Cinco minutos para la medianoche, por Jack Hawksmoor
23:55
Apago la tele, demasiado deprimido como para aguantar más tiempo avances informativos clónicos en los que lo único que cambia son los presentadores. Las mismas imágenes catastróficas, repetidas una y otra vez como si alguien aún no las hubiera visto. Como si necesitaran grabarlas a fuego en nuestra memoria. Como si nuestra memoria fuera a agotarse, precisamente ahora que no tendremos recuerdos nuevos.
Apuro los últimos restos de la lata de cerveza y la tiro al suelo, junto a los restos inertes de sus compañeras, un cementerio de soldados caídos en la noble causa de emborracharme. No soy un tipo tan desordenado, puede que a veces no friegue los platos una noche si estoy demasiado cansado, pero siempre termino por recoger las cosas, tal vez por educación o por simple vergüenza, como si alguien más que yo fuera a ver el interior de mi casa. Pero eso no pasará. Nunca más. Qué más da, no voy a perder el tiempo en minucias como esas. Sería tan estúpido como vaciar el cenicero de los dos paquetes que me he comprado para celebrar que vuelvo a fumar.
Ahora mismo el piso parece el cubil de una bestia enjaulada, con restos de comida actuando de moqueta y envases usados de todo tipo haciendo las veces de instalación artística de vanguardia. Una bestia enjaulada, puede ser, si las bestias enjauladas son viejas y solitarias como yo. Como la bestia del cuento infantil, sólo que mi bella no volverá y romperá mi hechizo, ni aunque pudiera, porque no hay tiempo para hacerlo.
Repaso las viejas fotos en las que fingíamos ser una familia feliz, el parque de atracciones, el zoo, un día en el parque, vacaciones en la playa. Instantáneas que me recuerdan todo lo que perdí. A su lado, las latas vacías sonríen victoriosas. Ellas ganaron la guerra por mi amor, ellas las forzaron a apartarse de mi lado.
No voy a ponerme excusas. Fue simplemente mi culpa. Me decía que no pasaba nada por tomar unas cañas después del trabajo, que tenía derecho a un poco de tiempo libre después de horas y horas de repetir los mismos movimientos mecánicos en la cadena de montaje. Que no pasaba nada por discutir de fútbol con los colegas, echar la partida y jugar a la tragaperras un rato. Que si no llegaba a cenar tampoco era para tanto, que yo podía comer cualquier cosa por ahí y llegaría justo a tiempo para acostar a la niña. Que ya que estaba en faena qué mejor que tomar un orujo de hierbas para digerir mejor. Que un hombre que vuelve a casa todavía con ganas de fiesta tiene derecho a ver cumplidas sus necesidades.
No, no voy a ponerme excusas porque no me las creo. No entiendo cómo aguantó tanto tiempo, como resistió un par de meses cuando cerraron la fábrica porque los chinos cobraban menos que nosotros. Como resistió los golpes con los que pagaba con ella mi frustración, como si la culpa de mi desempleo fuese suya. Supongo que me quería tanto como yo creía que la quería a ella, muchísimo más de lo que yo demostraba.
Por suerte para todos, un día cedió. Me levanté con una resaca que tardó dos días en marcharse y dos ausencias que nunca me abandonaron. Se había ido, con la niña y dos maletas, dejándome solo. No intenté localizarla, porque hasta yo tenía claro que había hecho lo que debía. Simplemente traté de volver a ser el mismo hombre del que se enamoró, el chico divertido que siempre la hacía reír y la obligaba a hacer la clase de locuras que nunca se hubiese atrevido a hacer por sí sola.
Han pasado 12 años, y sé que no lo he conseguido. No he vuelto a ser aquella persona, tal vez haya logrado mejorar un poco al menos, no lo sé. Lo único cierto es que he pasado una docena de años abandonado como un perro callejero. Dicen que todos los hombres mueren solos, aunque en unos minutos la mayoría de ellos acabarán su vida al mismo tiempo. Dios sabe que yo por lo menos no merezco morir en compañía. Así que solo tengo que encontrar la manguera, bajar al garaje, encender el motor y dormirme. Y nunca más despertar recordando cómo era tener una familia.
23:56
Hay una parte de mí que recuerda que no debo estar aquí. Un diminuto grillo que dice que he abandonado a mis compañeros. Llámalo sentido del deber, patriotismo, no lo sé. Por suerte el resto de mi cabeza es mucho más razonable. Sabe que no tengo suficiente amor para ti, mucho menos para entregárselo a la patria. Sabe que esta noche será la ultima que vea las sombras que las luz de las velas provoca en tu cara, volviéndote más guapa si es que eso es posible. Sabe que si esta es mi última noche en la tierra es contigo con quien quiero estar.
Y aunque no quisiera, por mucho que eso me parezca increíble ahora mismo, no te mereces estar sola. Bastante tuviste con crecer sin tu viejo aunque por lo que cuentas es lo mejor que te ha pasado; con no poder ver casi a tu madre, que trabajaba demasiadas horas al día para darte lo mejor, por mucho que ella se lo perdiera. Has sufrido demasiado y, por mucho que quieras fingir que eres fuerte, solo eres una chiquilla asustada ahora mismo. Como yo. Como todos.
Siento de verdad que esto acabe así, porque sé que tú eras ella. La última cara que quería ver cada noche antes de dormirme y la primera al levantarme. La mujer del vestido blanco que me haría sentir el hombre más feliz del mundo al caminar por un pasillo. La madre de los hijos que nunca tendré.
Lo supe desde el primer momento que te vi, probablemente por eso te parecí un gilipollas. Otro gallito mostrando su cresta, pensando que podía impresionarte, que caerías a sus pies contando falsas historias de lucha contra el fuego y rescate de gatitos, tal vez las primeras que te conté. En el fondo solo era uno de tantos parvulitos que piensa que a la niña que le gusta hay que tirarle de las coletas.
Por suerte, aunque no entiendo por qué, me diste otra oportunidad. Tal vez viste algo detrás de la nube de testosterona, no lo sé. El caso es que no me permití desperdiciarla. Al principio escuchaba todo lo que me decías simplemente como estrategia, pensando que así podría llevarte más rápidamente al catre. Lo único que conseguí fue enamorarme de ti. Querer oír cualquier cosa que te sucediera, porque realmente tus pensamientos eran importantes para mí. Necesitarte, igual que el drogadicto necesita su dosis. Tratar de conceder todos tus deseos, por nimios o imposibles que fueran.
Ojalá lo hubiese conseguido. Ojalá hubiésemos podido ir juntos a Venecia. Ojalá hubiéramos deshecho más veces la cama. Ojalá hubiese recordado bajar la tapa del water. Ojalá no hubiésemos discutido por tonterías, por películas que en el fondo a ninguno de los dos nos apetecía ver, por las fechas de las vacaciones, por las visitas a tu madre a la residencia. Pero sobre todo, ojalá hubiese podido cumplir lo que te prometí.
Mil dos cuentos antes de dormir, uno más que Sherezade, muchos menos de los que merecía mi reina. Siento de verdad faltar a mi promesa, siento haber fallado por trescientos setenta y tres, pero aún en esta última noche no voy a dejar de intentarlo. Así que escucha con atención.
Había una vez un niño al que le gustaba vestirse con ropa de niña...
23:57
¿Dónde coño se habrá metido? ¿Dónde está ese cabrón? Llevamos toda la puta noche de un lado para otro, sin tiempo para parar y ha decidido huir con el rabo entre las piernas. Como si hubiera un lugar al que pudiera huir. Esta noche más que nunca su sitio está con nosotros, cumpliendo con su obligación. Ya que vas a morir, hazlo con las botas puestas, no como un miserable llorica incapaz de aceptar la realidad.
Ya no sé ni cuantas veces nos han llamado, perdí la cuenta a partir de la quinta. No hemos podido ni volver al cuartel desde hace un par de horas y no creo que quede una sola boca de incendios en toda la ciudad que funcione decentemente. Han destrozado casi todas.
Es como si alguien hubiese apretado un interruptor y todas las normas sociales, todos los comportamientos que nos hacían supuestamente mejores que los animales se hubieran apagado y, en su lugar, hubiese aparecido la verdadera cara del ser humano. Una que haría palidecer de vergüenza a la bestia más salvaje.
He visto cosas esta noche que no hubiese podido imaginar ni en la peor de mis pesadillas. Una madre que había ahogado a su bebé en la bañera y luego se había cortado las venas. Una niña de catorce años secuestrada por unos compañeros de clase que no querían morir vírgenes. Un tipo que se había vuelto loco y quería probar qué se siente al matar a alguien antes de acabar con su vida. Si pensara en cualquier cosa horrible, por depravada que sea, estoy que en algún lugar de la ciudad está sucediendo.
Y eso no es lo malo, joder. Pirados los ha habido siempre, sólo necesitaban una excusa de este tipo para poder soltarse la melena. No, no es lo grave. Lo grave es que todo el mundo se ha contagiado. Todo el mundo ha salido a celebrar la noche de las hogueras. Hay una multitud tras cada esquina, con antorchas, con palancas de acero, con un solo pensamiento en la cabeza. Saqueo.
Me parecía estúpido cuando lo veía en las películas, pero ahora sé que es cierto. El mundo se acaba y al humano medio le da por romper escaparates y robar aquello que siempre había deseado y no se podía permitir. Televisores de plasma, trajes de diseño, anillos de diamantes son solo la punta del iceberg, tal vez la más disculpable. Nos hemos cruzado con una turba que iba a atacar una carnicería sólo para salir con terneros enteros en un carrito de la compra. Coño, si he visto a uno que se llevaba como quince batidoras. Me recuerdan a los faraones egipcios, acumulando riquezas para adornar la tumba.
Viéndolos a ellos, a los normales, no a los psicópatas, me doy cuenta de que quizá nos lo merecemos. No somos buenos. Si fuésemos buenos estaríamos ahora todos juntos, perdonando todo el mal que nos hubieran hecho. Abandonando esta puta vida con una pizca de dignidad. Pero no, nos comportamos como borregos, joder, peor que borregos, que serían incapaces de ponerse a saquear la ciudad como idiotas. O de abandonar al rebaño a la primera dificultad, ya que estamos.
Joder, ¿pero dónde coño se ha metido ese cabrón?
23:58
Si es que soy gilipollas.
No fumes, no te drogues, la droga es mala, te matará. Ten cuidado con quien andas, no sabes los peligros que hay en la calle. Usa el condón siempre, hay mucha enfermedad suelta, no sólo es el SIDA, hepatitis, gonorrea, sífilis, hay que ser precavido.
Tienes mañana clase, no puedes quedarte hasta las tantas trasnochando, tomando una caña con los amigos, viendo la tele o jugando a la Play. Y cuando lleguen los exámenes ciérrate en tu casa como si fueses un puto monje de clausura, son exámenes, hay que estudiar para aprobar, para poder sacarse la carrera, para tener un trabajo, para poder ser un hombre de provecho.
Déjalo, no te hagas mala sangre. Sí, es un cabrón, vale, se ha follado a tu novia, pero no vas a solucionar nada dándole una hostia bien dada. ¿Te van a desaparecer los cuernos por eso? No se puede ser así en esta vida, no se consigue nada. Y ella es una puta, cierto, y no se merece que tengas que aguantarla dos horas llorando y diciendo que lo siente mucho, como si en realidad le importara. Pero cómo vas a montar el numerito delante de todo el mundo. ¿Qué eres, un animal?
Cruza solo cuando el hombrecillo esté en verde, no robes en la tiendas, no montes jaleo. Obedece siempre las órdenes, están ahí por algo, si no fuese por ellas viviríamos en el caos, la violencia se apoderaría de las calles. Ojo por ojo y todos nos quedaremos ciegos. Sólo hay que tener un poco de empatía, un poco de respeto por los demás.
Y no te quejes, porque así son las cosas. Yo no las he inventado. Si quieres cambiarla ya sabes lo que tienes que hacer. Cada cuatro años mete el papelito en la urna, elige al que mejor te representa, cumple con tu sagrado deber como ciudadano. Elige a un líder que mejore el mundo. Puede que todos sean iguales, todos prometen lo mismo. Menos impuestos, más trabajo, felicidad para todos. Pero tú sabes que son diferentes, claro que sí, no son todos iguales.
No, claro que no. No son iguales a mí, no son iguales a nadie. Ellos pueden hacer lo que les salga de los cojones. Pueden saltarse las normas porque se las han inventado. Pueden portarse como auténticos cabrones, invadir países, declarar guerras, mandar el mundo entero a la mierda. Y dejar a los demás con cara de gilipollas, a los pobres tontos que acatábamos las normas, que no nos comportábamos como animales, que teníamos un poco de empatía, un poco de respeto por los demás. Total, ¿para qué? Para acabar asados a la parrilla como los demás.
Mire lo que pienso de todo el rollo ese de ser un buen chico, señor presidente. ¿Ves ese escaparate? Pues ya no lo ves. Y no te quejes porque has tenido suerte. Ojalá no hubiera sido una puta luna. Ojalá te hubiera reventado la cabeza, que es lo que te mereces, cabrón. Pero claro, eso no es posible. Porque tú estás escondido, como una rata. Dices que es por tu seguridad, por la de la nación, pero todos sabemos la verdad. Eres un puto cobarde que merece morir mucho más que todos nosotros. Pero como siempre, son los malos los que ganan.
Sólo siento haber aprendido la lección demasiado tarde.
23:59
El ministro del interior habla de cifras, simples números. Existe una posibilidad entre mil de que la radiación nos alcance, estamos en un sitio seguro. Veinte metros de hormigón nos separan del suelo, la onda de calor no podrá afectarnos. Según las últimas estimaciones el 45% de la población morirá inmediatamente, un 20% más lo hará antes de que amanezca, por las quemaduras. Los que sobrevivan envidiarán a los muertos, probablemente. Otro número más: las primeras veinte horas son cruciales.
Sí, se trata de simples números. Baja el índice de paro, suben los tipos de interés. La inflación aumenta un punto porcentual, pero la perspectiva económica es algo mejor ahora que se ha reducido el precio del barril de crudo. Si manejas los números con suficiente convicción creerán que todo va bien.
Aunque no todo son números, claro, hay que dar sensaciones. Sensación de seguridad, todo va bien, la situación en Oriente Medio no es tan preocupante como parece, lo de Cachemira son sólo enfrentamientos aislados, no irán a más. Pero también de firmeza ante los mismos hechos, para que vean que aunque somos magnánimos no permitimos que nos toreen. Condenamos firmemente la matanza, allá donde se produzca, ya mandaremos tropas de paz después a recoger los restos.
Números y sensaciones. Lo mismo que son ellos para nosotros. El porcentaje de ciudadanos que apoya la gestión del presidente. El número de habitantes del país que considera que debemos retirar las tropas. El electorado parece receptivo a una reforma de la constitución. Nuestros expertos apuntan que la nación está preocupada por el precio de la vivienda, deberíamos preparar un paquete de medidas destinadas a activar el mercado inmobiliario.
Sólo que ellos no son ni números ni sensaciones. Son seres humanos que todos los días se levantan para ir a trabajar y viven su vida con las mismas preocupaciones de siempre. Encontrar el amor verdadero, cumplir los sueños de infancia, poder llegar a fin de mes. Esas cosas que todo el mundo quiere y nosotros prometemos ayudar a conseguir a cambio de algo que para ellos es insignificante, pero a nosotros es lo único que nos interesa. Su voto. Y ese mismo voto es el que me legitima para estar aquí, en este momento, y a dar la cara.
Por eso ahora, en estos duros momentos, es cuando debo mostrar a mi pueblo por qué me eligieron. Por qué a mí, y no al inútil de mi adversario. Yo soy el timonel destinado a guiar la nave de la patria en estos días aciagos y por mucha sangre, por muchas lágrimas que me cueste, así lo haré.
De acuerdo, señor ministro, entonces los misiles impactarán dentro de diez segundos, ¿no es así?