Se estará haciendo tarde y yo lo habré perdido todo en esos casinos tirados entre cereales y corrientes con sus pretenciosas arañas de cristal de Murano que hacen soñar hacia el cielo. Todo, lo cual significa mis enteros ahorros más los de mi familia y de indefinidas generaciones a venir, y en mi bolsillo aparte el fantasma de las posibilidades se hallará la forma todavía caliente de la pistola amorosa que habría debido mantenerme a salvo, protegiéndome de los demás, sin contar con el enemigo interior que llevará pulsando un buen rato como una herida que no encuentra su oxígeno. El río Paraná será más ancho de lo normal ese día, por lo menos a mis ojos, negros aterciopelados y sin lágrimas, desgraciadamente secos mientras reflejen las aguas barrosas escondidas en mi paladar tras la dudosa ingesta de pescados boquiabiertos y horribles, pacú, surubí que no mueren y siguen nadando en la mente, igual de inexpresivos y ofuscados.
Me habré cansado de espacios, de pensamientos extensos que no hacen otra cosa que marearse a si mismos de un ruido insoportable con cola de cascabel, y la humedad que lo envuelve todo como una manta malsana me habrá rociado la piel delante de espejos de plomo.
Seré un hombre arruinado, pero aún no se verá: durante unas últimas horas el almidón de los puños y el blanco de la camisa me vestirán el cuerpo joven que ya se estará corrompiendo. Haré que nadie se entere. Mi cara permanecerá impasible gracias a esa tristeza sin rasgos del que ya ha abandonado el combate.
A continuación entraré en uno de los burdeles de la Gata Galiffi, estirado y apuesto, como empalado en seco, una sonrisa mortal de mi belleza irónica expendida por todo lo alto de las paredes estucadas, pidiendo por una rubia rosada, y me darán una mestiza aunque yo no lo quiera. Me quejaré insatisfecho con la madame anodina, cuyo colgante de coral me hipnotizará desde la insegura raja entre los pechos, y ella insistirá escandalizada de que cómo podré cuestionarle el indudable regalo de esa perla del norte y su inexplicable sonrisa, así que a pesar de mis gustos Anahí me estará esperando con aplomo, real e inmutada, haciendo caso omiso de toda conversación sobre sus menospreciados encantos, y nomás me hará falta un momento para darme cuenta en efecto de que lo me habría inspirado el rechazo será su aplastadora superioridad, y no otro insignificante detalle como el pelo o el matiz de de la piel.
Prendado de su mirada por el hilo tenue del alma la seguiré por pasillos con calma de laberintos hasta una habitación a la derecha, y ahí las cortinas corridas me transmitirán la certeza de que no habrá vuelta atrás. Dos ovaladas pulseras de oro se le moverán tintineando por los escasos centímetros entre mano y antebrazo mientras me lavará lo que quede de mi terror y mi sexo en un barreño de esmalte de bordes azul cobalto en donde residirán mil tristezas y una gota de sífilis aturdida. Cuando la perla del norte se deshaga de su peineta de hueso, un aura de terrorífica selva rodeará su cabeza alumbrando involuntariamente el ambiente y una verdad como la pulpa de un fruto blanco se me ofrecerá junto a su inspiradora; sabré por cierto lo que había sospechado hasta entonces: que se me habrá ofrecido una muchacha tres veces inaccesible, por ser mujer, india y prostituta, y a pesar de eso le otorgaré un coito parecido a la caída de una avioneta militar acribillada por enemigos precisos.
Mi esperma alcanzará su cuerpo en algún punto entonces seguramente bastante más oscuro que él, y el acto habrá sido rápido o eterno según los puntos de vista, clausurado por un toque discreto a la puerta y la vuelta de la peineta a su sitio. De los pantalones a mis piernas acalambradas por el miedo al instante siguiente. Desaparecerán así la selva, la luz y mi fatigosa erección. O simplemente quedarán suspendidos para siempre en el cuarto, como polvillo atmosférico en un sable de sol escapado a través de persianas verdes.
Antes de que una banalidad aburrida se apodere de la escena alguien abrirá el piano del salón y correrá todas sus uñas con desprecio encima del teclado con rabia, y se sabrá que es una incursión de la dueña reclamando las ganancias del día, al tiempo que un colibrí despistado chocará contra la canasta de fruta dibujada en los vitraux de la galería acristalada confundiendo su irisado plumaje con el verde, el maravilloso verde de las hojas alrededor de los limones y de las uvas, y una palmera del boulevard crecerá de repente por milagro, espléndida contra el cielo azul, pero será tarde, tarde para cualquier cosa.
Y yo deberé salir, con horror y soledad, en un mundo cuyo sabor será inconquistable y hostil, lejos de la mano leve de Anahí, la última cosa que habré pagado y la primera que habrá valido la pena.
A esas horas seguro mis creedores estarán merodeando en busca del joven novato que se habrá jugado el pellejo, pero todavía relajados aprovecharán la larga tarde para disfrutar en terrazas de la languidez de la vida. Respiraremos así el mismo aire velado a orilla del mismo río, con sensaciones opuestas: a ellos les engordará todo lo que a mí se me atragante, y el paso de la belleza les abrirá el corazón que a mí se me encoja. Ellos inspirarán por la ávida nariz, yo exhalaré uno tras otro lentos suspiros agónicos. Lejos de cualquier referencia o señal de seguridad, yo seguiré destructivo la estela de mi propio destino. Volveré a mi cuarto a por la pistola preocupada que papá me habrá dado para enfrentarme a América y tomaré unos cuantos tragos seguidos, en falta de mejor cosa que hacer.
Bajaré hasta el río, medio borracho, en la noche, me quedaré un buen rato en la vegetación enmarañada sin tomar decisiones. Y luego algo remoto me llamará de repente. Iré en busca del hombre que lleva el trasbordador.
No habrá nadie oficial, Es muy tarde, me comentarán por ahí, así que ofreceré de un gesto azaroso y teatral el contenido equis de mi bolsillo y un indio anteriormente invisible accederá a llevarme a las islas de enfrente en su barquito más silencioso que la desgracia cuando se prepara a golpear. Entraremos en la oscuridad juntos, la espalda bajo el peso de la gravedad nocturna, la luna lamiéndonos entre los omoplatos como una perra a un cachorro muy enfermo que quiera resucitar.
Llegados a un trozo de playa de un trozo de tierra cualquiera, visto que yo no habré dado ninguna instrucción específica, el indio me dejará bajar sin formular ni una pregunta, con la discreción indiferente típica de su propia raza y cultura. Por una fracción de segundo las justificadas cuestiones sobre el porqué y hasta cuándo quedarán atascadas en su iris amarillo quemado por el sol, pero luego se dará media vuelta sin atreverse a hablar, o igual sencillamente valorando que no valdría la pena. Con él ya serán dos los indios desapareciendo de la escena con impresionante dignidad tras desempeñar un papel decisivo en mi historia. Las aguas se cerrarán complacientes detrás de la popa del barco y yo quedaré en soledad tumbado en la isla, mareado. Dormiré ahí, boca arriba, abierto de par en par a las estrellas por el alcohol y el cansancio y no habrá casi ruidos, ni dentro ni fuera de mí.
El alba me despertará en un día de sosa meteorología; desearé ver llover, pero un arco iris dilatado y descolorido añadirá incertidumbre a mi preexistente confusión psicofísica. Con obvio dolor de cabeza y nauseabunda tortícolis no tendré otra opción que permanecer en la misma postura limitándome a la observación de toda clase de pájaros: habrá zancudos y aves oscuras carroñeras constantes sobrevolando distintas capas de cielo encima de mi persona, haciéndose probablemente preguntas acerca de mi estado, debido a mi inmovilidad y tal vez a mi olor a animal que se acaba.
Y mientras se me aclare la mente aunque yo no lo quiera, la idea del fin cogerá todo el espacio que le corresponda en su exacto lugar, y yo sacaré la pistola, la desenfundaré sin levantarme siquiera y le volaré la cabeza a un cardenal apoyado a una rama cercana. La sangre se confundirá con el rojo de su linda diminuta cabeza y el cardenal dormirá velándome a mí, a mi lado. Necesitaré compañía en ese último viaje, ya que en esos momentos parece que nadie te sigua, ni al mundo le importe perder a un perdedor de casino, y todo se torna más vivo, más deseable e insensible. Pero la bala siguiente sólo será para mí, para mi sien sin arrugas besada por la mala suerte. La luz se hará más intensa y yo cesaré de existir. Una chancha recién habrá parido en los lodazales cercanos y yo seré lo primero que el lechal olisqueará, los ojos aún cerraditos en la concentración prenatal, mientras la bolsa de Chicago estará esperando que abra la de los cereales en Rosario y mis creedores estarán aún durmiendo en camas ajenas, por poco. Se despertarán presintiendo que ahí se acaba la búsqueda, que mi fantasma elegante ya merodea por la salas. El Tano perfumado se habrá muerto de joven, dejándolos a todos con un palmo de narices. Sacudirán no obstante a mi casera todavía sin peinar, en su horrible bata peluda, sin obtener más resultados que insultos disimulados en un arcaico dialecto.
Mi cama estará fresca y vacía, sin soportar ningún peso, hasta que acabe el mes y se le imponga otro.
Si todo va bien lloverá, y una crecida del río me arrastrará liberándome, llevándome lejos consigo, consignado al azar.
Las cartas de mi madre se irán acumulando día tras día en la panadería de la esquina; sus tres preocupaciones, el laburo, la humedad y una esposa, se podrirán entre hoja y hoja en falta de una respuesta. Adela, la panadera que me quería como yerno, no tendrá el valor ni la gana de devolverlas, y entonces ellas estarán aún más solas, sin correspondencia, pues la mía, que nunca escribiré, queda aquí, explicando que yo no nací para penetrar mujeres ni tierras, ni para comer en platos finos en medio de la nada absoluta, que mi paso de nalgas estrechas no lleva a caminos de gloria, ni está cotizado en alza; que soy perdedor de casinos, cobarde fugitivo de cómodo, y víctima de la seducción deslumbrante de arañas de cristal de Murano. Que tan buena planta y estatura acabarán sin valor espatarradas en el fango resbaladizo del río y no se transmitirán en herencia genética a ningún tipo de vástago, ni digno ni indigno de mí. Que esta famosa Argentina está concebida al revés y es fácil perder el norte, ya que en Navidad es verano. Que hasta el detalle más ínfimo se me está haciendo muy grande, y entonces imagínate, madre, lo enorme que podría ser el futuro.
La policía detendrá culpables de rocambolescas estafas y Adela echará al horno las cartas, todas de golpe, sin más. El barrio se extenderá murmurando de trabajadores y gángsteres y cada madrugada se amasará el mismo pan cotidiano.
La carta que no escribo se confundirá como un soplo en el aire y se unirá a las cenizas de las que se quemen entonces. Todos sabremos bastante, sin sellos, ni remitentes, ni adioses.
Comportamiento de la luz
Comportamiento de la luz
Medardo Sosa
Entró al cuarto de baño, cerró la puerta y con un movimiento mecánico —casi involuntario— accionó la llave de la luz. Llevado por la inercia de los actos rutinarios dio un par de pasos hasta ubicarse frente al lavamanos y recién entonces comprendió que algo no estaba bien.
Seguía a oscuras.
Alzó la vista hacia donde debían estar las dos bombillas, protegidas por tulipas de cristal, como si eso fuese suficiente para que terminasen de obedecer la orden de brindar luz.
Pero no pudo verlas. La oscuridad era total.
Extendió la mano derecha hacia la pared, buscando el interruptor. Sus dedos chocaron contra los azulejos y se dobló la uña del índice hacia atrás. Murmuró una blasfemia. La pared estaba mucho más cerca de lo que había supuesto.
Deslizó la mano por la superficie fría del muro. Sabía que el interruptor no podía estar muy lejos: apenas a unos pocos centímetros, junto al espejo de tres cuerpos en el que se había visto reflejado al peinarse o afeitarse durante los últimos cuarenta años.
Pero la llave de la luz no estaba allí.
¿Cómo había podido equivocarse? Si estaba parado frente al lavamanos, el interruptor debería estar justo ahí, al alcance de sus dedos. Aventó cualquier duda sobre el particular. Había conectado su afeitadora miles de veces en el tomacorriente que estaba adosado junto a la llave de la luz, y sabía que para alcanzar ese sitio no tenía más que extender la mano. Por supuesto, cabía la posibilidad de que no estuviese parado junto a la pila. Era difícil, pero viable. Había cerrado la puerta del cuarto de baño a oscuras y tal vez cometió un error al deducir la distancia desde la entrada al lavabo.
Para comprobar su posición respecto al lavatorio, movió un poco la cintura hacia adelante, buscando el contacto familiar del borde de mármol, y lo encontró con la parte superior de los muslos. Pasó la mano izquierda por la superficie fría —que él sabía de color gris veteado de blanco— y por fin encontró la pila y el grifo, pero mucho más a la derecha de lo que había supuesto.
Obviamente, ésa era la razón por la que no había podido encontrar el interruptor. Sonrió en la oscuridad y decidió que no tenía caso seguir buscándolo y que sería más sencillo y más rápido simplemente abrir la puerta para que la claridad proveniente de la cocina, al otro lado del pasillo, entrase al lavabo.
Se maldijo por no haber dejado encendida la luz del corredor, ya que de haberlo hecho seguramente un poco de claridad se habría colado por debajo de la hoja de la puerta.
Explorando la pared con las yemas de los dedos, se figuró mentalmente el trecho que mediaba desde la puerta al lavatorio. ¿Cuán largo podía ser? ¿Un metro? ¿Un metro y medio? Como fuese, no más de un par de pasos.
Se volvió hacia donde suponía que estaba la puerta del cuarto, con los brazos extendidos por adelante, y dio un paso en esa dirección. Y luego otro, que no llegó a completar porque algo suave rozó su mano izquierda. Era alguna clase de tela; una prenda, tal vez. La palpó con cuidado y ya no tuvo dudas: era su propia ropa interior, que unos minutos antes dejara colgada del perchero que estaba junto al armario. Movió el brazo hacia la derecha y —efectivamente— encontró el mueble de puertas laqueadas en el que guardaba toallas de baño, artículos de tocador y rollos de papel higiénico.
Pero... si ahora estaba de cara al armario, eso significaba que la puerta que daba al pasillo había quedado a su izquierda. ¿Cómo podía haber dado un giro tan amplio?
Se pasó la lengua por los labios. ¿Era posible desorientarse en un cuarto de baño que no medía más de dos metros de ancho por tres de largo? Es más: era el cuarto de baño de su propia casa, la misma en que había habitado durante casi toda la vida, desde su casamiento.
Mientras palpaba los bordes del armario de madera, giró la cabeza en todas las direcciones posibles, buscando algo de luz. Tenía que filtrarse un poco por algún sitio, después de todo eran apenas las seis y recién empezaba a atardecer.
Abrió mucho los ojos, pero no vio más que negrura. Ni siquiera un tenue reflejo en los frascos de perfumes y lociones, seguramente alineados a un lado del lavamanos, como siempre. Ni una pálida ranura de claridad por ningún lado.
Decidió tomárselo con calma.
Bien. Si de hecho estaba tocando el armario, la puerta debía estar a la izquierda. No había ninguna posibilidad de equivocarse sobre esto. Claro que no.
Otra vez extendió los brazos y en esta ocasión fue más cauto con el movimiento de sus pies. Fue deslizándolos despacio sobre las baldosas de cerámica, para no llevarse ninguna sorpresa. Dio un paso, y no llegó a dar el segundo porque la puntera de su zapato derecho chocó contra una superficie dura.
Se trataba de algo bien anclado al suelo; lo supo al intentar empujarlo con la rodilla. Bajó las manos despacio y encontró la toalla que pensaba utilizar al salir de la ducha. Bien doblada y esponjosa, permanecía donde él la había dejado un rato antes: sobre la tapa que cubría la taza del inodoro.
Desconcertado, arrugó la frente. ¿Qué hacía ahí el inodoro?
Según su representación mental del interior del cuarto, el sanitario debería estar por lo menos a un metro de distancia, a sus espaldas.
¿Qué hacía ahí el inodoro?
Interiormente, se sorprendió de lo diferentes que resultaban las distancias almacenadas en su memoria de las que encontraba en su exploración a ciegas. La apreciación se le antojó —cuanto menos— curiosa. ¿Acaso las imágenes del cuarto de baño que sus ojos habían enviado a su cerebro durante cuarenta años no se correspondían con la realidad?
Esto no era necesariamente así. Lo que ocurría era obvio: acostumbrado a depender de la vista, las cosas no parecían estar en su sitio en plena oscuridad. Pero claro, esto no era más que una ilusión, producida al tener que valerse de otros sentidos que no son el de la vista.
Interesante valoración —admitió—, para alguien que siempre gozó de una visión aguda y saludable. Muy interesante.
Pero estaba empezando a cansarse.
¿Dónde cuernos estaba la maldita puerta?
Si su mujer hubiese estado en casa, es posible que a esa altura de las cosas la hubiese llamado para que viniese a abrir la puerta. Estaba seguro de que lo habría hecho; aún a riesgo de quedar ante ella como un perfecto idiota, incapaz de salir del baño por sus propios medios. Por supuesto, podría haber ideado alguna excusa inocente pero creíble. Como que estaba desnudo en la ducha al fallar la luz, por ejemplo. Pero esas especulaciones resultaban inútiles, puesto que su mujer no estaba en casa porque un cáncer de útero se la había llevado hacía catorce años.
Se sentó sobre la tapa del inodoro, acomodando la toalla sobre sus piernas.
Sabía que la puerta estaba allí, a su derecha, a menos de un metro. Los cientos —tal vez miles— de horas que había pasado en esa posición al vaciar la tripa se lo decían a gritos. Sin despegar las nalgas del sanitario, inclinó el tronco y estiró el brazo en esa dirección, pero no encontró nada más que espacio vacío.
Eso no era posible. Recordaba perfectamente docenas de ocasiones en que había alcanzado sin dificultad la puerta, mientras defecaba, porque necesitó decirle a su mujer tal o cual cosa.
Por supuesto, la respuesta era que debía estar alineado en algún determinado ángulo, diferente de la posición normal que adopta uno al sentarse en el inodoro. Estaría enfrentado hacia el bidet, posiblemente. Para comprobarlo, estiró una pierna hacia adelante. Si el bidet estaba ahí, no tendría dificultad en tocarlo sin levantarse del inodoro. Su zapato, en efecto, chocó contra algo. Pero no se trataba del bidet, ya que el objeto cedió al ser golpeado y se desplazó del sitio donde estaba, con un sonido metálico y hueco a la vez.
¿Qué diablos era aquello?
Repentinamente lo supo. Era su propia bacinilla, que él mismo había dejado ahí por la mañana temprano, tras vaciar su contenido en el sanitario. Su próstata no marchaba demasiado bien y solía levantarse a orinar un par de veces por la noche, y en los últimos meses se había acostumbrado al uso del orinal, para no despabilarse tanto yendo hasta el cuarto de baño.
Ahí estaba la taza de noche, justo a un lado del bidet.
La toalla que tenía sobre las piernas empezó a resbalar hacia el suelo e instintivamente trató de impedirlo, pero una de la fibras del paño se enganchó en la uña que poco antes se había doblado hacia atrás y la toalla salió volando hacia lo alto, describiendo un arco impreciso en la oscuridad.
Un aleteo apagado marcó el lugar donde había aterrizado la toalla: esa región lejana y desconocida del otro lado del cuarto, algún sitio cercano a la bañera.
Otra vez maldijo por lo bajo. En su intento por evitar la caída de la toalla había cambiado de posición y otra vez estaba desorientado. Por un instante, el descubrimiento de la taza de noche había servido —junto con el inodoro— como excelente punto de referencia para darle una idea de su posición dentro del cuarto.
Pero había perdido por completo ese punto de guía. Ahora debería ubicar otra vez el orinal o el bidet.
Impaciente —y ya ofuscado—, manoteó con ambos brazos en todas direcciones en una infructuosa búsqueda de la puerta, que sólo lo llevó a encontrar la pared de azulejos, a su izquierda.
Entonces escuchó el sonido, perfectamente identificable.
Criiich.
Clavó la inútil mirada en la zona donde se había producido, aguantando la respiración.
La cortina de la ducha se estaba abriendo.
No tenía la menor duda sobre eso. El chirrido agudo de las argollas plásticas sobre la barra de aluminio no podía ser confundido con ninguna otra cosa.
Había alguien dentro de la bañera.
El corazón se le aceleró y temió que sus latidos denunciaran su ubicación en el cuarto. Las venas de las sienes se le hincharon con el aumento de la presión y la frente se le cubrió de sudor frío. Sintió que las mejillas le ardían.
Otra vez. Criiich.
Se dio cuenta de que no estaba respirando cuando empezó a ahogarse. Exhaló, tratando de no emitir sonido alguno, y otra vez tomó aire. Dejó de prestarle atención a cualquier sentido que no fuese el del oído.
Criiich.
La cortina de la ducha se estaba abriendo. Lo que hubiese con él en el baño, estaba tratando de salir de la tina.
Criiich.
Abrió mucho los ojos, en un vano intento por captar algunos pálidos fotones que le dijesen qué era lo que estaba saliendo de la ducha. Pero fue inútil. Sólo podía ver la más sólida negrura. Volvió a concentrarse en los sonidos, haciendo caso omiso del tump-tump de su corazón dentro de la cabeza.
Había un leve roce, como de tela contra tela. Algo.
Algo que venía a por él.
Allí, junto a la bañera.
Otra vez aguantó la respiración e intentó hacerse pequeño, inhallable. Alzó las piernas contra su pecho y se acurrucó en posición fetal sobre el asiento del inodoro. El tump-tump en su cabeza era ensordecedor. La transpiración empezó a correrle a chorros por el cuello y bajo la camisa.
Criiich.
En un sobrehumano esfuerzo de voluntad, desató el nudo que tenía en la garganta y pudo preguntar:
— ¡¿Quién está ahí?!
Y la respuesta fue el silencio más abrumador.
Empezó a dolerle el pecho. Una humedad cálida le cubrió la entrepierna.
El resto fue puro instinto. Sabía que tenía que huir de allí sea como fuere, y que la puerta realmente estaba muy cerca de donde se encontraba. Apostó a la dirección que le pareció más probable y salió como impulsado por muelles, aún a riesgo de tropezar con aquello que estaba saliendo de la ducha.
Se golpeó la ingle en el borde de mármol del lavamanos y su rostro impactó contra una superficie pulida y uniforme. Tal vez fue la vibración de ese choque lo que provocó, en las entrañas de la pared, que un fino pelo de cobre se moviera apenas un poco y terminase de cerrar el circuito que antes había fallado en el interruptor.
Las dos bombillas, en sus tulipas de cristal, cobraron vida y llenaron de luz el cuarto de baño.
Ante sus ojos incrédulos, en el espejo, apareció la más espantosa de las visiones: su propio rostro desencajado de horror, en el momento de producirse el ataque cardíaco.
Al desplomarse sobre las baldosas de cerámica tuvo una fugaz imagen —la última de su vida— de la toalla que había arrojado, colgando en precario equilibrio de la barra de aluminio y las argollas plásticas de la cortina de la bañera.
Criiich.
Sonaron las argollas sobre la barra, impulsadas por el peso de la toalla, y ésta fue a dar sobre la cabeza de su dueño, en el piso, a manera de mortaja.
Desde el grifo del lavamanos se desprendió una gota, tal vez la única lágrima derramada por su muerte.