Si el flaco Béjar no le hubiera contado a Carlos lo de la maleta de cuero que encontré en la cajuela de carro esa mañana a lo mejor mi vida continuara en la misma situación con mi oficio de taxista, considerado muy honorable para mí, aunque en cierta manera me limitaba. Eso de llegar a casa luego de ocho o nueve horas de trabajo, saludar a mi mujer de la mejor manera, aunque haya tenido cualquier cantidad de problemas en el día, comer, conversar de algunas cosas, las que creía para mí más importantes, preguntar cómo está la familia, instalarse en la televisión para ver un programa y quedarse dormido sin saber cómo terminó. Levantarse al día siguiente, teniendo siempre en cuenta la hora, desayunar, leer el periódico para informarse de lo que pasa a través de los titulares y salir. Todo eso ha cambiado ahora. Ayer que me encontraba descansando, en la mañana, en la Plaza San Francisco, ya que había decidido salir a trabajar en la tarde, de pronto me encontré con un grupo de niños que me rodeaba y se reía sin que yo hiciera nada, ni el mínimo gesto, al principio me asombré, no comprendí de qué se trataba, pero ese grupo se fue transformando en una multitud y de pronto me vi rodeado por gente alegre que reía a carcajadas y solo pude salir de mi asombro cuando me miré la pechera y caí en cuenta que me había puesto el atuendo de payaso, me retiré entre aplausos, gente que me ofrecía dinero, lo tomé no sé por qué, hice el saludo de despedida y regresé a casa. No tuve tiempo para contar lo sucedido –mi mujer había salido donde una hermana enferma- y me senté mientras la esperaba, pensando, recordando el acontecimiento de la plaza y programando la tarea de la tarde.
Cuando terminé el recorrido de la tarde, con todas las cosas interesantes que este oficio tiene, me quedó grabado el recuerdo del payaso que me había sentido, mientras realizaba una carrera La Puntilla, al cruzar el puente, ahora renovado en parte, correr por las calles de esas ciudadelas limpias, amuralladas, recordé mi infancia, cuando salíamos de la escuela cerca de medio día y nos parecía estar en otro sitio, atrás había quedado todo, los profesores mala cara, los deberes que era necesario cumplir, la mañana se abría como el abanico de mi abuela cuando la visitaba los fines de semana esperándome con dulces para darme consejos con su fuerte acento libanés señalándome con el dedo lo que debía hacer. Nunca olvido la vez que me expulsaron del colegio por mala conducta y por no ir a casa para traer a mi madre –traiga a su representante, me dijo el inspector con rostro muy ceñudo- fui donde la abuela quien con toda la elegancia que se manejaba escuchó las acusaciones que me hacia el inspector de colegio a las que ella respondió que no eran graves, que se iba encargar de hacérmelo comprender porque ya era casi un hombre y debía elegir el camino correcto en la vida, luego le contó cómo habían llegado sus antecesores al país y lo interesó tanto que el inspector algo confundido llegó a pedirle disculpas y le dijo que deseaba tener otra oportunidad de conversar con ella sin que se tratara de mí. La abuela se despidió elegantemente y abrió el abanico como las mañanas que salíamos de la escuela o esta tarde cuando me encontré con mundo diferente, la seguridad que tenían esos pasajeros cuando se bajaban, esa elegancia al pagar la carrera sin hacer algún reclamo, entonces me pareció que yo pertenecía a ese mundo, recorrí el taxi con la mirada y lo encontré desvencijado, un espacio que me limitaba, donde solo debía guardar mi derecha para no tropezarme con otros vehículos, soportando groserías y escuchando procacidades de muchos pasajeros.
Mi mujer me encontró sentado, con la mano derecha en la barbilla, como las esculturas que vi en los libros cuando estaba primer año de universidad, y me preguntó si me pasaba algo, le contesté que no que solo estaba recordando, después todo fue como de costumbre, pero cuando apagué el televisor me quedó grabado aquel sitio tranquilo, la salida de clases y el abanico de la abuela.
En los días siguientes, por la molestia que me producía trabajar más de ocho horas en el taxi, decidí hacer media jornada, en la mañana conducía y en la tarde me instalada en algún parque con el disfraz de payaso, claro está que mi mujer no lo sabía, pues yo dejaba el carro en un parqueadero conocido y sin que se dieran cuenta salía con mi nuevo atuendo, caída la tarde regresaba y me disfrazaba de hombre normal.
Un día mi compadre Alberto, nos decimos compadres por la amistad que tenemos desde hace mucho, me descubrió al regreso cambiándome el atuendo, me dijo que le había preocupado que un payaso entre al parqueadero y lo siguió, le conté lo que estaba haciendo y él se rió sin mofarse, sorprendido, le expliqué lo aburrido que me tenía la rutina de taxista, la maleta que encontré en la cajuela, la búsqueda de los dueños, el haber acudido a la comisión de tránsito para hacer la denuncia, a la policía luego y después de un tiempo sin que aparecieran los dueños me la entregaron diciéndome que no habiendo aparecido el propietario yo tenía que hacerme cargo y cuando sentí deseos de abrirla me encontré con que solo tenía un atuendo de payaso, traté de hacer memoria cuál de mis pasajeros podría haber sido el dueño o quién tenía algo de payaso, pero fue en vano. Me pasé la noche pensando en el atuendo y por algunos días no salía del asombro hasta que en un momento sin darme cuenta yo me lo había colocado y sentí que me gustaba, que me causaba una sensación de ser otro, diferente, tal vez más joven o más libre. Mi compadre se quedó pensado y me preguntó que pensaba hacer en los días venideros y le dije que estaba pensando dedicarme a ese oficio porque me gustaba y me iba bastante bien con el dinero que me ofrecía el público, que incluso era un poco más que el de taxista. Me preguntó si mi mujer lo sabía y le dije que no, que le iba a ser muy difícil comprender, a lo que me contestó que él era mi amigo y que cuente con él para cualquier cosa, le agradecí pasándole la mano por el hombro como una especie de medio abrazo y me dirigí a casa, ahora me esperaba otra parte de la historia.
La costumbre de instalarme frente al televisor sorprendió a mi mujer, que en muchas ocasiones se mostraba disgustada por perderse capítulos de la telenovela, al fin acordamos, haciendo un esfuerzo económico, adquirir otro televisor, ahora si cada uno se sentiría contento con su programa. Lo que más me interesaba eran los programas cómicos o algunas comedias, pero en vista de que los programas cómicos eran sobre todo procaces y comedias limitadas comencé a tener ciertos problemas para armar mi espectáculo. Elegía una plaza diferente cada día y comenzaba moviéndome hacia delante, a los lados, como quien ensaya un baile y hablando en alta voz, gritando. La gente en principio pasaba y no se daba por entendida o llevaba prisa, pero a eso del medio día, lo que se llama las horas topes, el público se arremolinaba y yo comenzaba una actuación que no había preparado. Luego de una hora más o menos –mejor controlaba el tiempo cuando me encontraba en la Plaza San Francisco- cuando los asistentes estaban cansados y también yo, descendía la fuerza del espectáculo y comenzaba a recoger lo que el público me ofrecía, algunos se me acercaban a ofrecerme alguna función para el cumpleaños de alguien, especialmente de niños, pero yo siempre decía que estaba ocupado, que ya tenía contrato para ese día.
El repertorio comenzó a faltarme, a pesar que improvisaba la mayor parte, pero por el temor a repetirme y a no escuchar las risas ni los aplausos, me obligó a comprar un DVD, ahora sí podía ver a los comediantes que quisiera o existieran en el mercado. Al principio solo logré conseguir películas de Chaplin, las que además de gustarme me recordaban a la abuela, ella era una fanática suya, me acuerdo que reía con mucha dignidad, quiero decir sin mostrar exageradamente los dientes, mientras jugueteaba elegantemente con el abanico y me señalaba la pantalla seguramente para indicarme la calidad del chiste, entonces yo era una niño.
Cuando murió sentí mucha pena ya que me dejaba ese vacío que lo había llenado desde que mi padre se fue de la casa no sé por qué razón y además porque perdí su ayuda y tuve que truncar mi carrera de derecho en segundo año de universidad. Mi mujer optó por instalarse conmigo a ver mis películas, pero con el cansancio que le provocaba el trajín de la casa le causaba somnolencia y en ciertas ocasiones se despertaba en escenas que no había visto o no alcanzaba a entender y me hacía detener la película para volver a pasar ese pedazo o, en la mayor parte de las ocasiones, yo era quien tenía que explicarle los chistes que no había entendido, entonces se me acurrucaba y me decía que yo sí tenía condiciones para cómico, así la pobre se quedaba profundamente dormida mientras yo tomado las mejores escenas para llevarlas a mi presentación del día siguiente, necesitaba sentirme un hombre diferente, nuevo cada día, aclamado tal vez.
Llevaba más de seis meses con mis actuaciones y a veces el cansancio provocado por la obligación de hacer doble jornada, regresar al parqueadero para mudarme e ir a almorzar, regresar en la tarde y hacer la misma rutina de la mudanza, me provocaba interrumpir esa especie de doble vida, me preguntaba si mi mujer se enterara cómo lo iba a tomar, cómo podía comprenderlo, pero la importancia que tenía para mí esta nueva profesión a lo mejor mi verdadera me daba el ánimo suficiente para continuar, imaginar lo que será mañana esa multitud que reía y aplaudía.
Una tarde al terminar la jornada en un sitio del Malecón 2000 que logré se me diera por lo conocido de mi espectáculo, conocido aunque nadie sabía mi nombre, es decir, no había adoptado ningún nombre artístico, simplemente le decían el payaso y los niños el payasito, una señora se me acercó, me dijo que había visto mis presentaciones en algunas plazas y que decidió seguirlas porque le agradaban mucho, que yo tenía un talento innato y que le recordaba muchas cosas de su vida. Sus alabanzas me llenaron, aunque cuando vi la hora en su muñequera iban a ser las seis de la tarde le dije que podíamos hablar otro día o mañana quizás, pero ella insistió y se percató que miraba la hora en su muñequera, tenía una tez blanca casi transparente, más de cincuenta años, piernas rectas y figura esbelta, su voz salía como de una melodía que uno siempre ha conocido pero no sabe dónde, fuimos caminando casi al filo de lo que fue el antiguo malecón y ninguno propuso sentarse en algún bar, no recuerdo qué intimidades nos contamos, lo que sí le dije que estaba casado y ella me replicó que era viuda por lo que dije que lo sentía a lo que me contestó que ya habían pasado algunos años. Sonrió y nos despedimos quedándonos a ver en cualquier momento que ella acuda a mis presentaciones, se alejó y yo quedé contemplando su figura que guardaba detrás del traje gris cuando de pronto se volvió para decirme me llamo Amelia.
Mis presentaciones empezaron a convertirse en algo rutinario, no porque el público haya de aceptarme por el contrario, mis espectáculos eran cada vez mas aplaudidos y con los ciertos elementos que le había incorporado se enriquecieron. Un amigo que viajó al exterior me trajo algunas películas de famoso cómo que yo solo le conocía de nombre, por las enciclopedias, que eran parte de mi búsqueda para renovar la función: Buster Keaton, de la misma época de Chaplin pero diferente, para él todo lo que estaba en escena tenía una función determinada y de repente, en un momento dado, las cosas see, en un momento dado, cosa deba convertían en algo diferente, que ayudaba a cumplir la acción del personaje, de esta manera una silla se convertía en una plataforma para que el personaje pueda huir de sus enemigos, esta incorporación surtió un efecto muy positivo en el público que se encontraban conque algo que colocaba sobre el espacio de trabajo se convertía en una cosa diferente y necesaria, además este cómico jamás reía y esto causaba más gracia. La gente al terminar la función se quedaba practicando con lo que tenía a mano para ver cómo podían hacer de eso otra cosa y utilizarla en el momento adecuado. Por entonces, cierta molestia apareció en la casa, cuando mi mujer empezó a sufrir ciertosos achaques por la edad y cuando yo llegaba en ocasiones la encontraba postrada y a esa hora debía llevarla la médico, comprar las remedios y prepararme la comida. Esto comenzó a hacerme dudar de este oficio que había adoptado, si trabaja menos tiempo y me dedicara a cuidarla, me preguntaba en la soledad de la noche cuando ella dormía profundamente, cuando sus ronquidos iban más allá de las preocupaciones.
Siempre trataba de divisar de entre la multitud a Amelia sin tener la suerte de encontrarla, algunas veces la equivoqué con señoras que estaban de espaldas y tuve que disculparme lleno de vergüenza. Una mañana, luego de la función, me senté en un banco de San Francisco, uno de mis lugares favoritos, cuando de pronto escuché una voz familiar que me llamaba por el nombre, Alfredo, me dijo, tomándome del brazo, yo reaccioné casi saltando
y me encontré con Amelia, su rostro amable, dulce, sus ojos verdes con mirada triste y penetrante, no nos dijimos nada y comenzamos a caminar por la calle Pedro Carbo, contemplando los almacenes de telas que aún están allí, deteniéndonos para ver la calidad como si fuéramos compradores, coloque mi mano sobre la suya que sostenía mi brazo izquierdo y acepté la invitación de ir a su departamento. Subimos por unas escaleras de baldosa bien mantenidas, su departamento estaba al fondo de un pequeño corredor, un pequeño recibidor, luego el comedor, las cortinas de un color atenuado para no dejar pasar la fuerza de la luz y más allá una pequeña sala; me pareció que todas las cosas estaban en su lugar, que allì había existido siempre la vida y sobre todo la tranquilidad, me ofreció algo como queso y jamón y yo acepté agradecido no sin antes decirle lo mucho que me gustaba su departamento ella agradeció y me lo puso a las órdenes, yo me sentí un poco nervioso no sé por qué: taxista de casi sesenta años vestido de payaso, a lo mejor la dificultad que causaba los grandes zapatos que debía usar o que eran parte del atuendo, ella se percató y me ofreció unas zapatillas, no supe en principio si aceptarlas ya que eso aumentaba mi rubor pero me dijo que no me pusiera incómodo que eran de su esposo hacía algún tiempo y sus ojos se clavaron en el edificio de correos que estaban regenerando. Almorzamos una comida sencilla que sentí muy sabrosa, me dijo que acostumbraba a hacer cosas rápidas aunque a mí me parecía que lo había especialmente para mí. Regresamos a la sala y me invitó una copa de vino iba a decirle que no tomaba licor especialmente cuando trabajaba pero sin darme cuenta estaba alzando la copa y mirando sus piernas blancas, aún tersas, que sobresalían por el resquicio de la bata de casa. Cuando miré el reloj colgante me percaté que eran las cuatro de la tarde y necesitaba irme para recomenzar la jornada, ella lo asumió con agrado y quedamos en vernos en los días venideros, ahora yo tenía que además de retomar los temas del trabajo inventarme la manera de explicarme a mi mujer el por qué no había llegado al almuerzo.
En los días venideros la ilusión me invadió de manera doble: la importancia de mi espectáculo, al que cada vez pulía de la mejor manera y la presencia de ella que estaba puntual y festejando los chistes como todo el público, pero ahora me interesaba que le gustaran a ella especialmente. La costumbre de ir a su casa y almorzar juntos entre historias que contábamos, algo sobre las experiencias, supe que su esposo había fallecido en un accidente del que por suerte ella salio ilesa, me mostró una cicatriz que le había quedado en la rodilla y admiré una vez más la tersura de su piel. A veces me aceptaba ayudarla a lavar los utensilios de cocina y entonces aprovechábamos para cruzar las miradas buscando el uno refugio en el otro, ya no me molestaba tanto el llegar al caer la tarde a casa porque sabía lo que me esperaba y mi mujer estaba mejor con los remedios que le mandaba el médico y unos ejercicios que le había aconsejado. La hora más importante para mí era cuando mi mujer dormía, yo preparaba las funciones para algunos días, con la práctica se llega a eso, y me disponía a pensar en lo que conversaríamos al día siguiente con Amelia, en la diversión de compartíamos, en la estabilidad que esa casa, ese departamento me proporcionaba como si fuera mío.
Teníamos varios meses de compartir el medio día con Amelia hasta que un día me propuso algo que los dos necesitábamos, compartir no solo el almuerzo sino algo más, sin que ello me pudiera alejar de mi mujer con quien yo mantenía una relación de familia, las palabras salieron de Amelia como de una fantasía, sus ojos cambiaron de color yo la tomé de las manos, suaves, como las de una pequeña, no supe qué contestarle en ese momento y me limité solo a decirle que nos tomáramos un poco más de tiempo hasta eso yo dejabas algunas cosas, que debía decidir entre mi oficio de taxista y de payaso, ella me miró fijamente para decirme que me tomara el tiempo que necesitaba. Salí.
He vuelto al oficio de taxista, desde hace más menos un mes, guardé el atuendo de payaso de manera algo mecánica, sin que me lo pueda explicar, mi retorno al taxi ya no me causa la tensiones anteriores, no sé cuanto tiempo estaré aquí, en este reducido espacio, a los mejor un día de estos me decida retornar a las plazas, a ese público que me ovaciona, a esos espacios amplios y míos y sobre todo a la cercanía de Amelia, a su piel tersa que me estará esperando en una plaza saludándome a la distancia con esa sonrisa suya, su mano elegante como el abanico de la abuela, pero todo esto estará sujeto a que Carlos no intente cambiar esta historia.