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Echeverría Vidal II, Gregorio Andrés (Grimaldo Ezcurra)

Casta diva



Cosecha Eñe 2009

Casta diva


Grimaldo Ezcurra

Tempra, o Diva,

tempra tu de' cori ardenti,

tempra ancora lo zelo audace.

Spargi in terra quella pace

che regnar tu fai nel ciel.

V. Bellini: Norma, Acto I.

El silencio y la apariencia de soledad son engañosos. Tanto como la oscuridad. Puedo haber

perdido ese resto de percepción que a veces se lleva consigo el último trago o un porrito,

mientras vuelo a encerrarme en el baño para dejar correr por las rejillas lo que se puede

liberar. Y empaquetar bien atado y con moñitos lo que sabés que se te va a quedar pegado a la

piel y al alma por más shampú y agua calentita y desodorante que te metas. A veces esnifás

con demasiado entusiasmo. También puede ser el coletazo de la pastillita celeste o la oblea

rosada. Nunca sabés. El absynthe te puede dejar —si no estás acostumbrada— una resaca más

jodida aún. Está todo bien.

Grimaldo Ezcurra / Casta diva 2

Casta Diva, che inargenti / queste sacre antiche piante, / a noi volgi il bel sembiante / senza

nube e senza vel. Lo que ocurre cuando el barco se separa de la panza del muelle hasta que

pega la vuelta y alguien arroja a tierra los cabos que te reatan a la realidad, no se puede

recordar. Lo que una no recuerda no lo puede nombrar. Lo que no se nombra no existe. Lo

que existe es un sopor de cuerpo relajado con todos los circuitos desconectados. Que el

relajamiento sobrevenga tras haber corrido al trotecito los cuarenta y dos kilómetros que unen

la llanura de Marathon con la Acrópolis o porque te subieron entre varios flacos a la terracita

del obelisco y se pasaron toda la noche cogiéndote de a dos en fondo y haciendo jumping, no

tiene demasiada importancia.

A vos te tiraron dos o tres veces. Mientras dos de los flacos te encajaban los arneses uno te

daba de adelante y otro de atrás y vos estabas en la gloria y tus ayes de placer se deben haber

escuchado hasta en Recoleta. Sentías que en tu vagina navegaba una serpiente inquieta

buscando el camino hacia tu garganta y te acordabas de aquella otra primera vez.

Pateaste en tantas oportunidades los papeles del escritorio y los archivos y las cajas con

fotografías, que no podrías asegurar si era aquella noche en el Ñandubaizal bajo la luna de

sagitario o en el hotelito de mala muerte a la vuelta del Spinetto bajo la quemazón de

capricornio. Acaso —como cuando soñando te metías en un sueño adentro de otro sueño— en

alguna playita solitaria a orillas del Jordán o en una islita perdida del Egeo. Siempre te tiraron

los grecios, flaca. Debe ser ese prejuicio de los rubios de ojos azules musculosos y

fortachones capaces de correr con vos en brazos desde una calle cualquiera de Once hasta

zambullirse en el agua tibiecita de Buzios y hamacarte sobre su verga enardecida al compás

de las olas. O morochos de ojos verdes.

Grimaldo Ezcurra / Casta diva 3

El correaje y los arneses siempre te pudieron ¿te acordás? También las botas tejanas. Ese olor

mezcla de cuero mojado y de incienso o cualquier otro sahumerio afrodisíaco que se va

juntando con el olorcito alcalino del esperma que te chorrea por los labios entreabiertos en el

éxtasis del masymás y entre los muslos casi insensibles ya por los acosos de la cabalgata

interminable. Un olor que se va enroscando despacio con el olor al macho que clavándote las

rodillas en la espalda te empieza a pegar suavecito con las puntas de plomo del gato negro y

va a terminar apretándote la cara contra la almohada o el colchón mientras con la otra mano te

sacude sin asco lomo, nalgas y pantorrillas. Pero eso fue al comienzo, claro. Cuando tenías

que cerrar los ojos y apretar los dientes para no poner cara de sacame las zarpas de encima

viejo degenerado porque el viejo degenerado te iba a dejar los mangos arriba de la mesa y

correrías a disfrutarlos con aquel pibe que te decía que eras lo mejor que le había pasado en la

vida y que le hacías acordar a su mamá y a la sonrisa de las madonas de Boticelli y al aria de

Norma. Fuiste aprendiendo los rudimentos del oficio y hasta te jugaste con aquella morocha

grandota que se volvía loca por morderte los pezones y el ombligo. Es la primera vez que

recordás haber besado a una mujer con la desesperación que hubieras besado el útero de tu

vieja, si alguna magia te hubiera permitido volver a meterte en ese calorcito inigualable capaz

de protegerte de todos los peligros y hacerte dueña de los ínfimos deseos y el amuleto contra

los miedos. La morocha ponía buena plata pero no tenía límites y puesta a morderte y arañarte

era una fiera revolcándose en medio de la selva. Una selva de perfumes y sudores era su

cuerpo espléndido que un día empezaste a mirar con otros ojos y entonces dejaste de lado los

brazaletes y el dogal y te le tiraste encima y le aplastaste las tetas con tus tetas y sus labios

con tus labios y se mordieron las lenguas y sentiste la explosión de los clítoris encabritados y

el estruendo de sus orgasmos y el aullido de tus demandas imperiosas y el agónico murmullo

de sus ruegos. Nunca vas a olvidar la estridencia de su risa y el desprecio de su mirada cuando

te hizo a un lado para meterse en el baño mientras vos llorabas como no habías vuelto a llorar

Grimaldo Ezcurra / Casta diva 4

desde la mañana de tu primera comunión. Pero ahí empezaste a conocer la delgadez del

puentecito que separa el odio del amor. Mientras la dominaste y la castigaste era toda tuya.

Cuando te entregaste y le suplicaste se rio de vos. Sos una bollera barata disfrazada de

gatúvela masoca, te escupió con rabia. Para sádica no te da el físico ni el cuero. Siempre te

vas a tener que conformar con personajes de segunda y con bolos insignificantes. La rabia de

ella se hizo rabia adentro de vos y juraste vengarte. Sin tener muy en claro de quién ni por

qué.

Y vino la historia de aquel pibe hemipléjico. Un hermano mayor te pagaba para que lo

entretuvieras contándole historias de amor. Y jugaban a que te desnudaras frente a él y te

pusieras a horcajadas sobre su cara y sentías la desesperación de esos labios babeantes y la

lengua exangüe que te rozaban apenas la vagina y te dejabas chorrear sobre él divirtiéndote

ante la percepción de su impotencia por un dolor que ni siquiera encontraba un consuelo ni

vías de expresión. Tu última maldad fue abrirle una tarde la bragueta con tus ojos clavados en

sus ojos. Que eran la sola parte viva de ese cuerpo muerto. Pero esos ojos te rogaban, te

pedían, te suplicaban. Un pene pobrecito y lamentable como todo él. Tus dedos sabios lo

hicieron crecer como nunca se hubiera imaginado. Lo acariciaste con una mejilla. Después

con la otra. Con el mentón. Siempre mirándolo fijo. Esos ojos saltones implorando

humedecidos te excitaron y te enfurecieron. Nunca vas a poder, le susurraste. Nunca vas a

saber lo que es meterlo en una concha. Es un chizito que no sirve para nada, como vos. Y

apartándote para que pudiera verte bien, te empezaste a masturbar sin apuro, mirándolo

siempre a los ojos. Cuando el hermano entró para pagarte, se hizo cargo de un vistazo de todo

lo ocurrido. Le viste echar llave a la puerta. Le viste desvestirse sin decir palabra. Le viste

acercarse a vos, acurrucada en el piso. Sentiste el tirón violento cuando te agarró de los

cabellos largos enruladitos. Dejaste que llevara tu cara a sus ingles sin la menor emoción.

Grimaldo Ezcurra / Casta diva 5

Porque toda la emoción y toda la furia del tipo estaban concentrados en su miembro. Una

pieza de anatomía impresionante que de repente te hizo olvidar del susto y del remordimiento.

Sentiste que había que jugarse. Unos cuarenta años y un físico muy bien trabajado que te

aseguraba una paliza como nunca soñaras, en cuanto te pusieras difícil. Capaz incluso de

liquidarte. Le pasaste la lengua por las rodillas, deteniéndote en los pliegues posteriores cuya

sensibilidad conocías por experiencia. Estabas ahora detrás de él, que te dejaba hacer en

silencio, con las piernas abiertas y afirmado al piso, manos a la cintura. Deslizaste con

suavidad las yemas de tus dedos por el interior de sus muslos y las uñas por la piel endurecida

del escroto, apretándolo con suavidad, mientras tu lengua iba subiendo por sus muslos y las

nalgas enjutas. Las fuiste entreabriendo sin apuro y tu lengua fue rodeando un esfínter que

crecía y latía a compás de la caricia. Presintiendo que lo tenías medio noqueado, mojaste el

anular en tu vagina que ya se derretía y te apoderaste de ese ano palpitante. El tipo era un

terremoto de contradicciones, entre el macho sorprendido en offside y el andrógino entregado

al goce de sus recónditos ratones. Cuando percibiste que ya no estaba en condiciones de exigir

nada, volviste entonces al garrote indescriptible, poniéndote de lado para que el paralítico no

se perdiera detalle. Y ahí sí lamiste y apretaste y pellizcaste y bebiste hasta sentir que el

glande a punto de reventar pasaba a través de tu garganta y vos clamabas para que siguiera

camino bendiciendo y destrozando todo a su paso como un huracán de semen y de agua

celestial.

El negocio del show con la música y los cepos y los decorados truculentos y los látigos vino

poco después. Cuando te diste cuenta que apenas habías metido la puntita del pie en un

mundo que tantas veces imaginaras sin tener una noción exacta de sus inalcanzables

horizontes.

Grimaldo Ezcurra / Casta diva 6

Ahora sé cómo es la cosa. Estoy de vuelta del asco y de cualquier descubrimiento y de la

conciencia absurda de que el dolor y el sufrimiento son dos de las tantas caras del amor y que

el amor y el éxtasis son dos de las tantas caras del ridículo y que el ridículo y la frustración

son dos de las tantas caras de la necesidad de sentirme viva aunque sea en ese fugaz instante

en que una no es nada porque nunca fue nada porque nadie te dijo que fueras importante salvo

en el espacio efímero entre el beso y el orgasmo. Haber sobrevivido a los ataques de una

camionera que se jactaba de que nadie la aguantaba sin pedir misericordia o darle con alma y

vida a un loco con lomo de hachero que solamente eyaculaba con el cuerpo lleno de

moretones y el cuello mordido hasta casi la hemorragia y la espalda cuarteada a lonjazos no

fue para vos sino el arranque de un camino hacia no sabés dónde ni te imaginás para qué.

Ahora sos una profesional independiente y pudiste montar tu negocito al margen de la gorda

que además de gorda era trola y aparte de trola bisexual y nostálgica tirando a melancólica y

aparte de mirarte como asociada, te relojeaba con los ojitos brillosos y unas ganas bárbaras de

contarte las costillas. Conseguiste —haciendo malabares— alquilar el piso de seis ambientes

que soñabas y tenés una pendex que labura de recepcionista y en los ratos libres te viste y te

desviste y te masajea con aceites aromáticos y se ocupa de los pebeteros y el sahumerio y de

lustrar las cadenas y los arneses y los brazaletes y las bragas. Tenés sobre ella ese dominio

que dan el training y la intuición. Y te seduce el perfume a jazmín de su vulva adolescente y

la sensibilidad infinita de su botón que te enloquece provocar y rejonear mientras ella se

desliza sobre tu vientre en busca de tus recónditos refugios hacia los que avanza con torpeza y

grititos de deleite. Algunas veces hasta le permitís que te ate y te amordace para probar en tu

piel que todavía arde de impaciencia, la caricia de un látigo de tientos bien delgados y

obedientes o la sensación de unos guantes erizados de cerdas agresivas.

Grimaldo Ezcurra / Casta diva 7

Algunos clientes han empezado a explorar las delicias de un tratamiento completo a cuatro

manos. Dejan buena plata. Uno de ellos casi se te muere amarrado a la cama mientras vos y la

pendeja, después de sacudirlo hasta tumbarlo, se dedicaban a un extenso round de lucha libre

con los cuerpos embadurnados de semen y cremas humectantes. La pendex se las aguanta

cuando le toca cobrar. Y así de jovencita como la ves, te hizo descubrir las sensaciones

irrepetibles del fist-fucking. No le hace asco a nada y seguramente está pensando en cómo

sacarle jugo a una webcam que tiene en la casa. Aunque para trabajar profesionalmente y

encarar la edición de videos, deberían instalar al menos dos en cada cuarto. Pensá en que vas

a tener problemas para conseguir los partenaires. Un submundo de lúmpenes venidos a más

después de unas buantas semanas de fierros y artes marciales. Acostumbrados a lidiar con

lederonas y putarracas de todo pelo y marca. Generalmente sádicos pesados. Tenés la

intuición de que ahí podrás encontrar buenos lomos, como también tenés bastante claro que

son vos y la pendeja las que pueden terminar curtidas a lonjazos. O degolladas. Digamos

versiones modernas —posmodernas— de algunos cuentos de Quiroga o de Bierce. No creo

poder recomendarte ningún procedimiento confiable de búsqueda. El rubro 59 tiene todas las

ventajas del ecumenismo, pero también todos los riesgos de una impunidad que miles de

sicópatas no pasarían por alto. No me imagino qué temperatura alcanzarían tus emociones con

un 38 largo metido en la vagina y un mono grandecito invitándote a jugar a la ruleta rusa.

Diva, spargi in terra / quella pace che regnar / tu fai nel ciel. Salí hace un rato largo de la

ducha y estoy tiritando. La piel amoratada hecha carne de gallina. Me debo haber pasado una

hora cepillándome el cabello y hablando sola delante del espejo. ?

ViewScan 7.5.11



Como se ha observado, la cámara ha ido mas allá de la mirada humana

y nos atrae un mundo de una forma, normalmente, invisible.

BEAUMONT, Newhall

Historia de la fotografía. Barcelona: Ed. Gustavo Gili, 2002.

Tres columnas verticales, tres hileras horizontales. Perfecto como un cuadrado

mágico. Casi el número sagrado, desde el cual se accede a la inmortalidad decimal.

Aunque inmortalidad sugiere libertad y en cambio los cuatro barrotes negros que

definen la figura hablan mucho más de límites y de encierro y bastante menos de

apertura o expansión. Habría que buscar una ecuación que relacione las variables,

algo sencillo, seguramente de segundo, de tercero a lo sumo. Aspiro con cuidado

procurando que la trabajosa dilatación torácica no comprima la figura de manera

despareja, porque cuando la ansiedad no me deja controlar la respiración los

rectángulos se deforman y los ángulos rectos adquieren aviesas oblicuidades

acercándose a una imagen de rombos y entonces aquellas filigranas misteriosas que

2

la bencina delataba contra el platillo oscuro. Percés en ligne. Percés en zig-zag. Pero

no eran esos dibujos precisamente. Yvert&Tellier 1934 (ó 35) me dio entre tantos

otros gozos el introito —basto pero estimulante— a la dulce lengua que con los

años habría de llevarme a Corneille y a Racine y que a su vez abuela Macrina

denostaba como un idioma de atorrantas y maricas. Losanges era la forma que

asumían aquellos rectángulos austeros bajo el influjo de mis palpitaciones

descontroladas, virando a una orgía de rombos que casi no logro evocar porque me

asaltan otras asociaciones, esas anotaciones al pie o al margen que astutamente

agregan, determinan y corrigen. Corrigo ridendo mores, según acotaba mi

maravilloso librito de tapas naranja con el cual me internaba sin miedo en el bosque

penumbroso de las palabras cruzadas. Aquí caigo en la trampa pues de inmediato

caballeros y armaduras y la magnificencia de sus cotas de malla tejidas en losanges

con alambre de bronce. Rombos que a su tiempo habrán de transformarse en la

textura pedestre de un alambrado que rodea la alberca para impedir el desborde de

mis ensoñaciones y la fluidez de un inconsciente atroz.

El 35mm framed batch slide holder se desliza suave dentro del scanner. El ojo

desnudo me permite, con tantos años de experiencia, leer transparencias de 8mm e

incluso negativos color de 35, pero asimismo estimula mi imaginación y los

sentidos al intuir los detalles y las formas que se irán ofreciendo a mi curiosidad —

mi apetito indomable— al ampliar cada recoveco, cada ínfimo pixel, a la verdad de

los 300dpi, a la exageración de los 600 o a la desmesura de los 1200. Nada

demasiado diferente —por otra parte— de lo que ocurre al enfocar un microscopio

electrónico de barrido o un telescopio Ritchey-Chretien / Coudé. Aunque estoy

persuadido de que al margen de cuánto aumento pueda ofrecer el más ambicioso

3

artefacto de fábrica humana sin resignar su resolución, la mente —o el espíritu para

los más creyentes— serán siempre capaces de ir algo más lejos, un poco más allá. Mi

ojo abarca aún todo el cuadro, la ventana, los barrotes, los nueve rectángulos, la

potencia sugerente del contraluz a una hora de la mañana que obvia la trampa de la

posterización muy ríspida o la ecualización siempre negociadora y en consecuencia

falsa. Tengo todavía ante mi vista el cuadro completo, casuarinas y eucaliptus en toda

se estatura, la solidez de las raíces y la apostura de sus copas. Solo que dada mi

aversión al enfoque ortogonal, el objetivo ha mirado la escena desde un cierto sesgo

que dice y no dice, propone pero no asegura y profundiza la observación sin

endurecerla. Los rectángulos ya no lo son por entero sino compartiendo sus esencias

con una reminiscencia de trapecios que pudieran haber derivado a estiramientos

increíbles con nada más forzar un tanto el azimut o el horizonte, en este caso virtual

dada la densidad del bosque que tengo por delante. Así adelgazando o achatando y

estirando o deprimiendo la escena, mi mano ha logrado deformar la precisión con el

desenfoque necesario y el leve giro justo para que lo duro exacto se torne en algo

suave impreciso tan necesario a la belleza del conjunto como a la verdad del todo, ese

ligero éntasis que da su esbeltez inigualable a los fustes del Partenón o la leve

bizquera que encarece el encanto de las mujeres de Rembrandt y Goya o a las

madonnas de Leonardo.

La óptica de mi cámara abre al fin su boca y el ojo engulle las generalidades del

conjunto para comenzar a solazarse en las particularidades del detalle. La mirada se

posa al fin sobre el trapecio del ángulo superior izquierdo. Lo visual atrae a lo olfativo

y un olor balsámico se mezcla con las agujas y las piñas. Podría ser un paisaje de la

isla pienso. Solo que la casa de la isla no tenía rejas, no otras al menos que las puestas

por mis apetitos y su reticencia. Curiosa disquisición siendo que entre la casa frente al

vivero y la de la isla no hay distancia temporal casi. Claro que sí hay de por medio el

abismo afectivo, la clara distancia que media entre el me duele la cabeza y el no quiero.

Nada que no pueda arreglarse con una o dos cervezas, según la receta del colorado,

4

quien de todos modos se las amañaba siempre para tener a mano necesidades y

demandas de repuesto. Además también la cerveza le produce dolores de cabeza y el

remedio resulta peor que la enfermedad y yo no soporto el whisky, apenas un par de

tintos y si hace calor una birra fresquita. Pero el lapso de tiempo es bien breve, en

enero frente al vivero y en julio ya estábamos a orillas del arroyo.

Quien esté habituado a manejar redes y retículas conoce lo engañoso de sus ángulos y

lo incierto de sus paralelismos, para no mencionar las ficticias diferencias entre

paralelogramos periféricos e interiores, todo lo cual produce lecturas alternativas que

superpuestas a las esperables componen una suerte de reverberación visual que uno

casi siempre —al menos las primeras veces— atribuye a cansancio procurando

desviar la mirada, parpadear unos segundos y a lo sumo abandonar el monitor —o la

interface del caso— uno instantes para estirar las piernas. Pero la trampa es paciente y

uno regresa relajado y vuelve al primer cuadro aquel del ángulo superior izquierdo,

nada más un vistazo para confirmar el déjà vu y bajar por la vertical en un acto reflejo

soslayando lo horizontal como alternativa. Decisión nada sorprendente si uno

considera que la eclíptica se agota en su propia circunferencia sin otra opción que el

retorno. Reandar o desandar, que no otra cosa es el mito del eterno retorno una vez

quitados los afeites y el maquillaje. La vertical en cambio renueva la frescura de sus

tentaciones en tanto zenit y nadir ratifican la promesa de una infinitud que arranca de

lo espacial para mutatis mutando escurrirse hacia el plano temporal en el ofrecimiento

claro de esa inmortalidad que la religión revende bajo etiquetas de gloria eterna, lo que

es justo reconocer como un meritorio valor agregado. Incluso lo infinito de la

dirección no excluye la finitud adjunta en sus dos sentidos y así se cierra el apotegma

arriba-bueno abajo-malo ascenso-caída ángel-demonio, etc.

5

Y en vez de la cuesta arriba / prefiero la cuesta abajo, ah pícara confidencia de un

cazurro garrotinero que remataba la cuestión con un palmo aullando pa’poder vivir

sin trabajar / se tie’que ser gitano y saber equivocar. La vida es descenso. El

universo es descenso y lo declara sin ambages el opúsculo hermético, arriba es como

abajo y un poco más adelante todo lo que sube baja. También desciende el ojo

cruzando el barrote superior para meterse en el rectángulo —el trapecio— del medio a

la izquierda, en busca del corazón de aquel follaje de eucaliptus y casuarinas, una

suerte de cábala o de sortilegio porque si abajo de ese barrote logro visualizar la

urdimbre de ramas y la mezcla de verdes entonces estaré seguro de que el tiempo es

mentira y la isla no existe y aquella noche de invierno a orillas del arroyo nunca

transcurrió porque no hubo ni noche ni arroyo ni isla más que en la matriz oscura de

esta pesadilla que noche tras noche me devora empujándome a mantener los ojos

abiertos a la espera de la primera luz que empiece a dibujar los barrotes para

asegurarme que allí están —a menos de cincuenta metros— las cortezas y la fronda y

el canto madrugador de los zorzales. Después se tiñe este grotesco cuadro / con la luz

virginal de la mañana / me acerco a contemplar de una ventana / el lento despertar

de la ciudad… 1

Para los de Prefectura un cuerpo flotando aguas abajo es casi una parte del paisaje

cotidiano y nadie hace demasiadas preguntas, al fin de cuentas el hombre es hombre y

los peces son peces y salvo tipos raros como Cortázar a nadie se le ocurre mezclar los

tantos. El pez respira en el agua y los cuerpos respiran afuera y los peces se mueren

afuera y el cuerpo se muere adentro. Ahogado. Me encontraron al fondo de la isla,

donde las aguadas y el pajonal impiden el paso hacia la otra costa. Uno de los

mimbreros la descubrió llegando casi al Paraná de las Palmas y avisó al puerto. Al

caer la noche vinieron a buscarme.

1 Joaquín Castellanos (Salta 1861-Tigre 1932): El temulento.

6

Apenas me despierto el ojo escapa de inmediato hacia arriba en busca del primer

rectángulo, en el borde superior izquierdo, ese paralelogramo apaisado —el más

grande de todos— donde la cúpula de casuarinas y eucaliptus se mezcla con las

nubes. Pero ni casuarinas ni eucaliptus ni siquiera la mansarda de hojas o la urdimbre

de ramas. Conteniendo el sofoco recuento barrotes y trapecios. Los cuatro barrotes,

los nueve trapecios, las tres columnas y las tres hileras han quedado reducidos a un

resquicio sórdido, cuasi-semi-ex-gozquejo 2 de la ventana espléndida, un ventanuco

con apenas dos barrotes cruzados. Una cruz siniestra en cualquiera de sus acepciones,

no árboles, no verde, no belleza, no cielo, no promesa de nada que valga la pena. Muro

gris abúlico recortado contra muro gris deprimente. Y entre sollozos y una áspera

sensación de vacío, la voz admonitoria de un magistrado —un vislumbre de esa voz—

hablándome de treinta y ocho años y de arrepentimiento y de delitos agravados por el

vínculo.

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