Salen los dos pibes por la puerta de la casa, como panes del horno: el novio de la madre los cagó a bollos. A la calle. Rengueando el más grande, Julito, pero a medida que se alejan de la casa el dolor mengua y el andar se hace normal. El más chico moquea sin parar. Caminan a la deriva por la vereda pero, como caballos viejos que retornan al establo, están haciendo el camino que los lleva al campito
-Dejá de mariconear. Dice Julito y el pendejo intenta darle el gusto al hermano grande. Pasa la manga por la nariz y mete las manos húmedas en los bolsillos. Se pone serio con fuerza pero le sale un hipo de llorón. Julito le toca la cabeza, le desacomoda la pelambre.
-Tengo algo para vos -le dice- no llores.
Y, sin dejar de caminar ninguno de los dos, el hermano grande mete una mano en el bolsillo del pantalón y saca un autito de competición color naranja con el número “siete” escrito dentro de un círculo negro sobre el capó.
-Poné la mano. Le dice a Nahuel.
El chico saca su mano húmeda del bolsillo (todavía es una mano de jardín de infantes, con dedos rechonchos y cortitos). El hermano grande pone las ruedas del auto sobre su palma. Miden lo mismo.
Unas cuadras antes del campito lo ven venir a Claudio, pero no trae la pelota. Es el único amigo que tiene una de cuero (el tío se la regaló para reyes el año pasado). Avanzan. Nahuel hace una pista de toda superficie, su auto naranja corre por las paredes, los rellanos de las ventanas, las medianeras. Se saludan, Claudio está inquieto, tiene algo para decirles. Y tira el dato:
-Hay un camión volcado en la ruta 37, después del brazo Luján. Accidente. Lo vio mi hermana, el chofer salió herido y los ratis se fueron atrás de la ambulancia. La zona quedó liberada. Es ahora o nunca. ¿Vamos?
- ¿Y la pelota? Pregunta Julito
- Se la di al Turco, por una semana. Pero mirá, mirá lo que me dio a cambio.
Se abre la campera y en el bolsillo interior hay dos atados de cigarrillos.
-¡Guau! ¿Todo eso te vas a fumar?
Nahuel, que está recorriendo con su auto una medianera, dice: - ¡Yo quiero fumar!
El hermano se da vuelta: - ¡Callate la boca, vos!
Y Claudio le dice al amigo que son para la hermana, para que no hable lo del camión.
- ¡Ah, con dos paquetes la arreglás, qué barata!
- ¡Callate pelotudo! Vayan a buscar las bicicletas. En veinte minutos nos vemos en la salida de la 37.
Julito y Nahuel no quieren ni pueden volver a su casa, pero hay que rescatar las bicis: meterse por el terreno de la vecina, entretener a los perros para que no hagan ruido y sacarlas por atrás. Mientras, Claudio paga el silencio de su hermana con los dos atados, y también le pide, por las dudas, que se lo jure por mamá y por esos zapatos de charol que tiene adentro de una caja (sin estrenar) esperando a su cumpleaños de quince.
Se encuentran en la salida de una ruta vieja. Tres bicicletas: una amarilla, una blanca descascarada y una azul más petiza. El sol acaba de ocultarse pero la luz todavía abunda. Clima cálido, viento a favor para pedalear. Apenas comienza septiembre y la primavera todavía no se decide, nacen una serie de noches verdes, como ésta, de luz enrarecida, acuática. La naturaleza está a punto de estallar, los vegetales ya muestran centenares de colmillos esmeralda.
Arrancan jugando una carrera de velocidad. Como si tuvieran espuma blanca en la boca, competidores rabiosos, la voz de un relator fantasma en la nuca, fogueándolos, arengando. Se van del pueblo, volando. Las vísceras expectantes en lo clandestino. Todo lo dejan atrás, lo van perdiendo, menos la furia del león, el deseo de agarrar el trofeo del camión, levantarlo en un solo brazo y gritar: Es mío. Con la fuerza con la que pedalean parece que van a ser capaces. Están cabeza a cabeza, tres caballos de fuerza, los ojos de lince, amarillos, luminosos en la noche verde. Nadie anda por esta ruta, el asfalto está roto como la piel de un leproso y las tres bicicletas corren, quemando goma, dejando una estela de fuego a su paso. Con las tripas apretadas en el abdomen, el corazón hinchado de ganas, el cerebro les bulle de imágenes: todo lo que hay adentro del camión, sueñan casi hasta babearse. Las caras calientes, el cráneo cortando el viento como una flecha, hasta que casi pueden olerlo: es carne, adentro del camión va a haber tres reses enteras, una para cada uno, casi las morderían crudas, van a hacer un fuego en el medio del campo y comérselas todas, hasta chupar el último hueso, el mejor asado de sus vidas. En este preciso instante los tres están soñando con el momento de hincar la mandíbula, depredadora, en la carne jugosa.
Allá a lo lejos se ve el puente del Luján. Tres pares de ojos amarillos en la noche verde se encienden aún más. Los niños comadreja tienen el lugar en la mira. El más chico va algo rezagado pero la sangre le corre por las venas como una bomba de petróleo. No se detienen, cruzan el puente, dejan las bicicletas tiradas y siguen corriendo. Se lanzan sobre el camión volcado como si fuera un elefante herido. Trepan, uno saca una navaja, rasgan la lona, el cuero grueso. Y se meten al interior.
Parece que son cajas. Julito saca una linterna de la mochila y alumbra: cajas de madera. Alumbra las caras de los otros, están rojas y sudadas. El aliento agitado de los tres se oye como un gran corazón en el interior de la bestia volcada.
-Yo estaba pensando que fuera carne, dice Claudio y el más chiquito se ríe -Un churrasco del tamaño del un dinosauri, dice Nahuel, feliz de haber deseado lo mismo que el amigo grande.
-Vamos a sacarlas, dice Julito, que tiene la linterna y el hambre de tomar decisiones, organizar el ruido del estómago, ganas de haber encontrado otra cosa.
Sacan primero una, para abrirla y ver de qué se trata.
Pesa, hay que arrastrarla entre los tres. -Quizás es algo valioso, podemos venderlo y hacernos millonarios. Están haciendo una ronda alrededor de la caja y la dejan unos metros al costado del camión.
-Si fuera algo valioso estaría custodiado.
-Pero van a venir, en algún momento va venir el auxilio o quien sea.
-Sí, hay que apurarse.
El sol ya se ha ido pero todavía se ve bien, algunas estrellas aparecen y un mínimo calor. El viento se detuvo, seguramente porque la luna salió finita y roja como una boca atrayendo el aliento de la tierra.
¡Listos, preparados, ya! y a las patadas. Hacen trizas un costado de la caja y se zarpan, hasta que no hacen escarbadientes con los tablones no paran, y Nahuel grita como un superhéroe matando a los malos.
-¡Ya! Basta.
-Ya está.
Se agachan los tres y empiezan a sacar bolsas de adentro. Cada uno se agarra una, se sientan en el piso, las abren con las manos ansiosas, como romper el papel del regalo de navidad.
Y ahí están:
No lo pueden creer, se matan de la risa. Julito es el primero, como si tuviera tres años los agarra todos juntos entre las manos y los tira para arriba, se echa hacia atrás y le caen encima tres docenas de banderines de todos los clubes de futbol. Está riendo.
En la bolsa de Claudio hay banderitas de Argentina de todos los tamaños y el tonto dice:
-¡Mírenme! Se para agarrándolas de a racimos entre los dedos y empieza a cantar el himno. Julito y Nahuel se descostillan de la risa. Y el hermano más grande lo mira al más chico como diciéndole: ¿Y? ¿En la tuya qué hay? Dale, abrila.
Nahuel con la bolsa a medio despanzurrar se envalentona y la rompe de un solo arañazo. Saca, empieza a sacar banderines de todos colores, uno atado a la punta del otro, es una tira larguísima como las que hacen de guirnalda en las quermeses.
-Mirá, mirá, mirá
Pega un grito de tarzán, agarra una punta y empieza a correr.
-Loco, tu hermano se volvió loco, le dice Claudio.
El pibito está corriendo por el descampado, lleva la mano en alto como una antorcha olímpica y la llama es una tira que ondea como la cola de un barrilete, un dragón del cielo persiguiéndolo, mostrando sus escamas de colores, balanceándose en el aire, llevado de la correa por un niño.
-¿Vamos a escribir un mensaje en el pasto para los extraterrestres, con todos los banderines? Le dice Julito a Claudio.
-¿Qué decís, boludo? Nos van a ver los helicópteros, seguro que nos está buscando la INTERPOL.
Se ríe el otro, pero tiene razón. Lo ve venir al hermano corriendo a grito pelado, está loco, definitivamente está loco.
-Che, ¿no te guardaste algún cigarrillo?
-No, se los di todos a mi hermana.
-¡Que boludo! ¿Vamos a comer algo, dale? Y vayámonos rápido de acá. Podemos ir al puesto de Aníbal, que está a tres kilómetros. El viejo es fanático de Racing a morir, le cambiamos la comida por banderines, seguro nos da algo bueno.
Embanderados en la victoria abren un par de cajas más. Ni los próceres estuvieron nunca tan coronados de laureles. Meten lo más que pueden a la fuerza en las tres mochilas y vuelven a subirse a las bicicletas. Agarran la ruta para el otro lado, parecen borrachos, los tres pedaleando en zigzag y cantando canciones de cancha mezcladas con el Himno Nacional todo a los gritos.
En el quincho de Aníbal hay un tipo acodado a la barra que circunda la parrilla y nadie más, el sujeto está tomando vino y tiene el plato vacío. Aníbal está vigilando las brasas y ve llegar a tres pibes en bicicleta, uno parece Julito y atrás le anda el hermano más chico, al otro no lo conoce. Le cae bien ese mocoso, una que otra vuelta se aparece y se pasa toda la tarde acá, se viene desde el pueblo en la bicicleta y se queda morfando un choripán, preguntándole cosas del asado, de los cortes o a veces se viene a mirar un partido. Una vuelta se quedó dormido en una mesa, se hacía de noche tarde, y lo dejó torrar adentro del quincho. A la mañana se lo llevó el camión de soda de vuelta para el pueblo, el repartidor es el padrino del pibe.
Julito le vino directo y lo llamó para un costado, quería hablarle. Cuando se fueron lejos de la vista del tipo del mostrador abrió la mochila y le dijo: -Mirá lo que te traje. Había una docena de banderines de Racing de todos los tamaños. Aníbal le dijo: -Pibe… Y se quedó ahí en seco, no pudo decir nada más, le brillaban los ojitos al viejo, arrugado y curtido de estar siempre con la cara sobre el fuego, casi sin pestañas, tenía dos ojos que parecían aceitunas negras en aceite.
Les puso tres platos en una mesa, tres vasos, y les dio una jarrita de vino de la casa, al rato salieron tres bifes de chorizo bien jugosos. Como reyes los tres sentados en una mesa de plástico al costado de la ruta, tomando ese vino que se les subía a la cabeza, se llenaron la panza. Brindaron, dijeron huevadas cada vez más grandes, se rieron de idioteces. Nahuel se quedó dormido al lado del plato, antes de terminar el churrasco, con el tenedor en la mano.
A la madrugada se toman decisiones, sobre todo si pasan patrulleros con la sirena encendida y algún policía baja preguntando algo a lo de Aníbal.
Al amanecer, los tres chicos están arriba de un tren. Julito le cuenta historias a Nahuel.
-Que vas a tener miedo -le dice –en este tren viajaron los valientes. Mirá, en ese asiento de allá, donde está esa señora tejiendo, estuvo sentado uno que se robó doscientas vacas en una noche. Nunca lo encontraron, cruzó la frontera por un paso de montaña angostísimo.
Nahuel mira a la señora que teje y empieza a creer que es el bandido disfrazado y que si levantara un poco la cabeza podría verle el bigote y esa mirada roja, fulgurante, de los fugitivos.
-Julito, ¿nosotros nos vamos a otro país? Mamá debe estar por preparar la cena y si no llegamos se va a enojar.
-Ya sé tonto, mirá, nosotros vamos a hacer así. -Entonces extiende la mano y dibuja un círculo con el dedo sobre el vidrio lleno de tierra- Ves, nos fuimos por este lado, por la ruta y volvemos por este otro. Es nomás para despistar a los policías. No creo que nos estén buscando, pero tenemos que hacer las cosas bien, hasta el final. Te voy a contar una cosa pero tenés que prestarme atención. -Nahuel mueve la cabeza contestando que sí, que hace caso- En el asiento en el que estás sentado –y señala con el dedo índice que ahora tiene un sombrerito negro de tierra- ahí, donde estás vos, se sentó uno que era el peor ladrón ¡un héroe! Con todo lo que se robó construyó una ciudad en el medio de las montañas, por encima del límite de las nubes. Es una ciudad para ladrones que se quieren jubilar. Su último escape fue en este tren. Un montón de oficiales venían persiguiéndolo y los neutralizó a todos. ¡Solamente con su cuchillo! …Seguro dejó alguna marca. Dale, buscá en tu asiento, ahí abajo, seguro que hay algo.
-¿Acá?
-Sí, sí, ahí.
Nahuel se para y no encuentra nada ni en el asiento ni en el respaldo, pero después, agachándose, mirando en el bordecito, casi en la parte de abajo del asiento encuentra una inscripción. El corazón le late como locomotora:
-Sí…! -le dice al hermano y lo mira con unos ojos enormes.
-Viste, viste ¿qué dice? ¿qué es?
-Está rayado de la pintura, lo debe haber hecho con su cuchillo.
-Pero ¿qué dice?
-Dice “ra…”
Nahuel aprendió a leer el año pasado y el hermano no le tiene paciencia, está hambriento de curiosidad, se tira al piso, al lado, y lee:
-“Ramón”, “Ramón”, ¡dice Ramón! Sí, ése era su nombre.
Vuelve al asiento, orgulloso y se cruza de piernas:
-Ves, ¿qué te digo? ¿viste?¿estuvo acá o no estuvo acá?
El hermano chico vuelve a sentarse en el trono del ladrón, agrandado como si acabaran de ponerle una corona. Ése es el asiento que él eligió. Se le escapa una sonrisita.
El tren se detiene en una estación. Claudio está mirando por la ventana. Ve a dos policías y empieza a chistarle a Julito. Parece que el corazón se le va a salir del pecho.
-Ves ese perro –está diciéndole el pibe a su hermano- a la sombra de su panza se refrescó las botas un fugitivo que venía escapando desde hacía ocho días, le salía fuego de las botas, se escupía a cada rato para no quemarse los dedos de los pies y lo primero que encontró al llegar a este pueblo fue a ese perro, le dio toda la comida que tenía encima y desde entonces el perro caminó unos centímetros delante de él y le hacía sombra en los pies
-¿Y qué pasó?
-No sé, habrá cruzado la frontera, después de un tiempo el perro volvió solo al pueblo, a la estación, a donde lo ves recostado
-¿Puedo bajar a tocarlo?
-¡No! Está muerto.
-Julito, dice Claudio.
Nahuel pone las manos en el vidrio y mira muy detenidamente al perro, a ver si se mueve.
-Julito, llama el amigo.
-¿Qué?- Contesta el pibe y se da vuelta hacia el hermano: -Ni se te ocurra bajar.
-Vení, Dice Claudio y Julito se cruza a los asientos de enfrente.
-¿Qué pasa?
-Mirá. Contesta haciendo un gesto con la cabeza en dirección a la puerta que conecta el vagón de ellos con el siguiente
Por ese ojo transparente ven a dos policías, acercándose por el pasillo.
-Venite para acá, le dice Julito a su hermano, que cruza, se sienta y dice:
-Tengo miedo
-Calladito, no digas nada, hacete el boludo.
Los dos policías están girando el picaporte para entrar al vagón. Abren y ven a loa tres chicos silenciosos, con sus mochilas en la espada.
Un oficial de pueblo fronterizo aprende a ser zorro viejo cumpliendo las reglas. Mercenario institucionalizado. Hombre limítrofe en zona donde todo vale y el respaldo del estado queda en lontananza. Acostumbrados a tratar con lombrices escurridizas, traficantes de toda clase. Los cargamentos grandes entran perfectamente en la manga del comisario y “nadie los ha visto nunca”. Del resto, tráfico ilegal chico (doméstico), productos electrónicos y otras pavadas, la Seccional hace quince capturas por semana aproximadamente. Excepto, claro, que se trate de semanas próximas a las Fiestas, en esas fechas el contrabando aumenta y también la recaudación policial de incautados.
El tren comienza una marcha lenta. Los dos oficiales se acercan a los pibes. Uno de los hombres agarra a Julito y lo levanta de las correas de la mochila. El mocoso queda pataleando en el aire. Nahuel ve al hermano como un insecto en las manos del policía, moviendo las patitas flacas para todos lados. Claudio está petrificado como un zombi.
- ¿Qué traés? – le grita el oficial- ¿¡Qué traés?!
Nahuel ve la cara del otro uniformado, el que tiene las manos en la cintura. Debajo del bigote negro se le forma una sonrisa, los labios rojos igual a una muñeca de porcelana que vio en la casa de su abuela. Da miedo. Siente que se le está por escapar el pis. Cierra los ojos con fuerza. Oye a su hermano diciendo algo y las palabras quedan tapadas en el rugido del tren. Toma aire, respira hondo y sale corriendo. Los oficiales ven al nene más chico, el que parece de guardería, saltar del tren y rodar por el pasto. ¡Nahuel! Grita Julito. Está vivo. Se para y sigue corriendo. El tren toma mayor velocidad. Los dos policías y los dos chicos se quedan junto a la puerta del vagón, mirando, estupefactos. El hermano mayor sigue gritando.
En el campo, Nahuel corre con la mochila en la espalda. Parece un animal. Corre, haciendo un surco en los pastizales. Ya no le tiene miedo a los oficiales, ni al brazo de de acero del novio de la madre, ni al cinturón, ni al armario, ni a la oscuridad, ni a los lobos. Escucha el tren como oír una bala disparada hacia él. Corre sin mirar atrás. Niño más rápido que el miedo. Odio a toda carrera. Respirando como un boxeador por la naricita. Golpeando los pies en la tierra: caballo ¡Arre!
Sin orgullo ni escrúpulos. Sin bicicleta ni cena. Sin techo. Ni tiempo.
En la cocina de su casa, la mamá de Julito y Nahuel espera, mirando a cada rato por la ventana. Bajito, concentrada, canta una melodía que su mamá le tarareaba cuando se levantaba con pesadillas cuando era chica. No quiere que la escuchen. Ya buscó a sus hijos en todos los lugares posibles. No durmieron en la casa. Obligada a la espera, en su cocina, canta, en un hilo de voz. Se le figura que en Hiroshima tuvo que haber sucedido así. Allá en la guerra, en alguna cocina, tuvo que haber habido una mujer, limpiando la mesada, mirando por la ventana y tarareando una vieja canción de infancia mientras la bomba se desprendía del avión y caía. Sigue, deteniendo la bomba con su voz.