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Pazos Lockhart, Helios (Carlos V)

Como la condena

COMO  LA  CONDENA

Miraba fijamente sin ver la imagen que deambulaba inmóvil delante suyo. El profesor caminaba frente al pizarrón y los sonidos de sus labios mudos morían antes de alcanzar el estruendo interior: “vendrá María ?”

Pregunta equivocada, ya está aquí. Está sí, pero una cosa es venir a clase el miércoles, y otra volver a encontrarse, verse de verdad, no coincidencia geográfica sino reconocer la identidad en un acto que una, que sume, que construya, y porque no y tal vez sobre todo que divierta.

La semana anterior sólo tomaron un café pero eso  bastó para enmarcar un mundo de discrepancias sobre todos los temas, cosa que normalmente hubiera sido interesante, sentía especial placer en discrepar y creía que esa era la respuesta más vital a cualquier desafío, pero en este caso maldita gracia le hacía no encontrar armonías que quedaran como cálidas anclas de referencia y dieran la esperanza de continuidad a algo que prometía ser enriquecedor y estimulante.

Recordaba con una extraña mezcla de vergüenza, arrepentimiento y orgullo el primer tema de encuentro y de discrepancia. Ella leía “Funes el memorioso” y disfrutaba con las obras de Milan Kundera. El comenzó con un estúpido y agresivo juego de palabras llamándolo Kulan Mindera queriendo describir donde suponía que tenía la mente, siguió afirmando que sus ideas sobre lo que era humor, amor, solidaridad, comprensión y demás artículos necesarios en la cartera de la dama y el bolsillo del caballero eran tan parecidos a lo real como un hipopótamo al agua mineral Salus, y que ojalá la realidad que ayudaba a construir con esa mirada extraviada tuviera cada vez menos lectores.

Cuando terminó con Kundera, ignorando que obviamente a ella le brindaba por lo menos el placer del estilo y/o de una síntesis coherente con efectos positivos, arremetió contra Borges acusándolo de pintar personajes que despreciaba y tal vez ni le interesaban, contraponiéndolo a la pléyade de sus predilectos desde Voltaire a Mark Twain, todos ellos caracterizados por un gran afecto hacia cada personaje, fuera éste virtuoso o malvado, llegando a Bradbury quien en muchos casos en su vitalismo animista amaba no sólo a sus creaciones humanas sino que hacía sentir devuelto hacia uno el profundo compromiso emotivo depositado en cada objeto y en la naturaleza toda.

Creyó que era una consecuencia del animismo contagiado cuando la figura plana del profesor cobró vida encarándolo directamente y le arrojó sin compasión la pregunta:

- Que camino seguimos ahora ?

En un segundo pasaron vertiginosas mil imágenes.

Lo primero que apareció y casi dice fue le pedimos disculpas a María.

Lo segundo mientras enrojecía fue pensar de qué carajo estaría hablando el profesor antes de tener la impertinencia de interrumpirlo.

Lo tercero fue el pánico de caer en una situación como la que contaba su tío Tito, cuando un compañero le golpeaba la rodilla en muda súplica de auxilio porque el profesor que hablaba de evaporación y lo interrogaba en vano le preguntó finalmente :

“ Si dejo en la azotea de mi casa un balde con un poco de agua salada y subo quince días después, que encuentro? ”, el Tito le sopló bajito “dos baldes”, y el desgraciado que no atendía ni entendía al profesor y tenía toda su angustia pendiente de la ayuda de su amigo repitió sin examen lo recibido: “dos baldes ” Suspiró hondo y arriesgó:

- Bueno, tal vez habría que contar con algunos datos más...

- Muy astuto, dijo el profesor volviendo al pizarrón y desapareciendo bajo el aplauso unánime de toda la plaza de toros que aclamaba enardecida la verónica.

Los últimos quince minutos demoraron siglos en los que no se animó a desatender del todo la clase, puso su mente en multitarea y periódicamente intercalaba adecuados gestos de aprobación para desanimar al profesor mientras trataba de inventar la telekinesis para empujar el minutero y soñaba a la vez con lo pasado y el futuro inmediato, cargado de ambiguos presagios angustiantes y alegres.

Su imagen frecuente del futuro no era muy alegre, aunque se esforzaba en mejorarla. Sobre eso también habían discutido, contraponiendo una visión optimista o tal vez inocente de María con la pesimista o tal vez lúcida suya.

El había sostenido que la maduración es un largo camino a la soledad, y lo fundamentó concienzudamente. Describió desde el nacimiento cuando se es centro del universo y parte indiferenciada de él, con todos para servirnos y la luna al alcance de la mano; el proceso de individualización y reconocimiento de sí como ser diferente; el comer la manzana, descubrir que el animismo está en nosotros y no en la naturaleza, que inventamos la religión, que el hombre no es el fruto esperado de la creación sino un fortuito producto contingente del azar, que nuestros intereses no coinciden ya con los de nuestros compañeros de nursery, ni de escuela, ni de liceo, ni de facultad, ni de política, ni, ; que los grupos homogéneos se mantienen gracias a malentendidos o la renuncia a crecer ejerciendo el criterio propio; en fin, cómo el ser mas uno mismo nos va privando de iguales; en suma, cómo la maduración es un inexorable camino a la soledad y cómo la historia abunda en ejemplos de que el crecimiento como individuo implica aislamiento, que se evita sólo en caso de renuncia o de incapacidad.

A María la tesis le pareció razonable pero triste y por lo tanto inaceptable, de modo que aunque el tema le interesaba poco pintó con fuerza una realidad donde lo que se producía era una convergencia entre multitudes diferenciadas a un nivel superior.

- Cuando descubriste la muerte sentiste una angustia personal y única; cuando descubriste el amor, si es que lo descubriste, creíste haber inventado algo nuevo en el universo, y creo que el paso relevante de maduración no fue inventarlo sino descubrir después que otros millones de seres lo habían experimentado antes.

El recuerdo del encuentro con María le destrozó el mascarón de proa del que estaba orgulloso y que era una racionalidad sólida, incisiva y eficaz, pero en estas aguas era absurda, inútil, descontextualizada. Cuando se mencionaron los boleros el naufragio fue total.

Para María los boleros representaban la ternura y una dulce forma de comunicación del amor. Para él lo importante era La Verdad, y no toleraba un lenguaje pegajoso cuyos contenidos eran absurdos que no cabían en ninguna lógica masculina, y cuya forma asimilaba a los momentos de ternura del novio de su hermana, que venían como una diarrea incontrolada al extremo de equivocarse y decirle “mi amor” al perro o a lo que se atravesara. Era entonces como un hervidor que derrama su contenido sobre lo que encuentra, sin conocer su objeto, sin que haya real mensaje ni receptor, no podría ser parte de un diálogo sino el error de dos monólogos, el que cree que hierve para alguien y el que cree que derraman para él.

- Y entonces la música que ? - dijo enojada María, - Debe tener un mensaje cierto y concreto y ser escrita para vos?  No alcanza que sea hermosa, que te deje campanitas cantando adentro, que te cambie el ánimo y la vida, no, el Señor necesita como en Pedro y el lobo que  le expliquen : El abuelo representado por el fagot,  BUM BUM BUM BUM !

- Creo que hablamos de cosas distintas, - interrumpió él, - me encantaría ser capaz de comunicarme con música, pero apenas si sé palabras tal vez grotescas para expresar cosas deshilachadas que a su vez son banderas de otros territorios. Por ejemplo ahora el máximo placer sensual podría ser tu consentimiento no expreso a que yo acariciara un pedacito cualquiera de tu piel, no el acariciarlo en sí porque independiente de la aprobación no sería placer, el placer es el consentimiento en sí, antes de las palabras que lo nombran, el sentimiento común a dos personas: con-sentimiento.

- Claro que hablamos de cosas distintas, - repitió María - a mí me gustan los boleros y vos primero pretendes que sirvan para dialogar y encima se adapten a tu lógica o no sé que puta, y después de tildarlos de idiotas y a mí de paso que los escucho,  viene la parodia de conceptualización para anunciar como buena nueva la vieja idea fija que todos los tipos tienen en la cabeza.

Sintió vergüenza de nuevo al recordar el silencio que se había instalado. El había creído sinceramente que hablaba de semántica y María le mostró que la manoseaba. Recordaba una vergüenza semejante cuando a los 10 años en la casa-consultorio de su padre abrió a una hora equivocada la puerta de la sala y se encontró en calzoncillos frente a cuatro personas que fingieron no verlo. Aquí también había sido una hora equivocada y se sentía en calzoncillos para siempre, y desconfiando además de la buena opinión que antes tenía de sí mismo.

María los rescató atribuyendo el largo silencio al ángel de las 10 y 1/2, pero el aire estaba pesado y lleno de agujeritos que no facilitaban la comunicación. La sensación de fracaso, soledad y desencuentro se repitió cuando la llamó por teléfono el sábado  para invitarla a salir, a bailar, al cine, al teatro, sin éxito. La variedad de programas ensayados atentaban contra el interés de cada uno de ellos a pesar del esmero puesto en defenderlos. Apeló a la magia y eso pareció interesarle, aunque tal vez fue el comprender que otra negativa puntual era ya un no total que la piedad le impedía dar por teléfono. Sin embargo propuso alegremente la cita del miércoles.

Corrió al baño al terminar la clase. En ningún examen había estado tan nervioso, pero nunca tampoco tan cargado de esperanzas y expectativas, aunque no sabía exactamente de qué.

Se sentó en el bar a esperarla con un café y su walkman. Cuando llegó casi no pudo reconocerla. Se preguntó si cambiaba ella o la había transformado él en los mil febriles repasos. El cambio mayor en realidad fue de ambos. No eran ya dos personas que se presentan y se analizan intelectualmente sino dos viejos amigos de siempre, dispuestos a disfrutar de estar juntos. Se rieron desde que ella entró hasta que se fueron. Ella destacó las notables coincidencias que tenían en todos los campos. El estaba encantado y asombrado, se preguntaba si era un imbécil que no  entendía nada  antes o ahora, pero María había dicho: “- mira, tenés un corazón hermoso, así que por favor quema ese estúpido mascarón de proa que no es para romper el hielo sino para defenderte de nada ”, el contestó al revés : - “ de nada, gracias ” y sintió que era cierto y necesario el incoherente consejo. Se preguntó sin comprender la causa del milagro, si era sólo la disposición de María. Al llegar ella tomó los auriculares diciendo: “- que tenés ahí ? ” mientras ya escuchaba a Gardel:

 

Arrabal amargo

metido en mi vida y acompañó en voz alta en dúo : 

como la condena

él se sumó en trio:

de una maldición

Hubo una explosión en María :

- Que genial, me prometiste un mago y me traes nada menos que El Mago! Que bueno es poder cantar juntos ! Te das cuenta que hace una semana no nos conocíamos y tenemos recuerdos comunes ?

Una hora después tenían proyectos comunes y gran entusiasmo por llevarlos juntos a cabo. El tenía un cierto temor por su mascarón, pero María fue meridiana : “ - Mira, si tenés un revolver está bien, simplemente no lo uses conmigo“.

A él le brotó naturalmente:

con ella  a mi lado

no vi tu tristeza,

tu barro y miserias,

ella era mi luz

 

y no se animó a seguir en voz alta el amargo resto que corrió en silencio por su interior.

Seudónimo: Carlos V

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