermana pequeña, que vivía en Francia. Dio la vuelta al sobre pero no vio nada, no había remite.          Empujó la puerta del ascensor y buscó la llave de la puerta de su casa, la verde, las había pintado todas para no tener que perder el tiempo buscando cada vez que tenía que abrir una puerta. Metió la llave en la cerradura, saludó a una vecina que salía en ese momento por la puerta, giró la llave hacia la derecha, recibió el saludo de vuelta y abrió la puerta. Tan sólo fue necesario pisar sobre la alfombra del recibidor para sentirse algo más descansada, su hogar tenía para ella propiedades casi terapéuticas, y especialmente los jueves. Hoy precisamente era jueves e iba a tener la casa para ella hasta las nueve y veinte de la noche, a esa hora llegaba todos los días su marido de trabajar y hoy vendría con Juanjo y Quique. Normalmente les recogía ella a las cinco cuando salían ellos del colegio y ella de trabajar, pero este año habían decidido, por consejo de las profesoras y de las madres de los amigos de los niños, apuntarles a actividades extraescolares, con siete y ocho años ya iba siendo hora de empezar a darles una educación que complementase la académica. Desde septiembre todos los martes y jueves les había ido a recoger, pero no para llevarlos a casa a merendar, sino que a clases de inglés y solfeo, los jueves además jugaban al fútbol hasta las nueve en el polideportivo del pueblo. A esta hora precisamente salía Juanjo padre de la empresa, así que habían quedado en que sería él quien los recogiese todos los jueves. A Maite le esperaba una tarde sin ningún tipo de responsabilidades, se quitó los zapatos, dejó el correo, el llavero y el bolso al lado del jarrón que estaba sobre la mesita del recibidor y se dirigió directa al baño donde abrió el grifo de la bañera. Mientras esperaba a que saliese el agua caliente, se dirigió al salón a ver si había algún mensaje en el contestador del teléfono. De camino, se preguntó si se habría convertido en una mala madre y esposa desde que los jueves se habían convertido en su día favorito, no se atrevía a confesárselo a nadie. Tenía dos mensajes; el primero era su hermana, primero se disculpaba por no escribir desde hacía casi un mes y después le decía que lo sentía pero que había hablado con sus jefes y le iba a ser imposible coger un vuelo para estar en Madrid el día del cumpleaños de su hermana mayor, prometía escribirle pronto; el otro mensaje era de la agencia de viajes y se dirigían a Juanjo, le pedían confirmación de un vuelo de las diez y media de la mañana para el sábado desde París. Maite se alegró con la noticia, le divertía la casualidad de haber oído los dos mensajes a la vez, no hacía falta ser un lince para darse cuenta de que su marido le había regalado el vuelo a su hermana y que ambos habían planeado que fuese una sorpresa para la homenajeada, dentro de nueve días iba a cumplir treinta y cinco años y le gustaba saber que su hermanita iba a estar con ellos. Su hermana pequeña seguía siendo su mejor amiga y tenía que reconocer que, cada vez que abría el buzón y se encontraba con que no había noticias de su hermana, notaba una pequeña sensación de desilusión. ¿Por qué habría dejado de escribir? Antes recibía algo, aunque sólo fuese una postal del Arco del Triunfo, dos o tres veces por semana. Estaría ocupada preparando el viaje y la fiesta sorpresa. Se dirigió de nuevo al baño, el agua salía hirviendo, probó girando la manecilla del grifo hasta que encontró la temperatura a su gusto y colocó el tapón en la base de la bañera. Decidió no fastidiarles el plan, a Juanjo le diría que había empezado a escuchar un mensaje pero que, como vio que era para él, se imaginó que era algo del trabajo y no había escuchado más.          Aprovechó los diez minutos que tardaba la bañera en llenarse para colocar los zapatos en la parte inferior del ropero; era una estupenda ama de casa y lo sabía, haber tenido los zapatos tirados en la entrada durante cinco minutos, aunque fuese estando ella sola en casa, era un placer que sólo se daba una vez por semana, después metió las llaves dentro del bolso y colgó éste en la percha del recibidor. Oír caer el agua hacía que se sintiese muy relajada. Las cartas ya estaban en su sitio, siempre las dejaba sobre la mesita del recibidor a la derecha del jarrón, pero faltaba el pequeño toque de la estupenda ama de casa: hacer dos montoncitos, una con las cartas importantes y otra con las cartas por placer, como las de su hermana, y la propaganda. Arriba de todo estaba la carta sin remite, no sabía cómo clasificarla, así que cogió el taco de cartas y le dio la vuelta para empezar desde abajo. Lo primero que vio fueron las dos cartas de propaganda de un partido político, esto era fácil, Juanjo y ella ya tenían claro a quién votar, las separó con cuidado y las colocó al borde de la mesita, ese era el lugar destinado para el montoncito de las cartas menos importantes. Colocó encima el papel con la información de la nueva pizzería, a lo mejor llevaría a los niños algún día; y la carta del banco la puso justo al lado del jarrón, esa era una carta importante. Sacó la revista de venta de ropa de correo de su envoltorio de plástico, echó un vistazo mientras arrugaba el plástico hasta hacer una pelotita y finalmente tapó la publicidad de la pizzería con el catálogo, ya tendría tiempo más tarde de mirarlo con detenimiento, ahora le esperaba un baño relajante, y lo primero era lo primero.          Sólo quedaba la carta sin remite que estaba dirigida a ella, miró el matasellos, era de aquí mismo, de Madrid, tenía fecha del lunes. Rasgó el lateral del sobre y metió el pulgar y el índice derechos a modo de pinza, empezó a tirar hasta que dejó a la vista un centímetro de la hoja que había dentro, volvió a meterla, dejó la carta sobre el montón del correo sin importancia y se fue a la cocina a tirar la bolita de plástico que había sido un envoltorio de una revista, era mejor hacerlo ahora, no fuese que se le olvidase y apareciese alguna visita improvisada y lo primero que viese al entrar fuera un trozo de plástico en el recibidor.          De la cocina fue directamente al baño, ya faltaba poco para que la bañera estuviese llena del todo, echó un chorro de gel, bastante, le gustaba que hubiese mucha espuma, y después buscó en el armario el frasco de esencia de lilas. Cinco gotas, la esponja y cerró el grifo. Pensó en ir a buscar la carta y leerla en el baño, pero decidió dejarlo para después, no fuera a ser que la mojase. Se desnudó, dobló cada prenda con cuidado, las depositó dentro de la cesta de ropa para lavar y se metió en la bañera; el agua estaba perfecta, caliente, pero no demasiado. Ya dentro, miró con atención el cuarto de baño con su nueva decoración en tono amarillo pastel, era como el que había deseado de pequeña cuando jugaba con sus muñecas: grande y elegante. Tenía una vida casi perfecta, no sólo era rica, sino que además tenía un marido guapo, atento y cariñoso que la quería y al que quería; dos niños mejores de lo que se había atrevido a soñar nunca; un trabajo que le motivaba y muchas y buenas amigas. Empezó a sentirse culpable por el capricho de querer tener una niña u otro niño, deseaba con toda su alma ese embarazo, pero en la vida no se podía tener todo, y ella ya tenía mucho, demasiado. Se había pasado casi tres meses de mal humor por no quedarse embarazada, ese tercer hijo se había convertido casi en una obsesión para ella, ya tenía buscado el nombre, Beatriz si era niña y Víctor si era otro niño; ahora se arrepentía de sus quejas, tenía que mirar la vida con agradecimiento, adoraba a los niños y se sintió afortunada por tener dos, había mujeres que no podían tener ninguno. Si el embarazo llegaba, mejor que mejor, pero decidió dejar de obsesionarse, ya era lo suficientemente feliz. Aún así, se atrevió a imaginar que esa carta sin remite era de la clínica ginecológica, donde hacía poco se había hecho unos análisis de rutina, para darles la buena noticia, sabía que no era así, ya había recibido varias cartas de la clínica y en todas venía el marcado con un tampón el nombre del hospital con la dirección, pero soñar despierta no le hacia ningún daño. A lo mejor era una carta de su hermana, desechó la idea rápidamente, acababa de oír a su hermana disculparse porque no la escribía desde hacía mucho tiempo. Precisamente su hermana ya sabría a estas alturas de quién era la dichosa carta, era criminóloga y una de las cosas que mejor se le daban era la identificación de letras, incluso cuando estaban en mayúsculas, como era exactamente el caso de la carta que se encontraba al lado del jarrón sobre la mesita de la entrada en el taco de cartas sin importancia. Maite y Juanjo habían probado muchas veces a escribir una frase cada uno con una letra que no era la habitual y ella siempre sabía quien había escrito cada una de las frases; una vez incluso le pidieron a un vecino que escribiese algo, a ella le dijeron que tenía que averiguar quien de los dos lo había escrito, a la criminóloga sólo le bastó un vistazo para decir que no había sido ninguno de los dos, y que la letra pertenecía a un hombre que trabajaba con las manos; el vecino de Maite y Juanjo era escultor.          A Maite le pareció que no debía ser tan difícil adivinar este tipo de cosas, se puso el albornoz y salió a recoger la carta. Volvió a meterse en la bañera y miró su propio nombre. Estaba escrito con una letra muy cuidada, es lo más que pudo averiguar, todas las mayúsculas le parecían iguales. Tiró la carta al suelo y pensó que sería divertido seguir haciendo conjeturas. De pronto le entró miedo: ¿y si se trataba de una carta de despido? Se rió de su ocurrencia, Juanjo era el jefe de la empresa, él despedía pero no podía ser despedido, y a ella tampoco iban a despedirla, había estado estos últimos días en la oficina, se lo hubiesen dicho allí. Tal vez no fuese más que una antigua amiga que intentaba ponerse en contacto con ella después de haber descubierto su dirección, o quizá una felicitación de la peluquería a la que iba siempre, al fin y al cabo dentro de una semana cumplía años; ni la peluquería ni ningún otro negocio a los que acostumbraba ir le habían mandado nunca una felicitación, pero conocía casos de negocios que lo hacían para quedar bien con sus clientes: Quizá este año Peluquería Ana había cambiado su política y había incluido las felicitaciones a los clientes. Decidió que, si era así, la próxima vez que fuese a darse mechas les contaría todas las ocurrencias que había tenido al ver una carta sin remite.          Tenía que dejar de pensar en la carta, las novelas de misterio nunca se le habían dado bien. Cogió la maquinilla de depilar, que siempre tenía al lado del champú, y se dio un repaso por las piernas, seguramente ésta sería de las últimas veces porque tenía una cita el martes siguiente para informarse de la depilación por láser. Volvió a fijarse, y esta vez con atención, en la nueva decoración del baño en amarillo pastel, estaba mucho más bonito ahora, en general toda la casa, cortesía del seguro cuando se les incendió la casa hacía ya medio año. Había sido culpa suya, no era buena cocinera, ni siquiera para hacer café, se le había olvidado que había puesto la cafetera al fuego, y un trapo que había cerca hizo el resto del trabajo, lo que fue una suerte es que después del café Juanjo y ella hubiesen llevado a los niños a la pista de patinaje; pudo haber ocurrido una desgracia si se hubiesen quedado en casa. Cuando llegaron, los bomberos ya estaban allí. Tuvo que aguantar después un montón de preguntas insolentes de los trabajadores de la empresa aseguradora, bastante culpable se sentía ella sin todo eso, fueron los peores días de toda su vida, estaban convencidos de que lo había hecho a propósito, qué estupidez, Juanjo y yo somos ricos. Se pasó la maquinilla por una axila y de pronto lo vio claro: esa carta podía ser de la empresa de seguros. Alguien le había explicado que tienen que pasar como mínimo dos años para que dejasen de investigar. Pero eso no tenía ningún sentido. ¿Qué habrían podido descubrir? No había nada que descubrir. Seguro que la carta era una felicitación de la peluquería acompañada de una oferta para cortarse el pelo. Pero ¿y si su marido hubiese dicho una mentira para meterla en la cárcel y casarse con su amante? No podía ser, Juanjo no tenía amantes, ni siquiera se llevaba bien con las mujeres, con las amigas de Maite tenía una relación de hola y adiós. Sólo había una mujer, a parte de su propia esposa, con la que tenía una relación de amistad, y ésta mujer era la criminóloga que vivía en París. Su hermana le había hablado en las últimas cartas de un hombre con el que se veía a veces, ¡y Juanjo viajaba a veces a París! Por temas de trabajo, decía él. ¿Habría sido su propia hermana capaz de preparar todo con ayuda de su amante? Es criminóloga, sabe bastante de cómo funcionan estas cosas. ¿Y por qué le había dicho que no venía a Madrid si pensaba hacerlo? Su hermana le había preparado muchas fiestas, pero ninguna ocultándoselo.          

Cuando Juanjo llegó a casa echó un vistazo a las cartas sobre la mesa, no había nada que fuese tan urgente como para no servir a los niños un zumo antes de cenar y dar un beso a su mujer. En la cocina abrió un tetra-brick de zumo de piña y melocotón y, mientras vertía parte del contenido en dos vasos, llamó a su mujer. Nadie contestó y esto solamente podía significar una cosa, que Maite estaba en el baño y no le oía, su mujer nunca salía a estas horas de la noche sin dejar una nota. Fue a saludarla y volvió sonriente, volvió a guardar las pastas de chocolate que Quique había sacado de la despensa, comer entre horas podía provocarles un corte de digestión, y les dijo que su madre y él habían decidido ir a algún restaurante a cenar y pasar una noche romántica a solas y que ellos dormirían en casa de Santi. A los niños les gustó la idea, les gustaba quedarse en casa de algún amigo. Desde el coche Juanjo hizo una llamada con el móvil, como era de esperar el padre de Santi no puso ninguna pega en que los hijos de su compañero de trabajo pasasen la noche con ellos, Santi era un niño algo introvertido y le venía bien tener visitas de vez en cuando. No había nada de tráfico y a los diez minutos ya estaban los niños en la habitación de juego, la madre de Santi preparando dos camas más y los dos padres de familia charlando en el salón.          - Siento haber venido avisando con tan poca antelación- se disculpó Juanjo.          - ¡Qué tontería dices! Cómo si no hubiese confianza, sabes que tú y tus niños siempre sois bienvenidos en esta casa.- Hizo una pausa- ¿Tienes prisa? Siéntate, te traeré una cerveza.          - No, tengo que hacer un montón de llamadas esta noche-. Miró a su amigo y no pudo evitar que una lágrima resbalase por su mejilla, ahora es cuando el otro se dio cuenta de que era la primera vez que Juanjo se presentaba en su casa avisando sólo diez minutos antes.- Maite se ha abierto las muñecas con una cuchilla.           Juanjo llamó a la policía nada más llegar, se sentó a esperar y a pensar. Pensó en muchas cosas y no entendía ninguna, y mucho menos que esto hubiese ocurrido justo cuando su cuñada y él estaban preparando una fiesta para Maite, y no una como la de cada año, esta vez se habían tomado la molestia de hacerle creer que su hermana no venía, no sólo era su cumpleaños, también iban a darle la gran noticia que el lunes una amiga de Maite del instituto le había dado a él.

Tres días antes Mireia había estado buscando por varios cajones tinta para poder humedecer el tampón. Tenía sobre su mesa unas treinta cartas que recordaban a sus destinatarias la revisión trimestral. La búsqueda finalizó sin éxito y se resignó a escribir en todas el remite a mano: Clínica Santa Isabel, calle Manuel Machado s/n, 200156, Madrid. Cuando llevaba sólo cuatro, le avisaron de que tenía que avisar a dos mujeres más, los análisis decían que estaban embarazadas, cogió los dos nombres sin interés y casi de refilón los leyó: ¡una de ellas era Maite! su mejor amiga desde el instituto, trató de imaginarse la alegría que se llevaría al saberlo, desde hacía ya bastante tiempo le había confesado su ilusión por tener otro niño. Había decidido escribirle la carta a modo de formalismo, pero en cuanto llegase a casa la llamaría por teléfono. Preparó las dos nuevas cartas sacando del ordenador una carta modelo para estos casos y las metió en el sobre, se vio sin fuerzas para escribir tantas veces Clínica Santa Isabel, calle Manuel Machado s/n, 200156, Madrid a mano y dejó al azar algunos sobres sin remite, ¿qué podía pasar por no escribir el nombre de la clínica? Lamentablemente, esa noche, cuando Mireia llamó a Maite, ésta no se encontraba en casa porque había bajado al videoclub a coger una película y le dio la noticia al futuro padre.

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