Esa mañana, como tantas otras, me peleé con Clemen por la manía que tiene de girar durante la noche sin despegar la sábana de su cuerpo. Se lo expliqué infinidad de veces y aunque yo, después de un gran esfuerzo, dejé de roncar, ella sigue con ese hábito. Clemen, es fácil, mirá, le repetía cada mañana, con las manos hacés este movimiento y despegás la sábana y en ese momento girás. Pero ella me miraba algo dormida y un poco cansada con la explicación que se repetía cada vez que abría los ojos. Bernardo, a ver si me entendés… a la noche duermo, entonces no controlo si giro o dejo de hacerlo, pero como vos no dormís pensás que puedo controlarlo, me decía.
Quizá no me acostumbraba a la casa nueva, a una habitación distinta. La mudanza había sido más rápido de lo que nos habíamos imaginado y en cuestión de dos horas estábamos viviendo en un lugar nuevo y aún después de dos semanas no lograba sentirla mi casa. Si bien habíamos distribuido los muebles de manera similar, las distancias eran mayores y más de una vez las llaves no caían sobre la mesa de la entrada sino en el suelo, que por la madera vieja hacía más ruido que en la casa anterior.
Clementina salió del rollo de sábanas como una oruga y le miré las piernas largas y flacas. Ella se levantó sin mirarme, se desperezó, bostezó y se rascó la nuca. Se quedó un momento al pie de la cama con la mirada perdida, luego parpadeó, me sonrió y desapareció detrás de la puerta del baño grande, que me daba más frío que el que teníamos en la otra casa.
Esa noche me quedé hasta tarde resolviendo crucigramas. Al terminar pensé en ir a la cocina para buscar revistas viejas, pero preferí quedarme en la cama para ver si el aburrimiento lograba hacerme dormir. Todo era silencio con excepción de un suspiro esporádico de Clemen y una bocina lejana en nuestro barrio tranquilo. Me gustaba el silencio porque podía familiarizarme con la casa. Podía escuchar sus ruidos, la madera de algún mueble o del suelo que se acomodaba, algún pájaro que andaba por el techo, el juego de una ventana vieja con el viento, hasta creí escuchar los pasos de la araña azul eléctrico que trabajaba en las molduras que la próxima semana íbamos a restaurar. También escuchaba la respiración de Clemen que me hacía sentir en casa. Ella estaba cómoda en la casa nueva, nunca tuvo problemas para adaptarse y quizá por eso se movía como si hubiera vivido allí desde hacía mucho tiempo.
Luego noté que la canilla del baño perdía agua y después de contar las gotas que se escapaban comencé a bostezar y cada bostezo era más largo y silencioso que el anterior. No pasó mucho tiempo hasta que me dormí. Entre sueños estaba feliz de que al fin estuviera dormido. Soñaba que dormía, pero estaba dormido de verdad y descansaba tranquilo. Me acurruqué debajo de las sábanas y con mi pie derecho toqué la pierna larga y flaca de Clemen y me quedé tranquilo. Por primera vez me sentía cómodo en la casa. Haber alcanzado el sueño y la quietud de Clementina, que me dejaba estar tapado, permitían que me sintiera a gusto como hasta entonces no me había sucedido.
De pronto tuve la necesidad de reacomodarme y giré hacia el borde pero sin quererlo quedé atrapado en la sábana. Hice algún movimiento para desenredarme pero no tenía mucho espacio y me sentí como un insecto aprisionado en una trampa. Hasta que, con un cambio de posición aparatoso, caí en el suelo y me golpeé todo el costado izquierdo. Pero no grité, no tuve tiempo de hacerlo porque pronto me vi deslizándome debajo de la cama sin poder aferrarme a nada para impedirlo. Estaba cada vez más enredado y cada esfuerzo por liberarme era inútil. Era como si algo debajo del colchón hiciera fuerza por llevarme hacia abajo. Quería gritar, llamarla a Clemen para que me ayudara pero todos los intentos eran en vano, por más que abriera la boca y modulara bien su nombre no salía ningún sonido. Empecé a llorar y me ahogaba desconsolado. Ahora la sábana me cubría la cabeza y aún sentía que me deslizaba hacia abajo y daba vueltas y más vueltas y la tela era interminable, y cada vez tenía más capas que me envolvían.
Luego algo se insinuó debajo de las sábanas y pronto pude ver las patas largas y flacas de aquella araña encendida que se esforzaba por alcanzarme. Caminaba lenta, pequeños pasos pero firmes que se dirigían a mi cara atrapada, como el resto de mi cuerpo. Y a medida que se acercaba la veía más peluda y sus ojos inexpresivos reflejaban mi desesperación. Con cada paso el insecto laborioso despedía un pegamento que me ajustaba en el rollo de sábanas y cuando al fin estuvimos cara a cara, se irguió ante mí y desplegó sus patas para posicionarse y terminar su labor.
Clemen se despertó a la mañana y me buscó con el brazo antes de abrir los ojos. Lo sabía porque siempre hacía lo mismo y además pude sentir los golpes suaves desde debajo de la cama. Quise avisarle que estaba atrapado pero no conseguí pronunciar una sola palabra y estaba tan enredado que ya no podía moverme. Cuando no me encontró sentí que se incorporaba para buscarme, pero se levantó y pude imaginar sus piernas que se despegaban del colchón. Se quedó un momento al pie de la cama y después de su bostezo habitual escuché que se rascaba la nuca, aunque esta vez no sabía si lo hacía por costumbre o porque se preguntaba dónde podía estar yo. Un momento después vi que sus pies giraban y, sin querer, pateó las revistas de crucigramas hasta que terminaron debajo de la cama, junto a mí. No pareció notarlo y siguió su rumbo hasta el baño.
Clemen se duchó, luego se vistió y bajó a la cocina. Escuché ruidos de vajilla y sentí olor a tostadas con manteca seguidos del ruido de la misma vajilla ahora en la pileta. Levantó las llaves que la noche anterior habían quedado en el suelo, abrió la puerta de entrada y al fin todo quedó en silencio cuando se cerró la puerta. Clemen nunca había tenido problemas para adaptarse y quizá por eso se fue a trabajar aquella mañana sin buscarme con demasiado esmero, como si siempre hubiese vivido sola en esa casa.
Así me quedé aquel día: atrapado debajo de la cama y pensé que más tarde Clemen empezaría a preocuparse cuando no me viera. O al menos eso esperaba. También esperaba, quizá, poder liberarme de alguna manera y matar a mi captor, pero el insecto azul eléctrico no parecía asustarse con mi tamaño. Se asomó sólo dos veces y aunque se mantuvo a una distancia prudente, no parecía tener el menor interés en acercarse. A medida que pasaban las horas y la sombra de los muebles rotaba de lugar, el insecto, inmóvil, aún me observaba.
Pronto se hicieron las ocho de la noche, lo supe porque Clemen siempre llegaba a esa hora. Escuché un fuerte portazo y las llaves que, en vez de caerse al suelo como solía ocurrirme, se apoyaron con decisión en la mesa junto a la puerta de entrada. La escuché caminar por toda la casa y cuando al fin subió las escaleras y entró a la habitación traté, sin éxito, de patear la cama. Después de varios intentos inútiles me resigné y no pude más que mirar lo que sucedía. Clemen dejó caer sus cosas sobre el sillón y la vi descalzarse y empujar los zapatos sin cuidado. Siempre me gustaron sus pies. Toda mi vida había tenido un tema con los pies de la gente: me daban repulsión, eran deformes, tenían olor y prefería que los llevaran cubiertos, escondidos. Pero los pies de Clemen eran perfectos, pies con los que podía convivir, pies que me gustaba mirar. Pero me pregunté por qué aquellos pies, que ahora caminaban apurados por la habitación, tenían las uñas pintadas de rojo. Ella sólo se las pintaba para alguna ocasión especial, de lo contrario, no le importaban esos detalles.
Abrió la ducha mientras desentonaba una canción que no pude descifrar y al rato vi caer el vestido azul que le había regalado hacía poco tiempo. Luego vi caer la ropa interior y noté que era de encaje y del mismo color que el vestido. Me di cuenta de que nunca había visto ese conjunto, quizá era nuevo, quizá nunca le había prestado atención al color. De pronto sonó el teléfono, pero Clemen ahora estaba en el baño y después de que sonara cinco veces se activó el contestador donde aparecía su voz suave: Hola, te comunicaste con… y Clemen atendió. Su voz cambió por completo, habló con enojo y le dijo a alguien que no llamara más. Te dije que no me llames más, imbécil. Y colgó el tubo con mucha calma. El teléfono no volvió a sonar y se dirigió a la ducha y se quedó un buen rato hasta que se le hizo tarde y salió corriendo para no me imagino dónde. ¿Por qué de repente me preocupaba a dónde podía ir? Yo nunca había sido inseguro, nunca le había pedido explicaciones, no las necesitaba.
Fue curioso, pero esa noche pude dormir, nunca la escuché llegar a casa y cuando me desperté el sol brillaba hasta que empecé a luchar por desperezarme y al final, en signo de abandono, respiré profundo y me limité a observar. Primero los pies perfectos con uñas rojas de Clemen, que luego se pusieron en puntas de pie a la par del bostezo correspondiente y, para mi curiosidad, excesivamente largo. De inmediato la siguió otro par de pies al otro lado de la cama. Eran pies prolijos, un poco más grandes y peludos y no pude dejar de ver los juanetes que salían de ellos, como tampoco pude dejar de notar que no eran los míos. Diría que por el tono grave de su voz cuando la invitó a que se ducharan juntos era un tipo más bien alto y fornido. Y cuando ella le respondió que fuera rápido a él casi diría que pude verle la cara alegre con bigote, seguida de una sonrisa cómplice. Se me revolvió el estómago vacío y luego vi desaparecer los dos pares de pies tras la puerta del baño.
Sin proponérselo, la araña llegó debajo de la cama como una distracción necesaria para lo que acababa de ocurrir. Traía en sus tenazas una víctima pequeña que, era probable, acarreara desde otro lugar de la casa. La colgó como un trofeo y estaba tan enredada que no pude distinguir de qué insecto se trataba. Como yo, sólo sus ojos estaban destapados y la mirada era fría, lejana, negra, y en ella me reconocí: preso, inmóvil.
Bernardo, pasame la toalla, por favor, escuché. ¿Sabe dónde estoy? Sabe dónde estoy. ¿Cuál: la negra o la azul?, escuché después. La azul, bigotito. Tenía bigote nomás, y también tenía mi nombre, y a mi novia envuelta en una toalla y en sus brazos que seguro eran peludos como sus pies con juanetes. Luego Clemen le preguntó si ese día ensayaba. ¿Hoy ensayás, lindo?, dijo Clemen. Sí, hoy es el general y mañana estrenamos, ¿vas a venir? Es en el Avenida, dijo él con su voz grave y me imaginé que podía ser cantante lírico, ¿barítono quizá? ¿Cómo tenés el dedo?, preguntó Clemen. Bien, ya no es un problema, va a salir todo perfecto, como siempre. Pianista debe ser, o primer violín, por lo pedante. Ponete el vestido, dijo el primer violín. ¿Cuál? El que te regalé la semana pasada.
La araña seguía debajo de la cama y me miraba quieta, casi petrificada. ¿Se sorprendería al escuchar lo mismo que yo? ¿Estaría de mi lado? ¿Estaría indignada con lo que sucedía arriba? Sus tenazas se tocaron y de pronto, en ese gesto, adiviné una sonrisa mordaz que se burlaba de mí, igual que Clemen y sus vestidos y barítonos. La otra presa envuelta pareció arquear los ojos agazapados y ofrecerme sus condolencias. Asentí, y también arqueé los míos.
No sé cómo fue el estreno pero pronto me enteré de que el Bernardo apócrifo era violinista, y además de tener juanetes abultados y poco frecuentes en los hombres, también tenía una gran habilidad que lo llevó a la categoría presumida de primer violín. Tampoco entendí jamás si Clemen creía que él era yo, o quizá que yo me había ido, ¿qué la había dejado?, quizá yo nunca había existido. O tal vez sólo era un insecto que desvariaba en sus últimos días. Pero las palabras cruzadas seguían debajo de la cama y mi tamaño era considerablemente mayor al de la otra presa que, de a poco, se desintegraba y ahora era yo quien la miraba con pena.
Además estaba seguro de que los zapatos que el primer violín deformaba eran míos, al igual que los trajes y los crucigramas incompletos que simulaba resolver. Y aunque ahora una barba tupida cubría mi cara desmejorada, yo jamás había usado bigote, ni hablar de juanetes, de la voz más bien aguda y nasal que se me iba y el violín que no sabía tocar. ¿Acaso Clemen no observaba ninguno de estos detalles?
Pero a medida que pasaban los días noté en Clemen un aire de permanente irascibilidad ante los comentarios pueriles del violinista vanidoso. Cada frase terminada en “teatro”, “interpretación”, “escala” y “público eufórico” generaban en ella una mirada perdida que no hacía falta ver, yo sabía cómo era, y podía asegurar que estaba cargada de impaciencia y tedio. Con aquel gesto desdeñoso Clemen se retiraba de la habitación para perder de vista al menos por un rato al barítono presumido, hasta que él bajara las escaleras en su búsqueda y así pudiera terminar con sus minucias.
Era de tarde cuando aquel lunes Clemen se preparaba para bañarse y al abrir la ducha quiso entonar, creo yo, la misma canción que intentaba cantar siempre, aunque en realidad siempre supuse que se trataba de la misma canción y nunca le pregunté: me divertía el entusiasmo y el lastimoso resultado. Se ve que yo había ignorado ese detalle, pero aquel lunes, el primer violín ya no pudo contenerse y, como si lo hubiera ocultado con todas sus fuerzas por mucho tiempo, esta vez estalló, desquiciado con el sonido punzante, y le gritó que mejor se callara porque no entonaba bien. Callate, que estás calando y no lo soporto, dijo fuera de sí.
Clemen dejó de cantar y permaneció bajo el agua un rato más hasta que al fin salió de la ducha. Pude ver sus pies mojados que se detuvieron en el vano de la puerta por formar un pequeño charco en el límite de los mosaicos y la madera. Sus pies miraban al par de juanetes, que se encontraban calzados, escondidos y junto al sillón. Yo sé que no sos vos, dijo Clemen con voz suave. Me gustaría saber dónde está y por qué estás vos en su lugar, que lo único que comparten es el nombre, o acaso no se te ocurrió que lo iba a notar. Desde tu llegada dormiste destapado cada noche y jamás escuché las directrices sobre cómo girar sin quedarme con la sábana. Yo sé que no sos vos, y quiero que me lo devuelvas.
El falso Bernardo permaneció en silencio. Su mirada fría, lejana, negra, develaba un secreto que no iba a confesar. Si no, me voy, dijo Clemen. Pero no fue una amenaza y ante el silencio hermético del barítono ella le pidió que la dejara sola en la habitación. Vi sus pies perfectos caminar de un lado a otro, revisar cajones y al fin juntar sólo unas pocas cosas. Clemen siempre había sido muy despojada. Cuando al fin abrió la puerta y esquivó al bigotudo, bajó las escaleras y escuché la puerta de entrada cerrarse de un golpe.
Me pregunté por qué no había dicho nada antes, por qué no me había buscado y por qué nunca había limpiado debajo de la cama. Me preguntaba muchas cosas más cuando la araña apareció debajo del colchón y me encandiló con su figura estridente. Me examinaba, quieta, con ojos inexpresivos. Pronto sentí el ruido de mis zapatos de cuero que volvían a la habitación. El primer violín se sentó en el sillón, ahora vacío, donde Clemen siempre dejaba su ropa. A pesar de estar débil, con el tiempo había agudizado el oído y pude escucharlo respirar tranquilo. Luego mis zapatos estirados se acomodaron y el derecho golpeó el suelo tres veces con un ritmo pausado. Luego, silencio. El insecto azul eléctrico aún me miraba cuando el barítono se puso de pie y caminó con decisión hasta la cama. Sus pies de juanetes ocultos me miraban con el anuncio de que algo terrible estaba a punto de suceder. Al fin, sus rodillas se apoyaron en el suelo y su bigote presuntuoso se asomó despacio.
Los veranos en los Hamptons
Casi me caigo en el pasillo por correr a atender el portero eléctrico. Vos estabas muy concentrada en la computadora y nunca lo escuchaste. No podía ser de otra manera, pensé, y atendí. Me dijeron Clotilde. Te miré y te dije: Clotilde, me dijeron que es Clotilde. Qué gracioso, respondiste. Y yo pregunté, ¿me dijiste Clotilde?, ¿qué Clotilde? Clotilde Mastronardi, respondió. Clotilde Mastronardi está acá conmigo. Qué gracioso, me dijo, ¿me abrís?
Te miré desorientado. Abrile, ¿no?, dijiste como si no te llamara la atención lo que sucedía. Me asomé por la ventana del living para verla. Una mujer con pelo negro y corto, como vos. Tiene tu color de pelo; me miraste con cara de duda así que me puse las zapatillas y bajé.
Le abrí la puerta y me sonrió como vos hacés siempre. ¿Qué tal, cómo va? Bien… ¿vos? Muy bien, gracias. En el ascensor movía la cabeza con una melodía que no cantaba, como hacés cuando no vale la pena hablar del tiempo. Entonces llegamos al quinto piso y abrí la puerta.
Se saludaron como dos viejas amigas y se miraron de arriba abajo. ¿Nos sentamos en el living?, dijiste. Y cuando Clotilde se alejó un poco te acercaste a mí. Divinas las botas, ¿no? Como si me importara. Se sentaron una frente a la otra, un espejo que reflejaba distintos momentos del día. Una en pijama, la otra de punta en blanco.
- Sí, sí. Fabrice… Claro - dijeron al unísono.
- Yo me casé porque era hora y con él me divertía.
- Obvio.
- Además tengo lindos recuerdos de los veranos en los Hamptons.
- Soñado. En esa época andábamos bien.
- Pero después se compró la Play Station.
- Y ese fue el fin- dijeron las dos y largaron tu típica carcajada.
Yo permanecía de pie contra la puerta del living mientras analizaba ambos perfiles exactos sin poder creer lo que sucedía.
-Después apareció Jorge y volví a ser feliz- me miraron las dos y sonrieron. Te miré confundido, y también a ella. No pareció perturbarte y pronto las dos volvieron a hablar.
- Jorgito es un sol.
- Un amor. Jorgito, ¿nos traés un café?
Cuando volví y dejé la bandeja en la mesa las dos seguían discutiendo temas que parecían compartir, como compartían el gusto por las botas. Y ese tic que tenés cuando te ponés seria, que levantás y bajás una ceja de manera insistente, lo veía por dos y comenzaba a ponerme nervioso. Aún así me instalé de nuevo en la puerta para observar.
De no ser porque todos los días me hacés un desfile con las opciones de atuendo, diría que esta mujer había hurgado en tu ropero. Botas altas y paso firme, ruidoso, como vos. El mismo color de uñas. La raya del pelo hacia el mismo costado. Los cigarrillos de la misma marca; se prendían y se apagaban a la vez. La tos ronca por tu vicio me era familiar y el lunar debajo del ojo izquierdo también estaba repetido.
El café se terminó y quisieron una segunda vuelta. Por supuesto era yo quien debía traerlo. Me lo pediste con esa voz de nena que ponés cuando querés algo y te da pereza buscarlo. Ella te acompañó con la inclinación de la cabeza, la mirada y la sonrisa. Me fui a la cocina con la esperanza de que, al volver, encontraría a una sola Clotilde; dos era un exceso.
- A veces recuerdo aquellos años con nostalgia. La pasé lindo mientras duró con Fabrice- escuché desde la cocina.
- No está contento con la Neli.
- Yo creo que no.
El silencio invadió el ambiente cuando volví con una nueva ronda de café. No se miraron y en realidad hicieron poco por disimular la interrupción de lo que hablaban. Dejé la bandeja sobre la mesa y dudé en sentarme con ustedes. Clotilde Mastronardi, por momentos, me miraba raro. Me hacía sentir un extraño en mi propia casa. Bueno, tu casa. Aunque ya sé que siempre dijiste que era de los dos. Las sonrisas que me hacías y ella imitaba iban cargadas de un odio escondido. Cuando te fuiste un momento al baño Clotilde se quedó en silencio. Sólo me miraba, seria, las cejas quietas. Y sin embargo yo recibía su mensaje: Clotilde Mastronardi no me quería ahí. Tuve que hacerle frente, ésta también era mi casa. Y lo hice sin sacarle la mirada, tampoco le hablé.
Me fui del living cuando volviste. La computadora parecía ser un buen refugio: estaba cerca como para escuchar, pero no podíamos vernos.
- La compra de este departamento fue un error.
- No me parece. A mí me encanta.
- Sí, pero la casa en Beccar era divina.
- Difícil de mantener, y con la separación fue imposible.
- Entonces ese fue el error.
- Para nada. Fue lo mejor que podría haber pasado.
- Sabés que no. Era todo más fácil y el ropero estaba repleto de botas nuevas.
- Sí, todo tipo de botas, pero la relación con Fabrice se volvió insostenible. Ahora tenemos un trato amistoso. Y si está bien con la Neli…
- La Neli no es competencia para nadie, y Jorge con suerte te regala un par de medias.
Una de las dos apoyó la taza con firmeza y escuché que se ponían de pie. Me acerqué al living: el último comentario había sido demasiado. ¿Quién era Clotilde Mastronardi para decir una cosa así? Quizá un par de botas me era imposible, pero ¿quién sacaba al perro todas las mañanas?
Me acerqué a la puerta y Clotilde me miró de la misma forma que antes. Esa mirada que ponés vos cuando me olvido de hacer algo que me pediste. A vos no pareció molestarte y su perseverancia esta vez me ganó. Me alejé como si hubiera sido una orden y pude ver lo que sucedía por el reflejo de los vidrios en la puerta del living. Comenzaron a insultarse y luego se agarraron de los pelos y empezaron a forcejear. Los empujones las llevaron contra el televisor y luego a la otra esquina del ambiente donde dieron contra la mesa de la platería de tu abuela y se fue todo al suelo. A la María Antonieta de marfil le rodó la cabeza cuando voló del vajillero con uno de los manotazos que recibió de Clotilde. ¿O eras vos? Las tazas también se perdieron por algún lado y el Cinalli que colgaba imponente terminó destrozado en un rincón.
En vano intenté separarlas, pero las dos se pusieron de acuerdo y me empujaron fuera del living. Una Clotilde era fuerte y dos me superaban. No pude más que mirar cómo el departamento repleto de objetos que acarreabas de tu separación iba desplomándose a medida que golpeaban todo.
- Y ahora trabajás por unos pesos mugrosos.
- Me alcanza, estoy contenta.
- Siempre fuiste una gran negadora.
- Por eso ahora estoy mejor.
- Dejá de mentirte.
Del living pasaron al escritorio y el monitor de tu computadora hizo cortocircuito cuando una esquivó el cortaplumas. De allí fueron a la cocina, hacia donde corrí cuando escuché un doble grito de dolor, producto del café caliente cuando explotó la jarra de vidrio contra la heladera. Clotilde Mastronardi estaba llena de ira y cuando sus ojos coléricos me vieron en la puerta corrió hacia mí pero te pusiste en su camino y siguieron peleando.
- Pero no ves que así no soportás un año más.
- No soportaba más lo de antes.
- Estás usando todo lo que tenés en la cuenta.
- En botas.
- En un capricho.
Pronto estaban las dos tan golpeadas, tan inmersas en la pelea que me costaba distinguir cuál era cuál. Los objetos volaban de un lado al otro: cosas que años atrás habían formado parte de otra casa, cosas que habías guardado en una valija en un intento por dejar todo eso en el pasado; cosas que habías vuelto a sacar a relucir en un intento por convencerte de que mantenías el nivel de antes. En esa valija, que dejaste en el cuarto de huéspedes, habías metido a Clotilde Mastronardi, junto con las botas y los veranos en los Hamptons. Pero Clotilde, como vos, era fuerte y no se había dejado olvidar, o quizá vos, a propósito y con negación de por medio, no habías escondido bien la valija. ¿Es posible que hubieras estado esperando este momento, que Clotilde Mastronardi te viniera a buscar? ¿Era posible que el recuerdo de lo que habías sido antes fuese más fuerte que la decisión que tanto te había costado tomar? Pero si hasta me dijiste que Fabrice no era bueno en la cama. ¿O se trataba sólo del nivel de vida? ¿De las botas? ¿Por eso serían siempre tan altas?
Levanté la mirada y las encontré entre llantos, cada una en un rincón, les faltaba patalear. ¿Cuál eras vos: la que escondía la cara entre las rodillas o la que se quejaba desconsolada? Nuestra casa estaba destruida y al mirar alrededor sentí que excepto el peso de tener que ordenar todo no había nada que me molestara del destrozo, ni tampoco había allí nada que realmente fuera mío. Sólo el deseo de que así hubiera sido.
Me acerqué a buscarte pero ninguna respondió a tu nombre y los llantos siguieron hasta que no pude soportarlo más y busqué las llaves, me subí al ascensor con un breve momento de duda pero al fin, toqué el botón de planta baja, abrí la puerta, y me fui.
Una vez en la calle miré hacia tu balcón despojado de plantas donde a pesar de mi insistencia nunca me dejaste poner una maceta. De entre todas las ventanas que daban vuelta a la esquina pude ver que se abría la del living, de donde emergió, desaliñada pero triunfal, Clotilde Mastronardi sonriendo victoriosa con mi partida. ¿O eras vos?