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Álvarez Lara, Saúl (Tomás Caicedo Caicedo)

Cul de sac

Cul de sac Cuento Por Tomás Caicedo Caicedo   Hasta ese momento sólo coincidencias a partir de la corbata y su origen. Tres personas que han trabajado en esa Corporación en los últimos veinticinco o treinta años tienen o han tenido corbatas iguales. Primera coincidencia. Segunda, dos de ellas fueron obsequiadas por sus madres el día que iniciaron labores en el último de los escritorios de cualquier fila, en cualquier dependencia. Parece una premonición, confirmó Arturo en un intento por obtener, sin saber de dónde, fuerzas suficientes para continuar la historia. Estaba estancado, el argumento del empleado nuevo, abrumado y perdido en esa Corporación, algo kafkiana, le había gustado en las primeras líneas, pero llegado a este punto de la trama, se bloqueó, no encontró más caminos y sintió que allí no había interés. Dos, tres, cinco, veinte corbatas iguales ¿y qué? Estaba en seco. Llevaba, días, semanas, meses, intentando escribir una historia de esas que suceden a todo el mundo, con personajes naturales que por eso mismo dejan de serlo y se convierten en protagonistas de situaciones inesperadas. Pero tampoco era eso, estaba tras lo natural, lo sencillo, el día a día, si era posible el “Querido diario” que cuenta con detalle íntimo, personal, sin malicia, ingenuo. No había duda, estaba en seco. Se sirvió un café, iba a completar cuatro horas batallando con Martín, con Rubén Rodas, con los otros empleados de la Corporación y parecía que no iba a obtener nada más de ellos. Necesitaba un café para despejar las ideas. Entonces sonó el teléfono. Como estaba solo, siempre estaba solo, casi no encuentra el aparato porque olvidó dónde lo dejó la última vez. Era un amigo, de esos de toda la vida, que llaman para pedir dinero prestado hasta la semana siguiente. No tengo, respondió Arturo, pero agregó, quien espero que sea el editor de mi próxima novela, (no se atrevió a decir que aún la estaba escribiendo y se encontraba en un “cul de sac”, aprendió la expresión a su paso por Francia pero no le gustaba aplicada a él, no la mencionó por eso y también porque estaba seguro de que su amigo no entendería y tendría que explicarle, ¿un qué? le preguntaría), debe pagarme lo suficiente para salir de las deudas y prestar a los amigos. Hizo dos comentarios de circunstancia sobre la mujer del amigo y la máquina recién comprada para relanzar el negocio del amigo y colgó. Segundos después constató que había perdido el hilo. Releyó lo escrito antes de la interrupción y cayó en la cuenta de que no había puesto nombre al protagonista, ¿cómo se llamaba? Revisó al paso sobre dos o tres líneas a la vez y encontró que no lo había nombrado de ninguna manera, entonces el desespero lo alcanzó, se sintió incómodo, la piquiña en la entrepierna que se manifestaba cuando los pantaloncillos eran de material sintético o cuando presentía que algo no muy propicio estaba por suceder, apareció con toda su fuerza. Se rascó sin levantarse de la silla, como pudo y apenas sintió alivio, comenzó a repasar nombres: Adolfo, no, no era nombre de debutante en la vida laboral, necesitaba uno que pareciera de inicialista y no decayera con el tiempo por falta de credibilidad. Desechó Joaquín, Sergio y Jairo por corrientes, parecen nombres de papel. Murmuró Antonio, José, Gabriel, Héctor, Darío. Tampoco llenaron las expectativas, eran previsibles. Se encontraba en el “cul de sac”. Un muro tan alto como las nubes se levantó infranqueable entre él y la pantalla de su computadora. La única solución era regresar sobre lo andado, le sucedió en otras ocasiones, sobre todo en tierras desconocidas cuando, por descuido o exceso de confianza se había perdido y tenía que deshacer el camino. Le tomaría horas, lo sabía, pero no había solución si la intención era reagrupar las ideas para comenzar con nuevos bríos. Eso fue lo que siempre creyó, aunque en la realidad pocas veces sintió esos nuevos bríos. Esta vez tampoco fue distinto. Después de varias vueltas alrededor del computador y mucho café decidió llamar el protagonista por el apellido, de la misma manera que Simone Signoret hizo con el amante, que terminó en el papel de marido, Montand, porque el primer marido, el oficial, también se llamaba Ives y quizá por respeto o, para diferenciarlo, decidió nombrarlo por el apellido Siempre lo llamó Montand. No era mala idea lo del apellido, pensó Arturo después de servir la otra taza de café y empezó a enumerar los que recordaba, Casas, Mosquera, Foronda, Bohórquez, no. Uribe o Restrepo, incluso Lleras, Turbay, o Pastrana tampoco eran buenos por comunes. Intentó apellidos de otra región: Tuta, Aponte, Otálora, pero ninguno sonó creíble en el pellejo de un debutante en la vida laboral. Era cerca de la media noche. Desde las seis de la mañana, con algunas interrupciones había batallado con corbatas primero, después con nombres, al final con apellidos y como se conocía bien, sabía que no se daría por vencido hasta deshacer el nudo ciego, sordo y mudo en el que estaba enredado. Lo mejor era tomar un respiro y caminar, salir a caminar por las calles desiertas, ir hasta el centro, no era muy lejos, mirar las vitrinas, tal vez entrar al café de billares que abría hasta el amanecer, nunca había entrado y siempre llamó su atención porque las mesas tenían paño rojo y no verde como todas las mesas de billar, y si encontraba con quién jugar una partida, no había problema, tenía poco, es decir, nada para perder. En la ruta hacia el café pasó delante de vitrinas que miró de lado con el ojo que lo resguardaba del consumo. Pensó que si no había nombre ni apellido suficientes para el protagonista, la solución podría ser un sobrenombre como “carambola”, pero desechó la idea, ¿quién en la Corporación iba a poner un sobrenombre y además, utilizarlo, sin tener confianza con el portador, “Corbata” por ejemplo? esa posibilidad tenía el agravante de que el interesado lo desconocería (o al presentarse debería agregar y me dicen “tal o cual”) y en toda la extensión de la novela, o por lo menos, hasta que entrara en confianza, los colegas lo llamarían de cualquier manera o simplemente lo señalarían con el dedo como a las cosas que no tienen nombre, como en las primeras líneas de “Cien años de soledad”. El café, como las calles estaba desierto. Sola, frente al mostrador del bar estaba la mujer que servía las mesas, parecía concentrada haciendo algo, era una rubia platinada, quizá con peluca; alta, más de un metro con ochenta; delgada y agradable a la vista, las piernas interminables y el escote también; la blusa y la falda eran dos o tres tallas más pequeños. Arturo se sentó en una de las mesas cercanas a la puerta, no supo bien por qué, ¿por seguridad? ¿para salir corriendo en caso de trifulca? pero cuál si era el único cliente y la rubia, el barman y el ayudante detrás del mostrador estaban más dormidos que despiertos. Ni siquiera había música, un tango o una ranchera, o un despecho, nada, el silencio era total en aquel local iluminado por neones entre rosados, amarillos y blancos titilantes; mesas de placa metálica con cuatro sillas y billares con paño rojo en lugar de verde. La rubia caminó despacio entre las mesas. Su cuerpo se balanceaba al ritmo de sus pasos y cuando estuvo a menos de un metro de distancia, hizo un giro rápido y se acomodó en el asiento al otro lado de la mesa, frente a él. Inclinó su pecho sobre la placa metálica e hizo una seña a Arturo para que acercara su cara a la de ella como si fuera a revelar un secreto. Arturo obedeció. Sus ojos se fueron detrás de los senos que parecían prestados, a milímetros de su cara, y su olfato quedó impregnado por el perfume dulce que la envolvía. Papito, dijo con voz susurrante que Arturo no compaginó con la figura que tenía en frente, vamos a cerrar, pero si quieres nos vamos a terminar la noche a otra parte, para que lo sepas, aquí me dicen Caro, pero en la casa me llaman Marcos, ¿me esperas? Caro o Marcos, se paró y desandó el camino con la misma cadencia que lo había recorrido. Cuando llegó al mostrador, Arturo ya iba camino a su casa con una idea imbatible en mente.   Fin   Tomás Cicedo Caicedo

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