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García de la Corte, Joaquín (Quinomata)

Cuerpo social

                                                                                                   “CUERPO SOCIAL”                                                          Por                                                    Quino Mata                     Observa el desgarre de su cuerpo, midiendo cada gesto y arruga bella, para más tarde inspeccionar un imposible... Volver al pasado.                        El baño atemporal por el recuerdo de cientos de manos que la soban, las ocasiones derrochadas, dormir de cinco a seis horas y soñar, si aún reside en ella el recuerdo de cuando era mujer y no objeto.                        Se mira al espejo y se consuela:                        - ¿ Sabes que aún sigues siendo terriblemente bella?... Se ríe y coquetea como una adolescente, se besa desde lejos, estira su cara y cuando sonríe, ve cruzar cuervos entre sus párpados.                        No puede comprender su propia tristeza y se engaña. Nunca mira su reloj, podría ir de nuevo al campo, al río, al prado, revisar una partida de nacimiento un poco usada, para volver de nuevo a los catorce años e investigar entre todas esas imágenes el porqué, de sentirse ahora perdida entre el pensamiento de dolor, resentimiento y suciedad, que recorre su pecho, que lo aparta a un cuarto oscuro lleno de manos.                        Cree que no puede acariciar más, sin hacer estallar la maquinaria del engaño pagado. Le gustaría amar y sentirse amada, pero ya es un imposible, sus manos producen frío.                        Hay veces que su pena la ahoga cuando está acompañada, dos lagrimas asoman tenebrosas, disimulan y huyen rápidamente. Si mantiene la mirada fija sobre el techo, él nunca podrá darse cuenta. Pero hasta sus lagrimas, necesitan de su propia onomatopeya para escupir el dolor. ¿ Cómo disimularlas?. Jadea, grita, gime y entre ellas llora, quizás le ayude y en vez de diez mil, sean quince o veinte. Y cuando asoman, caen y son como gotas de sudor, lagrimas de su cuerpo que la empapan.                        Cada mañana recoge el periódico y un litro de leche tras su puerta. Enciende la colilla más larga del cenicero, marcada con carmín barato y reseco de la noche anterior. Ojea la sección de trabajo del diario mientras se toma un café negro recalentado.                        Sentada frente a su ventana, piensa en ese primer turno, horas sórdidas de erecciones fugaces como la mañana, un aperitivo de una noche larga, cuatro o cinco a tres mil y pronto llegaran de nuevo como cada día, las ocho y media.                        Sueña con puertas sin salidas que conducen a nuevos laberintos y un solo movimiento de cierre, que le desgarra un trozo más de vida. Y lejos, muy lejos un sueño lleno de impulsos eléctricos, que la transportan en unos segundos fugaces, a una alegría fingida.                        La propaganda siempre es la misma, o quizás la noche le engaña. Besos húmedos y rápidos de deseos, debajo del gran cartelón del Corte Ingles, anunciando carne barata para alimentar a perros, aunque siempre sea la carne la que ladra, gime y llama asomando sus pechos.                        Se acercan y huelen, babeando de deseo, le es difícil ahogar un saludo, un grito o una respiración que no llegue a convencerla.                        ¡ Diez más la cama¡, se podría escuchar desde dentro, sin ni siquiera pronunciar una sola palabra. Una copa en el Éxtasis Bar , con luz roja en su puerta, ambiente cargado de humo y de risas jocosas y adulteras. Y otra vez, ve de nuevo reflejados sus labios en el filo de un vaso y a través de él, el mismo mantel blanco de la noche pasada. Lienzo que separa, pero que más tarde los unirá en forma de sabanas, colillas quemando la carne, engañando el tiempo obligado,  de unas cuantas comisiones.                        El tiempo juega a su favor abriendo boquetes en su alma, dos copas más...Y una mano cariñosa se desliza muslo arriba,  comulgando con el deseo de la carne, le invita y recuerda... Ya es la hora.                        Abre sus grandes ojos por la brisa de la noche. Cruzando la calle, pasean finos hilos de luces y sombras. Miles de proclamas conciertan todas sus citas y se acuestan sobre ella, involuntarias al respiro de su útero y sus caderas que aún brillan en la penumbra chillando sonrisas de dolor, placer, deseo e inflándose como glandes o fríos globos de feria.                        Mira desde lejos sorprendida, le da la sensación de hallarse a solas en otro mundo sin memoria. Tiene frío, cubre sus pechos desnudos con el filo de la sábana y su propia timidez enseña la silueta de su espalda. Un etéreo rayo de luz inquieto en despertar, se expande en línea recta hacía su cama y descubre una manzana madura, que rebosante se escapa y despierta la mancha violacea, acanalada y sola.                        En su almohada, se recorta la silueta de unos cuantos billetes desgastados. Su aliento cansado, resopla y los mira, comprime sus labios y los muerde; Aún siente la carne bufona palpitando entre sus dientes.                        Fuera, el sol deambula con gusto por las esquinas y desde lejos se escucha el paso de los últimos basureros, que van dejando atrás, el agua limpia que borra tantas risas de placer secreto.                        Mira de reojo sobre su hombro y un plástico arrugado, viscoso y aplastado, descansa solitario sin dueño, sobre el terrazo frío. Cierra sus ojos y se aparta, enciende un cigarrillo, el último de un paquete de Novel arrugado, se frota los ojos y succiona el humo hasta el fondo de su alma. Muy despacio expulsa hilos grisáceos formando círculos concéntricos y de nuevo otro día; Respira hondo y suspira... Cada despertar es diferente, pero sin embargo, intenta recordar y no recuerda el despertar lento de su cuerpo, una luz que se enciende en el cuarto de baño, el ruido de una cisterna, una ducha rápida y una despedida fría y no pagada.                        Solo en ella permanecen, el monótono saludo de unas sábanas manchadas, el olor a sudor extraño en su cuerpo y la toalla que reposa en el barrizal de silencios y secretos bien guardados.                        Cuerpo a cuerpo, el rozar de sus lagrimas y un último gorgoteo del corazón, late y acompañándole, el sifilítico amorfo de su vientre, el clamor de la baba fría, un pedazo de piedra ardiente que se esconde en el interior de sus labios fruncidos, apelmazado, profiriendo la letanía sonora del vacío, paseando por el interior de sus labios escrutando su lengua y su saliva, confundido por el deseo cálido del rojo latido, brutalmente capado.                        En su cama habla en voz baja y pregunta, como si a su lado, aún estuviese alguien :                        ¿ Quieres que mañana salgamos al campo?...Si quieres, podría hacer una tortilla y llevarnos bajo nuestros brazos, ese libro gordo y pesado, y poco a poco deshojarlo, para limpiarnos con cada pagina, un capitulo pasado, una pena, una desesperanza y más tarde tomar el aire juntos y respirar.                                                                     

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