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Ibernón del Villar, José Ignacio (“el joven Lekal”)

522, Waldorf Astoria, Nueva York.



522, Waldorf Astoria, Nueva York.

Por: el joven Lekal

Servicio de habitaciones. Pase, déjelo sobre la mesa. Ahí, por favor. Tome, gracias. Gracias a usted, señor, buenas noches. Buenas noches. El mozo se marchó deslizándose sobre la moqueta color miel, dejando tras de sí el clac metálico de la puerta al cerrar. Clac. Michael se quitó los zapatos y, mientras tomaba el teléfono inalámbrico de la habitación con la mano izquierda, mientras se lo acercaba al oído esperando que le hablaran, fue desabotonándose los dos y tres primeros botones de la camisa: luego, la corbata se desintegró sola. Póngame con la habitación 740, por favor. ¿La 740? Enseguida señor. ___ ___ ___ ¿Dígame? ¿Marti? Marti, soy yo, Michael. Ya he llegado. Llegué esta tarde, en el vuelo de las 20:00h. Tenemos que vernos. ¿Mañana? No, mejor ahora, esta noche. ¿Dónde estás? Me alojaron en el Waldorf, como a ti. Dime en qué habitación. En la 522, acabo de pedir la cena. Pasaré luego a tomar una copa. ¿Vendrás? Sobre las doce puedo bajar. De acuerdo, a las doce está bien.

El carro del mozo tintineaba detrás de la puerta. Alguien de la quinta planta había decidido cenar también en la privacidad de su habitación. Delató la maniobra el ruido de los vasos y los cubiertos sobre las bandejas: un estruendo dulce que, poco a poco, fue despidiéndose. Michael entreabrió entonces las cortinas del inmenso ventanal. Poco a poco, en silencio, apartó la tela cautelosamente, sin regalarle al enemigo movimientos bruscos, detalles que pudieran resultar extraños si -como temía- estaba siendo objeto de vigilancia. Abajo, el bullicio de Park Avenue no descubría nada extraño: gente abrigada, humo en las alcantarillas, fluorescentes cabalgatas de taxis. En la acera de enfrente nada. Ningún coche en doble fila, nadie apostado frente a la fachada. No hay luto de cristales tintados, ningún sospechoso, nadie detenido, conversando, observándole. Ante este panorama, más bien tranquilizador, Michael echó el telón de nuevo. Y volvió a la penumbra, sólo matizada por la luz cálida y minúscula de la lamparita en la mesilla, que dotaba a la habitación de una atmósfera tenue y anaranjada.

De pronto golpearon la puerta. Tac tac. Dos veces. Michael consultó su reloj. Confirmó después que llevaba la cartera. 22:07h. Tac tac. ¿Michael? Se acercó despacio, procurando no respirar, sin hacer ruido. No era la voz de Marti. Intentó escuchar cualquier señal al otro lado de la puerta. Pero no golpearon más. No se oía nada. Nadie hablaba. No preguntaron otra vez por él. No había pistas. Por eso Michael H. volvió sobre sus pasos, se sentó sobre la cama y de nuevo, casi de manera secreta, como vigilada, se calzó. Estaba nervioso. No podía pensar. Piensa. Qué haces. Piensa. Rápido. Debes irte. Después de unos segundos, mientras se anudaba un doble nudo en sus bruñidos zapatos de alto ejecutivo, decidió probar bocado. Cenaría algo antes de salir de allí. Pero tenía que salir. Comería algo y se iría: allí no estaba seguro. Se dirigió hacia la mesita de la habitación, colocada justo en la otra esquina. Destapó el armazón de la bandeja, una de esas pequeñas cúpulas metálicas que mantienen el calor, y entonces se terminó todo para él: en la bandeja encontró una explosión desmedida, una trampa, que en apenas unas décimas de segundo convirtió la habitación 522 y buena parte de la quinta planta del Hotel Waldorf Astoria en un tornado de humo y fuego. Michael H. eliminado.

___ ___ ___ Hola, al habla Marti Varkowski. Michael Harrington ha sido eliminado; salgo del edificio. La puerta de la habitación 740 se abrió. Primero despacio y luego rápido. Marti confirmó que nadie le esperaba cuando ganó el interminable pasillo de la séptima planta. Al menos no en apariencia: todos corrían despavoridos en busca de los ascensores y las escaleras de incendios. Nadie reparaba en nadie más. El sonido nervioso de la alarma era insoportable, todos los ascensores estaban bloqueados. El agente Varkowski, como todos los demás, decidió descender apresuradamente por las escaleras de emergencia, situadas al final del piso. Conforme bajaba los escalones, saltando de tres en tres, Marti iba sorteando personas y gritos. Entonces decidió tomar el revólver del interior de la americana y empuñó su arma reglamentaria. ¡Tiene un arma! ¡Va armado! Apártense, vamos, soy policía. Planta seis. Humo y gritos. Apártense. Apenas se veía nada. Desde la quinta planta crecía un inmenso muro compuesto por gases y miedo, un aire sólido, sordo y asfixiante. ¿Marti? ¿Marti, me oyes? Ha habido problemas. No tenemos los documentos. Dime si me oyes, Marti. Han interceptado a M12, han interceptado a M12. Tienes que entrar. ¿Marti, me oyes? Era grande la confusión en la cabeza del joven agente Marti Varkowski. No veía nada. Intentaba cubrirse el rostro para no ahogarse. Escuchaba las instrucciones en el fono de su oído izquierdo de manera entrecortada. ¿Marti, puedes oime? Contesta. ¿Estás ahí? Recibido, señor. Estoy entrando. Habitación 522. ¿Me oyes? Habitación cinco dos dos. Entro. Estoy entrando. Corto. Estaba ciego: le cubría el rostro el vuelo de su americana. El agente federal  Varkowski, número de placa 0076 FD, se adentraba en la boca del lobo. Quinientos catorce, quinientos dieciocho. No veo. No veo, me ahogo. Marti ¿me oyes? Es la 522. Ya estás. Repito, estás cerca. En la caja de seguridad. Está abierta. Quinientos veinte, quinientos veintidós. Estoy dentro. Cambio. Mandadme a alguien. Me ahogo. Llego a la caja. Hay algo. Los tengo. Tengo los documentos, señor. Marti tropezó al salir de la habitación. Se golpeó el hombro con el pomo de la puerta. Se levantó y siguió. Ahora no podía desfallecer. No había fuego. Sólo humo. No veía el fuego. No quemaba, no olía a quemado. Y no se oía nada. Nada en absoluto. Por fin llegó de nuevo a las escaleras. Siguió bajando. Llevo los documentos, cambio, llevo los documentos. ¡Los tiene! ¡Bien Marti! Cuarta planta. Gente tirada en el suelo. Muertos. Otra vez gritos desesperados. El agente estaba cerca. Tenía los documentos. Tan sólo debía alcanzar sano y salvo la salida del hotel. Allí fuera tendría cobertura. Estoy saliendo, señor. Estoy saliendo. Corto. 

___ ___ ¿Sí? Quiero hablar con el Jefe del Estado Mayor. Soy John Malone, asesor del presidente Bush. Le paso. ¿Frank? Frank, soy Joe, hola, escucha: no quiero aburrirte, así que terminaré pronto, cuéntame qué sabes del incidente del Waldorf. ¿Del Waldorf? Lo he visto en la CBS a las 22:00h: ocho civiles muertos, una explosión en la quinta planta, ¿terroristas, Al Qaeda? No Frank, no son terroristas. Hemos perdidos dos hombres. Nos han tendido una trampa. Nos han jodido los nuestros. ¿Los nuestros, Joe, otra vez con eso? Frank, nos han jodido, esta vez nos han jodido. Tengo que dejarte, Joe, me reclaman. Frank, hoy necesito tu ayuda; estoy implicado. Tengo que dejarte Joe, lo lamento. Iré a la prensa con esto, no me presionéis, vosotros me obligáis a esto, Frank, iré a la prensa, hablaré con la prensa y les hablaré de los federales.

Servicio de habitaciones. Pase, déjelo sobre la mesa. Ahí, por favor. Tome, gracias. El mozo del hotel, un muchacho pecoso y pelirrojo que escondía la identidad del joven agente federal Ralph Newmann, tuvo tiempo suficiente para registrar visualmente la habitación 522, identificar las facciones y reconocer a su veterano colega Michael H., y dejar sobre la mesita auxiliar la bandeja con los explosivos. Gracias a usted, señor, buenas noches. Buenas noches.  Las instrucciones del agente Newmann eran claras: entraría, confirmaría que Michael Harrington permanecería aún unos minutos más en la cinco dos dos, dejaría los explosivos y abandonaría con premura el escenario de la emboscada. Así lo hizo. Cumplía órdenes. En su primera gran misión, la primera gran oportunidad para él de cara a sus superiores, el agente debía traicionar a un compañero en acto de servicio. No correspondía hacer preguntas; sólo llevarlo a cabo.  Gracias a usted, señor, buenas noches. Buenas noches.  El agente Newmann se marchó deslizándose sobre la moqueta color miel, tranquilo. Michael había caído en su propia trampa; al fin y al cabo estaba demostrando son er tan experimentado como decía su expediente. Randolph Newmann se desabrochaba el uniforme del hotel con la mano izquierda, satisfecho, mientras avanzaba por el pasillo de la quinta planta: aquella casaca azul marino le oprimía un poco el cuello. Dejó tras de sí el clac metálico de la puerta al cerrar. Clac. “Ya está, perfecto, misión cumplida” pensó el mozo falso. Con la diestra seguía empujando el carrito de las bandejas. “Un poco más, doblar la esquina, y listo”: ya estaba frente a la puerta de la cinco cuatro cuatro, habitación elegida por su superior directo como cuartel general de la operación. Llamó. Una sola vez, según protocolo. Le abrieron. El agente Randolph Newmann atravesó el umbral de la puerta, se adentró en la penumbra, y esperó nuevas órdenes. Pero no llegaron: cuando la puerta se cerró, se precipitaron los acontecimientos. Un portazo, un disparo con silenciador –que fulminó los veintinueve años de vida de Newmann- y la fuerte explosión procedente de la 522.  Randolph N. eliminado. Michael H. eliminado.

“Arde el Caso Waldorf Astoria”. Texto: Ed Norton, The New York Times. Fotografía: Susan Morrison. Pie de foto: “Imagen del aparatoso incendio del Waldorf Astoria, el pasado jueves 27 de diciembre”. El cuerpo de John Malone, asesor del presidente Bush desde el año 2005, apareció ayer sin vida, en extrañas circunstancias, en el apartamento que la víctima poseía en el barrio neoyorquino de Tribeca. Fuentes policiales confirmaron a este periódico que Malone, de 57 años, presentaba signos evidentes de estrangulamiento. El presunto homicidio podría estar relacionado con las investigaciones abiertas en torno a los incidentes que tuvieron lugar el pasado 27 de diciembre en el Hotel Waldorf Astoria de Nueva York y que provocaron, además de severos daños materiales en la fachada y el interior del conocido establecimiento, la pérdida de ocho vidas humanas. Según ha podido saber este periódico, el asesor del presidente John Malone gestionaba personalmente dichas investigaciones hasta veinticuatro horas antes del momento de su muerte, en la mañana del día de ayer, instante en que fue apartado de sus responsabilidades sin que se haya conocido por el momento explicación oficial al respecto. Recordemos que dichas investigaciones, hasta la fecha, no han conseguido en absoluto arrojar luz sobre ninguna de las grandes incógnitas que rodean a este catastrófico suceso. No en vano, seis días después de los trágicos incidentes, el pueblo norteamericano no sabe todavía quién provocó el incendio, qué hay detrás de las primeras hipótesis del Pentágono –que situaban a Al Qaeda detrás de la explosión en la quinta planta- y qué relación existe entre la tragedia, la extraña muerte de dos agentes federales, y el silencio de M. V., misterioso y “mudo” superviviente perteneciente al cuerpo del F.B.I. Según fuentes consultadas por este periódico, M. V. podría haber alcanzado la calle tras los altercados portando documentación reservada, y haber sido retirado rápidamente con claros síntomas de asfixia –siempre según las mismas fuentes- en una maniobra “discreta” llevada a cabo por agentes federales, que podrían haberle conducido “con celeridad” hasta el interior un furgón blindado del Gobierno de los Estados Unidos de América. Hoy, en palabras de personas próximas al propio agente, M.V. se encuentra “ausentado temporalmente”.

El caso podría tomar otro cariz de confirmarse las hipótesis que apuntan a que una confesión firmada, algo así como un “legado” escrito antes de morir por el propio John Malone, obra ya en poder de un periódico de amplia difusión. Al respecto, The New York Times niega en este artículo que posea dicha documentación –si tal documentación existiera- y sale así al paso de las infundadas acusaciones vertidas en las últimas horas por algún medio de comunicación. Si Malone habló, si acusó antes de ser presuntamente eliminado, este periódico desconoce los extremos de su argumentario. Asimismo, The New York Times confía y desea que la ley y la justicia guíen las investigaciones, de tal modo que pueda derivarse pronto de las mismas el esclarecimiento del asunto. Nueva York,  3 de enero de 2008.

¿Frank? Frank, soy Joe. ¿Me oyes? Sí, seguro que me oyes. ¿No coges el teléfono? Frank, voy a hablar. He mandado una carta. Lo tiene todo el Times, Frank. Se ha terminado el juego. Lo tienen todo. Mañana lo sabrá todo el mundo. Vosotros me obligasteis. Ahora se ha terminado el juego. Ahora… Tac tac. ¿Quién es? ¿Quién?                         ¿Señor Malone? ¿Señor John Malone?  ¿Quién es?

Izmir



 

 

 

- Mi nombre es Ashés, señor.

- Habla, muchacho.

- Vengo desde Claxómenas. Porto una carta para Urdor, el rey del Egeo.

Cuentan algunas voces del pasado que hace ya muchas lunas existió en las laderas del monte Pagoa un hombre joven y aguerrido, recto, que recibió de los dioses el nombre heroico de Ashés. Aseguran que, en aquel tiempo, en la región conocida hoy como Izmir –y que fue Esmirna para los antiguos- quedó guardada para siempre en el recuerdo la historia de este varón, descrito habitualmente por el folclore a lomos de un brioso corcel de color marfil, que ocupaba su tiempo recorriendo las vastas regiones del Bósforo y los Dardanelos, cabalgando libre de un extremo a otro de la costa Egea, haciendo justicia, socorriendo a los más humildes campesinos del territorio anudado alrededor del Mar de Mármora.

- Eres valiente, joven Ashés. A buen seguro que conoces bien que hay orden dictada por Urdor.

- ¿Orden? - Aquella que nos obliga a mandar matar a todos los forasteros que osen cruzar las fronteras de su reino. Las fronteras que cruzaste para llegar hasta aquí.

- No ha de morir nadie de momento, señor. No al menos hasta que tu rey Urdor lea la carta que traigo sellada para él.

- ¿Una carta?

- Escrita de puño y letra por Maiu, su primer hijo varón.

- Maiu murió en las guerras con los persas. Todos lo saben.

- El hijo de tu rey Urdor, heredero del reino del Egeo, vive oculto en una pequeña aldea, junto a Foça. El golfo de Izmir le esconde.   

- Habla, muchacho.

- Haced llamar al rey. Sólo hablaré con él.

Ashés no era mayor que cualquier soldado del imperio. Sin embargo exhibía un aplomo fuera de lo común entre los hombres de caballería. El joven guerrero vestía según la costumbre, era sencillo en su carácter y, muy a su pesar, había crecido en la desconfianza ponzoñosa de la guerra. La cautela, el valor y un honorable sentido de la justicia le adornaban.

- Haced llamar al rey. Sólo hablaré con él.

Ademis, que así se llamaba el hombre que recibió a Ashés a su llegada al colosal palacio de Izmir, hizo una discreta señal a uno de sus sirvientes. Éste, de manera inmediata, fue engullido como por arte de magia por un pasadizo y, flop, desapareció. Eso es todo: poco más podríamos saber de la huida del siervo, del rutinario y jerárquico engranaje que activó la pesada maquinaria de la corte del rey, si no fuera porque el ojo invisible de la narración, de esta narración que ahora despereza, permite a este cronista que habla saber qué sucedió en realidad, qué mecanismos se precipitaron secretamente tras el leve gesto de consentimiento de Ademis. El relato nos cuenta algo más allá de lo que vio Ashés; la narrativa completa la historia, atended: Ademis asiente, su siervo recoge el mensaje, la autorización. Entonces siervo y premura se tornan en la misma cosa, toman expeditivos el pasadizo dorado, un angosto recorrido que después de trece curvas y dos cruces gemelos conduce a la dorada sala central de los asuntos del rey, donde aguarda el general Léleges, lugarteniente de Urdor en la guerra, hombre de confianza para asuntos de estado, y mano derecha de la reina en otra suerte de intrigas. El anciano general escucha lo que han de decirle, mece sus nevadas barbas mientras es puesto al día sobre la sorprendente visita de Ashés, conoce la autorización de Ademis, jefe de cámara del rey, valora la presteza adoptada por el siervo de éste, y decide en suma molestar a su excelencia, a su majestad el rey Urdor, aclamado por su fiel pueblo y también por la historia como rey del Egeo.

- Retírate, siervo. Yo mismo trasladaré tu mensaje a nuestro señor Urdor.

Mientras todo esto sucede, Ademis conduce a Ashés a la sala imperial del consejo. En esta gélida y majestuosa estancia, coronada por ciclópeas representaciones de los dioses, le deja solo.

- Aguarda, muchacho. Aquí, en lugar sagrado, habrá de escribirse tu futuro.

(Frase final del primer episodio. Música. Aparecen los títulos de crédito. Primero el nombre de la serie, “Izmir”, y luego, despacio, apareciendo y desapareciendo, el de los actores (por orden de aparición), el de los productores ejecutivos, el del director de la serie Michael Hayes, el del creador Tom Sharks, y finalmente el emblema de la cadena de televisión que la emite en exclusiva, la HBO).

- ¿De modo que Ademis se retira, Ashés espera, y Léleges se dispone a hablar con Urdor? ¿Es eso? ¿Es ése el gran enigma de tu piloto, chico? ¿Ahí están los cinco millones de dólares para una serie con trasfondo histórico? ¿Y cuándo se supone que pasa algo en el maldito palacio de…? ¿Cómo dijiste?

- Izmir, señor Crawford. El palacio de Izmir. - Howard, ¿me estás diciendo que hemos visto el maldito episodio piloto, toooodo el jodido piloto, y no ha pasado nada? Dime que me equivoco, chico, dime que han pasado muchas cosas en el jodido piloto. Dime que soy viejo y no las he visto, que ha merecido la pena sacarme de la reunión con la CBS. ¡Dímelo!  

- En el segundo episodio se completa la trama inicial, señor. En el primero sólo se plantea la pri… Podríamos replantearnos el final del…

- ¿En el segundo…? ¿En el segundo dices? ¡Jodido Ashés de mierda! Eso digo yo: jodido Ashés, jodida voz en off, jodida Azmir.

- Izmir, señor Crawford. Izmir.

Andrew Crawford, director general de ficción en el prestigioso canal de pago de la Time Warner HBO, suspira, se recompone la corbata y el pelo en lo que parece un tic nervioso. El joven Michael Hayes, director de la serie, insiste sin demasiado poder de convicción.

- Si viera el segundo episodio tal vez cambiara de idea. Es mucho más rápido, señor. La trama se completa.

- Howard, saca a este niñato de mi despacho. Y llama a la CBS, que te pongan con Johnston. Dile que me disculpe, que hablamos en cinco minutos si sigue en pie lo de Kansas.

- Quién eres, muchacho.

- Mi nombre es Ashés, majestad. Traigo una carta para su alteza firmada por el príncipe Maiu.

- Te han engañado, muchacho. En vano has arriesgado tu vida. Mi vástago Maiu me fue arrancado por la ira de los persas cuando sólo era un niño. Todo mi reino conoce la historia y todos aguardan mi pronta venganza.

- Le aseguro majestad que Maiu vive. En Foça, cerca del golfo de Izmir, encuentra ahora su secreta morada.

- Qué pruebas traes.

- Traigo su firma, una carta de su puño y letra.

- Lee si has de cumplir promesa. Lee la carta Ashés, que yo probaré que tu afirmación es tan falsa como la dulce marea del Mármora. Los dioses han de darme la razón. El juicio es de mi lado. Lee ahora, que después yo escogeré para ti un destino.   

- Dice así, señor:

“Padre: he conocido tu verdadera historia. El pueblo y los ejércitos de los persas, que en el pasado quisieron nuestro exterminio, me han hablado del rey del Egeo, del cruel rey Urdor, un hombre despiadado que entregó a su hijo Maiu a cambio de prolongar su reinado en el tiempo y también en la injusticia. Padre: el plan que tejiste se ha deshecho, la historia que traigo prende fuego a la estúpida trama del secuestro del hijo, esa oscura mentira que le entregaste en el pasado a tu pueblo. No fui secuestrado, no fui muerto a manos de los persas. Fui entregado secretamente a cambio del poder de Urdor, un monarca que prefirió seguir sometiendo a su pueblo en lugar de luchar por él, que no dudó en sacrificar a su heredero en su propio beneficio. Gané la confianza del pueblo persa, que me habló de tu sucio trato. Reuní y forme hombres en la guerra, me preparé oculto en el golfo de Izmir, esperando este momento. Urdor, padre: éste que escribe, que es Maiu, el príncipe heredero y un guerrero combativo, te exige que abandones el poder, te ordena retirada, te invita a la guerra si es ése tu deseo. Maiu firma esta carta, portada por uno de sus guerreros más valerosos, el joven Ashés, y le otorga el valor de sellada declaración de guerra.

De modo que de nuevo el rey tiene la respuesta. Aunque esta vez no posee hijos que utilizar como viles monedas de cambio.

Contesta, padre. Dale a Ashés tu respuesta, Urdor. ¿Habrá guerra?

El príncipe Maiu”.  - He permitido que leyeras la carta, Ashés. El rey Urdor cumple su palabra. Ahora condeno tus delitos y sello la pena de muerte para ti. Rebasaste las fronteras de mi reino, ignoraste la ley del Egeo, y osaste importunarme después con tus injurias. M hijo, mi hijo Maiu dices, el príncipe heredero… ¡Lleváoslo! ¡Mi hijo ha muerto! ¡Murió a manos de los persas! Vamos ¡Lleváoslo!

Ashés escuchaba inmóvil los bramidos del rey, vigilaba la colocación de los hombres y sirvientes que le rodeaban, parecía rastrear posibles escapatorias. Su rostro -cuenta la tradición- se mantenía seguro, casi sonriente. Ashés aguardaba a que el rey terminara. Y continuaba registrando minuciosamente la escena: a la derecha del rey, Ademis. A su izquierda, el general Léleges. Tras de sí, diez hombres uniformados, miembros de la selecta guardia real. Dos más guardaban la espalda de la escena, justo detrás de Ashés. En total, catorce hombres preparados para el combate si Urdor lo requería. 

- ¡Lleváoslo, acabad con él, dad muerte al hombre que se atreve a insultar a vuestro rey!

Era el momento. Ashés desenvainó lentamente su espada, la mostró al monarca y, según cuenta la leyenda, pronunció estas palabras:

- La mentira se ha apoderado de ti, padre. La mentira te ha convertido en ciego, ciego ante tu pueblo y también hacia mí, tu propio hijo, el príncipe Maiu, al que ni siquiera reconoces cuando se muestra ante ti, reclamando lo que es suyo y nunca le debió ser arrebatado. La mentira te ha vuelto cobarde, te ha separado de la guerra entre los hombres, padre. El deshonor te cubre, Urdor, y nubla tu inteligencia. Entrega ahora a tu hijo Maiu el reino del Egeo.

- ¡Lleváoslo! ¡Rápido!  

Todo se precipitó. El hombre que habíamos conocido como Ashés, y que ahora sabemos que en realidad no era otro que el príncipe Maiu, se acercó lentamente al rey, caminando. Urdor estaba inmóvil: el terror, y también Ademis y Léleges, que le apresaban sujetándole fuertemente por los brazos, no permitían ninguno de sus movimientos. Los diez hombres que escoltaban al monarca, así como los dos que vigilaban la espalda de la sala imperial del consejo, asistían cómplices, en silencio, sin hacer nada. En medio de esa parálisis general, Maiu dio muerte a su padre, Urdor, y  en silencio se proclamó rey del Egeo. Doce hombres de su guardia real, su nuevo jefe de cámara Ademis y el general Léleges, su hombre de confianza para asuntos de estado, presenciaron la coronación.    

Entonces Maiu, mientras extraía su espada del pecho de Urdor, desbarató el silencio y pronunció sus primeras palabras como rey:

- No ha de haber más traiciones en mi reinado; no ha de haber mentiras en el Egeo.

(Frase final del segundo episodio. Música. Aparecen los títulos de crédito. Primero el nombre de la serie, “Izmir”, y luego, despacio, apareciendo y desapareciendo, el de los actores (por orden de aparición), el de los productores ejecutivos, el del director de la serie Michael Hayes, el del creador Tom Sharks, y finalmente el emblema de la cadena de televisión que la emite en exclusiva, la cadena de cable norteamericana Showtime).

“Izmir”, desestimada por los estudios de la HBO y emitida finalmente por Showtime, se convirtió en la serie de televisión con más éxito en los EEUU durante el año 1998.  La producción reunió más de diecinueve millones de espectadores en su estreno, fue líder indiscutible de su franja horaria, y obtuvo una audiencia media de nueve millones doscientos sesenta y cuatro mil espectadores en su primera temporada, lo que le supuso un treinta y tres coma nueve por ciento de share. La serie, escrita por Tom Sharks y dirigida por el joven Michael Hayes, recibió en su primer año cuatro Globos de Oro (incluido a la mejor serie del año) y tres premios Emmy (incluidos mejor actor dramático para Michael Madmullan por su papel del príncipe Maiu y mejor actor de reparto para Karl Bernstein interpretando al general Léleges). Actualmente, Hayes dirige episodios de la séptima temporada de “Izmir”. La serie incorpora en los nuevos capítulos a Natalie Portman, que dará vida a Daliah, una joven doncella de la corte de Maiu.  

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