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Vera Abed, Carlos Alberto (Cava)

Del que no quiso ver más y así lo hizo...



Del que no quiso ver más y así lo hizo…

Aquella mañana había comenzado como todos los días en la casa de los Fernández. Ni más, ni menos.

La abuela Adela, viuda, heredera de la pensión de su marido, héroe de una de las últimas guerras del país, ya estaba calentando agua para el mate a las 4 de la mañana en el fogón a leñas de la cocina, al lado de la igualmente vieja cocina a gas en la cual no confiaba en absoluto con esa tozudez que sólo algunas personas tienen.

En el rescoldo, la pava con agua caliente presagiaba el café matinal para el desayuno, cuyo aroma recién cebado generalmente despertaba a la familia y la reunía, en la gran habitación que hacía las veces de cocina y comedor, alrededor de una vetusta mesa de madera descascarada por el tiempo. Solía despertarme con el primer canto del gallo Roque, un veterano sobreviviente del gallinero de la abuela del que ella no quería deshacerse por más que sus afanes como tal no surtieron nunca efecto en gallina alguna. Las razones de la abuela Adela eran más que nada sentimentales; Ramón, así es como se llamaba el abuelo, se lo había regalado cuando era todavía un manojo de plumones del criadero de pollos del pueblo. Se los juro, era un gallo muy especial porque era de color rosa, y no porque lo habían pintado o algo por el estilo como hacían con los animales que se vendían en las ferias para atraer a los niños. Este gallo era rosa, de un rosa fuerte. Casi fucsia. Una burla de la madre naturaleza a la naturaleza particular del ave. Me imagino que habrá sido siempre el hazmerreír de los demás ocupantes del gallinero... y tal vez por eso su poco éxito con las gallinas. Claro que quizás también a eso se debería que cantaba como los dioses. Perdón, o por lo menos como los dioses de las aves ¡Vaya uno a saber! Alguna compensación solemos recibir por las deficiencias con que cargamos a veces.

A estas alturas del relato, ya entrados en confianza, no puedo mentirles. Nuestra situación económica familiar no era ni mejor ni peor que la de muchos. Había tiempos buenos en los que mi padre trabajaba bien y entonces no faltaba nada en la casa ni a nosotros. Cuando no, la pensión de la abuela y las labores de mi madre tenían que afrontar el déficit, situación que se hizo cada día más habitual en nuestra rutina financiera. Completaban la familia de la casa mis hermanas María Juana y María Pabla, mellizas por más datos, 5 años menores que yo, causantes según mi madre del desencanto de mi padre porque él quería que sus hijos fueran todos varones... y responsables, por lo tanto, de que fuéramos solamente tres porque no volverían a correr el riesgo de un hijo de sexo no deseado.

Ese día ocurrió que mi padre, quien tenía que ir a trabajar, no se levantaba de la cama por más que mi madre haya ido como cinco veces a despertarle. A su turno la abuela, luego las mellizas y por último yo. No hubo caso. Contestaba con murmullos, negativas y se aferraba de las almohadas y de las sábanas envolviéndose totalmente en estas últimas como si fuera un cigarro de hoja, de esos que se venden en el mercado cercano a mi casa.

Al principio nos pareció cómico, luego mi madre se fastidió. La abuela Adela sugirió echarle agua caliente, o fría, igual le daba a ella por esa animadversión muy especial que tenía hacia su yerno; de hecho nunca llegó a querer del todo a mi padre. María Juana y María Pabla comenzaron a llorar asustadas y yo, como el otro hombre de la casa por simple descarte, traté de asumir el control de la situación. Sobre todo cuando mi madre, ya en el colmo del enojo, decidió seguir la sugerencia de la suya, sólo que en vez de agua era una taza de café caliente el elemento despertador. Afortunadamente la cordura regresó a mi madre justo a tiempo, y en vez de arrojarle la taza y su contenido quién sabe adónde, se sentó en el borde de la cama, al lado de mi padre, a tomarse la bebida con lágrimas en los ojos mientras acariciaba el poco pelo que le quedaba en la cabeza a su marido. Ellos se querían mucho, muy a su manera, por causa y efecto de todo lo ya ocurrido entre ambos. A pesar de mis hermanas, de mi, de mi abuela, de una familia entrometida y de las desilusiones de la vida.

Aquella mañana había comenzado como comenzaban todos los días en la casa de los Fernández. Ni más, ni menos.

Roque, el gallo, había cantado a las 5:30, puntualmente, como era su costumbre.

Manuel estiró la mano hacia el lado en que habitualmente dormía su esposa y lo encontró aún tibio, señal de que ella se había levantado recién. Se acomodó entonces, cruzó el cuerpo en diagonal sobre la cama y poniendo la cabeza sobre la almohada de su esposa, el aroma a ella que impregnaba la ropa de cama lo volvió a sumir en esa especie de letargo que le transportaba hacia mundos desconocidos.

Escuchó entre sueños cómo intentaban despertarlo. Escuchó a la abuela insultarlo, por lo bajo, al tratar de despertarlo. Escuchó el llanto de las mellizas. Escuchó el intento de Manuelito por impedir algo. Escuchó el llanto ahogado de su esposa. Sintió cuando ella se sentó a su lado en la cama. Sintió las caricias de las manos de Juana Pabla en su cabeza alisándole el poco pelo que le quedaba, herencia genética de su padre, y a la vez este del suyo.

Escuchó y sintió todo, pero a pesar de ello no quiso abrir los ojos. A pesar de los empujones, de los estirones, de las súplicas, de las maldiciones de la abuela, del llanto de las mellizas, de los intentos del hijo, de las caricias de su esposa.

El se negó a abrir los ojos.

- Nunca más los abriré -dijo para sus adentros y cerró fuertemente sus párpados reforzando con ese acto su decisión de carácter inapelable.

Pasado el primer momento de desconcierto. Pasado el primer momento de incredulidad, el que diera paso al enojo, que a su vez diera lugar al intento de negociación y posterior vuelta al enojo para terminar por mandar todo al diablo, tuvimos que asumir la situación de que mi padre y esposo de mi santa madre, aunque no santo de la devoción de mi abuela y su familia, hubiera decidido quedarse ciego por propia voluntad, por decirlo de alguna manera, aunque alcanzó a aclarar de que lo hacía por culpa de la vida, por lo mal que lo trataba, por lo mal que le había ido, porque la fortuna no le sonriera como a Ezequiel, su hermano el comerciante; o Estanislao, su otro hermano, el político, que es lo mismo que decir también millonario.

A partir de allí comenzó otra vida para nosotros. Ya nada fue igual. Ya nada nunca más...

Cuando el chisme corrió, primero por la cuadra y luego por el resto del barrio donde vivíamos, pasamos de ser los parientes de “Manuel el fracasado” a los parientes de “Manuel, el loco ciego”. Cuando acompañábamos a algún lugar a mi padre, llevándolo de la mano como lazarillos, las viejas se santiguaban, escupían al piso, cruzaban los dedos por detrás de la espalda o hacían la señal del diablo según fueran sus apetencias espirituales. Al poco tiempo, aquello de salir fuera de la casa se convirtió en un espectáculo de circo para todos los vecinos. Incluso empezaron a venir de otras cuadras, de otros vecindarios, de otras ciudades para ver a “Manuel, el loco ciego”, al que en algún momento, con el correr del tiempo, no sabemos por obra de quién, cuándo o dónde, le cambiaron el mote por “Manuel el ciego”, primero; luego, por una serie de circunstancias creo yo que más fruto del azar que de él mismo, lo empezaron a llamar “Manuel el milagroso”.

Resulta que la prima Genoveva, solterona a punto de vestir santos y fea como ella sola, aparte de bruja por lo mala para mayor información, un día cualquiera consiguió novio, se casó y tuvo trillizos, todo en un año. E incluso, juran mi madre y mi abuela, está más linda y buena que antes. Cosas de ellas, pero que no pasaron desapercibidas por la gente que atribuyó a mi padre, no sabemos cómo o por qué, la obra de aquel milagro.

De a poco la vereda de mi casa se llenó de gente. Primero fueron los vendedores de golosinas, frutas y baratijas; luego llegaron los que comercializaban imágenes de santos, santas, e incluso de mi padre. Hasta acomodadores de autos vinieron de los alrededores para “ordenar” el estacionamiento de los vehículos y ganarse así algún dinero. Por supuesto que todos ellos, para poder trabajar tranquilos y beneficiarse con las comodidades de una amplia vereda, bien limpia y arreglada, aparte del consabido persmiso de trabajar frente a la casa, tuvieron que tributar algún dinero a mi padre. Eso, más lo que dejaban los que querían que él les hable, les aconseje o les toque, sumados a lo que donaban los políticos y los comerciantes de los mercados de los alrededores, nos dieron un mejor pasar. Incluso las despensas, los almacenes, los copetines, las farmacias, los taxistas y hasta la propia municipalidad incrementaron sus ingresos gracias al fenómeno de “Manuel el milagroso”, a quien retornaron sus beneficios con donaciones y privilegios para la familia. Resultado: Mi madre volvió a sonreír, las mellizas recuperaron su lugar, la abuela Adela nunca más volvió a maltratar a su ahora próspero yerno, y yo me convertí en su mano derecha.

Con el correr del tiempo, aunque sospechábamos de que en algún momento volvió a abrir los ojos a escondidas de la familia, sobre todo tentado de ver aquel alboroto que su inesperada e involuntaria astucia había logrado congregar alrededor de la casa, del tema de la ceguera voluntaria nunca más se habló. La paz, la tranquilidad y la prosperidad reinaban en el hogar de los Fernández hasta que un día, estando en la mesa del almuerzo, mi padre se preguntó más a sí mismo que a nosotros:

- ¿Y si ahora dejara de caminar?

Cava

La reina del bife



A mi madre se la consideraba en el vecindario como la “reina del bife”, y su fama ganó espacio propio y respeto al punto que incluso venían de los alrededores las madres amas de casa preocupadas de que a sus hijas casaderas ella les enseñase el arte de cocinar un buen trozo de carne en sus distintas versiones de a la plancha, a caballo, grillado, vuelta y vuelta, con mandioca, con batata, termino medio y otras más, a sabiendas de la preferencia que tiene este plato en la carta de la cocina de minutas, o fast-food criollo como se diría ahora en un lenguaje mucho más popular.

Este era un conocimiento heredado a su vez de su madre, mi abuela, personaje de temperamento y armas tomar siempre lista para enfrentar cualquier desafío. Doña Emérita, así era uno de los nombres que la abuela con orgullo y según su humor usaba junto al de doña Ana, doña M o doña Esme, resultó viuda en cuatro oportunidades. La primera vez de mi abuelo, un emigrante sirio venido al Paraguay en la década de los 20 y padre de mi madre y mi única tía materna; luego un oscuro personaje, chofer de la milicia, cuyo único aporte fue un hijo varón; posteriormente otro militar, esta vez un gris oficial, que dejó otro hijo varón; y por último, ya entrada ella en años pero no en achaques ni ganas, un comerciante lugareño de Asunción al que muy poco tuve la oportunidad de conocer porque mi abuela andaba con esos particulares arranques de independencia a los que era tan proclive, y el señor en cuestión había fallecido sin que tuviéramos oportunidad de intimar con él.

Volviendo al principio, o sea a los bifes, mi madre a su vez había perfeccionado en grado sumo las enseñanzas de la suya y los hacía casi de cualquier tipo de carne vacuna, pero siempre con el mismo resultado: una experiencia gastronómica para rechuparse los dedos. Dejaba que el lomo, bola de lomo, rabadilla o lo que fuese perdiese el excesivo frío con el que venía, luego cortaba generosos trozos con su cuchillo de mesa favorito, el que luego utilizaba para darle unos golpes al bife a modo de maza, pero de plano, no con el filo; después, en su también vieja pero favorita sartén de hierro con el mango casi destartalado que tenía que asir con un paño de cocina para no quemarse, echaba una interesante cantidad de aceite en el que, una vez muy caliente, dejaba caer la carne para que comenzara ese concierto tan particular de sonidos y olores que envolvía toda la cocina y el resto de la casa para nuestra satisfacción. Sobra decir que en la casa estábamos orgullosos de ser los acaparadores de los favores de esta especialísima cualidad culinaria, los privilegiados de la “reina de los bifes”, sobre todo a la hora de sentarnos a la mesa.

Según sea la versión del plato, en sartenes separadas los huevos y las cebollas se cocían si el bife en cuestión era a caballo. Si a la plancha, tal vez acompañaba de guarnición  un puré de papas o ensaladas, mixta con berros, porotos o rusa. Si era con mandioca o batata, antes de darle la primera vuelta, echaba sobre los filetes trozos recién hervidos del tubérculo en cuestión para que adquiriesen para sí la sustancia de la carne que rezumaba hacia arriba huyendo del aceite caliente, para finalmente mezclar todo creando una sinfonía de sabores que hasta ahora nadie, ni siquiera alguno de nosotros, sus hijos, que hemos presenciado una y otra vez su hacer magistral, hemos llegado siquiera a igualar... Aunque también tenemos lo nuestro.

Estuve recordando aquello de los bifes el otro día en que se me agitaron las mariposas de la nostalgia en el estómago cuando por esas cosas de la vida tuve que volver, después de mucho tiempo, a caminar por la feria del Mercado 4 para hacer unas compras ocasionales. Acostumbrados como estamos en este ajetreo actual a los supermercados, sean estos chicos, medianos, grandes o hiper, mezcla de bazares persas y palacios de placeres varios en los que la oferta generalmente excede la demanda y nos acostumbramos al aire acondicionado expelido en bocanadas por grandes máquinas ubicadas a la altura del cielorraso, un poco de transpiración por las siempre caóticas e invadidas callejas del mercado, o sus centros de venta, puede convertirse en un buen ejercicio recordatorio. En mi caso, en especial, para rememorar cómo cuando niño acompañaba a mi madre por las mañanas a hacer las compras de la semana o con motivo de cualquier otra ocasión, ya sean cumpleaños, Semana Santa, Navidad, Año nuevo o Reyes. Y como siempre volvíamos más tarde que temprano, ella lo arreglaba todo con un: - ¿Les preparo un bifecito...? -a sabiendas de la predilección que teníamos por este manjar tan cariñosamente elaborado, y más que nada para disfrutar con nuestra enorme expresión de satisfacción, suficiente razón para que ella elevara los niveles de su siempre poco exigente y simple felicidad hasta los cielos.

Como hemos vivido siempre en los alrededores del barrio Pinozá o Bernardino Caballero, el Mercado 4 nos quedaba a mano. Ibamos a él caminando y volvíamos con las bolsas de nylon cargadas en ómnibus, en los viejos “Merceditas” o en los kombis que en esa época hacían de transporte de pasajeros. Y teníamos nuestra rutina muy particular, que incluía entrar por la calle Lévera y hacer la primera parada en el puesto de doña Tomasa, responsable de la mejor empanada de mandioca de la historia de la humanidad; al lado, unidos los dos en un simbiótico interés, estaba el puesto de los jugos de yuyos. Una mezcla, la más especial de todas, conjugaba en sus sabores zarzaparrilla, Santa Lucía, cáscara de piña y un toque de limón recién exprimido, refrescante brebaje capaz de hacer palidecer de  envidia a cualquier bebida gaseosa y que era servido muy frío, gracias a trozos de hielo en barra, en grandes vasos de vidrio transparente, previo cernido en coladores o en inmaculados trozos de lienzo.

Luego de las compras habituales para la despensa, con el dinero que mi madre hacía sobrar con sabiduría y que por lo tanto no retornaba al bolsillo derecho de mi padre, pasábamos a lo de nuestro marchante Tony. Nunca nos preguntamos su nombre verdadero, y lo llamábamos así porque su negocio llevaba el mismo nombre... y seguro que él también. Tenía un puesto de venta, cambio y alquiler de revistas en pleno centro geográfico del mercado. “Gorditos” mexicanos repletos de lacrimosas historias de la vida real de gente común y silvestre; revistas argentinas tales como D'Artagnan, Special o El Tony con muchas historias del querido compatriota Robin Wood; Aquí, Ñandé, Sucesos, Selecciones, otras revistas internacionales, y más aún, se apilaban por montones en su puesto a la espera del cliente.

Siempre tomábamos un descanso allí para leer algo, negociar en trueque los ejemplares que llevábamos o comprar algo, aunque esto último no era tan frecuente por ser mejor para nosotros el intercambio. El kiosco de nuestro Tony funcionaba así y los clientes eran todos como nosotros, más amigos que otra cosa. Se mezclaban intelectuales, estudiantes, amas de casa y colegiales en busca de textos escolares usados... Cualquiera que se interesara por la lectura, por dar un vistazo a la actualidad, por divertirse leyendo algo sin pagar tanto y con la facilidad del cambio uno por otro; a veces más la diferencia, si el número que nos gustaba era más nuevo o estaba en mejores condiciones que el que ofrecíamos. Un tiempo después incluso habilitó una sección de discos, que en esa época eran rigurosamente de pasta, o vinilo, en sus versiones LP o simple, de 33, 45 o 72 revoluciones, de agujero chico o grande.

Su puesto comenzó pequeño y fue creciendo con el tiempo hasta abarcar unos cuatro lugares contiguos y tener unos cinco ayudantes que hacían su trajinar más leve porque el movimiento era bastante intenso, y por fortuna para él y para nosotros al negocio le iba muy bien. Pero el inclemente correr del tiempo termina indefectiblemente por separarte de las cosas que más te gustan, o de las que habituabas hacer porque somos, más que nada, sujetos de costumbres amoldados a situaciones y hechos. Uno crece y hace otras cosas. Por ejemplo, a medida que iba creciendo dejé de acompañar a mi madre al mercado a cambio de ir, salvando el tiempo y quemando etapas, primero a los autoservice, luego a los minimercados y posteriormente a los súper, tal como apocopamos su denominación con tanta frescura. En algún momento, sin que nos diésemos cuenta, doña Tomasa falleció, su puesto desapareció y nadie la pudo reemplazar, lo digo con absoluta propiedad porque hasta ahora nunca volví a probar otro bocado como el que ella cocinaba. Las bebidas gaseosas ocuparon el lugar de los jugos de remedio yuyo y el amigo Tony se perdió de vista; vinieron otros puestos, otros negocios, otras revistas, otras modas, otros ritos, otras costumbres a reemplazar a las anteriores.

Pero como les decía, andando a la sazón por el mercado el otro día en la zona de Bonanza, un puesto por el que seguro pasé muchas veces anteriormente sin fijarme, esta vez llamó mi atención, sobre todo por el nombre, igual al de aquel amigo que visitábamos con frecuencia, pero este estaba dedicado a la venta de toallas, sábanas y repasadores. Me acerqué supuestamente interesado en unos artículos sólo como pretexto para hablar con el hombre que atendía y con gran sorpresa confirmé que era el mismo personaje, nuestro Tony, solo que más entrado en años, con menos pelo en la cabeza y canas en lo que le quedaba. Le hablé, me hice conocer, se sorprendió, me reconoció, me preguntó por mi madre, le conté que había fallecido hacía unos años ya, me dio los tardíos pésames junto con las consabidas palmadas en el hombro; le pregunté que había pasado con su puesto de libros, revistas y discos, y me contestó más con resignación que con tristeza que hoy en día muy poca gente lee pero sí se baña o tiene una cama, que para muchos es más importante un repasador de cocina que un libro o una revista, por lo que tuvo que cambiar de ramo buscando otra alternativa de vida; esta vez fui yo el que le palmeó el hombro, nos dimos las manos, prometimos vernos de nuevo algún día y nos separamos. Volvimos yo a lo mío y él a lo suyo en aquella mañana arrasada por el calor infernal de mediados de diciembre.

Y es así que cuando esas inmisericordes mariposas de la nostalgia vuelvan a moverse fuerte en mi estómago y en mi mente, cumpliré la promesa de ir a visitarlo. Tal vez más pronto que tarde, ¿quién sabe? Uno de estos días puede que necesite cambiar de toallas, o quizá simplemente utilice de pretexto el hablar con Tony para recordar las cosas que antes hacíamos mi madre y yo cuando andábamos aprendiendo el uno del otro por ahí.

Salvador



Figueres, Girona, Catalunya, España. Mayo 11 de 1904, 8:00 horas AM, Hospital de Nuestra Señora de la Merced. Felipa, ama de casa y amante esposa, tendida sobre una cama en la sala de partos sufre contracciones a intervalos cada vez más cortos. Las hermanas de la caridad, con sus grandes cofias parecidas a grandes aves al acecho, se cruzan corriendo por los enormes pasillos cargando agua tibia y lienzos limpios.

Salvador, notario público, republicano conservador, miembro de número de la Real Sociedad de Hombres Públicos, de la Cofradía de la Santa Imagen de Catalunya y masón en tercer grado del Supremo Oriente de España, nervioso fuma puros unos tras otros. Dudas y preocupación asaltan a ratos su mente pero trata de alejarlas agitando el aire con las manos. Lo único que logra, sin embargo, es impregnar aun más la sala de espera con el humo fuerte del tabaco.

Figueres, Girona, Catalunya, España. Mayo 11 de 1904, 8:45 horas AM, Hospital de Nuestra Señora de la Merced. Felipa, ama de casa, amante esposa de Salvador, y a partir de ahora madre nuevamente por designio del destino, expone el mundo al hijo de sus entrañas.

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Una fría y espesa bruma cubría todo aquel lugar, que dicho sea de paso nunca supe dónde quedaba. Me llamó la atención lo insólito de aquello que se dejaba ver a través de las desgajadas cortinas de rocío.

Un inexplicable piano colgado de un árbol por allá; pájaros que confundidos por el viento recorrían la hierba por aquí; enormes relojes derretidos, crucifijos y cristos; bosques tibios y húmedos en los que el tiempo se deslizaba suavemente; peces voladores y otros animales y seres increíbles; por allá un copo de nieve, campanas de colores, margaritas silvestres; en fin, un tiempo sin tiempo, un sitio sin nombre y dos hombres sin nombre cuyos perfiles pude notar a lo lejos que iban acercándose uno al otro hasta quedar frente a frente, cara a cara.

Fue como si transcurrieran siglos en esa posición. La expectativa aceleraba el corazón y mi respiración se hacía entrecortada. De repente y sin aviso, ambos se dieron besos en las mejillas, un abrazo fuerte y efusivo, unas palmadas, se tomaron de las manos, intercambiaron un par de palabras que a pesar de mi curiosidad y esfuerzo no pude escuchar y luego se separaron volviendo cada uno a su propio camino, seguidos como en una película de caricaturas de animados pinceles, plumas, papeles, lienzos, etc., danzando éstos una frenética melodía muy propia de Stravinsky.

Me dirigí adonde sucedió la escena y para sorpresa mía encontré que en realidad no se habían ido del todo, dejaron sus respectivas almas dislocadas que, en actitud muy extraña, parecían esperar mi presencia como si fueran a necesitar de un testigo que avalara lo que allí ocurriría.

Decidí no hacerles esperar. ¿Quién era yo para no consentir aquel deseo?, me pregunté a mí mismo y acudí a la cita.

Me senté bajo el piano. Un reloj derretido y un copo de nieve me flanqueaban a los lados mientras la humedad de la hierba subía por mis piernas dándome un poco de alivio ante tanto calor producido por la ansiedad.

Aquellos extraños seres, como esperando el momento justo en que yo les prestara toda mi atención, se miraron fijo, uno de ellos hizo un gesto al otro y comenzaron el siguiente diálogo que, juro por esta sangre que corre por las venas mías, es totalmente verídico.

Aunque a veces sigo preguntándome si no fue nada más que un sueño.

- Bonsoire, mon ami Paul.

- Bonsoire, Salvador.

- ¿Cómo estás, mi viejo amigo?

- Amigo las narices. ¡Viérase tal caradurez!

- Pero Paul, amigo. ¡Nunca pensé que pudieras tratarme así! Nunca habías dicho nada malo de mí. Al menos hasta ahora…

- Siempre hay una primera vez para todo.

- No me hables a mí de primeras veces. Acuérdate que fui el segundo.

- Y yo el primero. Y bien podrías habernos dejado, a tí y a mí, en esas posiciones. Yo como primero y único, y tú como nada, como cero, como lo que eres para mí, nada más que un cero bien grande a la izquierda.

- ¿A la izquierda? ¡A la izquierda! Nada de izquierdas mi caro amigo. Siempre, pero siempre en el centro.

- Sí, siempre… ¡siempre tarado!

- Otra vez con las agresiones. ¿Podríamos hablar sin lastimarnos?

- Lastimarte es lo que más me gustaría hacer. Pero poniéndote algunos de esos adefesios que te atreves a llamar pintura como sombrero.

- Vamos, Paul. Aquí entre nosotros y este tonto que nos observa, que siempre te gustó lo que yo hacía. Eso, no tendrías la cara de negarlo.

- ¿Sabes qué, Salvador? En algo tienes razón. Me gustaba lo que hacías y quién eras, aunque un poco tocado; vamos, totalmente tocado, un buen especímen para Freud. Es cierto, me gustaba lo que hacías…

- Pero…

- No me interrumpas. Tú siempre con la manía esa de interferir. Es lo que mejor sabes hacer, entremeterte en la vida de los demás. Eso hiciste conmigo. Y no creas que porque nunca dije nada no haya sentido nada. Soy un caballero, un buen caballero francés, cosa que no puede decirse de algún catalán que anda arrastrando su alma pecadora por ahí. Juré que no iba a decir nada hasta que tuviera la oportunidad de hacerlo. Y te juro que esta es la mía. Voy a decirte lo que siempre quise y las reglas de un buen comportamiento me lo impidieron, y no quieras volver a interrumpirme porque te juro que tomo el bastón y te lo parto en la cabeza y no te van a salvar esos sombreros ridículos que acostumbras usar. ¡Por eso…

Alarmado por la inminencia del acto, traté de intermediar. Pero el intento fue en vano pues atravesaron mis manos primero, mis brazos después y en mi propio cuerpo se encontraron. Había olvidado que eran almas, y como tales incorporeas. Al final Salvador tenía razón con lo de tonto al referirse a mi persona. No me quedó más que observar cómo se zarandeaban el uno al otro hasta que terminaron -y muy pronto por cierto-, porque a pesar de ser almas, o fantasmas, lo eran de gente mayor cuya fuerza había declinado con el tiempo, con las penurias y las travesuras de una vida terrenal ajetreada.

- ¡Por eso… voy a… darte tu merecido, maldito entrometido, bueno para nada! -seguía diciendo Paul muy agitado por el esfuerzo-. Salvador. ¡Eres la peor lacra que pudo haber existido sobre la faz de toda la tierra! ¡Mira que hacerme eso a mí! ¡A mí, que eramos amigos! Al menos yo te creí un amigo, de lo contrario jamás hubiera aceptado aquella invitación tuya. Si hubiera sabido lo que ocurriría, pero no nos hubieras visto ni los pelos a Gala y a mí. Maldito intruso… maldito… te juro que se me atragantan las ofensas que te quiero escupir en la cara y que tanto tiempo callé hasta llevarlas a la tumba conmigo.

- ¡Eso mismo! ¡Eso te pasa por ser tan rencoroso! Si me hubieras perdonado antes de morir no estuvieras por aquí vagando con tanto rencor en el alma. ¡Mírate! ¡Estás todo verde, tiñoso de maldad y furia! Yo te recomiendo…

- ¡Lo único que me faltaba! ¡Don Salvador haciendo recomendaciones! Esto es inaudito, esto es… esto es… ¡irreal!

- Por supuesto. ¿Y que otra cosa esperabas de mí? Si bien recordarás el surrealismo soy yo –dijo aliñándose los bigotes hacia arriba.

- ¡El rey de los surrealistas miserables, diras, pobre infeliz!

- ¿Miserable? Por lo visto allí donde fuiste no estabas bien informado, mi caro amigo. ¿Miserable? Ni un gramo. ¿Pobre? Mucho menos. Hasta se me acusa de amar el buen doblón, y yo pregunto ¿a quién no? ¿Infeliz? Voy a parecerte más petulante aun: Nuestra querida Gala iluminó hasta el último de sus días toda mi vida con la luz de su ser. Fue mi meta, mi razón de ser, mi musa inspiradora…

En ese momento no podía creer lo que escuchaba. Estaba asistiendo a una pelea de primera entre dos fantasmas, y el detonante era, como casi siempre, una mujer entre dos hombres.

- Si. Buena musa inspiradora. Solo a tí se te puede ocurrir que lo primero en que la retrates se llame “El gran masturbador”. ¡Sí, masturbado tenías y sigues teniendo el cerebro! Yo la comparé con la fresca hierba que crece en las praderas, con el sol que ilumina mi senda, con una estrella que cruza el firmamento de mi ser, con una flor silvestre allende una surgente que yo arrancaba suavemente. Y a pesar de todo eso me dejó por tí, pedazo de bueno para nada y no se te ocurre nada mejor que pintarla de perfil y en un bodrio. ¡Por favor! Estamos solos tú, yo y el señor. ¿A quién más quieres convencer?

- Por mi no se preocupen, atiné a decir.

- Tu no te metas en esto. No es tu juego -me replicó Salvador… o su fantasma.

- Sí. Ahí está. Ese eres realmente tú. Y después dices que no eres miserable -intervino Paul.

- Es que no tiene por qué meterse donde no lo llaman.

- Está bien. Me callo y escucho -fue lo último que dije y un pesado silencio cayó sobre nosotros.

- Mira, Paul -dijo al cabo Salvador. Te debe quedar el consuelo de que la amé, la amé como a nadie se puede amar en este mundo.

- ¡Ah! ¡Mira qué coincidencia! Igual que yo.

- Pero me prefirió a mi. Tal vez estaba cansada de cuidar tus dolencias, de tus tratos amables, de tus afabilidades. O tal vez no. Tal vez quería algo diferente. Ella también te amó en su momento, me consta, me lo dijo. ¿Pero quién puede saber lo que siente un corazón de mujer? ¿Quién puede ser dueño de sus sentimientos? Ni tú ni yo, nadie… Bueno… tal vez yo, pero…

- Pero nada. Ya estabas otra vez a punto de conmoverme, tonto perdido. ¿Pero qué puedo hacer contigo? Me estoy dando cuenta ahora mismo que es imposible tratar de llevarte la contra. Pero no importa. Seguiré rumiando mi angustia por toda la eternidad. Creí que podría, más soy como un pájaro confundido con el viento, apenas un soplo de niño sobre una primera trémula llama…

Al escuchar las últimas palabras de quien decía llamarse Paul, no pude contener las lágrimas pues mi propio corazón se partió en pedazos al recordar las penas y alegrías mías, al recordar aquel amor que todos sentimos alguna vez por otro ser y que alguna vez me lastimó o yo herí sin querer, sin intención. Y ví cómo esas dos almas que aún rechazándose con lo que les quedaba de resentimiento, se abrazaban con lo que también les quedaba de corazón, de sentimiento compartido, de amor brindado y las últimas palabras de Salvador, apenas audibles, fueron al oído de Paul.

- Sabes, mon ami. Yo la amé por los dos.

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Figueres, Girona, Catalunya, España. Mayo 11 de 1904, 8:46 horas AM, Hospital de Nuestra Señora de la Merced. Salvador emite un primer quejido, un primer llanto arrancado por las nalgadas de la enfermera que lo ayudó con esto a llenar de aire sus pulmones.

Y ese llanto fue un símbolo, un anuncio.

Tras la puerta



Lo que por acaso había tras aquella puerta que para todos en casa estaba prohibido abrir, habitaba en nuestra mente perturbada por noches de insomnio tratando de develar el misterio. Y si digo tratando, es en serio, porque sólo haciendo ejercicio adivinatorio podríamos resolver aquel dilema sin cruzar el umbral de lo no permitido.

Nos habíamos mudado a esa casa luego de recorrer muchas más. Así, varios barrios de la capital nos tuvieron como vecinos. Pinozá, Bernardino Caballero, Ciudad Nueva, Vista Alegre y otros cuyos nombres apenas recuerdo. Es así que en una ocasión, cuando casi no quedaban zonas que recorrer sin repetir, fuimos a parar al centro de la ciudad, más exactamente al barrio Antequera. Lugar de familia, tranquilo y apacible, de mucha inmigración, sobre todo italiana hacia Rodríguez de Francia, y turca hacia abajo, para General Díaz.

La vieja casona estaba, y sigue estando hoy ahí nomás, a pasos de la escalinata y su monumento. En ese tiempo vivíamos con mi única tía materna, Elba se llama ella; un tío, hermano de padre de mi madre y de mi tía; mi madre, yo, mi gato y un loro, mascota de la jefa de casa por más datos. Mi padre andaba siempre de viaje, por lo que le convenía que viviéramos todos juntos para protección mutua, según él. Porque era un avivado, según mi tía; porque era un entendido en la materia, según mi tío. Y porque no teníamos otra opción, según mi madre.

La casona en cuestión era enorme, de una sola planta y terraza, amplia galería cerrada en forma de corredor envolvente, con balaustradas, grandes canaletas bajaban por enormes columnas lisas rematadas en capitel romano e imponentes bases que se perdían en el piso cubierto de baldosas de geométrico diseño floral. Los techos eran muy altos, las habitaciones frescas, los baños enormes, la cocina también y el patio igual; lleno de naranjas, mandarinas y pomelos que hacían de aquello un festival de aromas en la floración, cuando se mezclaban en el aire del atardecer las fragancias de los azahares, los jazmines y las orquídeas esparcidas por el viento suave que bajaba por la cuesta de la escalinata.

Desde la calle se accedía a la propiedad a través de un portal protegido por un portón de dos hojas forjado en hierro; luego cinco gradas anchas, un caminero y de nuevo otras gradas, veintiuna, para llegar a la galería y la puerta principal que daba al recibidor. En conjunto, mirando desde la vereda, la casa estaba allá arriba, imponente, majestuosa, altiva, dominante… antigua…

Fue construida a finales del 1800 por un italiano que llegó, como tantos otros, por la época de la guerra grande, y que supo hacer fortuna y cumplió con creces el sueño de la casa en la colina. Me imagino que en aquel tiempo la vista habrá sido imponente, con toda la ciudad a sus pies. Hoy en día ya no es así.

Lo cierto es que doña Agatina, anciana ya y única heredera de sus padres, era amiga de mi tía y, no teniendo muy buenos recuerdos del lugar, encontró en ella la excusa perfecta para despreocuparse del mantenimiento de la casona y se la alquiló por monedas con el compromiso de hacerse cargo mi familia de las refacciones necesarias para que aquello no se cayera a pedazos, como ya estaba ocurriendo cuando nos mudamos allí.

Nuestras pertenencias no eran muchas, eran las normales para una familia de clase media-baja, por lo que la propiedad nos quedaba enorme, aparte porque todo era grande. Había muchas habitaciones, limpiar los techos y los vidrios de los ventanales era una tortura, barrer y repasar el piso ni hablar; aquello, más que inquilinos necesitaba de un ejército de esclavos para su mantenimiento. Pero, al fin de cuentas, uno se acomoda a todo en la vida y sigue rodando. Nos las arreglábamos como podíamos, y en medio de todas las otras cosas jugábamos a las escondidas en el patio o en las habitaciones, arrancábamos frutos de las plantas para patearlos como pelotas o hacer una buena guerra de pomelos, divertirnos con la rayuela o congelado en el caminero, y si el tiempo no lo permitía ya porque lloviera o hiciese frío, teníamos el corredor que prácticamente era una casa por su tamaño. Todo lo que quisiéramos, todo… menos entrar a la habitación prohibida.

Sobre esa habitación se tejían mil conjeturas.

- Te doy las llaves de toda la casa -dijo doña Agatina pasándole a mi tía el llavero cuando la acompañé aquella tarde en que cerraba el trato antes de mudarnos-. Esta es del portón del frente, esta de la entrada del costado que da sobre Paraguarí, esta de la entrada principal a la casa, estas de las habitaciones, esta de la cocina, esta del depósito. Y esta… esta es de la habitación prohibida…

- ¿Qué cosa? ¿Prohibida? -preguntó mi tía sorprendida. Ese día nos enteramos de su existencia.

- En efecto -contestó la dueña de casa.

- Agatina, ¿y se puede saber por qué está prohibido entrar a esa habitación? -volvió a preguntar doña Elba.

- No te gustará saber por qué -contestó la propietaria.

- Y si está prohibida y encima no me va a gustar la respuesta, ¿para que se supone que me das la llave? -contestó mi siempre práctica pariente.

- Porque las cosas son así, nada más. O las tomas como son o… -refutó doña Agatina, haciendo un ademán levantando las manos y los hombros.

- Y bueno, qué te vamos a decir -concluyó mi tía dando por terminado el asunto. A pesar de su curiosidad insatisfecha, pero pragmática como ella sola, me tomó de las manos y regresamos a pasar la última noche en la casa que íbamos a dejar para mudarnos a la del barrio Antequera en ese otoño por demás frío y lluvioso.

En el ómnibus, mi tía iba haciendo girar el llavero en la mano derecha mientras pensaba lejos mirando por la ventanilla. En un momento se fijó atentamente en el manojo, y después de sonreír irónicamente, dirigiéndose a mi, dijo:

- Se pueden decir muchas cosas de Agatina, menos que no es ordenada. Cada una de las llaves tiene una marca hecha con un pedazo de papel pegado que indica a dónde pertenece. Mirá. Todas tienen una, incluso el de la pieza prohibida -dijo, y levantándose pidió la parada porque, distraídos, nos habíamos pasado unas cuadras de nuestro destino

Volviendo a la habitación, decía que se tejían mil conjeturas sobre ella en los alrededores, entre los vecinos, sobre todo los más antiguos. Por supuesto que todos sabían de la existencia de aquella parte de la casa y de la prohibición, pero nadie exactamente la razón. Cada uno tenía su versión favorita. Unos se animaban a decir que en ella sucedió una tragedia muchos años atrás y que, por lo tanto, había movimientos raros, fantasmas, almas en pena que serían liberadas si por desgracia alguien abría la puerta que el padre Justino, de la parroquia del Perpetuo, cerró fuertemente tras una sesión de exorcismo que duró el día entero, allá por 1920, dejando conjurados entre esas paredes a los espíritus que propiciaron la calamidad que allí ocurriera.

Otros, más terrenales, que esa habitación no estaba bien construida y que era un peligro para cualquiera porque podía desfondarse el piso, o caerse el cielorraso, ¿quién sabe?, ya que don Giuliano, constructor de la casa por encargo del padre de Agatina, don Héttore, y que terminara por desposar a aquella, se había embolsado unos buenos pesos utilizando materiales de mala calidad en la casona, hecho que al ser descubierto por la misma novia, desembocaría en la posterior separación de la pareja de manera traumática y definitiva.

Otros, los más supersticiosos, especulaban que en esa habitación tenía don Héttore guardado el motivo de su éxito comercial. Un amuleto personal que trajera de su Nápoles natal y que estaba enterrado bajo la tercera baldosa, contando en diagonal desde la esquina norte; mirando desde la puerta, al lado izquierdo de otra baldosa marcada con un círculo que lucía sus iniciales, HC, disimulado entre los motivos florales. Hasta los más íntimos detalles decían conocer los vecinos, y lo contaban muy serios así uno les preguntara o no.

Lo cierto es que aquella habitación, a juzgar por los comentarios, hacía mucho tiempo que estaba cerrada, y lo que había tras la puerta era un misterio absoluto para todos nosotros. Mi tía era una persona práctica, madura y responsable; pero mi madre y mi tío, dos casi adolescentes, curiosos y traviesos, hablando muy  a su favor. Cuando tuvieron la primera oportunidad de hacerlo, habiendo planificado cómo distraer la llave que su hermana se había encargado de quitar del llavero y, justamente para evitar tentaciones, guardado en el cajón no tan secreto de su cómoda, me enviaron a mi a completar la operación “habitación prohibida”, que incluía ejercicios de distracción hacia el fondo de la casa, técnicas de camuflaje detrás de las cortinas e intromisión en el dormitorio de doña Elba tras el silbido indicador de no moros en la costa para apropiarme de la bendita llave que yo debería, como agente que cumple una misión secreta, entregarla a mis superiores, en este caso después de la cena, por si acaso, cuando todo esté calmado, ya que como su infante sobrino, único y favorito, yo estaba exento de dudas ante ella, por lo que negar la autoría del complot, si se descubriera, a mi progenitora y a su hermano les iba a resultar más fácil no habiendo prueba del delito en su poder.

Después de la cena, como estaba previsto en los planes, la llave fue entregada. Misión cumplida. Pero tuvimos que esperar hasta el anochecer del día siguiente, cuando mi tía saliera al cine con un amigo, para intentar descubrir el gran misterio. Había apenas dos o tres horas a nuestro favor. El cine París no quedaba muy lejos, hacía bastante frío y soplaba mucho viento, por lo que probablemente no tardarían mucho en volver.

Valientemente abrazados y conteniendo el aliento, cuidando permanentemente la retaguardia, nos dirigimos hacia la habitación en cuestión, al lado de la cocina. Cuando llegamos al descanso, que estaba en penumbras por falta de focos, la puerta parecía esperarnos. Mi tío iba armado con un palo, mi madre con una escoba y un candelabro, y yo delante de ellos, pero no por valiente sino porque no quería quedarme solo en mi cuarto cualquiera fuese el desenlace de la exploración.

Mi madre, que siempre fue de armas tomar, clavó en el cerrojo la llave que arrancó de la manos al hermano y, tras girarla dos veces, empujó con fuerza la puerta para que se abriera. Con un largo chirrido, las bisagras se movieron y un aire rancio y desagradable nos golpeó la cara desde adentro y casi apagó las velas. Cuando todo pareció tranquilizarse, metió primero el candelabro y luego la cabeza; la siguió mi tío, luego yo, aferrándonos los unos a los otros. Por las dudas, para que la puerta no se cerrara y después no pudiésemos abrirla, la escoba fue colocada entre el marco y la madera reseca por el descuido y el tiempo. Tardaron nuestros ojos en acostumbrarse a la penumbra, y cuando así ocurrió fue grande nuestra sorpresa al encontrar una habitación totalmente amueblada. Una cama imponente con doseles torneados, dos sillones de estilo a los lados, gruesas alfombras en el piso y algunos cuadros colgados en las paredes. Completaban el mobiliario un ropero de época de cinco cuerpos y valijera incluida, y una cómoda con seis anchos cajones; zapateras, mesitas de luz y veladores con pantallas de mármol; una araña de cristales colgaba del techo, así como también lo hacían metros de telarañas por todos lados.

Parados en el centro de aquel cuarto, nos quedamos con las bocas abiertas del asombro buscando una explicación. Mi madre caminó hasta donde estaba la cama llevándose la luz con ella; colocó el candelabro sobre una de las mesitas, giró sobre sí misma y dijo:

- ¡Esto es maravilloso, che! ¡Qué lástima que no podamos contarle nada a nadie!

- ¿Y por qué? -protestó más que preguntar mi tío.

- Porque se supone que no deberíamos estar aquí -respondió ella y se hizo un silencio muy profundo.

Entonces mi madre se acercó a un cuadro que estaba colgado de una de las paredes, cerca de una de las esquinas, cuando de repente un fuerte ruido se produjo al caer la escoba con fuerza. Al mismo tiempo, una ráfaga de viento apagó las velas y nos dejó sumidos en total oscuridad. Perdimos la respiración allí donde estábamos parados, alejados uno del otro. Mi tío corrió hacia la puerta, pero esta se cerró antes de que pudiera llegar y no pudo volver a abrirla.

- ¡Tiene que haber una manera de salir de aquí! -dijo doña Yolanda en la penumbra.

- ¡Y tiene que ser rápido! ¡Elba puede llegar en cualquier momento! -agregó mi tío.

Empezamos a movernos tanteando el cuarto a ciegas, paso a paso, cuando se escuchó de pronto un chillido espantoso, tan aterrador que me congeló la sangre. Mi madre también gritó: -¡Pisé algo, pisé algo¡ ¡Ay, era todo peludo y blandito! -y volvimos a escuchar otro chillido que, ahora, acompañó al grito de doña Yolanda porque algo le rozó las piernas. Esta, aterrada, corrió hacia donde yo estaba la última vez que nos vimos bien y, al dar sólo unos pasos, se hundió en el piso a través de la alfombra rompiendo el zapato de charol taco aguja que de puro coqueta usaba de entre casa, prestado de su hermana, sobre todo cuando ella no lo sabía.

Como si aquello hubiera sido una señal, se llenó la habitación de ruidos. Chillidos y gritos estridentes, sobrenaturales y espeluznantes. La araña se estremecía haciendo que tintinearan los cristales como si alguna mano la agitara y fuera a caerse. El cielorraso de tela se movía como si alguien, o algo, caminara sobre ellos. Sobre el techo se escuchaban golpes tras otros, y ráfagas de viento entraban silbando fuerte por algún lugar desconocido. Para colmo sentimos que algo se cruzaba volando frente a nuestras narices con aleteos secos, rozando nuestras cabezas de aquí para allá. ¡Aquello era horrible... espantoso!

Ayudamos a mi madre a levantarse cuando pudimos encontrarla, sacándola de la trampa en el piso; corrimos hacia donde estaba la puerta como almas que el diablo lleva, pero no podíamos salir; mientras, los ruidos y los chillidos seguían, los golpes eran más fuertes y continuaba aquello volando sobre nosotros haciendo que nuestra piel se erizara de manera permanente. Entonces mi tío se dio cuenta de que sobre el marco, el respiradero estaba semi abierto y me alzaron hasta ahí para que pasara por él hacia el otro lado y pudiera abrir la puerta.

Cuando ya no había nada que lo impidiera, casi volando salimos de ese lugar para acabar en la galería. Blancos, perplejos, asustados hasta más no poder, tratamos de recuperar el aliento y el alma que se nos fue de paseo muy lejos en aquella noche fría.

- Tranquilos, tranquilos. Ya pasó. No fue nada -dijo doña Yolanda tratando de minimizar la situación.

- ¡Qué tranquilos ni qué ocho cuartos! -dijo mi tío, que se llamaba Hermenegildo-. ¡Ya está por volver Elba, y encima olvidamos la llave por la puerta! ¡Qué hacemos! ¡Lo que nos espera! -dijo a sabiendas del carácter de mi tía.

- ¡Y vamos a cerrar la puerta, recuperamos la llave, la ponemos en su cajón y ya está! -solucionó mi madre haciendo gala de sus grandes ideas una vez más.

- ¡Tu abuela! -respondió Hermenegildo-. ¡Ni loco vuelvo ahí!

- ¿Mi abuela? ¡Peor tu hermana! –le contestó mi madre, argumento que terminó por derrumbar la frágil resistencia de mi tío.

Así que volvimos adentro de la casa, pero esta vez mejor equipados. Conseguimos unas linternas, un par de martillos y un cable trenzado de aquellos que se usan para exigir respeto. No sin miedo, calculando cada movimiento, nos acercamos a la puerta de aquella habitación que ahora se encontraba extrañamente silenciosa. Bien escondidos detrás de un pilar, iluminamos bien con las linternas y Hermenegildo, muy despacio y en silencio, fue a buscar la llave. Cuando estuvo enfrente y a punto de agarrarla, de pronto quedó congelado y una palidez asombrosa ganó de nuevo su rostro moreno.

- ¡No, otra vez! -dijo él.

- ¿Otra vez qué? -susurró mi madre.

- ¡Escucho ruidos… como si fuera… como si fuera…! ¿Lucifer…? ¡Es Lucifer! ¡Es Lucifer! -gritó mi tío estupefacto señalando dentro de la habitación. Y en efecto era Lucifer, pero mi gato, el muy desgraciado, quien iba cruzando renqueante el umbral de la oscura habitación acompañado de una amiguita, los dos eructando plumas del tipo que vestía la mascota de mi tía, y ronroneando enamorados se alejaron hacia al patio pasando como si nada entre nosotros.

Días después, ya más tranquilos porque habíamos solucionado todo antes de que la tía llegue y se entere, seguía ella preguntándose qué pudo haber pasado con su loro, cuya única señal de que existiera alguna vez eran el aro y el pan mojado en leche que dejara abandonados aquella noche en que, probablemente con las alas crecidas, probó suerte y se alejó volando para siempre de la casa (versión de mi madre).

De Lucifer, el gato, una leyenda urbana dice que días después, vísperas de San Juan, alguien prendió fuego a un pedazo de tela mojado en alcohol que llevaba atado a la cola, y que corriendo desesperado de techo en techo por todo el vecindario, se perdió sin que lo volviéramos a ver nunca más (versión vecinal, y autoría negada hasta la muerte por mi tío).

Lo cierto es que tampoco mucho tiempo después, cansados de tanto trabajar y trabajar para mantener aquella casa desproporcionada, traspasamos de vuelta la responsabilidad a doña Agatina e hicimos lo que más sabíamos hacer: Mudarnos.

- Te agradezco el favor, Agatina, pero no podemos más con esta casa. Encima parece que todo el piso está hundido o que hay un eco tan pero tan especial que, a riesgo de parecer frívola, no me gusta ni siquiera el ruido que hacen los tacos de mi zapato de charol favorito -le dijo doña Elba a doña Agatina el día que le devolvió las llaves de la antigua casona que todavía sigue en pie en aquella esquina asunceña.

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