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Biscayart III, Diana (Francesca)

De los Apeninos a Rojas

DE LOS APENINOS A ROJAS

Debí tomarme casi diez minutos para bajar del auto y golpear con fuerza el llamador. Noté con sorpresa que ahora lo alcanzaba sola. Esa especie de zarpa de bronce había tenido una rara fascinación en mi niñez. Siempre exigía que me alzaran para poder llamar yo.                                                               

¿Cómo nos recibirían Eugenia y Luisa, tímidas como eran y sin que nos hayamos visto en tantos años? Dos mujeres raras, sí. En un tiempo, las hermanas habían estado enamoradas del mismo hombre, que debió huir del ataque de una de ellas. Me pregunté cómo reaccionarían ante la noticia de la muerte de mi abuelo Honorio, el mayor de los tres hermanos.

Durante el viaje a la casona, yo había hablado muy poco. No podía dejar de pensar en mi infancia, en la casa a la que pronto entraría de nuevo. Necesitaba hablar de eso, de toda la maravilla, con aquellas dos ancianas.

No sé cuántos años pasaron desde que conocí el lugar de donde emigraron hacia la Argentina: un pintoresco pueblito enclavado en el norte de los Apeninos, llegando a los Alpes. El verde de los pinares, con impúdicos manchones amarillos. Las retamas en la plenitud de su floración. Arribamos, confortablemente instalados en un taxi que contratamos en Turín. Nuestro destino primero fue Ottone, el Municipio de donde provenía la partida de nacimiento de mi abuelo materno, Honorio Ambrosio Santiago Borrone. Una ciudad italiana, ruidosa, con el típico tránsito caótico. El taximetrero nos llevó a dar una vuelta, a mi esposo Miguel y a mí, como para que yo conociera el asentamiento de una de mis raíces.

Todo muy lindo, sí, pero todo eso muy lindo no se parecía en nada a lo que yo le escuchaba contar a mi abuelo. Las montañas, percibidas desde donde estábamos, se veían muy lejos. Y uno de sus cuentos preferidos era la narración de cómo escalaban para ir a bailar "al otro lado". Además, al referirse a su pueblo, en su mal español, siempre repetía con nostalgia “Artana, ay, Artana!”. Le pregunté al conductor por algún poblado con ese nombre. Sí: quedaba a una hora y media más hacia la montaña. Y llegamos.

Cuatro casas. Nuestro apellido aún se mantenía en el lugar familiar. La capilla, el cementerio y una bomba de agua, con un recubrimiento de cemento, ostentaba orgullosa en la parte superior el nombre buscado: “Artana”. Sólo pude hablar con una anciana, es decir, quien lo hizo fue el taxista. Nos dijo que todos estaban trabajando en el campo y que volvían al anochecer. Él no quería arriesgarse a que la noche nos sorprendiera en la montaña, y nos instó a emprender el regreso.

¡Cómo se suceden las imágenes! Veía esa parte del tronco familiar emigrando vaya a saber en qué vehículo, con todos los trastos, vestidos de negro, con valijas de cartón, rumbo a Génova, para embarcarse hacia esa tierra tan rica: Argentina. Y pensar que yo venía en búsqueda de mis raíces, cómodamente dispuesta en un automóvil. Por el espejo retrovisor, el italiano nos observaba a mí y a mis lágrimas.

En un determinado momento paró al costado del camino, cortó un brote de retama y me lo entregó diciéndome: "Per il nonno". Y mi llanto fue incontenible.

De vuelta a Buenos Aires, armé un lindo álbum con las fotos y la retama, que prolijamente sequé entre las hojas de un libro. Se lo regalé a mi madre. Mis recuerdos viven dentro de mí, no necesito buscarlos muy lejos: vienen cuando quiero. A veces pienso que podría haberme quedado con unas pocas flores más de retama, de allá, de los Apeninos,  para llevárselas algún día al abuelo Honorio a su primer y último destino en Argentina: Rojas.

Del cementerio de ese pueblo bonaerense acabamos de salir. Hemos despedido al abuelo Honorio. Se había hecho largo el trayecto desde Mercedes,  ciudad a la que se había mudado buscando nuevos horizontes cuando su negocio de venta de autos fracasó. Como buen inmigrante trabajó siempre muy duro, y hasta creo que le parecía normal empezar de nuevo. ¡Povero nonno!

Cansada, desorientada, yo lo único que ambicionaba era alejarme de ese lugar. No me gustan los cementerios. No los que albergan restos amados. Entre tanta gente, había divisado a mi prima Edna, pero por ningún lado a las dos hermanas de mi abuelo.

—No vi a Luisa ni a Eugenia. ¿Les avisaste?

—No, andá a saber cómo iban a venir vestidas.

—¡Edna, no lo puedo creer! Tengo que ir a verlas. Tengo que decírselo.

—¿Vas a llevar a Miguel a esa casa? ¿No te da vergüenza de que tu marido las conozca, con esa apariencia de haber bajado recién del barco?

—Vergüenza tendrías que tener vos. ¿No te das cuenta de que acabamos de enterrar al hermano?

Rumbo a la vieja casona, la ansiedad me dejaba sin aliento. No tenía idea de cómo podrían llegar a reaccionar esas queridas viejas solitarias.

La velocidad de la mente en momentos cruciales es increíble. Trae recuerdos.

Mi bisabuela materna se llamaba Virginia. Virginia Ertola. Oriunda del Piamonte, emigró a la Argentina a fines del siglo pasado. Se embarcó viuda y con un montón de hijos hacia esta tierra de promisión, como la llamaban todos. Por lo que contaba mi abuelo, el viaje en barco fue un atroz hacinamiento en el que las tormentas y las enfermedades hacían estragos: el cadáver de un hermanito de ocho años, víctima del sarampión, fue arrojado por la borda. Ese terror a los caprichos de la naturaleza hizo carne en el abuelo Honorio. Cuentan que, ante la amenaza de un temporal, hacía bajar a todas sus hijas al sótano. Costaba creerlo en un hombre fuerte y valiente... Vaya a saber los recuerdos que acudirían a su mente de los relámpagos en alta mar, del balanceo del vapor, de los rezos para que todo volviera a la calma.

Mis recuerdos en esa casona a la que acabábamos de entrar, comenzaron cuando yo tenía menos de seis años. Miraba curiosa a la bisabuela hilando en un huso. Sus manos se movían ágilmente, y seguía trabajando mientras conversaba con nosotros. Hoy me la evoca constantemente una lámina enmarcada que tengo de “La tejedora”, de Van der Meer. Claro, no puedo comparar la deliciosa fusión de los colores que el artista utilizó en este cuadro, con la realidad que tenía ante mis ojos de niña: si bien mi bisabuela era hermosísima, de una delgadez extrema, mirada dulce y blanca de canas, toda una gama grisácea la rodeaba. No recuerdo con precisión colores, salvo los de la huerta. Allí sí: todo estallaba en violentos acordes. Los tentáculos rastreros de los zapallares con sus flores amarillas envolvían a las dalias de distintas tonalidades, como si las quisieran ahogar. Yo tenía prohibido acercarme al aljibe de hierro. Menos aún, asomarme a su brocal. Y, como todo lo prohibido, me fascinaba. A partir de esa zona, hacia el fondo, la huerta se convertía en una selva para mí. Verduras de todo tipo. ¡Y el sabor de los tomates, el de una chaucha ancha, que nunca me supo igual las pocas veces que la conseguí! En ese ordenado desorden, las campanillas cubrían los alambrados. Y ni que hablar de las perdidas columnas de hierro, una con bounganvilias, otra con madreselvas. Yo cortaba a escondidas sus flores amarillas y blancas, porque me gustaba libar de ellas como una abeja. Me retaban diciéndome que me iba a agarrar dolor de panza. Mentiras. Nunca me pasó nada.  ¡Y las granadas! El abuelo Honorio me las entregaba abiertas por la mitad, y qué placer sentarme junto a él en la huerta, sacar los granitos uno por uno. Y, cuando tenía una buena cantidad en el plato, a saborearlos todos de golpe, llenarme la boca de ese jugo rojo y dulce que se me caía por las comisuras de los labios, mientras el nonno sonreía con un aire pícaro que aún sigue vivo en mí. Siempre volvía a casa con el vestido manchado y debía oír las reprimendas de que la mancha no salía. Pero, no sé cómo, mamá al final siempre lo lograba.

Nunca más comí granadas. No porque no se me cruzaran en la vida, sino porque en mi recuerdo son muy difíciles de disfrutar. Debajo del parral de uva chinche se enfrentaban dos bancos de hierro pintados de verde. No miré hacia la huerta para verificar si seguían allí. ¡Habían pasado tantos años! En aquel entonces, en ellos se sentaban dos de las protagonistas de esta historia, Eugenia y Luisa, bastidor en mano, para pintar exquisiteses con la aguja. Rubias y hermosas, recatadas, vestían ropa semilarga, de tonos neutros, que protegían con delantales grises. Grises como ellas: las emociones no se hicieron para rozarlas. Por eso, cuando nos habíamos enterado de que Eugenia tenía novio, no lo podíamos creer. Si hasta habían hecho planes para casarse.

Cuando atravesaba el zaguán noté que uno de los hermosos vidrios esmerilados de la puerta cancel, roto en el portazo que dio el tal pretendiente al ser agredido y antes de desaparecer en el túnel salvador, lo habían restaurado con algún pegamento. Lo que nunca me expliqué es cómo Eugenia pudo perdonar a su hermana el haberla condenado a la soltería. ¿Qué sino atávico hacía que permanecieran juntas —juntas y enjutas—, el resto de su existencia? Un remoto sobrino, Adolfito se llamaba, comía con ellas todos los jueves. Era lo único que iluminaba esas vidas opacas. A él le habían confiado la administración de sus ahorros.

Ante la noticia, ni se inmutaron. Yo no pretendía un drama a la italiana, pero por lo menos una lágrima. Sentados en el largo corredor Miguel y yo, el silencio nos rodeaba como queriendo hacernos cómplices de ese dúo fantasmal.

—Luisa, serviles un mate cocido con las galletas que hicimos hoy.

¡Yo no quería mate cocido! ¡Quería que llorasen! Quería abrazarlas, consolarlas, cobijarlas como ellas lo habían hecho conmigo cuando era una niña. Fue como jugar a las visitas.

Los minutos pasaban y… ¡y nada! Ni siquiera una sola mención al Piamonte, al viaje a la Argentina, al hombre que no fue de ninguna de las dos, a su soledad, a las granadas del jardín. No había tema de conversación, o no quisieron que hubiese tema de conversación.

Me pregunto si habrán llorado después, cuando Miguel y yo nos fuimos, y ellas se quedaron una frente a otra envueltas por los recuerdos.

Quiero imaginarlas así, a solas con su hermano. Francesca

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