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Rojas Brückmann, Maia (Holly Golightly)

Columpio para hipopótamos solitarios



Columpio para hipopótamos solitarios

Seudónimo:

 

I

Nadie osa interrumpirlos, enfrascados en su aburrido ejercicio, pelados de gracia y algo ebrios, los altos techos del local parecen cansadas guillotinas, vacías ya de metal y a punto de caer. Detrás de la barra, Alicia se frota los ojos para espantar el agobio que, como un hipopótamo enfundado en un bañador rosa, la sigue a todas partes. Del otro lado, un joven de piel sebosa y cabeza rapada tuerce una servilleta para convertirla en un modesto barquito, mientras espera a que lo atiendan, a que algo ocurra en esta turbadora noche de verano. El salón empieza a cargarse de humo, la horda va llegando, plagada de camisetas con frases en castellano poco castizo y alguna en valenciano.

Cortando el aire viciado, Alicia dispara las manos hacia las estanterías y se dedica horas a fabricar hileras de cubatas, ejecuta su coreografía entre copas de balón y la ginebra de culo generoso, agradece en voz baja y finge que es intocable. Sabe que todos miran la botella que baila entre sus manos y no le quitan la vista en encima, sabe también que ese es el momento preciso para mirarlos a la cara y descubrir, con esa rara cualidad esteparia, cuál es el ojo dominante del que está justo en frente. A pesar de sus intentos, Alicia no logra decidir si el ojo derecho de aquel tipo rapado es el más rápido, el más expresivo, el más fotogénico, o si el izquierdo. A veces son ambos, pero no ha conocido a nadie así, le intriga. La bulla es grande alrededor, pero no es eso lo que te molesta niña, no eres fácil, algo en tu rostro lo advierte. Él mira hipnotizado las pequeñas manchas en las manos de la camarera y la curiosidad lo lleva a levantar la vista, topa la mirada con ella que, sorprendida, derrama el Jim Bean fuera del vaso. En su inofensivo metro setenta, Alicia se siente incomoda por haber atraído toda la atención sobre ella, le gustaría ser transparente, arrancarse la pulpa palmo a palmo, se pone nerviosa al calcular el precio de unas copas al otro extremo de la barra, un agua mineral y un Ginger ale, veintiséis con cincuenta. Que no te distraiga el ruido gutural del lavavajillas, un lanzallamas, que echa los vasos muy calientes y aún sucios.

Es graciosa la camarera piensa él, ni guapa ni fea, siente alivio de no tener que esforzarse demasiado con ella, hacerse el bueno y guapito también cansa. La suerte es la suerte y punto, piensa, hay algo magnético en lo que habita fuera de la voluntad, en lo que no podemos decidir. Alicia mira hacia la entrada, deseando a su vez que nada azaroso ocurra y que Oana aparezca de pronto, con los audífonos colgándole como pendientes, su turno empezaba hace un cuarto de hora y si el jefe se entera de que ha vuelto a llegar tarde le armará la bronca, el venezolano tiene una rara fijación con la puntualidad, cuando a esa hora a nadie parece importarle. Y por si fuera poco, las ganas de ir al baño la ponen de mal humor, aún más que servir copas, que llegue de una vez, murmura y, mientras limpia la barra con la botella de Larios camuflada bajo el horizonte, se cierra el suéter.

-Si tienes frío puedo abrazarte -le dice el joven, con esos ojos de alambre torcido que la intimidan- soy Pablo. Ella apenas lo saluda.

El cabello le corta las mejillas, lo lleva tan largo como lo soñó en cuarto de primaria, cuando llevaba de melena tan corta que parecía un niño de labios gruesos, algo afeminado. Era macetita decía de chica, como si eso aliviara en algo su cuadrada pena de colegiala rechoncha. Y por ahí también asoma el traje de baño rosa con diseño de hipopótamos, el de la foto de playa. En un intento por escapar de los recuerdos, Alicia se decide a hablar.

-¿Esperas a alguien?- Pregunta, en voz baja.

-No, no- Pablo llega a la mitad de su cigarro y lo deja planear hasta el suelo. Alicia le señala el cenicero, le pediría que no fume, pero no se atreve, mientras bebe de su pajita ultravioleta lo que antes llamaba un Habana libre. Ahora grita más, dice cojones y curro, en vez de caray y chamba. Va sumando cosas en su cabeza, que es como una jaula de puertas abiertas, un lugar para aterrizar y nunca más a emprender el vuelo.  Pablo deja de contemplar la bragueta de su pantalón y presta atención a las chicas que entran en fila india, ordenadas y fugaces. Duda si levantarse o no de su silla, mejor esperar, para que al menos lo vean hablando con la camarera. Para Alicia todo ocurre en cámara lenta. Y con las agujas del reloj, corren desmembrados los recuerdos. Tiene la sensación de que hace mucho no va al cine. Es cierto, le da miedo andar sola desde que la asaltaron en la puerta de su casa en Lima para robarle el bolso de lona; no había nada en él, sin dinero, sin móvil, sin carnet de identidad, durante unos meses temió que volvieran a buscarla por pura venganza, por andar campante sin nada de valor encima, en calles donde el esplendor es incluso obseno. Ni siquiera en Valencia, donde todo ocurre sin vértigo, se siente segura desde entonces; menos aún con el calvo este merodeando la barra. Tiene dientes de caballo observa Alicia y lee en los ojos de Pablo la gula sobre las recién llegadas que van por sus primeros vasos, pronto ira tras ellas ¿Por qué dejarlo irse?

Hoy, a las tres de la mañana, los relojes deben adelantarse una hora, para conseguir cierto orden horario mundial del que Alicia está pendiente. Es un cambio importante, habrá perdido una hora de su vida, una hora sin recuerdos tallándole la cabeza, una hora entera en el olvido. Pablo hurga en sus bolsillos y se levanta para despedirse, será mejor escurrirse hasta la pista, suficiente conversación por una noche. Lo que aún no sabe es que algo ha hecho click en Alicia, algo como un mal pensamiento, como un calor repentino. Ella cree que es el humo del tabaco lo que la agita o puede que hayan  apagado el aire de la sala, quien te entiende Alicia.

-Quédate- le dice a Pablo -¿Qué te apetece?

Para él más vale pájaro en mano que ciento volando, pide un gin tonic y extiende un billete de veinte esperando que ella no lo acepte, tiene más, pero esa sería su señal. Alicia se dedica entonces a vigilarlo atentamente, siente hincos en las mejillas, rubor infeliz y se pregunta qué ha cambiado. Oana salta sobre Alicia, que recibe un beso en cada mejilla y los perdigones de Pablo mirándolas desde su taburete. Entonces lo ve, el ojo bueno de Pablo es el izquierdo, su lado fotogénico  también el izquierdo, qué razón tenía el director de foto que le contó que eso existía, que los ojos no eran iguales. Pero ponto recuerda sus ganas de ir al baño y sale de la barra, mezclándose con la gente que hace buen rato baila en la pista, empujándola al compás, desorientada, Alicia echa un vistazo sobre la barra, Pablo habla con una rubia.

En los aseos una chica se acomoda la camiseta frente al espejo. Alicia entra en uno de los cubículos, sin cerrojo, mira el inodoro desbordante y cree ver una barcaza bamboleándose. Fija la vista en un punto de la pared, donde debía estar el perchero en el origen de los tiempos, y se concentra, suspendida sobre el asiento, con los muslos resentidos por el ejercicio, porque para colmo no hay papel higiénico. Al tirar de la manija se asegura de que el barquito pendenciero también desaparezca en el remolino. Suficiente Southern Comfort  por una noche, el whisky le ha sentado mal. De espaldas al espejo, Alicia se acomoda la ropa, ni aún a solas mira su reflejo, se lava las manos con la cabeza gacha. La verdad, como que ya no quiere irse, irse sola al menos. Pablo va por la mitad de la copa, le ha quitado un cubo de hielo, Alicia se sienta al fin, junto a él.

-¿Y la rubia?- pregunta, presa del sudor.

-Pensé que te habías ido- le susurra Pablo y le acerca su vaso, suavemente. Mira la hora con impaciencia, demasiado tiempo empeñado, demasiado dinero para una noche. Desconecta el móvil y sigue la charla, con fatiga de plomo. Alicia mece los dedos, piensa que forman un lindo columpio, como el que tuvo bajo la mata de pacae hace muchos años, hecho con una llanta de coche y forrado de plástico. Cortaron el árbol y el columpio, le cortaron el pelo, la cortaron en muchas amorosas formas. Alicia quisiera que Pablo la acariciara con esas pestañas, cosquilleo de larvas, pellizco de alacranes. Él la adivina, se clava en el ir y venir de los dedos de Alicia, que golpea el fondo de la cajetilla y empuja un cigarro hacia la lumbre. Vamos, pide ella, mientras recoge sus cosas detrás de la barra, sus pasos son de una anormal, insólita precisión, aprieta las caderas para que no se le desborden como viejas palabras olvidadas

-¿No me das un beso antes?- pregunta Pablo al sujetarla del brazo.

Montan en un taxi, Pablo da su dirección, acurrucado en el asiento trasero. Afuera hace un frío de los mil demonios, el invierno no te gusta Alicia, pero ayuda a curtir el carácter.

 

II

La luz amarilla se extiende en la habitación, despojando a los objetos de su centro y haciéndolos explotar, cristalizados por la fuerza, contra las paredes. Pablo fuma su último tabaco. A su lado se acomoda Alicia, fastidiada por tener que compartir la cama., se estira toda y echa un vistazo alrededor, odia el cuarto todo blanco, nauseabundo, la lámpara de papel rota, el portarretratos vacío, el ordenador lleno de cenizas. Empieza a vestirse, todo le parece complicado a esa hora de la mañana. Pablo restriega el cigarro en el cenicero y se acerca por detrás. Alicia lo esquiva.

-Déjame- susurra ella –sino…

-¿Sino qué?- Pablo la tiende sobre la cama como a un enemigo, rozando sin querer la cabeza de Alicia contra la madera -Anda guapa, no seas quejica.

-Quítate- y lo empuja fuera de la cama de resortes oxidados. Cada vez más nervioso, Pablo se trae abajo una ruma de fotocopias apoyadas en los anaqueles y se desquita pateando el escritorio con el pie descalzo. Y cuando está a punto de irse sobre ella, Alicia responde con una arcada involuntaria que lo obliga a alejarse. Ella corre al baño, asolada por esa especie de hipo gigante, a punto de parir una burbuja, se arrodilla ante el inodoro y espera la siguiente arcada. Pablo se refugia en el catre, no hay ningún horno abierto a esa hora, ni comida ni tabaco, nada para quitarse la mala leche. A la espera de otro espasmo, Alicia se mira los dedos de los pies, quisiera quedarse ahí. Ya está bueno niña, le digo, levántate. Que te estoy hablando. Sin hacer caso, ella sigue ahí, hipnotizada por el color de sus uñas. Déjame en paz, grita. El baño parece torcerse como en esos planos holandeses que tanto le gustan, se muerde el labio inferior al verse descubierta por Pablo, que la mira desde la puerta sin saber qué hacer.

-Vete, vete- Pablo obedece y con gesto manso junta la puerta.

Alicia respira, cubre su rostro con una mano, más que nunca, tratando de zafarse del mareo. O de mí. La saco de sus casillas. A veces le digo que mejor se tire de un puente, aunque ya hace un tiempo le pusieron vallas protectoras. Se lo digo en broma, pero ella igual se descalabra y empieza a quejarse de dolores de cabeza. Lo de siempre, con el zumbido de oídos arranca su pataleta. Pablo, cada vez más inquieto, recoge su chaqueta y va hacia la puerta, esperando que Alicia no esté al volver. La manija se desprende, la coloca nuevamente y agita una y otra vez, pero no abre.

-Deja de llorar Alicia, que él se está yendo- Alicia mira alrededor, buscándome, se balancea de un lado a otro, como si viajara otra vez en el columpio de su infancia. Soy yo quien la anima a salir, a dar una vuelta, a despertarse por las mañanas, pero nunca me da crédito. Ella busca algo en las gavetas, el botiquín de puerta diminuta, revuelve pomos y algodones. Levanta con dificultad una hojilla de afeitar y la contempla sin voluntad, temblorosa ahí. No te atrevas.

-Déjame- Me lo dice a mí, está claro. Y yo le hablo al oído para calmarla, que no haga tonterías, las marcas quedan, son para siempre. Yo soy una marca. Si yo te quiero niña, me oyes atenta al fin, puedes sentir mi aliento en la nuca. Si quieres que me vaya lo haré, pero no me pidas que vuelva después cuando estés sola, hundida en la cama por varios días y te obliguen a comer las porquerías que cocinan tus compañeros de piso. Cuenta conmigo te digo, pero igual te haces ese tajo ridículo en el brazo. Coge mejor la navaja suiza sobre el espejo y hazlo bien, córtate entera. Acaba con mi paciencia de una vez. Pero te acobardas criatura, no te gusta la idea de estar sola y a oscuras, suspendida de un hilo infinito, porque los suicidas no tienen cielo, bien lo sabes. Destapa esa rabia como a una olla, sírvete de ella para vaciar tus cementos más grotescos y reafirmar tu piel con su ungüento. Sales del baño en puntitas, asomándote compasiva, con ese amor que has descubierto de pronto. Ves a Pablo desarmando el picaporte, a medio vestir, ese perfil narigudo de una milagrosa presa.

¿Aún quieres me vaya Alicia? Puedo oírlo, Pablo cree que tienes liebres en la cabeza, pero yo no soy liebre ni conejo, soy como un novio cabizbajo. No lo dejes ir, está a punto de arreglar la puerta. Muéstrale los ojos oscurecidos por el maquillaje, dile que quieres estar cerca de él una vez más. Sé que le gustas llorosa, no sientas vergüenza, él admira la rareza de ciertas mujeres, de ti, que te acercas con gracia. Tienes la fuerza, el garbo certero, te conozco, no harías nada que no desees realmente, sólo te doy el valor. Está saliendo el sol. La ventana se proyecta sobre el piso, aparecen las huellas del calor sobre el tablero, manchas luminosas. Es una hora asombrosa ésta Alicia, no la estropees, clávate en su cuello tantas veces, dale la vuelta y deja que te mire con la navaja en la mano, puedes regalarle esa imagen para siempre, sólo haz lo que te digo o me alejará de ti, dirá que estás loca, te harán volver a Lima. No dejes nada al azar, recoge tus cosas y vete tranquila, no corras, en la calle mira a la gente a los ojos, no hay nada que ocultar, que lo bonito enaltece. Borra esta última hora, como todos los relojes desde las 3am, mira hacia delante. Y si el próximo viernes el jefe te regaña por llegar tarde sonríe, sonríe hagas lo que hagas, a los vecinos, a los clientes, deja que se acerque el extraño un de ojos azules, que comprará margaritas al pakistaní para darte, deja que te bese la comisura, baila en lo alto, quítale también las penas.

El resto es pan comido mi niña, que la policía demora, si es que llega.

Entonces todos podrán apreciar tu belleza.

En la siguiente estación me bajo



Montada sobre los infinitos rieles, María observó el último botón de su blusa, rogando que no se le desprendiera antes de llegar a casa. El hilo blanco flotaba con la ventisca del sur, camino a Lurín, siendo arrancado de raíz del uniforme de gala en un abrir y cerrar de ojos. María se alejó de la ventana para tomar la capa de terciopelo del asiento contiguo, con su perfecta caída y el cordón alado, para cubrirse la curvatura del pecho. Miró alrededor para ver si alguno había sido testigo de su desliz, pero sólo encontró la energía cómica de los ojos de Zoila, que reía al verla enfundada en su capa de lujo, extendida épicamente ¿Juana de Arco con el uniforme de Nuestra Señora del Rosario? Una vez la había visto arrodillada ante una escoba, orando, pero nunca se le ocurrió que podía llegar a santa, menos con esos ojos chinitos y nariz de negra, verdad que su madre la trajo de Chincha en barco. Era rara María, así que no podía ser bonita.

La del botón raído vio las últimas casas desapareciendo tras la neblina. Pronto vería el sol, un poco más cerca del mar, sólo un poco, en casa de su mamá Paulina, donde podría tenderse bajo la mata de palta hembra, esperando que un fruto le caiga encima para comérselo bañada en su baba verdosa, algo impensable para las hermanas del Sagrado corazón, que dirigían la escuela normal en el convento de San Pedro al que María iba. Y en secreto, deseaba también poder lavar con palta sus cabellos, aunque tanta vanidad se veía mal en una joven de su edad, que ya cursaba el tercero de media comercial. Pero si algo había de extraordinario en ella era su caligrafía, redonda y fina, justo cuando estaba a punto de graduarse en diciembre próximo, poco antes de recibir 1929. Aún acalorada por el té que bebió al salir de la pensión, María se dedicó a revisar su maletín, buscando algo para abrochar su blusa. Zoila, metida de narices en lo ajeno, sacó del bolso de su amiga una cajita ovalada con detalle de flores en la tapa y se regodeó al ver el lápiz de labios rosa del tamaño de una bala.

-Si está nuevo- comentó admirada Zoila -¿Por qué no lo usas?.

María dudó un segundo -no sé- dijo -me gusta conservarlo así, nuevo.

Zoila soltó una risa tan fuera de lugar y, sin embargo, contagiosa, apuntó el creyón hacia María y le pintó los labios a la fuerza, embarrándole las comisuras.

-Ahora puedes usarlo- concluyó Zoila al devolver el colorete, cuya punta se había deformado por la presión. María se mordió la lengua, incapaz de molestarse con ella frente a tanta gente. No supo qué hacer, pero tampoco aflojó el seño, apenas sí buscó un pañuelo para quitarse el color de los labios, dejando pasar la rabia, aparentemente. Cuando el tren hizo la primera escala, María se distrajo mirando a la gente deambular por el andén, los zapatos de suela gastada de los vendedores, los botines del periodiquero o de aquel otro comerciante enano que se asomaba por las ventanas del tren, con zapatos de tacón alto, algo femeninos. Los pasajeros fueron llenando la cabina, siempre lejos de las muchachas, como espantados por su juventud, hasta que también esas butacas fueron ganadas por niños revoltosos, creando un ambiente de peleas y reconciliaciones, lágrimas y abrazos forzados. A punto de partir, abordó un muchacho de ojos rasgados que cargaba una pipa y un libro maltrecho, se instaló de pie cerca de las colegialas, a pesar de que quedaba alguno que otro asiento vacío a lo largo del pasillo.

-Mira,mira, un chino- susurró Zoila al oído de su compañera.

María echó un vistazo sobre el joven, hinchada de enojo, que nada tenía que ver con él. Y fue esa cólera en sus ojos lo que despertó curiosidad en él, que pensaba que si alguien era feliz era  por falta de inteligencia. La distinguió en su uniforme azul, el botón abierto de la blusa, el tinte rosa en la boca.

-¿Estás molesta Maríta? ¿Ita?- preguntó Zoila, mosqueada.

Ignorándola, María hundió la vista entre sus cosas, evitando a toda costa el asecho del aquel joven. Ni corta ni perezosa, Zoila recogió su valija, avizoró un asiento libre dos filas más allá y, sin avisar, fugó a su nueva ubicación, que la dejaba de espaldas a su compañera. María contempló la mancha rosa en el pañuelo, le gustaba el rosa, pero sobre todo le gustaba recordar la tarde en que su padre le obsequió el colorete, admitiendo que ya era una señorita. El viejo había dejado su ciudad natal, Cantón, a su otra hija, había dejado incluso su nombre en la aduana del Perú, cuando al entrar al país lo bautizaron como Falcón, en vez de Tan Kuong. Sí que recordaba al viejo, frecuentemente, pero con algo de vergüenza, si todos miraban con desdén al chino, los blancos, los criollos, los negros. A veces también a ella. Y no había más que verla, con los pómulos alzados y los labios menudos, algo de china había en su mirada agazapada y el gesto encendido. María escondió inmediatamente su pañuelo al ver que ocupaban el asiento contiguo. Desgarbado, de zapatos lustrosos, quizá demasiado, el joven de ojos rasgados se acurrucó en la butaca junto a ella, colocó sobre sus piernas el morral de cuero y lo usó como atril para depositar el libro que siguió leyendo con atención. Maríta se sentó muy erguida, intimidada por la cercanía, arregló su capa y, cerrándose la blusa con un prendedor, pensó que él notaría su nerviosismo, por lo que trató de cerrar los ojos y dormir, pero su cabeza no dejaba de mostrarle luces alborotadas, que la obligaban a mover las pupilas bajo los párpados, como si estuviera atravesando un mal sueño. Incómoda, culpando a su amiga, se abrió un poco la pesada capa, dejando sus codos descubiertos, cuando se percató de su propia impaciencia ¿lo sabría él? Se concentró en controlar la respiración, inhalando al contar hasta cuatro, guareciendo el aire en la boca del estómago y exhalando al compás de los números. En ese trance, notó que el muchacho se arremangaba la camisa, colocando su brazo a la sombra del de ella ¿Lo haría para ponerla nerviosa? Ita se negó a replegarse, pero ¿podría él sentir sus latidos? Que ella creía grandes y revueltos. Era un extraño, ni feo ni bonito, ni bueno ni malo, apenas ajeno.  Inmóvil, con las orejas sumidas en el ardor, tuvo miedo de lo que podría pasar a causa de ese roce. Concentrada en aplacar sus corazonadas, ensayó oír el cuerpo del muchacho, dejando caer cada uno de sus miembros como un animal muerto. Entonces supo que él también estaba tenso, congelado en la misma página desde hacía mucho y, cuando el tren cogió una curva cerrada, todo el peso de la muchacha de dieciséis años se desplazó hacia él, demasiado tarde para impedirlo. Ita sintió la tibieza fulminante, que irradió las falanges, la muñeca, los pechos, la entrepierna, un hormigueo y de pronto un escalofrío, sin poder apartarse siquiera, acobardada, decidió no oponer resistencia.

A esa hora de la tarde, totalmente rendida, ante el camino enderezado, dejó que el extraño se arrimara otro tanto, para arrancarle más de ese calorcillo, una que otra centella, menudos hipocampos. Tuvo que respirar hondo de esa pesada brisa y divisó unos islotes, que su abuela decía –cuando aún podía decir algo coherente- que era una pareja que se arrojó al mar para huir de sus enemigos. Uno tan cerca del otro, tal como ella ahora. Ita se descubrió el brazo y lo devolvió al exacto lugar en donde estaba, ni más ni menos, justo en el punto de ebullición. Oyó anunciar el nombre de la siguiente parada y deseó que el joven siguiera recorriendo la misma ruta, sin escalas, hasta el día siguiente o incluso después. Tuvo el impulso de moverse, pero no lo hizo, como tampoco el extraño, que siguió pegado a la butaca, leyendo su eterna línea. Por el rabillo del ojo, Ita pudo ver a varios pasajeros caminando por el arenal de Villa El salvador ¿A dónde iría él? Sintió de pronto un toqueteo en el nacimiento de la mano ¿Sería casual? Prestó atención a las muñecas callosas, dedos finos, las uñas perfectas del desconocido. Y supo que debía ocultar las suyas, sin recortar, con esas aureolas carnosas tan feas. Cerró un poco las manos, exhibiendo ahora la cicatriz estampada en el dorso, apenas una delicada línea en relieve. Ya llegaba su paradero ¿Y si se quedaba? ¿Hablarle un poco? ¿Pedir permiso? ¿Conversar sobre sus clases de historia en la universidad? ¿Escribir su teléfono en un papelito? ¿La abordarían así otra vez? Se inclinó apurada para recoger su mochila y echó un vistazo a las zapatillas de su acompañante, tan viejas, demasiado quizá.  

-¡Esquina bajan!- gritó Ita, a tiempo para llegar hasta la puerta, sintiendo tras ella la mirada del muchacho que había compartido con ella una hora de viaje, pero sin valor para voltear a verlo. Lo dejaré pasar, se dijo. Con medio cuerpo al aire, el cobrador pegó unos golpes en la carrocería y la combi se detuvo en seco, obligando a Ita a plantarse firme para no hacer el ridículo al caer de culo. Bajó el primer escalón con dejadez, dando tiempo para que alguien se anime a venir tras de ella, luego el segundo, del fondo le gritaron que se apurara.

-Ya pues mamita- le soltó una voz ronca -no tenemos todo el día.

Una vez en tierra, descubrió que estaba sola, vio partir la buseta descolorida, alejándose por la carretera al sur, más allá de Lurín, el pueblo de su abuela.

Al abrir su mano, entumecida aún, halló el botón húmedo y revisó el lugar de dónde había sido arrancado por el maloliente viento del sur, justo en la parte superior de su camisa a cuadros, que dejaba a la vista su esternón y un tanto de sus enanos pechos. Antes de cruzar la pista se calzó la casaca de jean, caminó las cuadras que faltaban hasta la chacra de la abuela María, con ganas de tumbarse bajo las matas de pacae, que quién sabe cuántos años tendrían. No recordaba el rostro del extraño, si era joven o guapo, nunca oyó su voz, pero sintió una especie de desilusión qué la incomodó. Esa tibieza, el recuerdo al menos, la hizo cruzarse de brazos y caminar deprisa, vio la casa a unos metros y recordó que la abuela le había contado que una vez, cuando regresaba del internado de Barrios Altos en tren, un chinito se había sentado junto a ella, vestida de uniforme de gala y que, calladito, apenas con un toque largo, le hizo sentir algo como cariño, como pena. Ita se preguntó si habría sentido lo mismo que su abuela, que iba al colegio en mil novecientos veintialgo. Como si, por un truco de magia, hubiesen compartido la piel, o un remoto pedazo, durante el tiempo que estuvieron pegadas a sus desconocidos. No, ni hablar, esas eran tonterías de vieja, si la abuelita ni recordaba que había tenido ocho hijos ni que ella era su nieta, y eso que venía todos los domingos a verla, menos recordaría al chino ese. Vino a su mente la única foto de doña María con su uniforme de lujo, la imaginó coqueta con el creyón de cajita dorada que ella había robado del ropero plagado de naftalina. Sí, el viento del sur olía a viejo, a ropero revuelto. Y una vez frente al portón, Laurita pensó que felizmente su abuela tampoco recordaría que el tren había sido clausurado hacía ya muchos años, en 1964, según contaban sus tíos. Laura llamó a la puerta con fuerza, con ganas.

-Ya llegué abuelita María- gritó, dejando caer el botón roto, a gusto con su nuevo escote.

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