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Charlton Smith, Garces More (La Jua)

Correcta decisión



 

 

 

 

 

 

CORRECTA DECISION

SEUDONIMO:      LA JUA

 

 

 

 

 

 

Estaba la concurrida fiesta en su gran punto: mujeres, comida, música y bebidas, la perfecta conjunción. El ámbito quemaba, y sin ser advertido por alguno de los presentes salió del mediano ambiente con la finalidad de dar a sus pulmones un poco de refresco y luego regresar con más ganas al sofocante ruedo para continuar disfrutando de la agitada diversión.

Y tuvo mucha suerte, halló un parque cercano por las inmediaciones y dentro del parque como exacto regalo un asiento solitario que se hallaba en buenas condiciones, ¡qué más podía pedir él! Sentado y sin problemas y con un gran panorama por delante, oía lindas notas que de la candente fiesta llegaban como arrullos empapados en licor y arrullos envueltos en aceptable tabaco. En ese relajante contacto con lo ritual cerró cansados ojos… Al abrirlos todo cambió. Empezó a percibir un ambiente solitario y un silencio que gobernaba más allá de los límites del parque. Las notas musicales ya no se oían y sólo se escuchaba el exacto cantar de un infaltable gallo que daba fiel aviso a un nuevo amanecer.

El alegre baile había terminado y yo como un perfecto tonto la pasé bailando con el pesado Morfeo encima de la fría banca, se dijo muy mortificado Carlos sin quitarle la vista de encima al recordado local que le traía muchos recuerdos excitantes. Había despreciado sin querer la música caliente, las chicas atractivas, el trago que sobraba y la rica comida. Para ser preciso, a nuestro amigo le dolía más el haber desperdiciado el trago; el resto lo podía conseguir con mucha facilidad y con poco gasto por supuesto. ¡Tantas cajas perdidas! ¡Qué triste decepción! Se dijo nuestro amigo  con un sentimiento de  derrotado. Luego, pensando en el lado bueno de la situación, ¡qué más le quedaba! Se dio cuenta que había amanecido sentado en la fría banca sin ningún rasguño en su cuerpo, ¡alabado sea el Señor! Y con los bolsillos intactos sin haber sido siquiera palpados por algún avezado desconocido.

Después de semejante suerte las ganas de libar empezaron a correr por sus calientes venas, una mala costumbre de tomar hasta morir, y sin perder un segundo más sobre la fría banca, se dirigió al triste y manso local que la noche anterior albergó a decenas de almas en busca de una botellita de cerveza que de seguro había sobrado por ahí y se hallaba esperándolo en algún oscuro rincón de la sala.

Al llegar apurado al lugar de los hechos, una gran sorpresa se dio al ver un limpio local y sin huellas de haber dado una fiesta la noche anterior. Qué rara situación, se dijo Carlos preocupado, esto parece un complicado sueño, y para asegurarse de que no lo era, se empezó a dar de cachetadas por si acaso, y efectivamente no era un sueño, el ambiente siguió vacío, siguió intacto, siguió reluciente. No quiso pensar más en ese instante y dedujo rápidamente para salir del apuro:

“Es más que seguro que se armó una descomunal bronca y terminó la fiesta antes de la hora y los organizadores para evitar algún problema con la policía decidieron limpiar toda evidencia para no dejar ningún rastro que los involucrara, así debió ser pues, se dijo un poco tranquilo Carlos, y se dijo esto como para no seguir pensando ya en el problema que se le había presentado”.

Lo que más le preocupaba en ese momento y lo tenía angustiado en sobremanera era tomarse un buen trago, ayer fue ayer, se decía Carlos, el hoy es lo que importa, al diablo con la fiesta que ya pasó, estoy perdiendo el tiempo en tonterías y la boca la tengo reseca ansiando una cervecita helada para mojarla, se siguió diciendo Carlos como dándose fuerzas para continuar su desesperante búsqueda y aliviar  su incomprensiva sed que ya no podía dominar.

Y con la filosofía del loco testarudo partió tras lo anhelado, un trago helado es lo que necesitaba, estaba seguro que no iba a ser un trago: de seguro allí se prendía del líquido destructor cuando lo encontrara; y se prendería de él, como se prende un recién nacido de su rica ubre.

Era día domingo y poco le importó a nuestro amigo. El trago es lo que importaba y tras el midió sus pasos, a él le dio valor, valor de un gran tesoro, tesoro que engendra más dolor.

Carlos caminaba dispuesto por las pulidas calles y grande era su asombro al ver a la gente sonriendo en cada esquina y lo más curioso y raro del caso que los acostumbrados borrachos no asomaban por las anchas avenidas, ni tampoco caminaban en zigzag como era de costumbre y menos se prendaban de un helado poste para no caerse. Tremenda confusión lo iba consumiendo de a poquito, pero no tanto como el ansia de tomarse un reconfortante trago para recuperar las fuerzas perdidas. Y como era de esperarse no le dio la debida importancia al delicado asunto que observaba y supuso que los acostumbrados borrachos ya estaban durmiendo en sus cómodas casitas porque de repente habían comenzado la juerga a tempranas horas del día anterior y que el conocido espectáculo ya lo habían dado en las primeras horas de la madrugada, cuando él se hallaba durmiendo en la fría banca del solitario parque.

Carlos prosiguió caminando a paso ligero por las extensas calles en busca del bendito licor. En su ligero caminar divisó a la distancia un reluciente kiosco forrado de pies a cabeza de innumerables periódicos conteniendo un sinnúmero noticias que por sus colores llamaban a cualquiera la atención. Carlos se acercó entusiasmado, tenía seguridad de que ahí le iban a dar razón de lo que buscaba, pero antes de inquirir por “el líquido vital” que anhelaba como loco, dispuso un corto tiempo en la rápida lectura de los grandes titulares que tenía a la vista, allí leyó claramente: “Los transportistas no cobran pasajes los días domingos”, “los pequeños ingresan a las grandes discotecas”, “El cine Excélsior estrena en cómoda sala la Virgen santa y pura”, “Auspicia rica chicha morada el club Sporting Cristal”. ¿Qué pasa Señor mío! ¿El mundo se  está volviendo loco de repente? A viva voz expresó Carlos estas potentes palabras alertando a los demás transeúntes que lo quedaron mirando ni bien termino de hablar como si fuese  un bicho raro. Lo acabado de leer le pareció un ineludible sueño. Y con esta nueva impresión recibida se le acentuó las ganas de tomar un reconfortante trago y no sólo tomar un reconfortante trago; sino tomar los tragos que necesite para sofocar esa inesperada sensación que vivía. Carlos trató de organizar sus confusas ideas que le daban vueltas por toda la cabeza, el aire le faltaba, a pesar que se hallaba en la misma calle de una gran avenida, el aire le faltaba, pero con un poco de tranquilidad podía conseguir el aire que necesitaba, ¡si pudiera conseguir así de simple lo que buscaba con ansiedad! ¡Feliz sería! Así pensó Carlos muy angustiado por todo lo que le estaba sucediendo a un mismo tiempo y por una misma causa. Y cuando se sintió un poco calmado y en sus cabales y como tratando de ignorar lo leído hace un momento, o darle una creída explicación para convencerse sin dubitaciones de lo ocurrido, se dijo así mismo, con mucha determinación,  que todo esto eran estrategias  de los periódicos chichas que por vender más ejemplares eran capaces de vender hasta sus propias almas al mismo diablo con tal de obtener el vil metal y que no debía preocuparse por ello, ya que sólo eran estrategias publicitarias que  tenían un fin económico. Superado a medias el percance presentado, preguntó al dueño del kiosco en qué lugar vendían los benditos licores que los estaba buscando con desmedidas ansias. El sorprendido dueño al escuchar semejante pregunta miró a todos lados con ojos de asustado, con ojos de asombrado,  y cuando se sintió satisfecho de su singular búsqueda por las inmediaciones respondió a la pregunta con dos interrogantes que se le vino de pronto a la mente:

-¿Y en dónde está su carro amiguito? ¿En dónde lo ha dejado que no lo veo? 

Carlos sin ánimo de aguantar un chiste por más bueno que este sea, volvió a hacer la misma pregunta al dueño de coloreado kiosco, pero lo hizo usando  otras palabras para tratar de hacerse entender y lo hizo poniéndole más énfasis a su desesperada solicitud:

-Señor, ¿conoce usted algún lugar donde vendan alguna clase de licor?

El dueño de reluciente kiosco al notar en el semblante de Carlos el color rojo de la impaciencia, pareció de pronto comprenderlo a su manera y con una sonrisa amable contestó a su atenta pregunta:

-A tres cuadras hay uno, es toda una manzana; una manzana inmensa.

Y ni bien escuchó Carlos la buena nueva corrió hacia el aparente paraíso sin ni siquiera dar las gracias por el favor concedido y corrió  como corre un porfiado loco que huye desesperadamente de una ducha fría.

Carlos llegó al ansiado lugar botando sal por todos lados; pero con las sedientas ansias de arder en alcohol. No obstante, las sorpresas no habían culminado para él, otra sorpresa lo esperaba y se podía decir, que era la sorpresa  más grande de ese día. “Un acopio de licores posaba en campo abierto semejando un moderno y amplio grifo. ¿Pensar?, ya no quería, las ganas de beber se habían convertido en una obsesiva necesidad, todo lo que veía acrecentaba las ganas que tenía y ya no le importaba lo que sucediera a su alrededor, quería emborracharse ¡sí!, así sea no importa, emborracharse con la negra gasolina que expedían en ese enorme negocio que tenía a la vista y como un loco empezó a correr en busca del grifo más cercano, como un loco arranchó de las manos la gruesa manguera al empleado de turno, como un loco la conectó deprisa en su reseca boca y poco a poco, como un loco sintió que el anhelado veneno cumplía su intoxicada parte inflando las duras venas vacías de razón y cuando se sintió satisfecho con el líquido letal dentro de sí, quiso sacarse la manguera de la boca para descansar, y quizás para luego  seguir intoxicándose, y cuando trato de hacerlo, no pudo sacarla por más que lo intentó una y otra vez, la caprichosa manguera se había atascado entre sus duros dientes, sintiendo de pronto el temor que su cuerpo en cualquier momento iba a reventar y en medio de esa terrible desesperación…” Apareció un pico de botella entre sus temblorosos labios que cumplía su gélida función y que iba dejando claras huellas de su contenido encima de su floreada camisa. Todo había sido sólo un curioso sueño y Carlos se despertó angustiado al sentir la cerveza helada corriendo por sus nerviosos labios o mejor dicho lo despertaron sus amigotes de siempre con esa helada broma que causó las carcajadas de todos los presentes en el ya no solitario parque. Y como ágil resorte Carlos se sentó en la fría banca y en medio del sueño y de la realidad distinguió a sus dos compañeros de andadas gozando a no más dar de su refrescante despertar. Y se reían ellos con tantas ganas, que algunas lágrimas empezaron a caerles sobre sus rojizas mejillas sin que ellos de alguna forma se lo propusieran. La broma del borracho causó entre los presentes efímera alegría, tres muy bien dotadas chicas hacían de consortes en esta espontánea reunión. Y cuando se hallaron un poco calmados de la gracia ocasionada, el más ebrio del grupo, del grupo de los tres, se asió de fuerte banca y empezó a hablar de la imperante situación en forma por de más irónica:

“Querido compañero (refiriéndose a Carlos), dejaste la ardiente fiesta como un vulgar cobarde y justo la dejaste cuando la fiesta estaba en su gran punto, y por qué la dejaste, no entiendo hasta ahora absurda decisión; trocaste ardiente fiesta por una fría banca (Las risas no se hicieron de esperar, volvieron a asomar con mucha más firmeza) No importa ya el motivo, el ebrio prosiguió, perdonaremos tu deserción siempre y cuando decidas matar lo que queda de la movida noche al lado de nosotros que tenemos un buen plan de diversión. Es tu oportunidad de que te reivindiques, siguió hablando el más ebrio de los tres, el tanque del fiel Toyota está como Dios manda, al tope, y espera tu rápida respuesta como un novio espera la rápida respuesta de la novia en el sagrado altar. Escucha lo acordado mi querido Carlos, nada se nos escapa,  primero, nos vamos a soltar los duros huesos a una discoteca bastante conocida; segundo, vamos al cine a ver una película subidita de tono para calentarnos un poquito; y tercero, para culminar la faena de la noche, vamos a la costa verde, nos ponemos ligeritos de pies a cabeza y lo demás cae por su propio peso. Al término de la parranda cada uno se retira a su linda casita, tranquilo, indiferente, y a continuar viviendo como si nada hubiera pasado”. ¿Qué te parece compadre? Preguntó el más ebrio, el más ebrio de los tres, y le pregunto por supuesto al confundido de Carlos que no dejaba de mirarlo en ningún momento. Sinceramente Carlos estaba harto de la vida que llevaba; llevaba una vida sin sentido y sin saber qué era lo que en realidad quería y pensando en el constructivo sueño  que la sincera banca le había obsequiado minutos antes (el alucinante sueño le había movido toda su edificación corporal y espiritual como lo hace un fuerte sismo en una poblada ciudad), rotundamente respondió: ¡No! ¡Ya  no! ¡No acepto ya su vacía invitación! Esta inesperada respuesta avivó las adormecidas ofensas de hace un momento y los denominados amigos mirándolo sorprendidos ante inopinada respuesta, incluyendo a las consortes que no tenían nada que ver en el asunto, gritaron a una sola voz y gritaron para que todo el mundo los escuche: ¡Cobarde del demonio! ¡Y encima dormilón! Dicho esto con enojo partieron los cinco subidos en el potente Toyota sin decir una palabra más, dejando a su paso una desagradable y negrísima cortina de humo en señal de inconformidad con su “denominado amigo de andadas”.

Carlos se quedó acompañado de la tibia banca del solitario parque y desde ese instante pasó a ser su mejor amiga, ella no sabía de tragos ni de alicientes, con ella disfrutó minutos de placer, con ella compartió proyectos relegados, con ella pudo llorar en completo silencio sin ser molestado, sin ser señalado, sin ser condenado.

Después de veinte minutos de agradable compañía partió lleno de vida del solitario lugar y en menos de media hora ingresaba a su hogar con un ánimo a prueba de balas dispuesto a descansar plácidamente como se debe descansar; y a descansar como no lo había hecho hacía tiempo un sábado por la noche.                        

Un alegre gallo anunciaba un nuevo amanecer a nuestro amigo Carlos. Era un gallo parecido al gallo del singular sueño que tuvo en aquella reconfortante banca del solitario parque de aquella inolvidable noche de su frustrada fiesta. Su cuerpo como nunca dejó blando colchón con un mínimo de esfuerzo, quizás producto del escaso licor ingerido o quizás por el influjo de la correcta decisión tomada la noche anterior.

Y mostrando bienestar en todo momento y luego de darse un buen chapuzón que  a nadie le cae mal, tomó un sustancioso desayuno como no lo hacía desde hace un considerable tiempo: un desayuno consistente en una buena taza de leche con café y dos panes con tortilla. Desayuno que cada vez que lo recordaba con el pasar del tiempo, iba haciéndosele difícil de creer, pero era cierto, tomó un buen desayuno domingo por la mañana como no lo hacía desde hace mucho, pero mucho tiempo atrás y no era por la falta de dinero ¡no! Era por la falta de un debido control de sí mismo.

Carlos después de desayunar con mucho gusto, con mucha devoción, se encaminó con envidiable optimismo a comprar un periódico al acostumbrado kiosco de la esquina sin imaginar siquiera la gran sorpresa que lo esperaba pacientemente desde muy temprano. Y era a leguas, la sorpresa más grande que había recibido en su mediana existencia.

Carlos antes de comprar el periódico que siempre solía comprar por las apacibles mañanas, se dio un breve tiempo para leer atentamente uno  a uno los titulares que tenía a la vista y fuerte fue su sorpresa  cuando leyó uno de ellos, el corazón casi se le detuvo, el titular que le había impresionado tremendamente decía en letras grandes y sombreadas: “Maldito licor mata a cinco jóvenes cerca a la costa verde en un lamentable accidente automovilístico”.    

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