Amaneció con rapidez. Cuando los pescadores levantaron sus cabezas ya la claridad cubría todo el frente de la cabaña y aún no habían hecho el traspaso de las redes. Arrimaron los botes a la orilla. Descargaron los pescados sobre las carretas, sacaron las cuentas, apagaron de un soplido el farol y les cedieron una lata de carnadas sobrantes a los que se preparaban para remplazarlos en el mar. Con las cabezas gachas se ajustaron los zapatos y arrastrando los pies caminaron por toda la calle como autómatas, que tras el baso de leche caliente, el trozo de pan y los placeres de la carne con sus esposas junto a la lumbre del fogón, caerían rendidos sobre la cama, hasta que el reloj biológico los despertara de un tirón para comer otro bocado y comenzar a remendar las redes, antes de que llegue nuevamente la noche.
Esa mañana el montaje de las tarimas demoró un poco más de lo acostumbrado, las negras con sus cestas vacías hacían cola frente a los picadores, que clasificaban los pescados arrojándolos en una u otra caja de acuerdo al tamaño, al color de la escamas y la forma de las aletas. El viento tenue comenzaba a soplar sobre el muelle y los carretilleros no daban abasto tratando de llenar todos los puestos a la vez. Los tres niños esperaban con paciencia tras las cajas vacías, el momento justo en que el picador se volviera a cerrar la puerta y pasar el candado, para robar uno de los pescados, subir a toda velocidad la calle de la iglesia y esconderlo en el patio grande, tras la mata de almendras que pega justo a la cerca. Lidey, la más pequeña, se encargaría de limpiarlo, sacarle las tripas y asarlo a fuego lento con las hojas secas y los trozos de madera recogidos junto al pozo, con mucho cuidado de no quemar las raíces del árbol, mientras los otros dos niños regresarían al puerto para asegurar el pescado de la cena.
Cuando se volvieron a esconder detrás de las cajas, lograron ver por las rendijas de la madera los caballos negros que arrastraban el carruaje de Domingo del Monte, olvidaron por un momento lo que debían hacer y al unísono se acercaron despacio para acariciarles las crines. Domingo abrió la puerta, bajó del coche y le tendió la mano a Rosita Aldana, su esposa, que le enlazaba los dedos bajo la protección de unos guantes impecablemente blancos.
Su coche era el tercero que se arrimaba al muelle, el barco francés estaba a punto de llegar, a lo lejos, bajo una cortina de lluvia que convertía al mar y el cielo en una misma cosa, despuntaba una mancha negra que comenzaba a crecer a medida que avanzaban los minutos.
Lidey avivaba las llamas y colocaba el pescado sobre dos horquetas de madera a orillas del fuego. Del cuarto coche se bajó Richard Madden y fue directamente a estrecharle las manos a Domingo. Hablaron un rato de la tertulia que organizarían al día siguiente, cuando atracara el barco y la Condesa de Merlín estuviera en tierra cubana, de lo lento que iba todo el proceso y la cantidad de personas que aún se contraponían a la emancipación.
- Es inevitable -dijo Richard- pero con la Condesa de nuestra parte el gobernador no se podrá negar, no podemos seguir siendo la región anticuada del mundo.
-Es solo cuestión de tiempo- le dijo Domingo- quizás dentro de un par de meses el pleito termine.
La Condesa vestía de luto por la reciente muerte de su esposo. Se peinó frente al espejo, se ajustó el velo negro y el sombrero, ya su rostro había perdido la tersura de la juventud, de ambos ojos brotaban líneas puntiagudas y la frente pálida se le arrugaba, aunque tratara de ocultarla con el mejor de los polvos comprados en la perfumería de la calle “Le mars” del centro de París. Se acercó a las ventanas de cristal, la llovizna no cesaba, limpió con sus dedos la humedad del vidrio y fijó la vista en el agua, en las olas que comenzaban a crecer y se rompían contra la coraza del barco, como flashazos las imágenes se superponían y entre tanto mar se extendían los largos pasillos del Convento de Santa Clara, el cuarto oscuro, el frío de las paredes y la noche en vela, junto a la cama, con la imagen del cristo crucificado en la cabecera, la corona de espinas, el rosario desgastado y el temor, ese temor constante Al rato el agua que tatuaba las ventanas se convirtió en gotas de sangre, Cristo la miró con lástima, con esa cara de amargura que nunca se le quita, una línea roja bajaba desde la corona de espinas hasta los pies, el ruido de las olas se convirtió en el rugido de un tigre, un tigre de bengala, la sangre goteaba sobre la sábana, quitó la vista y regresó al centro de la habitación, Sor Inés en el pasillo, en el comedor, en el baño, restregándole lo senos con espuma de su vientre, la sangre avanzaba hasta el suelo, se cubrió los ojos con las manos y trató de no ver, no oír, no pensar, pero persistía el rugido del tigre, la imagen de Sor Inés y sus palabras cada noche junto a la puerta: Mercedes, Mercedes, Mercedes, piensa en el tigre, en el tigre de bengala. Perdió la fuerza en las piernas y cayó lentamente al suelo, aún con las manos cubriéndole el rostro.
Los niños le perdieron interés a los caballos cuando sintieron el silbato del barco que atravesaba la bahía como quejido de animal cansado. Los pasajeros comenzaban a subir a la borda. La Condesa aún recogía los vestidos del armario y guardaba con cuidado cada una de sus cartas de viaje. Cerró la caja de madera, tanteó las figuras en la tapa, el vestido azul de la reina María Luisa, la cintura de su madre, Teresa Montalvo, que le alisaba el pelo a la reina con un partidor dorado y ella a los pies del espejo jugaba con una muñeca enorme. En el salón los invitados esperaban ver bajar a la reina, ella le sostendría la cola del vestido y trataría, a pesar de sus cortas piernas, de seguirle el paso, no tropezar y subir bien la barbilla, como la madre le había enseñado que hacen las señoritas. No podía mirar fijo a ninguno de los invitados, pasar la vista por el salón como si nada le interesara y retirarse luego a la sala de juegos, cuando ya la reina con un gesto de la mano le ordenara soltar los pliegues del vestido. Pero esa noche uno de los invitados la miró con insistencia, dibujó los contornos de un tigre en un pañuelo de seda y se lo regaló a escondidas, cando cruzaba las puertas dobles hacia el salón de al lado. La tinta negra contrastaba con el fondo blanco del pañuelo y las cuatro letras rojas bordadas en una de las esquinas: G-o-y-a.
Domingo y Richard se aproximaron al muelle, también lo hizo, aunque con un poco de recelo y malas ganas Julián, el hermano de la Condesa, heredero de títulos y bienes de los condes de Jaruco, que ahora debía compartir a partes iguales. Lo acompañaban sus primos, descendientes de antiguas familias habaneras vinculadas al poder y al azúcar. Ocuparon la parte contraria del muelle, sentían un odio latente hacia Domingo, al cual tenían como payaso excéntrico que intentaba a toda costa ganarse el favor de las personalidades de la villa. Al rato se les acercó el barón Charles Dupin, repartió abrazos entre todos los familiares y los invitó a almorzar en su casa, una vez que la Condesa se haya recuperado del viaje.
-Tendremos mucho de que hablar- les dijo –la semana pasada recibí una carta desde Martinica, allá las cosas no han cambiado y si su hermana nos apoya e intercede ante aquellos mequetrefes, el abolicionismo se borrará, pasará de moda, como todo.
Los niños regresaron tras las cajas vacías, seguro que cuando el barco anclara y los pasajeros comenzaran a bajar, el picador se desconcentraría en un impulso de curiosidad hacia aquellos que tenían la buena ventura de atravesar el mar, y se podrían robar un pescado bien grandes.
Los esclavos comenzaron a recorrer las calles, cargando los sacos desde el barco hasta los almacenes del puerto. Lidey aún le daba vueltas al pescado, oculta tras la sombra de la mata de almendras se aburría un poco, prefería jugar con las niñas, pero siempre que llegaba a la Plaza las negras la apartaban de un manotazo y la amenazaban con echarle los perros si volvía a acercarse a las señoritas. Miraba los ojos muertos del pescado, lo volvía a virar y entre vuelta y vuelta, se deprimía un poco.
La condesa se alisó el vestido por última vez y subió a la borda, desde arriba no lograba distinguir a los que saludaban, pero hizo un gesto con la mano, en el muelle Richard, Domingo, Julián, los primos, y Charles, se creyeron reconocidos. Ella avanzó hacia lo alto de la escalera, se detuvo durante unos segundos, dudó en bajar, puso el pie lentamente en el primero de los escalones, la incertidumbre comenzó a roerla con fuerza, se sintió incómoda entre tanta gente, fuera de lugar, hacía cuarenta años que no salía de París, y ahora poner los pies en tierra cubana le daba una impresión de hostigamiento, de castigo, casi de pánico. También en la Ville Lumiere todos la esperaban, aquel día las criadas cruzaban el salón en silencio con las bandejas colmadas de copas, de mariscos en salsa, pequeños pasteles de carne, racimos de uvas y agujas de queso. Cuando la anunciaron en la puerta los rostros giraron hacia ella, Rossini, Meyerbeer, Musset, Listz, Chopin, Balzac, Orfila, María Malibrán, George Sand, ya animaban la tertulia.
Comenzó a descender despacio, se acercaba el mediodía, el sol caía plano sobre los tablones del muelle, sintió un calor terrible, una sensación de asfixia, entre el vapor del barco y el olor a pescado el aire se tornaba denso. Rosita Aldana agitaba nerviosa la mano, -¿trajiste las traducciones?- le preguntó Domingo, -sí, allí las tengo- respondió Rosita y señaló hacia el interior del coche. Charles se quitó el sombrero y lo sacudía en el aire para llamar su atención. Los niños agarraron el más grande de los pescados y salieron corriendo, el picador no separaba la vista del barco, Lidey se había quedado dormida junto al fuego. Los pescadores despertaron, después de almorzar tomaron las redes y con un trozo de hilo comenzaron a coser, faltaban pocas horas para regresar al mar. -El tiempo vuela rápido- dijo Domingo del Monte, - pero usted no envejece- la Condesa le tendió la mano,-mañana hacemos una tertulia en casa, usted será nuestra invitada de Honor, tenemos algunos de sus textos traducidos, en la tarde le enviaré la invitación-, los niños sacaron el pescado del fuego, lo dividieron en tres partes y dejaron que Lidie durmiera, eso de cocinar al parecer es un trabajo agotador.
Alrededor del muelle la olas comenzaron a encresparse, regresó el rugido del tigre, los pescadores se acercaron a la orilla y reforzaron el amarre de los botes, los cargadores guardaron la carretillas dentro de la cabaña, la Condesa apoyada en la mano de Charles subió al coche. -¿Cómo estuvo el viaje?- le preguntó su hermano.-Agotador- respondió la condesa. Domingo y Richard quedaron en verse mas tarde frente a la Plaza de Armas, aún tenían mucho de que hablar, el circulo intelectual de la villa debía reunirse para planear la mejor de las bienvenidas. Los picadores vendieron todo el pescado, las últimas negras subieron la calle de la iglesia con las cestas bajo el brazo, los niños apagaron el fuego y se quedaron dormidos, a la sombra de la mata de almendras, hasta que comenzó a llover y tuvieron que cambiar de lugar.
Los contornos del tigre
-Juan Francisco Manzano- le dijo el niño y se quedó quieto. Miraba la figura del tigre dorado en la empuñadura del bastón que sostenía el hombre.
-¿Te gusta?.
El niño asintió.
-Es un tigre de Bengala, lo traje de Inglaterra- y le extendió el bastón para que lo viera de cerca. -¿Sabes donde queda Inglaterra?.
-No- dijo el niño.
-Lejos, muy lejos de aquí.
-¿En Inglaterra hay tigres de Bengala?.
-No, no hay- le respondió el hombre.
-Excuse usted a la Marquesa caballero- le dijo una negra de once años que se acercaba alisándose el vestido desde la cocina. -No molestes al señor, Juan Francisco, ve al patio a jugar con los demás-.El hombre le extendió el bastón y la chistera.
-Pase a la biblioteca y póngase cómodo, la Marquesa vendrá en seguida- lo condujo hasta las puertas dobles, que separaban el recibidor del resto de las habitaciones de la planta baja.
-¿Qué desea el señor tomar, té o café?.
-Tráeme té, no quiero perder la costumbre- y se recostó al butacón de cuero.
La biblioteca era amplia, los libreros llegaban hasta el techo. El hombre se detuvo a mirar algunos títulos, en el tercer estante de la izquierda estaban los manuscritos de la Marquesa. A través del cristal pudo leer en la tapa “Dolorosa Métrica expresión del Sitio, y entrega de la Havana, dirigida a N. C. Monarca el Sr. Dn. Carlos III”. Trató de abrir el estante pero estaba cerrado con llave.
-Hay cosas que aunque no son un secreto, se deben mantener encerradas- le dijo la Marquesa desde la puerta. El hombre separó las manos del estante, notó a la mujer un poco envejecida, con el sombrero trataba de ocultar algunos mechones de pelo gris, el vestido azul celeste disimulaba la gordura, pero aún mantenía el brillo de los ojos, la compostura de los gestos, esa manera muy propia de pronunciar las palabras con elegancia e intención y el aura de encanto que siempre la había acompañado, desde que era una niña y su padre, Manuel José de Jústiz, quien había ascendido vertiginosamente de coronel de los Reales Ejércitos, a sargento mayor de la Plaza de La Habana, castellano del Morro y gobernador de la Florida, la llevaba los domingos hasta el puerto para que viera los barcos recién llegados de España, el desembarco de los cargamentos, los cuadros del rey y la reina, los espejos con marcos plateados, los muebles, las cargas de algodón y los inmensos rollos de seda. Pero al cumplir los diez años, su padre la dejó en casa, la trata de esclavos había aumentado, ya la visión del puerto no era la misma.
-Pensé que se iba a quedar para siempre en el mar- le dijo la Marquesa cuando el caballero se acercó para besarle la mano.
-Los viajes a Inglaterra son largos, pero valen la pena, Londres es una ciudad magnífica- le dijo el hombre y se sentó a su lado en el sofá. La negra pidió permiso para entrar, puso la bandeja de té en la mesa del centro y se retiró.
-Estas tazas son preciosas-le dijo el hombre.
-Pertenecían a una familia real, mire, en el fondo tienen el escudo.
-¿Está segura de que son reales?, acá en San Cristóbal los mercaderes falsifican cualquier cosa.
-No, estás son reales, recuerdo que de niña rompí una y estuve castigada más de dos semanas. Usted sabe, a veces sueño que estoy en la casa del puerto, que mi madre me peina y me pone unas cintas blancas en el pelo. Aquí a veces no me siento bien, no me acostumbro, esto es demasiado grande- hizo un gesto con la mano, como queriendo abarcarlo todo.
-Así son las cosas de incongruentes- le respondió el hombre -muchas mujeres de la villa sueñan con vivir en este lugar-. El silbato de un barco que atracaba en el puerto cortó la conversación. Afuera los niños corrían de un lado al otro, cuando sintieron el ruido fueron todos hasta la cerca para ver como avanzaba lentamente el barco al entrar a la bahía.
-Mi marido no demora- le dijo la Marquesa -salió a solucionar algunas contingencias, hay parroquianos que no lo dejan descansar.
-Manuel es un hombre con suerte, tiene una magnífica esposa y un buen trabajo-. La Marquesa se sonrojó ante el comentario y disimuló un poco arreglándose los pliegues del sombrero.
-Yo soy amante de la arquitectura- le dijo el hombre -siempre trato de detallar todo elemento significativo de una construcción elegante, le puedo asegurar que la suya, es una de las casas más imponentes de la ciudad.
-Lo único entrañable para mí de esta casa- le dijo la Marquesa -es aquello- y señaló con la punta del dedo un mirador de cuatro pisos, desde donde escribió a los veinte y nueve años un poema de denuncia que formó en la Isla un revuelo sin precedentes.
El hombre miró durante unos segundos la torre y luego regresó los ojos a la taza de té.
-Hace poco vino un amigo suyo a hablar con mi esposo de negocios, presentó buenas credenciales, parecía un hombre de fiar, pero salió escandalizado cuando me vio en el jardín, enseñándole a escribir a los negros. No creo que vaya a regresar- dijo la Marquesa y puso la taza vacía sobre la bandeja.
-La gente aún no acepta las transgresiones, y las suyas son de las más grandes- dijo el hombre y sacó del bolsillo interior del saco un par de fotos. Mire, estas me las tomé en el viaje.
La Marquesa se impresionó, aún la cámara fotográfica era un lujo europeo y en la Isla eran muy pocos los que tenían su imagen impresa en un trozo de papel. Las miró detenidamente. En la primera había un grupo de hombres alrededor de una mesa en el barco, todos le sonreían a la cámara. La otra era en una taberna de Londres, -se llama Gordon’s Wine Bar-, le dijo el hombre -allí venden el mejor vino de la ciudad.
-Yo tomé vino por primera vez a los veinte y nueve años- dijo la Marquesa -allá arriba, en la torre, cuando terminé de escribir la Dolorosa Métrica- y separó la vista de las fotos. El hombre las volvió a guardar, sobrevino un silencio incómodo. Un coche se detuvo junto a la puerta, la Marquesa abrió la ventana pero no era el de su marido. El calesero terminó de hablar con la criada y la Marquesa regresó al sofá. Le vinieron a la mente recuerdos amargos. Después que su texto saliera a la luz le respondieron públicamente con coplas terribles, donde decían horrores y la tildaban cuanto menos, de ramera.
Las de más porte
Entre Barriles, se hacen
Carne del Norte
Veremos los Bermejos
Que irán naciendo
Cuando ya los ingleses
Vayan saliendo
-Olvide señora, usted hizo bien y es lo que importa-le dijo el hombre, pero una tenue sombra ya caía sobre sus ojos. Afuera comenzaba a oscurecer. La negra llamó a los niños para que se lavaran las manos y la cara, los puso en fila junto al baño y los sentó alrededor de la mesa en el comedor.
-Que tonta soy- dijo la Marquesa- yo quería salvar la Habana-. Fue hasta el estante, vuelta de espaldas sacó una llave. A pesar del vidrio que lo protegía el manuscrito estaba cubierto de polvo, hace meses que no lo leo. Lo llevó hasta el sofá y lo abrió sobre sus piernas. Los niños comenzaron a hacer ruido en el comedor y la negra los hizo callar, amenazándolos con quitarle las galletas de chocolate al que volviera a hablar.
-Faltaban tres días para mi Aniversario, dijo la Marquesa, -la villa amaneció en pie de guerra-. Manuel la despertó y le entregó un arma cargada, -cierra todas las puertas, no dejes que nadie entre, me llevo a los negros conmigo-, cogió el fusil y salió a la calle. La Marquesa pasó días sin dormir, tomaba las malas noticias como gotas de un veneno a largo plazo y trataba de resistir en su encierro.
Ya era casi de noche, los niños después de comer se sentaron en la sala alrededor de unos dados. La negra terminó de sacudir la mesa y fregar los platos. Se sirvió un poco de arroz blanco y un pedazo de queso, lo comió de pie, mientras velaba el asado en el fogón. Esta es la funesta tragedia que lloramos, las habaneras, fidelísimas Vasallas... leía en voz alta la Marquesa, el hombre fijaba la vista en las palabras, no le era difícil recordar, a veces en sueños revivía cada escena como un río de sangre que manchaba la bahía. El ataque se prolongó durante dos meses. Cuando el Capitán General de la Isla rindió la villa, Manuel tocó a la puerta y no salió de la casa en toda la semana.
La negra fregó su propio plato y echó un poco más de carbón al fuego. Sacó las verduras de la vasija con agua y las comenzó a picar. Los niños reían y alborotaban en la sala hasta que la negra les quitó los dados y se cruzaron de brazos, enfurruñados sobre el suelo.
-Manuel estaba colérico-, dijo la Marquesa, -fui hasta la bodega, tomé una botella de vino y subí al mirador-. El hombre hojeó con sus propios dedos el manuscrito.
-Los versos son muy claros- le dijo el hombre -aquí se culpa al gobernador Prado y a sus oficiales de haber permitido la toma de la ciudad, no en vano quisieron expulsarla.
La negra pidió permiso, preguntó si podía servir la cena. Hasta la biblioteca llegaba el ruido de los niños en la sala. Se habían dividido en dos bandos, los niños negros hacían de habaneros, los blancos de ingleses, y estos últimos protestaban porque ya estaban cansados de morirse siempre al final del juego.
-Mi padre intercedió con el gobernador- dijo la Marquesa -quédese a cenar, tenemos un asado de lujo.
-Me encantaría pero no puedo- le respondió el hombre -tengo un compromiso con una dama y se me hace tarde.
La Marquesa cerró el manuscrito y lo volvió a guardar en el estante.
-Creo que va a tener que volver otro día si quiere ver a mi esposo- le dijo -visítenos antes de volver a emprender un viaje a Londres, los amigos aquí siempre son bien recibidos-. Lo acompañó hasta la sala, Juan Francisco tenía el bastón en la mano y les mostraba a los demás el tigre de Bengala.
-¿Este es el niño de la criada?-, preguntó el hombre.
-No- le respondió la Marquesa -aquí todos son mis hijos- y señaló al grupito que ya se reunía en el portal para ver la salida del carruaje.
-Pues tenga cuidado con este tigre- le dijo al niño – es peligroso-. Tomó el bastón, subió al carruaje, con un chasquido de los dedos el cochero levantó el látigo y los caballos salieron desprendidos.
Adentro los niños se volvieron a dividir en dos bandos. La negra los llamó a dormir, pero Juan Francisco estuvo un rato junto a la puerta, se había quedado con ganas de acariciar los contornos del tigre.
Un trozo de luna blanca
Hay
un momento de la tarde en que las calles del boulevard se quedan vacías. De
repente todos desaparecen. Puedes cruzar de una acera a la otra. Contar los
pasos de contén a contén, pararte al centro, enumerar las cuadras que aún faltan
para llegar a la parte baja de la calle. Hay un instante justo, cuando el resplandor
desaparece sobre el cristal, en el que
puedes detenerte frente a las vidrieras, mirar con detenimiento los maniquíes,
esos ojos verdes de vidrio gastado, pensar, quizás, que te podrían devolver la
mirada. Caminar despacio, disfrutar la ausencia, o la presencia, todo depende
de lo que en ese momento desees olvidar. Fijarte a la izquierda en las manchas
de las columnas, en las cariátides con sus senos de piedra, las puertas de
puntal alto, los leones de mirada triste que muerden las aldabas y fueron, hace
ya demasiado tiempo, el símbolo de la fuerza, o de la resistencia, todo depende
de lo que en ese momento se necesite representar con la imagen de un león
mordiendo una aldaba. Quizás sea
recomendable olvidar la izquierda y concentrarte en los establecimientos de la
parte derecha de la calle, las librerías cerradas, los pasillos estrechos, las
escaleras comprimidas, los contadores de electricidad, los precios de los restaurantes,
los trozos de sombra que aún cuelgan de las paredes y los jardines enjaulados. Al
llegar allí puedes colgarte de un barrote, aunque esto no sea del todo
aconsejable, subir por la reja y cruzar sobre las puntas de lanza, quizás sea
mejor quedarte del otro lado, con la cara pegada al hierro, mirando como cae el
agua desde la fuente. Todo depende de lo que en ese momento quieras hacer, del
punto hasta el cual quieras llegar.
Hay
un momento de la tarde en que vale la pena caminar hasta el final, sentarse en
la Plaza y ver como los libreros desmontan los estantes, guardan las cajas,
preparan las carretillas. Si te concentras en cada movimiento puede llegar el
momento en que seas el librero, por eso es aconsejable no mantener la vista
fija durante mucho tiempo en un solo punto, no te atrevas a mirar la
trayectoria de una hormiga por las canales de los adoquines, el tipo de trenzas
negras que le habla al oído a la extranjera, o peor aún, el picotear inocente
de las palomas sobre el suelo, puede ser que termines en lo alto de San
Francisco, acurrucándote a otras plumas, cubriéndote del frío.
Por
eso, quizás, me puse a hablar con Daniela de cualquier cosa, todo por tal de no
cargar con las carretillas, caminar por las canales de los adoquines, vender un
par de orgasmos entre nicotina, cubrirme del frío al interior de una campana.
Todo con tal de no salir de ese banco.
Así estuvimos un par de horas, ella hablaba de la vida aburrida de
Camaguey, las notas de la prueba de Física, el vestido que se quiere estrenar
en la graduación, yo la escuchaba y a ratos asentía con la cabeza,
sonreía. Cuando nos dimos cuenta ya no
quedaba nadie en la Plaza, el peligro había desaparecido y pegados al malecón
caminamos toda la avenida, buscamos algún sitio donde comer. A medio camino nos cruzamos con el tipo de
las trenzas, que abrazado a la extranjera le apretaba una nalga. Desvié la
vista, miré a Daniela y la señal me
bastó para tomarle la mano, sentir durante unos segundos la piel ajena como si
fuera propia.
Hay
un momento de la noche en que el mar se siente como máquina que agoniza y las
gotas que se desprenden de las olas te hacen pensar en una posible llovizna,
pero cuando miras hacia arriba solo ves
un par de estrellas destilando tristeza, volteas la mirada hacia la luz
del farol para cerciorarte, siempre, cuando quieras saber si en realidad llueve
es recomendable fijar la vista en un farol encendido, pero sobre él solo
revolotean dos insectos, tan tristes, que a ratos parecen ser un par de
estrellas.
Hay
un momento de la noche en que solo piensas en tomarte una cerveza, conseguir
algo de comer y subir todo Galeano hasta el apartamento de la quinta cuadra.
Quizás fue por eso que le indiqué a Daniela el paladar de enfrente, le rodeé
con mi mano la cintura y ordenamos las pizzas. El bombillo de la acera
alumbraba los cartones con los precios, los vasos sobre el fregadero
improvisado, el escote de la mujer que le daba vueltas al pomo de la sal, el
diente de oro del muchacho que iba delante y el rostro del viejo que recostado
a una esquina engullía la pizza a grandes mordidas. Cuando estés en una
situación como esta lo más recomendable es voltear el rostro de inmediato,
concentrarte en otra cosa, puede ser que el viejo se moleste, te de la espalda
y te sientas mal durante toda la noche, puede ser que se te quiten las ganas de
comerte una pizza o pero aún, puede importunarte que un par de muchachos vean
como te comes una pizza a grandes mordidas.
Luego
fuimos por la cerveza, creo recordar que la compramos en el establecimiento de
los toldos verdes, quitamos la chapilla y nos las tomamos casi de un tirón,
volvimos a ver al tipo de la trenzas en la mesa de la esquina sobándole los
senos a la extranjera. Me pareció una buena señal y subimos al quinto piso. O
sea, a mi apartamento de dos piezas, sala-comedor, cuarto-cocina-baño.
Saqué
las llaves del bolsillo, cuando vayas a abrir una puerta debes tener mucho
cuidado de no hacer ruido. El chillido, o el crujido, depende si la puerta es
de madera o de metal, puede despertar,
como un resorte, al perro del pasillo. –Cállate Simbad- gritaría la dueña
después de mirar hacia fuera. Quizás fue por eso que entramos sin hablar, una
vez en la sala, que es lo mismo que decir sala-comedor, le dije a Daniela que
se pusiera cómoda, con esta frase también hay que ser cuidadoso, cuando regresé
de la cocina, que es lo mismo que decir cocina-cuarto-baño, me esperaba desnuda
encima del sofá con las piernas abiertas.
Esa
noche no llovió, no hubo gritos en el tercer piso ni ladridos en la madrugada.
Le presté mi cepillo de dientes a Daniela y luego me arrepentí, prestar el
cepillo es como dar tu número de teléfono, algo definitivo. Dejamos abiertas
las ventanas, las estrellas revoloteaban
encima del farol, los dos insectos destilaban tristeza allá arriba y la luna
estaba baja, tal parecía que con estirar la mano podríamos tocarla. Ella hizo
el gesto y por un momento creí que había colocado un trozo de luna blanca sobre
la mesita de noche.
Hay
un momento de la mañana en que te gustaría regresar atrás, no abrir los ojos,
ni preparar el café en la cocina o lavarte la cara. Hay un momento de la mañana
en que tratas de recordar lo que soñaste pero descubres que ya es muy tarde y
tienes cosas más importantes que hacer.
Debe ser por eso que salté de la cama casi sin percatarme de que Daniela
ya no estaba. La busqué en el baño, que es lo mismo que decir
baño-cocina-cuarto, en la sala, que es lo mismo que decir sala-comedor, me
asomé al pasillo y a la calle. Simbad y la vecina pararon las orejas cuando
abrí la puerta, pero cuando fueron a ladrar ya yo la había cerrado.
En
casos como este no debes alterarte ni sacar conclusiones precipitadas, debes
buscar todos los indicios, trazar un plan. Yo me vestí y salí a la calle
corriendo, bajé por el boulevard lleno de gente, sin mirar los libreros, los maniquíes
ni los precios en las vidrieras. Si hubiera conservado la calma me habría dado
cuenta que el cepillo no estaba en el baño, que un par de estrellas, aún de día
destilaban tristeza, que dos insectos revoloteaban encima del farol
apagado y sobre la mesita de noche descansaba un trozo de luna blanca.