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Garcia Chapa, Laura (La Palmera)

Claro

                                                          CLARO

Clara hacía cada mañana el mismo recorrido. Desde la plaza donde vivía, y donde se tomaba el primer café, subía la avenida, tomaba la primera calle a la derecha y la caminaba toda, hasta el final. Allí donde la calle cambiaba de nombre, estaba su nueva oficina. Hacía solo dos meses que trabajaba allí.

Le gustaba hacer ese camino temprano en la mañana, cuando la máquina de la ciudad comenzaba a funcionar. El cambio le había ido muy bien, tras ocho años de rutina y sin sentido, había decidido arriesgarse; dejar a Pablo, cambiar de ciudad y buscar un nuevo trabajo, en otro sector.

Su família y amigos más cercanos habían opinado mucho sobre su decisión, demasiado. Que cómo se le ocurría dejar un trabajo fijo tal y como estaba la vida, que qué iba a hacer con el piso, pues no era momento de vender, y alquilarlo ya se sabía que era muy arriesgado,  que cómo iba a dejar a Pablo después de todo lo que había hecho por ella, y un sinfin de etcéteras que justificaban lo loco y equivocado de esa idea absurda de querer  abandonar su ciudad. La ciudad donde había nacido y crecido. Ella y toda su família, así como sus amigas, todas ellas.

Y es que todo el entorno de Clara era de la ciudad, y allí estaría siempre, porque; ¿dónde iba a ir?  Además, y como dice el refranero popular, y si popular es sabiduría guarda, “Más vale malo conocido que bueno por conocer” .

Ese era el refrán que unos y otros le recordaban cada día a Clara cuando comenzó a atisbarse la posibilidad de que se hiciera real la idea incial  de marcharse.

Tratando sin embargo que todos los miedos de amigos y familiares no se convirtieran en sus miedos, y cuestionado algo tan inaudito como el refranero popular, Clara decidió seguir sus deseos, y dejando el trabajo, despidiéndose, al menos por el momento temporalmente de Pablo, y alquilando el piso, logró finalmente poder salir de su ciudad.

La llegada a su nueva casa, tuvo lugar tras dos semanas de hostal en la nueva ciudad.  Tenía claro que quería ser ella la que callejenado, entrando y saliendo de porterías, y hablando con quiosqueros llegara a toparse con el que sería su nuevo apartamento. Quería disfrutar del azar, de la sorpresa. Tantos años de cálculo, meticulosidad y no impovisación la habían llevado a la  necesidad de poner un poco de riesgo en su vida, pues se había sentido casi muerta. El aburrimiento había llegado a dormirle los sentidos, anulándole aficiones juveniles como el canto y el dibujo. Clara sentía que necesitaba recuperar tiempo, espacios, espontaneidad, libertad.

Callejeando mucho y tras haber hablado con porteros, quiosqueras, dependientes y demás, y habiendo tomado también una no menospreciable cantidad de cafés, refrescos, tapas y cañas en los bares de los barrios caminados, llegó por fin a dar con aquello que buscaba; un apartamento sencillo, con un balcón y una gran ventana sobre una plaza arbolada en la que la disposición de los bancos invitaba a las charlas reposadas de quienes por allí  se pasaran y sentaran. Era lo que estaba buscando, ni muy alto ni muy bajo, a una altura adecuada de la calle, la que le permitiera poder disfutar del murmullo de las conversaciones callejeras, algo que desde pequeña había tenido la capacidad de tranquilizarla y adormecerla, sobretodo cuando se quedaba sola en casa.

Cuando pudo visitarlo, de la mano de un señor octogenario de una simpatía desbordante, suegro del portero de la finca, quedó convencida de que ese apartamento la estaba esperando a ella. Tenía una sola habitación, desde la que se observaba la plaza desde un gran ventanal, y un comedor, pequeñito pero muy acogedor, pintado en colores blanco y verde manzana, y en el centro, el balcón, que también daba a la plaza. La cocina y el baño eran pequeños pero nuevos, inmejorable para Clara. Se quedaba con el piso. Dos días más tarde ya estaba instalada.

Tras el apartamento, comenzó a buscar trabajo, y también en esto tuvo suerte. A los veintitrés días de su llegada disponía ya de aquellos dos elementos considerados indispensables por cualquiera para poder seguir adelante; una casa y un trabajo.  Su família podía estar tranquila.

Estaba  ya lista para a empezar, se le podía poner por delante lo que fuese, estaba llena de energía y de buenas vibraciones. Estaba muy contenta.

Por las mañanas se levantaba temprano, para poder disfrutar de un café en el bar de la plaza, bajo su casa. Era un momento del que le gustaba disfrutar, sin prisas.  Luego subía la avenida, tomaba la primera calle a la derecha y la caminaba toda, hasta el final, hasta su oficina.

Una de las mañanas vió en los bancos de la plaza dos personas que charlaban. Ella era una señora mayor, de unos setenta años, con un vestido negro y unos zapatos ortopédicos, de cordones, llevaba un moño bien acotejado, junto a ella una pequeña maletita de cuadros. Él era un chico joven, de unos treinta años, negro, vestido en chandall. Le sorprendió la combinación, parecía que llevasen horas hablando, pero era muy temprano.

Fue hacia el café, se lo tomó, como cada mañana, con calma, pero esta vez sin quitar la vista de las dos personas sentadas en el banco, observando cómo hablaban. Luego caminó hacia la oficina, ellos seguían sentados en el banco. En la tarde, cuando volvía hacia la casa,  los bancos estaban ocupados por un grupo de jóvenes que fumaba y pelaba pipas. 

Al día siguiente, cuando Clara bajaba a tomar su café matinal antes de ir a la oficina, vió de nuevo a la pareja. La señora mayor con su moño, vestido y zapatos, ayudada con la maleta por el chico joven negro. Caminaban también hacia la avenida que ella subía cada mañana. Clara tomó su café, fue hacia la oficina. Por el camino buscaba el lugar a dónde la pareja pudiera haberse dirigido. No vió nada.

La tercera mañana en que Clara se los encontró, esta vez compartiendo en el banco unas madalenas, decidió que se quedaría para tratar de saber qué hacían juntos, qué les unía, y porqué cada mañana, tan temprano, estaban en la plaza.

Se fue a tomar el café. La pareja acabó con las madalenas y se levantó. El chico joven ayudó de nuevo a la mujer mayor a levantarse y cargar con su maleta. Cruzaron la plaza y tomaron la avenida. Clara pago su café y salió lo suficientemente rápido como para ver que torcían en la segunda calle a la izquierda que salía de la avenida. Ella tomó el mismo camino. Vió como entraban en una portería. Clara se allegó también al portal. Subió las escaleras, no sabía qué le llevaba a necesitar saber de las vidas de estas dos personas.

En el primer replano vió una puerta abierta, parecía fuese una oficina, pues había una mesa de recepción. Clara entró. La chica que estaba sentada tras la mesa la miró. Con el arqueo de las cejas le preguntó qué quería. Clara carraspeó y empezó con un “ Disculpe, ¿qué hacen aquí?”. La chica la miró todavía más estrañada, con curiosidad, y le explicó que aquello era un comedor para personas sin recursos, donde además se disponía de duchas y servicio de ropero. “¿Sin recursos?”, preguntó Clara. Para “personas sin techo como normalmente se las llama” aclaró la chica.

Clara quiso fundirse. ¿ La pareja de la señora mayor y el chico joven vivían entonces en la calle?  No sabiendo qué hacer se despidió y se fue. Llegó tarde a la oficina.

Cuando acabó su jornada laboral se fue hacia casa, muy pensativa.

La mañana siguiente se levantó todavía más temprando. Miró por la ventana. La pareja estaba ya sentada en el banco. Clara se vistió rápidamente, bajó, y se dirigió al banco. “Buenos días, me llamo Clara y llevo días viéndoles por la plaza,  les invito a desayunar, quieren acompañarme?”.

La pareja miró con sorpresa a Clara. “Sí, claro, muchas gracias” respondió la señora mayor. “Merci beaucoup “ dijo el chico joven. Éste ayudó a la señora a levantarse y se dirigieron los tres al bar donde Clara desayunaba cada mañana. Se sentaron en la mesa que había junto a la ventana grande, la que daba a la plaza.

Clara les invitó a desayunar lo que desearan. Pidieron café con leche y croissants para los tres. En ese desayuno Clara supo que la señora mayor, Concha, había tenido que salir de la casa en la que vivía por no llegarle la pensión para pagarla. Era viuda y sus dos hijos hacía años que sólo la veían en Navidad. Ni tan solo sabían que se había quedado en la calle. “Las próximas Navidades se sorprenderán cuando me llamen y otra persona les coja el teléfono” dijo entre triste e irónica. Dormía en los albergues municipales y comía y se duchaba en los servicios sociales de la ciudad. Mamadou, que así se llamaba el chico joven, era de Mali. Había llegado a España hacía un año, a las Canarias, “Soy de los de la tele, los de las pateras,  ¿sabe?”.

Le contó a Clara cómo había salido de su casa, en Bamako, la capital de su país,  para buscar un buen trabajo y ganar  dinero con el que ayudar a su família. Le explicó a Clara cómo estando irregular no podía trabajar. Que tenía que esperar unos años para que le pudieran hacer una oferta de trabajo, por eso dormía, comía y se duchaba también en los comedores muncipales. Allí había conocido a Concha.

Ambos estaban en la calle por su família.

Juntos se animaban y ayudaban. Mamadou era joven y fuerte, pero desconocía la ciudad y muchas de las dinámicas de ésta. Concha se la sabía de memoria, pero le pesaban los años. Para Mamadou era un tiempo a pasar y superar para poder mejorar un día, encontrando una oferta de trabajo que le permitiera valerse por sí mismo. Para Concha la situación era otra. Parecía que  tras años de trabajo y de cuidados para con la família, le tocaba acabar sus días deambulando por la ciudad y viviendo de la caridad. Suerte de Mamadou que le explicaba cómo en su país las personas mayores son el bien más preciado y respetado. Eso ayudaba a Concha, pensaba que si hubiera nacido en África no se estaría viendo en esta situación, lo que la aliviaba, no sientiéndose culpable de lo que le pasaba. Mamadou veía en Concha la cara amable de una sociedad que le ignoraba.

Clara siente una admiración inmensa por los dos. Por la entereza con la que sobrellevaban la situación. Por la solidaridad que hay entre ellos. Y a la vez siente una pena inmensa por lo vacías y sordas que están las ciudades  y la mayoría de sus ciudadanos.

Clara decidió, para ese nuevo período que comenzaba, tener el tiempo suficiente para escuchar, para no quedarse sorda con los quehaceres diarios frente a llamadas de los demás. Ni sorda, ni ciega.

Les explicó cómo acababa de mudarse a la ciudad. Mientras lo hacía, se daba cuenta de lo fácil que había sido para ella, y la suerte que había tenido y tenía en poder decidir hacia dónde quería ir y lo que quería hacer. Sólo dependía de ella, y quizás un poco también de la suerte, el que las cosas fueran saliendo. Tenía fuerzas, y no había trabas administrativas que la frenaran.  Sintió que todo era tremendamente injusto.

Tras desayunar Clara tuvo que despedirse, pues debía llegar al trabajo. Quedaron en encontrarse para desayunar nuevamente al día siguiente. Sus dos nuevos amigos se quedaron en la cafetería. Quisieron disfrutar un poco más del olor, sabor y sonido a normalidad de una cafetería  de barrio en funcionamiento. Concha aprovechó para echarle un ojo a una revista del corazón que medio doblada reposaba en la mesa contigua. Mamadou jugaba con una servilleta de papel.

Concha comenzó leyendo sobre la realeza de un país nórdico, siguió con las aventuras amorosas de la presentadora de televisión de los telediarios del mediodía y llegó por último a leer sobre la boda de  una modista de alta alcurnia entrada en sus años, que se había casado con un joven de no sabía Concha que país escrito con uve doble para “poder estar juntos en Madrid”, decía la modista. Concha se quedó pensando.

“Mamadou” le dijo, “Si yo me casara contigo, ¿tu podrías trabajar?”. Mamadou miró a Concha con una sonrisa que acabó en carcajada. “Sí, Concha, pero...”, “¿Pero?” Espetó ella. “Con la edad que tengo, y para lo poco que parece valgo, si una boda puede solucionarte la vida a tí,  ¿qué problema hay?” . Mamadou se sonrió y no dijo nada. Pasaron el día entre comedores y roperos, y en la noche volvieron al albergue municipal en el que dormían. Allí Concha consultó su idea con Fernando, un abogado jubilado que como ella dependía de los servicios sociales, éste le explicó los pormenores del procedimiento. Concha lo tenía cada vez más claro. 

A la mañana siguiente, desayunando de nuevo con Clara, la hizo partícipe de su idea. Ésta se sorpendió con la ocurrencia, pero no supo objetarle nada. Definitivamente, la ciudad quería enseñarle muchas cosas. Se ofreció para ayudarles en lo que necesitaran.

Pasaron dos meses en gestiones, recopilación de documentación, petición de citas, visitas a oficinas, y todo aquello que fue necesario para poder celebrar finalmente, un dieciocho de junio, la boda. Clara, junto con el portero de la finca con quien habían compartido los andares de sus dos amigos, fueron los testigos. Mamadou, a sus veintisiete años se casaba con Concha, de setenta.

Comenzaba una nueva etapa, donde la iniciativa de Concha sacó a Mamadou de su callejón sin salida, y donde éste pudo procurar después para él y para su amiga un lugar donde vivir y la fuerza y la energía que a ella le fallaban ya. Alquilaron un pequeño apartamento cerca de Clara.

Convivieron durante ocho meses. Luego Concha falleció. Al funeral asistieron sus dos hijos, Clara, el portero de la finca y Mamadou. A los nietos de Concha no les permitieron participar, sus padres no sabían cómo explicarles quién era Mamadou.

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