Nadie le consideraba un hombre violento ni fanático, sino todo lo contrario: pacífico y muy racional, cerebral, más bien. No solía reaccionar de forma agresiva y pensaba mucho las cosas antes de responder o tomar una decisión; daba la impresión de ser una persona equilibrada y cabal, aunque con sus manías, como todo el mundo. También es cierto que pecaba de indeciso y que su irresolución le acarreó más de un problema; le daba tantas vueltas al más nimio asunto sin lograr definirse que, cuando ya estaba harto, un pequeño detalle le sacaba de quicio y reaccionaba de una manera impredecible, desmedida incluso. Luego, le parecía incomprensible no haberse dado cuenta de sus errores para poder subsanarlos a tiempo y hasta le costaba reconocerse a sí mismo. “Pero ¿cómo hice eso? Si estaba clarísimo, si lo estaba viendo venir. Si lo que tenía que haber hecho era...”, pensaba después, siempre después.
La mayor parte de las veces se trataba de asuntos sin trascendencia, cotidianos. No obstante, a menudo le hacían sentirse tan mal como los importantes; la diferencia estaba en que aquellos los olvidaba antes. De los casos más graves ya no se deshacía nunca: le acudían recurrentemente a la memoria —generalmente en el momento más incordiante— para recordarle su torpeza. Pese a que pensaba que de todas las experiencias vividas siempre había aprendido algo — y más de las más duras—, cuando recordaba alguna la más nefastas, eso no le consolaba mucho.
Puede que todo esto suene a justificación de su conducta, y quizá lo sea —lo que no le exonera de su responsabilidad—, pero es necesario saberlo para explicar su peculiar comportamiento durante aquella temporada.
Era entonces un joven salido de una adolescencia prolongada, ensimismada y sombría, y tan tímido que se sentía incapaz de pronunciar dos frases seguidas ante una chica. La conversación —es un decir— más larga que había mantenido con una chavala habría durado apenas unos minutos, y la iniciativa siempre la había llevado ella, por supuesto.
Con aquella muchacha las cosas no estaban siendo muy diferentes de otras veces. Era consciente de que, objetivamente, ella no era muy guapa; resultona, tal vez, y tampoco era muy simpática; habladora sí. Pero él no podía sacársela de la cabeza. Sentía hacia ella una fuerte atracción física. Le gustaba su mirada penetrante, sus anchas caderas, sus pechos prominentes y su voz, aguda y suave, como de niña, que le obnubilaba hasta tal punto que, cuando la oía hablar, se abstraía completamente de todo y se quedaba mirándola fijamente, como hipnotizado. Aunque, definitivamente, lo que más le arrastraba hacia ella era precisamente su defecto más evidente: aquella cojera que le había quedado desde el grave accidente que sufriera en su adolescencia. Él recordaba haberla visto siendo una chavalita con un aparatoso artefacto de escayola y varillas atravesadas que le cubría medio cuerpo. Aunque ya entonces le llamó la atención aquella figura contrahecha — ¿y a quién no?—, en aquel momento otra muchacha ocupaba su mente y su corazón y, además, nadie se la presentó.
Sabía que había en ello algo insano; sin embargo, no podía evitarlo: aquel contoneo renqueante le ponía cachondo. Además, hacía tiempo que su mente romántica había elaborado la fantasía de conquistar a una chica con problemas y ayudarla a salir de una gran dificultad. Como muchos tímidos, se sentía capaz de sorprender a todo el mundo asumiendo la responsabilidad de llevar a cabo tareas muy difíciles, para las que nadie le suponía dotado. Así que, en su delirio, pensó en esa muchacha como el objeto idóneo de su misión salvadora. “No tiene novio porque es coja. Pero a mí no me importa; mejor. Seguramente que está acomplejada. Además lo pasaría mal cuando lo del accidente. Yo, que valgo mucho, aunque nadie se haya dado cuenta hasta ahora, seré su chico y la compensaré por todo lo que ha sufrido”, pensaba.
Desde que se la presentó la novia de un amigo, había procurado acercarse a ella en numerosas ocasiones haciéndose el encontradizo. A menudo acudía al bar donde ella solía quedar con su cuadrilla de amigas, pero su actitud, más que la de un pretendiente cortejador, semejaba la de un búho enamorado mirando fijamente a su pareja y emitiendo de vez en cuando un tenue ululato. Por eso, ni a él mismo le extrañó cuando, tras varios encuentros nada casuales, aquella chica de sus sueños y sus amigas comenzaron a rehuirle descaradamente en cuanto lo veían aparecer. Nunca como entonces se hizo más cierto el dicho “el amor es ciego”, pues a pesar de ver con sus propios ojos el desdén con que ella le trataba, se negaba a aceptar su derrota. No era tonto y su cerebro lo comprendía, mas no, ay, su corazón. Se diría que, como el toro bravo, se crecía en el castigo y cuanto más lo ignoraba ella, más insistentes eran sus embestidas, que, una y otra vez, acababan en estruendosas cornadas contra la barrera.
Está hartamente demostrado que, misteriosamente y sin saber cómo, un enamorado delirante siempre acaba sabiendo en qué momento y lugar puede hallar al objeto de su amor por mucho que éste intente ocultarse en el lugar más improbable. Así, haciendo acopio de una cara dura inusual en él, Paco se apuntaba a todas las fiestas y reuniones organizadas por quienes creía que podían invitarla también a ella y, efectivamente, la mayor parte de las veces acertaba: allí estaba Eva. Miraba la cartelera de espectáculos, se fijaba en una película e iba a verla el día que, intuía, más posibilidades tenía de acudir ella también. Ni que decir tiene que coincidían en muchas ocasiones. Se le acercaba dando traspiés de puro nervioso y desplegaba ante ella toda su elocuencia:
— Quffffrssstttvvvnnnneeehhh? —balbucía con la cara encendida como un semáforo descontrolado alternando enloquecidamente de colores. Ella desviaba la mirada. Entonces, alguna de sus amigas, quizá apiadándose de él, le hacía caso y le daba charla. Aun admitiendo que no era un gran conversador, ellas parecían aceptarlo con naturalidad y a él le resultaba más fácil hablar con ellas que con su idealizada chica: le azoraba tanto... “Si sus amigas, a las que les contará todo, me tratan así de bien, será porque algo hay. Lo que pasa es que es muy tímida y le da corte hablarme directamente”, pensaba.
Con cada (des)encuentro fue, en fin, alimentando un amor idealizado, completamente alejado de la cruda realidad.
Aquel verano, el que consideraba su mejor amigo, Gonzalo, obtuvo una beca para ir a estudiar a Madrid y se marchó de la ciudad. Otro de sus amigos, Jon, coincidiendo con los primeros calores de la estación, se echó novia y también desapareció de su entorno. Como Paco no era un joven muy sociable, sino más bien de escasas aunque duraderas amistades, al fallarle éstas, empezó a sentir la urgencia de buscar compañía. Femenina. Y, concretamente, Eva. Redobló sus esfuerzos por estar junto a ella y a los escenarios habituales de su persecución añadió otro más, propio del estío: la playa. En los días soleados y calurosos acudía a alguna de las calas cercanas a la ciudad para hacer cumplir la inexorable y misteriosa ley de la infalibilidad de su intuición. Casi nunca se equivocaba: playa a la que él iba, playa en la que estaba ella. Allí ensayaba diversas formas de aproximación: unas veces iba directamente adonde ella —o ellas, pues generalmente estaba acompañada por sus amigas— y otras, elegía un camino más indirecto, abordándola cuando la veía bañándose en el mar o cuando se acercaba al chiringuito a tomar un helado o un refresco. Como creía que la relajación del verano, las vacaciones, el sofoco del calor, la ligereza de la ropa, la playa y tal, se correspondían también con un ánimo más ligero y desenfadado, de vez en cuando le gastaba alguna broma para romper el hielo y facilitar una comunicación más distendida. Desde luego tenía recursos y se le ocurrían cosas tan simpáticas como echarle un puñado de arena en el helado, acercársele buceando y meterle un cangrejo por el bikini —parte superior o inferior, según—, o arrojarle una cerveza helada por la espalda cuando estaba tomando el sol. Pero a ella sus bromas, más que risa, le daban grima. “Será que tiene un sentido del humor diferente al mío. Bueno ya conseguiré hacerla sonreír”, pensaba al observar el gesto de cobra asesina con que ella respondía a sus gracias.
Pero el verano llegaba a su fin y la perspectiva de conquistarla no sólo parecía bastante remota, sino que, al igual que el tiempo, iba empeorando. Entonces recurrió a algo que no podía fallar, a lo único que no podía fallar, a lo infalible. Nunca había tenido una fe muy profunda y su devoción era de un tipo que se podía llamar intermitente —o de emergencia—, pero algo que tenía claro era que Dios atiende siempre las plegarias y que para Él no hay nada imposible. Estaba claro que si depositaba su confianza en el Todopoderoso, Él le concedería lo que necesitaba. “Si hasta lo dice la Biblia: ‘Pedid y se os dará’ y también dice: ‘No es bueno que el hombre esté solo”, pensaba para infundirse esperanza. Y él necesitaba remedio para su creciente soledad; sus amigos tenían novia o se habían marchado de la ciudad. Es decir, que se encontraba en una crisis y si se acercaba al Señor con confianza y oraba con fe, Él no se negaría a concederle la realización de sus deseos, que eran tan nobles, dicho sea de paso. Comenzó a frecuentar la iglesia, a asistir a misa los domingos, a leer la Biblia por las noches y rezar un padrenuestro antes de dormirse, como cuando era niño.
Este reencuentro con la fe añadía a su noble tarea de rescatar a Eva de su irremediable soltería la más alta misión de contagiarle su piedad y acercarla al buen camino que él mismo, definitivamente, había emprendido.
Pero el tiempo pasaba y sus contactos con ella se iban espaciando cada vez más. El nuevo curso estaba en marcha y, al parecer, Eva y sus amigas se lo habían tomado en serio ese año, pues apenas las veía en los sitios habituales. “Este curso sale menos porque se está haciendo más responsable y estudiosa. Está madurando”, pensaba Paco. Esto, que, por un lado, le parecía un buen síntoma para sus serias intenciones, por otro, le suponía una contrariedad, pues las oportunidades para verla disminuían aun más. Por tanto, tendría que aprovecharlas al máximo, o provocarlas él. Precisamente en otoño se presentaba una buena ocasión: su cumpleaños era en octubre.
Organizó una fiesta en su casa. Fue avisando a sus amigos y conocidos de que pensaba celebrar por todo lo alto el acontecimiento. Los invitó a todos. Puso especial empeño en no olvidar a nadie que tuviese alguna relación con Eva para evitar que ese día quedase con alguien en otra parte y asegurarse su presencia en la fiesta. Y, naturalmente, en la primera oportunidad que tuvo, invitó a Eva también. No podía fallar: él sería el gran protagonista del día, pondría música y bebida sin límite para provocar la desinhibición de todo el mundo —incluidos, o en especial, Eva y él— y, además, estaría en su terreno, en su propia casa.
Llegó el día, llegaron algunos invitados y se dio comienzo a la fiesta con música, algo de comer y mucho de beber. Siguieron llegando invitados y siguió la fiesta, cada vez más animada. También Paco se iba animando a medida que el cubalibre le llegaba al cerebro. Pero la que seguía sin llegar era Eva. Lo que provocaba en el estómago de Paco un hormigueo que sólo se calmaba con más cubas que hacían su lengua cada vez más libre. Una pena que no estuviese allí Eva para escucharle hablar con tanta soltura y tanta gracia. Estaba simpático cuando se emborrachaba. Y aquel día terminó muy borracho. Bueno, al final ya no estaba tan simpático, estaba más bien... catatónico.
Cuando despertó del coma etílico pensó que había realizado un viaje al pasado y que se encontraba en Stalingrado después de la batalla; había una espesa niebla envolviéndolo todo, un olor nauseabundo en el aire y él había sido alcanzado por una explosión que le había dejado el cráneo lleno de metralla. Fue haciendo memoria y recordando algunas cosas —pocas—. Cambió de idea: el viaje había sido hacia el futuro, pues, de pronto, se sintió muy mayor. Acababa de cumplir años, pero ¿cuántos? No podía precisarlo: ¿veinticuatro, veintitrés, veinticinco? ¡Maldita metralla! Bueno, qué más daba, de cualquier forma no era más que un anciano abandonado al que nadie quería. Esta sensación le duró bastante tiempo. Pensando en lo mayor que se estaba haciendo recordó que, aunque eran otros tiempos, cuando su padre tenía la edad que él tenía ahora ya estaba casado y esperaba su primer hijo. Y él ni siquiera tenía novia. La urgencia por tenerla se le hizo aún mayor. Sin embargo, lograr que Eva le hiciese caso se le figuraba bastante improbable, lo le provocaba un desasosiego enorme. Al fracaso estrepitoso de su jugada estratégica se le sumaba que, últimamente, su intuición para localizarla le estaba fallando bastante.
Una tarde, Manu y su novia (la que le había presentado a Eva) lo encontraron en un bar con tal cara de aburrimiento que le invitaron a jugar con ellos una partida de billar americano para entretenerse un rato. Mientras observaba distraídamente cómo Manu hacía una buena jugada usando las bandas, se le ocurrió la idea de emplear un método más indirecto para llegar hasta la Dulcinea de sus sueños. Intensificó su relación con Manu, que era muy deportista, llamándolo frecuentemente para jugar a pala, al fútbol, hacer jogging y otras actividades que poco antes ni sabía que existían. Por otro lado, estrechó la relación con su novia, María, prestándole discos, porque sabía que le gustaba la música, y libros que él no leía pero compraba porque sabía que ella sí lo haría. Además, convidaba a ambos cada vez que los encontraba en un bar y, de vez en cuando, les invitaba a una buena cena con un buen vino. Nada le parecía suficiente para agasajar a la pareja. Todo ello con el ánimo de que utilizasen sus buenas relaciones con Eva, influyesen en la opinión que ésta tenía de él y estrechasen un poco sus relaciones. Desde luego que, al menos al principio, tanto Manu como María tenían a Paco en muy buen concepto y les parecía un tipo muy recomendable para su amiga Eva. Y así se lo debieron de decir a ella, ya que apareció en varias ocasiones con los novios, que ya habían quedado previamente con Paco, lo que le hizo pensar que estaba acertando plenamente con la estrategia. Estrechó tanto su amistad con la pareja, los agasajó tanto, y abrumó con regalos a María de tal manera que despertó la desconfianza de Manu, que llegó a pensar que su amigo estaba más interesado en su novia que en Eva.
Fue entonces cuando surgieron los primeros síntomas de fanatismo en Paco. No porque su beatería interesada derivara hacia el integrismo iluminado, sino porque cuando su pareja de amigos empezaron a esquivarlo, apareció en él la manifestación inequívoca de lo que —según Santayana— es un fanático: redobló los esfuerzos cuando ya había olvidado los objetivos. Trataba a toda costa de relacionarse con Manu y María, olvidándose de la razón que le había llevado a cultivar con tanto ahínco su amistad, como si Eva fuera el medio y su pareja de amigos el fin.
En fin, el año se agotaba y, junto con él, las ocasiones de camelar a Eva. Pero Paco no desistía. Estaba convencido de que él era lo mejor que le podía pasar a aquella chica y de que sólo necesitaba una oportunidad para demostrárselo. Además, Dios estaba de su lado. Lo sabía. Nadie podía negárselo. Claro que, como se relacionaba con tan pocas personas y aun a esas les contaba tan poco de sí mismo, nadie podía contradecirle. De todas formas, cuando su mejor amigo vino de Madrid a pasar las Navidades con su familia, le notó algo raro. A Gonzalo, que sí tenía una religiosidad sólida, le extrañó esa devoción repentina que encontró en su amigo. También se sorprendió de otras actitudes que encontró en él. Atando cabos, llegó a la conclusión de que Paco estaba enamorado. Y como al preguntárselo eludió darle una respuesta clara contestándole con evasivas, acabó por confirmárselo. Conocía a su amigo y no insistió en conocer más detalles como, por ejemplo, quién era ella. Ya se enteraría.
No tardó mucho, por cierto.
Paco y sus amigos tenían por costumbre visitarse en sus respectivas casas para tomar una copa inmediatamente después de las campanadas de fin de año. Aquella Nochevieja, tras pasar por media docena de casas —traducido a copas hacían una docena entera, a la que había que añadir lo que habían tomado durante la cena—, la cuadrilla de amigos salió a la calle para seguir celebrando la llegada del nuevo año. Se dirigieron alegres hacia uno de los bares que solían frecuentar, donde algunos habían quedado con sus novias, amigas y otros conocidos. Como era de esperar, entre ellos también estaba Eva. Todo el mundo estaba contento y felicitaba el año nuevo a quienes iban llegando; el champán corría a raudales y reinaba el espíritu festivo de una noche de fin de año. Después de dar cuenta de unas cuantas botellas de champán, todos estaban algo achispados. Paco, que desde que llegó había estado todo el rato observando de hurtadillas a Eva, se armó de valor para acercársele, bromear y decirle más de dos frases seguidas, cosa que nunca antes había logrado llevar a cabo (el champán hace milagros). Como era tan inusual oírle pronunciar un discurso tan largo y, más aún, bromear, pronto reunió a su alrededor a unas cuantas chicas que reían con ganas sus ocurrencias. Ya se ha dicho que estaba muy simpático cuando bebía, al menos al principio. El éxito animaba a Paco a seguir haciéndose el gracioso. La audiencia que había congregado a su alrededor le escuchaba divertida; pero Eva torcía el gesto y miraba para otro lado. En uno de esos intentos de evasión, su mirada descubrió entre la multitud a un compañero de clase. Abriéndose hueco entre la bulliciosa clientela del bar, se le acercó sonriente.
Charlaban animadamente cuando Paco, que seguía embalado, les interrumpió con un chiste:
“—Oye ¿tú tienes cuernos?
—Yo qué sé; tengo tantas cosas en la cabeza.”
El compañero de Eva soltó una carcajada, pero ella puso la cara de cuerno que reservaba para las gracias de Paco. Quizá éste estaba en lo cierto y ella tenía un sentido del humor incompatible con el suyo, pues, aquella noche a todo el mundo le parecía muy ocurrente y gracioso. Menos a ella.
Paco siguió contando chistes y haciendo reír al muchacho y a quince o veinte personas a la redonda. Eva se mantenía imperturbable. Cuando su compañero se dio cuenta de ello, le surgió la duda: no sabía si reírse o imitarla y ponerse serio. Durante unos instantes su cara tuvo una expresión estúpida, una mueca entre la sonrisa y el asco. Entonces Eva le agarró por un brazo y lo arrastró a la calle.
Pero no se libró de su admirador. Paco les siguió. Llevaba una botella de champán en la mano derecha y les invitaba a beber al tiempo que les cantaba:
— Con un sorbito de champán / brindando por el nuevo amor...
— ¿Por qué no nos dejas en paz, pesado? — le interrumpió Eva, tras detenerse y encarársele con gesto enfadado.
— ¡Ah! Por fin. Ya sabía que acabarías por rendirte a mis encantos; aunque creo que no has acertado con las palabras apropiadas, pero bueno... “Esto puede ser el principio de una gran amistad” —dijo Paco ahuecando la voz y poniendo cara de Humphrey Bogart.
— Estás como una cabra, tío. Desaparece de una vez y déjame en paz.
— Bien. Podéis ir en paz —respondió Paco haciendo con su mano izquierda la señal de la cruz en el aire
Eva y su amigo, que seguía sin saber si debía reírse o no, dieron media vuelta y entraron en un bar. Paco también.
— ¿Pero no te he dicho que te vayas? —Le espetó Eva
— Oye, no te vuelvas paranoica, ¡eh! Yo he entrado en este bar a tomar una copa para celebrar el año nuevo. Si tu amiguito y tú habéis elegido el mismo bar, es vuestro problema —respondió Paco.
— Bueno, creo que te estás pasando —intervino el compañero de Eva, que, definitivamente y por razones obvias, había decidido ponerse de parte de la seriedad de Eva y aguantarse las ganas de reír—. ¿No ves que ella no quiere saber nada de ti?
— Y tú, ¿qué sabes? Lo que quieres es tirártela. Como es Nochevieja y tal, ¿no? Estará contentilla, habrá bebido un poco... ¿A que estás pensando eso?
— ¿De qué vas, tío?
— Si ya sé que no te importa nada.
— ¿Y a ti?
— No le hagas ni caso — dijo Eva —. Vámonos de aquí, que este tío me está amargando la noche.
Salieron del bar, y Paco tras ellos. Eva se paró en medio de la calle, dio media vuelta, se encaró con él y le dijo que se fuera a la mierda. Le dio un empujón y siguió andando de prisa con su perplejo amigo siguiéndole los pasos. Y Paco. La pareja se paró de nuevo, Eva volvió a mandar a Paco a la mierda y le dio otro empujón más fuerte que le hizo caer de culo, aunque mantuvo la botella de champán ilesa en su mano. Se levantó intentando dar la impresión de que no había pasado nada, invitando a la pareja a beber de su botella. Rechazaron su invitación, Eva con gesto ofendido y su amigo como disculpándose por ello. Luego, éste le dijo a Paco que estaba claro que Eva no quería saber nada de él, que la veía muy enfadada y que lo mejor sería que se olvidase de ella y se fuera a casa, que ya había bebido bastante aquella noche, que se estaba poniendo muy pesado y podía acabar metiéndose en un lío. Paco le respondió parafraseando el Evangelio, que perdonaba a Eva porque no sabía lo que hacía y que, costase lo que costase, él debía cumplir su misión salvadora con ella incluso a su pesar. Según iba hablando Paco, su interlocutor iba acentuando el gesto de asombro e incredulidad. Después, le respondió que ya había demostrado a todo el mundo lo enamorado que estaba de Eva, lo cual era muy loable, pero que visto que ella no quería saber nada de él, si es que tanto la quería, debería respetar sus deseos y olvidarse de ella. Además, le confesó que, personalmente, él le caía bastante bien, le parecía un tipo simpático e idealista, aunque, con perdón, algo chiflado. Le puso una mano en el hombro y le dijo que se fuera tranquilamente a casa. Paco le miró fijamente a los ojos y le dijo con voz firme que le quitase la mano del hombro. El muchacho apoyó su otra mano en el otro hombro de Paco y siguió intentando persuadirle de que se marchase. Paco insistió en que no le tocase. No le hizo caso. Lo repitió de nuevo. Nada. Entonces apartó bruscamente los brazos golpeándolos con los suyos. El amigo de Eva se enfadó, le empujó, Paco respondió a su empellón con otro más fuerte, dejó caer al suelo la botella de champán y se enzarzaron en una pelea con puñetazos, patadas, golpes bajos y gritos, sobre todo de Paco, que acusaba entre chillidos a su contrincante de fornicador, indecente y engañador y se autoproclamaba defensor del honor y el buen nombre de Eva. Ésta observaba atónita la violenta lucha y cómo, tras rodar por el suelo enzarzados, unos jóvenes intervinieron para separarlos. Consiguieron desenmarañar el amasijo de extremidades moviéndose como hélices contra toda carne humana. Sujetaron a los combatientes manteniéndolos a distancia resoplando, congestionados y con gesto fiero. Entonces Paco logró desasirse de sus captores, se abalanzó sobre su enemigo, pero tropezó con una botella que había en el suelo y fue a caer al pavimento tras un coche que estaba maniobrando para aparcar, se oyó un crujido bajo las ruedas y un grito de dolor. El conductor salió rápidamente del vehículo, se acercó a su parte trasera y se echó las manos a la cabeza con gesto desesperado. Un grupo cada vez más numeroso de personas se fue arremolinando alrededor del coche. Alguien gritó que llamasen a una ambulancia.
De todo ello hace ya muchos años, pero el infausto accidente dejó en Paco secuelas para toda su vida. La ambulancia lo llevó al hospital donde pasó tres meses inmóvil en una cama, asaetado por un enrejado metálico que los médicos le insertaron para componer sus múltiples fracturas óseas. Poco a poco se fue recuperando de sus heridas, aunque desde entonces arrastra una visible cojera.
Pasados unos años, conoció a otra chica, se casó con ella y tienen dos hijas.
En cierta ocasión, aprovechando uno de esos momentos de intimidad propicios a la confidencia que toda pareja goza —cuando sus hijos y sus obligaciones les dejan—, Ana, la mujer de Paco, le confesó que lo que más le atrajo de él cuando lo conoció fue precisamente su defecto más evidente: su cojera; y esbozando una sonrisa pícara añadió que su forma de andar, con ese contoneo renqueante le ponía cachonda.
FRANCISCO RECALDE LÓPEZ
Formación del espíritu nacional
Jamás, sobre esta tierra de cristianos
volveré a hablar en vuestro ingrato euskera.
JON JUARISTI
No quería volver a la escuela para ser el objeto de todas las miradas, el bicho raro que ya no tenía padre. Quería quedarme en casa, encerrada en mi habitación leyendo el libro que él me había regalado por mi cumpleaños. Y cuando lo terminase empezaría otro de los de la biblioteca de la sala; no me importaba que fueran para mayores. O, si no, iría a la biblioteca municipal a pedir libros en préstamo; ¿no decía la andereño que era tan importante leer?, pues ya sabía yo dónde encontrar lectura. Lo que fuere, menos volver a clase. Aunque, de todas maneras, en casa tampoco estaba muy a gusto. Echaba de menos a mi padre; su ausencia era como un agujero negro: invisible, pero lo absorbía todo hacia sí. Y mi madre estaba como ida. Contestaba cuando le preguntaba algo y hacía las tareas de la casa, pero automáticamente, con la mente en otro sitio. No me parecía triste —no lloró ni en el funeral—, me parecía tensa y ausente. Así que después de una semana no sabía si era peor soportar el enorme peso del dolor que había en casa o soportar las burlas de mis compañeros del colegio. Al final, me convencí de que esto último era irremediable, desistí de mi empeño antiescolar y regresé a clase.
Temía tanto que se metieran conmigo que al principio me pareció un alivio que nadie me dijera nada en el patio, antes de entrar. Una vez en el aula, las clases se fueron desarrollando con aparente normalidad y fui perdiendo el miedo. Sin embargo, había algo que no me encajaba del todo, me extrañaba el silencio que reinaba en la clase, sobre todo a mi alrededor. No es que fuese ruidosa habitualmente, pero había algo distinto y se me hacía muy raro aquel vacío en mi entorno, como si tratasen de no molestarme, de evitarme, más bien. Todos, compañeros y profesores. Aun así, yo estaba a disgusto. Me alegraba de que no se metieran conmigo, pero tampoco quería que mis compañeras me rehuyeran. Y lo hacían. Fui plenamente consciente de ello durante el recreo, al intentar acercarme a mis amigas de siempre. No quisieron jugar conmigo. Esto me dolió más que si me hubiesen insultado. Y en el aula tenía la sensación de haberme vuelto invisible, nadie me dirigía la palabra, ni siquiera la andereño. Esto sí me extrañó bastante; entendía que los niños no supiesen qué decirme o que se sintieran incómodos, pero, aunque yo era una cría, sabía que la profesora debía consolar a una niña que acababa de perder a su padre. Pues no; ni una palabra, ni un gesto. Nada. La única persona del centro que tuvo un detalle fue Leire; no era una de mis mejores amigas, no lo había sido hasta entonces, pero al salir de clase se acercó a mí y me preguntó:
— ¿Estás triste por lo de tu padre?
Se me puso un nudo en la garganta y me entraron ganas de llorar, conque sólo pude responderle asintiendo con la cabeza. Anduvimos juntas sin decirnos nada hasta que llegamos a su portal. Nos quedamos paradas un instante y entonces se ofreció para explicarme lo que habían dado en clase durante el tiempo que yo había faltado, además de decirme que, si quería, después de merendar podríamos quedar para hacer los deberes juntas. Le respondí que vale, que me parecía bien y que le di las gracias. Nos despedimos y reanudé mi camino. A duras penas había logrado contener el llanto delante de Leire, pero al quedarme sola unos lagrimones enormes me cayeron por la cara abrasándomela como dos gotas de lava. Fui llorando todo el tiempo hasta llegar a casa. A ratos me acordaba de mi padre y a ratos me venía a la memoria el día pasado en la escuela e inmediatamente sentía un dolor en el pecho, notaba el estómago duro y me entraba una tristeza tan grande que me ahogaba. Entonces sollozaba derramando a borbotones unas lágrimas que me dejaban un escozor áspero en la piel y un sabor a sal en los labios.
La vuelta del colegio a casa ya no me hacía ilusión; ahora todo era distinto. Durante un par de días habíamos tenido bastante ajetreo: visitas de amigos y compañeros de mi padre, familiares de mi madre, algunas personas que yo no conocía y la abuela de Zamora, que fue un gran consuelo mientras estuvo con nosotras, pero como tenía mucho quehacer en el pueblo sólo se quedó tres días. Cuando se marchó, mi madre y yo nos quedamos solas. Y ya nada era como antes. Los vecinos con quienes habíamos tenido más trato procuraban esquivarnos, otros dejaron de saludarnos e incluso algunas amigas de mi madre dejaron de hablarle. Éramos apestados y no querían contaminarse. Incluso varios familiares de mi madre que, evidentemente, conocían a mi padre desde hacía años, sabían cuál era su profesión y habían mantenido con nosotros una relación un poco fría y distante, aunque siempre dentro de una cortesía mínima, no sólo dejaron de tratarnos sino que —me consta— llegaron a pronunciar en varias ocasiones la frase que se hizo tan famosa en los años de plomo: “Algo habrá hecho”.
En la escuela, lo peor era sentir el rechazo de mis antiguas amigas, tan súbito, tan incomprensible para mí. Por eso siempre agradeceré a Leire su amistad de entonces y que, pese a la distancia, aún hoy conservo y valoro. Me dolía, naturalmente, el alejamiento de mis compañeras. Y el de los profesores. Nunca hasta entonces había pensado que me tenían antipatía ni me había sentido menospreciada; claro que yo tampoco les daba motivos, ya que era una buena estudiante nada conflictiva. Pero no hacía falta ser muy suspicaz para darse cuenta de la frialdad con que empezaron a tratarme las andereños y los maestros del colegio a partir de la muerte de mi padre. Con el paso del tiempo, el desprecio fue mitigándose y, sin llegar a recuperar la intensidad de antes, fui restableciendo la relación con mis compañeras, no con todas y siempre dentro de unos límites que ellas se encargaban de recordarme de vez en cuando: no me dejaban participar en algunos juegos, no me llamaban al timbre como solían hacer para que saliese con ellas a la calle y ya no me invitaban a sus cumpleaños. Consentían mi compañía en el patio del colegio y, por conveniencia o porque la maestra nos juntaba en grupos, hacían algunas tareas de clase conmigo. Seguía sintiéndome una apestada aunque sin llegar al extremo de los primeros días.
La verdad es que no recuerdo haber sido insultada directamente, aunque sí aludida cuando en una conversación o una lectura aparecía la palabra txakurra y algunos chicos se ponían a corear los eslóganes tantas veces voceados en las manifestaciones: “Txakurrak, kanpora!”, “Gora ETA militarra!” acompañados de risitas por lo bajini y miradas fugaces hacia mí. También recuerdo los comentarios despectivos, los gestos de repugnancia, las inevitables risitas tontas y las miradas fugaces hacia mí que seguían a la palabra tabú España, pronunciada únicamente en conversaciones sobre deportes, ya que jamás la vi escrita en los libros de texto de la escuela, siempre sustituidas por eufemismos: Estado, Estado español o Península ibérica. Alguna vez también pillé a algún grupo cuchicheando y al verme callaban de repente. Supongo que aún me tenían cierta consideración puesto que yo siempre había sido aceptada por mis compañeros, era una niña de buen carácter que procuraba llevarme bien con todo el mundo y, más allá de las habituales diferencias entre niños, nunca había tenido ningún conflicto con nadie. Además, ahora era la mejor amiga de Leire, la persona más respetada de clase, cuyo carácter y fuerte personalidad le procuraba una gran ascendencia sobre todos y que era capaz de poner en su sitio tanto a las chicas como a los chicos y hasta se atrevía a corregir a la andereño cuando se equivocaba.
Lo que no acababa de entender era la actitud de los profesores, tan fría a partir de la muerte de mi padre. No creo que antes ignorasen que era policía, pues a pesar de las precauciones que mi familia se tomaba — me habían instruido para que al ser preguntada por su profesión dijese que era funcionario y siempre era mi madre la que acudía a las reuniones de padres o entrevistas con los profesores, ya que mi padre, que jamás apareció por el barrio de uniforme, no se dejaba ver mucho—, de esas cosas acaban enterándose todos y, especialmente, quienes menos interesa que se enteren. Por eso, lo que ocurrió al final de curso añadió aún más confusión a la que ya tenía.
Debió de ser un día de mayo o junio, ya que hacía bastante calor. Entramos en clase por la mañana y mientras los alumnos dejábamos la ropa en los colgadores, sacábamos lo bártulos de las carteras y nos instalábamos en el pupitre, la andereño, contrariamente a su costumbre, se mantuvo en pie delante de su mesa. Estaba seria, pensativa, como cuando iba a echarnos una bronca. Así que, al darnos cuenta, redujimos al mínimo el inevitable ruido del trasiego de mesas y sillas y nos callamos. Cuando todos nos quedamos quietos, en silencio, mirando expectantes a la maestra, ella dio unos pasos hacia el encerado y se situó de espaldas a él, mirando a la clase, como cuando nos quería comunicar algo importante: un examen, una excursión o, por su expresión parecía el caso, como cuando nos reñía por haber hecho alguna barrabasada. No, no era el caso, sin embargo. Se trataba de algo aún más serio. En un tono muy circunspecto nos dijo que seguramente ya nos habríamos dado cuenta de que Amagoia no había acudido a clase esa mañana —dirigí rápidamente la mirada hacia su sitio para comprobar que, efectivamente, no estaba allí— y que tenía un buen motivo para no asistir, ya que había perdido a su madre. Sí, su madre había muerto el día anterior, por eso faltaba y, con toda seguridad, faltaría durante unos días más. La profesora calló un instante y siguió hablándonos de la difícil situación por la que estaba atravesando Amagoioa, que estaría muy triste, ya que perder a su madre era una de las mayores desgracias que le podían ocurrir a una niña, que debíamos tratarla con mucho cariño y comprensión pues ya podíamos imaginarnos cómo se sentiría en esos momentos tan duros. También nos dijo que esa misma tarde, en la iglesia de San Ignacio, se celebraría el funeral al que deberíamos acudir para acompañar y dar ánimos a nuestra amiga. Nos contó que, naturalmente, también asistiría ella junto con algunos otros profesores del centro y que el director había encargado una bonita corona de flores para enviarla en nombre de la escuela. Después añadió que precisamente la ocasión era propicia para poner en práctica lo que habíamos estado estudiando esos días sobre la carta y que dedicaríamos la mañana a escribir una para Amagoia en la que deberíamos expresarle nuestros sentimientos de cercanía y amistad en estos momentos tan difíciles para ella, sin olvidarnos, claro está, de respetar la estructura y las partes de la misiva: lugar, fecha, saludo, mensaje, despedida, etcétera, etcétera.
Un torbellino de ideas se me agolpaban en la mente: el recuerdo de mi padre jugando conmigo, lanzándome al aire y recogiéndome en sus manos cuando era pequeña, la noticia de su muerte, la tristeza y el desorden de aquellos días; pero también la emoción con la que la andereño se había referido a Amagoia y su madre en contraste con la escandalosa omisión al incidente de mi padre, y me entraron ganas de llorar. Estuve un rato sin poder hacer nada, me faltaba el aire y no podía concentrarme. Entonces, la profesora se dirigió a mí, supongo que para llamarme la atención porque el resto de la clase llevaba un rato escribiendo y yo aún no había empezado. Me repuse y comencé a escribir. No recuerdo qué escribí, pero sí que cuando Amagoia volvió a clase y la andereño le preguntó en tono zalamero qué le habían parecido nuestras cartas, ella respondió que le habían gustado mucho todas, pero que la que más le había gustado había sido la mía. Claro, pensé, yo he pasado antes por esto, aunque a mí nadie me escribió cartas para consolarme ni me hicieron este recibimiento ni mis amigas fueron al funeral ni…
***
Habían pasado cuatro años y yo estaba en octavo de EGB. Pese a que siempre había sido una estudiante responsable, mis notas eran buenas y los profesores jamás habían dado una queja de mí, mi madre insistió desde el principio de curso en que debía esforzarme y trabajar más ese año porque era el último que estaría en la escuela, ya que al siguiente pasaría al instituto y las cosas eran distintas allí, por lo que era muy importante ir con una buena base y llevar adquiridos unos buenos hábitos de estudio para no tener problemas de adaptación a la nueva situación. Yo asentía a todo lo que me decía mi madre y seguía haciendo más o menos lo mismo que antes, con los mismos resultados. Es decir, seguía siendo una buena alumna.
Una tarde, a comienzos del curso, después de hacer los deberes en la sala, como tenía por costumbre, encendí la televisión. No echaban nada que me gustase, así que me puse a leer un tebeo manteniendo el aparato encendido como música de fondo. Mientras, mi madre preparaba la cena en la cocina. Yo leía distraídamente y de vez en cuando echaba un vistazo a la tele, aunque cuando empezaron las noticias dejé de prestarle atención. De pronto, el nombre de mi padre sonó en la voz del presentador. Me dio un vuelco el corazón. Levanté la vista del tebeo para ver la fotografía de un individuo ocupando toda la pantalla con su cara alargada y sus ojos pequeños y separados que, según lo último que alcancé a oír, había sido puesto a disposición judicial. Inmediatamente, el hueco de la puerta de la sala se ocupó con la figura de mi madre que, con el delantal puesto y una espumadera en la mano, miraba la televisión con los ojos abiertos de par en par. Ninguna de las dos habíamos estado prestando atención a la televisión, así que no habíamos escuchado la noticia entera. No nos hacía falta. Habíamos oído lo suficiente como para entender de qué se trataba: aquel individuo de rostro ovejuno era el asesino de mi padre. Lo habían detenido.
Vi su cara sólo durante unos instantes, pero se me quedó grabada en la memoria para siempre.
Miré a mi madre, que seguía en la misma posición, pasmada. El corazón me golpeaba tan rápido y tan fuerte en el pecho que pensé que me saldría por la boca dando botes. Al acercarme a ella me di cuenta del brillo líquido que había en sus ojos enrojecidos. Nos fundimos en un abrazo y estuvimos llorando abrazadas hasta que el olor a quemado que salía de la cocina nos devolvió a la cotidianidad. Esta ha sido la única vez que he visto llorar a mi madre.
***
Un día, al final del segundo trimestre de aquel curso, la tutora nos anunció el inicio de la Korrika para un par de semanas más tarde. Nos dijo que, al igual que otras veces, el colegio tomaría parte en ella y que ya nos informaría con más detalle posteriormente, después de concretar con la organización algunos aspectos que aún quedaban pendientes. Nosotros pensamos que, como en años anteriores, participaríamos en la Korrika txikia organizada por el Ayuntamiento para los centros escolares. Sin embargo, ese año fue diferente. Así nos lo comunicó a la semana siguiente la tutora. Nos dijo que como ese año la Korrika principal pasaba por nuestra ciudad en horario escolar, los organizadores habían propuesto que los niños y niñas participaran en ella en lugar de en la carrera menor, que se suprimiría ese año. Además, el centro había decidido comprar un kilómetro del trayecto, durante el cual el director portaría el testigo.
Saber que participaríamos en la carrera principal provocó bastante entusiasmo entre algunos de mis compañeros. Pero no en mí, que, aunque de cría me había gustado ir a la Korrika txikia —más que nada por pasar una mañana fuera del aula—, ahora no le veía la gracia —ni la lógica— a la idea de ponerme a correr por el euskera; prefería quedarme en clase, la verdad.
Así que aquel día, contrariamente a la mayoría de mis compañeros, acudí a la escuela sin mucho ánimo. Desde primera hora comenzamos los preparativos para la Korrika: terminamos de pintar los dorsales, nos los colocamos sobre la ropa, cantamos la canción oficial de la carrera de aquel año, salimos junto con el resto de las clases del colegio y nos dirigimos al punto donde esperaríamos el paso de los corredores, dos calles más abajo. Ya nos habían explicado que sólo los mayores tomaríamos parte en la carrera y que los pequeños únicamente acudían como espectadores animadores. Éstos iban al principio de la expedición, por lo que tardamos un rato en recorrer la corta distancia que había hasta allí. Debíamos mantener el orden de menor a mayor para que al unirnos los mayores a la marcha los peques nos vieran pasar y nos animasen. Así nos fuimos colocando en la acera según llegábamos. Y esperamos.
Al rato oímos la inconfundible charanga de la Korrika y poco después vimos aparecer por la esquina izquierda de la calle el vehículo que difundía la música a través de dos altavoces de los que también salía una voz que animaba a los participantes. Coreaba la canción y gritaba “Korrika, Korrika” sin cesar. Unos metros detrás venían los corredores y sobre sus cabezas, oscilando arriba y abajo, se veían unas pancartas sujetas con un palo largo que algunos participantes sostenían por el extremo inferior mientras corrían. Aquel tropel avanzaba hacia nosotros lenta y ruidosamente. Cuando estaba a unos metros, distinguí en la cabecera al director de la escuela portando el testigo. Entonces, la andereño nos dio la orden para unirnos a la marcha. Y en ese preciso momento lo vi. Me quedé paralizada. Estaba allí, en una de aquellas oscilantes pancartas. Me quedé mirándola fijamente durante un tiempo que a mí me pareció larguísimo. Era su cara y debajo estaba su nombre escrito. Era el asesino de mi padre.
Oía los gritos de la maestra como a distancia, no entendía lo que decía, no entendía nada. Sólo oía el griterío “Korrika, Korrika” como en un sueño, como en una pesadilla. Todos los que estaban a mi alrededor se echaron a correr junto a aquella caterva. Alguien me agarró de la mano y me arrastró hacia ellos. Corrí durante un rato como una autómata, sin apartar un instante la mirada de aquella pancarta, que ahora ya se movía delante de mí y sólo podía ver por detrás. Después de quedarme unos instantes con la mente en blanco, las ideas se me agolparon a gran velocidad en medio de aquel bullicio infernal: las pancartas con las fotos de los etarras y los mensajes exigiendo su libertad y su vuelta a casa —uno de ellos había asesinado a mi padre—, al frente del evento, el director de mi escuela llevando con gran solemnidad el testigo, el resto del colegio, profesores y alumnos, participando entusiasmado en aquel espectáculo; ¿qué tenía que ver todo eso con el euskera?, me preguntaba, y, sobretodo: ¿qué pintaba yo allí?
Me paré. Sentí un gran alivio al ver cómo se alejaba aquel tumulto. Un instante después, vi salir de él a Leire corriendo hacia mí. Al llegar a mi lado me dijo con el ceño fruncido:
—“ Zer gertatzen zaizu? Goazen, ba!”
— ¡Déjame en paz! —le respondí airadamente, me di la vuelta y me eché a andar sin saber muy bien adónde ir. No obstante, sí sabía que quería alejarme de aquel circo denigrante. Estuve deambulando por la calle hasta que me vi a la puerta del colegio. Supongo que el hábito de encontrarme a aquella hora en el centro me empujó hacia allí. Me di cuenta de que en ese momento no había clase, pues todos estaban en la Korrika, así que me fui a casa.
Al verme llegar a casa a aquella hora, mi madre se asustó. Le expliqué lo que había pasado y ella, sin mucho convencimiento, me regañó por haberme escapado de la tutela de la profesora de aquella manera, sin comunicárselo ni nada. Acto seguido, telefoneó al colegio para contarles que me había sentido indispuesta de repente, que me iba a llevar al médico y que no regresaría a clase aquel día. Entonces yo le espeté que ni aquél ni ningún otro, que no quería volver a aquella escuela que apoyaba al asesino de mi padre, pedía su libertad y me obligaba a hablar euskera, una lengua que yo odiaba. Mi madre se extrañó sobremanera de esta última revelación mía, ya que nunca antes había manifestado el más mínimo rechazo por el vascuence. Me explicó que la decisión de matricularme en el modelo de enseñanza en euskera había sido, sobre todo, suya, ya que ella, a pesar de ser de Bilbao de toda la vida y provenir de una familia cuya raigambre vasca se remontaba a la noche de los tiempos, no hablaba euskera debido a las circunstancias políticas y sociales que le habían tocado vivir y, aunque había oído a su madre y sus tías hablarlo con sus abuelos, siempre habían procurado que ella hablase castellano. Por eso, al llegar la transición, pensó que su hija debería saber la lengua de sus antepasados; además, al cambiar las tornas, le (me) iba a ser muy útil para lograr un buen puesto de trabajo. Añadió que mi padre nunca había puesto ninguna pega y, pese a no ser vasco, siempre se había mostrado de acuerdo en que yo estudiase en euskera; así que lo que debía hacer era dejarme de tonterías, volver a clase al día siguiente, estudiar y acabar bien el curso para ir bien preparada al instituto el próximo año.
Yo le respondí que ir, iría a la escuela pero que no hablaría euskara nunca más. Y lo he cumplido.
Nada más entrar en clase al día siguiente, la maestra me llevó aparte a una esquina del aula y me echó una bronca por lo que había hecho el día anterior. Soporté estoicamente la regañina sin responder ni una palabra. Cuando, finalmente, me preguntó si yo tenía algo que decir, negué con la cabeza. Ella insistió en que respondiera, así que lo hice. En castellano. Me ordenó, enfadada, que respondiese en euskera. Volví a responder en español. Se enfadó más. Enmudecí. Insistió en que respondiese. Lo hice, en castellano. Me amenazó con castigarme si seguía respondiendo en ese idioma. Me encogí de hombros. Me castigó sin recreo y me dijo que hablaría con mi madre sobre mi actitud desafiante e indisciplinada. Me envió a mi sitio, donde permanecí toda la mañana, recreo incluido, sin decir ni una palabra. Llegó la hora de comer, salieron todos de clase menos yo; la andereño me ordenó que me quedase a hablar con ella. Me preguntó si ya me había tranquilizado y si estaba dispuesta a recapacitar y cambiar de actitud. Negué con la cabeza. Me agarró de un brazo y me llevó a dirección.
Mientras avanzábamos por los pasillos de la escuela dudé, en un momento de flaqueza, de mi determinación para mantener mi actitud. Pero al entrar en la sala de dirección y ver al director, me vino a la memoria su imagen portando el testigo de la Korrika en medio de las fotografías de presos etarras y, como un fogonazo, la del asesino de mi padre y ya no me cupieron más dudas.
Supongo que la maestra le explicó al director la razón por la que me había llevado a su despacho, aunque no presté atención a lo que le contó; tenía mi mente muy ocupada pensando una buena respuesta. Así que tampoco sé muy bien cuál fue la pregunta que me hizo el director cuando la maestra acabó con su explicación. De todas formas, deduje que lo único que quería era escuchar mi opinión sobre lo que le había contado la profesora o, más bien, que corroborase su versión de los hechos. Conque lo que hice fue soltarle la contestación que me había estado preparando mientras ellos hablaban:
—Me niego a hablar la lengua que el asesino de mi padre y quienes les apoyan quieren imponerme. Me da igual lo que me hagáis. No volveré a hablar euskera.
Durante unos segundos quedaron estupefactos; creo que mis palabras les impresionaron bastante. Su gesto pasó de la sorpresa al de enfado. Cuando reaccionaron fue para gritarme:
—Euskeraz! Hitz egin euskeraz!
Les miré, desafiante, en silencio.
El director reiteró a gritos que hablase en vasco. La andereño, histérica, repetía que aquello era inaguantable e incomprensible. Los dos me aullaban atropelladamente que no tolerarían mi actitud impertinente. Señalándome con el dedo índice, me amenazaban con abrirme un expediente disciplinario, con expulsarme de la escuela y otras desgracias. Mi impasibilidad ante sus intimidaciones aumentaba su cabreo. Insistían en las temibles consecuencias que acarrearía mi comportamiento: en que echaría a perder mi, hasta ese momento, excelente historial como estudiante, en el disgusto que esto causaría a mi madre, y bla-bla-bla.
Cuando se hartaron de sermonearme, el director se acercó al teléfono con el ceño fruncido, llamó a mi madre y la convocaron a una reunión para el día siguiente.
No sé que pasaría en aquella reunión porque mi madre salió de ella muy intranquila. Así la encontré al regresar de clase: preocupada más que enojada. Con voz y gesto grave reiteró lo que me había estado diciendo todo el curso: que tenía que aprovechar el tiempo, estudiar y salir bien preparada de la escuela para no tener dificultades en el instituto. Además —esto no se lo había oído antes— añadió que nadie me iba a regalar nada y que lo que consiguiese en la vida tendría que ganármelo con mi propio esfuerzo. Después de aquella, tuvo que acudir a varias reuniones más con los profesores porque yo persistí en mi empeño de no hablar euskera, ni escribirlo. Esto exasperaba a los profesores, pues veían que todas las actividades y todos los exámenes en euskera eran respondidos por mí en castellano o en blanco, cuando tenían la certeza de que yo sabía las respuestas correctas en vasco. Así, el segundo trimestre, que estaba a punto de finalizar, yo iba a pasar del sobresaliente general a suspender todas las asignaturas menos dos: lengua castellana e inglés.
Efectivamente, así fue. Mi madre fue convocada a otra reunión más, a la que se negó a asistir, por lo que, aunque durante un tiempo pensé que había sido idea mía, creo que ella ya entonces había tomado la decisión de sacarme del colegio y matricularme en otro sitio. En una de nuestras frecuentes charlas de aquellos días, en las que solíamos discutir mucho, le propuse irnos a Zamora con la abuela y ella aceptó sin oponer resistencia.
Hablamos con la abuela y con un primo de mi padre que era profesor en Benavente y en las vacaciones de Semana Santa nos fuimos al pueblo, como otras veces; pero esta vez era para quedarnos.
Terminé la EGB en el pueblo de mi abuela —con sobresaliente— y al curso siguiente fui a estudiar a un instituto de la capital zamorana.
Al principio, mi madre realizaba frecuentes viajes al País Vasco; para arreglar papeles y documentos, para visitar a algunos familiares y amigos, pero sobre todo, porque tenía morriña de su tierra. A la vuelta de uno de aquellos viajes me contó emocionada cómo se habían conocido mi padre y ella, cómo aquel hombre de sonrisa amplia y buena planta la había seducido con su simpatía y su imponente aspecto físico. También me habló de la zozobra que le provocó el enterarse de que era policía, de las reticencias de su familia ante aquella relación, de sus propias dudas y de cómo él las había disipado con su carácter alegre y paciente.
—Fue el mejor marido que hubiera podido desear— concluyó.
—Y el mejor padre— dije yo.
Los viajes de mi ama (así la sigo llamando y es la única palabra vasca que aún pronuncio) se fueron espaciando y desde que, por razón de mi trabajo, vinimos a vivir a Madrid no ha vuelto por allí.
Por mi parte, yo no he vuelto a tener relación alguna con la tierra donde nací. Cuando alguna vez oigo por casualidad hablar vasco a alguien, un escalofrío me recorre la espalda; su sonido me trae a la memoria aquellos días aciagos y siento náuseas seguidas inmediatamente después por una dolorosa nostalgia de los días alegres de mi infancia. Entonces me invade una gran tristeza porque pienso que esa lengua que ya no puedo oír sin sentir un rechazo instintivo como una arcada es la lengua de mis abuelos, de mis antepasados, casi de la mitad de mí misma, una lengua que yo hablé, estudié y amé.
Lulú
No recuerdo cuando lo inauguraron y, aunque ahora está muy cambiado, hace tiempo que tengo la impresión de que lleva toda la vida ahí, en el centro del pueblo. Sin embargo sé que eso no es cierto, pues cuando yo era niño no estaba. Así que debió inaugurarse mientras yo pasaba por ese periodo de indefinición vital que va de la infancia a la adolescencia; cuando a uno dejan de interesarle los asuntos de la niñez pero aún no le preocupan mucho los del sexo. El caso es que, como quedaba en mi camino al colegio, tenía que pasar por delante del local al menos cuatro veces al día. Por supuesto que cuando yo pasaba por allí solía estar cerrado, pero alguna vez que me quedaba castigado y salía más tarde de clase, lo veía abierto. Al pasar por delante atisbaba nerviosamente por la puerta para tratar de ver lo que había oído que se hacía allí dentro, o, por lo menos, para ver a una de aquellas mujeres. Cruzaba la calle para pasar junto a la puerta con una mezcla de inquietud, irresistible atracción y repulsión. Es decir, aunque todavía no conocía la palabra, aquel sitio tenía mucho morbo.
Pero nunca conseguí ver nada. Nada en absoluto. Aunque me detuviese unos segundos —más no me atrevía— a menos de un metro de la puerta y mirase intensamente hacia el interior, nunca veía nada; dentro estaba oscuro como un pozo negro. Es verdad que siempre tuve la sospecha de que allí dentro no ocurría nada realmente pecaminoso, pero sentía curiosidad por comprobar si era cierto lo que todos mis amigos presumían de haber visto en aquel lugar. Además yo tenía fama de ser muy ingenuo y no iba a ser el único pardillo que ignorase lo que ocurría allí, quería comprobarlo. Sin embargo, el interior de aquel antro continuó siendo durante años un misterio impenetrable para mí.
Ya digo que me acostumbré a verlo en el centro del pueblo, entre la carnicería Maguregui y la pescadería Ignacio —como decía Jorge, los tres negocios se dedicaban a lo mismo: vender carne animal— y con el paso del tiempo los tres locales me fueron pareciendo igual de excitantes. Así que, poco a poco, perdí mi curiosidad por saber qué ocurría en el bar Lulú.
Pasaron unos años hasta que el local de marras volvió a interesarme. Ya no pasaba frente a él a diario, aunque sí bastante a menudo, y la verdad es que me resultaba casi invisible. Ya salía de noche los fines de semana y cada vez volvía más tarde, claro. Eran unas salidas bastante inocentes: intentaba ligar con la chavala que me tenía absorbido el seso y que no me hacía ni caso; en vista del éxito, acababa emborrachándome a cerveza, que era para lo que me daba el presupuesto. Y este solía ser el plan de casi todos mis amigos de entonces. Por eso, al escuchar por primera vez a Mikel contar que la noche anterior había estado con no sé quien en el bar Lulú, me sonó raro, aunque no le di mucha importancia. Pero cuando las visitas de Mikel al Lulú se convirtieron en un hábito y, sobre todo, al oír a Jon contar que le había acompañado en más de una ocasión, el único puticlub del pueblo volvió a ser objeto de mi curiosidad.
No consideraba a Mikel un putañero, aunque no me costaba imaginármelo frecuentando un puticlub siempre que estuviese bien abastecido de alcohol a un precio razonable, pero me costaba creer que Jon se fuera de putas; no era su estilo y, además, tenía novia. De cualquier forma, en nuestro pueblo, en aquellos años era difícil saber nada sobre la vida sexual de los compañeros de juerga; era un tema tabú —incluso más que la política— aun para los amigos más íntimos. Por eso, me extrañaba mucho que hablasen de ello tan abiertamente, sonriendo como hienas comentando el último atracón de carroña. No contaban gran cosa, desde luego, y era difícil deducir de sus palabras qué hacían en el Lulú hasta las tantas de la madrugada. Mikel era un tipo muy cerrado, que no callado, del que resultaba dificilísimo saber nada que él no quisiera que transcendiera a los demás. En cuanto a Jon, que era mucho más abierto, me parecía lógico que no soltase prenda porque tenía novia. De todos modos y por seguir la costumbre, ni yo ni nadie preguntábamos mucho; el asunto pertenecía a ese ámbito intocable de la intimidad. Así que lo que ocurría tras la puerta del bar Lulú continuaba para mí tan ignoto como los misterios de Eleusis. Y, poco a poco, el número de los iniciados aumentó.
No es que me importase mucho ser el inocentón que junto con Jorge —el único de la cuadrilla que todavía iba a misa los domingos— no había traspasado nunca la puerta del puticlub, sino que de una vez por todas quería comprobar qué había de cierto en los rumores que circulaban sobre el antro. No obstante, sin saber muy bien porqué, cada vez dudaba más del carácter disoluto del local. El caso es que la ocasión tardaba en presentarse y yo no estaba dispuesto a entrar en aquel sitio solo, así como así, sin coartada.
Una noche, después de una fiesta, cuando ya nos íbamos a casa algo cargaditos, Julen, que era bastante liante, propuso tomar el último trago en el Lulú. Por un momento pensé que por fin había llegado la ocasión, pero la idea no tuvo mucho éxito. Sólo yo me mostré interesado. Creo que Julen albergaba serias dudas sobre mi carácter licencioso, pues repitió su propuesta un par de veces más y al ver que únicamente contaba con mi apoyo reprochó a todo el mundo su falta de cojones, dijo que éramos todos unos maricones y que se iba a casa a hacerse una paja que parecería la erupción del Vesubio.
II
Poco tiempo después, nos juntamos unos cuantos un sábado por la noche y nos liamos a tomar cerveza hasta las tantas. Fuimos trasladándonos por el pueblo según nos iban cerrando los bares. Ya era bastante tarde. Salimos de una tasca, recorrimos unos metros, cruzamos de acera y al llegar a la altura del Lulú, Julen se detuvo un instante, nos miró fugazmente a todos, hizo un gesto con la cabeza y dijo:
—Venga, vamos a tomar la última aquí.
Inesperadamente me vi entrando en el Lulú tras los demás, apartando una cortina pesada, oscura y sucia, pues la noté algo pringosa al tocarla, de cuya existencia nunca antes me había percatado y que ahora me hacía comprender porqué estaba siempre tan oscuro aquel local. Una vez dentro miré con nerviosismo a Jorge, que se encogió de hombros en una actitud que me pareció entre resignada y expectante, como si quisiera decirme que no había otro remedio y que ya que estábamos dentro intentásemos no desentonar.
Era un local pequeño y austero, débilmente iluminado con dos luces rojas. Frente a la puerta de entrada estaba la barra en la que se acodaba un cliente encaramado a un taburete de escai con las costuras reventadas. Al entrar nosotros, las dos mujeres que charlaban con el cliente se levantaron del asiento que ocupaban tras el mostrador, dejaron lo que tenían entre manos en la repisa bajo la barra y se dispusieron a atendernos. Me extrañó que pareciesen azoradas ante nuestra presencia; esperaba que fuesen descaradas y desenvueltas y me parecieron más bien recatadas e indecisas. Una de ellas nos sirvió los botellines de cerveza que le pedimos y la otra volvió a sentarse, siguió conversando con el cliente y —esto sí que no me lo esperaba— reanudó la labor que había abandonado brevemente: la calceta. Sí, aquella mujer estaba tras la barra de un puticlub a las tantas de la madrugada haciendo punto al tiempo que charlaba distraídamente con un individuo feo como un demonio.
La que nos atendió hablaba de los habituales tópicos intranscendentes con algunos de mis amigos a quienes , evidentemente, conocía y trataba con familiaridad, pero cuando cruzaba su mirada con la de Jorge o la mía la notaba insegura. Al cabo de un rato ella también reanudó su labor de calceta mientras seguía hablando con nosotros.
Poco después entró otra cuadrilla. Nos hicimos a un lado para permitirles acercarse a la barra, mas cuando quise detenerme noté que me empujaban hacia la salida. Intenté decir algo: que no había terminado mi cerveza, que porqué me empujaban, algo así; pero me dijeron que me callase y saliera deprisa porque nos marchábamos sin pagar. Salimos atropelladamente a la calle con el botellín de cerveza mediado y entre de las risotadas de algunos de mis amigos. A otros la situación no nos hacía mucha gracia y lo dijimos:
— Esto no me gusta nada. Marcharnos así...
— ¡Bah!, si solo son unas guarras —me interrumpió Julen.
— Pues a mí me han parecido más bien unas señoritas aseadas, discretas y muy hacendosas —comentó Jorge con sorna.
— Tío, se te ve que es la primera vez que entras en un puticlub. Estás más verde que una lechuga, chaval —le dijo Julen, cuya capacidad para captar sutilezas era bastante escasa .
Entonces intervine yo:
— Pues a mí más que un puticlub me ha parecido un convento. Unas tías haciendo punto casi a oscuras y dando conversación a un individuo tan feo que ni una bruja birrocha y ciega querría ligar con él. Vamos, que más que a follar, parece que se dedican a labores de caridad y trabajos de artesanía, como las monjas: ora et labora.
— Oye, si quieres, puedes entrar otra vez y darles una limosna para el convento, ¿eh? Y, de paso, les pagas las cervezas si tantos remordimientos tienes —me espetó Julen.
Dio media vuelta y se encaminó hacia casa junto con el resto de la cuadrilla que vivía en la parte alta del pueblo. Iñaki, Jorge y yo, que vivíamos en la parte baja, nos marchamos en sentido contrario. Yo les fui comentando lo decepcionante que había sido mi primera visita a lo que suponía que era un antro de perdición. Jorge sugirió con su coña habitual que la próxima vez que quisiéramos pasar una noche de juerga desenfrenada fuésemos al convento de las clarisas que estaba al final del pueblo porque allí el ambiente era mucho más depravado que en el Lulú. Iñaki no decía nada, sólo se reía. Cuando llegamos a la altura del portal de mi casa, volví a expresar en voz alta lo que llevaba rumiando desde que salimos del Lulú tan atropelladamente: que no me iba nada tranquilo a la cama porque no me había gustado nada que nos marcháramos de aquel sitio sin pagar. Iñaki y Jorge me dijeron que no le diese más vueltas al asunto, que ni la idea de entrar ni la de marcharnos sin pagar había sido nuestra, así que no teníamos que sentirnos culpables de nada. Luego se despidieron de mí y siguieron su camino a casa.
III
Naturalmente, a nadie se le ocurrió entrar en el Lulú durante una temporada. Pero una noche que habíamos estado soplando bastante, bajábamos hacia nuestro barrio Iñaki, Jorge y yo rodeados de una densa aura etílica cuando, al pasar frente al Lulú, Iñaki se encaminó hacia la puerta diciendo que tomásemos allí la última. Jorge parecía aprobar la idea con entusiasmo —la cerveza hace milagros— y ambos se disponían a entrar en el antro, cuando se dieron cuenta de que yo me mostraba reticente. Me paré en la puerta y les recordé cómo habíamos salido de allí la última vez y que quizá no seríamos muy bien recibidos. Ellos, llevados por la euforia que infunde el alcohol en los primeros estadios de la borrachera, disiparon mis temores de que fuéramos reconocidos y me empujaron hacia adentro. Efectivamente, aquellas mujeres no nos recordaban —Jorge comentó que probablemente todo el mundo se iba sin pagar de aquel bar, así que era improbable que recordasen una ocasión en particular—. Nos atendieron con normalidad, es más, me parecieron incluso solícitas y simpáticas. Conversaron animadamente con nosotros —aunque no recuerdo sobre qué— y como aquel día había más gente y más bullicio en el bar, parecían no disponer de tiempo para calcetar. Pero me fijé en que los ovillos de lana y las agujas les estaban esperando tras el mostrador para los momentos de más tranquilidad.
Tomamos un par de rondas, pedimos otra, saqué dinero de la cartera para pagar y entonces pasé a la fase de la borrachera caracterizada por un sentimiento agudo de culpabilidad: dejé un billete de 1000 pesetas sobre el mostrador —suficiente para pagar 15 ó 20 cervezas— y dije a mis amigos que yo pagaba todo y que iba a dejar el resto de propina para compensar la guarrada que habíamos hecho al marcharnos sin pagar. Ellos quisieron convencerme de que pagásemos una ronda cada uno y no hiciera chorradas. Empezamos a discutir. Yo estaba ya en la fase etílica de la testarudez más contumaz. Levantamos la voz, sobre todo yo, y una de las chicas se acercó para llamarnos la atención. Miró al billete sobre el mostrador y cuando iba a cogerlo, le solté una arenga sobre la dignidad personal, la conciencia de clase, el derecho a la justa remuneración del trabajo y otras zarandajas progres que había leído en algún sitio. Mis amigos le dijeron que no me hiciese caso que había bebido mucho. Ella dijo que todos habíamos bebido demasiado y que nos fuéramos a casa. Yo dije que dejaba aquel dinero por coherencia con mis ideas sociales y mi compromiso con las trabajadoras de la hostelería, del sexo y del sector textil. Mis amigos insistían en que no me hiciera caso, cogían el billete y me lo metían en el bolsillo. Yo lo sacaba; y así.
Llevábamos un rato dando la lata cuando la otra chica se acercó hecha una furia. Nos advirtió a gritos que o nos marchábamos inmediatamente o llamaría a la policía para que nos echase.
—Bueno, sor Lourditas, no te enfades.
Mi gracia no debió gustarle mucho, porque agarró las agujas de la calceta y me las lanzó con toda su fuerza a la cara. Yo giré instintivamente la cabeza y evité que se me clavaran en los ojos, pero no pude evitar que una me penetrara en un oído. Noté un dolor agudo, vértigo y el flujo cálido de la sangre manando de mi oído y recorriéndome el cuello como una colada volcánica. Sentí la mano de Jorge agarrándome del brazo empujándome hacia la salida mientras a nuestra espalda se oía un griterío estridente, como una hinchada de futboleros abroncando al árbitro.
Iñaki y Jorge insistieron en llevarme al cuarto de socorro, una especie de servicio de urgencias que había junto al ayuntamiento, donde el practicante que estaba de guardia nos preguntó qué me había pasado. Creo que le respondimos algo así como que me había caído al salir de un bar. La expresión de su cara fue muy elocuente: no se lo creía. Pero no dijo nada. Me miró y me hizo una cura, que consistió más bien en limpiarme y desinfectarme un poco la herida. Luego me dijo que tenía el tímpano roto, que creía que no había otras lesiones internas de gravedad, pero que, de todas formas, debía ir al otorrino para que me hiciese una exploración más a fondo, y que nos fuésemos a casa para evitar más “caídas tontas”.
El paso por delante del Lulú camino a casa hizo recordar repentinamente algo a Iñaki. Echó mano al bolsillo, sacó un billete arrugadísimo de mil pesetas y me lo dio diciendo:
— Bueno, no todo han sido pérdidas.
— Está visto que ahí no paga ni dios. Al final va a ser cierto que estas mujeres son como las Hijas de la Caridad —comenté mientras me metía el billete al bolsillo.
— Ya, pero la hermana superiora tiene muy mala hostia —añadió Jorge.
El otorrino confirmó el diagnóstico que había hecho el practicante del cuarto de socorro: el tímpano destrozado, pero nada más. Me recetó unos antibióticos, me dijo que perdería algo de agudeza auditiva y que, en adelante, cuando nadase en el mar o en una piscina me pusiese un tapón para evitar que me entrara agua al oído.
IV
Hace tiempo que le he perdido el pulso a la vida del pueblo; salgo poco, no estoy al tanto de las novedades y apenas tengo contacto con mis amigos de entonces, de los que sé muy poco. Pero recientemente me encontré por casualidad con Iñaki en la calle. No nos veíamos desde hacía bastante, nos saludamos, nos preguntamos por nuestras vidas y, como ninguno de los dos teníamos prisa, nos encaminamos a tomar algo a un bar. Estábamos en el centro del pueblo y la tasca más cercana resultó ser el Lulú, quiero decir, el antiguo Lulú, porque ahora se llama Komentua. No ha cambiado mucho exteriormente, pero por dentro sí: es una imitación de pub irlandés dentro de una capilla de ermita románica. Entre que iba distraído hablando con Iñaki y que el interior del bar era completamente nuevo y desconocido para mí, no me di cuenta de que había entrado en el Lulú por tercera vez en mi vida. Además, tras el mostrador me esperaba otra sorpresa. Atendía el negocio un tipo al que, a pesar del tiempo transcurrido desde que lo había visto por última vez, reconocí enseguida: Julen.
Comentamos cómo nos iba la vida y tomamos unos vinos. Tomamos otros vinos y hablamos de los viejos tiempos. Como aún era temprano, Julen iba de vez en cuando a atender a algún cliente para reincorporarse inmediatamente a nuestra conversación y nuestra libación. Seguimos bebiendo, recordando anécdotas pasadas y riéndonos a tutiplén mientras la clientela se iba haciendo más abundante y bulliciosa. Era el momento álgido del día y Julen estaba cada vez más atareado y más cabreado porque tenía que abandonar intermitentemente nuestra tertulia para trabajar. Habíamos vaciado varias botellas de rioja y nos dolía la mandíbula de tanto reírnos, así que por un momento agradecimos que Julen, en una de sus reincorporaciones, cambiase el talante de la reunión y empezase a hablar en serio contándonos sus cuitas de tabernero. Se quejaba amargamente de las horas que había que meter en un bar, de lo que había que aguantar, de lo poco que se ganaba etc., etc.
— Y, además, están los jetas que se marchan sin pagar —añadí sibilinamente al tiempo que le guiñaba un ojo a Iñaki.
Pero Julen no se dio por aludido y siguió contándonos sus penas taberniles. Estaba ya tan achispado que ni nos oyó. Bueno, creo que ya ni oía ni veía nada. Se acodó en la barra frente a nosotros, hizo caso omiso de los clientes que le reclamaban berreando desde todos los puntos del bar y pasó de todo. Seguimos bebiendo y charlando ora en serio ora en broma. Julen nos contó cómo se le ocurrió meterse en el lío del bar, la reforma, el nombre, cuyo mérito, por cierto, me correspondía en gran parte, pues reconocía que al ponérselo se acordó de aquella noche y de que yo había dicho que en vez de un puticlub parecía un convento, que pensó que Komentua, en euskera, para difuminarlo un poco e ir con la corriente de los tiempos, sería un nombre muy comercial y, además, cambiaría totalmente la decoración y atraería a otra clientela y... Yo ahí empecé a perderme. Había ido girando poco a poco la cabeza hacia la derecha para colocar mi oído bueno frente a quien hablaba. Era un gesto que me había quedado como secuela de la “caída” de aquella otra noche y que repetía inconscientemente cuando no oía bien. Pese a que tenía la cabeza volteada noventa grados a la derecha y le ponía más atención que si fuera Angelina Jolie, era tal el estruendo de los clientes furiosos abandonados por el barman y era tal la empanada riojana que llevaba encima, que no conseguía entender lo que decía Julen. Pero no solo eso, sino que, súbitamente me percaté de que en esa postura, mirando hacia la entrada, que distaba de mí unos cinco metros, apenas lograba vislumbrar la puerta; la veía desdibujada y ondulante en medio de un densa niebla. Entonces me di cuenta de que había llegado la hora de regresar a casa. Se lo dije a Iñaki y estuvo de acuerdo. Julen insistió en que tomásemos la última por los viejos tiempos, las monjas del Lulú y no sé que más bobadas — yo estaba como una tapia borracha, pero él había bebido otro tanto—, tomamos la última de un trago — no hay cosa que dé más sed que beber como un pez— y nos largamos.
No sin dificultades, abriéndonos paso a través del espeso vapor que dificultaba mucho su localización, Iñaki y yo conseguimos dar con la puerta y salir del antro-templo-pub.
Dimos un par de traspiés, nos enderezamos tratando de mantener un andar digno y fuimos lamentándonos de lo rápido que pasa el tiempo, de lo que habíamos cambiado nosotros, lo que había cambiado el pueblo en estos años, de cómo cambian las cosas...
—Bueno, hay cosas que no cambian mucho— dijo Iñaki.
—¿...? — dije con un gesto.
— ¿Has pagado algo?
— Yo no.
— Yo tampoco.
— ...
— Pues sí; hay cosas que no cambian— dijimos al unísono.