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Martín Díez, Rocío (Boxita)

Cuadro vivo



CUADRO VIVO

El cuadro me recordaba a los paisajes que viví en mi niñez. A medida que iba pintando, cada trazo me devolvía imágenes grabadas en mi retina, que se iban despertando, perezosas, y salían con gran revuelo despedidas del pincel, salpicando de color el suelo a su paso. Desde que había comenzado con el encargo me sentía rara, confusa. Lo había recibido de la manera más extraña que uno pueda imaginar. El lunes por la noche había cenado un plato de pasta sentada en el único taburete que había en mi cocina, me había puesto el pijama y me había tumbado sobre la cama para ver por enésima vez mi película preferida de los Hermanos Marx. Durante la primera escena abrí el periódico sin demasiado interés, hojeando casi sin mirar. Un anuncio llamó pronto mi atención, siempre me detenía en la sección de varios por si encontraba algo interesante. Destacaba sobre todos los demás, no por estar resaltado en negrita, que lo estaba, sino por su contenido: “Se busca pintor/a para pintar cuadro por encargo. Urge. Se pagará bien. Interesados llamar al teléfono…”.  Por lo demás, no daba nombre ni seña alguna. Claro está que llamé en el acto, aún era hora de poder hacerlo sin rayar en la mala educación, las nueve y media de la noche, y ante mi sorpresa respondió la voz grabada en un contestador de un hombre que pedía el nombre y apellidos, así como el número de teléfono del interesado, indicando que en unos días se pondría en contacto con él. Así fue, y el miércoles por la tarde esa misma voz dejó un mensaje en mi contestador de casa dando escasas indicaciones. La primera, la existencia de una fotografía depositada en Correos, en el interior de un sobre. El encargo consistía ni más ni menos que en copiar dicha imagen. Libre interpretación. Debería estar listo en dos semanas. El sujeto en cuestión pagaba una señal por adelantado, que había depositado en el interior del mismo sobre que la fotografía. Aseguraba ser generoso en el pago pero no especificaba la cantidad.

Llevaba varios días sin dormir bien, preocupada con la decisión que iba a tener que tomar. Tenía treinta y tres años, ya no era una niña para seguir viviendo de sueños. Llevaba tiempo resistiéndome a abandonar la pintura, tenía pocos encargos y las ventas en exposiciones y galerías habían bajado mucho. Como la cosa siguiera así, no me quedaría otra salida que recurrir a mis estudios de arquitectura y lo que es peor, a mi ex novio, Jorge, que tenía un estudio cerca de casa, con buenos clientes y mejores proyectos. Él no sólo había mantenido siempre abierta la puerta a una reconciliación conmigo, sino también a que pudiera recuperar el puesto de socia en la empresa, que había abandonado al mismo tiempo que le abandoné a él. Nunca se me había dado mal la arquitectura, y algunas de mis obras obtuvieron premios de reconocido prestigio a nivel internacional. Pero como siempre hacía en mi vida, salí huyendo cuando mejor me iban las cosas. Así de simple. Consideré, con una lógica que a mí se me hacía aplastante, que debía mantenerme alejada de ese mundo. Me convencí de que la arquitectura no había hecho más que traerme ansiedad y nervios y que viviría más tranquila dedicada a la pintura, encerrada en mi estudio de la calle Hortensia. Allí me refugié en mis cuadros, y a ratos en inmensas esculturas que realizaba en bronce. Conseguí vivir durante más de dos años con los beneficios de las ventas de mis obras. Mi pintura era figurativa, a veces abstracta, de tendencia impresionista. Un estilo muy mío a juicio de entendidos y críticos de arte. En ocasiones me daba por hacer collage, o experimentaba con técnicas extrañas que aprendía en viajes que siempre hacía sola. Pero últimamente recurría a chapuzas o clases particulares que me desesperaban y me recordaban mi falta de paciencia. Estaba convirtiéndome en una completa ermitaña. Y así no podía seguir viviendo.

El jueves por la mañana, tras haber recibido las instrucciones para recoger el sobre, me presenté en Correos, aún corriendo el riesgo de que me llamaran loca por la calle por creerme semejante historia. Ante mi sorpresa, existía el sobre, y la fotografía, y la señal, en verdad más alta de lo esperado. Me dirigí a mi estudio con las tres cosas y con curiosidad lo saqué todo de mi bolso. Me quedé paralizada. La imagen mostraba un paisaje, a simple vista, un tanto anodino. Sin embargo, llamó mi atención el parecido que guardaba con los alrededores del pueblo de mi abuela. Hacía muchos años que no volvía por allí pero no era fácil olvidarlo. Tras unos minutos sumida en una especie de trance que me devolvió de golpe a mi infancia, decidí que lo mejor sería comenzar la obra sin dedicarle más contemplaciones. No quería remover mi pasado, y me convencí de que podría hacerlo sin pensar demasiado en él. Mi situación actual era crítica y, por primera vez, quería ser madura y consecuente con mi edad y mis decisiones. Movida por un repentino impulso, escogí un lienzo. Me apetecía algo grande para poder descargar tanta energía contenida. Lo coloqué contra la pared, ni siquiera podía instalarlo en el caballete de madera por su tamaño, y comencé.

La luz de la mañana se colaba por la ventana y me iba dirigiendo con sus rayos. Decidí sobre la marcha que el cielo tenía que ser claro, a pesar de que en la imagen parecía estar atardeciendo. Mis manos se dejaron llevar, y pronto me encontré con la mitad del cuadro hecho. La sensación que me producía a medida que avanzaba me resultaba conocida. Me transmitía cercanía, confianza. Tanta que comencé a sonreír sin darme cuenta. Decidí pintar una mujer donde no había nada, cerca del río, en dirección a la meseta donde el trigo se había adueñado del campo y los árboles, lejos, bailaban al son de la brisa que traía el verano. Las ropas de la mujer eran oscuras y un pañuelo, también oscuro, cubría su cabeza.

Recordé entonces las vacaciones en casa de mi abuela, y el pueblo que había cerca, rodeado de campos amarillos y almendros sin flor. Ella siempre vestía de negro, y por las mañanas, casi de madrugada, recogía frutas de los árboles de la huerta y las iba guardando en una cesta que después cargaba sobre sus hombros. Se murió un día, de pronto, sin enfermedades ni tormentos traicioneros. Mejor, no sufrió, pero tampoco nos dio tiempo a despedirnos. La encontré yo, al ir a despertarla extrañada de que aún durmiera. Estaba tumbada en su cama, sin cestas y sin frutas, con paz en el rostro y gesto sereno. A su lado una carta. Ella sí supo que se marchaba, y quiso dejarme, como último regalo material, todas sus cosas. Libros y juguetes antiguos que guardaba en el desván y, sobre todo, me permitió descubrir su secreto, dibujos hechos por ella en hojas manchadas por la humedad y el paso del tiempo. Obras de arte que nunca había compartido conmigo y que, seguramente, tampoco quiso que viera hasta el momento de su muerte, para que no le echara en cara haberlas abandonado de esa manera. Fue una impresión muy fuerte ver una obra tan maravillosa desgastándose bajo llave. Sin embargo, antes de que se perdiera para siempre, como quien lanza un guiño antes de desaparecer por última vez, me la regaló. Era demasiado buena, demasiado pura, demasiado perfecta para ser mostrada al resto del mundo. Mi intuición pocas veces fallaba. Años después, colgué los dibujos en las paredes de mi estudio, donde se mostraban orgullosos, cuidadosamente enmarcados, y desde ahí vigilaban mis movimientos. A través de ellos sentía la mirada de mi abuela, escudriñando cada trazo, infinitamente contenta de que hubiera decidido seguir sus pasos. Ella me avisaba de las equivocaciones e, incluso sin saber el motivo, muchas veces me encontraba tapando figuras o haciendo otras que no aparecían en imágenes que a menudo copiaba por encargo. Tenía la sensación de que mi abuela estaba escribiendo su propia historia a través mío. Como si su vocación, frustrada por una época injusta, fruto de la incomprensión y la ignorancia, vocación impropia de una mujer de campo, tuviera necesidad de salir con fuerza de aquellos dibujos que me miraban.

En una semana terminé mi obra, pinté durante más de quince horas al día, me obsesioné con cada pincelada, con los colores, con los olores que debía transmitir, y conseguí que al mirarla se tocara el trigo, y las flores en el camino. Cada cosa en ella tenía vida. Tenía magia. Y eso me hizo sentir un escalofrío maravilloso por la espalda. Me senté a observar. Me tumbé después, satisfecha, vacía. Y lloré. Echaba de menos a mi abuela, que ahora me saludaba alegre desde el jardín. Y sus desayunos. Y los besos que me daba cada noche al acostarme. Y jugar en el campo, libre, inocente. Y el cielo que flotaba quieto sobre mi cabeza mientras bebía de la fuente. Tantos recuerdos que me sentía incapaz de respirar la infinita felicidad que me producía el saberlos míos. Habían salido de mi corazón mientras pintaba, los había dejado libres por primera vez en muchos años.

Lloré durante horas. Me escocían los ojos pero sentía cómo con cada lágrima se iba deshaciendo el nudo que atenazaba mi corazón desde hacía años. Fue entonces cuando quise recuperar esos recuerdos que se habían quedado en el cuadro, que no era mío, y devolverlos a ese corazón que había respirado por inercia desde entonces. Quienquiera que fuera la persona que me había hecho el encargo, no tenía derecho a poseerlos, porque eso sería como poseerme a mí. Me di cuenta del daño que me había hecho la muerte de mi abuela, igual que tantas otras cosas que no quería que vinieran a mi memoria. Paré de recordar, entraba ya en arenas desconocidas y eso me producía una sensación de vértigo que me asustaba. No tenía fuerzas. Lloré más, todo lo que había callado desde hacía más de veinte años. Y entonces no pude ocultarme por más tiempo las imágenes que vinieron a mi mente al pensar en la muerte de mis padres cuando aún tenía diez años. Vi dolor, luto, tristeza, angustia. Me refugié en mi abuela, a la que adoraba. Sin embargo, ella, convencida de que el pueblo no me podría ofrecer un futuro mejor que el suyo, sabedora de mis talentos y de las oportunidades que me esperaban fuera, me mandó a un internado, lejos de los pilares que en mi pequeño mundo componían la felicidad. Quiso para mí lo que ella no había tenido. Pero yo me culpé, pensando que aquello era un castigo por no haber sabido cuidar de mis padres y, a la vez, me sentí traicionada por el abandono de mi querida abuela y me aislé. Aprendí muchas cosas en mi destierro. La más importante fue a disfrutar de mi soledad, la más cruel, a depender de ella. Crecí antes de tiempo. Volví cada verano, cada Navidad, y muchos fines de semana a aquella casa en el pueblo, pero tampoco me sentía ya de allí. A mi abuela la quería como nunca, porque en la distancia la había perdonado, pero no encontraba consuelo para mi alma. Busqué la paz en el trabajo, nunca en las personas. Algo en mí me alejaba de ellas y me recordaba que, cada vez que me encariñaba de una, ésta desaparecía de mi vida. Esa fue la verdadera razón por la que dejé a Jorge sin ni siquiera darle explicaciones. Había sido la única persona en mi vida adulta que se había acercado a mi corazón, que había hecho que me olvidara de mí para pensar en él y en el amor que me daba, pero eso me hacía sentirme vulnerable de nuevo. Porque no quería que me convenciera de lo contrario. A partir de ahí tuve muchas aventuras, todas pasajeras, nunca dejaba que duraran más de uno o dos meses. Me pidió durante días, semanas y meses que volviera con él. Me repitió una vez tras otra que me quería, que era la mujer de su vida, y que quería envejecer a mi lado. Pero aquello fue peor, y cada vez me alejé más de él. Jorge sin embargo nunca se cansó. Y tampoco se enfadó conmigo. Dijo que me esperaría.

Creo que me dormí empapada en lágrimas y cansancio. Amanecí por la mañana, al día siguiente de haber terminado la obra. Abrí los ojos de repente, sintiendo un pequeño hormigueo en la mano derecha. Había tenido un sueño.  Por un camino escarpado, lleno de pinchos, mi abuela y yo caminábamos agarradas con fuerza de la mano. Yo iba a su izquierda, en silencio, consciente de los preciosos minutos que estaba viviendo. Ambas nos hicimos heridas en las piernas y yo alguna que otra en las rodillas. Pero no nos dolían, porque estábamos juntas. Sonreíamos sin decirnos nada. Y en sus ojos podía distinguir el brillo que de pequeña tanto me había hecho reír. Llegamos a una playa, de arena blanca, y nos descalzamos para correr. Yo iba detrás de ella, sus piernas eran jóvenes, ágiles. En la orilla nos detuvimos jadeantes, salpicadas por las olas, gritando entre risas por el escozor que nos producía la sal del mar buscando las heridas, recientes, profundas, dejando que la sangre que de ellas brotaba resbalara por la piel hasta desaparecer en el agua y se alejara con la marea. Nos abrazamos. Ahí acabó el sueño.

El hormigueo de mi mano desapareció unos minutos después, pero de pronto me di cuenta de otra cosa. El cuadro estaba donde lo había dejado, apoyado contra la pared, pero faltaba algo. La figura de la mujer no existía. Yo estaba segura de haberla pintado. Cerré los ojos y los volví a abrir. Seguía sin verla. Decidida a no darle más vueltas, en parte convencida de seguir bajo los efectos del sueño, en parte porque me sentía bien por primera vez en mucho tiempo, me levanté y me fui a la ducha. Recordé que tenía que llamar al teléfono que aparecía en el periódico. No lo había apuntado en la agenda porque había recortado la hoja entera. Estaba guardada en mi cartera. Cogí una toalla del armario y me quedé un rato bajo el agua caliente. Había descansado y me sentía como nueva. Tantos días sin dormir me tenían agotada, y era en ese momento cuando me daba cuenta de lo apagada que había estado últimamente. Me lavé el pelo, lo cepillé despacio. Hacía calor, así que decidí no secármelo más que con la toalla. Me miré al espejo y me gustó lo que vi. Mi cara estaba radiante. Y en mis ojos distinguí un brillo especial que me recordaba a alguien. Sonreí. Al espejo. Y a mí. Desnuda cogí el bolso y saqué la cartera. Desdoblé la hoja del periódico. Busqué entre todos los anuncios el teléfono de mi cliente desconocido. Ahí estaba. Llamé y respondió la misma voz masculina grabada en el contestador que había escuchado la primera vez. Dejé mi mensaje y colgué. Esperé impaciente. Durante minutos, que se me hicieron eternos, sólo escuché el eco de mi corazón latiendo sigiloso en el silencio del cuarto. Mi móvil sonó dos veces y, al descolgar, escuché tres palabras: la calle y el número de la casa donde debería llevar el cuadro y recoger el resto del dinero. Qué cosa más extraña. Llamé a un amigo que siempre me hacía los portes de las obras grandes, aquéllas que pesaban tanto que no podía cargarlas sola, o aquéllas tan grandes que no cabían en mi coche. Me aseguró que en una hora estaría en el estudio. Me vestí y desayuné un café, una tostada con aceite y algunos granos de sal gorda por encima. Me quería regalar un día entero de caprichos. Estaba pensando hacer una pequeña escapada con el dinero que recibiría esa mañana. Arrancaría el coche y dejaría que el destino me guiara, libre de miedos. Necesitaba confiar en algo por primera vez desde que era niña.

Mi amigo llegó, nos dimos un beso rápido y bajamos el cuadro cubierto con una sábana los cinco pisos que nos separaban de la calle. Lo cargamos en su furgoneta y hablamos el resto del camino. Me contó emocionado las palabras nuevas que había aprendido su hija, la última discusión que había tenido con su jefe, el viaje que tenía pensado hacer con su mujer… En silencio le escuché y descubrí la falta que me hacía estar con alguien a mi lado. La soledad ahora me pesaba demasiado. Se había hecho dueña de mí a traición, sabiendo que era una presa fácil, capaz de sucumbir a sus encantos sin preguntar ni pedir explicaciones. Aparcó en doble fila, me dijo que en cuanto subiéramos el cuadro se tenía que ir corriendo, que le estaban esperando. El portero, muy amable, nos sujetó la puerta, indicándonos por dónde subir al segundo piso. Las escaleras olían bien, a cera, y los crujidos que iban dejando atrás nuestros pies me dieron la bienvenida a lo que de pronto se me hizo mi nueva vida. Sonreía ante mi locura, y también al recordar que con ese cuadro dejaba atrás otra que ya no me gustaba. Me había limpiado. Algo dentro de mí sujetó con fuerza mi corazón para que no saltara y se marchara corriendo. Cuando llegamos al rellano, mi amigo se disculpó con un beso fugaz y se fue. Me encontré apretando el timbre de la única puerta que había en el piso. Estaba abierta, pero yo seguí tocando con insistencia. No salió nadie a recibirme, y sin embargo la puerta, entornada, me invitaba a pasar. Empujé un poco con la mano y se abrió lo suficiente para dejarme ver una estancia vacía, en penumbra, sin alfombras, ni cuadros, ni muebles. Ni gente. Mis pies entraron solos, después lo hice yo. Estaba nerviosa, pero no tenía miedo. Seguí avanzando y tropecé con una caja que había en el suelo. Era para mí. Lo supe en cuanto la vi. No ponía nada por fuera pero me arrodillé y sentada en el viejo suelo de madera, la destapé con cuidado. Dentro no había nada más que un sobre. Lo abrí, y encontré una carta escrita a mano.   

“Querida Beatriz,

No dejas que se acerque nadie a ti, no quieres que nadie te hable de sus sentimientos para no tener que compartir los tuyos. Vives en un mundo irreal, lejos del amor que un día la vida te quitó pero que ahora quiere devolverte. Al abrir esta carta cerca de mí, sin dejar que me veas, estás abriendo tu corazón más de lo que lo has abierto en estos años desde que te conozco. Porque el cuadro que has pintado para mí es el reflejo de lo que he intentado decirte durante años. Que amarme no significa renunciar a tu pasado, sólo entenderlo. He querido despertar a la niña que vive asustada dentro de ti a través de tu recuerdo más vivo, aquél que siempre has querido olvidar. El pueblo de tu abuela sigue ahí, igual que ella en tu memoria y, desde ayer, en tus ojos y, de nuevo, en tu corazón. Porque ella me ha traído hasta aquí. Porque cuando fui hasta su casa, buscándote a ti, y paseé por los caminos de los que tantas veces me hablaste en tus cuadros y en tus noches de desvelos, me encontré con ella, en sus árboles, en las piedras que rodean su casa y en las historias que me contaron sus vecinos, y me habló. Me dijo cómo llegar hasta tu corazón y supe de pronto todo lo que te había hecho tanto daño.

No quiero pasar más tiempo sin ti, te quiero como nunca pensé que podía querer a alguien. Quiero hacerte feliz. Eres la mujer con la que he soñado toda mi vida. Eres un milagro porque has sido tú quien me ha salvado a mí.

JMD”

Eran sus iniciales. Con las manos aún temblando, levanté la vista y me encontré con él. Me puse en pie y le miré a los ojos. Me gustó lo que vi. Y lo que sentí. Jorge se rió, porque supo leer lo que decían los míos. Emocionados por haber recorrido un camino tan largo hasta encontrarnos, Jorge me acarició la mejilla, y yo atrapé con mis dedos una lágrima que resbalaba enamorada por la suya.

Hablamos durante horas refugiados en el pequeño café francés de la esquina. Entre luces bajas y mesas oscuras de madera, Jorge me explicaba cómo había puesto el anuncio en el periódico y, riendo, recordó cómo había tenido que rechazar miles de llamadas hasta que recibió la mía. Yo le pregunté por qué no había sabido reconocer su voz en el contestador. “No sabe quien quiere sino quien está preparado para entender”, me respondió. Y entonces supe que durante todo el tiempo que habíamos estado separados no había podido entender el regalo más grande que la vida, mis padres y mi abuela habían querido hacerme.   

Seudónimo: Boxita

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