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Díaz Pumará, Teresita (Tapada)

A escondidas



A ESCONDIDAS

Los ojos que tiene se le abren cada mañana y lo obligan a levantarse y a funcionar como los demás seres que habitan la ciudad. Si fuera por su voluntad dormiría para siempre. Ni siquiera tiene los huevos para suicidarse.

Se levanta cada mañana y se apura a prender un cigarrillo antes de que llegue la tos flemática y lo obligue a escupir saliva negra de cenizas y morada de sangre. Combina el cigarrillo con los restos de cerveza, sin gas y caliente, de la noche anterior. Después abre un poco la ventana para suavizar el olor a pis de gato y a cigarrillo viejo, aunque es difícil saber si es mejor el aire que entra que el que sale. La habitación que ocupa en un hotelucho céntrico da a un callejón sin salida, refugio de borrachos, linyeras y demás. Muchas veces, escuchándolos en noches de insomnio, piensa que lo único que lo separa de ellos es la pared de su cuarto y esa cobardía que le impide llevar su ruina al extremo. Mantener la apariencia de dignidad, dormir en algún lado.

Pero quizás hay otra cosa. Todavía conserva una cierta pasión por la actividad que realiza. Mirar  cadáveres, reconstruir la red de circunstancias que convirtieron a una persona en organismo en descomposición, sumergirse en la muerte irreversible lo hace sentir vivo. Y mientras distribuye condolencias y palabras amables a familias destruidas por la muerte de una pobre niña, mientras se presenta como el salvador que lleva las respuestas a todas sus preguntas, oculta una secreta alegría ante la desgracia ajena. Todo eso sumado al sentimiento de poder y a la tensión sexual que le produce internarse tan dentro de la vida y la muerte de esas adolescentes. Todo eso lo hace sentir vivo.

Esa mañana lo llamaron de la comisaría. Un caso extraño, quizás suicidio. Las once y cinco, hace rato que lo estaría esperando el Gordo, enojado y sudoroso, secándose la pelada con un pañuelo perfumado y escupiendo cada tanto en el tacho.

Cuando llegó el jefe lo miraba huraño desde el otro lado de la mesa cubierta de papeles, fotos y restos de comida. Se sentó en silencio, no le dijo nada, solamente lo miró y esperó. El Gordo descargó su ira dando grandes voces que decían algo así como qué bárbaro, con lo que él había tardado ya podrían haber atrapado al sádico psicópata etc. Mientras se distraía observando las gotas de saliva que saltaban como fuegos artificiales de la boca del jefe. Una vez que terminó le preguntó por el caso. El Gordo le tiró un sobre con fotos y comenzó su relato.

La nena tenía 22 años, era del interior pero vivía en la ciudad, sola. Se había venido a probar suerte. Actriz. Una nena mimada, los padres la bancaban desde allá. Apareció muerta en su cama, desnuda, sin marcas evidentes. No había rastros de violación pero eso había que determinarlo con una autopsia. Sí, se la estaban realizando ahora. Se había pensado en suicidio, pero tampoco había rastros ni de pastillas ni de drogas ni de venenos en todo el departamento. La empleada que la encontró dijo que lo único raro era el desorden, todos estaba bien puesto pero dado vuelta, en lugares diferentes y absurdos, como el azúcar en el baño. Y parece que la nena era muy meticulosa con esas cosas, muy ordenada. Eso es todo, hay que ver qué pasa en la autopsia.

Lo que mostraban las fotos: una joven, muy linda, acostada prolijamente en su cama hecha. Completamente desnuda, de cara al techo, el pelo castaño extendido hacia la derecha sobre la almohada. Que nadie toque nada, que no lo ordenen ni lo limpien, nada, le dijo al Gordo. Agarró todo el material y se fue para la morgue.

Esteban tardó un poco en abrirle. Un personaje raro. Amaba el cuerpo humano. Para él era como un mapa o un texto cargado de enigmas. Cada uno era distinto. Sólo había pequeñas señales que podían ser reconocidas. Todo lo demás eran conjeturas, suposiciones, tanteos en torno a algo que una y otra vez se escapaba.

La morgue era una morgue, y el cadáver estaba en el centro de la sala, sobre una camilla metálica, cubierto con una sábana blanca y encerrado en el círculo de luz que trazaba una lámpara de techo de pantalla semi-esférica colocada en línea perpendicular a la camilla. Sigue a Esteban al interior del sector iluminado. Esteban lo mira y él lo mira a su vez, ninguno mira el cadáver. Al fin le pregunta si encontró algo interesante. Entonces Esteban descubre la cabeza, el cuello y el pecho, las tetas, el abdomen. Casi parece viva, no perdió el color, no hay rastro de la cicatriz de la autopsia. No hay magulladuras ni moretones y su cara guarda la expresión de estar soñando un sueño bonito. Es una niña ensayando su muerte, una niña ensayando su vida en la muerte. Hay algo que no funciona. En lugar de alegría y fuerza siente envidia y se siente débil. Para no mirarla más lo mira a Esteban que tiene los ojos fijos en la nena, con una expresión casi de ternura. Che, aflojá que está muerta, le dice. Dale, decime que le pasó. ¿Fue suicidio? No, nada de eso. Deja el cuello al descubierto y señala dos moretones a ambos lados, cada uno del tamaño de un pulgar. Estaban muy bien maquillados, por eso no salen en las fotos ni los peritos los vieron, hasta que la limpiamos. Pero hay algo más, véngase de este lado, le dice Esteban mientras levanta a la joven por el hombro derecho de manera que se vea su espalda. Una vez al lado del muchacho este le señala una inscripción que recorre la columna vertebral de la muerta. ¿Un tatuaje? No, señor. Birome negra. Bic, de punta gruesa. Pero, ¿qué dice? La letra es demasiado chica. Tome esta lupa, igual me sé la frase de memoria. Dice: “A escondidas, tengo amarte; a escondidas, como un cobarde”.

Esperó un rato antes de levantar la mirada, esperó a que se le fuera la sonrisa que no había podido contener. La combinación de la cursilería de la frase con el enamoramiento morboso de Esteban no podía más que hacerlo reír. Cuando al fin lo mira le dice tendrías que tomarte unos días. Esteban ni lo escucha perdido  en su idilio necrófilo. Se le ocurre que quizás este pibe escribió la frase. Como si lo hubiera escuchado, el joven dice que no habían visto la inscripción hasta llegar a la morgue, hasta comenzar la autopsia en realidad. Por eso no había salido en las fotos. La tinta estaba todavía oscura y sin borronear. Curioso. No podía tener mucho más de ocho, nueve horas. Son las doce… tiene que haber sido escrita a eso de las cuatro de la madrugada. Y claro que no puede haber sido  ella, por el lugar y la prolijidad de la letra. De dónde, de dónde le sonaba esa frase. Una melodía se le vino también a la cabeza, surgía bajita e indiscernible desde el fondo más indiferenciado de su inconciente. ¡Uf! De dónde la estaré sacando. ¿No te suena a algo a vos pibe? ¿Lo qué? La frase, nene. Si… a un amor prohibido, censurado, repudiado. No… te digo como si fuera de una canción. Ah, no… no sé. Bué, dejalo ahí.  Entonces por las entrañas andamos  bien, muerte por estrangulación más inscripción sugerente ¿Algo más? ¡Ah! ¿Violación o algo por el estilo? No, no, nada más. Bueno, guardala bien hasta que lleguen los padres, y no hagas nada que yo no haría, chau pibe chau.

Al departamento de la chica. No le gustaba nada la cosa, parecía una joda, una especie de juego pensado para que él perdiera. Así están las cosas hoy en día, ni siquiera se puede confiar en la muerte, pensó. El departamento era un dos ambientes clásico, nuevo y bastante bien puesto. Todo estaba en un orden desordenado, o en un desorden ordenado, pero no parecía haber motivo para tal disposición de las cosas. No se trataba de una inversión simétrica, ni existía algún tipo de patrón aparente o discernible. Las cosas estaban cambiadas de lugar y punto. Quizás asesino y víctima hubieran estado jugando un juego extraño y la cosa terminó mal.  En eso se le acerca uno de los oficiales a empeorarle las cosas. Señor, le dice, hay huellas, huellas digitales por todos lados.¿Las identificaron? Sí, señor. El problema es que todas las que identificamos son de personas distintas, y esas personas están todas muertas señor. Muertas hace mucho tiempo. ¿Y de dónde las tomaron? De diferentes objetos de la casa, están por todos lados señor…La puta madre, huellas por todos lados, huellas de personas muertas, qué hijo de puta. A ver, a ver ¿qué es esto?, parece uno de esos cuadernos de mujeres. Un diario sobre la mesa de luz. ¿Puesto a propósito? Lo toma y lo abre en la última hoja. Cómo le gusta husmear en todo eso que nadie quiere que se sepa de sí mismo. Y para qué lo escribirán entonces, se preguntaba siempre, cada vez. Para qué, si quieren que sea secreto, para qué confesar tantas cosas al papel, qué esquizofrenia, esto de escribir dirigiéndose a otro que es nadie, disimulando que se escribe en realidad para uno mismo. Lo abre en la última hoja: “A escondidas, tengo amarte; a escondidas, como un cobarde”. Habría que llamar a un grafólogo. El diario entero estaba escrito en imprenta, la frase de la última página (en el centro de una hoja en blanco) en cursiva.

La primera fecha del diario databa de tres años atrás, de sus primeros meses en Buenos Aires. “Pero mantengo mi alegría de vivir, mi expectativa por los cambios… trato de ser lo bastante inteligente para ver lo afortunada que soy a pesar de todo y cómo mi vida cambió…” parece que se había llevado un par de desilusiones cuando llegó a la gran ciudad, típica historia del sueño frustrado, nada interesante. “Ahora mi vida sí cambió, y me parece que en serio”, la cosa va tomando otro color “hay algo ya viejo que no te conté: soy protagonista de la obra, sí, aunque no lo creas, voy a ser María en Amor sin Barreras, ¿qué te parece? Es una historia de amor, toda de amor, pero yo no lo puedo creer, es mi sueño hecho realidad, estoy re contenta, mi vida cambió tanto en estos últimos meses… ya no es lo mismo…” Esta chica tiene serios problemas si le habla a su diario como si fuera alguien realmente, alguien que recibe sus cartas y se las contesta. Además le puso un nombre al diario. “Estoy enamorada, o por lo menos eso creo. Enrique. Así te lo digo, no sabría expresar lo que siento por él… ¡Ay! No sabés cómo me siento, quiero estar con él, lo necesito. Lo peor es que no lo conozco tanto…”. Se enamoró de su director de teatro, unos años mayor que ella. Casado, con hijo, dramón. Cómo se nota que siente placer en su dolor, que todo lo que se queja y llora no es más que teatro. Cómo disfrutó haciendo una novela de su vida esta chica: “¡Enrique Ferrando TE AMO! No sabés Lily qué ganas de gritar su nombre, de gritar lo que siento, que lo sepa todo el mundo… Cuando pienso esto, me acuerdo de “La boda de mi mejor amigo”, donde dicen que cuando verdaderamente amás a alguien lo gritás a los cuatro vientos… Supongo que no puedo dejar de contarte  mi primer beso… fue todo tan repentino, pero se dio con tanta naturalidad… ay… no sé… el beso es como una caricia, ahí llegás a conocer verdaderamente al otro, a saber cuánto te quiere, qué es lo que siente por vos. Pero tengo miedo, miedo de que las cosas vayan demasiado en serio, me asusto de mí misma, de la profundidad de nuestros sentimientos, y a la vez me gusta.” Qué raro, daba la sensación de que escribía cómo si supiera que en algún momento  su diario fuera a ser leído por otros, alecciona, define, teoriza, miente.

El resto de la historia no era menos que esperable: el tal Enrique un vivo bárbaro, la seduce, se mete en su departamento, la primera relación sexual, las exigencias crecientes de la nena mimada… dejála a tu mujer, dejála, qué te da ella que no te dé yo…la cosa deja de ser divertida para Enrique… si me dejás le cuento todo…y así, trunca quedó la historia, el punto final, la frase: “A escondidas, tengo amarte; a escondidas, como un cobarde”. Pensó que la cosa no tenía sentido por ningún lado. Si fue él, cansado de la nena que le traía tantos problemas… pero sí, quizás él no escribió la frase, o quizás lo hizo para despistar. Eso es, lo hizo para despistar. ¿Y las huellas? ¿y el desorden? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Y de dónde y cómo sacó esa cantidad de huellas digitales de gente muerta? ¿les cortó los dedos? ¿Esteban? Llamó al oficial que andaba rondando por ahí. Manden a arrestar a Enrique Ferrando y a Esteban, el chico de la morgue. Para ser interrogados nomás, no hay nada seguro. Yo voy a charlar con los vecinos.

Estaba un poco despistado y se le notaba. Es como si hubiera perdido mi glamour. Y también con el caso que me toca, es una joda, se repetía una y otra vez mientras esperaba que la vecina lo atendiera. Está escuchando música fuerte y no me escucha la vieja esta, si podrá ser más cursi ¿qué mierda escucha? Me estoy poniendo nervioso, qué me pasa. Calma, calma, un pucho, eso es. ¿Pero qué escucha? Al fin se apaga la música y se entreabre la puerta. Se asoman dos ojitos desconfiados. Hola señora, buenos días. Buenas tardes, le responde. Sí, claro, perdón. Es que trabajando pierdo la noción del tiempo, soy detective vio, estoy investigando el asunto de la chica de al lado. Palabras mágicas. Detective y vieja chismosa, la combinación perfecta. Los ojos se volvieron serviles, esta ya se está regodeando en todo lo que me va a contar. Qué bien, qué bien. Pase, pase nomás. ¿Le ofrezco un café, un té quizás? A decir verdad, señora, me vendría bien un sanguche, no almorcé todavía. Si claro, ya se lo hago preparar. ¿Qué escuchaba señora? Camilo Sesto, le responde mientras se acerca  con el sándwich y un vaso de coca. Camilo Sesto… Camilo Sesto. Señora, ¿le suena una frase que dice “A escondidas, tengo amarte; a escondidas, como un cobarde”? ¡Pero claro nene! esa es de Camilo, “A escondidas” se llama la canción, una letra hermosa… tan romántica. Señora, ¿la chica de al lado escuchaba Camilo Sesto? No, claro que no… ella escuchaba otras cosas, esa música moderna que escuchan ahora, que ni se entiende la letra… ¿qué horror lo que pasó no? Un horror, sí, pobres padres, tan joven y tan linda que era. Pero yo siempre le decía a Coqui, la vecina de arriba, esa chica va a terminar mal, vos escuchá lo que te digo. Llegaba todos los días… todas las noches, tan tarde, siempre haciendo mucho ruido, borracha, acompañada de un tipo grande… tendría por lo menos diez años más que ella. La  Coqui dice que él es casado, ella dice que una vez los escuchó discutir fuerte. La cosa es que llegaba borracha con él y se quedaban despiertos haciendo sus cosas hasta la madrugada. Hacía mucho ruido, una no se podía dormir, una falta de respeto a la decencia, ¿no le parece? Pero así son los jóvenes, uno los educa bien, los forma en los valores y los principios de uno y apenas los deja ir, así se portan. Es que ven mucha televisión, yo siempre le digo a la Coqui que es la televisión la que los corrompe, nosotros de jóvenes no éramos así, respetábamos a nuestros padres. Qué bárbaro, ¿no? Y ahora la mataron. Me dijeron que estaba desnuda. Él asiente, le pregunta si ayer a la noche ella había llegado con alguien. No, es que ayer no salió de su casa. Se quedó todo el día ahí, lo sé porque la escuché ir y venir, porque me vino a pedir azúcar que le faltaba. Tenía los ojos llorosos, la pobre. Parece que  se había peleado con el hombre ese, Coqui los escuchó. ¿Y él vino a la noche? ¿Escuchó a alguien entrar al departamento por la noche, Señora? No le sabría decir, una pena. Ayer a la noche estaba todo muy silencioso, después de mucho tiempo, muy silencioso… no le sabría decir. Pero ella estuvo todo el día adentro, eso lo sé. La escuché ir y venir, escuché la tele, la escuché llorar… sí, todo el día. Y estaba atenta porque tenía una cosa acá… como un presentimiento. Soy medio bruja con esas cosas… sí se nota bien vieja estúpida, pensó mientras se sacudía las migas del pantalón y se levantaba para irse. ¿Ya se va? ¿no quiere saber nada más? No nada más, gracias Señora, que tenga un buen día. Buenas tardes, le contestó un poco ofendida. Se quedó parado afuera, en el pasillo del quinto piso. Quizás fue la vieja… después de todo es la única que conoce a Camilo Sesto… si este tipo de persona es capaz de matar por tener una noticia jugosa de qué hablar… ella le dio azúcar… ella tiene tan pocos motivos que puede haber dispuesto todo… deliro.

Se sentía mareado, un sudor frío le cubría la frente y el corazón le latía a mil por hora. Decidió caminar un poco sin rumbo. A veces funcionaba: se olvidaba del asunto y ¡paf! de la nada surgía la solución. Pero ese día no. Después de un buen rato terminó en una disquería. Maquinalmente le preguntó al chico que atendía si tenían casetes de Camilo Sesto, o algún disco para escuchar. El que tiene el tema “A escondidas” si puede ser por favor. El chico le dijo que en CD no lo tenía, pero si quiere le puedo vender el casete, está a 5 pesos nomás, ahí en la sección de ofertas. Bueno dale, pero quiero el que tiene la canción “A Escondidas” eh, sino no me dés nada pibe. Sí señor, mire, en este de “Grandes éxitos de Camilo Sesto” está. Buenísimo pibe, tomá los 5, suerte, chau…

El Gordo lo recibió en su despacho con una gran sonrisa. Qué te pasa Gordo, porqué te reís así eh, cómo que porqué ¿no sabés? ya está todo, felicitaciones, apenas lo arrestamos el morboso hijo de puta confesó. ¿Ferrando? ¡Qué Ferrando ni Ferrando! ¡El pibe! Al otro ni lo tocamos, al pibe ese, quién lo hubiera pensado tan correcto que parecía, esos son los que te dan las sorpresas más grandes al final ¡eh! todo estudioso… pero se le notaba algo de raro. ¿Esteban? No puede ser… cómo que no si vos lo mandaste a arrestar… si, pero no puede ser… ¿explicó algo? ¿dijo si la conocía? No, no dijo nada, apenas caímos a arrestarlo ahí nomás se tiró al piso llorando, que yo la maté, que quería estar con ella,  repetía una y otra vez. Cuando le quisimos preguntar más, lo único que contestaba era, yo la maté, yo la maté. No puede ser, no puede ser… está delirando. Pero confesó pibe, no importa. Los viejos de la nena están contentos. Pero no hay ninguna conexión… nada que los una antes de hoy, antes de que ella llegara a la morgue. ¿Y entonces porqué lo mandaste a arrestar? No sé… por unas cosas que me dijo, por una frase, por las huellas… por unas miradas… pero sólo sospechas, tan lejanas… tan improbables, no puede haber sido Esteban, pobre Esteban, es un pobre loco nada más, un loco morboso enamorado de una muerta… pero no la mató. Mirá, pibe, a mi me da lo mismo, ya confesó, está condenado. No te hagas drama, andate a casa, tomate unas birras, festejá que todo salió bien. Te felicito che, un trabajo formidable, super rápido. Todavía conservás el olfato.

Entró a su cuarto de hotel a las tres de la mañana. Había parado en varios bares, había tomado varias cervezas. Había llorado bastante, fumando, mirando las barras sucias y comiendo maní. Metió la mano en el bolsillo izquierdo de su pantalón y en  lugar del paquete de cigarrillos encontró un casete de Camilo Sesto. Se acordó y lo puso en la radio, se fijó el número de la canción, la tres del lado A. Apretó el botón FFW y adelantó hasta el lugar indicado. Apretó el botón PLAY y la canción empezó a sonar, se tiró en el piso y cerró los ojos

se ve tantear las paredes de un pasillo oscuro, se ve manipular un picaporte de una puerta del pasillo, se ve abrir esa puerta, se ve entrar en un departamento también oscuro, se ve prender las luces del living, de la cocina, del baño, se ve agarrar cosas y cambiarlas de lugar, se ve sacar dedos de muertos cortados de una bolsa de nylon que lleva en el bolsillo de su sobretodo, se ve llenar de huellas de personas muertas el departamento, se ve entrar en el cuarto de la televisión prendida, se ve  mirar una joven que duerme desnuda, se ve correrle el pelo castaño hacia la derecha y presionar sus dedos en manos enguantadas contra el cuello de la joven dormida, se ve mirar extasiado cómo la joven exhala su último aliento y muere, se ve maquillar cuidadosamente los moretones en el cuello de la joven, se ve colocarla de espaldas y escribir con birome bic negra en su columna vertebral la frase “A escondidas, tengo amarte; a escondidas, como un cobarde”, se ve tomar un cuaderno sobre la mesa de luz y escribir en la última hoja la frase “A escondidas, tengo amarte; a escondidas, como un cobarde”, se ve cerrar el cuaderno y colocarlo en la mesa de luz, se ve salir del cuarto, se ve apagar las luces prendidas, se ve abrir la puerta, se ve salir del departamento, se ve tantear las paredes de un pasillo oscuro, se ve entrar a su cuarto de hotel, se ve pensar que al fin y al cabo tuvo los huevos para matar

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