Lo llamaban así porque era capaz de cambiar el destino de una nación con cien palabras. Observarlo detenidamente era recordar esa imagen distorsionada que reflejan los espejos convexos, donde el rostro, el cuello y el torso se estiran, desafiando la simetría orgánica. Centino era un hombre solitario. Era lento y largo, tan largo que sus piernas parecían extensiones de los brazos, o viceversa. Decían que fue el padre del complot; que muchas de sus palabras reinventaron la historia de los pueblos, decían más; que los grandes gobiernos lo usaban para lavarse la culpa, porque si ellos podían culpar a alguien, entonces, la conciencia de todos pesaba menos.
Una cosa sabían de Centino: Jamás se reunía con su cliente. Por ello, el encuentro demandaba un escenario específico: la noche, un teatro abandonado, el cliente esperando en las butacas sucias, detrás de la oscuridad, con el rostro cubierto… Centino no pedía otra cosa. Una vez que hablaba, desaparecía como fantasma, sin dejar rastro y nunca más. En esta ocasión fue el gobierno de Sétat quien lo contrató. El país estaba expandiéndose a toda costa y lo único que faltaba en su extenso territorio era un puerto, tal vez, el de la Isla del Sariu que era el más importante del mundo, y que tras años de disputas con la Organización Protectora de Islas Pequeñas (O.P.I.P), no pudo conseguir. Por ello, evitando una guerra mundial, que de por sí pudiese perder, Sétat optó por su último recurso: La conspiración.
Centino llegó al lugar pautado como solía hacerlo. Lo esperaban tres hombres importantes. Sin ruido alguno apareció allí, de repente, sobre el centro de la tarima del teatro Saint Rue. De pie, tieso, con la silueta disolviéndose en la pésima iluminación ocre que apenas lo descubría acomodando un papel sobre el podio. Sus largas manos no se movían, se arrastraban. Alzó la vista hacia el fondo, (era un reflejo que maldecía), y la volvió de inmediato sobre el papel. Se acercó al micrófono y pausado, empezó a leer:
“Primero: De ti saldrá la mariposa, jamás antes vista, que nacerá del mar y morirá en la tierra. Luego busca a tu hermana la enemiga, la del corderito docto y gracioso y envíalos al lugar que flota sobre el manto sagrado. Procura que los cinco mundos sepan que bajo el brazo llevas el pacto inútil. Allá lo rechazaran, se tragarán la lengua y devolverán la carta sin respuesta. Tu hermana jamás regresará, descenderá junto al corderito, cerca de la garganta roja. El mundo reprochará cómo David se vengó de Goliat, y tendrás, entonces, autoridad y licencia para gobernar. Y vencerás”.
Centino terminó de leer. Sujetó el papel en alto y con movimientos repentinos empezó a destrozarlo. Arrojó los restos sobre la oscuridad, y como un mago, desapareció. Los hombres tomaron nota y acordaron reencontrarse en veintidós días. El tiempo avanzó como si ninguna cosa importase más que resolver aquel acertijo. Se dieron cita en alguna dirección desconocida. En el antro estaban los tres sentados, cerca de una mesa redonda repleta de documentos. El hombre que hablaba lo llamaban el Doctor. Era el jefe del Servicio de Inteligencia:
-El equipo trabajó arduamente, señores -dijo, mientras de un maletín negro extraía un sobre manila. Sacó una foto en blanco y negro, y a la par colocó un documento con numerosos trazados en tinta roja. Los demás no reconocieron a la mujer de la foto. - Sin embargo-, continuó -no hemos resuelto del todo la profecía.
El hombre de la derecha era el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas. Se notaba algo nervioso, más bien, algo ansioso. Movía las rodillas, las hacía chocar sin detenerse.- Muéstranos qué falta, luego intercambiamos informes.- dijo cortándolo con la mirada. El doctor continúo:
-Identificamos la hermana enemiga -.Y señalando la foto, continúo -; N.G, único miembro femenino de la oposición; secretaria y militante del partido PFP; cerebro de diversas organizaciones antagonistas; 37 años de edad. En el 87 su esposo muere en un accidente automovilístico junto a su único hijo. En el 92, su hermana es diagnosticada con cáncer y muere en ocho meses, cediéndole la custodia del hijo. No propiedades privadas.
- ¿Por qué ella?- preguntó el comandante.
-Por su sobrino, corderito docto y gracioso-. Y de un sobre extrajo otra foto en blanco y negro y señalándola, prosiguió: -Niño de 8 años, reclutado hace siete meses por nuestro programa de superdotados. Las pruebas indican que tiene un coeficiente intelectual superior al de Einska. Sabemos bien -prosiguió cerrando el tema -que N.G. no aceptaría nuestro encargo, puesto que al rechazar unirse al gobierno, nos vimos forzados a presionarla. O se retiraba por las buenas, o por las malas. Y decidió jubilarse a finales de año, y es aquí donde nuestra pesquisa pierde…
-Mi turno - interrumpió el comandante -. Con la información que ha proporcionado, Doctor, hemos armado el rompecabezas-. El comandante demandó atención, bajó la voz y continuó:
-… algo tan pequeño como el aleteo de una mariposa puede causar un maremoto en cualquier parte del mundo… Teoría del Caos. Señores, por siete años, hemos trabajado en un proyecto secreto, tanto, que ni usted, presidente, aun lo conoce.
El presidente intentó no mostrarse sorprendido.
- Lo hemos llamado El proyecto Mariposa - dijo, mientras con un pañuelo secaba un poco la frente, luego continuó- El arma es un misil submarino SX-675, insondable, con un detonador automático. Produce una onda expansiva en la atmosfera capaz de enfriar o recalentar el aire, dependiendo del tipo de concentración, generando un efecto meteorológico controlado. Es un arma altamente efectiva.
Los hombres escuchaban inmóviles. El comandante explicaba en un mapa que dispuso sobre la mesa, la trayectoria del fenómeno:
- Si lo detonamos en lo más profundo del mar Carh, crearíamos una ligera precipitación que avanzaría con los vientos meridionales hasta Sariu. Manipularíamos su categoría convirtiéndolo en una terrible tormenta. Una vez azotada la isla, contactamos a N.G y le ofrecemos el cargo de fedatario. Si acepta, podría seguir operando en sus organizaciones. Además, dada la capacidad de su sobrino, nuestro comité cultural lo invitaría a participar en las actividades culturales ofrecidas a los refugiados. Es una propuesta que no rechazará. Luego, por todos los medios, anunciamos nuestro compromiso de reconstruir la isla, siempre y cuando, se nos permitan implementar ciertas modificaciones en su infraestructura. Por ello su gobierno deberá firmar la carta que hemos enviado. Ellos rechazaran. De vuelta, el avión se caerá cerca del volcán - y el hombre alzó los hombros como si esas cosas pasaran todos los días -. Es importante que la caja negra desaparezca en la lava - continuó - y el mundo pensará que ellos planearon el accidente. Pretenderemos el perdón, y en menos de una semana nuestra ayuda llegaría a la costa, y de esta manera nos quedamos hasta que el puerto sea nuestro.
El capitán terminó de hablar. Inconscientemente había trazado sobre el mapa unos garabatos inentendibles. Por último el presidente de la nación cerró la reunión con unas cortas palabras:
- ¡Ay Centino, Centino…que Dios te perdone!
La gran cabaña
Juan seguía mirando a través de la ventana, apoyando su pie derecho sobre una silla de madera que se encontraba cerca, cuando afinó su garganta dispuesto a imitar la voz carrasposa del viejo Elementus: “...Antes de unirse como maridos y maridas, tú, mujer, deberás agradecer a tu hombre por haberte elegido y lo placerás de tal manera que cediendo lo más sagrado de tu vientre consumirás en un solo día, el anterior al casamiento, tu amor por él y de esa manera la vida te agradecerá con un hijo, que del tamaño de un arroz crecerá en tu vientre hasta el día en que estén listos para ser tres... ” Entonces volvió su mirada hacia donde estaba Gastón, que ahora fumaba nervioso:
-- Esa misma noche cuando me haya sacado estas ganas, nos marchamos -- ¿y la neblina? – No seas idiota interrumpió Juan – y luego continuó - ¿Recuerdas la factoría que encontramos abandonada antes de llegar al pueblo? Hace años la mitad de sus trabajadores perecieron debido a un incendio. De forma clandestina se fabricaban armamentos que luego eran vendidos a los rusos en la época en que los cubanos, los gringos y Rusia tenían sus rollos políticos. La fábrica operaba en horas muy entrada de la noche hasta el amanecer, eludiendo sospecha alguna, cuando de repente se vino al carajo explotando todo, esparciendo humo por todos lados creando una neblina intensa de gases venenosos. – el otro yacía pensativo pues todo lo que decía gozaba de juicio – Es como si fueras un sefardí y estuvieras, en plena tarde, duchándote en un campo nazi - luego concluyó – y es probable que el vapor se haya extendido hasta el pueblo y estos indios sí han confundió una hoja de mierda por un texto de Dios de seguro habrán confundido aquella tarde y sus humos con una maldición. Supongo que esa vez -- y una sonrisa pérfida brotaba de su rostro -- cayeron muertos; tiesos y desde ese momento el asiático habrá inventado sus plegarias quijotescas donde, pasadas las siete de la tarde, cuando el demonio termina de comer al mundo avienta sus eructos-.
En esas estaban cuando los demás turistas entraron en la choza embetunados de sol. Gastón con un afán indescriptible y tartamudeando las palabras, comunicó las dos nuevas que tenía el más viejo de todas las palomas: la primera de marcharse en dos días y la segunda que estaba tan caliente con la chiquilla que era capaz de cometer la mayor de todas locuras:
-- ¿Quiénes están de acuerdo? – y todos, a excepción de uno, con un impulso más rápido que inmediatamente levantaron sus manos.
- Que así sea entonces - sentenció Juan.
El anuncio de la boda fue el evento más importante de la historia del pueblo. Uno de los seres benditos se casaría con un humano y de su unión nacería un semi-dios. Elementus, responsable de encontrarle un sentido a todas las cosas que ocurrían en la colonia más por debilidad de creer vivir en un pueblo bendito que en uno corriente inventó, como solía ocurrir, que en su libro de revelaciones tal acontecimiento se había escrito esa misma mañana con tinta roja parecida a la sangre. Aquella mañana, un viernes de los nuestros, Juan de Sevilla, vestido con sus túnicas especiales, es decir, unos shorts marrones, camisilla manga corta, verde olivo y unas chancletas, visitó la casa de Dihko. Estaba ella ocupada en los quehaceres del hogar, cocinado, colgando, y barriendo el patio cuando la voz de su enamorado la sorprendió en medio de la usanza que a su vez ya terminaba. Al encuentro se saludaron con un efusivo abrazo. Sólo déjame tocarte un poco que nadie se dará cuenta- A lo que ella respondía mientras se desenredaba de aquel pulpo de brazos ardientes:
- ¡Estás loco mi santo! Ya sabes que no puedo, que no debemos y si nos ven hasta nos matarían, que ya conoces bien la tradición-- decía ella,
- Lo sé mi capullito virgen – continuó -Prepárate porque en la tarde te pediré que seas mi mujer. En dos días nos casamos-. No terminó de pronunciar la fastuosa noticia cuando los ojos de la india se pusieron grandes como dos huevos fritos y lo opaco de su mirada se llenó de agua y con un impulso más del corazón, lo abrazó tan fuerte que los senos se estrellaron contra las costillas del hombre. La piel del varón sentía en el ártico del pecho los latidos acelerados de ella, que inocente, enamorada y loca por él, ignoraba las verdaderas intenciones de su amado.
Transcurrieron las horas de la mañana como de costumbre, con su olor a pueblo perdido hasta que llegó el momento del segundo sol, el que sólo de manera temporal visitaba el cielo. Los padres de Dihko llegaban de sus respectivas rutinas, uno recolectando culos de hormigas en la selva, otro moliendo algunas hierbas que el oficio medicinal ameritaba en las jornadas. Aconteció que los tres reunidos, esperando dos un no sé qué, se encontraban en la salita de la casa, sentados y mirándose unos a los otros. El negro mayor, con la espalda recta sobre una silla de madera, miraba a su mujer y Gahga, con sus enormes pies postrados en el suelo como bailarina de ballet; la espalda un poco doblada, los hombros caídos hacia delante y el vientre sobresaliendo como pequeño flotador miraba a su hija que no hacía otra cosa que caminar de un lado al otro con una sonrisa que jamás había visto:
- ¿Que pasa Dihko, por qué nos has pedido reunirnos en la sala? – Esperen, esperen -- respondía ella. -Está por llegar-.
De manera casi puntual, tocó la puerta Juan de Sevilla que conociendo muy bien la tradición, y seguro de lo que estaba a punto de hacer se había arreglado para la ocasión. Se despojó del sucio ropaje de turista, se afeitó la barba, se peinó los rebeldes hilos dorados que hacían de cabello y como ropa usó un guayuco negro que solo le cubría los genitales. En la mano traía dos collares de Cocal en forma de cruces y sin más preámbulos y como si un fuego estuviera aturdiéndole el alma se dirigió donde estaba sentado el hombre de la casa. Bajó la mirada hasta encontrarlo allí atento, y sin despabilar se lo dijo:
- Vengo a casarme con su hija –.
El gigante lo miró atentamente, luego a su mujer y luego a Dihko y enseguida en un flash intermitente recordó los momentos que había compartido con su niña, la vez que vino al mundo, su primera ida a la escuela, las ayudas en la casa, los masajes en la espalda, las idas a la iglesia, las comidas en familia y enseguida un ácido que se había formado en su garganta y que ardía le hizo brotar una lágrima mínima que no llego a los labios.
El negro se puso en pie:
- Tuya es, tuya será y que la familia crezca – entonces de un fusilazo atinó, con todas sus fuerzas, una cachetada al novio que casi lo deja inconsciente. La madre orgullosa pues su hija se casaba con un santo, expresó su aprobación como lo hacían las mujeres de la casa escupiéndole el rostro y enseguida extendió la mano con un pañuelo: - Sécate hijo, bienvenido a la familia.
-¿Cómo te llamarás?- Preguntó el padre.-Me gusta, me gusta-, respondió el negro.
El rumor del matrimonio entre el santo y Dihko recorrió toda la mañana en aquel pueblo chico – infierno grande. Para entonces, la mitad del pueblo estaba atento a la puerta que aún se mantenía cerrada. Tohbo, más contento que novia de pueblo, abrió y sorprendió a todos con gestos incautos. A lo que éste sin más medida anunció:
- Mi hija se casará con Luhka, el hijo de la luna -.
Y así todo el pueblo entre griteríos; celebraciones, bendiciones se apresuraron a festejar la gran noticia y en cuestión de instante las mujeres acordaron cuál de ellas prepararía el caldo de hormigas culonas, el vestido de la novia y las otras cosas.
-Yo me quedo con sus cabellos- decía una.
-Yo preparo el salón-, decía otra.
-Yo barro la cueva, y prendo las velas- dijo una tercera.
-Yo busco los hongos para el Matuze, y me encargo de la Pafpa; y tú, la menor, empieza con la tierra roja y la otra, la callada, prepara el lugar de inmediato donde pasaran la noche – indicó otra de las presentes.
Así se encargaban las mujeres, discutiendo, disponiendo y emocionándose con labores tan especiales para complacer a la más bella de todas las bellas.
Llegó la mañana y en cuanto salió el sol, todos empezaron acelerar sus rutinas para prepararse para el día más importante de la historia de Pablas de Sicotense. Faltaba un día para el matrimonio, sin embargo, ya todo estaba casi listo en sus respectivas obligaciones. El viejo Elementus había preparado su mejor discurso como antelación de la boda, la madre de Dihko había desempolvado del cajón su vestido de novia, pues la tradición exigía que en cada matrimonio todos los presentes debieran acudir con sus respectivos atuendos de casados. Tohbo hizo lo mismo sin faltar a la tradición de llorar, toda la noche, por el suplicio que causaba entregar a la niña de sus ojos; por ello, la tradición permitía cachetadas del hombre de la casa evidenciando el dolor que representaba resignar en brazos extraños a una de sus mujeres y las madres, privadas de fuerza masculina y teniendo prohibido alzar la mano, permitido tenían escupir el rostro de sus futuros yernos.
Las Palomas Benditas tenían todo listos para desaparecer esa misma noche y habían colectados algunos adornos particulares que tanto llamaron la atención. Gastón el conductor se aseguró, sin levantar sospechas, de tener condicionado el Jeep para la partida. Limpió los excrementos de los zamuros; las ramas, las telarañas y a nivel del motor revisó cada cable comprobando que los dos meses de inactividad no habían estropeado ninguna vena, arteria o pulmón del mecánico y antes de marcharse quiso enterrar en aquella tierra una bolsa con algunas pertenencias: fotos, agenda y cualquier documento que gozara de la bendición del pueblo. El enano y la esposa aprovecharon de tomar las últimas fotos de aquel paraíso perdido, recolectando también cuantos bichos raros veían como las iguanas de dos cabezas o las Buracas que en ese momento estaba siendo despellejadas por tres mujeres:
- ¿Por qué las matan? - Preguntaba la mujer del enano.
– No las matamos sino que las liberamos de la piel y así el alma correrá libre por el pueblo—y una de las indias, sentada sobre el suelo, sostenía un recipiente cristalino en cuyo interior reposaba un líquido amarillo.
– ¿Y qué es eso? Señaló el único hombre de aquél ateneo y de inmediato como un fulgor de infante las indias estallaron en risa:
- No podemos decirle pero sí a su marida—dijo una. Y entonces con un gesto juguetón una se acercó al oído de la rubia y ésta, la Leticia, con su cara de “O” y muerta de la risa se cubría la boca por la ocurrencia de aquellas mujeres.
– Para retrasar la ovulación y tener relaciones en cualquier momento – confesó después la mujer al enano justo cuando se alejaban de aquel lugar.
Llegó por fin la hora. Luego de todo un ciclo de preparativos para el día siguiente, Juan y Dihko se encontraban en la choza. Empezaba a oscurecer cuando la campana bulló y el pueblo empezó a recogerse en sus casas. Dihko lo miró directamente a los ojos. Tenía un vestido de seda blanco que transparentaba su desnudez y en su cuello llevaba el collar de Cacol en forma de cruces que el día anterior su novio concedió como símbolo de compromiso. En su mano izquierda sujetaba un envase que contenía la tierra rojiza y en la otra un envase con tinta negra. En uno de los bolsillos de la bata, una tijera filosa. Juan vestía unos pantalones blancos y una camisa de seda cuello “V”. Éste se aproximó para besarla pero ella lo evitó señalando hacia uno de los extremos de la choza donde, pintado sobre el suelo, se reparaba una marca en tinta roja formando una “X” que delineaba la entrada al Calabozo, lugar de muertos y donde yacía el cuarto donde reposarían toda la noche. El hombre ávido disimuló sus ansias con un ligero asentamiento. Luego sonrió. Ambos tomados de la mano se dirigieron al punto y el hombre prosiguió a halar la cadena de hierro que ataba la manga de la puerta del suelo. Necesitó de más fuerza para abrirla cuando sintieron el aroma intenso de flores que se desprendía desde el interior de aquella morada. Bajaron las escaleras que en forma de caracol conducía a un punto de claridad trémula, con la intensidad que dos lámparas de fuego minúsculas pudieron aportar. Encontraron un amplio pasillo ocre y al final dos puertas que adyacentes descansaban una de la otra, cuyo interior apropiaban diferentes destinos: El dormitorio y La Gran Cabaña. Ambas puertas cubiertas por una cortina gruesa, una de color blanco, y la otra, la Gran Cabaña de color escarlata. La mujer tomada siempre de la mano de su novio tendió su brazo, siguiendo el olor a rosas y aparto el telón blanco que escondía a la habitación que por tantos años formó parte de la tradición de todas las mujeres vírgenes de aquél poblado. Se sintió la compañera más venturosa del infinito, cumpliendo a cabalidad su labor de amada y en sus pensamientos revoltosos se recreaban las imágenes que brotaban como olas de mar rebelde. “Cómo será nuestro primer hijo, de qué color pintaremos la casa, serán médicos como sus abuelos”, pensaba la india mientras el otro, Juan el perverso no apartaba su mirada de las nalgas redondas que la túnica de seda dejaba entrever: - I’m going to fuck you like an animal – susurró al oído a lo que ella, estremecida de placer y sin entender contestó:
-- Yo también te amo.
El cuarto de paredes rojas era lo más parecido a un día de san Valentín para los americanos. Lo que sobraba era ése color de enamorados. Las paredes colgaban lámparas de luces cortas, el piso asentaba miles de pétalos rosas, y una tela de anfisbena alfombraba el suelo. Ella se colocó justo en el centro de la habitación y lo miró de frente. Sus ojos más bellos que nunca lo besaban de una forma desconocida, su respiración era lenta pero profunda. Dihko tomó su cabello y lo desató hasta dejarlo caer libre hasta la altura de las nalgas, desprendiendo un olor de perfume cítrico como de naranja y limón y enseguida tomó las manos de él y las colocó justo a la altura de su pecho:
- ¿Alguna vez has tocado el pecho de una mujer sintiendo cómo late su corazón por ti? – Dijo con la mirada acuosa -Soy toda tuya, Luhka. —concluyó.
El hijo de la luna no pudo resistir ante aquella afirmación y como disfrutando lentamente del momento descubrió el hombro derecho y luego el izquierdo. Enseguida el manto que la protegía abatió sobre el suelo, dejándola totalmente desnuda. Él retrocedió unos pasos precisando una mejor perspectiva de lo que aquella noche se iba a devorar y el placer sádico, perverso de sus intenciones aguó en aquel instante su boca. Ella aceleró su respiración pues sentía esas manos fuertes que la recorrían apresurada todo el cuerpo; los pechos, las caderas, el ombligo, las piernas, las nalgas, el vientre. La besaba con furor que ella consideraba propias de un dios humano, sin embargo, esa ferocidad no eran otra cosa que unas ganas viejas de comérsela viva y nada más. Ella lo detuvo al momento que intentó penetrarla con los dedos pues faltaban otras cosas y el Luhka, más por no estropear el momento que por respeto al protocolo, se detuvo al instante, con sus órganos exaltados y sin poder contener un segundo más el deseo de violarla. Ella se alejó, juguetona, cuando sintió una extrañeza dura como las culebras con hueso y fue entonces cuando supo que ambos estaban listos. Entonces lo desnudó descubriendo toda la licencia que lo desacreditaban como niño inocente. Su mirada encrespada se disparó curiosa e inquieta sobre aquella morfología búfana que sólo en clases de Coitus pudo construir con extrema imaginación. Ya para aquel momento las cumbres femeninas se delataban ansiosas, revelando un manto que incontinente se volvió húmedo. Luego con la tinta negra que reposaba en uno de los envases que traía untó un poco sobre su mano y empezó a recorrer todo el miembro del hombre hasta cubrir cada centímetro. Él por ordenanza untó la pastosa argamasa rosa de barro y humedad sobre ella cubriendo el cuerpo entero. Ella se contorneaba de placer. Él la besaba. Ella pensaba en sus futuros hijos y él insistía en entrar en ella. Estaban los cuerpos entonces con sus nuevos maquillajes listos para el apareamiento cuando ella empezó a tejer sus cabellos en forma de trenzas y Luhka con expresión de “Qué mierda estás haciendo y por qué no follamos de una vez” la ayudó, con sonrisa de mona lisa, atarse el resto de los cabellos. Entonces buscó la tijera y se cortó los largos mechones que había dejado crecer desde que nació como muestra de haber encontrado el hombre que la haría mujer. Continuó hasta dejarse el cráneo sin hebras. Él, como asqueado ahora con el nuevo semblante de la ex- bella, que más que una india exótica parecía ahora un pollito remojado, cerró los ojos y siguió tocándola hasta consumir en totalidad dicho acto. Aquella noche ella lo amó una vez y él más de diez dando oportunidad al hijo de la luna de mostrar las perversidades que sólo, y por eso cobraban, las prostitutas permitían. Ella desgarrada por todos los caminos de su cuerpo no hacía otra cosa que llorar envuelta en sangre, dolor y espanto pero agradecida que el futuro padre de sus hijos tuviera la vitalidad de los dioses. Entonces cuando no pudieron más ambos se tumbaron sobre la cama descansando al cansancio. Aquella noche significó para la cándida, la entrega de su alma virgen y para Luhka otra anécdota más. Al día siguiente y luego de dormir por casi catorce horas, Dihko despertó sola en la habitación, nerviosa, desesperada y buscando hasta por debajo de las alfombras al hombre que la había amado aquella noche. Sólo pudo encontrar una nota breve con un pulso nervioso en tinta azul: “Debajo del árbol pensante.” El hijo de la luna se marchó justo como lo había planeado desgraciando la vida de una mujer que sería condenada a la desdicha por el mismo pueblo que la vio crecer y expulsándola de aquellas tierras no sin antes aniquilar a pedradas, antes sus ojos, toda estirpe que llevara su sangre, como así la ley lo exigía. Amén.
Progenie de una ingénita
Siendo Paris la ciudad y cerca de la calle “Rue de Grenelle”, una tarde casi humedad por un tiempo víctima del mes de otoño, sucedió algo de no imaginarme. Mientras esperaba el minibús que me dejaría en el hotel donde me hospedaba, conocí una hermosa anciana que me relató una historia que jamás pude olvidar. Sin mirarme a los ojos, aquellos grises opacos que esperaban, supongo yo, algún otro transporte que no era el mismo, me confesó en un español indocto: -- Ser tan buena padre que parecer un madre – y sonriéndome señalo con su índice largo e inquieto una de las pinturas que se proyectaban en la esquina de aquel lugar. Yo, en mi afán de entender lo que había dicho, la mire tímidamente a los ojos y con mi mueca de mal entendedor, pedí que repitiera en un francés más pausado lo que intentaba decir.
Es así como escuché por primera vez la historia de una mujer que sedujo un espacio de su vida con la ilusión frustrada de ser madre. Un deseo que, tras haber nacido como una ofuscación, se convirtió en una obsesión reclamada a lo divino.
***
Solange fue profesora de literatura francesa. En su juventud decidió estudiar pedagogía, pero su único sueño había sido formar una familia, tener un hijo. Estudió una carrera que le permitió permanecer en contacto con niños; de esas caras inocentes que sus más ansiados anhelos habían dibujado cada vez que una noticia falsa anunciaba la noticia de ser madre. Empezó por ceder parte de su tiempo, en las mañanas, a orientar a los más pequeños: -- Hoy aprenderemos los colores—así anunciaba cualquier mañana. Su mundo era concebido por criaturas que muchas veces le robaron algunas lágrimas, cuando estos, en muestra de algún afecto le regalaban una de esas pinturas rayadas por doquier, con su nombre mal escrito, estampado en aquellas hojitas. No había mayor poesía para ella que los vocablos maldichos de esos pequeños que balbuceaban, de vez en cuando, una experiencia tan seria como graciosa: -- Maestra, tú eres mi novia. —Allí se confesaba su primer enamorado. Un niño de seis años, gordo como un cerdo; con unos cachetes maquillados de dulzura y unos ojos que cantaban inocencia: -- Lo sé, Benjamín, lo sé –
El primer intento de formar familia fue en los inicios de su adultez cuando conoció su primer esposo, un compañero de estudios de la universidad, que poco tiempo después, decidió abandonarla por una prostituta latinoamericana. Los treinta y cinco años de la callejera cacheteaban los diecinueve de esta. La cama sabía mejor con la silueta de una maestra de posiciones que la de una maestra de niños y ese mensaje se lo dejó saber muy bien su marido en aquella nota que terminó cenizas aquella misma madrugada: “Mi cobardía es dueña de toda mi vergüenza. Que seas feliz con alguien más porque yo lo seré. Me llevo las botellas de vino, pues ya no habrá aniversario.” Nunca más se volvieron a ver.
Su segundo esposo fue un reconocido doctor de Librizzi, Italia. Se conocieron en París en un congreso de letras, cuando ella discutía con algunos miembros sobre la destrucción del lenguaje elaborado por el facilismo del lenguaje coloquial, demostrando ante el doctor y otros colegas más, su cátedra. En dos semanas, se aventuraron los amores rápidos y repentinos. La pasión en sus cuerpos olvidaba las letras y sus rimas, o la medicina y sus curas y se fusionaban las almas ignorantes de conflictos, ciencias o letras, para alimentarse con la carrera más pura de todas, donde nunca existe un final. En un par de meses, se casaron enamorados, en aquella etapa donde los defectos tardan en aparecer o los reclamos se esconden en sutiles insultos susurrados al oído. Su convivencia oscureció, tiempo después, con las llegadas del hombre muy en la madrugada, con perfume de licor en las ropas y los rastros de féminas baratas en las ganas. Pese a los periodos en que se ausentaba este profesional debido al ejercicio de su ciencia en el interior del país, ella cual hábito preciso, lo esperaba ansiosa con su aura de mujer enamorada, anhelando embutir su vientre con un hijo. Transcurrieron dos años en que ambos intentaron procrear familia; tal vez un pequeño varón con los ojos de su padre, o una niña con los labios de su madre, pero fue inútil. No basto ciencia, ni oración a los santísimos para que ambos, en una dolorosa entrega, se rindieran en su ardua faena. El último mes de convivencia se convirtió en un duelo inevitable: el hombre contra la mujer y la mujer contra Dios.
Esa noche, el modesto cuarto de paredes grises esperaba el ritual habituado por los improvisados amantes, pero sin amantes. Con dos cuerpos desnudos, atados por las fuerzas, ya muertas, de un amor que se había suicidado por un exceso de ilusión. Ella se tumbó sobre la cama, boca arriba, con sus ojos abiertos, y su mirada perdida, esquivando el hombre que la acechaba; con su aliento de infiel y su atuendo desgarrado por mujeres de la calle. El sudor con fragancia de lamentos corría entre el sexo de ambos y el vientre de la mujer, no cesaba de llorar aquel matrimonio miserable. Cuando el acto llego a su fin, él recogió su alma y se marchó cual sonámbulo a la sala. Se tumbó sobre el sillón de madera y se quedó dormido. Ella fría como un cadáver, boca arriba, inmutable en su desierto, y rezando todas las oraciones mientras acariciaba el rosario que colgaba de su pecho. Aquel collar de pelotitas de vidrio que la conectaba con su infancia y su madre, con su inocencia y su abuela, con su pasado y todas las mujeres de su familia, era el amuleto perfecto que jamás había fallado en la prueba dura de conceder milagros y que ahora, aquel Cristo crucificado no tenía otra opción que fertilizar el esperma que descansaba como lodo frío dentro del útero de Solange. Antes del mes, sus ansias le regalaron síntomas de mujer preñada, con dolores de cabeza, y jugando con su alegría de mujer fecunda.
Sus ilusiones moldearon el rostro del futuro bebe, y la hicieron la mujer más feliz de Francia. Se dirigió hacia el escritorio donde descansaba su esposo y le susurro al oído, como victoria apresada, la frase que aquel humano quería escuchar: -- Estoy embarazada – él la miró cuestionándole con su impresión marcada en sus ojos — ¿Estás segura? – Ella asentó. – ¡Gracias por hacerme padre! – la besó y la abrazó. Tres días más tarde la vida descubrió a la profesora manchada del líquido tinto y ahora maldito que descansaba en su vientre, arrancándole los sueños de dar pecho, coser atuendos para el frío o el calor y de ser mujer. La noticia se clavó una vez más en sus diferencias, reventando, pudriendo y envenenando el último respiro que el amor tenía. Encontró valor en sus miedos y fue a confesar la desdicha a su esposo:-- Si no me das un hijo, te abandono – fue lo único que el hombre respondió. – No lo hagas por favor. Tengamos más paciencia, solo paciencia. Te lo suplico. — y llorando se inclinó abrazándoles sus rodillas hasta apresarlas contra su pecho. – ¡Que se vaya todo a la mierda! ¡No tengo más paciencia!—la soltó bruscamente y se marchó. La puerta cerró con tanta ira que algunos cuadros colgados en la pared cayeron al piso. Nunca más se volvieron a ver.
Su tercer y último esposo fue una necesidad que sus tiempos de mujer madura ya le exigían. Su biología tenía límites y su vientre se hacía cada vez más exigente. Su alma, vacía de inocencia, era el reflejo de una ira controlada. Su tristeza se traducía en aquellas arrugas que un lienzo marchito cedía por piel y la cuna envenenada, su vientre, había conciliado la idea de cobijar solo tripas en su recinto. El protagónico de madre se venció a un conformismo y a una rutina: dar clases en la universidad. Los niños eran un repaso de sus tantas frustraciones. Ya no sabía si aquel recuerdo, le hacía bien o le hacía mal. A sus treinta y cinco años, aun consideraba, muy en sus entrañas, ver un cuerpecito cobijado alimentándose, un poco, de aquella vida que se escapaba en un chorro de lamentaciones diarias. Un día, sin pensarlo, conoció al dueño de la mansión de la esquina. Se llamaba Francois Rourier y era un tipo de gustos refinados, de piernas flacas y caminar de cisne, piel blanca y pómulos maquillados, manos largas y bien cuidadas, ojos almendrados cuyas cejas se alborotaban al percibir cualquier esencia masculina. Era un alma femenina escondida en un cuerpo escuálido, dueño de una decencia tardía y un carácter de verso y no prosa. Un maquillaje de cantos que nacía por una boca que, en vez de voz, producía un concierto de hembras en celos. Mucho tiempo después, este error poetizado, se convirtió en el gran amigo y cómplice de la profesora de letras. Al instante de conocerse, fueron tan confidentes el uno con el otro que el millonario coleccionista, conmovido por tanta crueldad le entrego, años después, su cuerpo, su casa y su vida. Hasta convertirse ella en el hombre que él buscaba y él en la mujer que le daría un hijo.
Se conocieron en una exposición de artes en el “Musee des Augustins” en Toulouse-Francia. Cuando ambos visitaban, el mismo día, la exposición de arte contemporáneo muy conocido en la ciudad. Ella vestida de negro, con un cigarrillo en sus labios y buscando una decisión en sus indecisiones. No quería entrar pero su gran amiga, la soledad, se había ligado algunos locos de la calle y en ese instante se despidieron, solo mientras la lluvia terminaba de refrescar la noche. Eran las siete, ella seguía fumando debajo del techo de una tienda. Al frente, vio el museo, tomó una última bocanada de humo, lo bendijo y entró al salón. Presenció el hermoso ambiente que construía un templo de obras, con sus esculturas y pinturas de lo mejor del arte occidental. Su alma atónita, se vencía a tal hermosura, caída, rendida, en los folios de aquellas obras que le reglaban ataraxia a su aire de artista, pero que el tiempo le había arrebatado por tanto sufrimiento. Allí estaba él, con su mirada perdida en la obra de Jacques Stella, presenciando “Mariage de la Vierge”. Detallaba tal pintura, resaltando la figura de la virgen; como siempre tan dueña de su entrega, bella y poderosa, tomada de la mano de su gran amado, con sus túnicas largas, brillantes. Sus ojos brillaban al contemplar el mensaje oculto de la obra. Lloraba en silencio disimulándolo con una sutil tos, cuya rudeza traducía un espíritu asexual, vestido con un traje de fondo turquesa, unos zapatos blancos y una escarcela que vestía una ligera calvicie. Y ella, allí, observando la misma pintura, pero sus ojos, mente y alma se perdían en un diminuto detalle desconocido para los ojos imprecisos. Una pequeña criatura que se perdía en el folio, cuya virgen había opacado pero que una madre frustrada, como Solange, atraparía con su mirada. Una pequeña criatura tomada de la mano de su madre, su sirvienta o su hermana, cuyo instinto alejaba aquella infanta del rol protagónico de la obra. Ambos, de un lado a otro, perdidos en sus mundos e ignorando sus mismas presencias. Él con ganas de ser la virgen y ella con ganas de tener a esa niña. – Que hermoso sería ser la virgen – declaró el hombre de la mirada etérea. – Que hermoso sería tener un bebe—le respondió ella señalando a la niña, y desde ese momento nació un acuerdo tácito entre ellos.
Al principio, sus conversaciones fueron triviales y de poca importancia, pero la vida holgada les permitió conocerse mejor y nacieron las confesiones de ambos. Él, con sus ansias de no morir de soledad, y ella compartiendo el mismo sentimiento, pero con sus anhelos de engendrar un hijo que naciera de sus entrañas. Lo que un día comenzó con un juego, terminó en un matrimonio anunciado en las secciones de farándula de todos los medios de prensa. Tanta plétora, desencadenó tiempo después, la muerte de sus almas. Sus rutinas se perdieron en la diversión efímera de las fiestas, orgías, alcohol y sus sombras contaminadas rindiéndole cultos obscenos y vacíos al demonio de las calamidades. La vida tardó cinco años en romper en sufrimiento. El exceso de droga, alcohol, riqueza contaminó la amistad del nuevo matrimonio. La grotesca opulencia, juntos a las depravaciones, consumieron y llenaron de soledad aquellas almas que el destino castigó sentenciándolos con una eterna esterilidad en sus partes sementales. El tiempo trascurrió tan rápido y al momento menos pensado la desidia reinó en toda la casa.
***
Paso el tiempo hasta llegar a su cumpleaños número cincuenta. La famosa profesora seguía sola, se dice famosa más por su riqueza que por su labor. El día seguía gris y la mujer tirada en su cama. De atuendo, le sirvió un camisón de seda. Su esposo, Francois Rourier, había llegado al mejor convenio con su sexualidad. Se había despedido de las pocas facciones masculinas que le sobraban. Así que, años antes, recogió algunas de sus pertenencias y se despidió de su esposa, con un delicado beso en la frente, acariciando su rostro y un llanto silente lo despidió de aquella máscara dormida. Se marchó abandonándola en aquella miseria que se reducía a grandes colecciones de artes, una mansión con siete cuartos y siete empleados, dádivas que compraban el consuelo y de esa manera, él podía sentirse menos culpable al momento de abandonarla. Francois necesitaba explorar su faceta y por ello, aquella misma madrugada se marcho del país en compañía de su sueño: convertirse en mujer. La casa jamás volvió a ser la misma. Los empleados perdieron la orientación, pues ya no había quien les diera órdenes; la alta sociedad dejó de visitar la mansión y hasta el correo postal no llegó más. Cartas de todo el mundo con invitaciones a festivales de cine, artes, promociones terminaron acumuladas en la montaña de basura que el cartero abandonaba cerca del jardín, cada dos sábados por la mañana. La dueña había ordenado que toda pertenencia, articulo u objeto no se retirase del suelo y de esa manera el tiempo se congeló por años hasta llegar al deplorable estado de abandono en que todo se encontraba. Ella despertó drogada y con las voces de los demonios atormentándole la cabeza y con ira descontrolada empezó a gritar. Se desgarró la bata con los filos de las uñas y empezó a sentir unas puntadas en el estomagado que la incitaban a vomitar. La servidumbre, que se encontraban aun dormida, se despertó con el alboroto de los gritos. Como una estampida, salieron de sus cuartos al socorro de la dueña. Ella, ahora sentía pánico, escuchando voces que atormentaban su mundo. Alucinando memorias del pasado que le recordaban su primer y segundo fracaso matrimonial y ahora el tercero. Y, en ese instante, fue cuando la locura entró en su vida. La muerte asomó una sutil sombra que la invitaba a saltar del balcón y su alma, que ya no era otra cosa más que una perversa existencia, le susurraban al oído frases que seducían sus ansias de penar. El Cristo que llevaba en su pecho, apenas controlaba las fuerzas diabólicas nacidas en aquel cuarto. Una voz maligna gritó de aquel cuerpo macilento: – ¡Váyanse todos! – ¡No los quiero ver más! -- Continuaba --¡Váyanse, o los mataré a todos! --Y con furia arrojó un recipiente de vidrio, rompiendo la esquina de la puerta.
Los sirvientes, que no la soportaban, salieron aterrorizados de la habitación, dejando las puertas de la casa abiertas y llamando la atención de las caras curiosas que presenciaban, en las afuera de la calle, el ataque de espanto. Arriba, en el cuarto, una guerra de mujeres con pasados y demonios y madres frustradas y vientres podridos y promesas no cumplidas y destinos malditos. Ella se levantó del piso y miró el balcón. Sus oídos escucharon las voces del demonio. Miró el techo como buscando a su Dios – ¡Me fallaste!—y así se despidió. Se arrancó el crucifijo. Lo arrojó con furia hacia el suelo y corrió hacia el balcón. Se colocó en el borde, tocó las anchas barandas frías y lentamente, sin perder el equilibrio, subió sobre ella y cuando cerró sus ojos, sintiendo una brisa caliente en su rostro, escuchó una voz sutil. – ¡No lo hagas! –La voz nacía como producto de una duda, pues no sabía si era suya o la de un ángel o la del mismo demonio y con lo poco que faltaba de fuerzas cayó al filo del piso, derrotada, en rodillas hasta desangrarse en llanto:-- ¡Concédeme una criatura que pueda amar! Señor mío. ¡Solo te pido eso, mi Dios!-- Era cobarde, muy cobarde para hacerlo. La misma brisa le besaba las lágrimas y el cielo continuaba allí lánguido. – Concédeme lo que te pido, mi Dios-- Alzo su mirada envuelta en dolor y concluyó – y te entrego mi vida --
La mujer seguía afónica de tanto gritar, con el corazón casi muerto, y su mundo menguado, miserable, mezquino. Una brisa más fuerte empezaba a surgir y un sonido tímido nacía desde el interior de la habitación: Tocaban la puerta. Ella no abrió. Volvieron a tocar. Con dificultad se puso de pie y se dirigió a la puerta, toda mareada, y al abrir una mujer desconocida le hablo. En sus brazos, la rubia de cabellos dorados, sostenía una niña más hermosa que toda la historia de Francia y aquel canto de ángel terminó siendo la promesa cumplida. Él se había convertido en ella y cumplía lo que un día prometió: Una hija; el mejor regalo de cumpleaños de toda su vida. A la bebe la llamaron Paris y con tan solo cinco meses era dueña de los mismos rizos de la pequeña del cuadro de Jacques Stella. Aquella pintura de protagonistas sagrados donde, alegóricamente, él se sintió como la Virgen y ella, Solange Lemedoux, desde ese momento decidió sentirse como José.
***
La anciana sonrió y un ligero sollozo, como acostumbrado a relatar la misma historia, nacieron de aquellos labios: -- Il fut un si bon père qu'il paraissait mère – y señaló una vez más la pintura de la esquina. Un sutil pálpito nació de mi corazón al reconocer, entonces, unos pequeños rulos ceniza que nacían de la cabeza de aquella anciana. Impresionado pregunté: ¿Solange? – y esa mirada que envolvía una sarcástica respuesta nada confesó, por el contrario, el luto de aquellos ojos desprendían unas lagrimas que cicatrizaban como si fuera mujer bendita. Inclinó el rostro, continuo sonriendo y murmuró: -- De mamá – y del bolsillo descubrió un rosario que protegía en fina tela blanca.
Se sigue llamando Mónica
—Una carta de Bakoena.
Parecía que la negra sospechaba el origen del sobre y la anciana con un
mandato firme y con el corazón que retaba la mirada indicó que dejara aquello
sobre la repisa de noche, al lado de la cama.
—Lo abriré en la noche, gracias Shaka – y continuó degustando un calamar
frito que moría atrapado entre el cuchillo y el tenedor sobre el plato. Mordió
un bocado, lo saboreó y fue cuando empezó a inferir sobre el origen de la
misma, entonces la piel blanca de la anciana tornó a un rojo, que de tan blanca
las mejillas de los poros florecían salpullidos rozados como si los calamares
que por años degustaba con tanta debilidad y pasión ahora estuvieran
manifestándose en forma de alergia. Aquella reacción era más bien típica del
cuerpo cuando sus nervios arañaban la dermis de la piel con ansias de brotar en
forma disparatada, luego un ligero temblor se apoderó de la mano derecha y su
hermana, la izquierda no respondió a las órdenes del paladar:
—Que me pases un poco de sal— ordenaba el gusto y la mano sin poder
moverse reposaba muerta sobre la mesa. El día transcurrió en medio de un
almuerzo formal, llamadas telefónicas congratulando a la mujer, regalos por
parte de fundaciones amigas, personalidades honorables y en horas de la tarde,
en un lugar de tertulia y degustando el té, conversaciones amenas rodearon la
casa que poco a poco se llenaría de invitados sirviendo de antesala a la gran
fiesta del mes y gala de un viernes santos muy celebrado en aquellos semejantes
un tanto devotos. Al final de día, cuando la noche entraba con una luna de
madrugada, mientras su esposo despedía algunos invitados en la puerta, ella
dispuso su malestar como excusa para adelantarse al cobijo de su recamara en
busca del sobre. Con su frecuentada parsimonia tomó lugar al borde de la cama.
Sentó su cuerpo sobre ésta dejando sus pies pegados al suelo, la espalda recta
y los nervios atentos. Tomó el papel antiguo que desprendía un olor de encierro
y lo abrió de manera delicada. El color ocre de la hoja tenia una fragancia a
tierra sufrida, con unos rastros en tinta negra de un pulso cansado, joven y
eterno, las líneas corridas con una caligrafía perfecta y con cierto grado de
inclinación hacia la derecha. Leyó las primeras líneas, la fecha y la
procedencia de aquellas letras y un suspiro, más de la memoria, soltó en forma
de aliento seco. Sufrió el mismo impacto cuando escuchó por primera vez la
canción de Stella Chiweshe en el restaurante, pero esta vez ni la tos, ni “voy
al baño porque siento una molestia en el ojo y lo que en realidad quiero es
llorar” fue suficiente en este momento para evitar que un ácido se formara a la
altura de las amígdalas, espesando la saliva y obligando aplaudir al corazón.
***
Año 1948.
Sudáfrica.
El partido
Radical Nacionalista en coalición con el Partido Afrikáans ha conseguido la
victoria en las elecciones del año, respaldando de forma jurídica las leyes que
darían la base a lo que se conoce como “El apartheid”. Desde hacía algún tiempo
se venía dando esta segregación entre negros y blancos en el país africano,
pero no ha sido a partir de hoy que se establece de manera jurídica esta
política. La población negra conformada por el 80% en su totalidad debe
establecerse en los diez estados que el gobierno de los blancos ha estableció
para ellos. A estos estados se le conoce con el nombre de Bantustanes. La tribu
Bakoena, que en lengua shona significa cocodrilo, debe establecerse en Basuto,
un estado de negros y años más tarde, como se sabe, una de sus mujeres habrá de
escapar hasta Inglaterra para morir sus días como sirvienta de la casa. Dos
años más tarde, 1950, se establece que todo aquél no blanco, mestizo, indio y
negro, debía portar una tarjeta de identidad para transitar dentro del país,
excluyéndolo de lugares públicos establecidos sólo para blancos. De ésta manera
se establecieron medidas extremas aislándolos de actividades políticas,
sociales, religiosas y hasta conyugales, ya que el sexo interracial era
prohibido, por normas elementales advirtiendo censura a todo negro que aspirase
aquello que fuera prohibido por ley. Este movimiento trajo como consecuencia un
rechazo total y preponderante por parte de la raza afectada, creando en el año
1959 la organización denominada “Congreso Nacional Africano”, conocido antes
del año 1923 con el nombre de South African Native National Congress en
su versión original. Ese mismo año, un grupo perteneciente al C.N.A decide
salirse de su línea para crear una organización más radical conocida como
Partido del Congreso Africano (P.C.A) cuyo objetivo principal sería organizar
una protesta nacional en repudio de las leyes discriminatoria. Un año después
un grupo de hombres se reunió en Sharpevill-
Gauteng para protestar en contra de la medida que obligaba a los negros a
portar pases, siendo víctimas de una masacre donde la policía abrió fuego
contra los protestante, asesinando a sesenta y nueve personas e hiriendo a
otros ciento setenta y ocho. Dos horas antes, Ahmed Sisulu perdería el contacto
definitivo de su amada, Mónica, hasta encontrarla cuarenta y cuatro años
después en el lugar menos pensado.
***
Mi nombre es Ahmed Sisulu, nací en el año 29 en la provincia de Masvingo
en Zimbabwe. Crecí en la tribu Bitaranga donde aprendí el Shona y escapé junto
a mi hermana menor hacia Harare, la capital, huyendo de la tradición de casarme
con ella. En la capital aprendí inglés y me formé como escritor haciendo de mí,
un hombre de simple letras y trabajando como traductor Shona- Inglés en la
corte de la capital. Todo esto antes del inicio del año del “Separatism.” Por mandato del gobierno blanco tuvimos que
partir caminando hasta Transkei, capital de Umtata que era el área donde
teníamos permitidos vivir. En la marcha, cubierta del polvoriento suelo, seco
de agua y lastimándonos los tobillos pudimos apreciar, si es que el verbo
justifica la acción, que todo aquello carecía de baños, agua, electricidad y
elementos vitales para llevar una vida normal. No me quejaba yo de aquellas
negligencias pero si las embarazadas y los niños que pertenecían a un poco
menos de la mitad de los casi tres millones de nosotros que tuvimos que salir
de las zonas de los blancos. En algún momento quise pasarme por mestizo pues mi
piel tinta, menos oscura que los demás me hubiese permitido privilegio que los
negros, como nos llamaban, no teníamos pero no faltaba que los guardias
expertos en sus actividades me registrasen las encías advirtiéndome que
cualquier otra falta mía pararía directo en la cárcel. Así tuve que conformarme
con portar lo que para mí era una tarjeta que nos marcaba como ganado haciéndonos
extranjeros en nuestra tierra. Extranjeros ellos, los pálidos que desconocen la
tradición de este lado del mundo, cuyo sol más fuerte, más alegre, nos potencia
haciéndonos el lugar más alumbrado del mundo, pero eso ya no es importante, no
ahora ni en este momento.
Mi grupo fue persuadido para asistir a un lugar secreto donde todas las
noches nos reuníamos hombres y mujeres a escuchar los planes de un grupo cuyo
objetivo nos incitaba a revelarnos contra toda la discriminación de la que sin
justificación éramos victimas. ¿Qué les hacía pensar a los pálidos que nosotros
por ser más oscuros, diferentes en apariencia, éramos una raza inferior? Ellos
destacaban nuestra ignorancia en temas relacionados con la política, o algunas
tonterías provenientes de su continente, pero razón tenía uno de los hombres
que me gustaba leer, Oscar Wilde, cuando afirmaba “la educación es algo
admirable, pero es bueno recordar, que nada que valga conocerse puede ser
enseñado”. ¿Entonces por qué no imitan sus iguales aquél anémico que no es
víctima de tanta torpeza?
Mi hora se aproxima y con ella el dolor que mi alma presencia al irse de
mi lado la única excusa que me permite abandonar este cuerpo que el día de
mañana habrá de exterminarse: mi esposa. Fue en el mejor de mis días, hace
cuatro años, cuando varias mujeres de piel blanca nos sorprendieron en el
cuarto escuchando de manera atenta a unos seguidores de Mvumbi (1) y
aplaudieron de manera efusiva junto a nosotros aquel discurso que nos incentivo
a tomar acciones más radicales sobre nuestro futuro como pueblo libre. A partir
de ese momento, tuvimos un acercamiento especial, pues después de nuestras
reuniones sus ojos azules rebeldes me buscaban entre la multitud y mi vista latiendo
y violando su piel la descubría mirándome y así comenzamos una hermosa
relación, yo llenándome un poco de ella, su belleza y gran inteligencia y ella
de mis cuentos de infancia, de mi tribu y de mi carácter guerrero. No olvido su
piel suave como las telas finas de su tierra natal, sus labios escarlatas que
sorprendían con una fragancia dulce y sus manos atando mi cuerpo, que negro y
robusto, a su lado parecía una roca dura, áspera pero segura. Tiempo después
nuestro grupo se organizó en más de miles para marchar en Sharpeville, haciendo
frente a medidas absurdas que se tomaban en contra de nuestra gente, y de una
vez por toda acabar con los desgraciados pases que nos marcan como cerdos, o
animal de algún ganado. Fue allí entonces cuando los primeros disparos nos
sorprendieron en la estación de policía porque centenares de nosotros nos
entregábamos para ser detenidos por no llevar los pases y la policía arremetió
a plomo suelto contra nosotros, hiriéndome por la espalda, a la altura del
hombro y alejándome de ella por todo este tiempo. Estuve recluido en el
hospital de nosotros y pensé que podía encontrarla pero fue inútil porque mi
espera sólo se llenaba de angustia, dolor y tristeza al pensar que ella habría
muerto.
Nos casamos un mes antes del atentado, en secreto, donde seguimos un poco
de su tradición y un poco de la mía. Yo tuve que hacer un anillo de ramas secas
que redondeara su anular y ella tuvo como muestra, agradecer el detalle con la
tradición africana: Quemarse las puntas del cabello. Un papel selló nuestra
boda porque en su tierra todo debía estar inmortalizado en un papel y por mi
parte mis pasiones marcaron todo su cuerpo. ¡Porque realmente la amaba! La
busqué por todos los medios, días y noches, preguntaba a las pocas blancas que
compartían con ella y que estaban por marcharse pero ninguna supo darme
razones, ni ubicación. El tiempo pasó y mi corazón estaba marchito. Mi fuerza
por ser un pueblo libre seguía urgente pero mi alma de escritor aventurero aún
yacía enterrada debajo de aquella piel pálida. Seguí entonces mi rutina como
siempre, en lucha de la causa y luego de memorizar palabra por palabra la
campaña de desobediencia civil que años anteriores había declarado Rolihlahla(2),
participé e inclusive fue motor principal de varios alzamientos que hasta el
caso Sharpeville no habían sido violentos y sin cargo judicial alguno; sin
embargo, me arrestaron en las afueras de mi casa por orden del primer Ministro(3)
habiendo declarado un estado de emergencia en el país por culpa de nuestras
acciones. Más de miles de inocentes fuimos encarcelados con la esperanza de ser
liberados al no haber ejecutado un
genocidio y fue entonces luego del Juicio de Rivona, cuando nuestros líderes
fueron sentenciados a cadena perpetua y los demás, como yo, condenados a
muerte.
Aquí me encuentro entonces con todos los pensamientos revoloteando mi
cabeza y los recuerdos que han marcado mi personalidad libre. Prefiero morir
libre que vivir bajo éste encierro. Shijuka,
buen hombre, ha escuchado mis penas. Los motivos que mueven nuestra existencia
y ha prometido, bajo un pacto, que te hará llegar mi carta. La discreción pide
un sin fecha en el sobre. Sólo esta frase que pudiera ser interpretada en
nuestra lengua y de este modo, si un
hombre blanco ha de inspeccionar, cosa que no temo, pueda su ingenio carecer
de tanta malicia y dejarla pasar sin romperla pensando que dicho sobre se
destinase a un no blanco. He decido titularla de prudente manera. Una rúbrica
que conmemorase aquellos momentos cuando en el hospital donde trabajabas como
voluntaria, las asistentes no entendían tu idioma y sólo cuando ese índice
lánguido señalaba la sala de aquellos recién nacidos y nerviosa, presa de tu
vergüenza balbuceabas “Vana Varikuchema” logrando así que por fin una de ella
te auxiliara: Los niños están llorando.
***
“Rivonia, Gauteng, Sudáfrica 27
de julio de 1964.
Estimada Ex:
En algún lugar
de tu vida quiero despojarte de todo lo que a mi te ata, por ello he recurrido
a los medios tan tuyos de plasmar por escrito la separación de nuestros
cuerpos. Mi mayor urgencia es encontrarte con vida para puedas leer estas
letras que al ser cortas no dejan de ser menos importantes para mí, pues con un
dolor en mi alma seca debo decirte que serán las últimas. Espero encontrarte en
algún lugar pasajero como en los tiempos donde nuestros cuerpos descansaban
luego de la entrega nocturna. Permíteme confesar cuanto amor siento hoy más que
nunca por ti. Perdona si no fue suficiente mi búsqueda, si al soltarte las
manos sentiste que de ti renunciaba, pero no existe un espacio en mis letras
que no traduzca una verdad tan absoluta como el amor que por ti, amada pálida,
yo siento.
El morir puede asustar a muchos y te diré a quiénes, con toda honestidad,
la muerte no siente bien: los blancos por ejemplo, que estando en su lecho no
tendrán mayor condena que su propio remordimiento y que el ángel del suelo se
encargará con su arma, de recordárselo hasta abrirle yagas por todo su cuerpo.
Pero a mí, que soy un hombre de pensamiento libre la muerte me sienta plena, amiga,
y hasta cordial, mira a éste carcelero que se ha apiadado de mi alma en condena
ofreciéndose hacerte llegar éste sobre. Tengo tantos pensamientos y tan poco
tiempo y en la vida cuando se está a punto de morir, lo que más se quiere son
dos cosas, agradecer y estar con los nuestros y tú, amado ángel eres mi prosa
ahora desposada y quiero agradecerte todas las formas que inventaste para
amarme sin una medida y en lugar y tiempo no adecuado. No pudimos envejecer en
tu patria, ni comprar la casa de techos altos de las que tanto me decías, pero
prometo que mañana resguardaré de ti como ángel guardián y que algún día,
cuando no pueda más enviaré una señal para que podamos encontrarnos en el lugar
que merecemos. Ya inventaré alguna estrategia en el paraíso seguramente en
compañía de Ángeles negros, mestizos, indios y porqué no, hasta blancos. Así
que espérame porque más temprano que nunca haré de ti, en el cielo, una
celebración, una costumbre, una patria de modo que cuando se pronuncie tu
nombre debamos persignarnos en honor de tu pureza. Me despido con todo el amor
que un hombre pueda sentir. Gracias por estar aquí en mi encierro, en mi lucha
y perdóname por soltarte, aquel día, las manos.
Siempre tuyo, Ahmed
Sisulu.”
***
Por orden de ley, Ahdmed Sisulu, junto a veinticinco prisioneros fueron
fusilados el 28 de julio de 1964 en las afueras de Chiawelo “lugar de descanso”
a las 16:00 horas de la tarde del viernes. Mónica perdió contacto definitivo
con él aquel día de la matanza de Sharpeville retornando a Inglaterra en un
vuelo de emergencia junto a otras mujeres de su
organización. Sólo tres aldeanos que servían de ayudantes en el hospital
pudieron escapar, a escondidas, con ella. Cinco años después contrae matrimonio
con el profesor de filosofía Jun Altuviez y por llamado del abogado Peter
Benesson se integró a las filas de los activistas más importante de la
fundación joven que años más tarde, en el 77 sería galardonada con el Nobel de
la paz haciendo de Amnistía Internacional
una de las fundaciones más importante en la lucha a favor de los derechos
humanos a escala mundial. Mónica decidió omitir su primer nombre en el acta de
matrimonio, renunciando al apellido de su esposo y siendo conocida hasta el
final de sus días como Sophie Tudor, en alusión de su nueva vida lejos y tal
vez para olvidar cosas del pasado que aún en su corazón atormentaban.
La anciana terminó de leer la carta dejando escapar un aliento que
recordaba las zonas áridas del África. La piel continuó tersa y un rumor de
vapores se precipitó dentro de su garganta. Desde allí nacía un manantial que
los ojos contenían y por compasión de la vista intacta liberó una lágrima presa
que descansó en el gusto en forma de mar salado. Luego la borró de un manotazo.
Sostuvo un suspiro. Tomó la delicada hoja que aún mantenía el aroma de vejez y
de tierra sufrida de aquellos tiempos y la dobló con un arte de mujer delicada,
guardando el sobre en un lugar secreto. Luego se acostó y esperó que todas las
luces y ruidos de la casa cesaran. Sintió a su esposo en su regazo que éste
volvió a ella con un beso de despedida sobre la frente. Al día siguiente no
quiso levantarse pero la claridad del día disipó aquella voluntad y la negra
Shaka que tan bien la conocía supo que la carta provenía de aquel hombre que en
mutuo acuerdo decidieron borrar del recuerdo:
-- Todo bien patrona – preguntó y ella con un ligero movimiento de cabeza
asentó.
— Todo bien amiga – volvió a preguntar la negra y la mujer delató esa
mirada de figurita de cristal. Desde ese momento no volvió hablar más. Las
facciones envejecieron, su boca mantuvo una delgada línea horizontal que sólo
para comer se abría y sus ojos claros se volvieron transparente. “Tenía la
mirada como si ya hubiese muerto” decía el mayordomo. Dos años tardó la anciana
en renunciar a una vejez serena. El día de su muerte acudieron al velorio las
figuras más importantes de la elite inglesa y entre ellos, un hombre un poco
mayor, de áspera barba y piel negruzca que se acercó a la tumba de la anciana
con una devoción espiritual. Con cierta fascinación acarició el cristal de la
tumba murmurando unas palabras que se escapaban como cosidas a la lengua, luego
soltó un profundo respiro. Los morenos que residían en casa de la patrona se
acercaron mostrando condolencia y lo llevaron a un lugar despejado. Shaka, de
un bolso negro, extrajo una bolsa crema que entregó al hombre: un papel, unas
ramas secas en forma de anillo y un sobre marchito en las esquinas. El hombre
lo recibió sin apresuro, lo guardó en un maletín de cuero marrón que traía consigo
y continuó llorando hasta el final de la noche.
(1)Mvumbi, nombre zulú para Albert Jhon Lutuli, profesor y
político surafricano. Galardonado con el premio Nobel de la paz en el año 1960
por su lucha contra el Apartheid.