Desperté después de dormir por quince minutos. Antes, había estado frente a la computadora, cuando de pronto sentí una pérdida considerable de energías. Aún pensaba si apagar la máquina e irme a dormir o continuar con lo que hacía. Sonó el teléfono. Cuando colgué recordé que desde que había prendido la computadora (que se encuentra en el cuarto de mi hermano), deseaba traer mis anteojos de mi cuarto. El teléfono se encuentra en el pasadizo del segundo piso, éste da, directamente luego de subir el último peldaño de la escalera y dar siete pasos, a mi cuarto. Mi cama está a once. El teléfono quizá esté a cuatro o a tres. Caminé hasta culminar los once pasos y me lancé a la cama. Estaba con las pantuflas al momento de despertarme. Al saltar no las había dejado en el suelo. Supuse luego que, inconscientemente, deseaba continuar trabajando en la computadora y ese salto en la cama solo significaba un breve reposo que duraría, acaso, segundos.
Luego de abrir mis párpados, resultó que había soñado. Esto es algo anormal, pues cuando duermo por largas horas, situación más infrecuente, solo logro soñar de vez en cuando. Nunca un sueño elaborado, con argumento. Aún no recuerdo qué soñé. Pero sé muy bien que he soñado pues desperté con ésa sensación. Esa que baja desde el cerebro y se deposita en la boca del estómago.
Supongo que fueron quince minutos pues el sueño fue profundo. Un descanso reparador. Quizá fueron cinco o diez. En términos de horarios suelo preferir los múltiplos de cinco. Pensar que me desperté a las tres y treinta y siete con cincuenta y un segundos, me aterra. No creo que esa hora exista. En cambio, sí existen las tres y cuarenta o tres y treinta y cinco. Sin segundos, claro. Esto quizá se deba a un trabajo en el cual controlaba el tiempo. Y debía cobrar por el mismo. Imagínate tener que cobrar por una hora con diecisiete minutos y treinta y nueve segundos. Un horror.
Los minutos que hayan sido, me valieron para descansar la vista y para darme cuenta de otro aspecto: Mientras trabajaba en la computadora, mi hermana y su hija dormían en la cama (de mi hermano), de espaldas a mí. Mis dos sobrinas adolescentes y mi otra hermana, dormían en el cuarto de mis dos hermanas, a mi hermano lo vi salir en la mañana, y yo, como no tenía nada que hacer en la calle, me quedé trabajando en la computadora. Al despertar, no había nadie más que yo en la casa.
Anoche hubo una reunión familiar aquí. Yo tuve un compromiso ineludible y por ello no pude asistir. Lo que explica que mis hermanas y mis sobrinas durmieran hasta ya entrada la tarde, fue que…
Ahí me quedé. Pasaron muchos días, entre trabajos y lecturas, diez para ser exactos. Había olvidado que existía ésta historia. Al verla, como un archivo de Word, en mi computadora, solitaria y olvidada, sólo el título me llamaba a recordar qué deseaba contar. Quizá si inventaba un nuevo sueño. Uno más original que el original, que yacía refundido en mi memoria de largo plazo. Pero no, solo recuerdo el momento en que desperté y esa necesidad de escribir la historia.
Recuerdo que me levanté aletargado. Con una gran presión sobre los hombros, sensación habitual cuando tengo que escribir un historia o cuando la estoy escribiendo, y mi vista no estaba descansada del todo. Había leído mucho en esos días. Realmente estaba cansado. Pero deseaba seguir haciendo todo lo que estaba haciendo. Me sobraba el tiempo. No el dinero.
Fui a la cocina. Comí un pan y no pude tomar agua porque estaba caliente.
El argumento, ahora, a la distancia de diez días, era simple: un hombre se levanta, después de haber dormido unos minutos u horas o segundos. Se halla solo. Su familia se ha ido. ¿Explicaciones? Ninguna. Pero quedaría en la mera anécdota. Como una “mala” copia de una historia de Kafka. El que un hombre despierte convertido en un insecto, sirvió una vez, pero no siempre.
Ese “fue que…” sigue en mi cabeza. No sé qué palabra sigue. No la recuerdo. Tengo que presentar el cuento lo más pronto posible. Mi editor no me ha dado mucho plazo. Tráeme una historia. Una buena. No tenía ninguna. No tengo ninguna.
Revisé algunos de mis manuscritos y no hallé nada bueno. Historias inconsistentes. Encendí la computadora y ahí estaba. La historia que diez días atrás empecé y que no he logrado terminar. El título era 6 p.m. Pero definitivamente lo cambiaré.
En la historia, la hora tiene un papel relativo, casi anónimo.
Él se despierta. No hay nadie (Omitiré el último párrafo inconcluso, para deshacerme de ese “fue que…”). Camina. La casa es un edificio de tres pisos. El último es una espaciosa azotea. No están ni sus perras. Quiere ver la hora pero sabe que le robaron el celular hace cinco días. Regresa al cuarto de sus hermanas. Busca algún reloj. No halla ninguno. No se altera, cree que todas, incluidas las perras, han salido a pasear. ¿Qué hora es? Ve por la ventana, pero las tardes de verano son tan inexactas para dar la hora. Podrían ser las seis y parecer las tres.
Baja al primer piso. Ve una ruma de periódicos, justo al lado de la escalera. Toma uno al azar, pero sabe que leyó ese mismo artículo hace días. Toma otro y es lo mismo. Las fechas en los diarios son descontinuadas y confusas. Tampoco sabe qué día es. Cree estar en el mismo día en que se durmió. Aunque ahora está confundido: sábado, domingo, viernes. ¿Cuánto he dormido?
Regresa a su cuarto, se sienta en su cama para ponerse un jeans y un polo. Ve que en su mesa están sus lentes. Antes de dormir, mientras estaba en la computadora, quería ir a su cuarto y traer sus lentes. Pero luego se sintió cansado. Y quiso dormir. Y quizá si hubiera ido por los lentes y hubiera vuelto a trabajar en la computadora no me encontraría en esta situación. Salió de la casa.
Su calle, que es una avenida en realidad, es poco transitada. Lo regular. Hacia dónde voy. Camina hacia la tienda, un Minimarket, que se encuentra a dos cuadras de su casa.
Está a punto de cruzar la calle para ingresar al establecimiento, pero decide regresar a su casa. Me tomaran por loco. Cómo no sé la hora. Se detiene en la esquina. Recuerda que dentro del Minimarket, en la columna que está al medio del mismo, hay un reloj. Da vuelta y se dirige a la tienda. Hurga en su bolsillo y halla unas monedas. Tres soles. ¿Qué compro? Lo que sea.
Se dirige directamente al área de gaseosas. Toma una personal y se dirige a la caja. Había pensado que era extraño, acaso sospechoso, que se dirigiese directamente a ver el reloj. Este, se hallaba (como dije) en el medio del local a seis metros de la entrada, que en realidad eran dos de esas puertas metálicas que se enroscan hacia arriba. Acaso el local era un rectángulo. Si lo vemos desde arriba, la columna en cuestión se haya lejos de la mitad del rectángulo. En la mitad de la mitad. Las cajas registradoras, porque también eran dos, están para el lado izquierdo (mirando desde afuera) del local. A la derecha, había una pequeña sucursal de un banco: Una mujer, en un cubil de dos por tres y con uno de esos aparatos para pasar las tarjetas de crédito.
Soy excesivamente descriptivo. ¿A quién le interesa cómo era el cubil de la sucursal del banco? Es demasiada descripción. Es una inútil descripción. Creo que no le podré entregar el cuento a mi editor. Eso me pondría en aprietos. Encima quiere una buena historia. Como si con decirlo las obras se hicieran. Y si no va al Minimarket. Y si cerca de su casa vive su mejor amigo. Pero el mejor amigo se ha ido de viaje. Que conveniente. No, lo del mejor amigo o lo de que se encontró con alguien conocido resolvería la historia. Sabría la hora, el día, el año…Definitivamente él está solo. ¿Por qué? Todos en algún momento de nuestras vidas estamos solos. Sí. ¿Y?
Camina (espío posibilidades). Sube a una combi. Está casi vacía. Se sienta en la última fila de asientos. El cobrador tiene camisa azul. Manga corta. Mira sus brazos y no ve un reloj. Le sudan repentinamente las manos. Si se acercara al cobrador y le pidiera la hora. Duda. Se dirige hacia el cobrador. Este te mira y levanta las cejas cómo preguntándote qué quieres, dónde bajas. Baja. Le das una moneda y caminas nuevamente por la acera.
Ahora, ¿qué más? Un parque. Unas bancas. Una mujer. Quizá funcione.
Echas a la basura la botella que compraste en el Minimarket. Mientras la botella de plástico cae, recuerdas el fallido intento de ver la hora en el reloj del aquél establecimiento. Ya en la caja, dos señoras te separaban de la cajera. Lo rasgos de la mujer eran tan normales que los olvidaste. Dudas voltear. Esperas estar frente a la mujer y girar tu cabeza hacia la izquierda, elevar la mirada un metro y ver definitivamente la hora. La mujer no hace ningún gesto al verte. Extiende su mano para tomar la gaseosa. Ahora. Giras. Pero vuelves para ver si le estas entregando la gaseosa a la mujer. No hay hora. El reloj marca las doce. Pero es una hora ficticia. No es la verdadera. En ningún caso, ese cielo, es el cielo del mediodía. Con una expresión de incredulidad, te vuelves hacia la cajera. Es un sol cincuenta. Está sin pila. Le pagas. Tomas la botella y sales rápidamente del Minimarket. ¿Por qué no le pregunté la hora? Quizá en la pantalla de la caja, como en las computadoras, decía la hora. ¿Qué hora es? ¿Qué día es hoy?
Está muy desorientado. Vuelvo al absurdo del comienzo que deseaba evitar. ¿No conoce a nadie acaso? Sí, seguramente, pero está solo. Ya dije eso. La mujer. Una mujer siempre resuelve o fulmina todo. ¿Cómo es ella? Bonita. Tiene que serlo. ¿Cuán bonita? De una belleza inefable. Pero realmente es bella o quizá él solo cree que lo es. Por otro lado, ella no puede acercársele de pronto. O quizá sí. Para pedirle la hora.
¿Qué estudias?
Nada.
¿Qué lees entonces?
Un cuento
¿Cuál?
Continuación de una historia interrumpida.
¿De qué se trata?
No sé. Había leído el título cuando me preguntaste qué leía.
Ah, disculpa.
…
A mi también me gusta leer…Aunque ahora estoy en busca de algo (Si le pregunto la hora, o qué día estamos me va tomar por demente y se irá).
Ah…
¿De qué crees que se trate?
¿Qué cosa? El cuento…mmm…De alguien que lee dos historias
¿Dos historias? Más bien pienso que se trata de una sola.
No.
¿Por qué?
Porque es la continuación de una historia que ha sido interrumpida. La primera historia es esa y la segunda es la que la continúa.
Pero, evidentemente una historia es, en cierta forma, una continuación de hechos.
Pero entonces por qué el título.
Sería entonces: Continuación de una historia. Pero la palabra interrumpida nos dice que hay otra historia. Que hay dos. Como te dije: la que continúa a la que fue interrumpida.
Mmm…
Eso me dice el título. Solo hago conjeturas a partir de la información que tengo.
Es posible.
¿Y si te equivocas?
Sería feliz.
¿Por qué?
Para qué leo el cuento si ya sé cómo acaba o de qué se trata…
E…
…claro que puede ser por puro deleite. Para volver a gozar de él. Sin embargo, prefiero equivocarme y sorprenderme.
Entonces arruiné tu lectura.
No. Voy a leerlo para saber quién de los dos tuvo la razón. (Sujeta fuertemente el libro)
Buena motivación.
¿Y cabría una tercera posibilidad?
Tercera posibilidad…mmm… ¿Cómo cual?
Si no hay dos historias, como dices tú. Ni hay una historia, como digo yo… Quizá se trate de la suma de ambas posibilidades. Dos más uno, tres.
Muy fácil.
¿Qué planteas tú entonces?
Puede tratarse de un círculo.
¿Cómo?
O sea, mi idea de las dos historias pero sin final.
¿Qué? Explícate mejor
La primera historia, la que fue interrumpida, es continuada por la segunda. ¿Cierto?
Sí. Seguimos en lo mismo.
Pero la segunda no termina. Sino nos conduce a la primera. Pero no por una simple inversión en el tiempo y espacio. Sino por algo más elaborado. Algo que sin darte cuenta te arrastra a la primera historia.
Pero ya no sería una historia interrumpida, pues la segunda completa a la primera. O viceversa, según sea el caso.
Tienes razón.
Es posible tu hipótesis pero muy compleja como para hacerla con palabras.
Quizá.
Podría haber un dios. Alguien que contase todo. Que supiera todo. Incluso que nos conociera a nosotros. O a ti, la lectora.
Haber sigue.
Sí, un dios omnipresente. Que nos narra a todos.
Pero en todo caso, el escritor es el dios de sus personajes…Como hizo Unamuno.
No. Ese es un dios omnipotente. Yo digo uno om-ni-pre-sen-te…Está en todos lados, con su cámara, filmando todo.
Un dios camarógrafo. Jajaja.
No a ese punto. Pero sí uno impersonal, que se limite a narrarnos la o las historias.
Me parece que ese dios que dices, sigue siendo para mí el escritor.
…
Él los crea o los desaparece, según la conveniencia del texto. Piensa: si yo no estuviera aquí ahora, tú no sabrías lo que te acabo de decir. ¿Entiendes?
Sí.
Bueno, me voy. Ya es tarde y hace un poco de frío, ¿no? Leeré en mi casa.
(Se levanta y comienza a caminar)
Y si uno crea al otro sin…
Suerte con tu búsqueda.
Demasiado diálogo. Es absurdo que rellene con diálogos lo que no puedo narrar. Y si reescribo un cuento famoso. Uno de Borges o de Cortázar. No, eso no resulta. Pero lo cambio. No, va parecer una mala copia. No funciona. No funciona. Mejor duermo para estar más lúcido mañana. Mejor escribo algo para tener dónde empezar mañana:
Regresa a su casa. Se da cuenta que había dejado la computadora encendida. Mueve el mouse. La pantalla se enciende. Abre unas carpetas y encuentra el archivo que estaba buscando: Memorias. Lo abre. Baja con el scroll hasta la última página. Está en blanco. Suspira de cansancio y escribe:
Mi sueño no era un sueño. Era un recuerdo de un presente que ya no existe. Hace diez años (quizá menos, para no ser tan exactos), que vivo completamente solo. Mis hermanos se fueron. Yo soy el menor. Ya tienen familia. Yo no. Debo volver al trabajo. Estoy escribiendo un relato: Un hombre necesita escribir un cuento, porque su editor lo presiona, pero solo tiene el borrador de una historia interrumpida.
El origen de una historia sin comienzo
Había subido a la combi diez minutos después que yo. Como el carro era pequeño y estaba colmado en su capacidad, se sentó frente a mí, en los asientos que hay detrás del chofer y del copiloto.
Usaba lentes negros, no muy grandes, pero lo suficientemente oscuros para no ver sus ojos. Al final de aquél viaje, no pude verlos. Llevaba uno de esos politos que usan las mujeres, con pliegues, blanco y escotado. Lo suficiente para ver un octavo, quizá un cuarto de su seno blanco como nube de verano. Es cierto, es verano y hace demasiado calor. Quema como si fuera mediodía. Recién es un cuarto para las nueve.
El carro avanza y el aroma que la acompaña se detiene en el espacio, tan solo para estrellarse vaporosamente contra mi rostro. Qué aroma será. Las hebras más sensitivas de mi cuerpo ingresan en un estado cataléptico. Apoderándose de mi sentido del olfato, aquella fragancia sensibiliza a tal extremo dicho sentido, que dejo el libro que estaba leyendo y me sumerjo en la tarea de nombrar aquél aroma.
No sé como llamarlo. Qué fruta o múltiples esencias estarán involucradas en la composición de su perfume. Desconocía eso. Como desconocía adonde iba. Lo sabía antes pero lo he olvidado. He olvidado que a mi lado el cobrador brama llamando a sus próximos pasajeros. He olvidado la sensibilidad de mis manos y por eso dejé sobre mi regazo el libro que estaba leyendo. He olvidado que estoy en Lima, cruzando, de Chorrillos a Barranco, por calles que parecen postales posbombardeo.
El hombre que estaba a mi lado izquierdo baja. Tengo que pararme para que pase por el estrecho camino que hay entre mi asiento y las piernas de ella. Usa un jeans celeste. Su cartera marrón creo que no combina. Nunca vi qué zapatos llevaba. Recuerdo la cartera pues con ella se tapaba su (ahora para ella) vergonzoso escote. A través de esos lentes negros vio que mis curiosos ojos espiaban lo níveo de su piel y enrojeció. Acto siguiente, el bolso, dejó de ser accesorio y formó parte del atuendo superior.
El aroma se intensificó cuando logró sentarse a mi lado. El hombre bajó del carro y ella, esperando a que yo me abalanzara sobre el sitio vacío del sujeto, se sorprendió cuando le extendí la mano, señalándole que pasara primero a sentarse más cómoda. Así, me hallé entre ella y la puerta del carro. La ventana que daba para su lado estaba abierta, por ello, y en confabulación con la velocidad del carro, su aroma desconocido se propagó de mis inquietas fosas nasales, hasta lugares que nunca he conocido de mi cuerpo.
Ya solo la olía. Su rostro logró ocultarse bajo un manto de cabellos castaños arrebatados por el aire. El cada vez más punzante bálsamo, a medida que me embriagaba, me hacía recordar la suavidad de la tersa piel de su seno que estalló en un rubor escarlata luego de que lo mirase. Pensé en fresas. Fresas.
No sabía si hablarle o no. Preguntarle qué fragancia usaba. Explicarle que dicho aroma había obnubilado mis sentidos. Que necesitaba saber, por lo menos, el nombre de aquella hechizada pócima. Sabía, porque se lo oí decir mientras pagaba su pasaje al cobrador, que bajaría en Aviación. Estamos cruzando el Cortijo. Mientras debatía las posibilidades llegamos a Benavides y doblamos a la derecha. Aviación estaba cerca. Muy cerca. En qué cuadra bajará. Quizá estemos a veinte cuadras del Óvalo Higuereta. Girando en este, ingresamos a Aviación. De ahí, la angustia apuñalaría mi pecho sabiendo que quizá, en el siguiente paradero, ella bajaría del carro, para perderse entre la masa ondulante que forman los habitantes de esta ciudad. Pero recién estamos doblando hacia Benavides, aún tengo tiempo. Cuadras. El carro avanza como a 80 o 90 km/h. De casualidad rozo su pierna con la mía. Aparta la suya. Quizá la incomodé demasiado. Quizá el motivo por el cual se cubre el rostro es porque no quiere verme. No quiere ver a nadie. Por ello usa lentes negros. Tan negros como la noche de un ciego.
¿Cuál será su nombre? El de ella o el del perfume. Da lo mismo llamarla con uno u otro nombre. No estoy seguro, ahora, de que use realmente un perfume. ¿Y si es su fragancia natural? Es verano. Yo sudo, ellos sudan, ella (quizá) suda. Acaso ese aroma sea un producto hormonal. Una receta para capturar a hombres tan sensibles como yo. Tan maniatable con un aroma, que olvidan adonde van, qué hacen o acaso cómo se llama.
En fin, ella está aquí, a mi lado. Yo oliéndola o quizá ella haciéndose oler. Es mejor decir: hechizándome. Atrapándome. Ya no puede renunciar a esta captura voluntaria. Sí, me ha tomado como su rehén. ¿Qué hacer? Si de pronto le hablara, lo más seguro es que ella me ignore. Volteará a verme, solo para lanzarme una mirada de desprecio a través de esos lentes negros. Negros como la noche de un ciego.
Mi historia es la típica chico-conoce-chica. Pero debo conocerla para que suceda. Para que sea una historia. Para que haya algo qué contar. Pero aún no la conozco. Solo la admiro. Admiro su hombro que se descubre a ratos, furtivo entre sus cabellos. Admiro sus cabellos que se extienden en el espacio y que rozan con sus fibras, mi hombro o mi mejilla.
Desperté y ya estábamos girando en el Óvalo Higuereta. Que realmente se llama Óvalo Los Cabitos. No entendía por qué ese nombre hasta que, semanas después, aprecié con detenimiento el monumento que hay en el medio del Óvalo: Unos cabos listos para la guerra. Ella aún seguía a mi lado. Su perfume me continuaba rodeando. Ya en Aviación, el carro se detuvo en el primer semáforo. Era ahora o nunca, debía, de alguna forma, hablarle. Decirle que deseaba conocerla. Lo necesitaba. Que nunca jamás podré dejar de pensar en ella, cuando, por alguna casualidad de la vida, reconozca en otra, el aroma que ahora ella destila. Aún no sabía como encararla. Si le preguntara algo. ¿Dónde queda tal calle? O si mejor la siguiera cuando bajara. En ese caso pensaría que soy un depravado y correría y llamaría a la policía y me meterían a la cárcel. También me meterían a la cárcel si le robo el bolso que ahora cubre sus senos blancos. Oí que metieron a un chico a Lurigancho por pretender robar un celular. Por pretender. Y si le robara el bolso qué no me harían. Pero el techo del carro es muy bajo. Tendría que esperar cuando estemos en el semáforo. Y la puerta tendría que estar abierta. Y el cobrador tendría que estar ya en la calle vociferando para que suban más pasajeros. Pero si alguien me detiene. Angamos. Neoplásicas. Aún no baja. Me tomarían del cuello o de la ropa. Y me lincharían en plena avenida Aviación. Que vergüenza para mi familia. Más para mi madre, que tendría que ir a la Morgue Central de Lima a reconocer mi cuerpo inerte. Amoratado y aún sangrante. Seguro se desplomaría sobre mi frío pecho. Y lloraría desconsoladamente. Entraría mi tío a sacarla y a tratar de consolarla. Y mi hermanita no entendería por qué hay tanta gente en la sala. Y flores. Y luces. Y una caja grande a donde todos los que ingresan van a ver su contenido. Y luego de años, al ver mi foto en la sala, le dirían lo bueno que fui. Que cuando era una recién nacida la cuidaba y que incluso le cambiaba el pañal. Y le daría mucha pena no tener más un hermano mayor. Pero todavía es muy pequeña. Y quizá alguien, pretendiendo hacer de mi velorio una tragedia griega, la alzaría en brazos, acercando su pequeño rostro al vidrio que todo féretro tiene. Y lo golpearía con sus manos de dos años y nueve meses. Y diría más o menos mi nombre. Y como presintiendo la pena que sentirá dentro de unos años, estallará en llanto. Y le recordarán, cada vez que le comenten cómo era yo, mientras ella ve mi foto en la sala, que lloró por mí en mi velorio. Pero será muy difícil robarle algo. La puedo lastimar. Y seguramente, en el forcejeo, sudará. Y se perderá su aroma actual. Y lo reemplazará uno más ácido y penetrante. Pero igualmente hipnótico. Y me dará sed. Y querré beberla. Las Artes.
Nos casamos. Lo mejor de la vida en matrimonio es el sexo. La tengo a mi disposición todas las noches. Claro que no siempre acepta. Sin embargo, como prácticamente somos recién casados, la euforia y el deseo son nuestros brebajes de todas las noches. Antes, como enamorados, estuvimos unas cuantas veces. Pero muy incómodas. Todas en su sala. Excepto una vez, ya casi cerca de la fecha de la boda, que nos dejaron solos en su casa. Hasta nos bañamos.
En sus senos blancos como nubes de verano, florecían un par de breves pezones color rosado. Su cuerpo, me refiero a las partes no tan expuestas al sol, era aun más blanco que su busto. Su piel desnuda, con una leve fricción de mis manos sobre ella, se pigmentaba de un rojo escarlata. Parecía sangrar. Toda ella era una masa sangrante al momento de la eclosión de su orgasmo.
Llego de trabajar. Ella lo hace dos horas antes que yo. Me baño. Ceno. Arreglo mis cosas para el día siguiente y voy a la cama. Su cabello aún huele a humedad. Está fresca. Relajada. Vemos noticias hasta las once. Apaga el televisor y pretende perderse entre las sábanas. La detengo. La abrazo por la espalda y ella siente mis intenciones. Sonríe. Parece negarse pero en realidad desea que sea más cariñoso. Le beso la espalda y voy descendiendo mis labios hasta llegar a la costura de su polo. Ella se electriza. Siente cosquillas. Sonríe. Ahora mis manos transitan por debajo de las sábanas, por encima de sus pechos. Gira hacia mí. Me besa. Ya está sobre mí. La abrazo mientras le quito el pantalón de pijama. Mis manos aprietan su piel que comienza a enrojecer. Ella pasa su mano por entre mis piernas. Me excito definitivamente. Le saco el polo y está desnuda sobre mí. Termino de desnudarme y me recuesto sobre ella. Ahora estamos unidos. Ahora comenzamos a sudar. Nuestros ritmos cardiacos se aceleran. Ella gime. Yo gimo. Beso sin control sus pezones. Mis manos estrujan sus nalgas. Ella me abraza. La sostengo para moverme con más fuerza. Sus uñas pretenden desgarrar mi trasero. Me duele. La sostengo con más vigor. Se balancea. Ya no pienso. Reacciono al impulso. Me abraza más fuerte. La tomo sin control. Gimo. Grita. Grita. Gimo. La beso. Me besa. Nos separamos levemente y caemos en el letargo posterior a un intenso orgasmo.
El tiempo de enamorados no fue muy largo. Salimos mucho y al cabo de dos meses ya éramos novios. Estaba enloquecido por ella. Al principio ella no estaba tan entusiasta con la relación, aunque después de conocernos mejor, todo cambio.
Aún recuerdo el día en que la conocí. Estaba sentada a mi lado en la combi. No sabía cómo hablarle. O como acercármele sin que reaccionara mal. Tomé el cuadernillo pequeño que siempre llevo para anotar cualquier cosa que luego deseo recordar. Escribí lo siguiente: Me gustaría conocerte. 995135332. Ella jamás vio el momento en que escribí, pues, luego de verme sacar el cuadernillo, volvió su mirada hacia la calle. Arranqué la hojita. Le dije: Disculpa, conoces esta dirección. Ella tomó la hoja, un poco sorprendida, la leyó y sonrió. El carro no avanza porque el semáforo está en rojo. Aún esbozaba una leve sonrisa. Permiso. Le di pase y bajó del carro.
Hubiera sido maravilloso que me hablara. Conocerla. Hacerle el amor. Aunque luego de verla perderse entre la multitud que iba y venía en la esquina de Aviación con Javier Prado, mi carro avanzó y me di cuenta que aún tenía el cuadernillo en la mano y que no había sacado el lapicero de mi mochila. Luego de unos metros, logré leer en un cuadrado azul con letras blancas: bnp.
Las hojas caen siempre en otoño
Al final de su existencia, vieja, cansada y arrugada, pensó en su vida y la detestó. Sentada en aquella silla de ruedas que la posee desde hace diez años, sucumbió ante la necesidad de aborrecerse. Nunca lo había pensado. Nunca. Ni cuando él la maltrataba o la traicionaba creyó ser objeto de su propio y contundente odio. Pero hoy, el día de su muerte, cree que lo merece. Que todos los años de su vida solo han sido una fantasía. Una pesadilla. Hoy, ciega, sorda, presa de sí misma, no teme ya a nada que pueda doblegar el odio contra su vida. Despertó, como hace siete años, pestañando levemente su ojo izquierdo. Alguien se acuerda de ella y le introduce un sorbete entre sus rugosos labios, para que trate de sorber el líquido que anhela sea veneno. Hoy eso desea. Sabe que ya alguien la sienta en su prisión y que la dejan en un corredor por donde todos pasan, para que se acuerden de que aún existe. Hoy se siente un mueble. Uno de esos que por obligación no puedes desechar pero que te cuesta tener. Nuevamente alguien, esta vez un poco más, le abre la boca para introducirle una cuchara con alguna masa blanda. Ojalá que sea veneno. Hoy, el día de su muerte, sabe que ya es de noche porque la colocan estirada en una superficie ligeramente suave. Ahora, entrelaza las pestañas que le quedan en el ojo izquierdo e intenta dormir.
Abres los ojos repentinamente. Casi los llegas a desorbitar. Respiras tan fuertemente que tus fosas aletean como nunca. Te sientas en la cama y oyes el quejido de esta. Aves, carros, viento y tu respiración. Miras tus manos que se dirigían a cubrir tu rostro. Son jóvenes y llenas de vida, como tu cuerpo. Rápidamente te desnudas. Te tocas toda. Te conoces de nuevo. Buscas con la mirada un espejo en aquella habitación. Abres el armario y encuentras uno de cuerpo entero. Admiras tu cuerpo. Se va formando en tu rostro una mueca, esta se diluye y termina en una gran sonrisa. Vuelves a rozar tus manos contra tu piel. Estrujas todo cuanto puedes. Giras y ríes, sientes que la vida se introduce en ti por cada poro de tu cuerpo desnudo. Caes feliz sobre la cama, terminas por echarte completamente en ella y ríes sin cesar. Tus manos que tocaban las sábanas dobladas, vuelven a tu cuerpo. Lento, casi sin querer tocarte, tus dedos rozan tus finos pezones erizados. Bajan y juguetean en tu ombligo. Descienden aún más y sientes la firmeza de tus muslos. Ahora ascienden y se topan con aquella selva florida. Dejas sola a tu mano derecha, y es el dedo índice el que se sumerge en aquel trópico. Ahí está. Has sentido como repentinamente un impacto eléctrico te ha golpeado. Todo tu cuerpo desnudo se eriza ante el llamado del goce absoluto. Ahí está: Esférica y poderosa. Ya tu dedo índice toma movimientos definidos. Unes tus muslos como para no dejarlo salir. Él sigue ahí, no se detiene. Tú no lo detienes. Tus respiraciones alternan sin parar. Te contraes y estiras. De pronto, exhalas gotas de sudor. Eres una masa que arde desnuda. Tu otra mano esparce tu sudor. La mano derecha recorre súbitamente todo el trópico de ida y vuelta. ¡Estallas! Desciendes la mano izquierda, y juntas las dos, te poseen. Y gritas. Un grito que desborda vida. ¡Vida!
Se oye el crujir que produce un chorro de agua fría sobre una sartén caliente. Sientes como el agua desciende por tu cuerpo desnudo. Te jabonas, como puliendo aquella escultura de mármol. Pasas tus manos por tu rostro y lo alzas para que aquel líquido que da vida se mezcle con tu cuerpo vivo.
Te secas rápidamente. Solo logras quitar el excedente de agua en tus cabellos. No te importa. Caminas desnuda buscando algo que ponerte. Hallas la ropa para tu cuerpo. Vuelves al espejo, que proyecta nuevamente tu sonrisa profunda. Tus ojos se deslumbran al saber que la ropa resalta tus macizos senos, tus carnosas nalgas. Sin saberlo bien, te deseas.
Sales a la calle y tomas el primer carro que se detiene en la esquina donde te encuentras. Recuerdas, que tomaste el dinero que había en la mesa de la sala. Miras por la ventana del carro, a un grupo de jóvenes, estudiantes de cocina. Uno de ellos lanza al suelo una botella vacía y la aplasta saltando sobre ella. Un hombre se acerca a la puerta del carro y le grita algunos números al cobrador. Olvidas aquella secuencia numérica.
Llegas a un parque en el malecón y te detienes para mirar el mar. Permaneces muchos minutos en aquel trance. Oyes acaso la brisa contra las hojas. Alguien se acerca. Son unos pasos ligeros. Amables. Volteas y te topas con su cara. Joven y agradable. Inicia la conversación y te sientes capturada a continuarla. Ríen. Te atrae. Tú a él. Parece que las bromas y los temas se acaban. Sin recordarlo bien, ya estas caminando a su lado, dejando atrás aquel malecón. Le preguntas hacia dónde van. Te mira extrañado. Dice que a su casa. A ver alguna película. Le gusta Chaplin. Y quizá a ti también. Te hallas en su habitación desnuda de mubles. Solo la cama. Solo el televisor y un pequeño equipo de sonido. Te pide perdón por la estrechez del lugar. Ríe y dice que así es más acogedor. Te sientas en la cama. Él abre y cierra cajas de DVD`s. Miras el techo opaco. Se te acerca y se sienta junto a ti. Dice algunas palabras que no oyes a entender. Cuando vuelves en ti, escuchas que dice: No puedo creer que una mujer tan hermosa como tú esté sola. No logras entender lo último. ¿Qué es estar acompañada?
Parece dudar, y de pronto, se abalanza sobre ti. Te echas sobre la cama y él sobre ti. Te besa lento, acaso con cariño. Comienza a despojarte de tu blusa e introduce una de sus manos en tu sostén. Logra sacar ambos senos y lleva su boca a ellos. Te mantienes agitada pero impávida. Desciende su mano como lo hiciste en la mañana y logras sentir aquella descarga. Exhalas algunos gemidos. Cuando vuelves a abrir los ojos te hallas desnuda. Sientes su piel caliente sobre la tuya. Te abre las piernas y se aproxima lento. Gritas. Gritas y gimoteas. Es virgen. Ajustas tus ojos por el dolor. Te contraes mientras que él no se detiene. Cada vez es más fuerte. Parpadeas y te parece que aquél rostro amable se desfigura. Con cada movimiento, al penetrarte, parece cambiar. Te logras limpiar las lágrimas que te enceguecían y lo ves. Es ÉL. Ha vuelto. Te mira y sonríe como sabiéndose descubierto. Ahora lo hace con más fuerza. Tú gritas pero a ÉL no le importas. Te toma virgen y te desgarra. Acaso sangras. Te hace girar y te toma con mayor dolor. Sientes que envejeces. Que puedes lograr oler su aliento a cerveza. Su pestilencia por el sudor. ÉL grazna mientras continúas llorando silenciosamente. Mantienes tus ojos bien cerrados. Recuerdas muy bien aquellas escenas y en qué terminan. Te sientes más vieja. Más usada. Tu cuerpo ahora es el de una madre desvencijada de uno, dos, tres, cuatro, cinco hijos. ÉL, mofletudo, apestoso y borracho, aún sigue sobre ti como antes y como siempre. Babea sobre ti. Te sujeta con todo el salvajismo que puede y termina. Te quedas en la cama, sucia, vieja, madre de cinco hijos, contraes los ojos e intentas dormir.
El grito de todos en el aula la despertó de aquella ensoñación. Los niños corrían hacia el patio. ¡Recreo! Se incorporó. Se mantuvo pegada al muro, y desde el umbral de la puerta, veía como saltaban y chillaban los niños menores a ella. Recién brotaba a la adolescencia. Tuvo la rara necesidad de salir corriendo. Así lo hizo. Corrió. Corrió. Corrió. Por todas partes. Por entre los niños. Esquivando algunos. Chocando con otros. Corrió por todo el patio sin cansarse, sin detenerse. Mientras sentía el roce del viento contra su rostro una clara sonrisa se pincelaba en él. Y corrió más. Y fue feliz.
Llegó hasta un lado de la pared y respiró agitada. Sudorosa. El día se proyectaba sin nubes. Azul. Oyó un silbido. Giró y lo vio. Su mejor amigo, eso creyó, la llamaba desde debajo de la escalera. En aquel vacío que siempre se hace. Si él no hubiera asomado su cabeza ella jamás lo hubiera visto. Se aproximó a él: Alegre. La tomó de la mano y ella se agacho para esconderse. Conversó algo que no recuerda. Estaban arrodillados frente a frente. Una brisa se adentró en aquel escondite y recordó la felicidad que sintió al correr. Él la abrazó afectuosamente. Se sintió protegida. La aproximó para sí y acariciando brevemente su mejilla le dio un beso. Un mágico primer beso. Sus púberes labios se humedecían con los otros. Estuvo nerviosa pero se sintió aún más feliz. Abrió los ojos para verlo, y era ÉL. Su malicioso rostro adolescente disfrutaba una vez más de aquella escena, donde ella era la más débil. La presa. La tomó con rudeza, con sus ásperas manos, y la besó a la fuerza. Ella lanzaba pequeños balidos que se ahogaban cuando ÉL deseaba introducir su amarga lengua. Le dobló la mano para que no lo empujara. Recordó los golpes, las patadas, los insultos y todas las escenas que le hacia cada vez que llegaba ebrio. No podía defenderse, no sabía defenderse. ÉL se cansó y la empujó para atrás, haciéndola caer. Se fue mientras ella se cubría el rostro que envejecía con cada lágrima. Allí, recostada en el suelo, cerró los ojos e intentó dormir.
Alguien me llevaba de la mano. Quizá mi madre que por ese entonces aún vivía conmigo. Regresaba del nido. Saltando y cantando. Nos detuvimos un momento en la esquina, pues quien me llevaba se detuvo a conversar con una señora. Él saltaba como si mi presencia lo alegrara. Daba pequeños chillidos mientras sonreía. Me sonrojé y solo permanecí quieta. Terminaron de conversar y aquella señora lo mandó a regalarme algo. Una golosina creó. Él se acercó, esta vez tímido, y extendió su pequeña mano para entregarme lo que su abuela le había dado. Estiré mi mano y logré coger el dulce. Le ordenaron despedirse de mí con un beso, y él se aproximó lentamente mientras yo agachaba el rostro y me sonrojaba aún más. Cuando sus pequeños sabios se alejaron de mi mejilla, alcé la mirada y pude verlo. Era ÉL. Siempre ÉL, que volvía oculto bajo cualquier figura. El maldito tomó la mano de la anciana y comenzó a caminar. Yo permanecí azorada y, mientras me jalaban del brazo para avanzar, giré nuevamente para verlo. Era ÉL, no había duda. Comencé a llorar, sin detenerme, hasta llegar a mi cuarto. Recostada sobre mi cama sollozaba. Sola. En mi mente, mis recuerdos saltaban como miles de fichas de un rompecabezas. Todo se licuaba y reordenaba para volverse a desordenar. No sé cuanto tiempo lloré, pero sentí un agotamiento absoluto que me cerró los ojos y me puso a dormir.