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Almagro González II, Andrés (Oliveira)

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El tiempo de un suspiro:

la eternidad

Octavio Paz

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

    

 

 

 

 

 

Lo más difícil era abrir los ojos, sentir la herida de la luz filtrándose por la ventana, saberse una vez más parte de los objetos colocados en su justo y arbitrario lugar: los libros, los polvorientos anaqueles, las tarjetas pendiendo frágiles en las paredes. Después había que sustraerse del roce doloroso de las sábanas, sentir un cuerpo distendiéndose levemente al ritmo de los pulsos y las sacudidas de la respiración. Moverse, trazar con la mano una inacabable línea que rozara su rostro, saberse del lado de acá donde el ruido de los autos y las voces de las tenderas ascendían como un torrente de aire colándose por los muros y las tejas, asediando con su cotidiana violencia el hueco en el que momentos antes apenas existía un sueño, un deambular de sombras, una golondrina rosa posándose en las ramas azules de un árbol de papel. Levantarse, siempre levantarse no sin antes hacer un bosquejo de cada uno de los gestos previstos, un pie, una mano, el torso, los brazos. “De lo particular a lo general”, pensaba mientras alcanzaba las babuchas y acertaba con torpes dedos a entornar la ventana. Ya en el lavabo, evitando mirarse al espejo como cada vez que aún se sentía dormido, habría que hundir la cabeza bajo el grifo que escupe raudales de hebras heladas. Su pelo se resistía a someterse por los hilos de agua que trizaban como un disparo sordo los últimos flecos del sueño. “Ahora mirar al espejo, observar con estos ojos que no se reconocen a sí mismos un rostro pálido y cansado, confundido con el sudor y la pesadilla, mientras todo vuelve a desvanecerse a mi alrededor: los objetos, los anaqueles, la tinta seca de las tarjetas apergaminándose en las paredes...”.

Bastaba seguir un paso tras otro hasta llegar a la cocina, verter el café y la leche, esperar pacientemente a que llegaran a su punto exacto de temperatura. “Hundir la cucharilla en el tarro de azúcar que a su vez se disuelve con el café y la leche que, debido a la lógica composición de los fluidos, se mezclan en mi estómago con una serie interminable de ácidos que los desvirtúan y aniquilan”. Queda entonces la pantomima, el sacro ritual litúrgico cotidiano: llegarse al salón, sentarse en una silla, escuchar con parsimonia el chasquido de las hebras de tabaco como un reclamo, una reivindicación de lo que sucede acá y ahora, el ventanal sucio, las paredes crujientes, los coches amontonándose en un espacio que es ya para ellos reducido y precario.

“En pocos minutos la ducha, de nuevo el agua corriendo por la piel, goteando, desgastando la epidermis. La espuma, el gel, los champúes...; todo tan higiénico, tan tranquilizador, tan premeditado”.

Por qué no volverle la espalda a eso que sentía como una castración obligatoria, tomar el café frío en vez de caliente, caminar con las manos en lugar de usar los pies y encender el cigarrillo sirviéndose del sofá del salón en llamas...

“Siempre las variaciones acabarán por convertirse en costumbre, la eterna condena del cambio, su fluir absoluto y a la vez mínimo. Todo fluye, sí, pero siempre en su sentido y en su hora y en su cauce preestablecido. Heráclito, pobre Heráclito, tan temeroso de sus propias palabras, tan niño que ha encontrado su juguete y teme que se lo arrebaten. Todo fluye, todo cambia, sí, mientras el tiempo trabaja con todas sus armas reduciéndonos a un triste animal de costumbres, en bestia mortal acosada por las mordazas de la rutina...”.

Asustado, se reconoció en esas líneas que se reflejaban en el ventanal de la pieza llevando la humeante taza de café a sus labios.

“Lindo momento para acordarse de Heráclito. Así cada comienzo nunca será el mismo...”.

*

 

Recuerdo haber sentido tu cuerpo junto al mío, tu cuerpo moreno y alto tocándose con mi piel, mezclándose con el calor que se escondía bajo las sábanas. En aquella época, por un azar que no intentaba comprender, el mundo se había reducido a tu cuerpo y al mío amaneciendo, venciendo a la noche y a la tiranía de las agujas del reloj. Torpe memoria de zarpas de acero, no podía concebir nada anterior a eso que ahora reclamaba su derecho de ciudad, a lo que me confiscaba aboliendo un pasado plomizo de ilegibles contornos. Conociéndonos tan poco como nos conocíamos, amándonos sin tregua ni medida, habíamos vagabundeado por lugares comunes con el único propósito de olvidar cualquier tiempo anterior, cualquier fácil acceso a lo cotidiano preconcebido. Cuántas veces habíamos vagado por las calles para no hacer nada, con el único fin de estar callados y parados uno al lado del otro, para caminar tomándonos de la mano o quedarnos en medio de una plaza para besarnos y sentirnos por debajo de los abrigos. Nos deseábamos desde el principio, o al menos así me lo confesaste una noche en un bar de las afueras. Nos deseábamos sin saber que en verdad nos estábamos deseando, aguardando con aplicación de estudiantes la oportunidad de dejar caer nuestras ropas a los pies de una cama, desabrocharnos las camisas posando las lenguas en las hendijas desnudas, amarnos sin tregua hasta que alguna mucama tocaba la puerta para informarnos exasperadamente de que ya era la hora de la limpieza. No creí que aquello admitiera nocturnas reflexiones, encarnizadas lógicas traicioneras, lejanas y confiscadoras dialécticas de martillo. Nuestro espacio se delimitaba allá donde estuviéramos demostrando que un mundo puede caber en un pasillo, en una acera o en una pieza de hotel. Al abrigo del invierno y de las demás frustraciones de un reino de sombras dibujábamos otra luna sobre los lechosos contornos de la que todos conocen, divirtiéndonos con la posibilidad a veces materializada de gritar en los cines en el momento justo del desenlace o de simular en los restaurantes de alta alcurnia –cinco tenedores o más, oiga- terribles intoxicaciones debidas al mal estado de los mariscos. Cómo olvidar, cómo aplazar eso que cada mañana viene a mí en forma de paréntesis y moratoria, que llega a cada respirar vacilante y profundo, en cada voluta de humo, a cada sorbo en las tibias y sucias tazas de café...

*

 

Era cuestión de aceptar, no litigar contra lo dado, usarlo también como arma o ariete para demoler el ritmo habitual de las cosas, haciéndolo y deshaciéndolo en cada pacto, en cada una de todas las previsibles treguas. Después de la ducha y los geles era la hora de sentir la camisa sobre la piel, enfundarse los pantalones, arreglar un poco ese pelo que tanto se resistía a los peines y los bálsamos.

“Sí, pero hoy será diferente. Ya no me espera en la calle el grito habitual de los muchachos jugando en sus paraísos artificiales. Ahora puedo hacer oídos sordos a los reclamos, dejarlos de lado, imaginar otros que quizás me aguardan agazapados a la vuelta de cualquier esquina. No, hoy no será lo mismo. Amigo Heráclito, tu flujo perpetuo ni tan siquiera me ha arañado con su zarpazo de hielo, escapé de él como los alfiles por los márgenes del tablero...”

Entonces habría que bajar las escaleras, saludar a los vecinos que pacientemente esperan en los rellanos la llegada del ascensor. Abrir el buzón, ojear la correspondencia, establecer las prioridades: el Banco, una agencia de seguros, la factura del teléfono...y una carta de Hélène, de Hélène la gata negra, de Hélène que ahora hacía señales de humo desde un pasado sin tiempo ni cosas.

“Qué extraño que Hélène..., precisamente hoy... Debe tratarse de una broma, uno de esos ejercicios suyos tan próximos al absurdo. Hoy, por qué hoy si al fin y al cabo...”.

*

 

Había sido una de esas tardes tan próximas a la noche en que las líneas se difuminan al contacto de la sangre vertida por el cielo. Sí, era en el crepúsculo mientras pensaba, desplegado el periódico sobre las rodillas, en todos los años que nos habían separado a través de océanos de tiempo. Ni tan siquiera recordaba cómo había sido la fuga, la huida, ya que es preciso llamarlo de algún modo, y huida se acerca bastante a una habitación revuelta de ropa y una nota escrita apresuradamente pegada en el espejo del velador. Te habías marchado tal y como llegaste, sin señal alguna, con la violencia de un vendaval que en su torbellino lo deja todo fuera de sitio. Tan fuera de sitio que sólo pude dibujar en mi boca una sonrisa de asombro cuando oí tu voz a través del hilo telefónico. Habían pasado tantos años, Hélène, tantas cartas cada vez menos frecuentes, que ahora tu voz parecía una constatación, otro pacto entre amigos, la oscura confirmación de que el tiempo nos había separado y ahora nos volvía a unir aunque nuestros mundos fuesen paralelos y nunca llegaran a tocarse. Tantos años, Hélène, tantas tardes aguardándote, viéndote acurrucada en cada rincón de la casa, mirándote como sólo se miran los gatos en los espejos, Hélène, sin tan siquiera reconocerte. Tantos años que tu ausencia era ya una presencia antigua, la negación última que te confirmaba como parte de la casa, como parte de mí. Y después tu voz acariciándome como de costumbre, jugueteando con las previsibles lagunas de tiempo, aniquilándolas, acercándonos un poco más a eso que se esponjaba colándose en la memoria. Ah, Hélène, ahora estabas ahí pero dónde, cómo. Volvías, después de tantos atardeceres como éste volvías, y yo iría a tu encuentro, negaríamos las convenciones y los rostros que habíamos dejado atrás tal y como hacíamos habitualmente cuando tú no eras más que una niña crecida y yo un tonto estudiante mohoso y escéptico. Sí, Hélène, tu voz me emplazaba a un lugar próximo al mar, aquella casita que habíamos ocupado con nuestras sonámbulas conversaciones y el manojo de libros que siempre viajaba con nosotros. Hélène, ahora era tan sólo cuestión de bajar las escaleras, abrir el buzón, arrancar el motor del coche...

*

Arrancar el motor del coche mientras aquella carta aún le inquietaba, asomándose por entre las demás como un signo o un oscuro criptograma. Hélène le había escrito pese a estar citados pocas horas después en la casa del mar que, años atrás, habían visitado con frecuencia.

“Mejor abrirla ahora, mejor leerla porque quizás sea la notificación de otro aplazamiento, de una nueva moratoria. Hélène, tu mundo y el mío suelen estar separados por cartas y notas colgando de los espejos. Nos separa un océano de tinta, las pactadas y sabidas excusas, una hoja de papel blanco rasgada por una mano nerviosa...”.

Era una nota de apenas cuatro líneas cuyo mensaje no lograba comprender. Debía de tratarse de un error o de una de las bromas de Hélène, dada como pocas a ridiculizar lo trascendente. Sí, era una broma, una argucia de escriba, un criptograma aunque, a juzgar por el tono, demasiado macabro. No le extrañaba que Hélène hubiese enviado esa nota poco antes de partir porque eso la reafirmaba como una ausencia presente, como el desgarramiento de las líneas de las manos, como la fantasmagoría de un tiempo incierto que ahora se entreabría ante sus ojos.

“Sí, pero Hélène, tan Hélène, tan criptograma andante, tan mensaje cifrado. Hélène, gata negra, siempre Hélène...”.

*

La carretera es un laberinto, signo del laberinto que es el mundo. Me estarás esperando como yo te he esperado a ti, Hélène. Ahora sé que estás en el lado de acá de las cosas, en el centro del laberinto, Ariadna adoradora de Minotauros. Tantos laberintos, Hélène, tantas bifurcaciones como las de esta carretera secundaria que serpea bajo mis pies. Tu horizonte es ahora éste que me traspasa, teñido de la sangre del crepúsculo, con sus sombras y sus mordiscos de luz difuminándose con la penumbra, Hélène, tu penumbra y la mía. Estamos mirando el mismo horizonte, los mismos coágulos de cielo, ahora que el cielo y la tierra se confunden en un mismo todo. Estamos uno al lado del otro, cada uno en su porción de carretera, tú seguramente asomada al balcón, yo inclinado en estas terrazas de tiempo que ya comienzan a abolirse porque el tiempo me lleva a ti, Hélène, soy parte del aire que te roza la cara, que revuelve tu pelo, que se cuela por dentro de tu ropa. Hélène, siempre Hélène, has llegado en el momento en que todo estaba perdido, porque hay que reconocer que todo estaba perdido para volver a sentirte, más que nunca, como el punto final del interrogante, este interrogante que va adquiriendo la forma de una carretera secundaria solitaria y sombría. Cuántas carreteras habré recorrido en tu ausencia, Hélène, cuántos puentes de memoria tendidos sobre cartas y recuerdos. Pero ahora Hélène, tan Hélène, y tu nota, tu carta astral, tus líneas de otro mundo. Y tu voz, y tu piel por debajo de cada palabra, de cada rasgadura de papel, surgiendo de cada letra. Pero yo no estoy muerto, gata negra, aún no estoy muerto porque todavía estoy a la espera de tu señal, de tu signo, de tu llamada. Me reclamas desde un mundo que no es el mío, Hélène, mi mundo tan repleto de geles y champúes y de las roncas voces de las tenderas, y tu cuerpo y el mío son dos laberintos de carne y piel y uñas y pelo... Si quieres llamar muerte al centro del laberinto, al laberinto mismo, puedes hacerlo porque aún estamos separados por diques y fronteras, Hélène. Pero cuando estemos juntos será una misma muerte, la tuya y la mía, la que derogará nuestros parterres de tiempo, tan ajenos, tan distintos, tan fugaces el uno tocándose con el otro. Hélène, Hélène, aún no estoy muerto, aún no estoy muerto...

*

 

Era quizás la violencia del crepúsculo la que ocultaba una variante del signo de interrogación, de ese interrogante cuya forma se asemejaba a una carretera secundaria cubierta de polvo y grisalla. El giro a la derecha, esa curva tan pronunciada, escondía otro aún más pronunciado de signo contrario. El coche hizo un movimiento brusco y, tras rectificar, los neumáticos chirriaron provocando su pérdida de control, precipitándose errático y violento. El pretil que protegía del precipicio no soportó el envite y el coche se despeñó por una pronunciada pendiente salpicada por enormes rocas que lo convirtieron en un indistinguible amasijo de hierros. Antes de morir descubrió, estupefacto, la carta de Hélène que aún permanecía a su alcance, la carta que poco antes había leído y negado a un mismo tiempo. El criptograma que parecía proceder de esferas astrales, de mundos paralelos, adquiría ahora su completo y único sentido. Aún pudo tocarla con sus dedos y esbozar una forzada sonrisa.

La policía y la ambulancia llegaron momentos después, aunque algunos testigos presenciales aseguraron que el conductor debía estar muerto desde el impacto mismo a causa de su brutal violencia. Tras varias horas de rescate lograron extraer el cuerpo, irreconocible entre los amasijos de hierro.

*

 

Ustedes no me conocen, pero fui amiga de Arthur hace mucho tiempo. Pese a que no nos veíamos desde hacía más de quince años, quisiera hacerles llegar mi más sentida condolencia. Atentamente,

Hélène.

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