Nunca he creído en el destino. Todo eso de que nuestra vida está más o menos predeterminada y que el futuro ya está escrito: creo que lo escribimos nosotros. Me dio por pensar en esta absurda teoría mientras paseaba por Cibeles, de pronto empezó a nevar y me refugié en una librería. Casualidad o no, buscaba en una infinita estantería algo para regalar cuando vi su foto en la contraportada de un libro. Al principio no le reconocí, no le había vuelto a ver desde el instituto. Se había cambiado el nombre —usaba seudónimo— y estaba un poco más gordito, pero luego me fijé bien y me he di cuenta de que seguía teniendo la misma cara. Me acuerdo mucho de su cara. Sí, no sé por qué, pero me acuerdo mucho de su cara.
Coincidí con él en 1ºB, se llamaba Diego y nunca hablaba con nadie. Se sentaba siempre en la última silla de la última fila de la clase. Acurrucado, con la espalda encorvada hacia la mesa, asustado como un conejo dentro de un saco. Yo pensaba que se debía a algún tipo de trauma infantil, que le habían castigado mucho en la escuela cuando era niño o algo por el estilo. Que supiéramos no tenía amigos y a su derecha se quedaba a menudo un asiento vacío, porque la mayoría no se atrevía a ponerse a su lado. Los profesores —quizá para evitarle las burlas porque tartamudeaba— casi nunca le preguntaban y algunas veces incluso se le permitía librarse de la clase de gimnasia. Qué suerte que tenía el tío, porque yo me ponía malo sólo de pensar en vestirme con esos pantaloncitos cortos con el escudo del instituto que nos hacían llevar para saltar el potro. En mi grupo pronto comenzaron a circular rumores: que si era sordomudo y medio autista —lo cual otorgaba el calificativo de milagrosas a sus buenas notas— pero que podía leer en los labios, que si su familia habían muerto en un accidente de tráfico y estaba traumatizado, que si su padre se había suicidado colgándose de una cuerda en mitad de la cocina... En fin, mejor que no continúe, porque —¡vaya por Dios!— todas las hipótesis que escuchaba resultaban ser realmente desafortunadas. Incluso Gutiérrez, eterno suspenso en Ciencias, decía que las marcas que tenía por el acné no eran tales, sino que alguien le había arrojado ácido sulfúrico sobre la cara. ¡Menudo lumbreras!
Diego era muy delgado y de tez blanca. Tenía la cara tan apagada que parecía que estuviera enfermo. A las chicas les daba un poco de lástima y le compadecían, no nos dejaban que nos metiéramos con él. ¡Pobrecito, ha tenido una vida muy dura!, ¡pobrecito, dejarle en paz! Tiene que ser horrible ver a tus padres cómo se desangran atrapados dentro del coche. ¡Pobrecito! Y a tu hermano pequeño tirado en la cuneta, sin que puedas hacer nada para salvarlo. ¡Pobrecito! Al final, como era de esperar —fue algo inevitable— la peña dejó de llamarle Diego y todos se referían a él como el pobrecito.
Una mañana que hacía bastante calor y estuve corriendo como un loco durante la hora de recreo, me sentí un poco mareado y volví al aula cinco minutos antes de que se reanudaran las clases. El pobrecito estaba allí, agazapado en un rincón, muerto de miedo y con los ojos como platos. Entré en silencio, de puntillas, y me senté en mi pupitre. De la mochila saqué el libro de Lengua, lo puse sobre la mesa y lo abrí. Luego —como quién no quiere la cosa y de espaldas a él— lancé al aire una pregunta sobre la lección anterior. De inmediato y disimulando —o sea descaradamente— me giré para mirar a Diego y vi que respondía afirmativamente con una inclinación de cabeza. ¡Qué cabrón!; pensé, o sea que no es sordo. Seguí hojeando el libro y luego dije algo en voz alta —no recuerdo qué exactamente— como si hablara para mí, creo que hice un comentario gracioso sobre la torpeza de la profesora de inglés. Oí que por detrás él se reía.
—Es verdad, yo también me he dado cuenta —le escuché decir.
¡Vaya, qué sorpresa! No sólo no es mudo, sino que tampoco tartamudea. Qué estúpida que es la gente, me dije, igual no habla porque no tiene nada que decir, o tal vez porque nadie le ha hecho ninguna pregunta interesante.
En adelante, algunos días —por eso de la curiosidad— subía a clase unos minutos antes para charlar un rato con él. Las primeras veces, cada uno desde su asiento, sólo hablábamos sobre cosas del instituto, de que si el profesor de filosofía estaba un poco chaveta, que si el de Dibujo parecía un tiralíneas por lo estirado y por lo flaco que estaba o de los modelitos pasados de moda de la señorita Adela, la de Matemáticas. Por supuesto, Diego también intervenía en las conversaciones y a veces —era muy sarcástico— soltaba algún que otro chiste y me hacía reír un montón. Incluso con el tiempo —aunque he de reconocer que con cierto temor contagiado de mis compañeros— me atreví a acercarme a su mesa y sentarme a su lado. Un día, sin darme cuenta, bromeando, hasta le di una palmadita en la espalda y le llegué a tocar. ¡Y no me pasó nada! Sé que puede parecer exagerado, pero es que la peña le ponía de un raro... Gutiérrez, por ejemplo, que tenía un tío dermatólogo, decía que por los síntomas —qué síntomas; me preguntaba yo— y el color de su piel, debía de tener algo contagioso.
Pasaron los meses y, poco a poco, empezamos a hablar también de nuestras cosas. Me dijo que no era de Madrid, sino de Cuenca, y que llevaba viviendo aquí sólo dos años. Me habló de su familia, que por cierto era hijo único, y —agárrate que ésta es buena— de sus padres, que estaban vivitos y coleando. Su padre era militar y me contó que de pequeño había estado en siete colegios distintos. Lo pasaba tan mal cuando tenía que despedirse de sus amigos que había acabado acostumbrándose a la soledad. Me explicó que hacía un año le habían diagnosticado un problema en la rodilla y que por eso, cuando sentía molestias, le permitían saltarse la clase de gimnasia.
Una mañana, durante el recreo, le encontré encorvado sobre la mesa como de costumbre y me fijé que escribía algo en un cuaderno. A ratos lo hacía despacio; otras veces rápido y muy nervioso. Me acerqué y vi que tenía una letra muy pequeña, casi diminuta y que dejaba los espacios entre un renglón y otro muy estrechos. Las líneas se quedaban unas pegadas a las otras y, como escribía con pluma, las palabras parecían hormiguitas en formación, todas apelotonadas, que saliendo del agujero de su mano iban invadiendo el margen derecho.
—¿Qué escribes? —le pregunté.
—Algunas veces poesía —dijo— pero normalmente relatos.
—¿Relatos?, ¿qué son relatos? —os juro que no sabía lo que eran, la verdad es que, por aquel entonces, yo no leía mucho.
—Pues... cuentos, narraciones cortas. Escribo historias que se me ocurren, que me invento o sobre las cosas que me pasan.
No le dije nada en aquel momento. Ahora lo pienso y me digo “qué burro”. Podrías haber dicho “qué interesante”, o “¿alguna vez me dejarás leer algo?” Pero no, me callé como un idiota. Debió pensar de mí que era un poco imbécil. Creo que me dio un poco de apuro por si no estaba a la altura, por si me pedía mi opinión y no sabía qué contestarle. Bueno, he de reconocer que también tenía miedo de que me echase algún rollito sobre su estilo, las metáforas y todas esas cosas. ¡Con lo pesadas que me resultaban las clases de Literatura! Hasta aquel día —qué estúpido puedo llegar a ser— no me había dado cuenta, me pongo a hablar enseguida y cuando empiezo cojo carrerilla y no hay quién me pare; pero entre las clases, durante el recreo y en las horas muertas, Diego casi siempre estaba escribiendo. Y cuando no estaba escribiendo estaba leyendo. Recuerdo que una vez me prestó un libro: “El perfume” de Patrick Süskind. Pues me gustó, sí, crea cierta tensión y me mantuvo en la intriga. Aunque he de reconocer que lo empecé a leer porque, por el título, me pensaba que iba sobre chicas, trucos para ligar o algo por el estilo, y resulta que no. Quién iba a imaginar que contaba la historia de un asesino. Como ya he dicho en mi adolescencia no leía demasiado. ¡Uy! Tal vez no debería haber dicho lo del asesino, en fin, ahora ya es demasiado tarde.
Desde entonces, durante la hora del recreo, aunque a veces subía al aula un poco antes que los demás alumnos, no siempre me ponía a hablar con él. Le veía escribiendo con tanto interés que me daba lástima interrumpirle. Sin embargo, algunos días era él quien me llamaba y me preguntaba cosas. Como qué haría yo si me pasara esto o lo otro, cómo me sentiría en una determinada situación, o frente a un dilema que él me proponía cuál sería mi elección. Yo estaba encantado de que tuviera en cuenta mi opinión y de que —según sus propias palabras— ayudase a los protagonistas a ponerse en acción. Fíjate que lo pensé. Sí, en serio. Me dije: ¿Te imaginas que luego se hace escritor? Y ya ves, ahora mismo tengo un libro suyo entre mis manos.
Recordando ahora todo esto, me doy cuenta de que en el instituto yo era muy inmaduro. Nunca pensé que lo que hiciéramos entonces, a esa edad, tendría repercusión más adelante en nuestra vida, al menos no pensaba que tendría tanta. Yo me decía que aún era joven y lo único que quería era pasármelo bien, que ya tendría tiempo en el futuro para poder hacer todo lo que quisiera. Sólo me dedicaba a jugar al fútbol, a salir de marcha con mis amigos y hacer un poco el payaso corriendo detrás de alguna tía. Nunca se me han dado muy bien los estudios, lo confieso, pero cuando algo me gusta de verdad le pongo tantas ganas que al final, cueste lo que me cueste, sé que me lo saco.
Volviendo a mi relación con Diego —que ya se me iba la pinza— un mes antes de final de curso, con los exámenes encima, aprovechaba cualquier hueco libre que tenía para ir a la biblioteca, así que mis visitas fugaces durante la hora del recreo se terminaron. El curso siguiente ya no estaba en mi clase. Un par de veces me crucé con él por el pasillo e intercambiamos saludos con la mano, pero ya no volvimos a charlar nunca. Un año después no le volví a ver más, supuse que a su padre le habían vuelto a trasladar.
Cuando terminé el instituto y fui a recoger el título de bachiller, quise darme una vuelta por el centro por última vez. Vagabundeé por los pasillos, hice un poco el cabra en el patio, tiré un par de canastas en el gimnasio y, antes de marcharme, entré en el aula de 1ºB. Envuelto en el silencio de aquella clase vacía, me pareció ver allí a Diego, en su rincón de siempre, escribiendo sin descanso.
Regresé de mis recuerdos justo en el momento en que la dependienta me hacía una señal para indicarme que la librería estaba a punto de cerrar. Tomé el libro —que por cierto era de relatos— y me acerqué al mostrador de caja. Una vez en casa, lo saqué de la bolsa y lo dejé sobre la mesita de noche: me moría de ganas por empezarlo a leer. Después de cenar, me puse el pijama y me metí bajo las sábanas. Abrí el libro y en la primera página descubrí una dedicatoria. “Para Vicente, por su ayuda y su compañía”. Se me hizo un nudo en la garganta y casi no podía respirar. ¿Vicente? ¿Se refiere a mí? ¡No puede ser! Hace muchos años que no nos vemos. Ni siquiera creo que me recuerde. Además, habría puesto mi apellido para que supiera que soy yo. No, será otro Vicente, hay muchísimos Vicentes en el mundo, seguro que es un conocido suyo. Me tranquilicé un poco y comencé a leer el primer relato que contaba la historia de dos amigos del instituto que, aunque poseen personalidades muy diferentes, mantienen una buena relación quizá porque tienen una cosa en común: ambos quieren ser escritores, sólo que uno de ellos aún no lo sabe. ¿Escritor? ¿Yo, escritor? Nunca me lo había planteado. Es cierto que ahora me encanta leer, sé también que tengo mucha imaginación y que me gusta inventar historias, pero de ahí a ser escritor hay un mundo. No me veo capaz de escribir nada interesante, al menos nada que pueda importar a alguien o gustar a los demás. Terminé el relato, dejé el libro sobre la mesilla de noche y apagué la luz. Pero en la oscuridad seguía con los ojos abiertos y no dejaba de darle vueltas a la cabeza. ¡El bromista de Diego! Seguro que ésta es una de sus bromitas. Aunque igual es una historia que se ha inventado y sólo se trata de ficción, no hay por qué darle otro sentido; me decía auque eso no hacía que consiguiera dormir. Si cerraba los ojos se me aparecía la cara pálida de Diego mirándome fijamente. Cómo me acuerdo de su cara, es curioso, de cada pequeño detalle: de su barbilla afilada, esa cicatriz blanca sobre el labio superior, y el pelo todo engominado y pegado a la frente como si llevara peluquín. Recordaba a Diego cuando sentí una especie de click dentro de mi cabeza, como el sonido de un temporizador. Encendí la lámpara de la mesita y cogí de nuevo el libro. En la contraportada, bajo su fotografía, leí que Diego era “un joven escritor conquense fallecido recientemente”. ¡El bueno de Diego! Ya no está. Lástima. Nunca sabrá que yo leí su relato. Me incorporé rápidamente de la cama. Buscando una hoja de papel encontré un pequeño bloc de notas en el armario. Coloqué la punta de un bolígrafo sobre el papel, dudé unos instantes y luego sentí un temblor, un cosquilleo que recorría mi brazo, llegaba hasta la mano y alcanzaba los dedos. Después el bolígrafo empezó a moverse firme, empujado por una fuerza extraña, y parecía tener muy claro las primeras palabras que quería a escribir: “A Diego”.
Desde aquella noche no podido dejar de hacerlo: escribir. Cada día, a cada minuto, sobre lo que me pasa, las cosas que pienso. Como si de alguna manera sintiese que soy una continuación de Diego, como si yo fuese lo que mi amigo siempre deseó ser, y eso hace quizá que me sienta especialmente comprometido. Ésta que os he contado aquí, es sólo una de las muchas narraciones que me inspiraron las charlas con Diego, las cuales llenaron mi tiempo de recreo en aquella clase vacía de 1ºB. Confío en que nunca dejen de hacerlo.
Por cierto, casi lo olvidaba. He de confesar que nunca conté nada de esta historia a mis compañeros. Pensé que era mejor —y creo que Diego hubiera estado de acuerdo— que los demás pensaran que era sordomudo y que sus padres estaban muertos.