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Fernández, Ángel Mario (Uno en 30.000)

5 copas de vino



5 copas de vino

 

Copa 1            La cabeza se me parte, pero igual acepté la invitación de Leonor Debe ser de ayer; no sé qué me pasó. ¿Dónde fue que estuve…?

Suspiro y en ese corto suspiro al bajar del taxi recapacito que son pocas los seres que me quieren o me valoran como persona. No sé porqué pasa eso. Me considero un buen tipo que jamás le hizo mal a nadie y sin embargo… No tengo una mala posición en la vida, ni me he metido con nadie nunca para complicarle su existencia. Mi aspecto, podría decirse (y no quiero extenderme demasiado para no parecer un engreído) es bastante agradable, refinado y hasta doy el perfil de una persona atractiva e intelectual. Aun con todo esto, no tengo un amigo que se pueda considerar tal y ambulo solo por la vida en busca de una dama que quiera acompañar mis días a la que prometo serle fiel. Suele salir de casa muy aseado, (obsesivamente aseado), por eso uso perfumes refinados. Hablo cuando se me pida que lo haga y trato de no hacer comentarios ácidos acerca de terceros por miedo a que haya entre los interlocutores algún amigo que pueda sentirse agraviado por dicha observación. Me gusta citar a Borges entre los borgianos, pero conozco las obras de Sábato y Cortázar para los que no prefieren al polémico escritor porteño. Si se trata de música puedo hablar tanto de Beethoven, Mozart y Schubert, aunque soy capaz de cambiar coloquios por Gershwin, Berg o Ginastera, admitiendo que alguna música popular también tiene su gracia.

Mi voz es suave y melodiosa, según me dijeron alguna vez y jamás muestro un sobre tono que pudiera incomodar. Conozco gente así, y por lo general es antisociable o ajena a las reuniones de más de cuatro personas. En cambio yo, amo las fiestas, trato de mezclarme con personas agradables y siempre intento ser cordial y dejar ver una rancia caballerosidad que llevo en el alma.

En fin: un modesto intelectual, de los que tratan de no destacar.

Y si hablamos de vino… Mi especialidad, prefiero el tipo malvec de las uvas argentinas, aunque admito tener buen paladar para el vino chileno, francés o español. Recibí la educación de un buen curso de catación en París y Madrid y admito que es uno de los mejores placeres que me doy en la vida, casi el único podría decirse.

Bueno, en síntesis, creo ser una persona acorde a cualquier grupo social, por eso que no entiendo por qué siento ese rechazo natural de la gente. Para que ningún lector desaprensivo me acuse de chulería, aclaro que jamás hablo de mí, salvo en esta ocasión que necesito, como dije, decirme las cosas a mí mismo para ver dónde está el fallo. Por todo lo expuesto que sea Leonor, precisamente Leonor me haya invitado a mí, una persona detestable para todo el mundo, inclusive para el mundo de Leonor, era altamente curioso, aunque gratificante. Por eso que no rechacé la invitación, aun con la cabeza que se me parte.         Al comienzo creí que se trataba de un error, máxime porque Leonor era una mujer más que atractiva, fina, codiciada por muchos, vamos, un muy buen partido. Aunque el hecho de saberse tan deseada, creo que se le dio por tener un toque de maldad, de esas que no le importan nada, total su belleza todo lo puede. Yo puse mis ojos en ella alguna vez en alguna reunión, pero debí irme por situaciones que no vienen al caso.         Como dije, bajé del taxi frente a la gran casona de los Ortiz de Rozas y estaba a punto de ingresar a la fiesta en honor al título terciario de la anfitriona Leonor cuando un nuevo coche paró justo donde había bajado yo. Se veía en su interior una chica sola muy guapa que iluminaba la noche. Abrí su puerta para demostrar mi caballerosidad, y ella pareció sorprendida, pero aceptó el gesto como galantería con una sonrisa tan dulce que ya no se veía en estas partes. Me miró sugestivamente y entró a la fiesta antes que yo.         Después de todo, no tenía nada que envidiar a Leonor tampoco.         Reconozco que sentí como se me encogía el estómago al ver entrar a esa mujer a la misma fiesta que debía ir yo.         Cuando ingresé a la casona, un patovica con cara de muy malo me pidió mi tarjeta de invitación y cuando se la mostré, cambió su expresión, indicándome con suma amabilidad y respeto sumiso hacia donde debía dirigirme.         Un camarero se me acercó y me convidó con una copa de vino mientras buscaba a la chica que me adelantó. Era un Syrah sabroso, rico en sabores frutales, calculo… mejor dicho, con seguridad era un cosecha 1990 de los robles californianos, excelente para un ingreso.

Copa 2

Leonor me vio entrar y vino directamente hacia mí.         –¡De verdad creí que no vendrías, querido Teodoro! –me dijo en un falso español neutro. Leonor vivió un año en Barcelona y le gustaba hablar como si hubiera vivido allí toda la vida, pero era más argentina que el mate, el dulce de leche y las boleadoras.         –¿Por qué? –le pregunté mientras acomodaba la copa vacía en una bandeja que traía otro de los camareros.         –Me he portado muy mal todo este tiempo contigo y creí que ya no valorabas mi amistad.         ¿Amistad? ¿Amistad dijo la desgraciada?         –Aquí estoy –dije y dejé caer una sonrisa leve, austera, acorde a esas circunstancias.         –Sí, y me alegro mucho que hayas venido, querido Teodoro. Aquel incidente ya quedó lejos y los tiempos de burlas y desprecios ya pasaron. Quiero compartir este triunfo en la vida con todos los que me aprecian.         Sonreí diplomáticamente, con clase, como corresponde.         –Pero no te creas que te invité a ti solo para que te aburras –dijo. –Te tengo preparada una grata sorpresa. –Y se marchó con una sonrisa encantadora. Yo miré decenas de personas caminando por todas partes. Todas de clase, como mi querida anfitriona, que llamó a un camarero y me entregó una copa de un memorable gran reserva Rioja, vino español no más de 1992, que poseía una excelente composición aromática, frescos, de robustez media, con composición equilibrada y un delicioso bouquet. ¡Leonor sí que sabía vivir!         Cuando puse la copa sobre una bandeja de uno de los camareros, choqué sin querer mi copa contra otra vacía y el “tin” del golpeteo los cristales hizo sonreír agradablemente al muchacho.         A lo lejos vi a la chica simpática de la entrada hablando precisamente con Leonor.

Copa 3         Leonor se acercó al oído de la chica, y ésta se dio vuelta y al ver que la estaba observando vi como se sonrojó. Evidentemente estaban hablando de mí y eso me gustó.         No pude evitar largar una risita. Tal vez debía ser más disimulado.        ¿No dan de comer en esta casa?         Leonor se me acercó con la chica y una sonrisa maliciosa.         –Quiero presentarte a Leticia. Ella es una amiga mía y tenía deseos de conocerte –dijo la anfitriona sin ningún pudor. No así la invitada que volvió a colorear sus mejillas.         Me agaché y puse mis labios sobre su mano, sólo una leve rozar y no darle un beso sonoro como más de un bruto solía hacer. ¡Clase, por favor!         –Es un placer –dije mirándola a los ojos y notando con disimulada satisfacción su turbación.         –Gracias, lo mismo digo –respondió con una voz grácil, melodiosa.         –Ni te imaginas lo que este señor sabe de vino…

Leiticia me miró con sus ojos brillantes.

–Modestamente… –comencé a decir.

–Nada. Eres el que más sabe de todos los que conozco, pero, bueno, no los molesto más con mi lata; los dejo. –Luego Leonor lanzó un carcajeito curioso e hizo una seña para llamar a otro camarero con una bandeja de copas.         –Prueba éste, Teodoro, es un crianza Cavernet Sauvignon –luego se acercó  a mi oído para agregar con suma satisfacción –cosecha 1981. Es especial para los entendidos. –Luego la vi marcharse. Después de todo ese vestido no le quedaba tan bien, le ajustaba en el culo y le marcaba de sobre manera sus caderas bastante anchas, “como yegua”, pensé y no pude evitar dejar escapar una sonrisa a mi pensamiento.         Cogí una copa y le di otra a Leticia. Luego, sacudí suavemente mi copa  para evaporar un poco los alcoholes y sumergí mi nariz como un catador experto. El aroma era sublime. No sólo era un bouquet formado en años de asentamiento, sino que el crianza demostraba tener no menos de tres años en barrica de roble mendocino, a la vez que era de esos tipos de vinos que no deben dejarse menos de seis años en la botella a una humedad y temperatura adecuada, cosa que no le faltaría a la vinoteca de Leonor. Me eché un trago leve a la boca y lo revolví entre mi cavidad, tratando de impresionar a mi compañera, aunque creo que nuestra anfitriona mintió sobre la cosecha. Tal vez no superara un 1989. Quizá un ’88 con optimismo, pero no más. Pero un caballero no delata los secretos de una mujer, por más vanidosa que fuera..         –Debo reconocer que Leonor tiene gusto para los vinos –dije luego de tragar el sorbo.         –Así es –respondió con voz tímida… ¿Leticia?. –Me comentó que usted es un gran entendido.         Tomé otro trago dejando acariciar mi paladar.         –Así es, pero no quiero hacer adarle… ararle… alarde de mis abundantes conocimientos.         ¿Esas manchas que la mujer tenía en el vestido a la altura de los pechos eran del propio vestido o se le cayó algo encima?         –Es un vino, rico, sí –agregó la… ¡ella!         –Leticia.         –¡Ah, como la reina!         –La Princesa dirás –me corrigió alegre con esas dos manchas oscuras en las tetas y no pude dejar de notar que me tuteó por vez primera. La cosa estaba marchando.         –Sí, sí, la Princesa Sofía. –Luego sacudí levemente la copa, y una gota se escapó del borde para correr por el costado, pero antes de que la misma cayera al suelo, le pasé la lengua con delicadeza, ¡como debe ser!, antes de que ocurriera una tragedia irreversible en la alfombra persa de Leonor.

–Pues sí, es rico –contestó y dejó escapar una sonrisa.          –¡Rico es un señor de dinero! –dije en un humor muy fino que no entendió. –Disculpame, ¿esas dos manchas? –dije señalándole mientras me acababa el vino hasta la última gota. No entiendo por qué se puso colorada de nuevo. ¡Vaya con las tías! ¡Cómo había de suponer que su vestido era de una sutil transparencia!         –Si me disculpa, Teodoro, viendo que Leonor tenía razón sobre su inusual conocimiento en bebidas, me voy al toilete.         –Tuteáme, Sofía, tuteáme –dije pero la mina se fue violenta, ¡no sé porqué!. Después de todo no tenía clase.         ¡Y se la da de reina!   Copa 4        El ruido de la gente se hizo más intenso. Había comenzado a molestarme todo ese bullicio y un “¡shhh!” mío no alcanzó para que el ruido se acabara. Cogí un canapé que me llevé a la boca pero era de una cosa extraña oscura, parecían huevitos diminutos, como de moscas, lo que no sé quien dijo “caviar” o algo así. Por las dudas las escupí en un florero de pie, en manera tan disimulada que sólo yo me di cuenta. ¡Cuestión de clase! Yo, y un camarero que pasó con otra bandeja con más mierda del mar que no cogí. Luego pasó otro con más vino.         –¡Vení, hermano! Dame una.         El gentil camarero puso la lata esa que usan de bandeja y cogí dos. Hubiera cogido más, pero sólo tenía dos manos. ¡Vaya con Dios!         La primera la tomé de un saque y la puse boca abajo otra vez para coger otra antes de que el hombre disfrazado de pingüino se alejara.             –¿No viste a la reina? –Le pregunté, pero el tío me miró con desprecio y se marchó sin decir nada.         Este vino era cosecha… no estoy seguro pero me animaría a decir 1745. ¡No, no! 1899. ¡No, no…! Bueno, mejor a tomar el otro antes que se enfríe. ¿Dónde lo puse?         ¡Aquí mucha clase, mucha clase y te roban el vino! ¡Y un gracioso me puso una copa en el bolsillo que me chorrea sin cesar! Bueno,  a por otro.         Ahí viene un camarero directamente a mí. ¡Vaya, me vio y cambió de dirección!         –¡Hey, vos, che! –Meto, finamente, mis dedos para silbarle y un chistido hace dar vueltas a todos, menos el camarero que sale a paso apurado hacia el otro lado.         Sigo tras sus pasos, mientras todo decide moverse a mi alrededor y veo a… ¿Cómo era que se llamaba la reina de Inglaterra?         –¿Cómo te llamás., flaca? –le pregunto.         –Leticia –me dice y me esquiva para que no la toque y le bese otra vez las manos, pero como un verdadero caballero suele hacer le cojo su gentiles dedos para realizar mi acto caritativo con la mujer con las dos manchas en el vestido, y dicho sea de paso cuando agacho la cabeza me sale el vómito fácil.         La  chica de las dos manchas en las tetas corre despavorida, mientras yo intento convencerla de que se quede.         –¡Alicia, Alicia!         Nada.           

Copa 5         Por fin alcanzo al camarero en la cocina. Pero cuando le arrebato la bandeja esa las copas están vacías. ¡Vaya, hay cristales en el suelo! ¡El servicio no viene como antes! Mucamas y camareros me miran desde sus ojos gigantes, asombrados.

–¡Qué miran! –Claro, no tienen  clase.         Sobre una mesada hay una caja de vino, no sé que marca es, pero pone en una etiqueta “tetra” no sé qué.         –Oiga, qué eso es mío –me dice un hombre muy vulgar.         No le hago caso y abro la caja con los dientes, luego me sirvo un poco en una copa de fino cristal italiano. El hombre me mira en silencio, con una mueca de burla en su rostro. Para demostrarle mis conocimientos sacudo levemente la copa para evaporizar los alcoholes. Una gota me da en la frente. Color adecuado, me digo. Introduzco la nariz para captar los aromas frutales y no puedo evitar estornudar cuando el vino se me mete en las fosas nasales. Excelente composición aromática. Envío un sorbo en la boca y lo hago viajar de lado a lado. Sabor de composición equilibrada y un buen bouquet con maderas chilenas. Tempranillo, cosecha 1477, calculo y hago una gárgara para impresionar a una de las damas presentes. Tal vez otra reina. Finalmente me mando al buche lo que queda en la copa, pasando el dedo a las últimas gotitas y relamiéndome los dedos.         Voy a por otro poco, pero alguien me agarra. No sé bien. Pone el techo ante mi  vista y comienzo a viajar con las piernas para adelante levemente inclinadas hacia arriba, mientras mi smoking barre todo el suelo. Primero es el techo de la cocina el que pasa, luego el de un pasillo y por último el de la sala principal, mientras las personas están como árboles torcidos por doquier, observándome horrorizados. La reina de las dos manchas en las tetas se lleva la mano a la boca; Leonor me sonríe desde esa mirada burlona que siempre me puso y el patovica me dice algo que no logro entender, pero que evidentemente lo hace con cara de pocos amigos.         No sé qué me pasó anoche, pero desperté en el portal de casa como muchas veces, mientras vecinos y transeúntes me observan y me evitan como si yo tuviera sarna. Recapacito que son pocas las personas que me quieren o valoran. Después de todo, ellos se lo pierden. ¡Y la cabeza que se me parte!

El hipnotizador



 

A

dmito, señor, como que me llamo Pedro López Aguirre, que siempre estuve enamorado de la madre de Karina, que era mi prima, y que cuando ella eligió a Eduardo, sentí desfallecer de celos. Tanto que llegué a odiar a ese muchacho, que, sin embargo, sé que era un buen tipo.   Pero así son los amores platónicos. Si uno ama en silencio y no sabe expresar sus sentimientos a tiempo, corre el riesgo de perderlo todo.    Cuando Carmen murió, así era el nombre de la madre de Karina, sentí que moría con ella. Carmen y Eduardo. Murieron juntos, señor. Los mataron con un cortapapeles o algo así… ¡Uff! Aquello fue muy duro para todos, especialmente para mí. Le robaron la cartera con algo de dinero y un par de cosas de valor de la casa ¡Bueno, cosa que pasan! Después la policía descubrió que había objetos muy valiosos en la habitación que ni siquiera fueron tocados, tal vez por la premura del caso o… ¡vaya a saber uno!   Karina, su única hija, contaba dos años recién cumplidos y vio a su asesino, pero era muy pequeña para recordarlo; ni siquiera hablaba, tanto que llegamos a pensar que podría llegar a ser muda, pero como dicen algunos médicos pediatras, los niños desarrollan su inteligencia de distintas maneras.   Karina no tenía a nadie más que yo, pobrecita. Yo era un primo segundo de su mamá y tío favorito de la niña. Confieso que amaba a Karina como si fuera mi propia hija, sin dobles sentimientos. Nunca me casé y desde que me dieron la tutela legal de la niña sólo me dediqué a cuidarla como una hija verdadera. Sin embargo, siempre la tuve al tanto que yo era sólo su tío y me llamaba con ese título.   –¿Por qué nunca me obligaste a llamarte papá? –me preguntó una vez, cuando ya tenía más de los dieciocho.   Me quedé pensando la respuesta pero no la hallé. No sé por qué.   Debo admitir que Karina era muy caprichosa. Vestido que quería, vestido que le compraba. Yo nunca tuve fuerzas suficientes como para ponerme en padre verdadero y ponerle límites. Un día quise comprarse un coche y como no tenía los medios suficientes, me convenció de que yo le diera el monto faltante. ¡Que locura! Pero hacía cualquier cosa con tal de verla feliz.   Todo marchaba bien en nuestra relación. Ella me preparaba mi comida favorita los domingos y el resto de la semana se la pasaba estudiando. Porque una cosa que tiene, es que es muy aplicada.   ¿Novios?   Pues, a eso quería llegar, señor.   Tuvo algunos noviecitos de adolescente. Nada importante, hasta que trajo a ese Ricardo. Lo conoció en la facultad de Psicología y tenía aspecto de loco. Nunca me gustó nada ese chico. Estudiaba la misma carrera que mi amada sobrina, usaba el pelo largo y la ropa informal, casi como los hippies de la década del ’60. Tenía un arete en la nariz y uno en cada oreja, amén de su labio. Sé que es la moda, pero a mí no me gusta esa moda. Eso sí, era dueño de una voz suave, bonita, que me recordaba a alguien. Pero otra cosa que no me gustaba nada de ese Ricardo era como miraba. Lo observaba fijo a uno, como estudiándolo y lo ponía bastante incómodo. Un día, almorzando en casa, cansado de recibir tantas miradas, le dije:   –¿Por qué me miras siempre así?   Karina comenzó a reírse y respondió por él:   –Ricardo es hipnotizador.   –¡Vaya! –pensé en voz alta. ¡Lo que faltaba!   –¡Es muy bueno! Yo he visto como hipnotiza a mucha gente.   –¡Artilugios! –pensé de nuevo en voz alta.   –¡De verdad, tío! ¡Es muy bueno.   Ricardo no dijo nada entonces, pero observé un aire violento en su mirada.   –¡La hipnosis no existe! ¡Es un medio de ilusión, cosa de los magos! –dije.   –Si usted me permite, señor –dijo el Ricardo ese. –La hipnosis está probada científicamente. Ya la usaba Sigmund Freud para aliviar a sus pacientes.   –¡Pamplinas! –dije rebelde.   –¡Verdad! –dijo entusiasta Karina, sin perder la sonrisa.   –¿Acaso no oyó hablar de Ana O.? –me interrogó el insolente novio.   –¿Qué es eso? –pregunté incrédulo.   –¡Tío! –se quejó Karina. –¡Ana O. es un caso famoso de Freud! Era una niña que un día perdió el habla de repente y a través de la hipnosis, Freud descubrió el mal que la aquejaba.   Observé a la pareja y los vi convencidos de su historia.   –¡Así es! –insistió el chico. Ana era una chica que se había criado en una educación victoriana, llena de algodones y cosas finas y parece ser que un día llegó a su casa y vio a su criada dándole agua a su perra en su taza favorita. Esto le provocó tal rechazo y repugnancia que Ana perdió el hablar.   –¡Que historia más ridícula! –dije no queriendo admitir.   –¡Pues ridícula o no, Ana O. comenzó a aliviarse gracias a la hipnosis cuando Freud pudo establecer el contacto entre el inconsciente de Ana y el hecho que la había bloqueado!   Suspiré de mal humor y me levanté de la mesa.   –¡Me harté de escuchar tonterías! –dije. –Cuando alguien no me cuente historias, sino que me demuestre con hechos eso de la hipnosis, pues entonces creeré.   Estaba saliendo del lugar cuando oí la voz del muchacho a mis espaldas.   –Don Pedro.   Me di vuelta y vi los ojos desafiantes de Ricardo. Le hice un gesto con la cabeza para que me dijera qué quería decirme.   –Si usted quiere yo lo puedo hipnotizar.   No dije nada y continué mi camino para ir a dormir la siesta.   De verdad. Ese chico nunca me hizo una pizca de gracia. ¡Querer hipnotizarme a mí! ¡Y con lo poco que creía yo! Aunque debo admitir que otra cosa que también me molestaba era su cercanía a mi adorada Karina.   No hablamos más del tema por unos días, pero una noche, nos encontramos con mi sobrina en la cena.   –¡Estuviste muy mal el otro día con Ricardo, tío!   –¿Cuándo? –La verdad que ya había olvidado el hecho.   –¡El otro día! ¡Lo hiciste pasar por tonto al pobre diciéndole que mentía sobre la hipnosis!   –¡Ah, eso! Yo no dije que mentía. Dije que no creía en la hipnosis. Y la verdad que no creo un rábano.   –¡Eso se llama ignorancia! –dijo levantándose de la mesa con los ojos encendidos. Yo sé muy bien que cuando Karina pone los ojos así, se la pasará dos semanas sin hablarme. Entonces para alivianar su enojo dije:   –¡Está bien! Admito que ese chico me tiene un poco celoso.   Allí sus ojos se aplacaron y me observó por un momento. Luego sonrió y me dio un beso en la mejilla.   –¡Ay, tío! ¡Cómo puedes estar celoso de Ricardo! ¡No existe en mi corazón más nadie en el mundo que tú! –Y otro beso en la frente. Esas cosas que hacía Karina hacían aflojarme y dejarme sin fuerzas ante cualquier pedido. Y precisamente en ese estado de debilidad, Karina atacó. Comenzó a mirarme con picardía. Y yo imaginé que se venía uno muy especial. Era noviembre y el domingo siguiente era su cumpleaños número veinte.   –¿Tío?   –¿Qué, mi corazón?   –¿Me dejarías hacer una fiesta de cumpleaños el domingo?   No lo pensé mucho. Estaba en inferioridad de condiciones en ese momento.   –¡Claro!   –Invitaría algunos compañeros de clase y…   Allí me quedé de piedra porque no esperaba lo que vendría.   –Quiero invitar a la familia. Nunca viene a casa y casi no los recuerdo. ¡Nunca los invitamos y ellos son nuestra familia!   Hice un gesto de desagrado, pero ambos sabíamos que la palabra de Karina era sagrada en la casa. Así fue. El domingo siguiente, la casa estaba invadida por numerosos muchachotes y chicas de la Facultad de Psicología y familiares que casi no recordaban que existían. Habían venido Inés, una prima por la rama de Carmen, algún familiar de Eduardo que no veía desde la muerte de los padres de Karina y un tío de éste. Se alegraron por verme, pero en especial a Karina, por quien todos sentían un gran afecto.   El almuerzo fue bullicioso y lleno de risas y anécdotas. Luego los chicos pusieron música y los mayores compartimos anécdotas. A la hora del café, fue la propia Karina que anunció:   –Mi novio es un gran hipnotizador.   –¿Sí? –dijo Inés. Otros aplaudieron. La mayoría miraron a Ricardo con sumo interés. Yo no.   –¡Sí! –respondió eufórica Karina. –Y si quieren Ricardo va a hipnotizar a uno de vosotros.   La gente se puso a aplaudir. Se sentaron en las sillas y sillones en círculo, dejando al aprendiz de brujo en el medio de la sala. Yo pensaba que ni siquiera en un acontecimiento como este podía vestirse decentemente.   –No quisiera que se molestara, don Pedro –me dijo de repente Ricardo y todos comenzaron a pedir que lo dejara hipnotizar a uno de los invitados.   –¡Por mí…! –dije yo y me senté para ver el espectáculo en una silla frente a Karina que se la salían los ojos por la euforia.   Dijo algo sobre que necesitaba algo de oscuridad y apagaron las luces y corrieron las cortinas, dejando apenas una bombilla de un costado para que iluminara tenuemente la sala.   –¡Silencio, silencio! –dijo alguien, y Ricardo cerró los ojos como poniéndose en trance.   Cuando todos se callaron, Ricardo abrió los ojos. Miró a cada uno de los presentes.   –Ahora va a elegir a alguien. –dijo otro desde atrás.   Sus ojos acariciaron las siluetas uno a uno hasta llegar a mí. Sus ojos parecían perforarme.   –Necesito un voluntario –dijo mirándome fijo.   –¡Yo no! –respondí. –¡No creo en esas cosas!   –¡Sí! –gritaron todos al unísono.   –Sí, tío! –aulló Karina.   –¡No, no! –repetí.   –¡Hazlo por mí! ¡Hoy es mi cumple! –volvió a cargar Karina y yo no podía resistirme. De todas maneras, no creía en ello.   –Está bien –dije de mal humor y mientras todos aplaudían fui al medio del círculo de personas al lado de ese chico, donde ya había dispuesta un cómodo sillón para mí.   El hipnotizador pidió otra vez silencio. Luego hizo bajar aún más la luz de la habitación, casi dejándonos en penumbras y comenzó a hablar lentamente, mientras un movimiento de su  mano derecha oscilaba lentamente ante mí. La familia de Karina, expectante.   –Relájese –oí y su voz muy suave. Su voz me recordaba alguien. –Mire mi mano y sólo piense en relajarse.   ¿A quién me recordaba esa voz?   Ya sé. No sé por qué, pero su voz se parecía mucho a la de Eduardo. No, no eran parientes ni se conocían. Sólo digo que se parecían. Ya sé que no tiene nada que ver con aquél, pero su tonalidad al hablar… No sé, se le parece. Eduardo era un buen tipo, a pesar que yo lo odiaba porque se quedó con Carmen. Recuerdo cuando la conoció. Él era un chico dependiente de uno que vendía sábanas y cortinas por las casas, como era antes la moda. Venía a cobrar los plazos y un día pasó lo que tenía que pasar. Con su voz suave, dulce, enamoró a la chica de la casa. Carmen era una chica soñadora. Nunca había tenido un novio y yo sospechaba que se fijaba en mí. Pero mi timidez, o mi miedo al fracaso hicieron que nunca me atreviera a decirle nada, a pesar que estábamos el santo día juntos. Un día viene a casa y me dice:  –Tengo que confesarte algo pero no me atrevo.   Mi corazón pareció parecía salírseme de mi pecho.   –¿Qué? –pregunté.   –No, quiero que vengas a casa a las siete y te lo diré entonces.   No hace falta que cuente lo que sufrí ese día. Eran las once de la mañana y las horas de espera se me hicieron eternas. Me puse mi mejor ropa, un perfume impactante de la época y a las seis estaba rondando la casa de Carmen, esperando la hora. A las siete en punto, toqué timbre., con un ramo de flores en la mano.   Carmen me recibió con su mejor sonrisa. Agradeció las flores y me llevó a su habitación.   –Debo confesarte algo muy importante –dijo.   Me quedé observándola, esperando sus ansiadas palabras. Era la imagen de una diosa pagana y yo su máximo adorador.   –Estoy enamorada –dijo. Mi corazón explotaba.   Mi primera intención fue besarla, pero presentí que no había terminado ahí.   –Se llama Eduardo –agregó.   Creo que mi corazón se detuvo por instante en ese preciso momento. Mi respiración se hizo pesada. Una vena a mi sien pareció florecer y mis puños se apretaron. Supongo que me puse lívido, pero Carmen con su entusiasmo no lo notó.   –Me dijo que me amaba –continuó con su crueldad inesperada –y que fuera su novia. Y vos primito querido, sos el primero en saberlo.   Sonreí. Pero detrás de esa sonrisa fingida había un gran dolor. Sentí el pecho partido en dos, quería salir de la habitación, me faltaba el aire. No supe qué hacer y sólo atiné a felicitarla a la vez que me disculpaba por un repentino mareo.   –Seguro algo que me cayó mal este mediodía –mentí.   –Pues sí. Sorpresivamente te noté desmejorado –dijo con una voz de preocupación, pero sus ojos no pararon de sonreír de felicidad. ¡Cínica!   Luego, en casa, lloré durante largas horas. Días completos inundaron mi alma de tristeza, hasta que finalmente fui resignándome y esperando que esa relación terminara.   Por supuesto que ese día no llegó. A los poco meses se casaron y al año ya había nacido mi amada Karina.   Aprendí a compartir su felicidad y mi excusa por ver a Carmen fue Karina, soñando que tal vez un día, uno de los dos se cansara del otro.   Eduardo no era una mala persona, era un tipo observador y muy inteligente. Un día, cuando ya Karina tenía los dos años, me dice:   –Me he dado cuenta que amas a mi mujer.   Yo me quedé de piedra sin saber qué decir. Él me miraba fijo como esperando una reacción. Pero mi única respuesta fue bajar la cabeza avergonzado.   No dije nada, pero me sentí como el joven Werther, el de la obra de Goethe, que decide suicidarse por no soportar más la posibilidad de dejar de ver a su amada casada con otro.   –Lo noté hace mucho tiempo –agregó sin sacar sus ojos de encima de mí.   Tal vez esperó alguna excusa, algo de mí que no llegó. ¡Para qué!   Entonces arremetió con otra frase, igual de repulsiva y dolorosa para mí:   –Y Carmen también lo sabe.   –¿Carmen? –dije entonces por primera vez.   –Sí, Pedro. Si no fuera por el cariño que le tenés a nuestra hija, ella no te dejaría entrar más en esta casa. Pero, en mi caso es diferente.   Eduardo me miró y sentí que se venía el mundo abajo. Su mirada era dura, firme.   –Te voy a pedir, de hombre a hombre, que no vengas más a nuestro hogar.   Una nueva sensación de abatimiento me invadió. No sólo no podría ver más a Carmen, mi amada en silencio, sino tampoco a Karina, mi Karina.   –Por favor –dije con la voz entrecortada, –no me pidas eso.   –Lo siento –respondió Eduardo, convertido en un desalmado y despreciable hombre.   Una lágrima comenzó a rodar por mi mejilla, pero de repente se me ocurrió una última idea, una idea de esperanza.   –¡Espera! –dije. –¡No sé qué piensa Carmen sobre esto! Hasta hora sólo lo que me decís vos!   Eduardo no dijo nada y salió de la habitación en silencio. La misma habitación donde murieron poco después ambos. A los pocos segundos regresa con Carmen. La mira esperando sus palabras.   –Perdón, Pedro –dijo ella. –Esta situación es insostenible. Te pido por el bien de todos que no vengas más a casa.   Comencé a temblar.   –¿Y Karina? –dije.   –¡No quiero que la veas más! –respondió con su voz firme, aunque dolorida.   Entonces, señor, mi corazón comenzó a latir con más fuerza, mi sangre en las venas comenzaron a correr más de prisa, mis ojos se nublaron, pero me dejaron de observar un cortapapeles que había sobre la mesa y autómata lo cogí y arremetí sobre ellos y los clavé una, dos, tres veces sobre Eduardo ante la mirada horrorizada y los gritos de Carmen. Luego sobre ella, una dos, tres, cuatro, cinco veces. Tomé la billetera de él para que creyeran luego que se trató de un asalto y un par de objetos de valor que vi por ahí, pero Carmen aún se movía, entonces levanté el cortapapeles hecho puñal de nuevo una vez más y antes de bajarlo sentí un extraño chasquido de dedos, entonces contemplé la mirada espantada de Karina adulta, sentada frente a mí, llevándose la mano a la boca para no gritar. Todos estaban en silencio, señor, mientras yo tenía el puño en alto cerrado con fuerza hasta clavarme las uñas en la palma de mi mano, agarrando un cortapapeles inexistente, ante la mirada incrédula de todos los presentes y del Ricardo, el hipnotizador.

Historia de amor en el Juzgado N°4

(El cuento de la burocracia)

L

a larga fila que había para entrar en los Tribunales de Lomas de Zamora era tan extensa como siempre. Con sus carpas puestas en la noche anterior y varios puestos de panchos[1] y hamburguesas, la fila daba una vuelta completa al edificio de tribunales y se extendía por toda la amplia playa de estacionamiento, siguiendo hacia la puerta de rejas que la rodeaba, saliendo por ella y extendiéndose por la calle Larroque varias cuadras hasta llegar a la Avenida Santa Fe, doblar por ella y llegar hasta la calle Vieytes. Ese kilómetro y pico de cola fue muchas veces superado cuando la cola se entendió más allá de la Avenida Santa Fe y entrando por varios vericuetos callejeros llegaba hasta el Cementerio de Lomas de Zamora, al pie mismo de donde se extendía la vieja antena de Radio Argentina. Allí la cola de Tribunales se contactaba con la cola de los trámites del Cementerio donde se pueden contar también agradables anécdotas. Allí muchas personas de distintas filas se conocían y hacían una linda amistad, pero la distracción a lo mejor de la amena conversación llevaba a equivocarse el camino y una persona que debía hacer el trámite en Tribunales terminaba en el centro del Cementerio, o una persona que gestionaba retener a una madre o su padre por un año más en su tumba, concluía con un viejo trámite de adopción en Tribunales, abandonado por cansancio. Hay muchas de estas bellas historias, como la de la madre que perdió a su hijo de 5 años en una cola de trámites del Juzgado N° 2 de Civil y lo recuperó 7 años más tarde en la de Juzgado Comercial N° 6. Muchas historias bellas, como dije, pero ninguna tan bella para mí como la que les voy a contar.   Me encontraba haciendo yo un trámite de divorcio de Agustina, ya ubicado en la puerta misma de Tribunales en la fila de Información a punto de entrar, cuando vi a lo lejos una cola que no pude precisar su origen ni final más allá. Siempre me gustaba observar a las personas que se hallaban en las otras filas y de acuerdo a sus rostros adivinar cómo iba el trámite. Era sorprendente  para mí diferenciar a un hombre que llegaba a la fila para lograr la tenencia de un hijo de otro que le pedía su ex esposa manutención. Ni que hablar de las parejitas menores de padres desaparecidos (tal vez en filas de trámites), que hacían colas para lograr un permiso legal del juez y casarse. Bueno, entonces decía yo que estaba haciendo esta fila para separarme definitivamente de Agustina, cuando vi la figura de espaldas de una mujer, más allá, en la fila esa que no sabía a dónde se dirigía. Era una mujer de mediana estatura, más bien baja, de pelo hasta los hombres rojo natural, delgada y vestía con un agradable conjunto azul francia de chaleco y pantalón, dejando ver una camisa floreada en celeste y diferentes tonos también de azul. Se dio vuelta, como por casualidad, y tenía unos impresionantes ojos verdes y una mirada muy dulce. Me encontraba yo a poco más de diez metros y al ver aquella figura, comencé a observarla casi obsesivamente con el fin de lograr otra mirada, aunque sea al fondo de la fila, con tal de ver esos hermosos ojos, y esas pecas que le cubrían toda la cara. La fila estaba orientada sur-norte igual que la mía, por lo que la esperanza de verla de nuevo era casi efímera, pero sin embargo, la cola mí comenzó a progresar mucho más rápido que la de ella y ya estaba a casi cinco metros de la mujer, cuando ésta se dio vuelta de nuevo. Por primera vez reparó en mí y me echó una sonrisa formal, de las que se dan cuando hay cierta complicidad en un tema en común, por ejemplo, hacer la cola en un juzgado ordinario en los Tribunales de Lomas de Zamora. Yo también le sonreí, pero sin embargo, ella no se dio vuelta más y su fila comenzó a torcerse hacia la izquierda y yo hacia la derecha, para quedar de espaldas uno del otro a diez metros de distancia, a quince, a veinte, y perderse definitivamente en las filas y las cabezas, y señoras gordas que iban y venían. Varias veces me di vuelta para observarla, y vi con placer que ella también, pero nuestras filas nos separaron y poco después, al doblar otra vez hacia el subsuelo, perdí definitivamente de vista a la figura de aquella mujer.   La fila de Información, donde me encontraba llegó a destino para mí. El empleado, que la recibía, clavado en el suelo, extendía sus brazos como alas, derivando a unos y otros hacia distintos juzgados del edificio o bien enviando a otros tribunales de la provincia de Buenos Aires (les tenía envidia a éstos últimos: a mí me encantaba viajar); así, el empleado en una sola palabra-frase indicaba con precisión suiza dónde debía dirigirse uno para continuar el trámite y el desprevenido que no lograba entenderle y preguntaba qué le dijo, recibía la respuesta del destino del siguiente y luego del siguiente y así hasta darse cuenta que la única solución es volver a hacer la cola nuevamente desde el principio. Yo le expliqué al empleado que necesitaba sacar mi expediente que ya tenía sentencia firme para que me dieran el testimonio y por fin inscribir el divorcio en los Tribunales de La Plata. El empleado meritorio me dijo:   –Alfondoaladerechabajandoporelsegundosubsuelojuzgadodelafamilianúmerocuatro. Como yo estaba preparado, llevaba un pequeño grabador de esos que usan los periodistas para pegarle en la boca a los famosos cuando salen de un lugar público, con el fin de obtener la mejor nota, y lo activé unos segundos antes del que el empleado me diera el destino. Luego de escuchar la grabación cinco o seis veces comprendí mi nuevo destino.   La fila del Juzgado de la Familia N° 4 era tan extensa como las otras internas, pero como yo ya sabía como eran las colas, me puse al final con estoica resignación. “Más las pasó Job”, me dije y comencé a leer mi nuevo libro de “Los miserables”, de Víctor Hugo. En esas filas he leído los mejores trabajos literarios de mi vida: “Don Quijote de la Mancha”, “Crimen y castigo”, “La guerra y la paz” y las obras completas de Jorge Luis Borges. Decía, estaba leyendo el libro del grandioso Víctor Hugo, cuando levanté mi vista fortuitamente y observé que no muy lejos a donde yo me encontraba bajando la escalera, otra fila yendo hacia el comienzo del trámite del mismo juzgado –yo ya lo tenía iniciado hace años– estaba aquella mujer de cabellos rojos y ojos verdes. La fila venía hacia mi lado y ella me observaba mientras leía. Al descubrirla, bajó su vista en señal de timidez, pero esperé ansioso su nueva mirada. Admito que yo, seguramente, era mucho más tímido que ella, pero al levantar ella de nuevo la vista, nos fundimos en una mirada que duró varios segundos. Ella sonrió espontáneamente, y yo también deje escapar mi mejor sonrisa. Su fila iba acercándose y la mía me llevaba hacia ella. Dejé a un lado al personaje de Hugo, Jean Valjean, con su mendrugo de pan robado que pasara un poco más de hambre por un momento, y me quedé contemplando exclusivamente sus ojos y su sonrisa.   Estábamos a pocos pasos, y si bien ella echaba una mirada a distintas partes del edificio y a distintas personas, siempre volvía a mí.   –Nos vemos otra vez –le dije cuando ya la tuve cara a cara.   –Así es –me respondió con su bonita sonrisa. Su voz era agradable y sensual, y condecía con toda su atractiva figura.   –¿Adónde vas? –pregunté como si no supiera.   –A iniciar el trámite de divorcio –me respondió; le dije que era una casualidad, que yo también lo estaba haciendo, pero nuestras filas progresaron y ya quedamos a espaldas nuevamente. Pero esta vez los dos nos dábamos vueltas para vernos sin disimulos. Poco después perdí de vista definitivamente a la mujer.   Por unos instantes me enojé conmigo mismo. Podría haberle pedido más datos, pero recapacité en seguida que nuestras filas volverían a cruzarse a continuar con las distintas partes del trámite que allí nos traía.   Algunas horas después, luego de leer varios capítulos de mi libro, cuando el torturado personaje vivió innumerables secuencias tristes en su existencia, llego a la ventanilla del juzgado y pido mi carpeta. ¡Qué enorme placer se siente cuando la empleada, también clavada al suelo, manotea de sus estantes una carpeta ajada amarilla y la pone ante nuestros ojos! Tomé pues, la carpeta y corrí hacia mi nuevo destino, Defensoría N° 4 donde la fila era mucho menor (no más de doscientos metros). Allí existían dos filas paralelas: la de Defensoría N° 4 y la de Defensoría N° 5. En la punta de la fila había una mesa con dos empleadas de cara de nada pegadas con cemento a sus sillas y explicando a cada uno los pasos a seguir. Una empleada para cada fila. En realidad, lo que decían era:   –Tome su número y entre por el pasillo, ya lo llamarán. ¡El siguiente! Tome su número y entre por el pasillo, ya lo llamarán. ¡El siguiente! Tome su número y entre por el pasillo, ya lo llamarán. ¡El siguiente! Tome su número y entre por el pasillo, ya lo llamarán. ¡El siguiente!   Decía, que había dos filas. Con alegría pude observar que no muy lejos de mí, pero más adelante, se encontraba la chica pelirroja que ya describí. Ella no se daba vueltas y busqué la manera de llamar la atención. Tosí fuertemente varias veces, pero la chica no captó mi voz, o no se interesó por la tos de un desconocido a sus espaldas.   –Para la tos es bueno té con miel –me dijo una anciana detrás de mí.   –¡No, no, no! Es mejor esos caramelitos de eucaliptos que salen en la tele –le respondió otra señora gorda y poco después compartían sus anécdotas de enfermedades y comenzaron lo que sería tal vez una fructífera amistad.   Yo al comienzo conté en voz alta sobre algunos virus que me atacaron y un par de operaciones que me habían hecho, no para impresionar, sino para llamar la atención de la mujer y ver si reconocía mi voz; pero tampoco obtuve resultados. Por fin, en un acto de desesperación grité un nombre al azar:   –¡Cristina!   Varios se dieron vuelta, inclusive la mujer que me gustaba.  Me miró sorprendida y me sonrió.   –¡Otra vez aquí! –le grité para que me oiga.   Ella asintió con la cabeza sonriente. Leí en sus ojos que el reencuentro la puso feliz. Pero su fila fue más rápida que la mía y pronto llegó a destino.   Sin embargo, dentro del pasillo era mucho mejor. Todos podían hablar con todos y contar sus experiencias en los tribunales. Algunos, los más ancianos y experimentados, contaban anécdotas de otros juzgados, inclusive (lo que más me interesaba a mí), los de La Plata. Que se decía, era un mundo mucho más grande que este, y que allí sí se sabe lo que es hacer un verdadero trámite. Una fila podría durar varios días antes de llegar a destino en la primera etapa de una diligencia.   Para ingresar a los pasillos, me tocó el N° 1156, lo que manifestaba que la cola había comenzado mucho antes de que yo llegara a ella. Entré al pasillo con ansiedad para ver si me encontraba con la mujer, que un tiempo antes ingresó por la puerta a espalada de la mesa y las dos empleadas amuradas. En el lugar había mucho humo de cigarrillo y se oía un mar de murmullos. Allí, por única vez, se mezclaban los que comenzaban los trámites con los que teníamos ya experiencia en el mismo, y siempre alguna pregunta había. Busqué con nerviosismo, casi con desesperación a la mujer de cabello rojo y por fin la vi  a ella con sus ojitos escudriñando hacia todas partes. Era evidente que buscaba a una persona y me complací en saber que esa persona era yo.   Nuestras miradas se encontraron mientras nos acercábamos. Vi felicidad en sus ojos y ella seguramente placer en los míos.   –Hola –le dije.   –Hola –me respondió y vi todo el sol en su sonrisa.   –Por fin nos encontramos de nuevo –mi voz pareció la de un adolescente.   –Sí, por fin. Sus palabras me llenaron de gozo. Me dijo que se llamaba María y que ya estaba iniciado su trámite de divorcio. Su matrimonio no funcionaba bien y sospechaba además, que su esposo la engañaba con una mujer que se encontraban en las filas de del banco cada vez que iba a pagar un servicio. Pero que por otra parte, no le interesaba que eso fuera cierto. Yo le expliqué, con orgullo, toda mi experiencia en trámites de divorcio y estuvimos así entretenidos durante mucho tiempo hasta que por fin escuché una voz gastada, metálica salida e un altavoz raído en un rincón del techo del pasillo: –899. –Es mi turno, me dijo. –Mi cara de desilusión quedó reflejado en sus grandes ojos verdes, por lo que ella se despidió dándome un beso en la mejilla y me dijo: Chao, hasta pronto. Más tarde me llamaron a mí. Al ingresar la secretaria del juez miró el final de la carpeta y me dijo: –Falta la firma del fiscal. Debe volver a Juzgado de la Familia N° 4 para que el fiscal firme. Al enunciar mi número un rato después seguí sus pasos; salí con agrado y avidez de nuevo al pasillo para reencontrarme con María, pero para mi desilusión, ella ya no encontraba allí. O no me esperó o bien salió hacia su próxima etapa del trámite. Hice la cola correspondiente a devolver la carpeta en mi juzgado, miré hacia todas las filas, pero no encontré rastros de María. Entregué la carpeta y solicité la forma de dicho fiscal, pero María no apareció. –Venga el mes que viene –me dijo la empleada amurada con un bulón oxidado a los estantes del juzgado. Salí corriendo por a la Planta Baja del tribunal, pero la mujer, finalmente, no apareció. Desilusionado, triste y cansado tomé rumbo a la calle, para volver a mi hogar, cuando vi una figura de azul a lo lejos, parada junto a las rejas del lado de afuera de los Tribunales. –¡María! –dije. Corrí hacia ella y ella me recibió con su máxima dulzura. –Pensé que no salías más –me dijo sonriendo tímidamente. Y allí comenzó una hermosa historia de amor. Esta es mi anécdota. La más bella que pudo haberme pasado. Terminamos los trámites respectivos y nos casamos. Fuimos felices casi dos años, aunque admito que estoy por comenzar los nuevos trámite de divorcio (¡nada es eterno!). Espero que cuando inicie mi carrera maratónica por las filas de los juzgados en los tribunales, una nueva aventura se encuentre en mi destino. Como dije, los trámites poseen muchas historias bellas. Yo sólo aguardo feliz mi destino en los pasillos de los Tribunales.


[1] Hot Dog o Perritos Calientes en Argentina.

Juan se fue a las estrellas



Juan se fue a las estrellas   A los seis años hay muchas cosas que no se entienden, pero cuando le pregunté a Mamá por mi hermano Juan, ella me acarició la cara y me dijo:   –Carlitos –en esa manía que tiene de usar los diminutivos – tendrás que acostumbrarte a estar solito. Juan se fue al cielo.   Sus palabras me sorprendieron tanto que me parecieron increíbles. Yo había oído muchas veces acerca de qué había hombres que iban a las estrellas, inclusive le Papá dijo una vez que hubo un señor que pisó la Luna. Pero, me preguntaba yo, ¿cómo es posible poner a alguien en la tierra como vi para que vaya a las estrellas? No me pareció lógico. Esa idea me carcomía la cabeza tanto que se me ocurrió preguntarle de nuevo a mamá:   –¿Mamá?   –¿Sí, Carlitos?   –¿Juan tiene alitas?   Mi madre hizo un gesto raro que nunca se lo vi antes ni después de ese día; se mordió el labio inferior y hasta me pareció que iba a llorar, pero no lo hizo.   –Sí –me dijo con una voz pequeñita, casi inaudible.   –¡Ah! –dije feliz. Ahora sí me cerraba la historia que había ido a las estrellas. Me fui contento al patio de casa y miré hacia el cielo. El cielo estaba limpio de nubes, demasiado claro y demasiado sol como para ver las estrellas. Mejor esperaría la noche. Lo único que pude ver entonces fue una bandada de patos blancos gigantes, que Papá llamaba ocas, que volaban en forma de V vaya a saber a dónde. ¿A las estrellas quizá? ¿Serían los patos aquellos niños que iban como Juan convertidos también en aves? ¡Cuántos interrogantes!   Esa noche terminé la cena y salí al patio. Pero Mamá me dijo que no era hora para que un niño estuviera fuera de la cama, me cogió en brazo y me llevó a mi cuarto. Aun así, esa noche estuvo estupenda y vi las estrellas por la ventana de mi habitación, desde mi cama acostado. ¿En cuál estaría Juan? Una luz como estrella pequeña cruzó de repente en el firmamento y desapreció ante mis ojos. ¿Sería Juan? Mirando las estrellas y esperando alguna respuesta del firmamento me quedé dormido.   A la mañana cuando me desperté, busqué las estrellas, pero la ventana estaba cerrada, seguramente por Mamá durante la noche, y cuando la abrí, un sol que me dejó ciego por un instante reemplazó a todas las estrellas vistas la noche anterior.   ¡Qué curioso! Desde antes de ese día nunca le presté demasiada atención a las estrellas. Le pregunté a Papá si allí vivían chicos como yo, y me dijo que sí. También me dijo que las estrellas tenían nombres. Me hizo mucha gracia y reí a carcajadas que unas cuantas estrellas juntas se llamaban Osa Mayor, otras Osa Menor, Constela-no-sé-qué del Escorpión. Pero por más qué miré y miré, no pude ver ninguna osa ni ningún otro animal.   –Esa es la Cruz del Sur – me dijo luego señalándome cuatro estrellas que más bien tenían la forma de una caja. –Cada vez que te pierdas, miras esas estrellas y te llevan al sur.   Le pregunté a Papá en cuál estrella estaba Juan, pero me puso cara de severidad y me dijo que hay cosas que un chico no puede saber. Esas cosas no entiendo de los grandes. ¿Por qué en lugar de explicarle las cosas a los chicos para que entiendan todo muy bien, complican todo? Se me ocurrió una respuesta: tal vez porque las personas grandes no entienden todo.   Desde esa noche, todas las noches miraba las estrellas. Todas las noches que había estrellas. A veces oscuras nubes la tapaban y no me gustaba nada. Esas noches me costaba más dormirme y pensaba mucho en mi hermano Juan, que cada día lo extrañaba más. ¿Qué estaría haciendo Juan?, pensaba cuando algún rayo caía e iluminaba el cuarto antes de la lluvia. ¿Estaría mojándose? Recordé que Mamá me dijo que tenía alitas. Seguro volaría a donde hubiera un techo que lo amparara de la lluvia y los rayos.   Pero había algo que mi cabecita no podía comprender. ¿Por qué si tenía que ir a las estrellas lo llevaban a la tierra? Ese pensamiento dio vuelta en mi cabeza durante muchos meses. Un día, una ocurrencia iluminó mi mente. ¡Había un pasadizo secreto!, pensé. ¡Esa era la respuesta! Decidí encontrar ese paso oculto. De hallarlo, ¿por qué no podría ir yo mismo a ver a Juan cuantas veces quisiera?   Hice planes entonces de buscar y encontrar ese camino recóndito. Cerca de casa había un pequeño bosquecito. ¿Por qué no ahí? Ahora que lo recuerdo, Papá me dijo muchas veces que no podía ir solito al bosque. Nunca me explicó el porqué, pero yo supuse que terribles animales salvajes como leones, elefantes o tigres podrían atacarme. Tal Papá estaba ocultando un secreto, me dije.   Una noche, y cuando las estrellas estaban más iluminadas que nunca, haciéndome del más fuerte coraje, abrí la ventana sin hacer ruido para no despertar a Papá y Mamá y salí rumbo al bosquecito.   La noche no tenía luna, y con una linterna de juguete que me compró Papá alumbraba mis pasos. No tardé en llegar al bosquecito y lo único que vi es toda una inconmensurable mancha negra. Me quedé petrificado viendo esa enorme masa oscura que era la entrada al bosque. Grillos y ranas se oyeron desde alguna parte del bosque. Miré hacia atrás, y la luz blanquecina de la ciudad me invitaba a retornar. Ya estaba por volver a casa cuando elevé mis ojos al firmamento y contemplé allí a la Gran Vía Láctea que me había hablado Papá, con su enorme camino lleno de puntos luminosos. Pensé en Juan, y eso me dio valor y sin pensar un segundo más me interné en el bosque.   La lucecita de la linterna era muy débil y casi no alumbraba ni mis propios pasos, pero seguí adelante. Esquivando casi en penumbras troncos viejos, hierbas y enredaderas, llegó a mis oídos un leve sonido, como el pisar de alguien tras un pequeño matorral oscuro. Me quedé helado de terror. Alumbré con mi linterna de plástico y vi que ese alguien movía las hojas. Petrificado de miedo no supe qué hacer: si correr hacia casa o internarme más en el espeso bosque hacia el otro lado. De repente, ese “alguien” sacó su cabeza y no era otra cosa que una tortuga que con su pesado cuerpo intentaba hacerse paso entre la vegetación. La tortuga era grande a mis ojos, pero aún no lo suficiente como para que yo no la pueda sostener en mis manos. La cogí para sacarla de los arbustos y la tortuga metió la cabeza en su caparazón. Papá me explicó que las tortugas hacen eso cuando tienen miedo.   –No temas, tortuga, no te voy a hacer nada –le dije para tranquilizarla. Pero hasta que no la solté en la hierba fresca, ella no sacó su cabecita. –¿Cómo llegaste hasta aquí?   Claro, las tortugas no hablan, sino el lenguaje de las tortugas.   –Espérame aquí. Yo voy a buscar a mi hermano y luego cuando vuelva te llevo a la ciudad.   Pero por más que le dije eso, la tortuga siguió su paso y se internó caprichosa en la otra parte del bosque.   Seguí caminando por la espesura de los matorrales oscuros, y cuando miré hacia atrás, no había nada más que la mancha negra de la vegetación de noche. Los grillos zumbaban con más fuerza y de vez en cuando veía pequeñas lucecitas brillantes volar que los chicos llamábamos bichitos de luz y que Papá testarudo decía que eran luciérnagas. Juan, que tenía cuatro años más que yo y era muy inteligente, me dijo que los grandes tienen nombres para todas las cosas, pero yo pienso que tantos nombres sólo sirven para confundir más.   También vi manchas negruzcas más grandes que quizá eran las llamadas "avesnocturnas". Algunos pájaros, me contó Mamá, salen de noche a comer. Tal vez tengan que trabajar durante el día, pensé entonces, pero ahora que soy más grande sé que es porque es la mejor hora que tienen para cazar. Una vez vi una de esas manchas pasar por la ventana y creí que era un vampiro, de esos que pasan en la tele y le chupan la sangre a las personas, pero luego supe que eso no es verdad y que los verdaderos vampiros, son como pequeñas ratas con alas que le tienen miedo a la luz y que viven en cuevas o lugares húmedos. Por suerte, en el bosque no existen los vampiros o los murcié-galos o como se llamen.   Continué mi paso con la pequeña linterna de juguete y sentí un “chist”, como que alguien me llamara. Me di vuelta como un resorte para ver quién era y no había nadie allí. Detuve mi paso para agudizar mis oídos. Mis ojos ya estaban acostumbrados a la oscuridad.   –Chist.   Me di vueltas de nuevo hacia el sonido y nada.   Al comienzo me asusté un poco, pero luego pensé que podía ser Juan.   –¿Juan? –dije.   –¡Chist!   Caminé temblando hacia la zona por donde venía el sonido y...   –¡Ah! –No pude evitar gritar. Un enorme búho estaba parado sobre una rama de un árbol con sus ojos tornasolados dando vuelta la cabeza hacia mí en señal de curiosidad.   Luego de recobrar el aliento y ver que la criatura no me atacaba sino que emitía una y otra vez ese chistido en señal de saludo, le dije:   –No quise molestarte, estoy buscando a mi hermano Juan.   El búho me miró de arriba abajo.   –¿No lo viste?   –Chist –me dijo y miró hacia un costado.   –Ah, entiendo –respondí y seguí el sendero que salía hacia donde me señaló el pájaro. Los búhos saben mucho del bosque. Ellos viven ahí todo el tiempo.   Caminé hacia unos árboles gigantes que se veían cerca. Un pequeño camino natural se perdía precisamente ahí. Tuve que treparme a uno de ellos para poder pasar. Pensé que lindo se vería el bosque de día desde arriba de ese árbol. Estaba en estos pensamientos cuando un cosquilleo en mi mano llamó mi atención. Sacudí la mano instintivamente y el cosquilleo continuó. No tardé en darme cuenta que se trataban de hormigas. También comencé a sentir el cosquilleo en el cuerpo. Estaba invadido por miles de hormigas negras. Como pude me tiré del árbol del otro lado y comencé a correr. Me sacudí las hormigas y algunas comenzaron a morderme con sus tenazas, pero como eran pequeñas no me dolió. ¡Qué suerte que no eran hormigas rojas! Esas sacan un veneno que pican en la piel como un millón de mosquitos. Luego de sacarme la última hormiga, seguí mis pasos, con el único objetivo de hallar a Juan. Me había manchado el pijama con hierba y eso sería un problema cuando me viera Mamá. No obstante, dejé el tema para más adelante y seguí buscando el pasadizo que me llevara hasta mi hermano.   No sé cuánto más caminé, pero mis piernas ya estaban agotadas. Y tenía otro problema mayor, ya no reconocía cuál era el camino a casa ni tampoco sabía si iba bien hacia el lugar del pasadizo. Me senté sobre una piedra y estudié la situación. Tenía sólo una linterna de plástico que no alumbraba ya casi nada y además, un sueño que amenazaba apoderarse de mí. También había comenzado a refrescar y hasta los propios insectos parecieron calmarse en sus cantares. Miré hacia el cielo, y en medio de un claro de los árboles pude ver algo que me alentó a seguir. La Gran Caja que Papá caprichosamente llamaba la Cruz del Sur. Ella me llevaría hacia el sur, seguro allí estaría el camino que había tomado Juan para ir a las estrellas.   Decidí seguir ese camino y muy pronto divisé como una roca o un  levantamiento en el medio del bosque. ¿Una cueva?, me pregunté. Hacia esa roca continué mi camino. Me acerqué y hacia un costado había como una rajadura.   –¡El pasadizo secreto! –dije feliz.   No sin temores, ingresé por la abertura, y pude notar que allí estaba la más amplia oscuridad que jamás haya visto. Si el bosque era oscuro de noche, no lo era tanto frente a esa mancha negra absoluta que abarcaba todos mis sentidos. Era como la nada. No podía distinguir ni mi nariz. Enfoqué la tenue lucecita de mi linterna de juguete y me di cuenta que el lugar era estrecho. Podía tocarlo hacia ambos lados con mis manos sin moverme. Pero hacia el frente, no se veía el final y podía seguir caminando. Alumbré hacia el suelo para distinguir mis pasos y seguí adelante. Allí no hacía frío, al contrario, se estaba muy bien, aunque había cierto olor como a animales. Pensé que podría haber un gran oso, como los que se ven en las pelis, pero al decir verdad, en el bosque nunca vi ni un oso, ni un león, ni un elefante ni un tigre, como era mi temor al comienzo. Apenas un búho, una tortuga e innumerables manchas negruzcas de aves y de insectos, sin olvidar a las molestas hormigas. No debía ser de otra manera. Además, pensé, si por ahí era el camino a las estrellas, no debía haber nadie más que el propio Juan. Me preguntaba si había viajado ya, y si tenía que volver a la tierra. ¡Cuántas cosas hay en el mundo que un niño no comprende! ¿Las comprenderé cuando sea grande? Aunque muchas veces creo que hay cosas que sólo los niños pueden saber y que los grandes no pueden entender nunca.   Con mi linterna seguí dándome paso cuando divisé algo blancuzco en el suelo de la caverna. Eran dos manchas indefinidas. Me arrodillé y noté con desconcierto que se trataban de dos plumas blancas.   –¡Juan! –dije con alegría. –¡Había encontrado la prueba de que Juan pasó por allí! Recordaba perfectamente las palabras de Mamá cuando me dijo que Juan tenía alitas. Cogí las plumas y las pasé por mi nariz, haciéndome cosquillas. Eran suavecitas. Luego las puse en el bolsillo de mi pijama y seguí paso.   Allí todo olía a encierro y el aroma de un animal se sentía más fuerte. No soy bueno con los olores, pero era claro que allí había estado un animal durante mucho tiempo. ¿Sería Juan en su nueva forma? El olor era casi insoportable. Seguí caminando hacia delante y de repente un ruido indescriptible heló mi sangre. Me quedé parado sin atinar a moverme. Una mancha indescifrable se veía en el fondo de esa especie de cueva. Sin hacer nada dije:   –¿Juan?   Esa mancha se acercó hacia mí, tomando una forma blancuzca.   Me quedé contemplando duro, sin saber qué hacer esa mancha que se movía y que fue tomando forma hasta convertirse en un pato gigante de esos que Papá llamaba oca. Tenía el cuello largo, era alto como yo y movía la cola constantemente.   –¿Juan, eres tú?   –Cuac, cuac –dijo como única respuesta.   –¿No puedes hablar?

–Cuac, cuac.

–Vaya.

Debo reconocer que mi sorpresa fue inmensa, pero mi alegría también.   –Hagamos una cosa. Yo te hago preguntas y tú me respondes con la cabeza o como puedas ¿vale?   –Cuac, cuac.   –Muy bien. Primero explícame algo. ¿Qué haces aquí?   –Cuac, cuac.   –Mamá y Papá creen que estás en las estrellas. No saben que te atoraste aquí y que no pudiste llegar. Juan sacudió la cabeza.   –No te preocupes. Yo te indicaré el camino. Ven conmigo. –Me le acerqué y lo cogí en mis brazos. Él, como me tenía mucha confianza se dejó atrapar sin problema. Entonces como pude fui rumbo a la entrada de la cueva, no sin dificultades que me traía llevar a Juan en brazos y marcar el camino con la linterna.   –Ya casi estamos.   Por fin, llegamos a la salida y respiramos nuevamente el aire puro, aunque hacía mucho más frío que antes.   –¿Y ahora hacia dónde vamos?   –Cuac, cuac.   Miré hacia el cielo y allí estaba la Gran Caja.   –¿Ves esa Caja grande que está en el cielo?   –Cuac.   –Esa es la que indica el camino al sur. Pero... No puedo ir contigo. Es muy lejos.   Bajé a Juan para meditar.   Pero Juan en vez de quedarse a mi lado, comenzó a internarse en el bosque.   –No, Juan, espérame. Iremos juntos. –Lejos de hacerme caso, Juan se metió entre la vegetación y cuando corrí tras de él, ya no estaba más. +   –¡Juan! –grité.   Nada.   –¡Juaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaan!   Nada. Nada más que los cantares de la noche y las estrellas cada vez más potentes. Pero de repente sentí el aleteo de un gran pájaro que se inicia en el vuelo, y aunque no lo vi, supe que era Juan que iniciaba su camino hacia las estrellas.   Supuse que Juan seguramente pasaría por casa para avisarle primero a Papá y Mamá que yo estaba en el bosque. Por algo Juan era mi hermano mayor y siempre me cuidó como todos los hermanos mayores. Aunque creía saber el camino, estaba tan cansado para seguir, que decidí acostarme al pie de la abertura de la roca para que me encuentren si venían a buscarme mis padres. Antes de dormirme, saqué las plumas del bolsillo y las contemplé un buen rato.   No recuerdo más. Sentí un murmullos de personas mayores. Alguien dijo:   –¡Aquí está! –Sentí también entre sueños la voz de Papá y creo que de Mamá llorando diciendo: “¡Gracias a Dios!”, pero lo cierto es que mi sueño era mucho más profundo como para despertarme totalmente hasta el otro día, que amanecí en el cuarto en casa, en mi mullida cama cálidamente abrigado con mi pijama nuevo. Tenía aún aferradas las plumas en mi mano.   Ya pasaron cuatro años de aquella historia. Hoy tengo los mismos años que Juan tenía cuando se fue a las estrellas y aún conservo sus plumas. Sé qué es increíble de creer todo aquello. A mí mismo me cuesta, pero sólo me gustaría tener una explicación a lo que siempre me cuentan Papá y Mamá. Aquella noche estrellada sin luna, mientras dormían plácidamente, un pato gigante, que Papá se empecina en llamar oca, dio un fuerte graznido en la ventana de mi cuarto. Preocupados por el sonido fueron a ver qué pasaba y fue allí que se percataron de mi ausencia.   Bueno, ya sabéis que hay cosas que no saben los grandes y que solo pueden comprender los niños.

Seudónimo: Uno en 30.000

Pene

  ¿Que el santo cura Julián haya dicho tal cosa? ¡Imposible! Pero ahí estaba la Carmelita, con sus ocho años apenas, llena de ingenuidad e inocencia preguntándole a su padre:   –¿Papá? ¿Qué es “pene”?   Al oír la pregunta Juan dio vuelta la cabeza como si fuera un búho y miró con horror los ojos de su cándida hija.   –¿Quién te dijo eso? –preguntó con su voz opaca, pero alerta.   –El Padre Julián –respondió con simplicidad y entonces la pequeña notó como su padre comenzaba a transformarse en algo espantoso, con su mirada llena de oscuros presagios indescifrables.   Y Juan, que jamás iba a la iglesia porque ese cura nunca le gustó, a pesar de los ruegos de su querida Luisa, que cada jueves y domingo marchaba hacia la vieja capilla con su hija única a rezar, a confesarse y hasta a limpiar el templo toda vez que se necesitaba, ¡le vinieran con esto! ¡Y para que él cura diga después que este era un pueblo sin fe! ¡Si hasta la Carmelita decía que quería ser monja…!   –¿Estás segura que el cura te dijo eso? –le dijo como única pregunta, prueba testimonial. Carmelita calculó los ojos furiosos de su padre, que sólo se los vio así el día que el Rudesindo le mató por error la vaca, confundiéndola con un jabalí. ¡Cómo si fueran la misma cosa! Pero el Rudesindo, el peón del campo donde él mismo trabajaba, que era más bruto que él mismo, no sólo confundía gato por liebre, sino hasta era capaz de confundir también perro por liebre. Y ahora su padre, con esos mismos ojos llenos de furia de aquel día, a punta de estallarle le hiciera esa pregunta y… ¡cómo desmentirla!   –Segura –dijo entonces la niña. Y la verdad que lo estaba, el cura dijo perfectamente “pene”; ella lo oyó de sus labios, y como le sonó esa palabra sin sentido, y además era demasiado tímida para averiguar con el anciano sacerdote, prefirió hacerle la pregunta a su papá.   –¡Los curas son degenerados! –le dijo una vez el Rudesindo que sólo leía revistas de la capital.   –¿Por qué decís una cosa así? –le preguntó aquella vez Juan.   –Leí en una revista de la Capital que hay un cura pede… pede… rastra o algo así.   –¿Y eso qué es?   –No sé, pero lo metieron preso. No me fío en las personas que usan faldones.   –Eso que decís es una tontería.   Así, todos los días cargando contra la Santa Iglesia Católica. Y Juan lo escuchaba, sólo lo escuchaba. Se dijo que tal vez el Rudesindo hablaba así porque sus padres no lo habían bautizado. ¡Vaya a saber, pobre muchacho! ¡Pero confundir a una vaca con  un jabalí!   Pero una cosa era que Juan no quisiera ir a la iglesia ni le gustara aquel sacerdote y otra muy distinta era aceptar a aquel hombre mayor fuera un pervertido con su Carmelita. Después de todo, ser cura era un trabajo como cualquiera, se dijo. Pero aun así, el “bichito de la duda” que le dejó el Rudesindo día tras día, le picó, y estuvo siempre atento a esas palabras de su compañero de campo, aunque no le diera la razón. Que después de todo si había confundido un jabalí con una vaca podría ser también porque la vaca se escapó del corral y la luz del sol ya los había abandonado. Ya sabemos que de noche todos los gatos son pardos. Lo cierto es que Juan se quedó sin su única vaca. Y ahora la Carmelita le preguntaba que era “pene”.   Juan creía en Dios, pero era bruto y decía que sólo Dios era capaz de escuchar sus pecados y no un hombre con sotana, “que en definitiva es un hombre como todos”, le dijo alguna vez a la Luisa y ¡miren ahora las consecuencias! Por eso cogió su escopeta y salió a la calle dispuesto a todo, arrastrando a su mujer de su cintura que quería detener la desgracia. Y Carmelita a pasos ligeritos por detrás, pensando que ¡justo ahora que su papá le dio permiso para estudiar el catecismo para la Santísima Comunión!   –¡Juan, ya sabes cómo son los chicos! –le dijo Luisa, casi colgada de su cuello para frenar la carrera impetuosa de su marido. Mas Juan sabía que los niños y los borrachos siempre dicen la verdad: se lo dijo una vez su padre y entonces no había nada que discutir. Cruzó pues hacia la plaza, las gentes lo observaron con aire de preocupación y comenzaron a dar unos pasos, curiosos, hacia el hombre hecho una furia con patas. Hasta la Eleonora dejó su rutina de barrer la acera para acercarse a ver qué sucedía. Y como Juan, corpulento, fuerte, tosco, con la escopeta en la mano, seguía a tranco ligero y preciso, las personas del pueblo comenzaron a seguirlo, presagiando que algo malo estaba por ocurrir.   –¡Que va a matar al Padre Julián! –gritó la mujer pidiendo ayuda y más de una se persignó, pero sin ponérsele adelante. Salvo el Eustaquio. El Eustaquio era un hombre hecho y derecho y muy amigo de Juan y cuando le dijo:   –Debe haber una confusión, cuéntame qué pasó exactamente… –Juan no se detuvo y enceguecido por el odio y aquella palabrita que le retumbaba una y otra vez siguió camino autómata en busca de la capilla. –¿Pero qué le dijo a la Carmelita? –insistió.   Y la niña con su vocecita, ahora sintiéndose la estrella del pueblo dijo a todos los que quisieran escucharla:   –Pene.   Y entonces el propio Eustaquio quedó en silencio, su rostro apesadumbrado y sus puños apretados dispuesto a cobrar venganza del honor de la hija de su amigo. ¡No era posible! Pero ahí iban todos.   Cruzaron toda la plaza y al costado se vio la capilla. Alguien avisó al comisario para que no ocurriera una tragedia y éste se apersonó al lado del grupo, mientras la Luisa le decía a todo el mundo:   –¡Va a matar al Padre Julián!   –¿Y por qué? ¿Qué le hizo ese santo hombre?   –Le dijo “pene” a la Carmelita –y nadie lo quiso creer. Porque el Padre Julián, además de ser un santo, era una persona mayor que sólo vivía de la caridad de los que le daban algo, porque lo que fuera la limosna, toda la invertía en la capilla, que se sabe que la tenía muy bien; y ahora esto… ¡que nadie se lo creía! Pero cuando una y otra vez le preguntaban a la niña qué le había dicho el sacerdote y ésta repetía como un loro barranquero “pene”, entonces ya no había más que decir. Y encima si le preguntaban si estaba segura respondía que “sí” con tanta firmeza…   Pero alguien oyó al Rudesindo y luego repitió: “en la Capital metieron preso a un cura pederasta”, y fue Doña Amelia la que respondió: “¡Con tantas religiones nuevas!” y don Antonio: “¡La culpa la tiene la Internet esa!”   Y todos caminaron a espaldas de Juan, no sea que tuviera razón sobre el religioso. Y aunque nunca se le vio una mujer, ¡qué ya dicen que los curas también se levantan las sotanas de vez en cuando!, el Padre Julián entonces fue culpable. Culpable a los ojos de casi todos, aún de los que le decían inocente. ¡Es que decirle “pene” a una niña de ocho años que él mismo bautizó…! ¡No hay derecho!   Si hasta hubo alguien que mencionó algo de no sé qué pasó en la Capital y que no se entendió bien, pero otro interpretó que hablaban del Padre Julián y dijo: “La toqueteó toda a la pobre niña”, y otro, “¡que sólo tiene ocho años!” y un tercero, “en la Capital fue pederasta y por eso lo mandaron aquí”. Y de ahí al intento de violación hubo sólo tres pasos.   Cuando se estaban acercando, el Padre Julián ya era culpable de varios casos de trasgresión a las leyes y hasta acusado de desobediencia divina por el propio Vaticano, amén de las causas abiertas por intento de fuga de una cárcel norteamericana en una película que se hizo, seguramente en su nombre. “El pájaro cantan hasta morir”, dijo la Carmen, que está bien puesta en esos de los artistas y las películas de Jolivúd o como se llame.   –Yo creo que ni siquiera es cura –agregó el Rudesindo ya a pocos metros de la capilla.   –¡Debe haber una confusión! –intervino el comisario que caminó con la turba, con el único agente de policía que tenía como secretario, oficial, comercial y chico de los recados, el Carlos, que alguna vez también fue el ex preso. ¡Pero si en el pueblo nunca pasa nada! Y más de una vez le dijeron en la Central provincial que su pueblo era más aburrido que verse crecer las uñas. ¡Y justo ahora lo del Padre Julián! ¡Y él que se la daba tan de moralista cuando le dijo en secreto de confesión que engañó a su Filomena con la esposa del panadero! ¡Y miren ahora! ¡Decirle “pene” a una niña inocente que sólo fue a estudiar el catecismo!   Finalmente la manifestación, con Juan a la cabeza, el comisario y el Eustaquio a su lado, toda la gente indignada atrás y algunos perros ladrando a los costados, encaminaron hacia la iglesia y vieron al sacerdote saliendo, con su sonrisa amplia, feliz de haber reconquistado la fe para el pueblo que creía perdido. Pero cuando vio los rostros desencajados de algunos, la mirada de furia de Juan y muchos con palos y piedras, supuso que la cosa no marchaba bien.   Fue el Comisario que decidió darle la última oportunidad de redención.   –¿Usted le dijo pene a la Carmelita? –preguntó secamente sin introducciones diplomáticas.   El Padre Julián comenzó a tomar un leve color rosado pálido en su piel y enseguida el rojo sangre se apoderó de sus mejillas y todo su rostro, mientras un sudor apareció de repente en su frente.   –Sí, pero... –dijo con la voz grave.   El primer golpe se lo dio la Eleonora con la escoba, el segundo fue la propia Luisa, madre de la pequeña, que dio lugar a la explosión de la indignación general de muchos otros; Juan no tuvo espacio para meterle el tiro deseado entre tantos brazos y piernas de la multitud subiendo y bajando hacia el cura que quedó en el suelo en posición fetal tratándose de cubrirse lo más que podía de la agresión. Fue el Comisario el que salvó al religioso, luego que dejara un poco descargar la furia popular, no sea que la desgracia fuera mayor. Pero no se crea que no tuvo mucho trabajo para separar a la turba enceguecida, inclusive a su propio policía secretario que no paraba de arrojar patadas al viento. Cuando lo consiguió a fuerza de grito y autoridad, el cura fue detenido, esposado y llevado todo magullado a la comisaría mientras soportaba los gritos enardecidos del pueblo entero.   Poco después se apersonó el mismo arzobispo de la provincia y cuando se le preguntó a la Carmelita, ésta no tuvo reparo en decir toda la verdad con su mirada ofendida de mujer de ocho años:   –El Padre Julián me dijo “pene” –y se le saltaron las lágrimas de los ojos, pobre pequeña.   Y entonces no se habló más del tema. No se sabe si al cura lo trasladaron a una parroquia muy lejana al pueblo o bien lo defenestraron como sacerdote. Tampoco se hizo una denuncia penal porque las pruebas no eran muy consistentes para un juicio de ese tipo.   Carmelita, que había dicho toda la verdad, nunca entendió como aquella palabra insignificante a sus sentidos había provocado tanto alboroto, ni nadie se dignó tampoco explicarle su significado. Pero por las dudas no sintió deseos de volver a insistir sobre aquella, que debía ser terrible. Lo único que consideró es que nunca se metería a monja como alguna vez soñó y recordó con escalofrío las últimas y tremendas palabras del Padre Julián antes del escándalo, que le dijo mirándola fijo a los ojos:   –El que no esté libre de pecados, que “pene” en el infierno.

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