Seudónimo ALBERTO MARINO
Hay algo en él que me atrae. Quizá sea su nombre: Victorio. ¡Ya casi nadie se llama Victorio! O tal vez la calma que transmite con sus movimientos lentos, pausados, como si estirara el tiempo. Sospecho que algo trascendente se está desarrollando en su interior, pero no creo que él lo comprenda plenamente, o ni siquiera lo sepa. Me arriesgaría a decir que es uno de esos individuos que desdeñan desafíos u oportunidades para someterse a la comodidad de una casa como suficiente dimensión de vida. Apoltronado en la mullida rutina de sus hábitos no lo desvela pensar en cambios repentinos. Debe de creer que su destino seguirá fielmente un derrotero prefijado, aunque ajeno a su voluntad.
Me acostumbré a verlo siempre en el balcón del departamento. El suyo es el quinto “D”, al contrafrente de un edificio que linda con la playa de maniobras del ferrocarril. Allí pasa las tardes, sentado. A veces con el mate y el termo; a veces sólo sentado, con la vista perdida en la soledad de esas vías que en algunos tramos se cruzan para morir dentro de los oscuros galpones de las cementeras. Cuando desvía su mirada se acentúan en su rostro rasgos de una conformidad que se adivina alcanzada a través del resignado paso de los días, no por el paladeado desorden de una vida plena.
Victorio es un individuo de conducta mesurada que en todo momento privilegia el cuidado de su salud. Evita las frituras, las grasas y todo aquello que aumente el colesterol o haga peligrar su presión tendiente al alza. Un día, en la época en que acostumbraba a reunirse con otros jubilados en un banco de plaza, escuchó hablar maravillas sobre las propiedades del ajo. Como premio al rigor con que cumplió la receta al poco tiempo recogió los frutos del esfuerzo: su presión se había equilibrado, apenas le molestaban las articulaciones, se sentía jovial y animado. Pero su piel comenzó a despedir emanaciones avinagradas, su aliento una pestilencia picante y ácida que ponía distancia. Y comenzó a quedarse solo.
El culto de la gimnasia se convirtió en otra de sus obsesiones. Sobre la cabecera de su cama, ha colgado un cuadrito que en grandes letras góticas asegura: “Mens sana in corpore sano”. Por tanto, apenas despierta, sea invierno o verano, haga un frío de mil demonios o un calor húmedo de esos que en Buenos Aires son capaces de tumbar a cualquiera, comienza con sus ejercicios mañaneros: veinticinco abdominales. Continúa luego con otras tantas flexiones, para terminar trotando por el departamento, esquivando sillas y aparatos, respirando aparatosamente al compás del “un-dos, un-dos”.
Pero los fines de semana se da el gusto. Una pequeña licencia que disfruta mientras prepara las pastas sazonadas con salsas de su invención, como al saborearlas lentamente.
Así transcurría la vida de Victorio hasta que un domingo una circunstancia inesperada alteró esa rutina y a partir de allí su existencia comenzó a deslizarse por senderos que, ni remotamente, podría haber imaginado.
Terminaba de almorzar. La cacerola sobre la hornalla apagada aún rezumaba aromas de estofado. Hizo esfuerzos para alargar la habitual sobremesa. Pretendió sintonizar en la radio un programa de tangos pero se quedó acodado sobre la mesa, con la vista perdida y las manos sosteniendo trabajosamente su cabeza que amenazaba desbandarse. Se sintió embotado, invadido por una somnolencia espesa que lo hacía cabecear. Se había excedido con el vino, y la siesta, que acostumbraba a dormir aún a desgano, lo tentaba como un canto de sirenas. Iba camino al dormitorio cuando sonó el timbre.
Era Federico, un viejo amigo, solterón como él, que venía con la firme intención de invitarlo a las carreras. Victorio nunca había pisado un hipódromo. En circunstancias normales habría desechado cualquier proposición que hiciera peligrar la siesta placentea, pues dudaba de la ventaja podría darle resignar su inveterado descanso dominical para aventurarse a la posibilidad incierta de un no menos placer. Algunas veces lo había intentado y el desencanto, a su regreso, lo hacía arrepentirse. Pero, tal vez, el espíritu trasgresor que ese día lo estimulaba, o la necesidad de despejarse, lo hayan decidido.
Estaba vistiéndose para la circunstancia cuando se acordó de los prismáticos que había heredado de su padre y el temblor de una emoción súbita, infrecuente, lo sacudió. Excitado, como un chico que descubre un juguete perdido, hurgó atolondradamente en el armario sembrado de naftalina hasta que los encontró. Se quedó unos instantes, sentado al borde de la cama, contemplándolos, con los ojos humedecidos y una sonrisa idiota colgada de los labios. Repuesto de la emoción, regresó a la sala con el estuche de cuero colgado del cuello respirando un inocultable aire de satisfacción. Federico, sin acabar de comprender la causa de ese repentino y extraño cambio de ánimo, lo observó con extrañeza pero evitó todo comentario por temor a que se arrepintiera.
Ya en la vereda, Victorio marchó muy orondo, tomado del brazo de Federico, con el estuche de los prismáticos balanceándose rítmicamente de un lado a otro de su abdomen. Muy a su pesar, los pocos caminantes con los que se cruzaban, entretenidos en otros menesteres o paseando despreocupados su modorra dominguera, no prestaron atención alguna a su novedoso artefacto. Pero en el hipódromo Victorio se sintió entre pares. Había muchos como él, de prismáticos llevar.
A partir del momento en que el pelotón de jinetes se asomó a la recta final y el rumor de la multitud se elevó como una ola delirante, los prismáticos terminaron por incorporarse a su figura. Había sido hermosa esa experiencia. Más que hermosa: ¡emocionante! Todavía recuerda cómo se le iba erizando el vello de los brazos a medida que los caballos se acercaban al disco de llegada.
A través del cristal de los lentes había podido acercarse a cada animal hasta casi sentir su bufido. Como si además de permitirle observar detalles esos prismáticos tuvieran el mágico poder de estirar el tiempo, de retrasar los movimientos de los caballos a cámara lenta, Victorio pudo observar cómo les temblaban los belfos, cómo inflaban y contraían sus hocicos expulsando el aliento en bocanadas furiosas mientras sus músculos vibraban debajo de los soberbios pelajes. En ese instante presintió algo que prejuzgó trascendental. Supo que los aunque los demás tuvieran la posibilidad de mirar, sólo a él le estaba dado el privilegio de atrapar los detalles de cada movimiento de esa representación magnífica. A pesar de que se sintió con fuerzas para dominar esa inusual emoción, no pudo sustraerse a la vanidad de pensar que si podía captar esos pormenores, que era como meterse en el cuerpo del animal, bien podría llegar a experimentar lo que aquél sentía.
Maravillado con esa revelación, se acostumbró a andar con los prismáticos siempre dispuestos, rozándole el conato de panza que amenazaba perpetuarse, y comenzó a descubrir un sinnúmero de pequeñas cosas que habían pasado desapercibidas anteriormente, cuando contemplaba, sin mayores expectativas, el panorama de la ciudad desde el balcón. Ahora era como acercarse a una multitud de hormigas y apreciar el movimiento incesante y tozudo de sus cuerpos cargando enormes trozos de hojas, tropezando torpemente entre ellas para luego retomar su ruta hasta que el agujero las tragaba. A Victorio le resultaba imposible identificarlas. Entonces, cuando ésa que había seguido desaparecía, se dedicaba a estudiar los movimientos de otra.
Pensar en las hormigas lo remitió a la época casi olvidada de su escuela primaria. Volvió a sentir el intenso olor a hule de la sala de mapas y ese otro, indescriptible, del laboratorio. ¡Qué apasionante eran esas clases! Su grado de monitor le otorgaba cierta autoridad sobre el uso del microscopio hasta que llegara la maestra. Podía mirar a través de la lente y también permitir que otros chicos miraran. Pero sólo un poco. Le encantaba contemplar los minúsculos mundos que aparecían tras el cristal. Como ahora, que otea patios y balcones buscando no sabe qué.
En algunos momentos creo que él intuye mi presencia y me deja hacer. Parece que lo deprime no tener cosas interesantes para ofrecerme, algo menos previsible que sus días en el balcón. Cuando me cuelo por los resquicios de su mente, que lejos de estar en blanco parece sumida en la calma tensa que precede a una parición, sus pensamientos, como espantados por mi presencia, se desbandan, atropellándose, como si escaparan de un incendio. A veces, alguno, rezagado o remolón, se detiene y me contempla, indeciso. Se me ocurre entonces que, quizá, el solitario pensamiento se decida a romper las invisibles ataduras y se me acerque. Pero se reprime, y como avergonzado de su vulgaridad o impropio de ser narrado, huye.
Victorio convive con el tropel de reflexiones como el arriero con su ganado. Cuando, en un alto del viaje, éste se acerca a la manada que descansa y su mirada se cruza con la del caballo que lo observa con ojos cansinos, intuye que en la cabeza del animal se apilan miles de pensamientos abortados. Sospecha algo, pero no se le ocurre otra cosa que sobarle el lomo o darle de comer. Victorio, en el fondo, también se sabe parte de una tropa gigantesca manejada, a través de sutiles hilos, por Alguien que no parece predispuesto a entenderlo. A veces, sólo a veces, algún reflejo de comprensión pretende evidenciarse en agradables coincidencias, sorpresas o aquello que la ignorancia o la fe de la gente da en llamar milagros. Pero la puerta del túnel está bloqueada y no hay fuerza suficiente para mover semejante roca.
Victorio solía asomarse por la baranda de su balcón para contemplar el terreno lindero donde se aplasta una vieja casona con techos de chapa, galería enrejada y gallinero al fondo. Entre el enjambre de manchones verdes de malvones y helechos en macetas, una santa rita de infinitas ramas trepa hasta el techo de la galería salpicando de púrpura la cubierta alquitranada. Por entre los resquicios de la enredadera se cuelan prismas de luz que rescatan de la sombra a un patio de baldosas rojas y blancas.
Todas las tardes a eso de las cuatro una anciana, pequeña y algo renga, llegaba arrastrando su silla de mimbre con las patas recortadas. La colocaba al sol y, sin dejar de aferrarla, se movía lentamente. Solía dar un rodeo para buscar un lugar adecuado donde acomodarse, pero siempre elegía el mismo: justo al borde del patio de baldosas, de frente al terreno de pastos raleados donde deambulaban, despreocupadas, unas gallinas. De tanto en tanto, la viejita oteaba de soslayo al sol, haciéndose visera con la mano libre. Daba un par de vueltas alrededor de la silla, como remate imprescindible del ritual y, recién entonces, se sentaba. Hurgaba en el bolsillo de su delantal, atrapaba puñados de maíz y los iba volcando parsimoniosamente en el cuenco que formaba la tela entre sus muslos. Luego derramaba unos pocos granos sobre la tierra y esperaba que se acercaran las gallinas. Era el momento en que aprovechaba para hablarles, entreteniéndolas con pequeñas raciones. Se la notaba alegre, absorta en el goce del espectáculo de esa miríada de picos abiertos que apuntaban hacia el cielo esperando el alimento. Demoraba el juego para disfrutar del alboroto, en tanto reprendía a ésta o le reclamaba algo a aquélla. Una bataraza renegrida solía apartarse del grupo de plumajes color óxido. Con aire distraído recorría el gallinero y se acercaba a la anciana para picotear los granos. Luego alargaba el cuello y paseaba su mirada altiva sobre las demás, como sabiéndose la preferida. Había entre ella y la viejita una corriente, un río subterráneo que fluía superando la barrera del idioma. Parecía que hubieran inventado un singular lenguaje para comunicarse eso que a ambas les resultaba dificultoso transmitirlo a los de su propia especie.
Días atrás sorprendí a Victorio mientras intentaba infiltrarse entre los pensamientos de la anciana entreverados en el barullo del gallinero. Se movía inquieto en su asiento, quizá molesto por la atención que recibía la bataraza. Lo noté ansioso, como si pretendiera conectarse, a través de su voluntad y sus sentidos, con la viejita. El termo se detuvo en su trayecto hacia el mate y quedó suspendido en el aire. Parecía una foto instantánea. Con todo el misterio que tienen los movimientos congelados de las estatuas. Entonces tomó los prismáticos.
El muchacho que alguna vez fue Victorio, antes, mucho antes de que se decidiera a no compartir su vida, a veces retorna y lo confunde cuando intenta reconocerse en el recuerdo de rostros desdibujados por el olvido: Elena, Beatriz, la melancólica Irene. Lo quisieron, pero él las rechazó. Les temía, como teme ahora volver a encontrarse con esas imágenes.
Por la espalda le resbaló un cosquilleo frío. Como cuando se topó con la mirada de aquella mujer, a la salida del almacén. Fue una de las pocas veces en que lo seguí afuera. Cuando sale para hacer las compras o algún trámite, se distrae. No lo perturban pensamientos inquietantes. Simplemente observa, recoge imágenes, sensaciones y deja que se acumulen en su memoria, pacientes, sumisas, esperando el momento en que decido abordarlas. Entonces, sabiéndolo a resguardo, abandono mi custodia vigilante y puedo descansar un poco.
Pero, ese día, no sé por qué, tuve el presentimiento de que algo extraño ocurriría, y lo seguí. Cuando abrió la puerta del almacén la mujer se disponía a salir y, al enfrentarse, sus miradas inevitablemente se cruzaron. Fue una ráfaga, pero a Victorio lo sobrecogió entrever que en esa mirada había odio o, quizá, viejos resentimientos reprimidos que de tanto pugnar por manifestarse habían terminado por formar parte de su semblante. Una historia de desencuentros apilados como dinamita en un polvorín. Un día cualquiera una simple chispa sería suficiente para volar todo en pedazos.
Eso fue el lunes. Regresó confuso, abatido, arrastrando las piernas al caminar, mientras una puntada angustiosa le oprimía el pecho. Debo estar atento a esos síntomas. El corazón puede jugarle una mala pasada. En esos casos dejo que se calme y descanse, pues si percibe mi presencia se desespera y oprimido por una congoja atormentadora pasa la noche insomne, llorando sin consuelo. Generalmente, al otro día, lo olvida.
El martes, a media tarde, lo volví a observar. Mateaba en el balcón, acompañado del infaltable banquito de pino sobre el que apoya la radio a transistores y el estuche de los prismáticos. Su tranquilidad se turbó, abruptamente, al escuchar los cuatro tañidos que prolongaban su eco desde el campanario de la iglesia de Santa María del Buen Ayre. Entonces tomó los prismáticos y los enfocó, automáticamente, hacia el gallinero. En el patio divisó a la anciana, sentada en la sillita, como siempre. La enredadera, resplandeciente de flores, marcaba su caprichosa frontera de color sobre el opaco tapiz de la tierra. El sol de la tarde comenzaba a despedirse alargando las sombras al pie de cada objeto.
A poco de observar, se fue acostumbrando a la escena de la viejita jugueteando con las gallinas. La insistencia de un timbre que no era el de su departamento desvió su atención. Supuso que venía del cuarto “D”. Se asomó por la baranda y estiró el cuello, con la oreja como pantalla de radar orientada hacia abajo. Escuchó el quejido de la puerta al abrirse y un contrapunto de exclamaciones de sorpresa o saludos que inmediatamente se convirtieron en cotorreo. Parecían las gallinas del caserón.
Retomó la observación y comprobó sorprendido que la anciana ya no estaba sola. Junto a ella, de pie, una mujer joven le hablaba, gesticulando ampulosamente. Más que hablar parecía recriminarle cosas. A medida que la mujer hablaba y agitaba los brazos la anciana se iba encorvando, como sometida por el peso de esas palabras. Algo indefinido lo perturbó. No supo discernir si su congoja se debía a la situación a que era sometida la viejita o a la vaga pero inquietante sensación de creer que conocía a esa mujer. Las gallinas abandonaron de pronto su alborotado trajín para mantenerse a cierta distancia, expectantes. Sólo la bataraza se animó a acercarse. Ladeó su cabeza y estirando el cogote, como un periscopio, mantuvo su ojo izquierdo vigilante, oscilando alternativamente entre la anciana y la joven.
Victorio se movió inquieto. La radio portátil, que se mantenía prescindente sobre el banquito, como de adorno, cayó al suelo sembrando de pilas las baldosas del balcón. Instintivamente amagó recogerlas pero prefirió no distraerse.
Entonces la reconoció: ¡Era la del odio a la salida del almacén! Al instante sus sentidos, sin reponerse del impacto que esa insólita presencia les había impuesto, lo empujaron a maquinar mil conjeturas sin que lograra entender qué relación podía conectarla con la anciana. ¿Quién era esa mujer? ¿Qué hacía allí? Le dio vueltas y vueltas al asunto. Algo no encajaba. No era ese juvenil desenfado ni la elegancia agresiva del vestido, más adecuado para otra clase de encuentro; Era la presencia misma de la mujer, como metida a presión en el cuadro. Mundos distintos, planetas que giran en órbitas diferentes y que sólo una catástrofe o un capricho del Destino los puede cruzar.
En esos momentos no alcancé a comprender por qué Victorio juzgaba insólito el encuentro. ¿Qué había de raro en esa visita? ¿O será que se había encariñado con la anciana y pretendía tenerla para sí? De cualquier manera, no presentí que esa razón fuera tan poderosa como para desencadenar tamaña conmoción.
La visita duró unos pocos minutos. Pero debieron ser duros. La anciana se mantuvo encorvada, con la cabeza gacha y las manos abandonadas sobre las rodillas. Los granos de maíz se entibiaban en el cuenco del delantal. El pico de la bataraza emergió de la tierra con una lombriz que se agitó unos instantes, resistiendo en convulsiones inútiles. Pronto desapareció.
La mujer se apartó de la anciana. Caminó en círculos por el patio, debajo de la enredadera. Cuando entraba en un cono de luz se distinguían fragmentos de su figura. Primero el zapato puntiagudo, filoso, seguido por el desplazamiento brusco de su cuerpo, como sujeto por el vestido. Hablaba por un teléfono celular, gesticulando, desplazándose con movimientos enérgicos, como afirmando las palabras a cada paso. Parecía impartir órdenes a alguien del otro extremo de la línea. Guardó el teléfono. Entonces volvió a la viejita y retomó sus recriminaciones. Amagó irse. Dio unos pasos, pero al instante regresó. Daba la impresión que aún no había descargado todo. Sin embargo se quedó inmóvil, indecisa, como maquinando algo incierto. Luego sus tacones marcharon decididos hacia la calle. Victorio sintió un brusco estremecimiento.
Las gallinas se acercaron a la anciana, rodeándola. La viejita se había acurrucado hasta convertirse en una mancha oscura sobre el mimbre. Ella y la silla conformaban una sola sombra aplastada contra la tierra.
Al cabo de unos minutos la mujer regresó acompañada de dos hombres enfundados en guardapolvos celestes. El más fornido llevaba el uniforme sin abotonar. Por el escote de su remera asomaba una mata de vello oscuro. El otro, también retacón pero decididamente más bajo, empujaba con displicencia una silla de ruedas. La anciana los vio acercarse por el pasillo. Pretendió incorporarse. En ese instante tal vez deseó tener fuerzas o ser más joven. O haberse armado con un palo. Pero de qué le serviría. Ya estaba rota. Sintió que la moda de lo descartable la había alcanzado.
Entre los dos hombres la alzaron y la acomodaron en la silla de ruedas. La viejita agitó los brazos procurando una resistencia inútil. Después se mantuvo inmóvil, resignada. Antes de que se la llevaran, se volvió para mirar a la mujer, como preguntándole. La mujer, impasible, mantuvo su mirada fija en la enredadera.
Han pasado dos días. Hoy, a la misma hora del primer encuentro, Victorio salía de hacer sus compras en el almacén. Lo agitó la posibilidad de toparse nuevamente con la mujer. Tenía cosas para decirle. Pero no la encontró. Se consoló pensando que era poco probable la repetición de la casualidad. Un reflejo proveniente del enorme cartel de venta colgado en el frente de la casona lo apartó de sus cavilaciones. El revoque desmoronado de la pared dejaba al descubierto algunas islas de ladrillo. Algo aturdido se quedó mirando el cartel. Por sobre el muro, la enredadera se revolvía en un mar de verde y púrpura.
Entra al departamento y se deja caer sobre una silla del comedor en penumbras. Acodado sobre la mesa, hunde la mano izquierda en sus cabellos y la mantiene así, con la palma sosteniendo esa cabeza que le pesa como si fueran diez. Siente entumecida de su mano derecha y entonces repara que aún aferra la bolsa con las compras. La afloja. Las argollas golpean contra el parquet vibrando con un sonido de calabaza hueca que se prolonga interminablemente. Recorre el bordado del mantel acariciando la rugosidad de las flores, perdiéndose entre los arabescos del crochet, mientras sus ojos se dejan ir tras ese viaje sin destino de los dedos. Otea la sala penumbrosa y descubre los prismáticos. Su mirada oscila entre ellos y el balcón, donde aguarda, solitario, el banco de madera.
Entonces, se decide. Fatigosamente se levanta, recoge de la cómoda el estuche y se dirige al dormitorio. Hurga en el hueco formado entre el ropero y la pared, rescata la escalera y sube los tres peldaños con el estuche de cuero entre sus manos. Lo contempla unos instantes y finalmente lo regresa al fondo del mueble.
Luego sale del cuarto, cierra y se queda apoyado de espaldas contra la puerta, con los ojos cerrados.