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Villa Gamarra, Pedro (Sánchez Acevedo)

Dependencia



Dependencia

Autor: Sánchez Acevedo

La ceguera lo tenía recluido en una habitación de tres por dos, hacinado entre un catre viejo que crujía al mínimo movimiento, una silla de plástico y una mesa de noche que nunca ubicaba. Para alguien en mi condición —decía José— el peor momento es al despertar, olvidas que ya no ves, y la maldita mesa está siempre en el lugar equivocado, parece que la memoria se me nubló junto con la vista.

Al principio quiso llevar cuenta de los días, sin embargo pronto lo venció el desánimo. Empezó a guiarse por sus necesidades básicas. Si despertaba con ganas irreprimibles de orinar, sabía que era el amanecer y no la siesta de la tarde. Tratar de deducirlo parecía ser más una forma de controlar las tardanzas de Lidia que otra cosa. Estas se habían incrementado durante el último mes. Debes estar enamorada —murmuró con rencor cierta noche, mientras ella, apática, le acercaba el táper de arroz con pollo sin presa.

Conoció a Lidia al mudarse al edificio. Fue la única que lo recibió con una sonrisa, o al menos intentó conseguirla, mostrando por breves instantes unos dientes algo chuecos pero encantadores. Lidia era una mujer subida de peso, dueña de una belleza doméstica que salía a relucir mejor por las mañanas cuando, aún oliendo a jabón barato, le tocaba la puerta para entregarle el periódico. Se hicieron amigos rápidamente. Conversaban sobre las cosas más triviales, el calor, los vecinos y sus olores, las losetas ennegrecidas de los pasadizos, la fatiga de soportar sus propias vidas. El largo hall del tercer piso era el punto de encuentro. Las excusas del inicio se hicieron innecesarias, el tiempo dejó de importar y las largas pláticas solo se veían interrumpidas cuando Lidia recordaba haber dejado la cocina prendida o la plancha conectada. En esa época José trabajaba en casa, así que las horas invertidas en ella no eran problema. Lidia había enviudado hacía poco. Su marido, un viejo de cincuenta que nunca pudo darle hijos, se dejó atropellar por una combi a media cuadra del edificio. Los testigos declararon que el viejo vio que se le venía el carro encima y no se movió, como si la muerte acercándose a toda velocidad fuera menos dolorosa que una mirada en silencio que lo acusaba día tras día de su desgracia.

Los encuentros continuaron a pesar de los chismes de los vecinos, y fueron develando un interés y una dependencia que José no comprendería en realidad hasta que la oscuridad cubrió su vida. No fue de un momento a otro, fue gradual y así dolió más. El agua fría en su rostro por las mañanas diluía cada vez menos la neblina sobre sus ojos. Supo de inmediato que se estaba quedando ciego. Su abuelo había perdido la vista a los cuarenta años y por más que buscó un tratamiento, fue irreversible. La tiniebla, el único legado que heredó de su familia, llegaba a él sin derecho a devolución. Evitó pensar más. Dejó de limpiar el espejo en un esfuerzo por prolongar el engaño. No comentó nada con nadie, ni siquiera con Lidia. Ella tampoco se dio cuenta, hasta que un día, preocupada por la ausencia matutina de José, bajó a darle el encuentro. No llamó a la puerta, ingresó al departamento con la confianza nacida del cariño que se tenían. Allí lo encontró, postrado en su cama, con los ojos abiertos hacia el techo. La mirada de José era como el cielo limeño, blanca y sin vida.

Lidia se sintió obligada a hacerse cargo de José: le llevaba la comida, limpiaba su cuarto, lo bañaba cada dos días con la ayuda de una esponja y una jarrita. La rutina se quebró, los breves intercambios de palabras eran mecánicos. Para Lidia, José se convirtió en un cuerpo sin significado, sus pasos pesaban más cuando se dirigía a atenderlo, detrás de los ojos apagados de José veía brillar la mirada estéril de su marido aferrándose a ella con zarpazos de ironía. Uno de ellos la debió herir de muerte.

A José el abandono lo arrolló sin piedad. Lidia era su conexión con la cordura. Se pasaba el día esperando oír la manija de la puerta girar, apretaba los párpados y pensaba en Lidia, caminando por el hall del quinto piso, bajando la escalera, apoyando su peso sobre el mármol fracturado, deslizando sus viejas sandalias hasta llegar a él y verse cubierto por la complicidad de compartir un silencio. Pensaba José y las horas se iban amontonando caóticas en la boca de su estómago y sentía la boca reseca y soltaba un breve aullido para tapar el sonido del televisor en el cuarto contiguo. Y cuando al fin Lidia se encontraba con él, la trataba con desdén, producto de la amargura que había acumulado.

***

Algunos días José solía pararse junto a la ventana a presentir la luz, a escuchar los murmullos de los pisos de arriba, de los pisos de abajo, de la calle frente al edificio laberíntico que lo contenía, que resguardaba también a Lidia en su habitación en el quinto piso, al fondo del corredor. Ella habría podido asomarse en cualquier momento y verlo abajo, hacia la izquierda, carcomiéndose con cada bocanada de aire, con cada segundo que la pensaba. Entonces, José bruscamente volteaba para tropezar con la mesa como en las mañanas, deseando que la noche se apresurara y así tener a Lidia a su lado, oyéndolo sorber la sopa y mirándolo con lástima.

***

Deben ser las doce —calculó José, confirmando así que algo no andaba bien. A lo lejos, el escape de un carro tosía partiendo en dos la noche. Repasó por sexta vez lo acontecido. Un martes de enero como cualquiera, había reflexionado al despertar. No importaba, lo único racional para afirmar que era martes y enero era la voz de Lidia la noche anterior, anunciándoselo. Se incorporó en la cama y quiso identificar los sonidos que se mezclaban: una licuadora, una radio prendida, concierto de combis por la ventana, cada una con su cobrador anunciando la ruta, pasos, llantos de niños; afinaba el oído para así poder llegar hasta Lidia, oírla friendo un par de huevos o barriendo el piso. Después de comer los panes duros que halló en la mesa de noche, se quedó dormido hasta las cuatro de la tarde. Los ruidos habían cambiado. Una tranquilidad aparente lo cubría todo, como si la ausencia de luz en su cabeza hubiera escapado. El gruñido de sus tripas lo trajo de vuelta. Allí se dio cuenta de que no había almorzado, que Lidia no le había llevado la comida como siempre, que un presentimiento fúnebre se alojaba en su mente y que crecería con el transcurso de los minutos hasta explotar.  Las horas cayeron una a una sobre su frente, palpitaban en su cuerpo, supuraban a través de su piel emanando un hedor filoso que dolía en las fosas nasales. Era ya la una de la madrugada y el sueño se había escabullido para dejar espacio a un insomnio que sería permanente.

Lo primero que escuchó por la mañana fueron voces, luego el barullo de gente entrando y saliendo. Al mediodía volvió la calma. El edificio era un panteón de cemento donde algunos pocos murmullos rebotaban sin dejarse entender. José no pudo moverse. Permaneció con las manos aferradas a la manta que lo cubría y el rostro en neutro.

La percepción de los días siguientes fue como la de un ahogado en cámara lenta. La ventana traqueteaba sin ritmo. Puede que el mundo haya abandonado toda melodía —intentaba alejar la lógica detrás de esos muros—. Dejó que sus tripas se le rebelaran, el hambre no tenía sentido sin embargo empezaba a significar todo. Solo se levantó para hacer sus necesidades, tropezarse, maldecir. Era parte de la inmundicia. Ni una palabra, aún tenía fuerzas, no quería decir nada. La calma podía convertirse en realidad. Gritó.

***

De golpe sintió el viento húmedo en la cara. La puerta del edificio se cerró a sus espaldas. Ahora que estaba afuera no sabía qué hacer. ¿Qué lo había sacado de la habitación? Lidia. Necesitaba encontrarla, envolverse en su olor, su presencia; necesitaba comer algo. Bajar las escaleras le había resultado fácil aunque cayó un par de veces. Ya no le dolía. No encontró a nadie en el camino de salida. Quizás los sonidos secos que se detenían a su paso fueran los vecinos. No interesaba. Caminó apoyándose en la pared hacia la avenida. De pronto el ruido se hizo intolerable, se mezclaban chillidos, motores, aromas, empujones. Se encogió en el suelo.

Supo que era de noche cuando los intervalos de silencio empezaron a hacerse más largos. Se puso de pie nuevamente.  Al llegar a la esquina se dio cuenta de que no sabría moverse de esa cuadra, que solo daría vueltas a la manzana. Eso no lo detuvo. Continuó hasta que perdió la cuenta de las esquinas dobladas y sus pies chocaron con un cuerpo en la vereda.

—Deberías tener más cuidado —escuchó la voz de hombre venir de abajo.

—…no puedo ver.

—Esa no es excusa para ir pateando a la gente, ¿no?

José no respondió y se apartó con cuidado. Una mano lo sujetó del tobillo.

—Debías llegar más temprano, ¿qué te ha pasado?

—¡Suéltame! ,tengo que irme.

—¿Adónde?, no vas a poder encontrarla así.

José contuvo la respiración.

—¿De qué me estás hablando?

—De Lidia, o acaso creías que de otra persona. Sé muy bien qué haces aquí.

—¿Qué sabes tú de Lidia?

—Quizás no mucho. Solo que empezaste buscando a una mujer y terminarás encontrando otra cosa.

—¿Qué?

—Agáchate.

José dobló las rodillas y lo envolvió un hedor insoportable, el aliento del hombre empezó a marearlo, intentó apartarse pero unas manos los sujetaron con fuerza por la cabeza.

—No te muevas.

***

Cuando José abrió los ojos vio que estaba frente a su edificio. Era de madrugada y la luz del poste apenas iluminaba la vereda. El hombre se había ido. Se paró con dificultad. Le dolía el cuerpo, como si la intemperie lo hubiera azotado con látigos de realidad. Miró su ropa mugrienta y sintió asco de sí mismo. El frío lo terminó de despertar, entonces José tuvo la claridad suficiente para confirmar que nunca volvería a estar junto a Lidia. Levantó la mirada y no le sorprendió verse parado en la ventana del tercer piso. Se acomodó como pudo esperando la caída y que la luz se difuminara por fin.

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