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García Miranda, Carlos (Levinus Apolonii)

Del matón, el robo y los pollos



SEUDÓNIMO: LEVINUS APOLONII

 

DEL MATÓN, EL ROBO Y LOS POLLOS

¿FUERON PÁJAROS O UN MIRAGE?, pensó Rony cuando despertó y descubrió la superficie renegrida y descascarada del techo. Trató de recordar el sueño. Estaba parado en un acantilado. Veía el mar, las olas reventando contra las rocas grises.

De pronto ese tac-tac en algún lugar del cielo cenizo. Luego ese ruido atroz barriendo todo el paisaje fosforescente ¿Pájaros o un Mirage?, pensó otra vez mientras el tac-tac seguía en su cabeza. Al rato comprendió que el ruido provenía de algún lugar de su departamento.

- Debe ser el maldito baño -balbuceó mientras cogía el control remoto de la mesita de noche y encendía el televisor.

Enseguida aparecieron esos rostros, paisajes, colores y luces, muchas luces. Por un instante se detuvo en un video clip. Era una mujer hermosa en unos médanos o algo parecido. El sol hacía que su bronceada piel resplandeciera al ritmo de sus contorsiones y la música. Todo era muy bello, salvo el goteo que seguía con su tac-tac.

Se levantó. Al pasar por la sala descubrió el desorden de la fiesta. Parecía que un huracán o una estampida de elefantes habían pasado por allí. Fugazmente recordó al Che cantando con su trago en la mano y esa agitación en su cara gorda y blanca. También vio a Tano salir del baño con la nariz llena de coca y despedirse apresuradamente, a Renzo y Toyo discutiendo sobre fútbol, y a Pepita haciendo un barullo del demonio porque Vito había volteado el cenicero en su falda. Luego todos comenzaron a saltar al ritmo de la música envolvente. Saltaban y saltaban como si quisieran tocar el techo y llegar mucho más alto.

Ya en el baño olvidó esa historia de golpe, pues casi fue expulsado por el olor de todo ese vómito regado en el piso.

- ¡Maldición! -, exclamó. Al encender la luz descubrió la razón del tac-tac. Era el caño del lavabo. Se había aflojado. Parecía que alguien o algo había presionado sobre él. Sospechó de Pepita y Vito. Debió ocurrir cuando ella entró a limpiarse la falda y él la siguió para pedirle disculpas. Súbitamente imaginó a Pepita mirando hacia el foco con la boca abierta y ansiosa mientras Vito de un empujón la subía al lavabo, le bajaba el calzón y seguía empujándola, cada vez más rápido y fuerte, hasta terminar acalorados por la excitación.

Rony enrolló con un trapo el caño impidiendo que continúe el goteo. Poco después regresó a su habitación. Se tendió en la cama. Desde ahí miraba hacia la ventana. Así estuvo un largo rato, hasta que escuchó unos golpes en la puerta.

Lentamente se levantó. Seguían los golpes. Antes de abrir observó por el visor. Era un tipo robusto de cabello ensortijado.

- Blaky -, balbuceó Rony al abrir. El otro no respondió. Se sentó en uno de los muebles con las piernas cruzadas y los brazos extendidos a lo largo del respaldar

- ¿Qué pasó aquí? -, dijo mirando a su alrededor.

- Una fiesta - contestó Rony dirigiéndose hacia su cuarto. Empezó a vestirse. Blaky seguía observando el desorden

- ¿Y qué te trae por aquí? - preguntó Rony desde su habitación.

- Un negocio, qué más puede ser.

- ¿Cocaína?

- No, nada de eso.

- ¿Entonces?

- Algo más convencional, viejo.

- No te entiendo - dijo Rony regresando a la sala. Vio que Blaky continuaba  en el sofá, pero ahora tenía un arma. Jugaba con ella apuntando a cualquier parte.

- Es algo que todos deberíamos hacer para recuperar el alma – dijo Blaky.

- ¿Alma?

- Sí, alma.

- Sigo sin comprender.

Blaky comenzó a reír, siempre con el arma apuntando a todos lados.

- He venido a salvarte, amigo -dijo Blaky, apuntándolo con el arma.

- ¡Quieres guardar esa mierda! - exclamó Rony.

El otro volvió a reír sin dejar de apuntarlo.

- Esta bien, qué quieres de mí - dijo Rony. Blaky dejó de sonreír. Bajó el arma.

- Es un asunto rápido - balbuceó.

Ambos se miraron fijamente.

- ¿Se trata de matar a alguien? - preguntó Rony.

Blaky volvió a levantar el arma.

- Bien Rony, te lo diré en el camino - dijo sin dejar de apuntarle.

Y salieron.      

En la calle Blaky tenía estacionado un Hillman rojo del ’63.

- ¡Qué maldita broma es ésta! - protestó Rony.

- Sube - le indicó Blaky en el volante.

Se dirigieron al centro de la ciudad.

- ¡Te salvaré amigo! - decía Blaky bastante eufórico.

Se detuvieron entre Colmena y Camaná. Rony vio que a pocos metros había un banco. Inmediatamente comenzó a calcular las posibilidades.

- Escucha Blaky, esta carcocha no corre ni a sesenta por hora, no va a resultar.

Blaky lo miró fríamente. Sacó el arma de su cintura y le apuntó.

- ¿Estás diciendo que soy un imbécil, que no sé lo que estoy haciendo?

- No Blaky, no, pero...

- Bien, muy bien, entonces escucha. Tenemos cinco minutos. Cuando baje tú te pones al volante, yo haré el resto, no te preocupes, tú sólo prepárate para arrancar apenas ponga un pie en el Hillman ¿estamos?

- Claro Blaky, perfecto.

- Así me gusta.  Y no te vayas a largar porque sabes que te encontraré donde sea –dijo sonriendo.

Entonces bajó del Hillman. Rony lo vio cruzar la avenida. Vio también a los policías en la entrada del banco. “No lo logrará”, pensó. Y cuando ya se disponía a largarse y abandonarlo vio que no entraba al banco, sino a la pollería que estaba al lado. Eso lo confundió. Y exactamente cinco minutos después Blaky salió corriendo con un pollo a la brasa entre las manos.

- ¡Pisa! ¡Pisa! - gritó al llegar al auto. Rony hundió su pie en el acelerador. Mientras corría vio a través del espejo retrovisor a Blaky riendo escandalosamente y arrojando papitas fritas por la ventanilla como si fueran balas.

- ¡Estás loco! - gritó escabulléndose entre las calles. Luego sintió el cañón de la pistola en su nuca.

- Por la Vía Expresa, hacia Chorrillos - dijo Blaky sin poder contener la risa.

Media hora después aparcaron al lado de un acantilado. Blaky lo obligó a bajar. Se sentaron sobre unas piedras cerca del precipicio, frente al mar. El viento azotaba sus cabellos.

- ¿Quieres recuperar tu alma? - preguntó Blaky mirando distraídamente hacia las olas que reventaban contra los arrecifes.

Rony no tuvo tiempo de contestar. Apenas abrió la boca sintió un ruido atroz barriendo de golpe el cielo cenizo. Fue como si un millón de pájaros o un Mirage cruzaran por su cabeza. Blaky lo vio doblarse y caer a su lado.

Sin inmutarse comenzó a rebuscarle los bolsillos. Quería la llave de su departamento. Cuando la encontró, con un pie empujó el cuerpo de Rony hacia el vacío. Luego montó en su Hillman y volvió a la ciudad, dirigiéndose al departamento de Rony.

Al llegar fue directo al baño. Vio el caño enrollado con un trapo. Subió al lavabo, pisó en el grifo y buscó una fisura en el techo descascarado. Rápidamente lo halló. Golpeó levemente y quitó el trozo de cemento. Metió la mano en la abertura que se había formado y extrajo un paquete. Bajó ágilmente y salió del departamento. Volvió a montarse en su Hillman. De la guantera sacó un celular. Marcó.

- Hey Marco, habla Blaky

- ¿Y? ¿Qué fue? - se escuchó al otro lado.

- Normal viejo, Tano no te mintió, la droga estaba en el techo del baño.

- Bien ¿y Rony?

- Ah, el muy pendejo estaba buscando tu droga, hubieras visto cómo tenía su departamento, seguro le pasaron el soplo.

- ¿Y?...

- Nada, ya lo saqué de circulación, y todo está muy limpio.

- Bien, te espero entonces.

- Okey -dijo Blaky. Luego colgó. Volvió a su Hillman. Pisó el acelerador y se dirigió a la guarida de Marco.

Horas después avanzaba por una amplia avenida. Al detenerse en un semáforo en rojo, vio que a la derecha había una pollería. Recordó el asalto realizado horas antes con Rony. Sonrió. Cuando cambió la luz del semáforo, abruptamente empezaron a llover piezas de pollo en toda la avenida. El tránsito se detuvo, escuchó gritos y vio gente corriendo por todos lados. Blaky, pasmado por el evento, salió del Hillman y empezó a correr hacia alguno de los comercios para protegerse. Pero, apenas puso un pie en la vereda, un pollo entero le dio en la cabeza y lo desnucó. Murió en el acto. Y se quedó ahí, tendido en el asfalto, de cara al cielo, mientras cientos de alitas, muslos y pechos de pollo le golpeaban el cuerpo.

El otro Señor de Cachuy



MI PASADO IMPORTA POCO. Sólo diré que tengo treinta y cinco años, vivo en Madrid y trabajo en una empresa turística. El resto se los dejo a su imaginación. Tal vez un par de datos preliminares a esta historia. Arribé al aeropuerto Jorge Chávez, en Lima, Perú, hace varios meses. Debía realizar un documental sobre un nuevo destino turístico.

Horas después de llegar, sentado en el bar del Hotel Bolívar, desde donde disfrutaba de una excelente vista de la plaza San Martín y de un refrescante Pisco sour, veía la estatua del Libertador General San Martín montado en su caballo en una pose hidalga, al centro de la plaza. En el pedestal de dos metros, sobre la cabeza de una ninfa, hay una llama, auquénido oriundo de los andes. Es un error del escultor. En vez de poner un pequeño fuego, puso el auquénido, que tiene el mismo nombre. Cada vez que viajo con amigos no puede evitar mostrarles esa curiosidad.

Alejandro –mi ayudante, asesor técnico, guía nativo y amigo- llegó cuando pedía otro Pisco sour. Pedí dos copas y una docena de “choritos a la chalaca”. Minutos después, mientras lo veía abrir con las manos el molusco, aderezado con cebolla, limón y picante, le mencioné el objetivo: el Señor de Cachuy. Era una festividad religiosa celebrada en la sierra de Lima, en la provincia de Yauyos. Estaba a tres mil metros sobre el nivel del mar, en la cordillera occidental andina. Debíamos llegar en dos días. Alejandro, con su Pisco sour en una mano, dijo que si salíamos mañana temprano, llegaríamos sin problemas. Ambos sonreímos, levantamos las copas y brindamos.

Al día siguiente partimos en una camioneta Cherokee con dirección al sur, por la carretera panamericana. Alejandro conducía. Mientras revisaba mi guión de trabajo veía desaparecer los arenales que rodean Lima y poco a poco surgir los valles de la costa. Al lado, el lomo del Océano Pacífico, plateado y enorme, se mostraba en todo su esplendor. Es el océano más antiguo, hondo y grande del planeta. Imaginé el rostro de asombro -¿por qué no estupefacción?- del navegante y conquistador extremeño Vasco Núñez de Balboa cuando con sus 190 hombres y 800 indios, luego de atravesar el istmo de Panamá, un 25 de setiembre de 1513 avistó este mar –del que había escuchado historias fabulosas contadas por indígenas del Darien-, y lo llamó Mar del Sur. Debió quedar con la boca abierta al ver cómo todas esas historias eran rebasadas por ese inmenso mar de aguas calmas.

Después de tres horas de viaje llegamos a Mala, un poblado costero. Ahí almorzamos. Probamos el chupe de camarones, un plato regional, hecho a base de crustáceos, leche, fideos, queso, papas y mucho picante. Descansamos una media hora contemplando el mar pacífico. Entre largos silencios y sorbos de Inca Kola, Alejandro me repasó el itinerario a seguir. No era nada complicado. En síntesis, se trataba de llegar, grabar la misa, los bailes, los alrededores, hacer algunas entrevistas y volver. Luego quedaba unos largos días –generalmente madrugadas- en la isla de edición, ya en Madrid. Ése era el trabajo duro, a pesar de tener terminado el libreto, que empezaba con la historia del origen de la festividad: “hace unas décadas un poblador del lugar encontró la imagen de Cristo crucificado en una cueva. Lo llevó a la iglesia del pueblo. Pero a los pocos días la imagen desapareció, y “volvió” –así dice el mito- a la cueva. Nuevamente lo llevaron a la iglesia del pueblo, y otra vez regresó a la cueva. Los pobladores decidieron hacer una capilla en la cueva y adorarla en los meses de junio de cada año”. Luego, mientras pasaba algunas imágenes de la región, contaría alguno de los cientos de milagros concedidos a sus feligreses. Acompañaría este texto con la grabación del algún testimonio. Después, cinco minutos de la celebración religiosa, luego otros diez de la fiesta en su honor, y unas seis tomas de la cueva donde fue encontrada la imagen. Aún no sabía qué poner al final. Podría ser información complementaria para llegar al lugar. Alejandro, como buen antropólogo, me sugirió poner alguna de las interpretaciones etnológicas que se han hecho de la festividad. Según las cuales la celebración era una muestra del sincretismo religioso occidental y andino. El Señor de Cachuy, a pesar de su apariencia cristiana, era una manifestación de algún Dios prehispánico de la región. Se llamaban Apus, y habitaban en montañas que los antiguos nativos adoraban. La referencia a la cueva en la narración del mito de su origen lo demostraba. Cristo crucificado vuelve a la cueva. El Dios cristiano es incorporado, gracias al mito, a la tradición religiosa nativa. Resultaba interesante, pero no estaba seguro si a los directivos de mi empresa les parecería bien un final de este tipo. Igual, podía proponerlo.

Poco después subimos a la cordillera por una carretera de tierra afirmada. Nuestra próxima parada era Quirman, un pueblito casi abandonado en las estribaciones. Pasamos por varios pueblitos idénticos, como Omas, Ayauca y Calacocha, todos con una calle principal y una plaza rectangular, rodeada por la casa municipal, la iglesia y las casas de los más ricos, tal como habían sido fundados por los conquistadores españoles en su ruta hacia el Cuzco.

Llegamos a Quirman a la hora prevista. El pueblo estaba habitado por ancianos y algunos niños, hijos de madres solteras que trabajaban en la capital. Nos hospedamos en casa de uno de los ancianos, abuelo de un amigo de Alejandro. Cenamos papas sancochadas, un café hecho de habas tostadas en una sartén, y queso fresco. Para dormir, pusimos en el piso de tierra pedazos de cuero de vaca, y sobre ellos, nuestras bolsas de dormir. En la oscuridad, lo único que se escuchaba era el canto de las perdices y las luciérnagas. Por la mañana, desayunamos tortilla de harina, huevos y verduras, acompañada de papas, queso y leche fresca. Partimos hacia las nueve de la mañana en dos mulas alquiladas, las únicas del pueblo.

Subimos por unos estrechos caminos rocosos y empinados, hasta una zona llamada Retama. De ahí, cruzando dos estribaciones, llegamos a una montaña en cuya panza estaba Cachuy. A las dos y treinta terminó nuestro ascenso. Vimos un poblado más pequeño que Quirman. En su angosta plaza, rodeada de casitas de barro y techo de paja, cientos de personas habían acampado desde días antes sobre pellejos de carnero y precarios toldos montados en la plaza. Venían de distintos puntos de la región. Más adelante, en la boca de una cueva, se levantaba una capilla. Dentro estaba la imagen del santo.

Luego de tomar fotos, entrevistar algunos feligreses y beber varias infusiones de hoja de coca para evitar que nos dé soroche –mareos consecuencia de la altura-, esperamos sentados bajo uno de los toldos de la plaza a que se inicie la “víspera”, primera etapa de las celebraciones. Al anochecer, mientras Alejandro me servía un vaso de aguardiente –llamado calentito-, muy eficaz para soportar el frío de la altura, escuchamos acercarse la banda de músicos que acompañaba al santo en procesión. Iba cargado en andas por sus “mayordomos” –los encargados de organizar la celebración-, iluminado por antorchas y cirios. Lentamente entraron a la plaza, dieron varias vueltas y regresaron a la capilla. La gente se arremolinaba, tratando de tocar la imagen. Cuando cerraron las puertas de la capilla, con la imagen del santo dentro, se escucharon las detonaciones de los fuegos artificiales. El cielo andino fue iluminado por luces de colores y figuras maravillosas. Luego la banda de músicos tocó huaynos y comenzó la fiesta. Aparecieron mujeres ataviadas con trajes típicos -polleras negras, pañuelos de seda y una bayeta de colores cruzando sus blusas blancas- y otros músicos con violines y flautas dulces. Acabado el espectáculo de danzas, de algún lado salieron cajas de cerveza. Los feligreses bebieron todo lo que quisieron y bailaron en la plaza hasta la madrugada. Obviamente, mucho antes de que los ebrios comenzaran a provocar riñas y peleas, Alejandro y yo nos retiramos a un pequeño campamento montado a la entrada del pueblo. Era para los visitantes extranjeros, y costaba cinco dólares cada tienda.

Al día siguiente, después de un desayuno compuesto por una sopa de carne de carnero, pan y café instantáneo, fuimos a la iglesia a escuchar la misa en honor al Señor de Cachuy. Como obra de arte, la imagen del cristo crucificado no tenía nada de especial. Lo diferente eran los adornos. Flores, cirios, velas y dinero –monedas y billetes- rodeaban al santo. También había fotos y paquetes con regalos de los feligreses con quienes el santo había cumplido en darles lo que el año anterior pidieron. Eran innumerables los testimonios que agradecían por el milagro concedido, la mayoría referidos a enfermedades, deudas, problemas matrimoniales y familiares. La parte central de la misa lo constituía el sermón del sacerdote, un aragonés de más de cincuenta años. Su sermón partió de un pasaje bíblico –el Eclesiastés-, y siguió con una serie de reflexiones sobre la familia, la iglesia y la situación del país, hasta hace poco sumido en la guerra interna. “La violencia, engendra violencia”, era una frase muy repetida. La ceremonia duró unas tres horas. Luego la gente se reunió en una de las casas de la plaza. Los mayordomos, como correspondía, donaron un almuerzo para todos los asistentes. En largas mesas se sirvieron diferentes viandas de la región, la mayoría a base de tubérculos y carnes rojas, acompañadas de cerveza, chicha de jora y otras bebidas –aguas gaseosas, refrescos e infusiones. Por la tarde, un sector de la plaza se convirtió en un mercado de artesanías y productos de la zona. Otro, donde estaba la banda de músicos, en una pista de baile al aire libre. Hasta la noche continuaron los festejos. Las celebraciones continuarían dos días más.

En la noche, Alejandro y yo decidimos regresar al amanecer. Lo registrado era suficiente. Mientras armábamos porritos de marihuana viendo las estrellas y escuchando a lo lejos los acordes de un huayno, se nos acercó un turista. Quería un porrito. Alejandro preparó uno y se lo dio. Luego empezamos a conversar. Me enteré que era antropólogo de la Universidad de Copenhague, especialista en crónicas indígenas. Habló de sus investigaciones y de lo que le gustaba de Perú –había estado en varias zonas de la cordillera andina. Desde hacía cinco años asistía a las celebraciones del Señor de Cachuy. Nos dijo que era porque se había convertido en un devoto del santo, ya que había hecho que regrese su mujer. Luego dio otros motivos. Evidentemente estaba mintiendo. A las dos horas, cuando estábamos por irnos a descansar a la tienda, nos contó una historia extraña. Dijo que el año pasado subió a la montaña sin guía y se perdió. Estuvo deambulando en la puna varios días. Una tarde, desde lo alto de una ladera vio aparecer un cortejo de hombres. Eran nativos, algunos parecían ebrios, ya que trastabillaban al caminar. Se acercaron a la montaña desde donde él los veía. Subieron y él se ocultó, pues pensó que podría tratarse de alguna columna de Sendero Luminoso, grupo terrorista muy activo en la zona. Detrás de una peña los vio llegar a un terraplén. Cargaban varios sacos. Usando unas piedras armaron un fogón. Sobre ella pusieron una plancha. Luego, de los sacos extrajeron cuerpos que parecían de animales despellejados. Prendieron el fogón y comenzaron a beber de una botella. El humo se levantaba al compás de sus letanías. Al día siguiente, cuando los hombres se habían ido, se acercó a ver los restos del rito. Se llenó de espanto cuando vio que los restos no pertenecían a animales, sino a niños. Vio trozos de bracitos chamuscados, cráneos y armazones de costillas. Huyo despavorido del lugar. Por la tarde, unos arrieros lo encontraron tumbado al lado de un pequeño riachuelo. Lo llevaron al poblado más cercano, y de ahí a Lima. A las tres semanas estaba en Zurich. Contó el suceso a algunos colegas. Obviamente, nadie creyó en su historia. Tampoco nosotros. Se lo dijimos. Él sonrió, nos pidió otro porrito y se levantó. Dijo que cada año regresaba a buscar el lugar del sacrificio, pero sin resultados. “No estoy loco, esta gente sacrifica niños al cerro, como hace más de quinientos años. Guaman Poma lo dice en su crónica. Incluso, menciona este lugar. Lo llama Aysa Uilca”. Luego se alejó en dirección a su tienda.

Al día siguiente, mientras bajábamos a Quirman nos perdimos. Deambulamos todo el día buscando el camino. Por la tarde, en un terraplén encontramos restos de un ritual. Sobre unas piedras había una plancha de mármol blanco. En el suelo hallamos cenizas, que podían ser de humanos o de cualquier animal. No encontramos cráneos ni huesos. Al anochecer, al doblar una quebrada, vislumbramos una luz. Llegamos a la casa de un campesino. Nos hospedó y a la mañana siguiente, previo pago de cinco dólares, nos llevo a Quirman. Tres días después estaba en la isla de edición en Madrid, terminando el trabajo. No usé las grabaciones que hizo Alejandro de los restos del ritual que encontramos. Era innecesario.

Hoy, a las cuatro de la tarde, luego de la siesta, me llegó por correo un paquete desde Perú. Era de Alejandro. Dentro había un objeto en forma circular envuelto en una bolsa negra con cinta de embalar, acompañado de una nota. Decía que viera dentro de la bolsa, y que si estaba interesado lo llamara inmediatamente. Agregaba una posdata. Ponía una cifra: veinte mil dólares.

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