Dreyssena Polymorpha. Los monstruos adoptan distintas formas, tamaños sorprendentes.
Dreyssena Polymorpha. Flora memorizó este nombre como si las palabras científicas fueran algo cotidiano para un ama de casa que nunca estudió latín. Cada tarde lo repetía y me preguntaba cómo iba todo. Y por un instante yo volvía al epicentro y sus ojos no veían más allá de mí.
- ¿Qué tal fue hoy, entonces?
- Estoy machacado. Maldita plaga. No se frena, pero tampoco llega a la cabecera de río. Los políticos están agobiados y cada día quieren que compruebe hasta donde han llegado, actualizar sus estúpidos planos. Da igual lo que haga, siempre habrá más tarea.
- Pero decías que el nuevo jefe no era tan déspota como Don Esteban, ¿no? Anímate.
Flora se acercó comprensiva y me dio un beso. Entonces volví a ver el brillo de su mirada que antaño me dedicaba siempre. El agotamiento descargó por la válvula de su mirada y casi alcancé a ver lo bueno de mi trabajo: la brisa al aire libre, las alegres carreras del río Orbe en el deshielo, mi barca invitada a ese equilibrio flotante. Yo cuidaba de todo esto, era un guardián de la madre naturaleza. Pero esa sensación duraba ya poco tiempo. Estaba fatigado y solo, abandonado. Andrés se había ido.
A la mañana siguiente Ricardo me había programado otra toma de muestras. Esta vez tenía que meter la barca.
- Ricardo Lobo, vuestro nuevo jefe de sección. Por favor, llamadme de tú, aquí seremos todos compañeros.
Me sacudí del recuerdo y del ímpetu de aquel joven y arrogante de pelo engominado y mirada inquieta. Quería ganar puntos entre los políticos, acelerar su carrera e inventaba trabajos absurdos que mostraba en ordenadores a todo el mundo a través de ese invento llamado Internet. Pero él no era consciente del reuma de mi rodilla, de mi debilidad, sacrificios silenciosos por estúpidas ideas cuyos nombres acababan siempre con el detestable “en tiempo real”. Odiaba esas palabras, causantes de las prisas, de las repeticiones sin fin de los mismos trabajos.
Andrés me avisó cuando le conocimos. “No sé que tal nos irá con este jovencito engreído. Yo le voy a aguantar ya poco pero Justo, a ti todavía te quedan unos años aquí. Yo creo que como Don Esteban no va a haber ninguno”. Andrés tuvo razón en demasiadas cosas. Fuimos compañeros más de 30 años; él me enseñó todo, desde su posición de 5 años más de experiencia. Y ahora esos años de más me dejaban solo otros tantos y la vida se había convertido en una cuesta larga sin él.
Ese cabrón de Ricardo no sacaba la plaza que sustituiría a Andrés. Cada vez que le preguntaba tenía una excelente nueva excusa. Pero no me convencían, los guardas fluviales siempre fuimos dos. A veces me preguntaba qué resultaría de enseñar a un joven, como se vive la adaptación a otra pareja. Tal vez me irritase pues sería muy distinto a mí, inexperto y amigo de las nuevas tecnologías que tanto habíamos odiado Andrés y yo. Otras veces, más optimista, decidía que me dejaría arrastrar por su entusiasmo ante lo novedoso. Por eso no se podía elegir a cualquiera, porque yo me reflejaría en él y entonces todo se refrescaba; incluso mi yo hastiado. El trabajo me atraparía de nuevo, estimulante, convirtiéndome en útil tras ópticas nuevas. “¡Era responsable de tanto!” me sonreí involuntariamente, lleno de orgullo. Pero de nuevo eso sólo duró un instante.
Andrés regresó a mis pensamientos, pero no con cariño; le envidié al imaginarle en su casa, donde no existía el frío, inmune a la niebla temprana. Le odié un poco, por dejarme solo. Él decía que no veríamos desaparecer la plaga ni aunque quedasen cien años para la jubilación. Desde que empezó se iba apoderando de mi ímpetu, de mi empeño, como si esos bichos entraran también en el interior de los hombres. Pero no era toda culpa suya. Yo ya intuía el desgaste cuando la plaga llegó. El cuerpo se había vencido, tras miles de días de trabajo, poco a poco, apenas al principio, tan despacio como una lima suave y silenciosa.
Tal vez no estuviera preparado para alcanzar la vejez con este trabajo. La humedad del río se colaba en nuestros huesos mientras atravesábamos el valle. Siempre fui en exceso responsable y un rígido cumplidor de mi trabajo. Todos mis compañeros me apreciaron, cada jefe habló bien de mí. Pero ahora, la debilidad relajaba mis creencias y yo me rendía, doloroso al principio, con laxitud ahora.
Acabé cuando el sol derrotó a la niebla. El río venía fuerte aquel invierno. El Orbe hacía honor a su fama; el río más caudaloso del estado. Esta característica llenó mi boca juvenil cada vez que hablaba con amigos, mientras embrujé a Flora. Pero la ilusión del agua en movimiento se había apagado en mis oídos y ahora me machacaba monótona.
El deshielo de las últimas nevadas fluía imparable. Sin embargo no había crecida, la barca era manejable. Volví a la sensación de que todo se mantenía en límites afilados; el peso de la barca, la velocidad prudente para el agua, los pinchazos de mi rodilla. Un poco más de cualquiera y las excusas hubieran sonado convincentes y yo me habría negado, escondido tras ellas.
El embalse de Puente Viejo se resistía a la plaga. Pero ya habían entrado, sólo era cuestión de tiempo. Tal vez se hiciera un poco más lento, pero no pararía. El Orbe era orgulloso en su tramo medio. La gente de la zona habíamos presumido siempre de la dureza del carácter, decían que el agua, las tierras que bañaba, nos hacían mejores que a otros. Ya no me enorgullecí del Orbe y su lucha se me antojó molesta, pues sabía que era inútil. El orgullo era un lujo que ya no me estaba permitido. Irritado, desee que se doblegase y me regalara un momento de respiro; de inmediato me horroricé de mi mismo y cerré los ojos, sacudí el cuello y lancé la idea lejos, muy lejos, para que no volviera jamás. Jamás, pues era muy tentador que el propio río se liberase, nos liberase de todo.
Tomé las muestras para que midieran la concentración de larvas en el laboratorio. El ejemplar adulto aún no había colonizado aquel reino. La desinfección de la barca me dejó exhausto. Me detuve para recordar el protocolo que otras veces recitaba de memoria. Había que ser estricto. Paso por paso, todo se haría según las normas.
Desde el principio, los biólogos, los sabios que estudiaban las escasas posibilidades nos advirtieron de que el mayor peligro éramos nosotros. Sin la desinfección adecuada los guardias y los pescadores, todos ayudaríamos al monstruo en su extensión. Seríamos un vehículo rápido e inconsciente. Puede pasarse de amigo a enemigo del Orbe si no vigilas la suela de tus botas de goma, descuidas un gancho o fijas mal la temperatura en la hidrolimpiadora y si no inspeccionas el centímetro cuadrado escondido en la penúltima esquina. Al principio nos abrumaba la responsabilidad. Hablaron de sanciones económicas, suspensiones de empleo y sueldo pero era algo más hondo lo que nos perseguía; los chillidos silenciosos de los peces, los nenúfares de colores milagrosos.
Después llegó la costumbre y la monotonía relajaron las fobias enterrando el terror. Dicen que le ocurre también al cirujano veinte operaciones después; la tensión no se mantiene entre conocidos.
Aparqué mi pick-up en el aparcamiento de la Confederación. Eran casi las tres, el personal recogía. Me encaminé con pasos plomizos, húmedos, a mi pequeña y apartada mesa de la umbría. Había protestado por ella pero dijeron que el personal de campo no pasábamos allí tanto tiempo para merecer un sitio amplio junto a la ventana. Por eso odiaba a los burócratas. Y porque hacía algún tiempo la oficina había dejado de parecerme un lugar angosto, de aire polvoriento y falto de luz.
Eso era antes de hacerme mayor, cuando me enorgullecía de vivir como la gente del pueblo –libertad, aire del campo- pero con un sueldo de ciudad, siempre a primeros de mes. Ahora la oficina se me antojaba cómoda, grata. Las mesas eran amplias, solidarias con codos lasos y había divertidas sillas giratorias. Allí no se guardaban botas de material inhóspito ni se buscaban inquietantes monstruos de tamaño insignificante.
Pero era tarde. Ese desgraciado no me daría una plaza en la oficina porque sabía que yo no usaría jamás los engendros de pantalla brillante y letras botón que él abanderaba, anclados a la mesa y a la pared cual mascota inválida.
- Justo, ¿trajiste las muestras?
- Si, Sr. Lobo.
- Ricardo, Justo, Ricardo. Ha subido el caudal, ¿pudiste meter la barca?
- Por los pelos. ¿Qué pasa con esa plaza? Entre dos ya es otra cosa.
- Tengo otros dos candidatos. Espero que esta vez no los rechaces, sino me obligarás a que sea yo el que te elija el compañero.
- Entonces más vale que los candidatos sean algo decentes –me di la vuelta.
- Ya. Deja las muestras en el laboratorio, si no te importa. Ah, se me olvidaba. Mañana hay que ir a Quiroga. Han dejado de verter en la presa del Planteko y hay que inspeccionar aguas abajo aprovechando que el agua está quieta.
Me giré hacia él imaginando que le arrojaba el agua de las muestras en su agraciada cara. Quería que se le metiese en la boca y le ahogara, que los bichos le crecieran por dentro y le hiciesen estallar. Estaba cansado, que Dios me perdone.
- Se podía venir usted conmigo –la rabia había agudizado mi ingenio- me ayudaba a meter la barca y así ve como ha quedado la zona. Don Esteban nos acompañaba a menudo y conocía el río tan bien como nosotros.
- ¡Uy Justo! Qué más quisiera yo que tener ese tiempo –y aunque me pareció sincero no le perdoné por esa virtud insignificante-. Haz fotos y así veré como está la zona. Es lo que pasa desde que hacen trabajar a los jefes, abrumándonos con todo ese papeleo.
Mientras me dirigía a casa en Medina de Orbe, la pequeña ciudad donde vivía con Flora, evocaba a Andrés. Si él estuviera me desahogaría contra Lobo y contra su madre y después, la risa nos calmaría. Pero ahora, ¿quién comprendería? Los brazos de Flora no sabían lo que pesaba la barca, ni sus rodillas punzaban con la humedad. Ella era inocente y se mantenía cálida de un modo agradable, sin 30 años de desgaste erosivo.
No llamaría a Andrés pues me repelía la frágil memoria que le descubrí cuando se jubiló. Los años de trabajo parecían esfumarse lejanos, insignificantes ante sus ojos. No soportaba lo fácil que se había adaptado al tiempo de ocio infinito, las tardes de pesca, las partidas de dominó. Ahora me parecía que cuando le había llamado para que amparase mi desahogo le había observado como una sonrisilla apenas perceptible de satisfacción, de regocijo porque él ya estaba en el otro lado, separado por un cristal transparente e irrompible.
Repasé todas las veces que nos habíamos visto los últimos meses y no vi pesadumbre cuando comentábamos la situación del río, mi situación, que antes compartíamos. Sólo la mueca y cierta impaciencia, pues ansiaba otros temas; la pesca, los cotilleos del bar.
No le llamaría ni quería verle pues esa falta de compañerismo merecía un achaque que le entretuviera visitando médicos y así no pensaría tanto en la pesca. Estoy cansado, que Dios me perdone.
El mejillón cebra había llegado dos años antes. Un pescador nos lo dijo una mañana. Los había visto aguas abajo, cerca del embalse de La Tecla e intuyó un destello de alarma. Dijo que le habían recordado a aquellos bichejos pegajosos que vio hacía tiempo en Francia.
Cuando lo dijimos en Confederación, con la emoción del que cree que hizo un descubrimiento, ya lo sabían. Unos biólogos los habían identificado mientras hacían su tesis. Uno de ellos era Ricardo Lobo.
Hubo mucha agitación entre los sabios y los que creían serlo. A los guardas nos dejaron de lado. Para ellos conocer los recodos, los juncos de cada meandro, los remansos donde descansaban las truchas, no contaba sin un título, si no pronunciabas con naturalidad los nombres en latín, como si la naturaleza supiera de idiomas o lenguas.
Vinieron científicos extranjeros; la atmósfera se cargaba de pesimismo como si aquellos bichos de menos de 3 cm influyesen más allá del agua y sus alrededores. Todos repetían con horror un latinajo que quedó marcado con hierro candente. Dreyssena Polymorpha. Las plagas infringen daños más allá de la enfermedad o el dinero.
Fue también un tiempo de cambios. Nuestro jefe de siempre en quien confiábamos con el peso que da la costumbre se marchaba. Llegó Ricardo Lobo. Ojalá el gobierno cancelase las pensiones y todos los viejos, exhaustos y enfermos tuvieran que regresar al trabajo conmigo. Estoy cansado, que Dios me perdone.
Pronto empezamos a verlos a diario. En las cadenas de los embarcaderos, pequeños como antaño eran los dedos de mi impertinente bebé. Rayas blancas y negras como un paso de peatones; como las cebras. Se propagaban con facilidad hacia aguas abajo, pero aguas arriba parecía no serles tan sencillo; por eso si llegaban a la cabecera de cuenca mi trabajo se relajaría al fin.
La baba que los fija es indestructible. Se pega a las rocas y a las laderas, a las cadenas de los embarcaderos y a la suela de nuestras botas. Cuando la velocidad del agua es alta, cuando las presas abren sus compuertas provocando un torrente, el mejillón cebra muere, pero las larvas resisten.
Los de la presa del Planteko habían vertido aquella semana. En la zona junto a la presa el río era ancho pero no tenía calado suficiente para que la barca no pegase en el fondo. Me metí en el Orbe con las botas de pescador, las que llegan a la cintura y mantienen a raya el agua, prenda insolente pues se sabe necesaria. El cauce estaba limpio, la corriente arrastró la masa babosa del cauce a una merecida muerte, pero la ribera con toda su vegetación seguía confortable para ellos.
Aquella misma tarde Ricardo actualizaría esa página web. Decía orgulloso que todo el país la consultaba. ¿A quién más que a los habitantes de la ribera iba a importarle?
Aún aquella mañana limpié la suela de mis botas con cuidado. Me entretuve con algo de pereza. Andrés me esperaba a la hora del café como una excusa que ampara la desgana. Flora lo había dispuesto. Vi a un Andrés más joven con la mirada alegre y chisporroteante.
- ¡Qué Justo! ¿Cómo va esa plaga? –la palmada en el hombro sonó enérgica en los restos de mi espalda.
- Ya sabes cómo es esto….
- ¿Te toca meter la barca a ti solo?
- Pues casi todos los días, me cago en la puta. Estos cabrones….
- Paciencia macho, seguro que pronto te ponen otro compañero. Bueno qué, ¿te vienes a pescar este sábado y te olvidas de los bichos?
- Esas ganas tengo yo- y quise que no pescara nada bueno y que nunca más pudiese alardear de ello. Estaba cansado, que Dios me perdone.
- Llámame si algún día lo ves malo.
- Te llamé hará quince días y Lucia no te aviso.
- ¡Uy me lo tiene prohibido! Ni me lo había dicho, dice que bastante reuma tengo ya. Pero si algún día te ves jodido.
- Si fuera por eso
Y desee que le quitasen la pensión y se viera obligado al regreso.
Aquella noche Flora me preguntó de nuevo, con los ojos llenos de interés.
- ¿Mañana tienes que volver a meter la barca?
- Si, parece que aguas abajo del Planteko, de la presa, hay unos juncos…
- Pero llegarás al premio de la niña, ¿no?
Cuando me interrumpió insensible, desee que tuviera que ir ella a meter la barca y que se viese obligada a caminar con las botas altas, verdes, cremosas y repelentes. No estaba interesada en mí, sólo quería asegurarse que acudiría a la entrega del premio que el colegio otorgaba a nuestra perfecta hija como mejor estudiante del año.
Todo lo que ocurrió después fue culpa del tiempo, del odioso reloj, o gracias a él. Cuando saqué la barca de entre los juncos del Planteko no la desinfecté, pues de otro modo no hubiera llegado a la entrega del premio de Patricia. Flora hubiese recriminado mi ausencia y me hubiera acusado. Casi ni sequé mis botas.
Mientras regresaba, alta la velocidad y el corazón palpitante, la vergüenza en el pecho y ese peso infinito en la boca del estómago culpé fríamente a Patricia. Sin ese estúpido premio yo no hubiera cometido aquella falta. No ocurriría nunca más. Durante el premio no vi a mi hija, no escuché mi apellido; sólo mi negligencia. En mi mente golpeaba la idea de que debía estar atento la próxima vez que fuese al río y desinfectar incluso con más ahínco de lo que decía el manual. Pero después, por la noche, me envolvió un sueño agradable y tranquilo y no volví sobre eso en todo el fin de semana. El cansancio había vencido al fin a la conciencia.
La semana siguiente tenía previsto estar en la oficina. Se iniciaba un nuevo mes, quedaban rutinas importantes: rellenar los partes de mes y pasar a limpio los protocolos. Aquel lunes oí cosas que no me gustaron. Allí ya lo sabían desde hacía días pero nadie me avisó en la soledad del río. La ley se había publicado hacía sólo unas semanas. La reforma de la jubilación en el sector público aplastó mi espalda en una joroba insoportable. Cinco años me resultaban ahora atractivos pues se habían duplicado, intolerables.
Me faltó el aire. No sé si debí hablar con Ricardo, de mi malestar, de mi fatiga; tal vez hubiera comprendido. Pero mi vista se nubló y noté el nudo en la voz.
Flora, mi hermosa esposa; ella entendería. Cuando recordé que no estaba en casa ya había montado en el coche. Se me llenaron los ojos de agua salada y me alejé, remontando el río. Cuando paré mis ojos imaginaban un mártir, un anciano que arrastraba una pesada barca, con los huesos podridos y el ánimo muerto. Estaría solo o acompañado de un joven alegre pero que no manejaba bien la barca. Imaginé como caíamos al río.
Entonces los vi. Se habían cultivado en mis botas, en el casco de la barca. Recordé los protocolos, comprobando al fin su importancia. Mi boca se torció en un gesto amargo y decidido pues sabía lo que haría mi trabajo más llevadero. Aquellos bichos me ayudarían al fin. Conduje desafiante, consciente de lo que iba a hacer. Estaba decidido, por una vez no eran los burócratas los que decidían.
La presa de Celer, en cabecera de cuenca, quedaba ahora cerca, con los ánimos renovados por la rabia y la maldad. A veces un hombre de bien, de naturaleza pacífica, se ve obligado a cosas que jamás hubiera imaginado.
Metí la barca en el embalse y batí toda su agua. Me puse las botas y patee la ribera, fingía una inspección entre los juncos. La cabecera del río está limpia, habían dicho todos.
Cuando lo juzgué suficiente me encaminé a casa del guarda de la presa. Llevaba allí tanto como yo y nos entendíamos, había un respeto mudo entre nosotros.
- Pedro, me cago en la puta. Yo creo que he visto larvas del cebra.
- Y decían que aquí no iba a llegar…. Bueno Justo, que le vamos a hacer, tendrá que ser lo que Dios quiera.
Me volví sonriente, triunfador. Ya no serían necesarias las inspecciones periódicas. El tiempo real en los mapas de internet se volvía inútil. El Dreyssena Polymorpha, con ayuda de la gravedad, acabaría pronto de adueñarse del Orbe. Estaba cansado, que Dios me perdone.