A Contratiempo “De cómo luchar, cara a cara, con el enemigo”
Es una mañana distinta, una mañana otra que entra por las ventanas de la casa. Los árboles del jardín lucen mansos, explotan amarillos sus follajes, se han abrilizado, inequívocos colores de una estación pincel. El otoño, como una acuarela, ha vestido el patio, sus hojas de oro lo cubren de una sábana amarilla, de una sábana naranja. Me siento en la cama, intento alisarme el blanco pelo sin lograrlo, me meto dentro del saco verde que Adriana, un día, tejió para mí, y camino los primeros pasos de abril.
Una nota sobre la mesa me vuelve a anunciar que Adriana tardará. Tiro los ojos todavía entreabiertos por la ventana, la mañana se asesina en el aire, la mañana flota de planchita en el mar. Pongo agua en la pava, enciendo la hornalla, el fuego azul crece demasiado, el agua hirviendo, yerba, calabaza, bombilla. Las hojas verdes se inflan y se espuman. El primer sorbo es de un gusto intenso que mi boca conservará hasta entrada la mañana. Salgo a la galería, amplia y fresca, me resbalo hasta dejarme caer, dulce, en la hamaca de roble, quiebro aquella pequeña sabiduría matinal llamada silencio, la hamaca cruje un poco los primeros instantes, pero después, ella misma desactualiza esa primera ruptura, entonces, mece mi cuerpo quieto, mece mis ojos de otoño, mece lo que pienso, mece lo que siento, mece esta estocada al ruido, mece, mece mis reflexiones, mece mi mirada, mece lo que desconozco, mece estos meses tibios de un loco mayo.
El tiempo, tiempo común, tiempo inútil, tiempo callas; tiempo viejo, tiempo exactas, tiempo, tiempo de ahondarte, olerte, lucharte, oírte, hablarnos, perdernos, empezarnos, y sin embargo, sin nada, dulceo esta mañana como puedo, como me sale.
Sobre la mesa blanca despintada de la galería están los accesorios del mate, sobresale el termo rojo, una torre que se despega de los chatos otros objetos que yacen estériles sobre la mesa: el cuaderno de mis anotaciones, la lapicera. Hago un intento con una primera oración, la pierdo, una línea horizontal y gruesa, remarcada insistente lo demuestra, la tacha, la aflige, no la permite. Una segunda tampoco logra escapar del rayón desalentador, repetido, tanto, que no deja leer lo que, debajo de tantas líneas desprolijas, dice. No sé cómo controlarlo, y miro, buscando acaso su materialidad, mi reloj pulsera. Lo quito de la muñeca para arrimarlo, infantil, hasta el oído. Oigo tac, tac, tac, tac, tac, tac, con calma, pero con un tiempo, ni lento ni perezoso, sin apresurarse, pero sin detenerse, como si avanzara invariable hacia filas enemigas a las que nunca llega, tropas militares que marcharan por un camino eterno, y a cada tac, y a cada tac, quedara impreso un pasado, un después, y terminado éste, la espera de un próximo, un nuevo tac, un futuro tac, que luego volverá a la línea de lo pretérito, esa extraña delimitación de lo que fue y lo que será, y la precisión es segura: tac, tac, tac, tac; intento escribir los tac en el momento justo en que la gota, por decirlo así, cae.
Me inquieto, haber arrimado el reloj a mis oídos me ha perturbado, avanzan firmes los sargentos, los soldados, con pasos de acero, con pasos de devenir, dejando atrás las huellas de sus botas andadas, un camino espolvoreado, marcado, uno que las tropas del tiempo jamás desandarán, los pasos segundos, la marcha fría y calculadora que nos descuenta la vida, que nos subdivide en etapas aprehendidas, tiempo hueco, tiempo uno, tiempo callas; tiempo disfraz oculto, tiempo tropa, tiempo fila, tiempo enemigo, tiempo que pasó, que vino, que vendrá, tiempo este relato, tiempo ya es pasado, nuestras vidas entre paréntesis y lo tuyo es lo demás, marcha eterna, tiempo vulgo, tiempo construido, nada de ti es natural, ni el filo de tus agujas que sirven para matar, para quitar, para olvidar, para hacer pasajera una felicidad, tus agujas esquivamos entre tanta realidad, ahuyentamos tus números para poder sobrevivir sin atemorizarnos de un pronto final, tiempo que efectivas el control, tiempo, que la vida es hacer cola para morir.
Detrás del velo que insinúa esta calma, aún llegan a mí, nítidos, los sonidos del segundero del reloj de pared que cuelga en el pasillo de la casa. Mientras cebo un nuevo mate se me ocurre que los animales no saben de relojes, se estrellan con una ilusa eternidad cuando son concebidos, cuando son recién llegados, desconocen la desgracia de lo que esquematiza, así también las flores, que podrían nutrirnos de numerosos ejemplos, conocen el dolor y el miedo, pero ignoran el tiempo.
Nacemos a una hora, un día, un año determinado, crecemos, sólo crecemos, no nos intensificamos, y al fallecer, el reloj vuelve a marcar una hora, un día, un año determinado, para dar paso a otro competidor que acaba de largar su cronómetro, se lo inserta en la pista sin más remedio que la inculcación dominante, llamar aquello normal, y correrlo por los senderos de la vida, proponerle un excesivo peso moral, colgarle una densa piedra al cuello de la conciencia, para que no pueda descansar sin tener el presentimiento de que está violando una norma, para que no pueda oír el canto de los pájaros una mañana entera, el sacrificio físico es lo que se reconoce y esto es, porque así, las horas se escabullen como un gorrión mal tomado entre las manos, entonces, en una dialéctica casi ontológica, el hombre no tiene ni tendrá nunca conciencia de aquel determinismo que lo estructura en su seno y lo somete, y que sólo acude a él para ser puntual, para sobrevivir a la difícil desgracia de saber que es un invento para no pensar, para no perforar la bohemia de un atardecer sin horas, tragedia que envuelve a la humanidad, alambre de púa invisible que cerca la ilusión de subirse a esta hamaca vieja y desnudar uno por uno tus doce números de puro juego, tus doce números de puro juego.
Me paro, voy con el mate a tirar la yerba empapada, me frustra un poco no haber logrado ni siquiera una oración. Piso la base del tacho de basura, se abre, lo que boto parece tierra, hay tanto silencio en la casa que hasta camino con delicadeza procurando no perturbarme. De paso, vuelvo a ver la nota que hay sobre la mesa del living, Adriana tardará. Tomo la nota como si no supiera leerla, me siento en una de las sillas que rodean la mesa. Leo que Adriana tardará, vuelvo a leer “tardará”, deletreo el verbo suavemente, “te”, “a”, “ere”, lo separo, lo junto, lo leo al revés “aradrát”, y se parece al sonido de cuando pronuncio su nombre, Adriana. Enciendo el primer cigarrillo del día, un humo azul centellea en los vastos recovecos del salón, se funde su arabesco recorrido que trago y expulso lento, pauso su indiferente movimiento, que choca contra las ventanas que dejan ver la hamaca, la mesa, el jardín, la galería. Cae la gris ceniza al gris cenicero recién lavado, todavía húmedo. No hay indicios de Adiana, tardará, me digo, tiempo falso, balbuceo, mientras regreso a la galería a echar la viscosa carne envuelta en lana sobre la hamaca. Puedo saber que mi tiempo se agota, me lo hacen saber, pero hoy, sin embargo, pertenezco a este minisueño dorado del patio, a este pequeño Dios que llamo palabra, este Dios célebre y drogado, esta estrella, este acontecer.
Los hombres podríamos dar con nuestra singularidad, irrepetibilidad, cada hombre, cada vida, es digna, es interesantísima para ser escuchada, contada, perpetuada. Cada hombre lleva dentro de sí dos alas, para navegar el cielo de lo que siente, bucearse las venas, hacer rafting en los pasajes turbulentos, descansar en los vados, islas y jardines, intentar ver cuáles son los animales que huyen cuando nos encontramos todos dentro de uno, ver cómo escapan las mariposas y cebras cuando insistimos maldad, cómo se desvanecen los brotes internos cuando jamás sentimos sus claros perfumes. Es agradable saber que no usamos el tiempo allí, que éste luce un rostro extraño, a veces oculto, pero otras veces es nuestra propia cara, ¿cómo escapar a nosotros mismos?, ¿cómo no confundir el nosotros de adentro con el nosotros de afuera?, ¿cómo sobrevivir sin un escape, sin una bocanada atemporal?, ¿cuántas veces soñamos con detener las horas? Detener lo abstracto.
Recurro a una vertiginosa reflexión de antaño: si no nos acecharan los días, ¿viviríamos más? Pero, ¿qué es vivir más, si no existiese el tiempo medible? Seríamos eternos, como los perros, como las aves, como los peces, como las flores que se zambullen en una eternidad imaginaria, y en ella, plácidos, se hunden.
Mirar el reloj es mirar el cañón a punto de gatillo, es andar ligero porque nos persiguen. Podrían funcionar los relojes del mundo aunque quitáramos sus pilas, porque sus tac, tac, tac, laten en los engranajes de nuestras mentes, oh tiempo enfermo, tiempo propagado, tiempo en serio, somos víctimas de tu circunsferencial vuelta lenta que aparenta distraída, tiempo preso, tiempo nicho, tiempo callas.
Con las manos me tanteo el mentón, el mediodía se ha posado ocioso en el cielo. Sonrío, riego el aire con mi distendida expresión. La tarde avanza como un gran gorila naranja y violeta, del que, ya sólo distingo la espalda y los brazos que arrastra con sigilo. Los últimos rayos del sol son agujas que perforan, débiles, las plantas y la mesa. Una sombra etérea comienza a malformarse a mi espalda; luego, a mi derecha. Un fuerte olor a tierra emprende un subir, se adorada en el cielo la génesis de alguna estrella. Haría falta encender algunas luces, pero prefiero seguir en la extensa meditación de la hamaca sin horas, saberme superior a toda frivolidad, corregir mi alma, sanarla, y la luna, el tatuaje que usa la noche, se iza, se distingue en el omóplato del cielo. Engancho los tres botones de madera del saco verde. Se ha puesto fresco. Estoy hambriento, pero calmo.
Tomo la nota que Adriana dejó alguna vez al salir, leo con la mayor delicadeza posible que Adriana tardará, tardará, digo despacito, y un gusto me anda en la boca, algo pastoso, fuerte, “tardará”, leo viejo. Ya van a cumplirse dos años de aquella vez que leí por primera vez que Adriana tardará, un año y once meses, fue en junio y ya estoy en mayo, pero ¿qué son los meses?, ¿qué son los años?, y se me revuelve un pensamiento que me agota, una serpiente que me enreda a la hamaca y no deja que me pare. La libreta de anotaciones sigue intacta, no he podido esbozar en todo el día siquiera un sonido; mi oficio se desvanece si ya no logro alcanzar una mísera oración en un día completo, pero ¿qué es un día?, me acecha aquella farsa, me borra, tiempo, tiempo caigo, aquí me tienes acorralado en esta hamaca, ocúpate de mí si es lo que quieres, que yo no he podido contigo, que has surgido ganador de todas nuestras batallas, acuchíllame ya, en este segundo, con tus lanzas que no he sabido esquivar ni sabré. Puedo escuchar cómo marcha el ejército de tus tropas hacia mí, tac, tac, tac, sé que me liquidarán y seré sólo uno más en el camino, tac, tac, tac. Aborrezco la conciencia de haberte sabido, igual, espero que al menos hoy, te hayas sentido burlado.
La noche se echa mansa y cristalina, un viento fresco quita de mis manos cansadas el papel, lo revuelca allá lejos, en los jardines, Adriana tardará, y se pierde entre los livianos y aéreos tumbos del viejo recado. Vuelvo a mecerme en la hamaca, esperando un día no esperar más, sentir que todavía me queda un leve suspiro, sentirme una vez más cara a cara con el enemigo, cara a cara, el tiempo y mi esperar.