Apenas se apagaron las luces sintió el contacto. El desconocido le apoyaba el dorso de una mano contra la pierna derecha. No la corrió. De reojo, sin moverse, espió al otro lado del pasillo. Ni señales de vida. A su novio y la hermana ya les habría hecho efecto el valium.
Sintió que el hombre sentado junto a la ventanilla presionaba más con la mano contra su pierna. No se movió.
A ella no le tocaba sentarse ahí. Iba a sentarse al otro lado, con su novio. Pero la hermana los había convencido. Que era lo mejor. Ya que ella nunca duerme en los viajes… Así no los molestaba si se le ocurría bajar en alguna parada.
Siguió sin moverse. Con esa mano ahí, ahora dada vuelta, la palma bien contra su pierna. Más firme.
Se sobresaltó. Como de lejos la alcanzaba la voz de su novio, como de muy lejos y empastada. Ella se movió en su asiento. Pero la mano permaneció ahí, quieta en lo oscuro. ¿Estás bien, mi amor?, la voz de su novio, empastada, allá del otro lado, tan lejos. Cruzó su mano izquierda a través del pasillo que los separaba, ella, y tomó la de él. Pero la otra mano, la mano ésa, continuó sobre su pierna. Incluso le pareció que la palma se extendía y abarcaba más, más, más. La mano en su mano se aflojó. La dejó ir y cayó como una cosa. Y quedó colgando. Ahora, al otro lado, sólo respiraciones lentas, hondas, acompasadas. Y eso prestando bastante atención. Sintió entonces que la mano trepaba por su pierna. Decidida. Y ahora bajaba una cuesta. Hondo, hondo hasta instalarse justo ahí en el calor entre sus muslos. La mano apretada, apretando contra el pantalón ajustado como una segunda piel. Sin moverse, volvió a mirar de reojo al otro lado. Nada.
Respiró hondo, hondo. Y luego, cediendo a un impulso repentino, cerró las piernas de golpe. Entonces con un movimiento como de sorpresa y de fuga se retiró la mano. Ella inclinó la cabeza hacia su derecha. Fue poco lo que vio. Esa silueta joven contra la ventanilla, fugazmente dibujada por algún ramalazo de la luz desde afuera. No se movía el extraño, rígido en su asiento. Ahora giró la cabeza hacia su izquierda, ella. Un poco, apenas un poco. Lo suficiente para espiar al otro lado del pasillo. De donde le llegaban, tenues, esas respiraciones fundiéndose, confundiéndose. Nada más.
Junto a ella, el hombre seguía como paralizado. Se puso a escuchar su respiración. Un rato estuvo escuchándola, un rato. Un buen rato. Escuchándola como una música a la que se le busca la vuelta. Más rápida que la respiración de los del otro lado, esa respiración. Como la de ella. Sin embargo, salvo por esos deslices de la mano, el desconocido no había cambiado de posición desde que ella vino a sentarse. Pero no le parecía que durmiese. Muy despacio, muy pero muy despacio, fue separando su pierna derecha de la izquierda hasta chocar contra la de él. Y la apartó inmediatamente. Y vuelta a hacerlo, y vuelta, y vuelta. Tres veces. Como un mensaje repetido. Y volvió la mano a trepar por su muslo. Decidida, segura. Hasta rodear el muslo entero, bien apoyada la palma contra lo redondo, el borde justo contra la hendidura entre pierna y pierna.
Entonces, rápidamente pero sin brusquedad, como en un paso de baile, ella juntó de nuevo sus piernas. Esta vez, la mano permaneció. Y un dedo, contra la hendidura, empezó a moverse. Acompasado. Hondo contra la hendidura. Kilómetros y kilómetros así. Fugazmente, ella volvió a mirar hacia su izquierda, al otro lado del pasillo. Nada más que esos bultos oscuros en lo oscuro. Y ahí, entre sus piernas apretadas, el dedo socavando con más fuerza, y más, y más. Kilómetros y kilómetros. Acelerando su respiración hasta hacerla un suspiro ininterrumpido. Mientras allá nada. Y él en la misma posición, cara al frente, el perfil recortado contra la ventanilla, castigado cada tanto por alguna claridad, la cabeza apoyada plácidamente contra el respaldo. Si se hubieran prendido las luces, nadie, si es que alguien quedaba despierto además de ellos, hubiese podido advertir lo que hacía esa mano, ahí, oculta por el abrigo que ella cargaba suelto sobre la falda. Nadie. Kilómetros y kilómetros de oscuridad tibia. Como si volaran sin esfuerzo por un túnel. Hasta convertir el suspiro de ella en un gemido que apenas se molestó en disfrazar. Y una humedad súbita estallando incontenible contra la tela de su pantalón. Entonces ella atrapó con su mano esa mano y la mantuvo ahí.
Abrió las piernas recién cuando el motor se detuvo. Justo antes de que encendieran las luces. Había permanecido sin dormir, con esa mano abrigada ahí, atrapada, mirando correr lo negro por la ventanilla, escuchando esa respiración, sosegada, casi ausente. Cada tanto, a las perdidas, algún resplandor revelaba esa silueta inmóvil a su lado: el desconocido. Sin que le alcanzara para darse cuenta si estaba despierto. Cuando encendieron las luces, no lo miró. Se limitó a apartar la mano ésa de entre sus piernas con un movimiento veloz pero no brusco. Vio que del otro lado seguían como muertos. Fue una de las pocas personas que decidió aprovechar la parada desafiando la hora.
La sorprendió el aire cortante de afuera. Entre los árboles que aislaban la estación de servicio, se enredaba un viento del sudeste con presagios de mar. Lamentos en el ramaje desnudo, estrellas y estrellas arriba como un granizo suspendido y azul. Tragó bocanadas de ese perfume a intemperie que la envolvía, frío, incitante. En el baño la hirió una luz blanca y excesiva. Estaba desabotonándose el pantalón, cuando distinguió, a su espalda, el ruido ése. Que no era el viento, ni ruedas corriendo allá por la ruta. Antes de darse vuelta, supo. Incluso antes del vistazo al espejo donde la silueta esperada se quebraba en esquirlas de azogue.
El desconocido continuó con los botones de su pantalón mientras la acariciaba con la otra mano, ella lo ayudó acariciándolo también, acariciándolo, mirando por sobre sus hombros altos la puerta, ahora cerrada y con la traba puesta, mirándolo tan de cerca, la piel lisa, los músculos debajo, abruptos, tensos, y los tatuajes: un ancla, una sirena, algún nombre que prefirió no leer, ella dejaba hacer y hacía, perdiéndose en ese aire donde se combinaban la fragilidad y la resolución, callada, sin hacer otra cosa que moverse un poco y respirar, callada y callado él, moviéndose los dos mientras el espejo se empañaba.
El chofer, parado junto a la puerta, les dijo algo. Subieron, él detrás. El resto de los viajeros ya estaban ubicados. Y el aire caliente. Como sucio, pegajoso. Yendo hacia el fondo, una mujer los miró con insistencia. Ya desde la mitad del pasillo vio que los otros dos seguían durmiendo. Al llegar a sus asientos, dejó adelantarse al desconocido para que fuera del lado de la ventanilla. Al pasar, él la acarició en la cintura. Cuando apagaron las luces, deslizó su mano bajo el abrigo que ella había vuelto a ponerse sobre la falda. Ella metió una mano y la entrelazó con ésa. Permanecieron quietos en lo oscuro mientras sus respiraciones se fueron calmando. Arrancó el motor, pero ella continuó sin cerrar los ojos. Fueron pasando los kilómetros, pero ella sin lograr dormir.
Apenas volvieron a detenerse, el desconocido se irguió en su lugar. Apenas encendieron las luces, empezó a pararse. Algo en su cara la invitaba sin palabras. Ella hizo que no con la cabeza. Que no y que no sin palabras, brusca. Amparada en el silencio. Los otros dormían. Se hizo a un lado para dejarlo pasar y le acarició una pierna. Furtivamente, fugazmente. La sintió firme bajo lo áspero del pantalón gastado. De reojo miró a su novio que dormía derramado sobre el asiento, entreabierta la boca, la cabeza volcada contra los hombros de su hermana.
Nadie más que él bajó en esa parada. Lo miró irse por el pasillo. Iluminado y oscurecido a tramos. Alto, casi rozando el techo con sus bucles. Castaños claros o rubios, como gastados por el salitre, se le ocurrió. Lo miró caminar con ese leve bamboleo. Grácil y a la vez robusto. ¿Tenía ojos verdes? No estaba segura. En el baño, de tan cerca, no pudo descubrirlo, envuelta en ese aliento a noche en vela que no sabía si era el de él, si era de ella, o de los dos. Miró la espalda, ancha pero no demasiado. Se veía compacta bajo el abrigo azul, escaso para esa madrugada. Miró la cintura, estrecha pero no demasiado, ceñida por el pantalón, celeste de tantos lavados. Al fin, lo vio bajar. Ágil pero sin apuro.
Enseguida lo distinguió afuera, por la ventanilla. Solo en esa extensión gris apenas interrumpida por las manchas más oscuras de los arbustos. Lo miró irse a pasos largos, echando como un humo por la nariz. A pasos largos hacia la vieja construcción de paredes blanqueadas y descascarándose como las de esos cementerios pueblerinos que se cruzan a la madrugada para dejarse atrás entre bostezos, como abandonados, como indecisos al filo de la vigilia. Alrededor de ella todos permanecían inmóviles en sus asientos, ajenos a la luz creciente.
Lo miraba irse, cuando de entre los arbustos empezaron a brotar uniformados. Vio que él se daba vuelta. Vio que él veía y que empezaba a correr y que lo corrían. Vio todo eso ahí quieta. Lo vio todo en esos tonos vagos de final de sueño. Sin sonido. Como en una película enmudecida. Lo vio alejarse, veloz, hasta no ser más que un bulto lejano. Un volumen en fuga con otros volúmenes detrás que lo perseguían, igual de oscuros. Movimientos de una secuencia que no comprendía a través del vidrio que se empezaba a empañar con su respiración. Hasta que vio el bulto ése alzando un leve revuelo de polvo al caer, allá al costado del camino como al fin de la película y saltó a abrir la ventanilla. Entonces el sonido atravesó la noche, y por los agujeros de la noche vino el viento, y al fin, con él, como desde otro tiempo, el perfume salvaje del mar.
Estaciones
Estábamos bajo el sol y lo importante era el sol.
La rosa en el viento, Sara Gallardo
Por Trombamar77
Una joven, otra no. Una en la cama. La otra al lado, al filo de una silla. Una de pelo largo, abundante, oscuro. La otra de pelo blanco recortado a picotazos urgentes de tijera.
La mujer en la cama le ha enseñado alguna vez a cantar algunas canciones a esa mujer que está a su lado y a la vez tan lejos. Un poco, le enseñó, hasta donde la magia se enseña. Canciones de esperar a los hombres que están en el mar, canciones para que sea propicia la pesca y suave el oleaje, canciones para aplacar vientos y marejadas, canciones para despedir y canciones para recibir, canciones para agradecer.
Hoy han vuelto a encontrarse en esa lengua que creían para siempre enmudecida. Hoy la mujer en la cama ha vuelto a reconocerse en unas cuantas palabras como en un perfume de hogar. Palabras traídas hace tanto desde el otro lado del océano, reliquias que guardaron como se guarda una llama de la sudestada. Palabras para cantar con melancólica ironía, con ímpetu satírico o con una ternura desvergonzada.
Ahora no disimulan su distancia fatal con palabras. No llaman, por ahora, a las palabras, para auxiliar su cercanía invencible y a la vez tan frágil. La más joven toma en su mano, firme, tersa, la mano enflaquecida y áspera de la otra. No deja que la delate la amargura, la más joven. Nada se le escapa. Y sin embargo no logra engañar a la tristeza.
Una mano en otra mano y el silencio como una música.
Un instante.
Sólo un instante.
Un instante y se sueltan.
El lugar es despojado, limpio, claro. Alrededor está muy gris. La luz descolorida que se entromete por los ventanales convierte a la sala en nave de hielo.
La mujer que está en la cama, se dijo, se decía, se dice, fue alguna vez infiel a su hombre mientras su hombre andaba por ese mismo mar que la tormenta, ahora, les acerca. Infiel, se dijo, se decía, se dice, al hombre con el que atravesó noches, pérdidas, carencias, madrugadas, alegrías. Como quien le pone una marca, usando un hierro al rojo, a una bestia. Y la palabra ardió sobre su carne. Infiel. Si es que algo de eso hubo, fueron caricias y mentiras, nada más. Qué importa con quiénes, si en cada quejido y en cada silencio buscó su nombre, el único. Qué importa con cuantos, si en cada mano buscó la dureza tierna de sus manos. En esas noches sola, cuando no aguantaba el mar ennegrecido batiendo y batiendo adentro de su cabeza, y él tan lejos, en ese mar sin calma. El hombre con el que vivió la vida entera. El hombre al que esperó cada vez en vela. El hombre con el cual cruzó tantas caras y voces y alientos sin que importase lo que dijeron lo que dicen ni lo que dirán.
Para ese hombre ella cantaba. Sólo para ese hombre.
Canciones con su voz de luna astillada sobre lo oscuro del agua. Canciones de esperarlo cuando partía a caballo de las olas, canciones para que no se le escaparan los peces y entonces tuvieran en su mesa pan y luz los hijos que vinieron y se fueron, seducidos por la voz de la distancia, canciones para que el mar de fondo no diese vuelta de campana a la embarcación que le tocara en suerte, canciones para espantar el viento del sudeste, canciones como banderas en la playa que desean buenas singladuras y dicen hasta pronto, canciones como faros para iluminar la vuelta, canciones como besos, canciones porque no sabe o no quiere rezar.
Para ese hombre que al fin se tragó el mar, ella cantaba. Y desde entonces ya nunca. Ni aquellas canciones que únicamente ella cantaba así, ni hombres. Solamente el mar, ahí, tan cerca. El mar y el tiempo y nada más.
¿Nos hemos desencontrado o nos vamos encontrando?, podría preguntarse la mujer en la cama. Pero tiene otras cuestiones pendientes y sospecha que no van a alcanzarle los minutos.
Por el aire andan el olor a remedios y la certidumbre de que ya no hay remedio. Las enfermeras ya ni van ni vienen. La mujer sentada ya no sabe lo que quiere. Desde la cama, la otra mujer la compadece con una mirada más profunda que sus mismos ojos afiebrados, náufragos en unas ojeras inmensas: dos océanos violetas en el planeta pálido de su cara. Hay islotes ciegos en su memoria. Y de lo que resta a salvo del agua que crece y crece, ¿qué imagen guardar? ¿A qué imagen querida aferrarse hasta lo último? ¿A qué luz?
La más joven se pone de pie. A la otra le cuesta girar la cabeza para seguir su movimiento, tan brusco. La más joven se acerca a una ventana. El poniente fragua un rojo fugaz sobre ramas desnudas, disfraza de fuego a las nubes. Pero sólo para de caer aguanieve para llover, sólo para de llover para nevar. Muy gris. Muy blanco. Muy gris. Ilusión fugaz el rojo fuego, el rojo sangre, el rojo vino. La mujer en la cama tararea hacia adentro, bien adentro. Acaso una canción de partidas. Ella es un montón de dolor que se acuna bajo las sábanas gastadas como velas viejas y blancas hasta lo intolerable. Se acuna pero no se quiere dormir.
¿En qué estás pensando?, le pregunta a la mujer de pie, tan joven, tan lejos, a la mujer de pie que le da cuidadosamente la espalda. Con una voz que no se reconoce, le pregunta.
Pienso que no me gusta nada que nieve, que no me gusta la lluvia, que no me gusta el invierno, se atropellan incontenibles ya las palabras por la voz súbitamente aniñada de la mujer joven.
La mujer que está en la cama querría tranquilizarla. Hace otro esfuerzo y le pregunta: ¿Qué estación te gusta?
Me gusta mucho el verano, le dice ella. Me gusta la primavera, también.
Y quedan de nuevo en silencio. Un tiempo de silencio que no se puede medir. Hasta que, endurecida la garganta, a punto de volcarse sus ojos, la mujer joven se da vuelta y alcanza a decir: Y vos… Vos… ¿qué estación preferís?
Ella se acomoda en la cama una eternidad. Ahora son sus ojos los que brillan. Un esfuerzo más, y esa voz empequeñecida que se aviva para responder. Esa voz que casi canta: Yo amo todas las estaciones, todas por igual.
Y oscurece.