Quiero hablar de una persona con la cual nos subimos a un camión de paraguayos desconocidos y cruzamos una frontera. No estoy hablando en sentido figurado. Teníamos dieciocho años, una mochila en la espalda y estábamos a kilómetros de la casa de papá y mamá. No es precisamente que nos lleváramos el mundo por delante, de hecho creo que éramos bastante timoratas. Nos acercábamos a todo lo desconocido, feroz o amigable, como dos nenas en el jardín zoológico con la bolsa de galletitas de animalitos en la mano muy contentas de darle de comer en la boca a cuanto bicho se nos cruzara.
Apenas empezábamos el viaje. Nos inclinábamos por todo lo barato como lo mejor y nunca habíamos hecho dedo. Estábamos en un pueblito mínimo, en la puna. Nos dijeron que si caminábamos por la ruta hasta el cruce pasaban los camiones que iban a cruzar la frontera con Chile. Atravesar la cordillera de los Andes. El paso fronterizo a mayor altura en todo el territorio argentino. Un camino que dura unas quince horas más o menos, por el desierto de montaña, sin un solo pueblo a la vista. Estoy tratando de darle la magnitud que le corresponde al asunto. Claro, nunca voy a poder atinar. Es como querer pegarle con una piedra la luna. Lo más difícil es tratar de dar una idea de algo que en principio no es una cosa porque no te alcanzan los ojos para agarrar todo eso aunque des un giro de 360 grados mirando para todos lados. De hecho dar ese giro es lo peor que uno puede hacer porque la cosa, lo que puede llamarse cosa, se vuelve uno, nosotras, nuestro camioncito doble acoplado que en proporción era un juguete perdido adentro de un arenero descomunal. La inmensidad emana un olor a silencio que te abre los pulmones. Te hiperventila, te vacía la cabeza. Hay que tener cuidado de no apunarse. Cuando se llega a la frontera está uno a 4575 metros sobre el nivel de mar.
Nos subimos a ese camión doble acoplado. La cabina era bastante grande, atrás de los dos asientos había un colchón de una plaza. Con mi amiga nos sentamos sobre el colchón pero como es de imaginarse era un espacio para dormir y no para sentarse. Teníamos que ir con las cabezas agachadas para no chocarnos contra el techo. Conductor y acompañante tendrían unos treinta y pico de años. Nacionalidad paraguaya. Primos. Orgullosos miembros de una familia de todos camioneros. Nos contaron gran parte de sus vidas en el viaje. Charlamos. Sobre todo hacían hincapié en todas las anécdotas amorosas que habían tenido con chicas mochileras como nosotras y se daban vuelta para sonreír con toda su música. Cumbia.
Tengo algunas lagunas en la memoria. Por algún motivo no pude retener los pulposos datos acerca de cómo las generosas chicas retribuían a los benévolos camioneros con sus favores. Creo que en ese momento empecé a prestar especial atención a mi memoria para ubicar el sitio exacto de la mochila donde había guardado el cuchillo tramontina. Se me escaparon algunas gotitas de brillantes detalles no poco ilustrativos de las bombachitas veloces made in argentina que ya habían apoyado sus pompis en el colchón donde yo estaba. Tenía mi cabeza en otra cosa. Miraba el paisaje. Trataba de encontrar en lo inhóspito del desierto un caballo, una llama, una mula, una mulita, aunque sea un armadillo para subirme y subir a mi amiga y huir a lomo del animal que fuera en medio del desierto montañoso. Llegué a tener una comunicación por ósmosis con mi amiga. Ni cruzar las miradas queríamos. Pero (y en esto no creo equivocarme) si hubo un instante de comunión comprensiva casi religiosa (nos hablábamos sin tocarnos, ni pronunciar palabra, ni mirarnos) fue cuando nuestros anfitriones empezaron a usar la radio. Resulta que (y esto tengo que explicarlo inevitablemente desde afuera porque no sé de qué manera llegué a entenderlo estando ahí adentro) resulta que nuestro camión era sólo uno de una caravana de diez camiones. Todos paraguayos. Todos amigos o parientes. Se comunicaban por radio unos con otros. Hablaban en guaraní. Reían en guaraní. Se hacían chistes en guaraní. Lanzaban carcajadas en guaraní.
El panorama era dramático. Afuera, la inmensidad: una cosa bellísima, diga de admiración. El desierto. La muerte. Adentro: nuestra cordial pero infranqueable defensiva ante la avanzada del sexo paraguayo. Yo tenía el termo del mate entre las manos. Un termo de metal. Sabía que mi amiga era fuerte. Sabía que las dos estábamos pensando en lo mismo.
A esa altura al partido llegó, nunca tan felizmente recibido, el paso fronterizo. Un caserío de diez, doce ranchos. Nos esperaban los culos más pesados de la gendarmería, hombrecitos sentados detrás de escritorios. Bajamos del camión, sacamos los documentos, estiramos las piernas. Hablamos, nos fuimos a un costado y hablamos con mi amiga. Fue una reunión cumbre como la que pudo haber tenido Simón Bolívar con San Martín.
Prendimos cada una un cigarrillo paraguayo, regalo caballeresco de nuestros camioneros. Ellos llevaban cinco o seis cartones para regalarle a los policías que se cruzaban por la ruta. En Paraguay valían menos que un puñado de caramelos. No tenían gusto a nada, eran puro aire. Había que decidir.
Caminamos un poco por el caserío mientras veíamos cómo se estacionaban los otros camiones y bajaban más y más paraguayos. Llegamos a una casita derruida que tenía en la parte de atrás y debajo de uno de los pocos árboles de la zona, un sillón de terciopelo rojo. A la intemperie. No llovería mucho pero, hay que decirlo, el terciopelo era áspero como lija. Nos sentamos, nos volvimos a parar. Había que decidir.
Estábamos literalmente en el medio de la nada. Una nada, además, bastante alta, 4500 metros de altura. El paso de Jama es esencialmente para transporte de mercadería, o sea, sólo pasan camiones. No podíamos esperar en la frontera y subirnos a cualquier otro auto ¡porque no había! Y más vale camionero conocido que camionero por conocer. Pero a 4500 metros de altura de desierto de montaña no estábamos para refranes. De hecho nos hacían una gracia casi enfermiza. Paramos de reírnos, tranquilizándonos, porque tampoco estaba la cosa para andar levantando la perdiz de la dicha a cielo abierto. Precisamente porque era el gusto de la desdicha a calzón quitado lo que nos cerraba la garganta.
Después de haber dejado registrados nuestros nombres en el paso de frontera, decidimos volver al camión. No había por qué no hacerlo. Lo cierto es que ya habíamos entrado en un nivel de confianza y ya les habíamos dejado las cosas bastante claras como para poder soportar unas cinco horas más. Realmente no sé cómo pero de alguna manera les habíamos inspirado algo de respeto. Sumisas y fieles les habíamos expuesto, seguramente sin querer, un grado de respeto y temor supremos. Entramos a la cabina y nos mantuvimos quietitas, disimulando el temblor de las rodillas, en ese asiento de atrás, con la cabeza gacha como la arquitectura del vehículo lo exigía. Hasta que avistamos el primer pueblo allá adelante en la ruta, de lado de Chile. San Pedro de Atacama. Las puertas del cielo. La velocidad con la que decidimos bajarnos del camión, nos despedimos y ya estábamos caminando a cinco cuadras de distancia sin mirar atrás fue digna del mejor relator de fútbol guaraní. Creo que ellos apenas estaban parpadeando cuando nosotras ya éramos dos puntitos negros allá adelante por las calles del pueblo.