Por Fermina Daza
El jueves 7 me levanté temprano. Hacía años que no lo hacía con tanto entusiasmo. Por primera vez agradecí a la vida tener un marido apático que ya ni me viera. No se enteró. Él que siempre estaba criticando mis hábitos de sueño, que decía que yo andaba vagando por la casa todo el día en camisón, que parecía el retrato de un fantasma, que cómo podía ser, que repetía: “Tenés que hacer algo, no puede ser”.... El, que no me miraba si no era para encontrarme defectos, “qué arrugada estás, qué fea esa camisa, no sabés ni vestirte”... El, decía, no se dio cuenta de nada, ni siquiera de que me levanté antes que él.
Desayuné sola, con frutas y yogur. Estaba motivada como nunca, sentía que el aire estaba más liviano, que el sol brillaba más fuerte, y que lo hacía especialmente para mí, como si compartiera mi emoción....
No me importó que Ramón apareciera y desayunara delante de mí sin verme, sin hablarme, enchufado a la “mac” y a su “blackberry”, chequeando “e-mails” sin parar. Seguramente ese era su modo habitual de desayunar, sólo que era la primera vez yo estaba despierta para notarlo. Y de verdad, no me importó. Estaba agradecida de que no viera mi sonrisa recién estrenada.
Se fue sin saludarme, sin verme siquiera. Me recordó esa poesía que habíamos estudiado en la secundaria, la que era en francés..... ¿Cómo era que decía? Ah..., sí...:
“Il a mis le café
Dans la tasse
Il a mis le lait
Dans la tasse de café
Il a mis le sucre
Dans le café au lait
Avec la petite cuiller
Il a tourné
Il a bu le café au lait
Et il a reposé la tasse
Sans me parler
Il a allumé
Une cigarette
Il a fait des ronds
Avec la fumée
Il a mis les cendres
Dans le cendrier
Sans me parler
Sans me regarder
Il s'est levé
Il a mis
Son chapeau sur sa tête
Il a mis
Son manteau de pluie
Parce qu'il pleuvait
Et il est parti
Sous la pluie
Sans une parole
Sans me regarder
Et moi j'ai pris
Ma tête dans ma main
Et j'ai pleuré.”[1]
Parece mentira, tantos años y todavía la sabía de memoria. La Mademoiselle había hecho un buen trabajo. Al menos para eso habrá servido el colegio, para los idiomas. La poesía parecía escrita para nosotros, sólo que el bueno de Jacques no conocía la computadora ni la telefonía celular, y hablaba de sombreros.
Hacía años que mi contacto con Ramón era prácticamente inexistente. Me sentía un estorbo en su vida, nunca me participaba de lo que pasaba en su trabajo, en su oficina, en el club. Todos eran lugares a los que iba sólo o con amigos, jamás estaban invitadas las mujeres. Y cuando me invitaba a alguna comida era por compromiso, porque los demás iban con sus mujeres y no quería que pensaran mal de él. Para mí era una tortura, arreglarme, no saber qué ponerme, sentirme fea, vieja, ridícula. Inventaba excusas para no ir pero siempre terminaba haciendo lo que él quería. El no admitía el desacuerdo. Siempre se tenía que hacer como él decía. Los chicos habían obedecido todo hasta que irse de casa, y aún desde entonces les costaba enfrentar al “VIEJO”.
Ese jueves, la diferencia estaba en otro lado, o mejor dicho, en otro hombre. Daniel. Él había reaparecido de entre las sombras del pasado más remoto, a través de una carta que yo había recibido milagrosamente tres días antes. Y me había citado en La Biela, como en aquellos tiempos. Me había pedido que llevara un jazmín en el pelo.
Me había dicho a las cuatro, en nuestro lugar de siempre. Fui a la peluquería a las once, como iba todos los jueves, pero esta vez con ganas. Quería estar linda para él, que no advirtiera mis ojeras, mis noches de insomnio, quería y no quería que me viese feliz. Por un lado, me costaba admitir que él siempre había tenido razón. Él me había advertido contra los Pueyrredón, y me había criticado por ser tan vulnerable a los deseos de mis padres cuando decidí dejar al amor por el “comme il faut”. Así que una parte de mí anhelaba disimular mi dolor, mi pena, y hacerle ver que yo estaba bien como estaba. Pero yo sabía que no era cierto, y él también lo adivinaría nomás verme entrar. Otra parte de mí deseaba llorar desconsolada en sus brazos, como cuando recibí su carta y dejé salir toda la angustia que venía ahogando en whisky desde hacía largos y grises años.
Ese fue el momento en que se había hecho la luz. Antes sólo me sentía mal y no sabía bien por qué. En el momento de leer su carta fue como recibir “la iluminación”. Advertí que el problema no era yo, como siempre había creído: no había una falla interna dentro de mi cabeza, un agujero negro que yo intuía y cuya existencia mi terapeuta se ocupaba de confirmar.
A la una de la tarde ya estaba lista. No había vacilado, me había vestido y perfumado para él. El cuello, debajo del ombligo, las axilas. Había desempolvado un trajecito que tenía unos cuantas primaveras, pero que todavía me quedaba a pesar de los años y los kilos de más. Observé durante largo rato mi imagen en el espejo y me gustó, estaba linda, mis ojos brillaban.
Todavía faltaban tres horas. Tres eternas horas. ¿Y si no aparecía? ¿Y si se arrepentía? ¿Y si la mujer lo convencía de que lo importante era salvar el matrimonio? Y si, y si ..... así seguían las preguntas internas, hasta que surgió una espantosa, inadmisible, feroz: “¿Y SI YA NO LE GUSTO?”
No tenía a quién llamar. No tenía amigas. Las nueras no eran amigas, ya me lo habían hecho saber. Si yo intentaba conversar de algo más o menos privado me colgaban el teléfono con alguna excusa estéril. Las del “bridge” eran demasiado “bien”, no iban a entender nada, con tanto rosario y pulseritas de la virgen colgados.
Al cura párroco, menos. Cómo iba a entender que una mujer casada ante la Iglesia saliera con estos planteos ardorosamente adolescentes. Ellos, que no tenían sexo.
No tenía a quién llamar. Extrañaba a mi abuela.
Sonó el teléfono. Era Ramón. Quería saber qué pensaba cocinar Bety para la noche. “milanesas con ensalada” contesté mecánicamente. “Que sean de pecetto porque las de nalga no me gustan. Y que no les ponga ajo”. Cortó. No se enteró de nada. Y a mí ni me importó. Solo deseaba adelantar el reloj.
Hojeé una revista, hice un par de palabras cruzadas. No podía concentrarme. En cada letra veía a Daniel, su cigarrillo infaltable, su media sonrisa, su hoyito.
No tenía a quién llamar. Pero sí podía recordar. Y cómo. Podía rememorar cada uno de mis encuentros con Daniel, a mis dieciocho años. Cada vez que nos escapábamos de las clases de inglés en la Cultural Inglesa para tomar el té en la confitería de Suipacha. Las miradas cómplices, sus bromas, su irrefrenable buen humor. Era lo opuesto de Ramón. Y su eterna petición de mano. No entendía que para mi familia era imposible una relación como la nuestra. No era lo que se esperaba de mí: una chica “bien”.
¡Cuánto odiaba ahora esa palabra! ¿Qué quería decir, al fin y al cabo? ¡Como si haber ido a tal o cual colegio o tener tal o cual apellido determinara una diferencia en la persona, en su corazón, en su inteligencia, en sus cualidades esenciales! Daniel siempre me escuchaba, todo lo que decía le gustaba, le interesaba, quería saber más. En cambio, Ramón, ah, no. Esa era otra historia. El era lo que mamá llamaba “BIEN”. (¡Bien egoísta! digo yo ahora). Una persona que no escucha más que a sí misma, convencida de su superioridad respecto de todos los demás, y más aún de las mujeres. Que jamás miró a sus hijos de verdad. Que jamás los vio, ni siquiera cuando nacieron.
De repente recordé la hora. Eran las tres. Si quería llegar a la Biela sin transpirar demasiado tenía que ir saliendo. Pasé una vez más por el espejo, y salí, con el alma en la mano.
Pasé por el kiosco de flores de Pueyrredón y Guido. El florista estaba de viaje, se pasaba un mes al año en Italia. Y sólo con lo que ganaba vendiendo flores, qué increíble. Así que seguí caminando por Las Heras, y compré los jazmines. “¿Daniel estará tan nervioso como yo?”, pensaba mientras buscaba un billete de cinco y se me caían todas las tarjetas de la billetera, las de crédito y las otras.
A las cuatro en punto abrí la puerta de La Biela. El aroma a tabaco me dio la bienvenida. Estaba sentado ahí, junto a la ventana. La ventana de siempre, la mesa de siempre, Daniel de siempre. Un poco más viejo, pero el mismo. Sonreí, y él sonrió. El tiempo se detuvo un instante y valió la pena haber esperado tanto tiempo.... sólo por sentir el calor de su sonrisa una vez más.
[1] Déjeuner du matin, Jacques Prévert.: Desauno matinal. Por Jacques Prévert. T. De A.: “El ha servido el café en la taza/ ha servido la leche en la taza de café/ ha agregado azúcar al café con leche/ con la pequeña cuchara/ y ha revuelto el café. Se ha tomado el café con leche/ y ha dejado la taza en el plato./ Sin hablarme./ Ha prendido un cigarrillo/ ha hecho dos aros con el humo/ ha puesto las cenizas en el cenicero/ sin hablarme/ sin mirarme./ Él se ha levantado/ se ha puesto su sombrero/ ha metido sus manos en los bolsillos/ su impermeable/ porque llueve/ Y ha partido/ bajo la lluvia/ Sin una palabra/ Sin mirarme/ Yo he tomado mi cabeza entre las manos/ Y he llorado.
[1]
Jubilados en la fila del Banco Ciudad
Jubilados en la fila del Banco Ciudad.
Por Fermina Daza
Diálogo 1:
Una pareja mayor conversa mientras espera su turno para cobrar la jubilación. La señora está muy arreglada, con sus labios pintados, y su cabello teñido prolijamente, sin joyas más que un collar de perlas. Él más desaliñado, calvo, con anteojos de marco negro grueso y una barriga prominente que intenta esconder enfundándola en un traje color crema.
Ella: - “¿Cómo está la presión?”
El: - “Bien. Ocho - trece.”
Ella: - “¿Estás tomando la pastilla?”
El: - “Sí.”
Ella: - “Yo no sé qué presión tengo, pero la pastilla la tomo todos los días.”
- “Hace frío, ¿no?”
- “No, ya está mejor. Si nos vamos caminando enseguida entramos en calor. Vamos por la vereda del sol.”
- “Ojo, que no está para andar en remerita, eh?”
- “No...”
- “Y además están las veredas todas rotas. Tanta obra que hacen pero yo veo todo hecho un desastre. Lo único que hacen es publicidad, yo digo. El otro día se cayó Marta, la pobre, tan cuidadosa que es. Es un peligro todo.”
- ....
- “Es tan linda esta época, no hace ni tanto frío ni tanto calor... ¿Qué te iba a decir? Se me cortó el circuito.”
- “Qué decís, vieja, del circuito?”
- “No, que se me cortó. Te iba a decir algo y ahora no recuerdo qué.”
- “Ah....”
- ....
- “Ah sí, me acordé. Hablaste vos con la nena?”
- “Sí, hablé.”
- “¿Qué te contó? ¿Está contenta con la fiesta?”
- “Sí.”
- “Qué increíble que me cumpla los 15, pensar que es la menor de todas las nietas... Parece mentira.”
- “Sí. Parece mentira. Estamos tan viejos...”
- “No digas eso Jorge. Estamos vivos y eso ya es mucho. Pensá en el pobre Otto que rápido se nos fue...”
- “Mirá, van por el 144. Levantáte, dále, que ya te toca.”
- “¡No! Si yo tengo el 148”.
La Sra. igualmente se pone de pie y se dirigen juntos despacio hacia la línea de cajas.
Una vez cobrada la jubilación, avanza la senil pareja lentamente hacia la salida del Banco. Ella se apoya en el brazo de él.
- “Guárdalo bien, eh?”
- “Sí, Jorge, quedáte tranquilo.”
- “¿No querés que te lo guarde yo en mi bolsillo?”
- “Que no, te digo, que estoy tan acostumbrada...”
- “Sí, pero está muy peligroso, ¿sabés? ¿O no leés los diarios, acaso?”
- “Sí, claro que los leo... pero bueno, Jorge. Quedáte tranquilo que te va a subir la presión. Ahora te pido a vos que leas el cartel cuando salimos, a ver qué día tengo que venir el mes que viene. Yo no me quiero poner los anteojos. Fijáte bien, mi documento termina en 6. Ahí está, lo pegan en la puerta. ¿Lo ves?”
- “Sí, a ver...”
- “¡Pero, ponéte los anteojos Jorge que así no vas a ver nada! Tenés que mirar los que no tienen caja de ahorro, son dos columnas, mirá que yo no quiero saber nada con que me lo depositen. Después seguro que te roban todo, el mundo está tan loco...”
- “Sí. Te toca el 16.”
- “¿El 16? ¿Estás seguro? Miraste bien, Jorge?
- “Caramba vieja, si preferís mirar vos...”
- “No, está bien, lo que pasa que tengo turno con el oftalmólogo ese día.”
- “¿Y a qué hora tenés el turno?”
- “A las 11, pero las dos cosas no puedo hacer, me canso mucho.”
- “Y bueno, venimos el 17. No te hagas mala sangre por eso.”
- “¡No! Eso sí que no. Yo no les voy a dejar a estos cretinos la plata un solo día más. Mira que les voy a permitir que me la roben. De un día para otro te cambian todo y te quedás sin nada. No, de ninguna manera. Después te salen con los créditos para los electrodomésticos de acá, y de allá.... No señor. Voy a cambiar el turno con el Dr. Sincotta. Ahora seguro que me da para mayo porque ya abril se nos pasa volando...”.
Diálogo 2
Esa misma mañana, en el Banco ya mencionado, otra Señora de avanzada edad aguarda su turno sentada junto a su empleada doméstica. Las muletas esperan a un costado.
- “A ver, nena, qué número tenemos?”
- “234, Señora”.
- “¡Qué barbaridad! Toda la mañana vamos a perder.”
- “Sí, Señora”.
- “No vas a llegar a preparar el almuerzo, nena. Preparaste la pechuga a la plancha?”
- “Sí, Señora.”
- “No le habrás puesto sal, no?”
- “No, Señora”
- “Ajo tampoco le ponés, ¿no?”
- “No señora, todito como Ud. me dijiste.”
- “Bueno. Así está muy bien. Mirá que yo tengo alta la presión me tengo que cuidar mucho, ¿sabés? ”
- “Sí, señora, quedáte tranquila.”
- “¿Qué número tenemos, nena?”
- “El 234, Señora.”
- “¡Qué barbaridad, te das cuenta, toda la mañana vamos a perder!”
- ....
- “¿Viste que se mudó la ferretería Del Jardín? Qué lástima, con lo linda que era. Estuvieron ahí tantos años, una vida entera. Mi finado esposo iba todos los días, siempre compraba algo, pobre, cómo le gustaba. Y ahora se tuvieron que achicar, pobre gente. Con lo trabajadores que son.”
- “Sí, señora.”
- “Y tenían de todo, unas ofertas increíbles.”
- “Sí, señora.”
- “Me quedaba tan cerca, ahí, justo debajo de casa.”
- “Sí, una lástima Señora.”
- “Ahora le tengo que pedir al encargado que vaya porque hay que cruzar la Avenida Pueyrredón, y entre que la hicieron doble mano... a ver si me pisan como la pobre vieja esa que miró para un solo lado...”
- “Sí, señora. Hay que tener cuidado.”
- “Mucho cuidado. A la edad de una todo cuidado es poco. Te dije que tengo alta la presión, ¿no? No puedo comer nada de sal, ¿sabés? Así que ojo, no vaya a ser que me suba la presión. ¿Vos ya preparaste mi pechuguita para el almuerzo?”
- “Sí señora, sin nada de sal.”
- “Ah muy bien, así está muy bien. También tenemos que ir a la farmacia, cuando salimos de acá nos vamos caminando, es acá nomás. ¿Trajiste la receta?”
- “Sí señora, la traje”.
- “¿Y el carnet del PAMI?”
- “También señora, traje todito como Ud. me pediste.”
- “Muy bien, nena, eso está muy bien. Fijate qué número van, que yo de acá no veo nada.”
- “El 182 señora.”
- “Y nosotros ¿qué número tenemos?”
- “El 234 señora.”
- “Qué barbaridad, toda la mañana vamos a perder. Es increíble.”
- “Sí, Señora. Increíble, realmente” suspira la empleada. Es la parte más difícil de su trabajo, escuchar una y otra vez las mismas frases, dichas en el mismo tono de voz, siempre igual. Y siempre sin tener el menor registro de que eso mismo ya se dijo antes, otra infinidad de veces.