Piazzetta Tarsia es como una escenografía natural, le había dicho Ana. Parece hecha adrede para acoger una platea en su centro y dispone de palcos propios que –a falta de público– usan sus habitantes, cuya media de edad oscila entre los setenta y los ochenta años. En realidad parecen figurantes, al más puro estilo de la dramaturgia napolitana. Ellas, robustas, con el pelo recogido en un moño, tendiendo la ropa sobre las barandillas o en cualquier recoveco improvisado, merodeando escudriñantes, siempre atentas a cualquier movimiento, a cualquier viandante de paso, a cualquier moto –normalmente con más de dos personas a bordo, sin casco para poder hablar mejor por el móvil o con los ocupantes de otra moto que circula haciendo eses junto a la suya–, a cualquier cosa. Ellos, con bastón y sombrero, mucho menos vivarachos, falcados en una silla destartalada durante horas sin que cambie apenas la expresión de su rostro, un rostro con menos surcos de cuanto cabría imaginar, áspero, negro. Como el gato que deambula por la plaza para despertar el terror de todas las señoras, que empiezan a invocar a la Virgen en napolitano cerrado, a gesticular esperpénticamente, haciendo cuernos con los dedos y corriendo a tocar hierro de inmediato; y de los señores, que repiten los mismos gestos pero con mayor pereza, aprovechando las patas de la silla para no tener que moverse demasiado, a la vez que se rascan los testículos a fin de que se produzca el conjuro contra la superstición.
O puede que simplemente deambule como cualquier gato más para disfrutar del sol, presente el noventa por ciento de los días del año napolitano. Sólo ese diez por ciento consigue variar esta dinámica. Entonces, todos los figurantes parecen adquirir un semblante casi de pánico, de desesperación ante la imposibilidad de proseguir con la propia rutina, de tender la ropa en la barandilla, de falcarse en la silla destartalada, de deambular o tomar el sol. También el resto de Nápoles deja de hervir sólo en esos casos en que la lluvia se apodera de las calles y las almas de quienes las habitan. Paradójicamente, es en ese diez por ciento donde la plaza se aparece más sucia que nunca, inundada por pequeños riachuelos marrones que recorren los enormes adoquines de piedra lávica negra llenos de saltos y depresiones, los desconchados de la fachada de Palazzo Spinelli, que domina el escenario con sus colores de viva decadencia.
Gabi atraviesa la plaza en la que ya es su pequeña rutina: bajar a la estación del metro que desde Montesanto conecta con la antigua ciudad de Cuma, donde se acaba de incorporar a unas excavaciones. Hace un día espléndido, camina sin las prisas de quien pretende acabar lo antes posible con una obligación, sino con la parsimonia de quien desea prolongar un placer reciente. Baja por las callejuelas repletas de pequeños ultramarinos y droguerías que están abriendo y se para frente a la estación para tomarse un café con crema de avellanas dulce y espumoso, pero servido en una tacita tan ardiente que la obliga a beberlo de un trago. Aquí casi ningún bar tiene mesas donde sentarse y leer el periódico durante la consumición, todo el mundo permanece de pie junto a la barra sólo durante esos pocos segundos. Luego pagan rápidamente y se van.
Cuando llegó, un par de meses atrás, después de haber aceptado un trabajo que no requería experiencia sino movilidad, no conocía nada sobre el territorio que ahora va viendo por la ventana del metro más que las historias de Ana, una vieja amiga de la universidad que por aquel entonces había obtenido una beca en la Facultad de Bellas Artes de Nápoles para especializarse en decorados y atrezzos. Durante ese periodo Ana tenía que realizar un proyecto de escenografía y había decidido ambientarlo en Piazzetta Tarsia, muy cercana a casa de su amigo Paolo, por la que pasaba cada vez que iba a visitarle y que le llamaba especialmente la atención.
Hacía algunos años, los padres de Paolo, que viven en una granja sobre las faldas del Vesubio rodeados de cultivos de tomate y animales, habían dado la entrada para una casa heredada por un amigo de familia, el cual se la vendía como favor “a precio de ganga”, y cuya hipoteca Paolo tendría que acabar de pagar algún día. Mientras tanto, en vista de terminar las prácticas, a estas alturas ya menos antes que después, sus padres habían decidido alquilar una habitación para cubrir los gastos.
Desde que Gabi se encuentra en la ciudad ésta le ha causado buena impresión, a pesar de su extremado caos. Durante sus paseos, tanto con Paolo como en solitario, ha descubierto lugares de una fuerza extraordinaria, la mayoría de ellos estrechamente ligados al mar y al volcán: Castel dell’Ovo, el castillo más antiguo de la ciudad, estratégicamente fortificado sobre un islote de toba en medio del golfo; el cabo Posillipo con el parque Virgiliano, desde donde se divisan los dormidos cráteres de los Campos Flegreos y las islas de Capri, Procida e Ischia; la misma Pompeya, tan abandonada a los fines turísticos y al degrado pero que tanto le había impactado al verla, a pesar de haberla estudiado cientos de veces antes.
Los primeros días solía comer en pequeñas trattorie familiares: abundantes platos de pasta, moluscos, pescado all’acqua pazza, longanizas con friarielli, todo tipo de fritos (desde tortillas de spaghetti hasta croquetas de arroz rellenas), pizzas, los más variopintos dulces… Como no cuesta mucho y entonces no estaba trabajando todavía, se lo había podido conceder. Ahora ya se ha habituado a cocinar y también –aparte del bocadillo a mediodía con los compañeros de la excavación, de lunes a viernes– a comer más en casa, muchas veces con Paolo, quien pasa la mayor parte de su tiempo en ella viendo películas “de culto” (o al menos del suyo) y escribiendo relatos o pensamientos en el baño, que luego deja por el suelo.
Gabi también se ha encontrado bien con él enseguida, así como con los muchos amigos suyos que van y vienen por la casa de forma habitual. A veces, por la noche van a un cine cerca de casa del que Paolo es asiduo donde pasan sólo películas “de autor”. El primer día que fue con ellos se quedó pasmada cuando a mitad de una de éstas, de duración normal, después de que el noventa por ciento del público se hubiera pasado todo el rato comentando las escenas en voz alta, de repente encendieron las luces para hacer un descanso y toda la gente empezó a levantarse a la vez, a precipitarse hacia el bar para comprar todo lo comestible que hubiera y luego hablar a grito pelado de una fila a otra mientras engullían, Paolo y amigos incluidos. Así durante más de quince minutos, lo que tardó en empezar la segunda parte.
Gabi va en el metro preparando los dibujos que ha de terminar hoy. Hace unos días encontraron una extraña escultura funeraria del periodo griego con forma de esfinge, un gran hallazgo, puesto que no se conocía ninguna así hasta ahora. Éste es su primer trabajo serio desde que acabó la universidad en España y tiene ganas de aprovechar bien el tiempo que pasa en la excavación: de nueve de la mañana a siete de la tarde, contando la pausa para comer.
A veces le sigue costando entender el italiano debido al fuerte acento local. No es lo mismo leerse un libro de Calvino o Tabucchi en lengua original tumbada en la playa durante las vacaciones que empezar a hablar desde buenas horas de la mañana: con el camarero mientras desayuna en el bar, con los compañeros de trabajo, con la señora de la verdulería, con Paolo y sus amigos cuando llega a casa, cada uno con su propia jerga, así hasta que se lava los dientes para ir a la cama, sin haber pronunciado ni una palabra en castellano, a excepción de las pocas llamadas que recibe desde España.
En Nápoles no hay muchos extranjeros viviendo de forma permanente. La mayoría de ellos son inmigrantes asiáticos o africanos que han adquirido el mismo acento que los locales y se han integrado sin demasiados problemas en su red social, en sus costumbres, como la de ir más de dos sin casco en una moto, cruzar por cualquier parte de la calle sin esperar que cambie el semáforo (entre otras cosas porque ninguno funciona, más bien parecen objetos de anticuario) o salir los jueves, viernes, sábados y domingos a comerse una pizza con los amigos.
Se acercan los Carnavales, Paolo está organizando una cena con sus amigos para el que ellos llaman “martes graso”. Nunca mejor dicho, a juzgar por el menú que, a petición suya, preparará y traerá su madre expresamente desde el pueblo, el típico en tales fechas: de primero –y único– plato, lasaña rellena de albóndigas en salsa, longaniza, mozzarella y requesón, recubierta con una generosa capa de parmesano; de postre, pastas fritas espolvoreadas con azúcar glasé (llamadas chiacchere) mojadas en sanguinaccio, una especie de chocolate a la taza con piñones y fruta escarchada al que originariamente se añadía sangre de cerdo. Aunque su venta quedó prohibida hace años, por suerte en el pueblo siguen haciendo la matanza y, como allí no se tira nada, la madre podrá usarla para que Gabi pruebe la receta genuina.
Aunque los Carnavales no tienen una raíz local, podrían haber sido inventados perfectamente en Nápoles, tierra de Polichinela, el ingenioso y ambiguo sirviente de la Comedia del Arte, gran rival de Arlequín que con su máscara negra de nariz aguileña, su gorro puntiagudo y su traje blanco se mete en un lío tras otro, protegido por su ingenua apariencia, y no duda en usar su garrote contra quien no piensa como él. Polichinela, que no tiene nada que ganar ni perder, se enfrenta con su espíritu alegre y generoso a todo tipo de adversidades, siempre en busca de comida, bebida y mujeres, a la vez que sufre ante la imposibilidad de conseguir los favores de su amada Colombina. El verdadero paradigma napolitano.
En los últimos años los Carnavales se celebran bastante, pero siempre a la manera del lugar: de la misma forma que lo dulce es muy dulce y lo graso muy graso, las calles se llenan de excesos como arrojar huevos podridos desde las motos o llenar de espuma a quienquiera que se ponga a tiro. Hasta el motocarro que pasa cada mañana por debajo de la ventana de Gabi a primera hora pregonando la venta de patatas y cebollas durante este periodo incorpora a su repertorio máscaras, cotillón y otras baratijas para las fiestas. Las mujeres del vecindario responden a la llamada y desde los balcones más altos empiezan a llover cestas para que el señor del megáfono deposite sus compras. Comprobada la mercancía, la recogen y vuelven a tirar la cuerda con la suma cantada.
Cuando llega a Cuma ese día, sus compañeros están recogiendo todos los utensilios de trabajo esparcidos por el sitio y los taburetes donde habitualmente se sientan a dibujar, mientras las excavadoras arrojan tierra sobre las ruinas descubiertas. Uno de ellos le explica que tienen que marcharse porque no les han renovado las subvenciones, mientras se llevaban a cabo las obras de la nueva línea del metro han descubierto unas barcas romanas y los mandan allí a todos: falta poco para las elecciones y la estación debe abrirse al público antes de esa fecha. Además, era una crónica anunciada, le dice, los museos de Nápoles están saturados y hubiera sido imposible restaurar y mantener los nuevos hallazgos.
Cuando vuelve a casa por la noche, Paolo está en la cocina con una chica, no la había visto nunca, se presenta, se llama Francesca, parece tímida y evita mirarla a los ojos pero es cordial. Paolo le ofrece sentarse a probar la pasta con patatas que ha preparado y el vino hecho por su tío, el mejor remedio contra las penas. Gabi se desahoga con ellos mientras Paolo y Francesca hacen gestos con la cabeza como si lo que está contando no les sorprendiera lo más mínimo, aquí las cosas siempre acaban así, dicen. La sobremesa se prolonga durante un buen rato mientras se acaban el vino, poco a poco Francesca va cogiendo confianza. Le pregunta de qué se disfrazará para Carnaval, ella de pintora, Gabi no lo sabe aún, se les ocurre una idea: de girasol, como si se tratara de una obra pintada por Francesca. Cuando llega la hora de darse las buenas noches ya parecen buenas amigas.
Las siguientes semanas se convierten en un infierno para Gabi: los nuevos horarios son mucho más duros, además de las barcas romanas han descubierto el cinturón murario construido por los aragoneses y se sospecha que los restos enterrados sean muchos más al tratarse de Piazza Municipio, desde siempre una de las principales de la ciudad. Así es: conforme se levanta la tierra van apareciendo termas, una galería subterránea que conecta Castel Nuovo con el puerto, mazmorras, frescos…
Como desde su zona no hay buena combinación de autobuses, cada día sale al amanecer para ir a pie hasta las excavaciones y llega a casa a las nueve de la noche como pronto, sábado incluido, por lo que durante el camino ya no ve ni una tienda abierta donde pararse a comprar algo de comida, tampoco le quedan fuerzas para salir a tomar algo con Paolo, Francesca (que ya duerme todos los días en casa) y el resto de amigos, se pasa los domingos durmiendo y leyendo. Francesca le aconseja que coja un taxi siempre que vuelve de noche, a esas horas es peligroso andar sola por el centro de Nápoles, ella nunca lo hace, pero considerando que Francesca tampoco se sube ni a autobuses ni a metros ni a ascensores ni a aviones por fobias varias, tal gasto le parece innecesario. En general, todo el mundo le ha advertido que debe tener cuidado, pero ella no ha experimentado una especial sensación de riesgo, sólo vocerío, alboroto, confusión.
Cuando llega el lunes antes de Carnaval su estado físico y anímico es deplorable. Por si fueran poco los horarios, la sociedad para la que trabaja todavía no le ha pagado ni un céntimo en los casi tres meses que lleva trabajando para ellos. Una compañera le ha dicho que eso también es normal, que se lo tome con calma porque aún tardarán.
Al volver a casa se topa con Assunta, la madre de Paolo, una mujer de aspecto rollizo y jovial que va de un lado a otro maniobrando con innumerables ollas y bandejas. Enseguida se le acerca para llenarla de besos y preguntas, es la primera vez que coinciden aunque va a ver a Paolo a menudo cargada de conservas en aceite, fiambres, rosquillas saladas, pasta fresca y quesos varios, todo delicioso y casero, como Gabi ha tenido ocasión de comprobar.
Paolo parece irritado, pone cara de malas pulgas, tropieza con los muebles, se le cae todo lo que pasa por sus manos. Assunta no tarda en hacerle un comentario en su cantinela napolitana para Gabi imposible de descifrar. Paolo se da cuenta y le explica con impaciencia que su madre ha usado una expresión local que literalmente se traduce “estar en trece”, en referencia al número de comensales de la Última Cena y que viene significar estar siempre en medio, de más.
Gabi se despide educadamente mientras ellos siguen discutiendo y va directa hacia la ducha. Una vez en su habitación, ya tumbada sobre la cama mirando el techo con el balcón abierto, por donde entran los sonidos del exterior, Paolo llama a la puerta. Ha discutido con Francesca, le ha dicho que no cuente con ella para mañana. No tiene ningunas ganas de ponerse a preparar nada, está de los nervios sólo de ver a su madre de arriba para abajo invadiendo toda la casa. Inmediatamente Assunta lo reclama a voz en grito para que saque la lasaña del horno sin causar destrozos.
Vaya, piensa Gabi mientras Paolo sale, me he quedado sin autora. Acto seguido se queda dormida todavía en albornoz.
Al día siguiente consigue cogerse la tarde libre por ser vísperas de Carnaval, en cuanto sale del trabajo se va a comprar tiras de yeso, témperas y celofán para hacerse ella sola el disfraz de girasol. En una tienda de “todo a 1 euro” encuentra un espantoso gorro de tafetán verde con un volante amarillo, ¡perfecto! Necesita animarse un poco, sentir por fin los rayos del sol y la normalidad de las calles abarrotadas, volver paseando tranquilamente hasta casa. Piazzetta Tarsia se le aparece toda engalanada para la cena de barrio que tendrá lugar al aire libre, desde las bulliciosas cocinas de los bajos llega un intenso olor a cebolla y especies, las señoras entran y salen en un atolondrado intercambio de recipientes y cachivaches.
Su casa también es un hormiguero, entre las personas que han acudido para ayudar a Paolo está también Francesca, vestida con un mono de mecánico todo manchado de pintura, paleta y pincel enormes en mano, éste último hecho con una fregona. Cómplice y sonriente, se ofrece para ayudarla a hacer su máscara y pintar sobre ella las semillas del girasol. Hecho esto, eligen un pantalón y una camiseta verde para Gabi y Francesca la enrolla toda en el celofán, con el que crea también la forma de unas hojas a ambos lados de sus caderas. Luego se unen a los demás para enseñarles el flamante resultado y poner la mesa. Qué curioso, piensa Gabi mientras cuenta cuántos sitios hacen falta, al final somos trece…
Ni que decir tiene que hasta la sangre de cerdo está para chuparse los dedos, la cena transcurre entre risas, vino y cháchara. Aunque para ellos la celebración carece de su connotación religiosa, realmente parece que estén a punto de comenzar la Cuaresma y que ésta sea su última ocasión para dar rienda suelta a sus arrebatos, dejarse llevar... Poco a poco se van levantando para ponerse a bailar como locos y seguir bebiendo hasta que ya al amanecer alguien propone ir a una fiesta, exactamente lo que Gabi desea: salir y continuar con la diversión.
Por la calle no hay demasiadas personas disfrazadas, el ambiente es festivo pero algo tétrico, dominado por un fuerte olor a rancio. Sobre el suelo se ven numerosas marcas de espuma y huevos podridos junto a confeti y serpentina, botellas vacías… Mientras caminan por Spaccanapoli, una de las calles más concurridas del centro, así llamada porque atraviesa toda Nápoles partiéndola en dos, van pasando decenas de ruidosas motos llenas de gente a bordo con ganas de jaleo. Gabi va charlando animadamente con Francesca, ha estado hablando con Paolo sobre empezar a vivir juntos, así se convertirían en compañeras de piso. La idea les entusiasma. Además, una amiga de Francesca es restauradora para el gobierno regional, en caso de que Gabi decidiera quedarse a largo plazo tal vez podría ayudarla a encontrar un trabajo más estable, si hay algo que no falta en Nápoles son los sitios arqueológicos.
Una moto ralentiza detrás de ellas, Gabi está tan ensimismada que no se da cuenta, en un segundo siente un golpe en la cabeza, alguien le tira del pelo y le arrastra bruscamente hacia delante desde la moto, no la suelta hasta algunos metros más allá, se desploma en el suelo. Durante unos instantes permanece con la mejilla apoyada sobre los adoquines de piedra lávica, inmóvil, mientras a cámara lenta ve los pies de los otros doce que corren a socorrerla.
Cuando la incorporan se siente dolorida, aturdida, se toca la cabeza, sólo le sale un poco de sangre. Se da cuenta de que le falta el gorro, mira a su alrededor por si se hubiera caído al suelo, pero no lo ve, se lo han llevado. Luego comprueba el bolso, sigue colgado en su hombro, dentro no le falta nada.
Semejante número simplemente para robar un gorro de girasol.