Fabio Román. Nace en Madrid el 27 de octubre de 1973. Es maestro de primaria en una escuela de Alcobendas. Lector voraz, buen crítico según sus amigos, ha participado en varios talleres literarios. Es muy conocido en la red por su blog Cosecha malograda. Creó el blog después de que le dijeran que se buscara un padrino. A juicio de la profesora que tuvo en el último taller, lo que él necesitaba no era mejorar su escritura sino alguien capaz de hacer llegar su trabajo a los editores por cauces no habituales, ya que ésa sería la única oportunidad real que tendría de publicar, tal y como estaban las cosas. Fabio creó el blog con ánimo de ofender. Lo convirtió en el púlpito desde donde ataca a la literatura española y todo lo que gira a su alrededor.
Algunas de sus perlas: Desde Utrech la cultura hispánica ha sufrido un eclipse, que la ha llevado a remolque de lo francés primero, y de lo anglosajón después. La pintura se había salvado por poco, gracias a Goya, las letras no.
Es justa la escasa atención que reciben nuestros grandes escritores (salvo un par de honrosas excepciones) allende nuestras fronteras. La literatura española se achica, por falta de savia nueva, y por la pérdida de mercado interno, que va cediendo talento juvenil y lectores a las otras literaturas peninsulares, que tienen la natural necesidad de enriquecerse, lo cual está muy bien por otra parte.
La literatura española es como una montaña rusa de poca altura y con escasos vaivenes. Los críticos son vasallos del mercado. Su labor está condicionada por intereses económicos que impiden el correcto juicio. Pongo por ejemplo el caso de Ignacio Echevarría.
Estoy harto del realismo chato y ramplón que domina nuestras letras. A los latinos se les permite alejarse de las propuestas realistas, a los españoles no. En parte, la culpa la tienen los críticos, que no aceptan las propuestas rompedoras. Por no hablar de los editores. Por no hablar de los jurados de los concursos literarios.
Estoy harto de la guerra civil como tema. La guerra interesa a los lectores de más edad. Como son mayoría, porque cada vez los jóvenes leen menos, nada se puede hacer al respecto. El envejecimiento del público lector impide que las jóvenes guardias tomen el relevo. Las jóvenes guardias están en desventaja en cuanto a número de lectores. Siempre hay gente abierta a nuevas propuestas, la hay de todas las edades, pero son minoría.
Odio a los escritores barrocos y globoinflados que adornan en exceso historias para esconder su escaso fundamento.
Los alumnos de taller están cortados todos por el mismo patrón, hasta que comienzan a hacer su camino.
Se publica mucho. Las novedades apenas duran en las estanterías. Esto siempre será en perjuicio del escritor novel. Destacar le resultará más difícil. Lo mismo ocurre con el cine español. Poca savia nueva. Casi siempre los mismos nombres, contándonos más de lo mismo.
La literatura se ha convertido en un pastel menguante, y no se puede invitar a más comensales a la fiesta. Las nuevas generaciones tienen muchos más libros para leer, gozan de una mayor variedad, no existe censura salvo la del mercado. Hay talleres literarios a los que apuntarse para ayudar a ser mejores escritores. Pero el acceso al mundo de las letras les sigue vedado. A menos que tengan enchufe lo tienen crudo. Si no son hijos de, primos de, amigos de, colegas de, o sorprendieron antes con.
Más gente escribiendo, las editoriales se ven desbordadas, es difícil separar el grano de la paja, son necesarios los contactos. Los aspirantes a nuevos literatos son jóvenes sobradamente preparados que carecen de las oportunidades de sus mayores, bajo cuya larga sombra viven, asfixiaditos los pobres. Es una situación que se refleja en otros ámbitos: en el mundo laboral, en la vivienda, etc. Los hijos serán menos que los padres, aunque hayan sido criados entre algodones.
Cuanto más rajaba más visitas recibía el blog y más notoriedad cobraba. Uno de sus lectores fue quien le propuso participar en el Cosecha Eñe 2009. Fabio decidió que éste era un nuevo reto a superar. Inició varios relatos, los dejó a medio terminar, era muy crítico con ellos. Su narración más elaborada trataba de unas piedras que iban destrozando casas con su caída, ladera abajo de la montaña bajo la cual se asentaba la ciudad. Las piedras destrozaban las casas de ciudadanos comunes y corrientes, también las de la gente ilustre, también la del narrador. No terminó el relato. No envió relato alguno. Había criticado demasiado, alguien podría leerle y reprocharle haber incurrido en uno de los vicios que tanto censuraba en los demás. De haber logrado un texto a la altura de sus expectativas, de las expectativas que pudieran tener los lectores de su blog, lo hubiera enviado, pero ese no era el caso.
Mucho ruido y pocas nueces.
Fabio Román. Nacido en Albacete, licenciado en filología hispánica, profesor de instituto en Chinchilla. Siempre ha querido ser algo más que un simple profesor de instituto, por esa razón escribe, con la esperanza de convertirse en un ilustre literato. Lector asiduo de revistas y suplementos literarios, ha recurrido a manuales de creación para lograr sus objetivos. Durante un año y medio escribió mucho, lo hizo sin parar, y corrigió muy poco. Los resultados fueron deplorables. Su abuelo Fernando, que había sido poeta en su juventud, leyó los relatos y le dijo que tenía buenos personajes y pésimas tramas. Le habló de la importancia de reelaborar, de corregir, de madurar las ideas. Siguiendo los consejos que le había dado su abuelo, corrigió los que él consideraba sus mejores textos, y los envió a varios concursos de relatos, sin obtener un mísero accésit siquiera. Su abuelo le dijo que no importaba, los relatos estaban bien, que los volviera a mandar. Fabio optó por la autoedición. El libro se llamó Cosecha malograda. Se lo regaló a los cuatro amigos que conserva, duda que se lo hayan leído. Envió ejemplares a varios periódicos, confiando en que le reseñaran el libro, cosa que nadie hizo. Los ejemplares sobrantes los tiene en una caja, que guarda debajo de su cama. Fabio dejó de escribir durante una temporada. El abuelo Fernando le compró la revista Eñe, y le mostró la convocatoria del certamen. Le dijo que se presentara, que esta vez sí que le harían caso. A Fabio el periodo de inactividad le pasó factura. No escribía con la soltura necesaria. Como el plazo límite de entrega vencía aquel mismo viernes, decidió echar mano a una de sus viejas historias. Dudó entre la del tren, la del espía y la del cantante. Consultó con el abuelo, que le aconsejó escribir algo nuevo, porque ninguna de las tres historias le convencía. Fabio le hubiera hecho caso, pero no tenía tiempo. Envió las tres historias sin corregir. Ninguna de ellas merecía la pena. Las descartaron desde un inicio.
Fabio Román. Sevillano de veintisiete años. Después de acabar los estudios de historia del arte se instaló en Londres, donde residió cerca de Battersea Park. Lector voraz, mucho más atento a lo foráneo que a lo patrio, ambicionaba escribir en lengua inglesa, hacerse un hueco en las letras anglosajonas, pero le fue imposible. A su regreso de Londres se convenció que debía cambiar desde dentro lo que no le gustaba de la literatura de aquí. Cuando conquistara su lugar dentro del ámbito hispánico se lanzaría a la conquista del exterior, donde podría ser alguien de verdad, al igual que le había sucedido a Pedro Almodóvar en el cine. En su análisis del problema concluyó que los extranjeros buscaban encontrar los tópicos de lo español en lo que se producía aquí, los tópicos y algo más. El colorido, lo folklórico, eran requisitos imprescindibles, pero no los únicos ingredientes de la receta que pensaba aplicar en la elaboración de sus historias. Escribió cuentos de niñas con miriñaques, sonidos de castañuelas, virutas de jamón serrano, pueblos blancos, vividores que no dan palo al agua, y mucho pop español. Los envió a editoriales como conjunto de relatos, y a certámenes prestigiosos como piezas sueltas, y nunca le aceptaron el conjunto o recibió mención honorífica alguna. Fabio sentía que no le dejaban entrar. Quizás notaran que él no había querido ingresar en su club, el de las letras hispánicas, en un principio. Hace dos años mandó un relato sobre un conejito y la costa gaditana al Cosecha Eñe y no fue digno de ser seleccionado. Este año lo ha intentado con uno de mujeres con cuerpo de cigarra, que no de cigarrera, pero tampoco es un relato digno. Su prometida lo leyó, después de que él lo hubiera mandado, y opinó que le faltaba un principio y un final.
Fabio Román. Hijo de madre española y padre mexicano, ha vivido en siete ciudades españolas, todas ellas periféricas. Lleva instalado en Barcelona más de cinco años. Gran lector, que escribe a ratos, y acude a un par de tertulias literarias en la capital catalana, público habitual de presentaciones y eventos literarios de toda laya, porque cree que así participa más de la literatura, que así aprende, que las palabras de otros escritores le ayudarán en su camino. Decidió a última hora enviar al concurso un relato que había escrito dos años atrás, después de discutir con un catalán catalufo en el transcurso de una tertulia, por lo ocurrido con la feria del libro de Frankfurt, cuando la cultura catalana se identificó con la cultura en catalán, y un escritor andorrano tenía más derecho ser invitado que un Marsé o un Vila Matas. Él se quejaba de la exclusión hacia los que escribían en castellano, de que el dinero de todos sirviera para contentar la visión excluyente de unos, que eran mayoría en según qué sitios. Lo que más le indignó es que el catalán catalufo pensara que todo el mundo debía estar contento por ello. Escribió su relato de un tirón, aquella noche, al llegar a casa, después de que concluyeran tertulia y discusión. Ideó una pesadilla alegórica, con tintes kafkianos, ambientada en una ciudad llamada Bruna, una Barcelona mal enmascarada, una urbe asediada por siniestros inspectores de normalización lingüística, que consideraban el castellano, la lengua foránea, el enemigo a batir, el elemento que había que expurgar del territorio a fin de salvar la lengua de toda la vida, en peligro de extinción. Perseguido por los inspectores, al protagonista lo salva una amante bilingüe, que defiende que los idiomas no tienen por qué ser enemigos, que a mayor conocimiento de lenguas mayor riqueza personal. Antes de escapar de la ciudad, el protagonista ha visto cómo los siniestros inspectores cortan las lenguas de los que previamente han marcado con una letra eñe en la frente, y se han negado a cooperar. Ha contemplado una gigantesca hoguera, en la plaza mayor, donde se arrojan todos los libros escritos en el idioma enemigo, también otros papeles, también cuadernos escolares. Al final del relato, el protagonista sin nombre se dibuja una eñe en la frente con un rotulador de color verde. Fabio estaba satisfecho con el relato, le había servido para quitarse un peso de encima. Leyendo el blog Moleskine literario se enteró de la existencia del concurso Cosecha Eñe 2009, y decidió presentar su relato, titulado Eñe, porque lo consideraba una señal del destino. Se lo enseñó antes a Ignacio, un amigo y compañero de tertulia, porque tenía muy en cuenta su opinión. Ignacio le dijo que no lo enviara, Eñe era un texto político, que heriría a unos y escocería a otros. Fabio no era de allí, no sabía de la misa la mitad, qué derecho tenía él a criticar. Eso pensarían quienes leyeran el relato. Aunque estimaran sus méritos literarios no se atreverían a publicarlo, para evitar la polémica, para ahorrarse problemas. Ignacio convenció a Fabio y éste dejó el relato archivado en su ordenador. Se planteó enviar algún otro texto, pero ninguno le satisfizo. Así que no envió nada.
Fabio Román. De treinta años, malagueño, empleado de banca, llevaba un tiempo queriendo escribir la historia de un niño marroquí que atravesó el estrecho. Tenía buenas intenciones, pero la historia no convencía. Su realidad no tenía nada que ver con la de los inmigrantes ilegales. Investigó, se entrevistó con unos cuantos inmigrantes, adquirió un mayor conocimiento del asunto. Tratando de ser veraz le salió un texto periodístico. Lo pretendía enviar al Cosecha Eñe, pero una amiga psicóloga le propuso presentarlo a una revista local de temática social, en donde publicarían encantados su artículo denominado Cosecha malograda.
Fabio Román. Cántabro natural de Comillas, aunque residente en Palma de Mallorca, donde trabaja en hostelería. No hubiera escrito nunca de no haberse cruzado en su camino Juliette Bolzano, una belga con la que tuvo una historia de amor que acabó mal. Juliette era una chica de temperamento artístico, muy divertida, muy centrada en sí misma, con algo de mala leche si la contrariaban. Dejó su huella en el pobre Fabio, quien purgaba su fracaso sentimental a través de la escritura. La historia que contaba era la misma, los relatos variaban en los nombres y los detalles. De un relato a otro la esbelta Juliette (a la que llamaba Madeleine, Elodie o Isabelle) tenía sus buenas lorzas, su pelo corto y negro pasaba a ser una larga cabellera rubia, su dos hermanos pasaban a ser ninguno. La escritura le servía a Fabio para aliviar su dolor, y cicatrizar las heridas. Juliette Bolzano había sido su primer amor de verdad. Pero él quería que su historia la leyeran otros, así que enviaba sus escritos a todo concurso literario del que tenía noticia. También al Cosecha Eñe. Nadie, nunca, le publicó nada.
Fabio Román. Joven vallisoletano, cosecha del 82, licenciado en física que prepara las oposiciones a secundaria. Siendo de ciencias el quiere triunfar en letras, por eso se ha propuesto ser escritor. Habiendo fracasado en ser un físico de primer nivel se puso por objetivo plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. Acabó centrándose en lo último. Si antes soñaba con ser un científico digno de merecer el Nóbel ahora quería ser un escritor de éxito, que lo ganara bien, que tuviera su buena casa, fuera invitado a los grandes eventos, y tuviera oportunidad de conocer a chicas guapas a las que fascinara lo intelectual. Soñaba con vacaciones pagadas a lugares exóticos, con la excusa de asistir a un congreso (ignoraba el trabajo a realizar), en viajes por todo el mundo, estancias en ciudades famosas por el bien de su literatura, la concesión de becas como la de la academia de Roma, la dirección de algún instituto Cervantes, siempre que estuviera en un lugar atractivo como París o Nueva York. La gloria no le preocupaba tanto como el éxito. Se hacía fotos con pose de escritor interesante, misterioso y atractivo, se la imaginaba en las contraportadas de sus futuros libros. Llegó a redactar reseñas ficticias de las novelas que estaban escribiendo, ninguna de ellas buenas, porque no le concedía la debida importancia a la escritura, aunque con el tiempo fue mejorando, a base de palos, llámenlo silencio editorial. A pesar de todo, se mostraba inasequible al desaliento, todavía confiaba en que sus sueños se cumplirían. Cuando supo del Cosecha Eñe ni se lo pensó dos veces. Mandaría un relato, mandaría su mejor relato. Las razones: 1) Si publicaba en Eñe la obra llegaría a muchas librerías y comercios como la FNAC. 2) Tendría la ilusión de pertenecer a la nueva guardia literaria. 3) Si alguien leía lo suyo y le gustaba, quizás le pidiera una novela o un libro de relatos ya escritos, para ver si era publicable. 4) La confirmación de que lo que había escrito valía. 5) El dinero que recibía el ganador no era moco de pavo, aunque más jugo le sacaría un escritor latinoamericano radicado en su país, con el cambio de moneda. 6) Como inicio de una larga carrera triunfal. 7) Para darse a conocer en España y Latinoamérica (suponía que la Eñe llegaría allí, al menos vía instituto Cervantes). 8) Como lo podía enviar por correo electrónico se ahorraba un dinero. 9) Si quería ser grande tenía que pensar en grande.
Fabio viajó a Madrid para ver exposiciones y oxigenar sus ideas. En la plaza del museo Reina Sofía se le rompió la correa del reloj. Éste calló al suelo y el cristal quedó hecho añicos. Era imposible ver la hora, la cicatriz del impacto, de forma estrellada, lo nublaba todo. Fabio pensó en la ira que congela el tiempo y lo niega, pensó en el no futuro, en la cosecha malograda, le vino esa palabra a la mente. De regreso a Valladolid, sintió que el reloj estrellado era la metáfora de su vida, el signo que lo definía, después de su fracaso en las ciencias y su falso comienzo en las letras, luego pensó en los escritores jóvenes, en los que no publican, en los que no venden, en los que no aparecen, los que tienen que compartir el espacio con los que vienen de otros países y saben que lo tienen crudo si fuera al contrario, y sabe que lo que les sucede a los jóvenes y a los que hace poco dejaron de serlo es que sus mayores no les abren camino, se quedan donde están, porque no pueden hacer otra cosa, el territorio es menguante, los lectores van a menos, el mercado no tiene piedad. Recordó la canción de Berlanga, A Cannes. Esa canción reflejaba parte de su vida y sus aspiraciones rotas.
Fabio decidió no presentarse al concurso. Para qué.
Fabio Román. Aunque nacido hace veintisiete años en Copenhague, por azares del destino, se considera gaditano, y viñero, de pies a cabeza. Es un hombre afable, juguetón, divertido, que quiere que lo tomen en serio. Se considera escritor vanguardista. Le gustan los experimentos, aunque sus amigos dicen que no hay quien se los lea. Ya en el instituto le consideraban un plasta. Román pejiguera, escribía un compañero en la pizarra, entre clase y clase, y tenía razón, pero no en lo referente a la escritura. Él se plantea cada relato como un juego y quiere que el lector participe. Aunque le han dicho que sus juegos revelan falta de contenidos. En ocasiones, sus experimentos no funcionan porque pierden fuerza al adecuarlos a las normas de los concursos. Con el tiempo ha aprendido a lograr sus objetivos sin resultar extravagante. Para el Cosecha Eñe 2009 ha escrito el relato Cosecha malograda, una colección de semblanzas de personajes que se presentan al certamen, cada uno de ellos tiene sus razones, todos aspiran a ganar y fracasan en el intento. A diferencia de los reseñados Fabio se muestra optimista, piensa que su relato tiene posibilidades.