Conozco una mujer que tiene una obsesión con la muerte. Tiene ochenta y seis años y hace unos cuantos que la espera. Si le duele la cabeza, es cáncer. Si siente una molestia en el pecho, es el corazón que va a estallar. Si escucha un ruido en la noche, se despierta pensando: ahí vino.
Conozco una mujer que odia profundamente a su ex marido. Hace cuatro años el tipo enfermó y, por un pedido de la hija, la mujer accedió a darle un lugar en la casa mientras se recuperaba de una operación. Todavía está esperando que se vaya.
Conozco una mujer canadiense que vivió ocho años en Berlín. Se enamoró de un alemán que deseaba vivir en la Patagonia. Lo quería tanto que vino con él. Después se separó, y más tarde el hombre murió de una afección en los pulmones. Ella resolvió quedarse. Traduce catálogos industriales para una compañía alemana.
Conozco una mujer que dejó de planchar después de una noche negra. Su marido iba en auto a las tres de la mañana con su amante y chocó contra un monumento. Se quemó todo el cuerpo. La amante salió ilesa y la mujer, cuando esto ocurría, estaba planchando las camisas de su esposo.
Conozco una mujer que a los diecinueve fue obligada a casarse por un acuerdo entre familias. Ahora tiene sesenta y cuatro años y está sola hace veinticinco. Tiene un amor idílico con un amigo de la infancia y le escribe cartas románticas que nunca envía.
A la misma edad con que la anterior fue casada, una mujer que conozco fue violada. El tipo apareció por detrás y le puso una navaja en el cuello. La tiró al porche de una casa vacía y se sirvió de ella. Ella enmudeció. Cuando terminó, el tipo le dijo que contara hasta cuarenta y despareció. La mujer lo hizo. Después se levantó y fue a su casa, lavó su cuerpo y se acostó al lado de su madre. No recuerda si lloró.
Conozco una mujer que ve a sus hijos una vez por año. Antes vivía en familia, pero en algún momento dejó de hablar con el marido. Más tarde se encontró durmiendo en el cuartito del fondo. Por último descubrió que hacía más de tres años que no tenía sexo. Al final se fue con otro y el marido se volvió a su pueblo. Al tiempo los chicos viajaron a ver a su padre y ya no quisieron volver.
Conozco una mujer que está casada hace cuarenta y tres años. Muchas veces no aguantó el maltrato de su esposo y deseó separarse, pero no lo hizo. Por sus hijos, dice con orgullo. Se jubiló y desde entonces su vida consiste en la limpieza general de su casa y la limpieza particular de los objetos que acumula.
Conozco una mujer que tuvo un amante durante años. El año pasado se separó del marido y quedó embarazada de su amante. Espera para mediados de julio. Ahora vive con el amante, y su ex le da consejos.
Y a una mujer que fue madre adolescente. Era dark. Mientras esperaba a su hija y fumaba marihuana, no hacía nada salvo escuchar The Cure, Nirvana y Led Zeppelin.
Conozco una mujer que no puede dormir si no pone las manos en su garganta. Dice que es la única forma de sentirse protegida.
Conozco una mujer que tuvo cuatro hijos por cesárea, un embarazo ectópico, y tres operaciones más en el vientre. La última, un error de los médicos, le costó su vaciamiento. Fue a los treinta y cinco. Le sacaron trompas de Falopio, ovarios, útero.
Conozco una mujer que se tapa los oídos cuando alguien dice algo que no quiere escuchar. También cierra los ojos y se muerde el labio de abajo. Es capaz de quedarse así hasta aburrir a su interlocutor.
Conozco una mujer que tiene cuatro hijos. Cuando el menor tenía un año y el mayor doce, el marido se enamoró de una mujer veinte años más joven y se fue con ella a vivir a España.
Conozco una alemana que se enamoró de un pianista argentino cuando andaba de gira por Europa. Al mes de su regreso, ella vino a buscarlo. Ahora viven juntos en Toulouse.
Conozco una mujer que tiene anemia crónica. El aborto que se hizo no ayudó.
Conozco una mujer que acaba de enviudar del amor más real que tuvo. Él se enfermó un día de septiembre y murió a las pocas semanas. Ella tiene sesenta años y en su duelo se pregunta cómo recomponer sus relaciones con los hombres.
Conozco una mujer que nunca se masturbó.
Y a una, casada hace catorce años, a la que el marido le confesó estar enamorado de otra. Ella contestó que iba a amarlo igual. Que estaba bien. Que ame a quien quisiera pero que no la deje. El marido concedió.
Conocí una mujer que enviudó a los treinta y nueve. El marido se pegó un tiro cuando quebró su empresa. A ella le embargaron la casa, pero ese mismo año ganó la lotería y la volvió a comprar en el remate.
Sé de una mujer de cuarenta que está desesperada por tener hijos. Tipo que conoce, tipo con el que proyecta una familia. Todos le parecen potenciales y magníficos padres.
Leí a una escritora francesa, principios del siglo XX, que tenía relaciones con su padre (estaba enamorada de él). Lo anotaba todo en sus diarios.
Conozco una mujer que tiene cinco hijos de tres hombres diferentes. El primero lo tuvo a los dieciocho con un compañero de la facultad. El segundo llegó después de acostarse con un tipo que apenas conocía. Se casó con él y tuvo al tercer hijo, pero el tipo resultó un violento. La molía a palos. El cuarto y el quinto los tuvo con el que se casó hace poco. Un hombre que, según sus palabras, no ama.
La que fue vaciada odia vivir en el sur aunque lo hace desde mil novecientos setenta y seis. No le gusta cocinar. Le teme a las alturas y carece de sentido del humor.
La que no para de limpiar es devota de la virgen de Urkupiña.
La que vive en la casa sitiada por su ex es gobernanta en un tiempo compartido y trabaja más de doce horas por día.
La que vivió en Alemania tuvo su primer orgasmo en Argentina a los treinta y siete años.
La mujer que ya no plancha se fue con su familia a vivir a Estados Unidos una semana antes de que cayeran las torres. Trabajó de moza y el marido de albañil. Enviaron plata, cien dólares por día, y se hicieron una casa. Tardaron cinco años.
La obligada a casarse tiene depresión profunda y vive en un edificio habitado mayoritariamente por prostitutas y travestis. Le gustan las películas viejas estilo Casablanca y tiene prendido el día entero el canal Volver.
La anciana toma ocho medicamentos por día. Algunos requieren doble dosis diaria, lo que hace que trague catorce comprimidos. Su tiempo gira en torno al pastillero. Tiene una libreta del tamaño de un encendedor donde va tachando una por una las que toma.
No quedan rastros de oscuridad en la madre precoz. Ahora hace yoga, trabaja en una oficina pública y casi siempre se enamora de tipos estúpidos, según dice. Le lleva un tiempo largo darse cuenta.
La que fue ultrajada recuerda que de chica no la dejaban jugar fuera de la casa. Tuvo tres hijos con un hombre con el que ya no convive, aunque sigue siendo su pareja.
La que enviudó de golpe encontró una forma de evadirse sin morir de tristeza, y lo escribió con marcador en la heladera: Hacer hacer hacer cual obstinado insecto. Aparte escribió: Nada de harinas.
La que se toca la garganta para dormir fue abandonada por su pareja, que se mudó con una chica a veinte metros de su casa. Los ve pasar todos los días.
La que nunca se masturbó es peronista.
La escritora francesa le fue fiel a su marido hasta los treinta y dos años. Después tuvo infinidad de amantes, tanto hombres como mujeres.
La obsesionada con ser madre es sicóloga, maestra y asistente social. Ocupó un terreno ilegalmente y, con sus propias manos, está construyendo su casa.
La que traduce es carpintera.
La que pierde más sangre de la que su cuerpo puede fabricar está leyendo los relatos completos de Dylan Thomas.
La enamorada del pianista tiene dos hijos con un francés. Es actriz. Con su compañía está trabajando en una obra llamada “Con amor mueres”, del boliviano Jaime Sáenz.
La que enviudó a los treinta y nueve nunca más estuvo con un hombre. Era pediatra. Fumaba Le Mans Suave Largos uno tras otro. Murió a los sesenta y ocho años de cáncer.
La que no suelta a su marido es experta en administración inmobiliaria. Tiene mucho éxito en su trabajo y sostuvo económicamente a la familia los catorce años que lleva constituida.
La que buscó tres padres para sus cinco hijos, cree en la magia. La negra y la blanca. Tiene una bruja personal que, a cambio de un depósito mensual, le hace limpieza y curación de los espacios que frecuenta. También le sugiere qué personas incluir o descartar de su entorno cotidiano.
Hace meses que la embarazada no para de llorar. Espera una mujer. Cien por ciento seguro que es mujer.
La que se tapa los oídos es fanática del chocolate. Está preparando una carta múltiple que incluye dibujos, regalos, fotos, todo junto en un sobre y para un hombre cuya existencia le resulta imprescindible. El hombre fue pareja de su madre.
Además, la que maneja propiedades es fanática de Jorge Drexler. El marido no soportó más la situación y se fue de viaje al norte, para pensar. Antes de irse, y a pedido de ella, se tatuaron un símbolo japonés que quiere decir lágrima.
Presión. Memoria. Osteoporosis. Depresión. Insomnio. Corazón. Circulación. Y una más, que neutraliza los efectos del resto en el estómago. Aparte de esperar la muerte, la anciana escucha música clásica.
Supe que la abandonada por sus hijos limpia casas de millonarios en un country.
Y la que tiene al ex instaladísimo en su casa, no sabe contar.
La mujer sin útero afirma que todos los hombres son una mierda.
Y la de nupcias a la fuerza duerme con la luz prendida.
Porque la que se pone las manos en la garganta sospecha que fue abusada cuando era chica. Probablemente haya sido su padre. Un bloqueo le impide recordar.
Porque el tercer hijo de la mujer que no podía jugar es down.
Y la que hace ofrendas a la virgen boliviana, hace beneficencia en el hospital zonal.
Y la mujer que murió de cáncer adoraba viajar. Ví una foto de ella en África con una enorme boa enrollada en la garganta.
La embarazada es artista plástica. La alemana toca el acordeón.
Además de leer cuentos, la de sangre escasa escucha música electrónica y le teme a la locura.
La de la bruja tiene una madre esquizofrénica, y la que está haciendo su casa lloró más de cinco semanas seguidas después de terminar con su último novio.
En un pasaje de su diario, la escritora dice que está cansada de sentirse madre de los hombres que ama. Que prefiere a las mujeres.
Entre todas suman cuarenta y siete hijos. Cuatro de ellas estudian portugués. Una es la amante del marido de otra. Cinco tienen la misma sangre. Dos estudian francés. Dos son ex y actual mujer del mismo tipo. Dos trabajaron para una de ellas en otra época. Tres son compañeras de trabajo. Una es la pareja del padre de otra. Cinco son maestras. De las veintitrés hay doce que están solas y dos muertas. De las que están en pareja, dos dicen ser felices. De las que están solas, ninguna lo dice. Hay tres que son poetas. Dos astrólogas y tiran el Tarot. Hay tres que toman clases de cerámica. Dos que hacen meditación. Dos concurren a un hospital de día para enfermos mentales. Una es paciente siquiátrica recuperada. Tres tuvieron experiencias sexuales con mujeres, aunque ninguna es lesbiana. Nueve de ellas fuman porro. Tres fueron alcohólicas, una fumó opio y dos probaron ácido. Cinco intentaron suicidarse. Catorce son sicoanalizadas en este momento. Sacando las muertas, todas menos una viven en Bariloche. Salvo una, que es niña, el resto tiene más de treinta y dos años. Una fue suegra de otra. Dos son vecinas. Seis son amigas. Dos se odian entre sí. Bueno, tres.
A todas les gusta recibir flores.
Margarita Plez
Uno es cero mi vida
Durante toda su vida, una mujer pierde cuarenta litros de sangre a causa de la menstruación.
Cuarenta litros es dos baldes de veinte. Unas buenas fregadas en el suelo, y ahí se fueron. Ciento sesenta vasos de sangre es. Veinticinco regaderas. Mil seiscientos frasquitos de esmalte para uñas. (Por las dudas me las pinto de rojo).
Frascos de flores de Bach, las del miedo por decir, unos ochocientos.
Ochenta pintas de sangre tirada.
La bañadera de mi casa mide punto seis por punto cuatro por uno punto cinco. Total, punto veinticuatro metros cúbicos. Si un metro cúbico implica mil litros, en mi bañadera caben doscientos cuarenta. Se necesita la menstruación completa de seis mujeres para llenarla. El tanque de reserva de mi casa tiene una capacidad de mil litros: veinticinco mujeres.
Cuarenta litros para treinta años promedio de fertilidad. Yo tengo treinta y tres, y llevo veinte sangrando. Eso es el sesenta y seis por ciento de lo previsto para mí: veintiséis litros de sangre desde la menarca hasta acá (yahoo dice que menarca es la primera vez que te viene. Algunos sitios dicen que es cuando una se hace mujer. Que a partir de ahí ya estás lista para ser madre).
Claro, habría que descontar mis dos embarazos, es decir dieciocho meses sin sangrar. Después el retraso, dos meses menos, y el puerperio, no me acuerdo cuánto fue, habrán sido tres meses cada uno… Total sin sangrar veintiséis períodos. Dos coma veinticuatro años de pulcritud. Si en treinta años se van cuarenta litros, en un año se espera perder uno coma treinta y tres litros. ¡Me ahorré la pérdida de dos coma noventa y ocho litros de sangre!
Mi primer amor duró doce coma sesenta y cinco litros.
Mi segundo amor duró uno coma treinta y tres litros.
Después llegó un amor de una sola menstruación. Por eso no lo cuento. Aunque si fuera fiel a la sangre, debería. Vino a buscarlo una mujer con toda su plasma encima, bien puesta, bien llevada. Entendí perfectamente y lo solté. Hubiera sangrado tanto con él.
El tercero me duró casi seis litros. Ahí tendría que sacarle el derramamiento de dos períodos de retraso, y sumarle lo que se fue de más a causa del aborto que terminó el asunto. Implicó más sangre de la prevista. Ya pasaron seis punto sesenta y cinco litros desde ese momento, y hace más de tres que no veo al fallido padre.
Debo haber enloquecido en ese tiempo; tenía el corazón seco. Para mí la sangre es como la voluntad. Poca sangre te impide mover el cuerpo en alguna dirección concreta. Te quedás como encerrada, ambigua. Creés que no tenés nada para dar, y recibir te pondría en evidencia.
A mi mamá le sacaron su sistema reproductivo completo a los treinta y cinco años. Le ahorraron ocho años de sangrado, diez coma sesenta y cuatro litros. Ella es una mujer dura. ¿Tendrá algo que ver con la sangre que no perdió? A mí me enseñó a poder sola, por eso debe haber sido que al tercer litro me fui de casa. Detrás de un hombre, claro, pero con solo tres litros perdidos.
Error. A mi hija le voy a enseñar dos cosas: la primera es que no tenga miedo de perder. La segunda es que espere por lo menos veinte litros antes de tener un hijo.
Con este amor, el cuarto, llevo casi dos litros.
En dos días el cuerpo produce esa cantidad de saliva. Dos botellas de merlot cosecha noventa y nueve es. Ocho copas.
Ah…dos litros. Es un hombre enorme, complejo. Su sangre es factor positivo, al revés que la mía. No por eso más fluida, ni más clara. Juntos formamos un río negro, denso, de cauce impredecible. Cuando tenga la edad de él habré perdido nueve punto treinta y un litros más de sangre. Para entonces solo me faltarán cuatro punto veintiséis litros, y listo.
Nadie sabe si estaremos juntos todavía. Qué importa. No voy a tener mucho que perder.
II
Ayer fui a devolverle la fuente. Me hizo entrar: sobre la mesa ratona había una tetera humeante, dos tazas, cucharitas, un plato con galletitas de avena y una azucarera. No tenía ganas de estar sola.
Me contó que su primera vez fue en un fiat ciento cuarenta y siete en la costanera, a las tres de la mañana. Con un chico alto, no recuerda su nombre. Ella tenía dieciséis años. El era de Neuquén y estaba de vacaciones. Se lo encontró hace un tiempo. Vende repuestos de autos para una empresa del valle y está en pareja con un veterinario.
La segunda vez fue en un playón con mirador al lago, en el cerro Otto. Una vista increíble. Luna creciente, el lago quieto. El chico era estudiante de cine, y tenía una novia que ella conocía, porque eran compañeras de secundario. Esa noche él le contó que también se acostaba con la suegra. Ahora está en Francia, es fotógrafo.
Una vez lo hizo con un coordinador de egresados. Fue en un hotel de la calle Juramento, en una habitación con tres cuchetas. Lo hizo en una de las de abajo. Supo que diez años después el hombre murió en un accidente en la ruta, a la altura de Collón Curá. Iba con su novia, que también murió.
A los diecisiete lo hizo con un hombre que era guía de caza en Santa Cruz. La primera vez fue en su propia cama, bajo un silencio sepulcral, pues toda su familia dormía. Después lo hacían con frecuencia en cualquier parte de la casa: cocina, lavadero, baño, sillones, suelo. Y fuera de la casa: auto, playa, bosque, jardín. Ahora el hombre tiene una empresa de limpieza de obras y mantenimiento, y trabaja para el imperio Fortabat. Está casado y tiene tres hijos.
También se acostó con un compañero del curso sobre filosofía que tomó en la universidad. El hombre era diez años más grande que ella e ingeniero nuclear. Ahora trabaja para una compañía australiana de manejo de residuos nucleares, y viaja intermitentemente de uno a otro país. Tiene un hijo, está divorciado.
Se acostó con un escenógrafo que aprendió el oficio de plomería y subsiste gracias a eso. Supo que se juntó con una periodista y tiene un hijo con ella, y dos hijos más con otras dos mujeres.
Lo hizo con un tipo que es instrumentista quirúrgico. Doce años más grande que ella. Sabe que se fue a vivir a Viedma y dirige un equipo de fútbol.
Con un poeta. Quince años más grande. El hombre vive en Salta, y tiene una novia de veintidós años que estuvo presa cuatro veces.
Una vez se acostó con un actor de ojos negros que durante la cuestión estaba borracho y repetía incansablemente amo a mi mujer. Se enteró por la radio que se está presentando en una obra cuya historia vincula a las mujeres con las ratas.
Y un escritor, que en la época en que durmió con él estaba escribiendo un libro titulado no esperes que barra.
Un empleado bancario. Cuando lo hacían, ella quiso sacarle una medalla rectangular que colgaba de su cuello, pero él no se lo permitió. Parecía una de esas chapas de soldado veterano. Sigue trabajando en el mismo lugar. Está casado. Con la misma mujer de entonces.
Otra fue con un artesano que trabaja en hierro. Y también con un techista. Ambos se conocen. Los dos se separaron y viven solos. El primero tiene dos hijos y el segundo cuatro, que se fueron a vivir al norte con su madre.
Estuvo con un hombre de trabajo incierto, que va y viene de Argentina a España según el ánimo. Es dibujante de historietas, e inventó un personaje, cuya saga publica un diario local, llamado Reventino.
Estuvo a punto de hacerlo con un hombre que conoció durante un viaje de trabajo. Por ese entonces estaba casada y creía en la fidelidad. El hombre era periodista y además escribía una novela sobre vampiros.
Casi cae en las garras de un amigo del marido. Se arrepiente de no haberlo hecho.
Su primer ginecólogo, cuando la revisaba, le frotaba el clítoris.
Su primer orgasmo fue en Italia.
Una vez soñó que le hacía el amor a una mujer diminuta y desprotegida. La sicóloga le dijo que no se preocupe, que esa mujer desprotegida era ella misma, y que al hacerle el amor estaba recuperándola.
Del hombre con el que se acuesta actualmente no me dijo nada.